CELAURO Esposa, dame la mano,
y recibe estos abrazos.
Mas ¿qué hacéis, cansados brazos?
Todo es señas y aire vano.
¿No vi tu hermosa figura
y tus espaldas después?
La muerte sin duda es
el envés de la hermosura.
¿Huyes? Seguirte no puedo,
porque ya el pecho desmaya.
Para que a vengarte vaya
dame valor, y no miedo.
¿Qué horror es éste? ¡Ay de mí!
Que a espantarte no te obligo...
O llévame allá contigo,
o no me dejes sin ti.
Oye ¿conmigo rigores?
Éntrase como que va tras aquella sombra que finge representalle la imaginación, y síguenle los CRIADOS.
CRIADO 1º Ahora va descuidado:
dale tú por ese lado
y yo por éste.
CELAURO ¡Ah traidores!
Vuelve a salir por la otra parte.
¿No veis que mi brazo fuerte
para vengarme no es malo?
Pero ¡en mi sangre resbalo,
y tropiezo con mi muerte!
El cielo justo y benino
a esta muerte me condena,
aunque esta muerte no es pena,
pues consuelo la imagino.
Mas por áspero camino
este consuelo me envía,
Nísida; que bien podía
hacer como entonces fuera,
porque en tus brazos muriera
quien en tu pecho vivía.
¿Dónde está, querida esposa,
aquel acertado empleo,
aquel llegar con deseo
de mirar tu cara hermosa,
el verte alegre o quejosa,
el beber tu dulce aliento,
el celar mi pensamiento
del viento, porque pensaba?...
Pero todo al fin se acaba,
resuelto en ceniza, al viento.
Por vengarte, gloria mía,
quisiera ser de importancia;
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hubiera sido en Hungría.
Pero, loca fantasía,
no es bien que así te remontes.
No hay cristianos Rodamontes.
Nísida, al cielo pedilde
que me dé la muerte humilde
entre estos soberbios montes.
Cristiano en efeto soy;
procuradme allá la palma,
porque ya, esposa del alma,
a veros con Cristo voy.
¡Ay, cielo!