Crónicas y memoria de los pueblos originarios de América. No son poemas: son el suelo del que salieron.
Porque ningún poema se entiende solo.
Los nahuas llamaron a la poesía in xochitl in cuicatl —«la flor y el canto»—, y esa fórmula ya dice más de lo que parece: no nombra una cosa, nombra dos que se dicen juntas para significar una tercera. Ese procedimiento tiene nombre, difrasismo, y no es un adorno del verso: es la manera en que esas lenguas piensan. Aparece en los cantos, sí, pero también en los discursos de gobierno, en las oraciones, en la cuenta de los años.
De ahí que separar «poesía» de «crónica» en estas tradiciones sea, en buena medida, una manía nuestra. Quien escribió los Anales de los Kaqchikeles no distinguía entre memoria e himno como distinguimos nosotros entre un poemario y un libro de historia: contaba las migraciones y los linajes con los mismos pares acompasados, las mismas repeticiones rituales y el mismo aliento con que se cantaba a los dioses. La historia se recitaba. El canto recordaba.
La flor y el canto salieron de este suelo.
Aquí está el suelo.
Hay además un accidente al que estos textos deben la vida. Fueron escritos en el siglo XVI, ya con alfabeto latino, por autores indígenas que sabían perfectamente lo que estaba ocurriendo: escribieron para salvar. Los Anales los redactó un miembro de la familia Xahila; la Serie de los Katunes pertenece a los libros de Chilam Balam, donde los mayas siguieron llevando su cuenta del tiempo bajo la nueva dominación. Son, a la vez, el testimonio de una cultura y el gesto de alguien que decide que esa cultura no se pierda. Pocos documentos hay más conmovedores que un pueblo escribiéndose a sí mismo para no desaparecer.
Por eso viven aquí y no en La Biblioteca: llamarlos poemas sería impreciso, y esta casa prefiere la precisión al entusiasmo. Pero dejarlos fuera del acervo sería peor: sería leer los Cantares mexicanos en una lengua que solo se entiende a medias.