El Atlas › La Misma Chispa › El vino y la embriaguez
La Misma Chispa · cotejo
¿Por qué buscamos perder la cabeza para por fin encontrarnos?
Salirse de uno mismo es una pulsión tan vieja como la especie. El vino, el pulque, el trance del tambor: distintas llaves para la misma puerta, la que da al otro lado de la cordura ordinaria. Cuatro culturas cantaron la embriaguez no como vicio, sino como vía —para tocar a Dios, para fundirse con la luna, para mirar de frente la muerte, o simplemente para aguantar las penas con elegancia—.
Mundo árabe / Persia · árabe clásico · s. XIII
Recordando al amado, bebimos un vino con el que nos embriagamos antes de que la vid fuera creada.
— Ibn al-Fárid, «Gran oda báquica» (Al-Jamriyya) · dominio público
Los místicos sufíes resolvieron un problema imposible —cómo hablar de la unión con Dios— robándole el vocabulario a la taberna. Aquí el vino no es alcohol: es el amor divino que ya embriagaba al alma desde antes de la creación, antes de que hubiera vid de la cual sacarlo. La copa es el corazón; el tabernero, el maestro espiritual.
China · chino clásico (Tang) · s. VIII
Entre las flores, una jarra de vino; bebo solo, sin nadie que me acompañe. Levanto la copa, convido a la luna: con ella y mi sombra ya somos tres.
— Li Bai, «Bebiendo solo bajo la luna» · dominio público
Li Bai, de espíritu taoísta, hace de la borrachera un rito cósmico, no un naufragio. Está solo, pero le da la vuelta a la soledad con un gesto de prestidigitador: invita a la luna y a su sombra, y de pronto la mesa está llena. Su embriaguez no destruye, disuelve. Es la fiesta más melancólica y serena del cotejo: uno bebiendo con el universo entero.
Imperio mexica · náhuatl clásico · s. XV
Me embriago, lloro, me aflijo; pienso, digo, en mi interior lo encuentro: ojalá nunca muriera, ojalá nunca desapareciera.
— Nezahualcóyotl, «Estoy embriagado» (Nihuinti, nichoca) · original de dominio público, versión de León-Portilla
En el mundo nahua, la embriaguez aceptada venía también del trance de las flores y el canto (xochitlahuana): beber belleza para rozar lo invisible. Pero aquí la copa no alegra: lucida. El rey-poeta se embriaga y, en vez de olvidar, ve con más claridad lo único que importa —que va a morir—. La borrachera no tapa la angustia: la destila.
Grecia clásica · griego antiguo · s. VI a.C.
Trae agua, trae vino, muchacho, tráenos guirnaldas de flores: que quiero darme de puños contra el Amor.
— Anacreonte, fragmento 396 (PMG) · dominio público
Anacreonte canta el vino del banquete como un analgésico civilizado contra los golpes del deseo y la vejez. Nada de orgías salvajes: su embriaguez es inteligente, social, con el vino rebajado con agua para no perder la conversación. La imagen es deliciosa —pedir copa y coronas como quien se pone los guantes de box para subir al ring contra Eros—. (Este sí es el Anacreonte auténtico, no las imitaciones tardías.)
La misma copa, cuatro destinos del espíritu. Ibn al-Fárid convierte la taberna en mapa secreto hacia Dios. Li Bai busca el silencio de la noche china para jugar con la luna y soltar el peso del mundo. Nezahualcóyotl bebe y, lejos de olvidar, recuerda con más filo que va a morir —su embriaguez es lucidez, no fuga—. Y Anacreonte, el más terrenal, domestica el vino en el banquete como un remedio elegante para sobrellevar el amor sin hacer el ridículo.
Pero todos coinciden en una sospecha: que la cordura de todos los días y el orden social son cárceles que aprietan. Sea el cáliz persa, el tazón de porcelana, las flores y el canto mesoamericanos o la copa griega rebajada con agua, las cuatro culturas reconocen que perder un poco la cabeza es, a veces, la única forma de recordar que uno está vivo y es libre.
Cuatro copas, una sola sed de salirse del mundo. Vuelve a La Misma Chispa →