El Sonetario
Catorce versos, siete siglos
¿Cómo cabe todo en catorce versos?
Esta sala reúne los sonetos de la casa: los que ya vivían repartidos por la Biblioteca, puestos en fila por primera vez. Vienen de seis lenguas y de siete siglos, del notario siciliano que inventó la forma a los modernistas que la estiraron a catorce sílabas. Cada uno se levanta de su impreso, verbatim, y trae al lado su esquema de rimas, estimado por la casa, para que se vea la máquina por dentro.
Es una sala en obra en un punto preciso: el soneto mexicano. La casa tiene hoy pocos, y va por los demás. Abajo se dice cuáles faltan y por qué algunos no pueden entrar todavía.
Breve ensayo
El soneto nació en un despacho. Hacia 1230, en la corte siciliana de Federico II, un notario llamado Giacomo da Lentini empezó a escribir poemas de catorce versos de once sílabas: ocho primero, seis después. No fue un invento de trovador sino de funcionario, y eso se le nota en lo mejor que tiene: es una forma para pensar, no solo para cantar. Un siglo más tarde Petrarca la llevó a su perfección en el Canzoniere, y desde entonces nadie ha logrado mejorarla ni dejar de usarla.
La construcción es sencilla de describir y endiablada de ejecutar. Dos cuartetos y dos tercetos. Los cuartetos, en la tradición italiana y española, riman abrazados y repiten sus dos rimas:
ABBA ABBA
Los tercetos tienen más libertad, y en esa libertad se juega la partida:
CDC DCD · CDE CDE · CDE DCE
Los ingleses, que recibieron la forma en el siglo XVI por Wyatt y Surrey, la reorganizaron en tres cuartetos y un pareado final, y así la usó Shakespeare en sus ciento cincuenta y cuatro sonetos: ABAB CDCD EFEF GG. El pareado es una cuchilla: dos versos para dar la vuelta a todo lo dicho. Los franceses de la Pléyade la pasaron al alejandrino, doce sílabas, y los modernistas de nuestra lengua, con Darío al frente, hicieron lo mismo con el alejandrino de catorce. La forma viaja, cambia de traje, y sigue siendo la misma máquina.
Porque la máquina no está en las rimas sino en el giro. Los cuartetos plantean: una imagen, una queja, una pregunta. En el verso nueve, casi siempre, algo cambia. Los italianos lo llamaron volta, la vuelta. El poema que venía en una dirección se dobla y va hacia otra, y los tercetos resuelven o rematan lo que los cuartetos abrieron. Un buen soneto es un argumento con forma de espiral: entra ancho y sale por un punto. Quevedo lo cierra en cuatro palabras, «polvo serán, mas polvo enamorado», y toda la eternidad cabe ahí. Sor Juana lo cierra en una sola línea de sustantivos que se desploman: «es cadáver, es polvo, es sombra, es nada».
La complejidad es real. El endecasílabo español no es cualquier verso de once sílabas: pide el acento en la sexta, o en la cuarta y la octava, y castiga al oído si falla. Hay que rimar en consonante, sin repetir palabra, catorce veces, y hay que hacerlo diciendo algo que no cupiera en menos. Lope lo confesó en broma en el soneto más famoso sobre el oficio, el que le manda hacer Violante: «catorce versos dicen que es soneto; burla burlando van los tres delante». Está en esta sala. Es la prueba de que la forma se puede reír de sí misma sin dejar de cumplirse.
¿Y la belleza? Viene del límite. Un poema libre puede ser bello, pero no puede ser justo de la manera en que lo es un soneto, porque no tiene con qué medirse. El soneto se mide a cada verso contra una regla que el lector conoce, y cada vez que la cumple sin que se note, y cada vez que la rompe a propósito, produce una pequeña descarga. Eso es lo que sienten quienes dicen que el soneto es su forma preferida: no la obediencia, sino la tensión entre lo que la forma exige y lo que el poema quiere decir. Setecientos años después, sigue siendo el lugar donde la lengua se prueba a sí misma.
Y se presta para la música más que ninguna otra forma breve, porque ya es música: catorce compases con un cambio de tonalidad en el noveno. En La partitura viva puede oírse cómo suenan varios de estos sonetos cuando cada vocal es una nota.
Alejandro Zenker
Desde Francisco de Terrazas, en el siglo XVI, hasta los modernistas, México escribió sonetos sin parar. La casa tiene hoy y está cosechando el resto de sus fuentes originales, autor por autor. Hay un obstáculo que conviene decir con claridad: en México una obra entra al dominio público cien años después de la muerte de su autor. Por eso algunos de los grandes sonetistas del país no pueden estar todavía en esta sala, y por eso esta lista tiene fecha.
Los que vienen: Salvador Díaz Mirón, en 2029 · Efrén Rebolledo y Juan B. Delgado, en 2030 · Manuel de la Parra, en 2031 · Rafael Zayas Henríquez, en 2033 · Luis G. Urbina, en 2035 · Alfonso Gutiérrez Hermosillo y Manuel Martínez Valadez, en 2036. Y más lejos: José Juan Tablada en 2046, Enrique González Martínez en 2053, Alfonso Reyes en 2060, Salvador Novo en 2075.
Cuando cada fecha llegue, la casa abrirá esa puerta. Mientras tanto, los que ya son de todos van entrando.
Cada soneto se transcribe de su fuente primaria, verbatim, con la ortografía de su impreso. El esquema de rimas y el metro que acompañan a cada pieza son una estimación automática de la casa sobre la palabra final de cada verso: sirven para orientar, no para dictaminar, y en inglés y alemán, donde la rima no se lee en la escritura, el tipo se asigna por autor. ¿Ves una errata? Escríbenos desde Sobre la casa.
Proyecto impulsado por el Instituto del Libro y la Lectura, A.C. en colaboración con La Otra · Dirección: Alejandro Zenker · Directorio del Instituto