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La Misma Chispa · cotejo
¿Cómo le cantas a la muerte de alguien que amas?
Ninguna cultura se libró de la muerte, y ninguna se quedó callada ante ella. Cuatro lenguas que no compartían ni alfabeto buscaron, cada una por su lado, una forma de decir lo que no se puede decir. Mira cómo lo resolvieron —y dónde, sin saberlo, coincidieron.
Náhuatl · México · s. XV
¿A dónde iremos donde la muerte no existe? Mas, ¿por esto viviré llorando? Que tu corazón se enderece: aquí nadie vivirá para siempre. Aun los príncipes a morir vinieron, los bultos funerarios se queman. Que tu corazón se enderece: aquí nadie vivirá para siempre.
— Nezahualcóyotl, rey-poeta de Texcoco (Cantares mexicanos) · original de dominio público, versión propia
No consuela con un más allá: endereza el corazón. La muerte no se evita —ni los príncipes lo lograron—, así que el llanto no debe vencernos. Es una sabiduría dura y serena: nadie se queda, y justo por eso hay que vivir de pie.
Japón · s. XVII
Enfermo en el viaje: mis sueños vagan y vagan por páramos secos.
— Matsuo Bashō, su jisei (poema de muerte), 1694 · dominio público
Es el último poema de Bashō, escrito al morir. No hay lamento ni miedo: solo una imagen. El cuerpo se detiene, pero el sueño —la imaginación, el viaje— sigue corriendo por el campo seco. La muerte se acepta como se acepta el otoño.
Persia · tradición sufí
El día que muera, cuando lleven mi féretro, no creas que mi corazón se queda en este mundo. No llores por mí, no digas «¡qué pérdida!»: la pérdida sería que yo no partiera.
— de la tradición mística de Yalal ad-Din Rumi (s. XIII) · versión libre de motivos de su Diván
El sufismo le da la vuelta al duelo: morir no es perder, es regresar al Amado. La muerte se canta como una boda, no como un final. Donde el náhuatl endereza el corazón roto, el sufí dice que no hay nada que llorar.
España · s. XV
Nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar, que es el morir; allí van los señoríos derechos a se acabar y consumir; allí los ríos caudales, allí los otros medianos y más chicos, y llegados, son iguales los que viven por sus manos y los ricos.
— Jorge Manrique, «Coplas a la muerte de su padre» (s. XV) · dominio público
Manrique escribe esto por la muerte de su padre, y ordena el dolor con una imagen: todos somos ríos —grandes y chicos— que desembocan en el mismo mar. Frente a la muerte, hasta las diferencias entre los hombres se disuelven. Hay consuelo, pero antes hay una metáfora tan limpia que se aprende de memoria.
Cuatro maneras de pararse ante el ataúd: el náhuatl endereza el corazón y sigue de pie; Bashō mira el sueño que no se detiene; el sufí persa convierte la muerte en una vuelta a casa; Manrique disuelve la pérdida en el río que va a la mar. Cuatro imágenes distintas para el mismo vacío —el corazón, el sueño, el regreso, el río—.
Y, sin embargo, todas comparten lo de fondo: ninguna se queda callada, ninguna miente sobre la pérdida, y todas convierten el dolor en algo decible. Esa es la chispa: ante la misma muerte, culturas que jamás se cruzaron decidieron que valía la pena cantar —cada una con su color, todas con el mismo coraje—.
Cuatro lenguas que no se conocían, velando al mismo muerto. Vuelve a La Misma Chispa →