Praga
José Ángel Leyva · verano de 2026
Sería tal vez 1975, quizás 1976, a punto de cumplir la mayoría de edad y elegir una carrera. No recuerdo con precisión quién puso en mis manos el libro «Reportaje al pie de la horca» —en otras traducciones la escriben «Reportaje al pie del patíbulo»—, del escritor checo Julius Fučík. Su lectura me causó una conmoción existencial y de conciencia política. El personaje narra en primera persona su cautiverio en manos de los nazis durante la ocupación de Praga.
Miembro del Partido Comunista, Fučík es torturado sin compasión y sin pausa, como le ocurre a su pareja, cautiva en la misma cárcel. Dos guardias checos le regalan papel de cigarrillos donde Julius escribe la historia de su cautiverio. Su torturador se empeña en vencer su voluntad y lograr que revele los nombres de sus camaradas. Sabe que el dolor físico no será suficiente y decide apelar a su sensibilidad. Lo sube a un auto y lo pasea por Praga, bañada por las luces del otoño. Fučík admira la belleza de Praga, su arquitectura señorial, sus torres góticas, sus palacios, sus áreas boscosas, el movimiento de la gente endulzado por el oro del otoño. El nazi le pregunta si vale la pena morir para que otros disfruten de la vida. Julius Fučík siente flaquear su entereza. Pero, como Giordano Bruno, elige el sacrificio, la fortaleza de sus ideas. Lo ejecutan en 1943, en Berlín, luego de un año de torturas en la cárcel de Pankrác.
La versión editada suprimió pasajes críticos al partido y la confesión de que sí había revelado algunos nombres.
Como fuera, su lectura causó un profundo efecto en mi interior y poco tiempo después me afilié al Partido Comunista. También, en esos años de juventud, luego de ver frustrado mi anhelo de viajar a otra ciudad para estudiar filosofía o psicología, aconsejado por mi padre de que buscara una carrera en Durango que se aproximara a mis intereses, fui a la Escuela de Medicina Humana para escuchar una conferencia propedéutica: Historia de la medicina. Creo recordar el apellido del conferencista: Dr. Bucio.
Me fascinó y vi a los médicos como héroes. La historia de estos personajes y sus descubrimientos, sus aventuras para combatir la enfermedad y la muerte, el dolor y el sufrimiento, lo físico y lo mental. Interpreté que era la ciencia impulsada por el humanismo.
La utopía socialista se derrumbó por el autoritarismo y la burocracia, los errores y los horrores, el antihumanismo y la oscuridad cultural. Abandoné el ejercicio de la medicina; ya con título de por medio descubrí que era muy poco humanista y demasiado técnica y mercantil. Pero aquella clase de historia me enseñó el camino de la literatura.
En la poesía y en la literatura descubrí los motivos de Julius Fučík. Praga siempre estuvo en mi imaginario. Esa Praga que no era la de Kafka, sino la ciudad de la última estación de la vida, la del instante postrero y por tanto la primera, donde podía advertir el amor por la humanidad.
He conocido Praga; no es la que me habitó por tantos años. Es verano y no otoño. No soy joven sino viejo, un viejo con ánimo de juventud. Praga inmersa en el turismo y la modernidad, en el capitalismo y la derecha, pero Praga me hace sentir el enigma de Kafka y la admiración humana de Fučík.
Quien se despidió de la vida:
«Os he amado. ¡Estad alertas!»
— José Ángel Leyva