(Alternativas: «Un cuervo en Washington, 1867» · «Jamás: el primer cuervo del español»)
El 30 de marzo de 1867, en Washington, un abogado oaxaqueño de treinta y siete años terminó de traducir un poema y puso al pie la fecha. Se llamaba Ignacio Mariscal y servía en la legación de una república que en ese momento no tenía capital: el gobierno de Juárez andaba en el norte, el Imperio agonizaba en Querétaro, y faltaban menos de tres meses para que Maximiliano cayera en el Cerro de las Campanas. Mientras eso ocurría, el futuro canciller de México estaba buscando en español una palabra que sonara como nevermore.
Encontró «jamás».
Les cuento la historia, porque es la historia con la que abre esta sala.
A la poesía la acompaña un ejercicio tan ancestral como su propia creación: el deseo de traducirla. La traducción de poesía, y la reflexión teórica, filosófica, lingüística que la ha acompañado a lo largo de los siglos, es ya tan apasionante como la poesía misma: apasionante y rica, porque abre interrogantes y posibilidades que ni el poeta imaginó. Se le puede seguir el rastro desde la antigüedad hasta el presente. Por eso un portal como la Poetósfera tenía que contemplar abrirle un espacio propio: esta Traductósfera.
Y la abrimos con una pieza emblemática: El cuervo, de Edgar Allan Poe. No es un poema fácil; por lo mismo ha despertado un interés apasionado en muchos traductores. Recuerdo que Alí Chumacero me contaba que de algunos de sus poemas había escrito hasta cincuenta versiones distintas, que alguna vez quise reunir en un libro. «Un poema nunca muere», me decía: es un ente vivo al que el poeta vuelve una y otra vez, aun después de publicado. Lamentablemente su muerte se adelantó antes de que pudiéramos aterrizar el proyecto, pero la idea se me quedó grabada. Ese trabajo perfeccionista, intenso, que vuelve una y otra vez sobre cada elemento del poema, lo encontramos en otros poetas — ahí están los borradores de La tierra baldía de T. S. Eliot, sometidos a los cortes y correcciones de Ezra Pound que Eliot aceptó en el complejo proceso de darle al poema la forma con que hoy lo conocemos. Y si eso pasa con el poeta, con el autor, el traductor con más razón vuelve una y otra vez sobre lo que hizo, al tratar de trasladar de una lengua a otra semejante complejidad lingüística y literaria: puede regresar a su página años después y descubrir que aquella palabra que parecía inevitable ya no lo es, que un ritmo tropieza, que un pronombre tiene al sujeto equivocado, que la edad le cambió el oído.
De eso trata el caso de Ignacio Mariscal: no es una traducción, es una traducción que envejeció junto con su traductor.
Cómo llegó el poema a la imprenta
La traducción tardó dos años en publicarse, y no lo hizo por gestión de su autor. Mariscal se la había dedicado a Pedro Santacilia —poeta cubano desterrado, yerno de Benito Juárez—, y fue Santacilia quien, el 10 de marzo de 1869, se la remitió a Ignacio Manuel Altamirano para El Renacimiento, la revista con que Altamirano quiso reconciliar a las letras mexicanas después de la guerra. En su carta la describe como «esa preciosa traducción, inédita aún, que me dedicó el Sr. Mariscal hace dos años». Ahí está, en una línea de cortesía, la partida de nacimiento del texto.
Conviene mirar quiénes se pasan de mano en mano ese cuervo: el futuro ministro de Relaciones Exteriores, el yerno del presidente y quien estaba fundando la idea de una literatura nacional. Tres figuras centrales de la República Restaurada ocupadas en un pájaro que grazna en inglés.
Hasta donde sabemos, la de Mariscal es la primera traducción conocida de «The Raven» al español: veinte años anterior a la célebre de Juan Antonio Pérez Bonalde, publicada en Nueva York en 1887 y consagrada como canónica por la tradición hispanoamericana. La de Mariscal circuló, se reimprimió en México y en Bogotá, y luego se fue borrando del mapa. Es lo que suele pasarles a los primeros: llegan antes y se les recuerda después.
Qué clase de cuervo es este
Poe construyó un artefacto: dieciocho estrofas de seis versos larguísimos, con rimas internas, aliteraciones y un estribillo que cae como losa. Mariscal conserva las dieciocho estrofas pero las parte en diez versos más cortos, y en lugar de perseguir la rima consonante del inglés arma su propia maquinaria: termina los versos impares en esdrújulas —«fúnebre», «lóbrego», «tétrico», «autómata»— de modo que cada renglón cae con el mismo tropiezo. Es una solución de músico: si no puedo repetir tu golpe, invento uno equivalente.
Su decisión más discutible, y la más interesante, está en el nombre de la muerta. Poe llamó a la suya Lenore. Bonalde le dejará Leonora. Mariscal la bautiza Felícitas —la feliz— y con eso convierte el duelo en una ironía que el original no tiene: el enlutado pasa la noche gritando por la ventana un nombre que significa dicha, y lo único que le responde es el eco. No sabemos si buscaba ese efecto o si simplemente necesitaba una esdrújula. Ambas cosas pueden ser ciertas a la vez; así trabaja la poesía.
Y está el estribillo. Frente al «nunca más» que acabaría imponiéndose en español, Mariscal eligió «jamás»: una sola palabra, dos sílabas, con esa jota que raspa. Vale decirlo en voz alta, las dos soluciones seguidas, para oír que no hacen lo mismo. «Nunca más» es una puerta que se cierra despacio. «Jamás» es un portazo.
Una traducción que no se quedó quieta
Durante mucho tiempo esta historia parecía tener solo dos extremos: la versión de El Renacimiento (1869) y la que recogió, ya póstuma, el volumen de Poesías que preparó el poeta y diplomático Balbino Dávalos (Madrid, 1911). Pero entre ambas hay un estado más, y lo tenemos enfrente. En la segunda quincena de agosto de 1900, la Revista Moderna —la casa del modernismo mexicano, dirigida por Jesús E. Valenzuela— abrió su número 16 con El cuervo: el poema ocupa la portada bajo un cuervo grabado por Julio Ruelas, y tres ilustraciones más del mismo Ruelas lo acompañan por dentro. A los setenta y un años, Mariscal es noticia en la revista más exigente del país. Y no reimprime: corrige.
La cadena completa, entonces, no es un antes y un después. Es una vida:
1867, la fecha al pie en Washington. 1869, la primera publicación conocida. 1900, el poema redecorado por el modernismo, con retoques del traductor. Y 1911, la edición póstuma que Dávalos cierra con una advertencia extraordinaria:
«Esta versión, verdaderamente magistral, que con diversas variantes se ha reproducido incontables ocasiones, aparece aquí con las últimas correcciones que le hizo el Sr. Mariscal.»
Había variantes. Y el traductor nunca dio el texto por terminado.
En ese camino aparece, además, un detalle que vale por un tratado. El subtítulo de 1869 decía, sobriamente, «traducido de Edgar A. Poe». El de 1900 ya dice: *«traducido libremente de Edgard A. Poe» — y el libro de 1911 lo conserva. En algún momento entre sus cuarenta y sus setenta y un años, Mariscal sintió la necesidad de recalificar su propio trabajo: ya no traducción a secas, sino traducción libre confesa. ¿Cambió su idea de la fidelidad? ¿Lo obligó la circulación de otras versiones más literales? ¿Fue suyo el adverbio o de sus editores, y él lo dejó pasar? Los documentos no lo dicen, y no hay que inventar respuestas donde alcanza con una buena pregunta: ¿cuándo deja un traductor de creer que está traduciendo, y necesita declarar que traduce libremente?*
Lo que corrigió — y la pregunta de cuándo
Cotejados verso a verso el primer estado y el último —los dos están transcritos íntegros en esta casa, alineados línea contra línea—, difieren en catorce lugares. Uno es del taller de imprenta, que cambió paréntesis por rayas; no hay que confundir esas intervenciones con las del poeta: atribuirle al traductor las manías del cajista es el modo más fácil de arruinar un cotejo. Las otras trece son decisiones de autor.
Y con el texto de 1900 en la mano, esas trece se pueden fechar. Cinco ya estaban hechas para entonces; ocho aparecen sólo en el libro póstumo. La división no es caprichosa: separa dos maneras distintas de corregir.
Lo que corrigió antes de 1900 —es decir, antes de cumplir setenta y uno— toca lo que el poema dice. Ahí cambia un léxico, arregla una ortografía, sustituye «Me tenía clavado» por «Teníame clavado», y hace las dos correcciones mayores del expediente. La primera es una enmienda de sentido que a mí me parece la joya. En 1869, la estrofa novena empieza:
A tan clara respuesta quedó atónito,
Leído despacio, la pregunta salta: ¿quién quedó atónito? La frase, tal como está, deja al cuervo como sujeto posible. Es una ambigüedad menor, de esas que sobreviven años porque nadie las mira. En la versión final el verso dice:
A tan clara respuesta quedé atónito,
Una letra. Y con ella, quién es el que se asombra en ese cuarto. No hay mejor definición práctica de lo que significa releerse.
La otra corrección mayor es de distinta naturaleza. En 1869, el enlutado le pregunta al cuervo si volverá a ver a su muerta: «Podré ver algún día á mi Felícitas». Después, la pregunta se ha vuelto certeza: «Al fin he de encontrar á mi Felícitas». Sería tentador leer ahí al anciano que ya no pregunta porque le urge la respuesta — pero el cotejo lo desmiente: ese verso ya estaba cambiado en 1900, y de todas formas el cuervo contesta lo de siempre. La certeza no la trajo la vejez; la trajo la relectura.
Lo que corrigió después de 1900 —en la última década de su vida, si damos por buena la palabra de su editor— es de otro orden: casi todo son reordenamientos de puro oído. «Receloso, temblando al comenzar» se vuelve «Temblando receloso al comenzar». «Fué tan suave, que usted comprenderá» se vuelve «Tan suave fué que usted comprenderá». «Convertía mi mente en un volcán» se vuelve «Mi mente convertía en un volcán». Las mismas palabras, otra respiración. Se le suma un cambio de tiempo verbal —el visitante que «tocó» en el vestíbulo pasa a «toca», y el episodio deja de estar contado para estar ocurriendo— y dos ajustes gramaticales mínimos.
Puestas en orden, las dos capas dicen algo que no esperaba encontrar: el hombre maduro corrigió lo que el poema decía; el viejo afinó cómo sonaba. Primero la persona gramatical, la modalidad, el léxico. Al final, sólo la música.
Lo que se perdió en el camino
Hay una última diferencia, y no está en los versos. En 1869 el poema llega envuelto en su circunstancia: lo encabeza la dedicatoria «A mi amigo Pedro Santacilia» y lo cierra la data completa, «Washington, Marzo 30 de 1867». En 1900, a sus setenta y un años, el poema todavía llevaba las tres cosas: la dedicatoria, la ciudad y el día. Es el libro de 1911 el que lo despoja de todo. Al pie, apenas: «1867.» El borrado, entonces, no fue del autor.
Es lo que suele ocurrirle a un texto cuando asciende a obra completa: gana el prestigio del volumen y pierde la vida que lo rodeaba. Desaparece el amigo a quien iba dirigido, desaparece la ciudad donde se escribió, desaparece que se escribió mientras se decidía a tiros el destino de la república. Recuperar esa envoltura —el destinatario, la fecha, la carta que lo llevó a la imprenta— es una de las cosas que puede hacer un archivo que no se conforme con guardar poemas.
Coda
Solemos decir que cada traducción es una lectura. El expediente Mariscal obliga a afinar la frase: cada traducción es una lectura fechada — y ni siquiera una traducción se queda quieta. Un hombre lee distinto a los treinta y siete años que a los setenta y uno que a los ochenta, aunque tenga enfrente su propia página, y esa diferencia se puede medir verso por verso. Aquí se midió: primero corrigió lo que había querido decir; al final, apenas cómo sonaba al decirlo. Hoy cualquier máquina produce en segundos cien variantes de un verso; lo que no produce es lo que hizo Mariscal: elegir una, vivir con ella cuarenta años, y volver a elegir. La velocidad cambió; el problema, no.
Entre aquella noche de Washington y su muerte, Mariscal fue encargado de negocios, ministro y canciller de México por más de veinte años; firmó tratados, sobrevivió a regímenes; murió en abril de 1910, a los ochenta, meses antes de que estallara la Revolución. El cuervo lo esperó todo ese tiempo en el cuarto de siempre, posado sobre el busto de siempre, contestando lo de siempre. Cada tanto, el hombre volvía, y cambiaba una posición, un verbo, una letra. Cuando el libro se cerró por última vez, lo único que había cambiado de verdad era quién de los dos estaba atónito.




