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El puente
Cada vez que alguien lleva la Odisea a otro formato se oye la misma queja: «no es fiel al original». Esta página propone lo contrario: que la distancia entre el poema y su versión es el lugar más interesante para pararse, y que aprender a leerla sirve para el cine, para el teatro y —sobre todo— para las traducciones que están aquí al lado.
De entrada, lo que no vamos a hacer. No hemos visto la adaptación de 2026 y esta página no la reseña ni toma partido en la polémica que desató. Lo que se afirma sobre ella viene de fuentes consultadas y citadas al pie; lo que es lectura nuestra va marcado como tal. Nos interesa el método, no el veredicto.
Antes de que existiera el cine, la Odisea ya se había «adaptado» centenares de veces: cada traductor tomó decisiones tan grandes como las de un director. En esta misma casa se pueden ver enfrentadas.
Mariano Esparza, México, 1837, abre su Odisea invocando a Melpómene —la musa de la tragedia—, no a la musa genérica que dice el griego. Antes de traducir un solo verso ya decidió de qué género es el poema. Y en su prólogo confiesa sus propios «lunares»: términos anticuados, sinéresis «donde quizá los buenos poetas nunca las han usado». Un traductor declarando dónde falla.
Gonzalo Pérez, 1562, hizo la primera Odisea completa en una lengua romance. Gómez Hermosilla, 1831, eligió endecasílabos libres para la Ilíada y lo argumentó en el prólogo: los versos más cortos «no se usan ni deben usarse en los poemas épicos». Cada uno impuso una idea de lo que un poema épico debe sonar en español.
👉 Ninguno de los tres es «el poema». Los tres son lecturas. Y si eso vale para quien trabaja verso por verso durante años, con más razón vale para quien tiene que contarlo en tres horas.
Se estrenó el 17 de julio de 2026, dirigida por Christopher Nolan, con Matt Damon como Ulises, Anne Hathaway como Penélope, Tom Holland como Telémaco, Samantha Morton como Circe y Zendaya como Atenea.1
De lo reportado, tres decisiones interesan a esta casa:
Aquí es donde esta historia deja de ser una discusión de sobremesa y se vuelve el mejor ejemplo posible de lo que enseña esta sala.
Emily Wilson —la traductora cuya caracterización de Ulises citó el propio director— publicó dos ensayos criticando la película. El primero en la London Review of Books; el segundo en The Atlantic, titulado «A Trojan Horse Is Supposed To Have Humans Inside It», que cierra llamándola «una película visualmente deslumbrante y emocionalmente vacía».3 La prensa bautizó el asunto como la «Gran Guerra Traductora-Cineasta de 2026».
Su objeción de fondo no es de trama, es moral, y da justo en una de las cinco palabras del glosario. Wilson discute cómo la película entiende la ley de Zeus —la xenia, la hospitalidad sagrada—: sostiene que no tiene sentido presentar el caballo de Troya como el momento en que esa ley se rompe, cuando la ruptura verdadera fue antes, en la decisión de Agamenón de invadir.3
Y le reprocha algo más incómodo: haber rodado en el Sáhara Occidental. En sus palabras, «la elección subraya la falta de seriedad en el pensamiento de Nolan sobre sus propios temas: los costos éticos y culturales de entrar en casa ajena sin invitación, con el fin de extraer recursos sin respeto por un anfitrión que no consiente».3 Es decir: le acusa de romper en la producción la misma ley que el poema pone en el centro.
👉 Lo que hay que ver aquí no es quién tiene razón. Es que la persona que puso el poema en inglés y la persona que lo puso en pantalla leyeron el mismo texto y sacaron dos poemas distintos. Eso es exactamente lo que pasa entre Gonzalo Pérez y Esparza, entre Chapman y Pope —sólo que aquellos llevan siglos muertos y no pueden discutirlo en la prensa—.
Y no hay consenso. Hubo respuesta a la respuesta: en Slate, un clasicista publicó un texto cuyo título lo dice todo —«Como clasicista, he defendido la traducción de la Odisea de Emily Wilson. No puedo defender su reseña de la película de Nolan»—.4 Lectura de la casa: esa segunda vuelta importa tanto como la primera, porque muestra que ni siquiera entre especialistas hay una sola manera de leer el poema. Si la hubiera, no harían falta quince versiones.
Lo que sigue es interpretación de la casa, no reporte.
Sobre los dioses. Naturalizarlos va en contra de cómo funciona el poema. En Homero los dioses no son atmósfera: son bandos con intereses. Poseidón persigue a Ulises por una razón concreta —le cegó a su hijo— y Atenea lo protege por otra. Volverlos fenómeno natural hace el relato más creíble para un espectador de hoy, pero le quita su motor político: sin facciones divinas, la desgracia deja de ser un pleito y se vuelve mala suerte. Es una decisión legítima y tiene un costo; lo interesante es ver cuál.
Sobre el final. El poema tampoco termina donde uno cree: el canto XXIV, con la reconciliación impuesta por Atenea, se ha discutido durante siglos —hay quien lo considera un añadido posterior—. Un final alterno no profana nada; se suma a una discusión que ya venía abierta. La pregunta útil no es si es fiel, sino qué gana y qué pierde: un exilio voluntario cierra la historia de un hombre; el nostos del poema cerraba la de una casa.
Cuatro preguntas que sirven para el cine, el teatro, la ópera o el cómic. Y para las traducciones de aquí al lado.
Y si al terminar la película te dan ganas de discutirla, aquí tienes con qué: ocho versiones de la Odisea —incluida una mexicana de 1837 que no existía en digital hasta que la levantamos del facsímil— y los proemios enfrentados. Compara dos y vas a ver que también entre ellas hay un abismo. Ninguna es infiel. Todas son alguien leyendo.
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