La Prosa Breve
El microrrelato antes del microrrelato
¿Y esto qué hace en una casa de poesía?
Es la pregunta correcta, y tiene respuesta: porque de aquí salió. En 1869 Baudelaire publicó un libro de prosas y en la dedicatoria explicó qué había intentado: «una prosa poética, musical sin ritmo y sin rima, bastante flexible y bastante chocante para adaptarse a los movimientos líricos del alma». No estaba escribiendo cuentos. Estaba escribiendo poemas a los que les había quitado el verso, a ver si aguantaban de pie.
Aguantaron. Y de ese gesto —quitarle el verso al poema y no quitarle nada más— desciende todo lo que un siglo después se llamaría microrrelato, minificción, microficción. Ninguno de los que están aquí usó esas palabras: Bierce creía escribir fábulas, Hebel historias de almanaque, Turguénev apuntes de viejo. Los nombres llegaron tarde, como siempre.
Lo que sí compartían era el oficio: decir poco para sugerir todo. Una fábula de dieciocho palabras y un soneto trabajan igual —lo que callan es lo que empuja—, y el remate final de una hace lo mismo que el último terceto del otro. Por eso no son vecinos de la poesía: son la poesía cambiándose de ropa.
Aquí están, en su lengua y levantados de su impreso.
Cada pieza se transcribe de su fuente primaria, verbatim. Las traducciones al español, cuando las haya, son de la casa y van firmadas: los originales de estos autores son libres, pero las traducciones ajenas del siglo XX no lo son. ¿Ves una errata? Escríbenos desde Sobre la casa.
Proyecto impulsado por el Instituto del Libro y la Lectura, A.C. en colaboración con La Otra · Dirección: Alejandro Zenker