CELAURO Confiésote, noche escura,
con quien mil veces me alegro,
que, como tu manto negro
lo está más con mi ventura
agora de horrores vistes
mi afligido corazón.
¡Ay Dios, que agüeros tan tristes,
que anuncian mi perdición!
Con ellos me he tropezado:
de un perro los aullidos
me han turbado los sentidos,
y todo junto asombrado.
Para el ansia con que vengo
de recelar y temer,
confieso que he menester
de todo el ánimo que tengo.
Pues no suelo ser cobarde,
¿yo temores y yo espanto?
Mas el ver que temo tanto
me avisa de que me guarde.
Tal estoy, que si no fuera
que soy fiel amante en fin,
y la pared del jardín
he saltado, me volviera.
Pero de mí el temor huya;
que por Nísida querida
aventuraré una vida,
que la estimo por ser suya.
De las pruebas que su amor
ha hecho en mi pensamiento,
es ésta una, y no miento
si digo que es la mayor.
Sale NÍSIDA por otra puerta.
NÍSIDA ¿Si habrá mis ojos llegado?
CELAURO ¡Oh, agüeros! No puedo veros,
que siempre sois verdaderos,
cuando un hombre es desdichado.
NÍSIDA ¡Qué escura noche, qué fiera!
Siempre le espero con sustos.
¡Qué caro compra los gustos
quien, como yo, los espera!
CELAURO ¿Si es Nísida la que oí?
NÍSIDA ¿Si es Celauro?
CELAURO Cierto, es ella.
En viendo mi clara estrella,
todo es cielo para mí.
Ya el miedo quitó la venda
a mis temerosos ojos,
ya no temo sus enojos,
ya no hay cosa que me ofenda.
NÍSIDA ¿Es posible que te veo?
Dame, amigo, mil abrazos
porque mueran en tus brazos
los temores y el deseo;
porque deseo y temores,
Celauro del corazón,
desde que ha que tuyos son,
nunca se han visto mayores.
CELAURO Pues ya me tienes aquí,
y tan lleno de alegría,
deja la melancolía.
NÍSIDA Si ella me dejase a mí.
¡Ay mi bien!
CELAURO ¿De qué suspiras?
¿Cómo con tal desconsuelo,
después de mirar al cielo,
vuelves llorando y me miras?
Tú me quieres acabar.
NÍSIDA No, mi Celauro querido,
una niñería ha sido.
CELAURO Y ¿ésa me quieres negar?
Y ¿niñería entristece,
mi vida, tu rostro bello?
NÍSIDA Es lo peor que hay en ello,
que a mí no me lo parece.
CELAURO Di lo que es, de ti me quejo.
NÍSIDA De vergüenza te lo callo;
tocándome sin tocallo,
se me ha quebrado el espejo.
CELAURO Pues ¿eso te da cuidado?
NÍSIDA Y ¿no es justo me aflija?
La piedra desta sortija,
sin dalle golpe, ha saltado.
CELAURO (¡Cómo dicen con los míos Aparte.
estos agüeros, ay triste!)
No creas, si lo creíste,
semejantes desvaríos.
Toma esta sortija, y yo
ésa llevaré, señora.
¡Ay cielos!
NÍSIDA ¡También ahora
la piedra désta saltó!
CELAURO ¿Quién no siente, como siento,
señales tan prodigiosas?
NÍSIDA Mira, amigo, si estas cosas
bastan a dar sentimiento.
Celauro, ¡qué desventuras
mi suerte infelice ordena!
CELAURO ¿Quieres matarme de pena?
¿En agüeros y en locuras
crees, y con tanto extremo
que te tienen dese modo?
NÍSIDA No las creo yo del todo,
pero del todo las temo.
¡Soy desdichada!
CELAURO ¿También
con esto afligirme quieres?
Porque pienso que lo eres,
pues a mí me quieres bien,
que tengo culpa confieso
en que estés desa manera.
NÍSIDA Mi desdicha no temiera,
a no ser dichosa en eso.
CELAURO Y el haberme a mí culpado
ha sido ignorancia mucha;
porque hombre que tal escucha,
no puede ser desdichado.
¿Quién ha de romper los lazos
de nuestros dichosos cuellos?
NÍSIDA La muerte podrá rompellos.
¡Bien haces en darme abrazos!
CELAURO ¿Qué dices?
NÍSIDA Que tus agüeros
no se cansan de acordarme,
mi Celauro, que has de darme
esta noche los postreros.
CELAURO Sin duda tu voluntad
la muerte me da por paga;
daréme con esta daga,
y habránte dicho verdad.
Pero tú a matarme aspiras,
ofendiendo al corazón,
pues en cualquiera razón,
una saeta le tiras.
¡Vida que el alma regala!
¿Sola, quién puede mirar
estrella, que, a mi pesar,
tantas ruinas señala?
Si no quieres que estas vidas
venga la tierra a tragar,
o que las anegue el mar
de las lágrimas vertidas,
o que el fuego en que me quemo
suba donde el llanto subes
o engendren rayos las nubes
para que me arroje el cielo,
o que el pecho, al daño abierto,
despida la sangre roja,
o que muera de congoja,
que esto será lo más cierto,
no consientas ni permitas
que te vea como estás,
esta vida que me das,
que es la misma que me quitas.
No estés, ángel, desa suerte,
que es afligirme y morirte.
NÍSIDA No es deseo de afligirte,
sino miedo de perderte.
CELAURO Deja ahora esas porfías,
muestra claro tu arrebol.
Enjuga, pues eres sol,
tus lágrimas y las mías.
NÍSIDA ¡Ay Dios, qué miedo me ha dado!
Hacia allá siento ruido.
CELAURO Las fuerzas, con el sentido,
en un punto le han faltado.
A su aposento he de entrar,
-¡A cuántas desdichas llego!
pues de la noche el sosiego
me da ocasión y lugar.
¡Dichoso e infelice amante,
pues con suerte mala y buena,
soy infierno de mi pena,
como de mi cielo Atlante!