CARLOS. A solas con su conciencia,
dice Luis, y dice bien.
Cien veces, y aun otras cien,
quise yo de mi demencia
vencer la furia en secreto,
y tornar a mi María,
y siempre me lo impedía
la memoria de Loreto.
¿Qué importa ya que vencido
ante esa puerta solloce?
(Señalando el cuarto de MARÍA.)
¡El bien nunca se conoce
hasta después de perdido!
(Pausa.)
Me desprecia y me aborrece;
es necesario partir;
pero antes debo cumplir
sin vacilar, que envilece
la duda de un solo instante,
un imperioso deber.
¡Adiós, sirena o mujer!
¡Adiós, mi Loreto amante!...
¡No; dije mal!... ¡Ya no es mía!
¡La del llanto y el dolor,
esa mujer es mi amor,
no la impura alegría!
¡Loreto, cuán seductora,
qué mirada tan ardiente!
¡Cuánta tristeza en la frente
de María, y cuánto llora!