CARLOS. ¿Qué es esto, Dios de los cielos,
que mi razón enloquece?
MARÍA. Esto es, Carlos, que amanece:
sol que rasga negros velos.
¡Basta de infame ficción
(Levantándose con energía.)
y de cobarde comedia,
que ya mi altivez me asedia
con gritos de indignación!
CARLOS. Pero ¿aquella horrible carta
que yo con mis ojos vi?...
MARÍA. Aquí la tienes, aquí,
(Presentándosela.)
que ya mi paciencia es harta.
Escucha, Carlos, la historia
que alucinó tu razón,
O por sobra de pasión
o por falta de memoria.
(Pequeña pausa. MARÍA relata con rapidez.)
Hoy descubro tu Secreto;
la verdad por fin te arranco:
sobre las hojas en blanco
de tus cartas a Loreto,
dominando mi dolor,
secando mi llanto ardiente,
voy copiando lentamente
tus tiernas frases de amor;
ruego a Luis y al fin escribe
compasivo; llamo a Inés;
ella a Juan llama después,
y a tu vuelta le apercibe
con una historia mentida;
te repite Juan el cuento,
penetras en mi aposento
y me finjo la dormida;
y aquí ya el esposo infiel,
a entender por fin empieza
lo que cuesta una vileza
de lágrimas y de hiel.
En mí como en un espejo
viste tu amor criminal:
yo soy el limpio cristal
y tú el impuro reflejo.
Aquésta es la triste historia
que alucinó tu razón,
o por sobra de pasión
o por falta de memoria.
CARLOS. (Hablando consigo mismo.)
Todo así por fin se explica...
¡Pero esta duda fatal!...
¡Una prueba material
mi angustia te lo suplica!
MARÍA. (Mostrando las cartas de CARLOS.)
De mis cartas éstas son
comprobante necesario,
como libro talonario
de tu infamia y tu traición.
(Ajustando dos cartas, una de CARLOS y otra suya.)
¿Tus cartas ves ajustar
por los bordes a las mías?
¿No es verdad que mis porfías
premio lograron hallar?
¡Tanta perfección alcanza
el ajuste, y tal limpieza,
que jamás a una vileza
más se ajustó una venganza!
CARLOS. (Con arrebato.)
¡Es la luz! ¡La luz del día!
¡Es la verdad; la evidencia!
¡Miraba yo mi conciencia
y dudaba de María!
MARÍA. (Aparte.)
¿Por qué, corazón cobarde,
su alegría te conmueve?
¡Es el traidor, el aleve!
CARLOS. ¡Ven a mis brazos!
MARÍA. (Retrocediendo.)
Es tarde.
Ya conoces mi secreto
y estás tranquilo por ti;
Pero no piensas en mí,
ni en tu infamia, ni en Loreto.
Cuando la traición nos hiere;
cuando el ser a quien amamos,
por quien todo lo olvidamos,
otro cariño prefiere;
cuando de sí nos arroja
y su esquivez nos humilla;
cuando el llanto en la mejilla
más la quema que la moja;
cuando por horrible prueba,
ella, la esposa ultrajada,
oye leer arrodillada
las cartas a la manceba,
se extingue toda ilusión
por aquel que nos agravia,
y de la vida la savia
se seca en el corazón.
Un abismo nos separa;
me repugna tu regazo;
rompiste el divino lazo
que postrado ante el ara
por siempre unirnos debió.
CARLOS. ¡María!
MARÍA. En mi pecho frío
sólo hay tristeza y hastío.
CARLOS. ¿Y tu cariño?
MARÍA. (Pausa.)
Murió.
De la mujer tan escasa
la autoridad siempre fué,
que como tú no podré
decirte: sal de mi casa;
pero aunque el dolor taladre
mi pecho, si al ser de día
aquí estás...
CARLOS. ¡Por Dios, María!
MARÍA. (Pausa.)
Iré a unirme con mi madre.
Grato me fuera vivir
entre recuerdos de ayer;
si esta casa he de perder...
CARLOS. Es justo, debo partir.
MARÍA. Eugenio queda conmigo;
necesito que mi llanto
seque.
CARLOS. ¡Pero él es mi encanto!
MARÍA. Ese será tu castigo.