Cuando el rayo del sol tenue resbala,
Del mar la superficie tornasola,
Y la argentada espuma de cada ola
Riza y extiende de la brisa el ala.
En el zafiro de esplendente gala
La luz del sol las nubes arrebola,
Y en su barquilla tierna barcarola
El pescador con dulce voz exhala.
Al ver aquella escena, del abismo
En que el alma yaciera del ateo,
Surge una luz, destello de Dios mismo,
Y exclama de rodillas: “¡Devaneo
Era, Señor, mi falso escepticismo:
Existes, sí, y en tu grandeza creo.”