Ante tus ojos benditos
Las culpas manifestamos,
Y las heridas mostramos
Que hicieron nuestros delitos.
Si el mal que hemos cometido
Viene á ser considerado,
Menor es lo tolerado,
Mayor es lo merecido.
La conciencia nos condena
No hallando en ella disculpa,
Que respecto de la culpa
Es muy liviana la pena.
Del pecado el duro azar
Sentimos que padecemos,
Y nunca enmendar queremos
La costumbre del pecar.
Cuando en tus azotes suda
Sangre la naturaleza,
Se rinde nuestra flaqueza
Y la maldad no se muda.
Cuando el pecado amancilla
Con fiera herida la mente,
Padece el alma doliente
Y la cerviz no se humilla.
La vida, suelta la rienda
En su acostumbrado error,
Suspira con el dolor
Y en el obrar no se enmienda.
Pues entre los dos estremos,
En cualquiera peligramos:
Si esperas, no la enmendamos;
Si te vengas, nos perdemos.
De la afliccion el quebranto
Nos obliga á contricion,
Y en pasando la afliccion
Se olvida tambien el llanto.
Cuando tu castigo empieza,
Promete el temor humano;
Y en suspendiendo la mano,
No se cumple la promesa.
Cuando nos hieres, clamamos
Que el perdon nos des que puedes;
Y así que nos lo concedes,
Otra vez te provocamos.
Tienes á la humana gente
Convicta en su confesion,
Que si no la das perdon,
La acabarás justamente.
Concede el humilde ruego
Sin mérito á quien criaste,
Tú que de nada formaste
A quien te rogara luego.