(Tomado del final de un sainete.)
Muñoz.—Silbadito del alma,
No te me ahorques,
Que los silbos se hicieron
Para los hombres.
Acebedo.—Silbadores del diablo,
Morir dispongo,
Que los silbos se hicieron
Para los toros.
Comp. 1º.—Pues que ahorcar te quieres,
Toma la soga,
Que aqueste cordelejo
No es otra cosa.
Acebedo.—No me silveis, demonios,
Que mi cabeza
No recibe los silvos,
Aunque está hueca.
Arias.—Vaya de silbos, vaya!
¡Silbad, amigos!
Que en lo hueco resuenan
Muy bien los silbos.
Acebedo.—Gachupines parecen
Recien venidos,
Porque todo el teatro
Se hunde á silbos.
Muñoz.—Vaya de silbos, vaya!...
Comp. 2º.—Y los malos poetas
Tengan sabido,
Que si vítores quieren,
Este es el vítor.
Todos cant.—Vaya de silbos, vaya!...
Acebedo.—Baste ya, por Dios, baste;
No me den soga,
Que ya les doy palabra
De no hacer otra.
Muñoz.—No es aquesto bastante,
Que es el delito
Descomunal, y pide
Mayor castigo.
Todos cant.—Vaya de silbos, vaya!...
Acebedo.—Pues si aquesto no basta,
¿Qué me disponen?
Que como no sean silbos,
Dénme garrote.
Arias.—Pues de pena te sirva,
Que lo has pedido,
El que otra vez traslades
Lo que has escrito.
Acebedo.—Eso no, que es aquese
Tan gran castigo,
Que mas quiero atronado
Morir á silbos.
Muñoz.—Pues lo has pedido, vaya!
¡Silbad, amigos,!
Que en lo hueco resuenan
Muy bien los silbos.