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Guillén de Castro y Bellvís · Barroco

Jornada segunda — Vase el REY. Abraza CELAURO a LEÓNIDO.

español

CELAURO Fiel reparo de mis menguas,
dame los brazos, que en ellos,
mi gusto, más que cabellos,
quisiera abrazos y lenguas;
lograran mis esperanzas,
con esto, los cielos santos,
porque así te diera tantos
abrazos como alabanzas.
Extremo de honrado y fiel,
llégate más, que sospecho
que está deseando el pecho
que te metas todo en él;
toda la sangre se altera
entre alegres sobresaltos,
y el corazón, dando saltos,
darte las gracias quisiera.

LEÓNIDO Suelta, señor, estos lazos,
que estoy corrido y turbado
de que, sin haber besado
tus pies, me dieses abrazos;
dámelos, mi gusto apocas,
que por tan alto interés,
para besarte los pies,
quisiera infinitas bocas:
esta merced has de hacerme.

CELAURO Basta; que la fe te doy
de que lo poco que soy
es tuyo. ¿Quién a valerme
te trujo? Que a pensar vengo
que, a esto, del cielo vienes.

LEÓNIDO La mucha razón que tienes
y el deseo que yo tengo,
que es de servirte, y ha mucho
que vive.

CELAURO ¿Tal bien merezco?

LEÓNIDO Con lágrimas me enternezco
cuando tus cosas escucho.

CELAURO Mucho debo a tu valor,
¿también mis desdichas sabes?

LEÓNIDO Nunca se esconden las graves,
mas, por sabellas mejor,
de ti querría sabellas.

CELAURO Porque gustas de escuchallas,
y porque gusto contallas,
a ti, que te dueles dellas,
las diré.

LEÓNIDO Desa manera
pagarme hubieras podido,
cuando lo que te he servido
a tu valor no debiera.

CELAURO Cuando por causas tan dichas
salí de Hungría por horas,
con tal peligro, que a mí
no me parecieron cortas,
fui a valerme de los reyes
de Ingalaterra y Escocia,
y de mis quejas movidos,
de sus gentes y a su costa,
juntaron tan grande armada,
que no fue menos famosa
que la que el griego ofendido
pasó desde Grecia a Troya.
Salí triunfando con ella,
pronosticando victoria,
con piezas de artillería,
cajas, clarines y trompas,
y tremolando a los vientos,
que apaciblemente soplan,
flámulas y gallardetes,
banderas y banderolas.
Navegamos quince días;
mas la fortuna invidiosa
sacó los contrarios vientos
de las cavernas más hondas,
de cuya furia incitadas,
se enfurecieron las olas,
y murmurando su agravio,
bramaron sus voces sordas;
vieras abrirse las naves,
dando en escollos furiosas,
y otras hacerse pedazos,
batidas unas con otras,
y las que hicieron más agua
que echar pudieron sus bombas,
enteras las traga el mar,
¡triste y miserable cosa!
Con esto, de las que quedan
los pilotos se alborotan,
suenan las confusas voces,
de mal entendidas, roncas.
Unos dicen: «Zía, zía».
Otros dicen: «Boga, boga».
Unos: «Esfuerza el timón».
Otros: «Afirma la escota».
Y los más dicen: «Amaina
las velas y las congojas».
Al tiempo piden clemencia,
y al cielo misericordia;
unos rendidos y humildes,
la muerte que esperan lloran,
y otros, de una tabla asidos,
furiosos al mar se arrojan,
quién promesas hace al cielo,
y quién muerto de congoja,
sus pecados dice a voces,
si hay alguno que los oiga.
Viendo desdichas tan grandes,
imposibles y forzosas,
mira yo cual estaría,
como la causa de todas.
Al fin, pasados tres días,
con sus noches tenebrosas,
san Telmo puso en la gabia
su señal maravillosa.
A mi nave general
pudieron seguilla pocas,
mas la mitad de la armada
recogí, perdida y rota.
Quise así probar mi suerte,
y fue tan poco dichosa,
que, de mi hermano vencido,
perdí la opinión en todas.
No escapó de muerto o preso
sino sola mi persona,
y tanto, que desde entonces
siempre la he tenido sola.
Probara otra vez ventura,
mas de mi Nísida hermosa
las lágrimas me entretienen,
y me entretienen las glorias.
En casa una muda triste,
ha un año que vivo a solas,
con ella y una hija suya,
tan niña como graciosa,
pues, con su ingenio y donaire,
entre flores y otras cosas,
lleva a Nísida papeles,
y con la respuesta torna
desta casa de placer,
adonde la Reina llora
sus pesares, porque el Rey
la aborrece hasta la sombra.
Aquí a mi Nísida veo,
que hubiera de verse agora
sin tal gusto, a no valerme
esas manos milagrosas.
Con esta gloria sin gusto,
con esta vida sin honra,
espero siempre los fines
de mi lamentable historia.

LEÓNIDO De tus lágrimas es cierto
enternecerse una peña.

CELAURO Escucha, ¿oíste la seña?

LEÓNIDO Una ventana han abierto.

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Autor
Guillén de Castro y Bellvís
Título
Jornada segunda — Vase el REY. Abraza CELAURO a LEÓNIDO.
Lengua
español
Época
Barroco
Sala
La Biblioteca
Identificador
ws-es-jornada-segunda-vase-el-rey-abraza-celauro-a-leo--guillen-de-castro-y-bellvis-8aa85d
Cita recomendada
Guillén de Castro y Bellvís, «Jornada segunda — Vase el REY. Abraza CELAURO a LEÓNIDO.», Poetósfera, poetosfera.com/p/ws-es-jornada-segunda-vase-el-rey-abraza-celauro-a-leo--guillen-de-castro-y-bellvis-8aa85d.html

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