Si te dijese: «¡te amo!» ¿qué dirías
«Mujer hermosa de azulados ojos?»—
Quizá encendida contra mí en enojos
Con tu crudo rigor me matarías.
Si te dijese:—«En tí tan solo pienso,
«Ángel hermoso de cabellos de oro!»—
Al ver brotar de la pasion el lloro
¿Rechazarías mi amoroso incienso?
Si dijese:—«Tu imágen solo veo;
«Vírgen pura, de rostro de azucena!»—
Con esa voz que el alma me enajena
Me dirías risueña:—«No lo creo.»
Si dijese: «Por tí tan solo vivo!
«Esbelta ninfa, la del talle airoso!»—
Tal vez volviendo tu semblante hermoso
Me contestáras con acento esquivo.
Si dijese:—«Feliz el que tú adores,
«Graciosa niña, de amorosa boca!»—
Abriendo el labio que al amor provoca
Me llenarias de ásperos rigores.
Y te amo mas que á las hermosas flores
Cuyo grato perfume nos embriaga,
Mas que á la brisa que la frente halaga
Del estío en los cálidos rigores.
Yo te amo, por tu gracia y gentileza,
Por tus ojos azules como el cielo,
Por tus cabellos que cual aureo velo,
Tiendes sobre tu angélica cabeza.
Mas, te amo en mi interior, sin esperanza,
Como á vírgen en ara colocada,
En donde la criatura arrodillada
De sus pecados el perdon alcanza.
Si es una ofensa amarte en el secreto,
Yo rogaré á tu bondad inmensa,
Que como Dios perdona toda ofensa
Perdones un amor puro y discreto.
Culpa es de Dios que te hizo tan hermosa
Si yo te adoro con pasion ardiente,
Culpa es de Dios si en mi abrasada mente
Vive solo tu imágen amorosa.
Culpa es de Dios de mi alma el estravío...
Mas dije mal, la culpa es de tus ojos,
En los cuales, brillando entre sonrojos,
Amor no busco por no hallar desvío.
Por eso te amo como á blanca estrella
Que resplandece en el inmenso cielo,
Y que sin alcanzarla desde el suelo,
La contemplase siempre pura y bella.