De tu ligera planta
El curso, Fénix rara,
Pára, pára;
Mira que se adelanta
En tan ligero ensayo
A la nave, á la cierva, al ave, al rayo.
¿Por qué surcas ligera
El viento trasparente?
Tente, tente;
Consuélanos siquiera,
No nos lleves contigo
El consuelo, el amparo, el bien y abrigo.
Todos los elementos
Lamentan tu partida;
Mida, mida
Tu piedad sus lamentos:
Oye el humilde ruego
A la tierra, á la mar, al aire, al fuego.
Las criaturas sensibles
Y las que vida ignoran,
Lloran, lloran
Con llantos indecibles,
Invocando tu nombre
El peñasco, la planta, el bruto, el hombre.
A llantos repetidos
Entre los troncos secos,
Ecos, ecos
Dan á nuestros gemidos
Por llorosa respuesta
El monte, el llano, el bosque, la floresta.
Si las lumbres atenta
Hácia el suelo volvieras,
Vieras, vieras
Cuán triste se lamenta
Con ansia lastimosa
El pájaro, el reptil, el pez, la rosa.
Mas con ardor divino
Ya rompiendo las nubes
Subes, subes,
Y en solio cristalino
Besan tus plantas bellas
El cielo, el sol, la luna, las estrellas.
Ya espíritus dichosos
Que el Olimpo componen
Ponen, ponen
A tus pies, generosos,
Con ardientes deseos
Coronas, cetros, palmas y trofeos.
No olvides, pues, gloriosa,
Al que triste suspira;
Mira, mira
Que ofreciste piadosa
Ser de clemencia armada
Ausilio, amparo, madre y abogada.