Á la memoria de la Señorita Doña Josefa Badillo.
¡Quién pudiera en tu sepulcro,
Amiga nunca olvidada,
Verter el amargo lloro
Que tu recuerdo me arranca!
Hoy se pierden en la arena
De esta vega solitaria
Lágrimas del corazón,
Lágrimas que brota el alma.
Si en esta tumba querida,
Do tus cenizas descansan,
Cayeran una tras otra,
No sintiera derramarlas;
Como no siente el rocío
Brillar en marchitas dalias,
Y sí hundirse para siempre
De una roca entre las abras.
Si al menos dado me fuera
Colocar una guirnalda
Sobre el mármol que insensible
Mis sollozos escuchara;
Allí se deshojaría
La que mi amistad consagra
Á la memoria más tierna,
Á la lira en que llorabas
Los tormentos de una vida
Desde su aurora eclipsada,
El tedio cruel de existir
Sin contentos ni esperanzas:
Ofrenda que mi cariño
Formó con la débil rama
De un laurel que entre cipreses
Melancólico enseñaba
Sus hojas amarillentas,
Entre las que se enlazaban
De la hiedra trepadora
Flores bellas, delicadas;
Corona que es para mí
Imagen de aquellas gracias
Que apenas muestran su hechizo
Cuando se miran ajadas.
Tu juventud fué la flor
Al abrirse mutilada
Por el famélico insecto
Que su cáliz ocultaba.
¿Quién vió sus bellos matices
Alegres? ¿Quién vió sus galas
Ostentando el atractivo
Que á los céfiros embriaga?
Aquellos aparecieron
Macilentos, doblegada
La hermosa, gentil corola
Que en el tallo se elevaba.
¿Quién la miró sonreirse
Con la sonrisa del alba,
Ni del magnífico sol
Á la fecunda mirada?
Alguna vez un suspiro
Oyó la luna plateada,
Suspiro en que le ofrecía
Su pura, suave fragancia.
Así en las noches serenas,
Tenues, muy tristes, sonaban
Las patéticas canciones
Que á los cielos elevabas;
Y sus doloridos ecos
Mi corazón penetraban
Grabando en él para siempre
Las penas que devoraba.