Elévase entre nubes, sublime y majestuosa,
La transparente luna con pálido fulgor,
Cual la modesta virgen, que bella y pudorosa,
Oculta tras un velo su rostro seductor.
Y míranse á millares radiantes las estrellas,
La bóveda celeste lucientes tachonar ;
Y en el espacio inmenso, cual rápidas centellas
Se ven exhalaciones bellísimas cruzar.
La embalsamada brisa susurra blandamente,
Y á su fugaz contacto la matizada flor,
Su cáliz entreabriendo, se mece suavemente,
Y esparce por doquiera su aroma embriagador.
Esta hora de reposo conmueve al alma ardiente;
Y entonces se presenta radiante la ilusión :
Recuerdos deliciosos se agolpan á mi mente ;
Memorias de la infancia que adora el corazón.
De esa época felice que ignora los dolores
Que oprimen á la triste, doliente humanidad ;
Y en que dichoso el niño camina sobre flores
Que ocultan á sus ojos la horrible realidad;
Cuando en dorados sueños le ofrece la esperanza
De rosas y azucenas sembrado el porvenir,
Y que su débil mente á comprender no alcanza,
Que en páramo desierto se pueda convertir.
Mas ¡ay! ¡cuan poco dura de la niñez la calma!
Llega presto tras ella la ardiente juventud :
Entonces la amargura, despedazando el alma,
Aleja de su lado la paz y la quietud.
¿En dónde están los goces de aquella edad primera?
¿Do están aquellas horas de dicha y de placer?
Pasaron como pasa la ráfaga ligera ;
Cruzaron cual meteoro que nunca ha de volver.
Mil veces esa luna espléndida y brillante
Calmara compasiva mi vivido penar ;
T ¡ cuántas ha bañado mi pálido semblante,
Y ha visto de mis ojos las lágrimas rodar!
¡Oh faro de la noche! ¡Antorcha de consuelo!
¡ Destello de la inmensa, divina majestad !
No avances, nó; detente en el etéreo cielo,
Y deja que contemple tu suave claridad.