La noche extiende su enlutado velo
Sobre la tierra que en quietud reposa,
Y ya en el cielo asoma misteriosa
La luna con su pálido fulgor.
Ni el más leve rumor turba la calma ;
Todo ha quedado triste y silencioso ;
Ya no se oye ni el canto melodioso
Que hace poco entonaba el ruiseñor.
En esta hora sublime, entre las tumbas,
Con el alma transida de quebranto,
Vengo á la tuya á derramar mi llanto,
Y á elevar melancólica oración.
No hay en ella ni mármoles, ni oro,
Ni está con bellas flores adornada;
Tan sólo, ¡oh padre I mírase grabada
En tu modesta losa una inscripción.
Mil recuerdos se agolpan á mi mente,
Bellos como los sueños de ventura,
De aquellas horas de mi infancia pura,
Que presto huyeron para no volver.
Y esos gratos recuerdos, padre amado ;
Esas horas de dicha transitoria,
Indelebles están en mi memoria
Sin poder cual aquella fenecer.
Tú me trazaste de virtud la senda,
Enseñándome á amar al desgraciado;
Tú también con solícito cuidado
Formabas mi inocente corazón.
Y tus palabras de ternura llenas
Hasta el alma llegaban, padre mío,
Cual se filtra la gota de rocío
Dentro del cáliz de la tierna flor.
Tranquila deslizábase mi infancia
Cual cristalino y límpido arroyuelo,
En cuyas ondas, retratando un cielo,
Por la pradera murmurando va.
Yo era feliz al fulgurar la luna,
Y felice también el sol me hallaba,
Cuando ufano en los montes reflejaba
O de un lago en el líquido cristal.
Entonces ignoraba que en el mundo
Pasa la dicha como sombra vaga ;
Porque á la edad en que ella nos halaga,
Sólo sabía jugar y sonreír.
Y ajeno el corazón al sufrimiento,
E ignorando del alma los dolores,
No pensé que cual áspid entre flores
El infortunio llegaríaine á herir.
Mas como el humo que arrebata el viento,
Despareció mi dicha y mi ventura;
Y al elevarse al cielo tu alma pura,
Mi alegría infantil también huye.
Contemplé en el sendero de mi vida
Convertidas las flores en abrojos,
Y entonces extendiese ante mis ojos
Un porvenir de duelo y aflicción.
Y donde viera mágicos pensiles,
Punzadoras espinas he encontrado ;
Engaños mil en la amistad he hallado,
¡ Qué miserias en la alta sociedad !
Por eso triste, con amargo llanto,
Vengo á regar tu losa funeraria,
Y á dirigir mi fúnebre plegaria
En medio de la augusta soledad.
Voy en el mundo sin tu amiga mano,
Vagando como errante peregrino,
Sin hallar una flor en el camino
Por do cruza mi triste juventud.
Cual frágil barca sin timón ni quilla,
Al soplo airado de contrario viento,
Navegaré sin que tu tierno acento
Pueda indicarme el puerto de salud.
Mas nó, que al deslizarse mi barquilla
En el mar de la vida borrascoso,
Tú velarás por ella bondadoso
Desde ese cielo diáfano y azul.
Y rogarás al Hacedor Supremo
Para que mi alma de sufrir cansada,
Pueda elevarse al fin purificada
A esa región de bienandanza y luz.