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PoetósferaLa Prosa BreveÁngel de Campo

Ángel de Campo

Hiedras

español

Era un árbol viejo, abatido por los dolores. Se dice que había amado con locura á no sé qué flor que murió á sus plantas. ¡Pobre, y qué feo era! Grueso y carcomido el tronco, lleno de profundas grietas y cicatrices; herido por el cuchillo de los ociosos que habían ahondado en él cruces, letras enlazadas y corazones traspasados por una flecha; lagartijas y espinas eran los únicos huéspedes de aquel árbol enfermo. Se retorcían sus brazos como si hiciera un esfuerzo desesperado y negro: solo, desnudo en la llanura, caídas sus hojas últimas, servía no más para hacer más grande la soledad de aquel potrero amarillento, lleno de charcos; parecía un retoño de aquel terreno estéril para las flores y fecundo para las serpientes. En la tarde se destacaba en el oro pálido del crepúsculo, como un crucificado de cabeza. ¡Pobre árbol! Volaban los pájaros para saludarlo, pero los asustaba el gesto adusto del monstruo: jamás tuvo una sonrisa para las mariposas, y se aislaba de todo el mundo. Quería morir solo, desamparado; arrancando al cierzo notas elegiacas; quería morir así con su dolor, minado por el recuerdo de aquel ideal imposible, de aquella flor ¡oh tristeza! que murió tan joven, sin que él pudiera tenderle por última vez los brazos, porque el viento, gruñón aterrador, la arrebató para sepultarla en la fosa común de las flores muertas: el surco. Un día de lluvia se dibujaba en el cielo gris con perfiles más extraños, más sombrío.... hablaba con la lluvia de sus dolores y.... ¡cosa inesperada! oyó una voz femenil y dulce que le dijo: —No se queje usted de su soledad, señor; como buena vecina quiero consolarle á usted. El árbol se enfureció, llegó á dirigir terribles amenazas á la joven hiedra, que era quien le hablaba, y se había reclinado en una de sus raíces, y la despidió duramente con un gesto de profundo desdén. Pasaron días.... y meses, y la vecina no se iba; al contrario, preguntaba al viejo inconsolable cómo se sentía de males, cómo había pasado la noche.... y él llegó á enternecerse. ¡Todos, decía, me han olvidado; todos huyen de mí; las aves, porque el cierzo me azota y derriba sus nidos; las coquetas mariposas, porque no encuentran en mis ramas urnas de seda rebosando néctar; las flores, porque me creen una momia!...... Era cierto; solo la tarde al morir le enviaba un beso en una ráfaga de púrpura y la noche una sonrisa en un lampo de nácar. ¡Qué buena era aquella virgen verde, tan dulce, tan risueña! ¡Cómo había crecido! ¡Era ya toda una mujer! ¡Y le hablaba de un porvenir primaveral! Desde que ella vivía á su lado, los pájaros le decían que se había rejuvenecido, fuerte y hermoso. —Sí, hiedra, decía él con inmensa ternura: sé mi amiga, abrázame, y ella al abrazarlo cubría con sus hojas aquella desnudez llena de arrugas que le daba un aspecto repugnante: al colgarse de la rama escueta fingía en ella un retoño; nacieron en las raíces algunas flores, y las mariposas coquetearon con él: ¡hasta dulcificó el aire su acento para arrullarlo! Se apoderaba de él una tierna melancolía, y se preguntaba: —¿Por qué amaré tanto á esta vecina á quien antes odiaba? Y la vecina lo abrazaba, y crecía, crecía, fuerte, hermosa, lozana, mientras él se agotaba viejo y débil. —¡Oh! le dijo una vez, yo te amo, pero me matas, desenlaza tus brazos de mi cuerpo, ¡vete! ¡me sofocas!.... ¡Aire!.... Ya no era tiempo: ni el huracán, ni el torrente, ni el otoño, nada pudo arrancar aquella hiedra, sudario del árbol que desapareció bajo la esmeralda de la trepadora, fresca y alegre como nunca. Sus caricias habían matado al viejo tronco. ¡Pobres corazones troncos, pobres aislados, si llega á daros sus abrazos la trepadora invencible, tendréis aves, flores, retoños, caricias; así son las ilusiones y las esperanzas, pero tendréis la muerte, porque siempre matan las hiedras de una pasión ó una costumbre!

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Autor
Ángel de Campo (1868–1908) · Wikidata Q6173606
Título
Hiedras
Lengua
español
Forma
Estampa
Colección
Ocios y apuntes (1890)
Nota
Dedicada «A. L. Godard». El árbol viejo y la hiedra que lo consuela hasta matarlo. Excede el guard (~750 pal.): excepción — la moraleja final la vuelve inseparable de la serie.
Sala
La Prosa Breve
Identificador
hiedras--campo
Cita recomendada
Ángel de Campo, «Hiedras», Poetósfera, poetosfera.com/p/hiedras--campo.html

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