Lágrimas de dolor vierten mis ojos,
Y al rodar por mi pálida mejilla,
Riegan de estéril suelo los abrojos
Y no las flores de amistad sencilla-
Caen cual lluvia en incendiado huerto,
Cual de la aurora el llanto en roca dura,
Como semilla en arenal desierto
Que no fecunda el sol ni el aura pura.
No se cuidan los míseros humanos
¡ Ay ! del dolor que al desgraciado oprime ;
Se entregan ciegos á deleites vanos
Y olvidan, siempre al que sin tregua gime.
Jamás la alegre multitud que miro
Cruzar liviana mi azarosa senda,
Une á mis tristes ayes un suspiro :
No hay uno solo que mi mal comprenda.
Cuando el amigo que creí sincero
De mí se aleja, y júzgame importuna,
Exclamo en mi pesar: ¡No hay verdadero
Hidalgo sentimiento en alma alguna!
El cobarde mortal huye espantado
Del ser á quien aflige negra pena ;
Teme, al verle, sentirse contagiado,
Y arrastrar de sus males la cadena.
Se imagina quizá que nunca el lloro
En nubes cubrirá su claro cielo ;
Risueño porvenir, placeres, oro,
Busca tan sólo en el mezquino suelo.
Mas ¿para qué anhelar de mis hermanos
Alivio á mi penar y mi lamento,
Si de Dios los decretos soberanos
Tendrán en mí seguro cumplimiento?
Hora que se halla en soledad umbría
Mi alma infeliz envuelta en negro velo,
Sé que hay para sufrir la tierra impía,
Y siento que hay para gozar el cielo.
Y entonces ¡ oh mi Dios ! tu voz amante
Habla á mi corazón desfallecido ;
Vuelvd á tí la mirada suplicante,
Y angustiada te muestro el seno herido.
Y tú, Señor, con mano cariñosa
El bálsamo le aplicas del consuelo ;
Y el mar de mi existencia borrascosa
Tornas en manso y límpido arroyuelo.
La nave en que bogaba, en noche obscura
El huracán horrísono impelía;
Y ya en las bravas hondas, sepultura
Entre ardientes relámpagos le abría:
Cuando apareces Tú, mi fiel Amante,
Me tomas en tus brazos, y á tu seno
Estrechas mi cabeza delirante,
De compasión y de bondades lleno.
Y de mi vida el árido camino
Siembras de lindas y olorosas flores:
¡ No te apartes de mí, Dueño Divino,
Que es tuyo sélo mi caudal de amores !
Porque ¿en dónde, mi bien, si tú te aleja
He de posar mi atormentada frente?
¿A quién he de decir mis tristes quejas?
¿Quién dará alivio al ánima doliente?
Me vería cual árbol en invierno,
De sus hojas y frutos despojado;
Y en soledad horrible y luto eterno
Mi pobre corazón atribulado.
Si te vas, nunca olvides, Amor mío,
Que á tí tengo mi vida consagrada:
Mi cuerpo encierra en el sepulcro frío,
Y lleva mi alma á tu feliz inorada.