En un cornete azul de cristal de Bohemia, un dulce de fino y perfumado caramelo, soñaba opíparos festines y se lamentaba. La mesa del comedor estaba en desorden: dispersas sobre el arrugado mantel las migajas de pan, volcadas las copas con heces de vino, las cáscaras de las frutas enroscándose, las moscas revolando sobre los platos untados de salsa, inspeccionando las hojas de los cuchillos oxidadas por el jugo de las naranjas ó libando gotas de miel en las cucharas.... Todo indicaba un festín concluido, y aquel caramelo, que parecía un rubí, estaba triste. ¡Lo habían olvidado en un juguete de tocador! Yo, decía, estaba predestinado para ser feliz, unos labios rojos como yo, al besarme sentirían toda la dulzura que encierro, ¡y mi mayor placer sería que me astillaran unos perlados dientes! Esa es mi suerte de caramelo aristocrático...... ¿Conque después de salir del molde de la dulcería francesa; después de haber sido expuesto en un aparador de grandes cristales, de ser deseado por tantos ricos (porque ningún pobre se acerca á un luciente escaparate temiendo que lo declaren ladrón); después de haber visto tantos coches, tantas sedas, ¡estar sepultado en una cajita de raso, ser regalado en año nuevo por un novio! Voy á envejecer aquí, á blanquearme como una cabeza canosa. ¡eso es horrible! Yo tengo títulos, y si no soy feliz ¿por qué será? Pero (olfateando) ¿qué huele tan mal?... —Yo, dijo asomándose debajo de la mesa y con voz tímida, una charamusca; yo, que he sido arrojada por el hijo del portero en esta alfombra; yo, que soy feliz. —¿Tú? (admiradísimo) explícame eso, ¿tú feliz? (con voz burlona) ¿tú, miserable indio de la raza de los dulces; tú, hijo del plebeyo piloncillo? —Yo, yo soy feliz, mira.... —Hazme favor de no tutearme, que no somos iguales. —Yo, mire usted (humillada), soy feliz; no porque se me exponga en luciente escaparate como usted dice; mi hogar es una mesilla grasienta donde me codeo con las pepitas tostadas, las habas, garbanzos y arbejones, las alegrías y pepitorias; jamás atraigo las miradas de los poderosos; ¿quién se va á fijar en la mujer harapienta que me vende? pero el niño, el pobre niño del pueblo me encuentra al alcance de un centavo; al ir al colegio me compra, me acaricia, me encierra en su bolsa desteñida junto á la rota pizarra y el silabario deshojado; y si usted viera con qué placer endulzo sus pesares infantiles cuando burlando la vigilancia del bilioso y flaco dómine, me muerde y son disputados mis pedazos por los que no me poseen, y ¡cómo me cambian por pizarrines y canicas! Después disuelta muero, sí, pero bajo á la tumba sin causar mal y arrojada por la naturalísima ley de la digestión; pero usted, dulce de rico, ¡cuesta tan caro! Jamás sabrá lo que es ser comido por hambrientos labios ¡eso es indescriptible! Cuando sea usted engullido y apenas saboreado por cansados paladares, causará dolores, lo detestarán y un médico ordenará que una purga barra con su personalidad dañosa.... Un poeta democrático, el grillo, que opina que los versos son algo como caramelos para el espíritu, exclamó: «¡Claro! por eso yo no le canto sino al pueblo....»