Fantasía.
I
En una noche serena
Brillaba la luna llena
En el firmamento azul,
Seguida de mil estrellas
Que fulgurantes y bellas
Daban al mundo su luz.
Entre las nubes hermosas,
Que vagaban silenciosas,
Un alma á otra alma encontró:
Una del cielo venía,
Otra del mundo salía
Buscando un mundo mejor.
Las dos su vuelo pararon
Y á la vez se preguntaron:
¿De dó vienes? ¿Á dó vas?
La que á la tierra venía,
Contestó: El Autor del día
Me manda al mundo á morar.
—Yo me alejo de este suelo
Donde sólo hay llanto y duelo,
La otra al instante exclamó.
Tú entretanto, desgraciada,
Vas á una vida ignorada
De tormentos y de horror.
Pero, alma, antes de dejarte
Un consejo quiero darte
Que algo mitigue el dolor:
Puesto que vas á esa tierra
Cuyo recuerdo me aterra,
Escucha atenta mi voz.
II
Pues que dejas el cielo, alma querida;
Esa mansión de bienestar y calma,
Si algo quieres gozar allá en la vida,
Nunca de una mujer seas el alma.
Ella pasa llorando su existencia,
Al capricho del hombre esclavizada,
Y cual las flores al perder su esencia,
Por la mano de él mismo es arrojada.
Es un frágil cristal, tan delicado,
Que basta el aliento su pureza empaña;
Es un sér como débil, desgraciado,
A quien el llanto desque nace baña.
Como una exhalación brillante y pura,
Rápida pasa por el ancho mundo,
Que cuando al hombre enfada su ternura,
La despedaza con desdén profundo.
Si en un momento su belleza adora,
El crüel desamor viene en seguida;
Sólo se acuerda de ella cuando llora;
Que cuando goza, á la mujer olvida.
Ella le quiere como á tierno padre;
Le adora amante como casta esposa;
Y por darle la vida dulce madre,
La suya sacrifica generosa.
Parte con él sus horas de tormento
Porque es el alma del que ardiente adora:
¡Siempre que el hombre apura el sufrimiento,
Se ve junto á él una mujer que llora!
Le da al hombre raudales de ternura;
Riega en su senda flores purpurinas;
Y él le vuelve torrentes de amargura;
Y le da de las flores las espinas.
Cuando alma ardiente la destroza el celo,
Despedazan su fe los desengaños;
Busca la dicha su constante anhelo,
Y sin hallarla pásanse sus años.
Y llega de su vida hasta el ocaso,
A la ventura y los placeres muerta;
Que cuando la infeliz va á dar un paso,
Encuentra ante sus pies la tumba abierta.
Tal es sobre la tierra su destino;
Y al apagarse su nefanda estrella,
Como único recuerdo en su camino,
Se mira de sus lágrimas la huella.
III
Dijo el alma, y hacia el cielo
Tendió ligera su vuelo
Y en las nubes se ocultó.
En tanto la otra bajaba,
Y como todas, lloraba
Cuando á este mundo llegó.