Acto primero
(Personas: CONCHA; DOÑA LIBORIA; DON DIEGO; DON DONATO; DON MANUEL; DON FULGENCIO; RITA.)
ESCENA PRIMERA
(CONCHA, que llega con una jarrita en la mano, hita, preparando sobre el velador tazas, servilletas ele. para servir luego café con leche.)
Alcanza esa jaula, Rita, i-^"
que mudar el agua quiero
á mi pintado gilguero.
Tómela usted, señorita.
(Se la da, acaba de cubrir el velador, y se retira.)
Dulce compañero mió,
mi amigo y consolador,
á quien tan solo mi amor
y mis lágrimas confio,
¿cómo al verme al])orozado,
cómo piando no agitas
tus matizadas aulas,.
tu cuello tornasolado? •í-'f>
Ni como sueles te veo
el pico arpado l)añar, ■r
ni á tu amiga saludar »
con melodioso gorgeo.
(Lo saca de la jaula.) Ven, ven á mi seno tiel,
aunque ya en vano porfía
por prestarte la alegría
que un tiempo moraba en él.
¿Suspiras por la pradera
que embelesaba tu cauto?
¿Es causa de ese quebranto
tu perdida compañera?
Consuélate, que en prisión
yo también penando vivo.
¡Ay! También gime cautivo
mi llagado corazón.
Tú al menos en nú piedad
puedes cifrar tu ventura;
mas ¿quién en tanta amargura
me dará á mí libertad? —
Vuela á tu floresta umbría;
goza del aura serena,
que yo rompo tu cadena...
ya que no puedo la mía.
Vuela, gilguerito; vive
contento, libre, dichoso,
y de mi labio amoroso
el postrer beso recibe.
ESCENA II
(CONCHA, DON MANUEL.)
{Atravesando de puntillas el teatro.
AUi está el dulce embeleso
de mis ojos. — Si pudiera
salir sin que ella me viera...
(Vuelve Concha la cabeza y le mira.) ¡Ah!
Don Manuel, ¿cómo es eso?
Temprano sale usted hoy.
Cierto negocio me obliga...
¡Sin saludar á su amiga!
¡Conchita...
Quejosa estoy.
La causa saber deseo...
Perdóneme usted. Salia
distraído... (¡Ay, alma mia!)
(Yo tiemblo cuando le veo.)
Bien sahfí iistpd que le esliiiio;
lo confieso sin rubor.
Y esa es mi dicha mayor,
(Mal mi (url)acion re(»ritn().]
Si fuera usted don Fulgencio,
y sin hablarme saliera,
ninguna (jueja le diera;
no culpara su silencio.
¿Y si íucra don Donato?
Tampoco.
Huespedes son
taml)ien.
Tiene usted razón;
mas no me gusta su trato.
Pues la aman á usted los dos,
la pretenden á porfía;
y al íin...
La culpa no es niia
don 3Ianuel. ¡Sábelo fiios!
No es mucho que esc semblante
cautive sus corazones.
¿Tantas son mis perfecciones?
No tiene usted semejante.
Mi labio no lisonjea.
Cierto. — No soy melindrosa.
Pues usted me llama hermosa,
no debo de ser muy fea.
Don Fulgeucio y su rival
lo habrán dicho antes que yo.
¡Pluguiera al cielo que no!
¿Pues hay en eso algún mal?
A ser yo libre, ninguno.
(¡Cielos! ¿SÍ á otro amará!)
( ¡Ah!...) La hora se acerca ya
de servir el desayuno.
¿Usted no nos acompaña?
IS'o, scñora.
Es singular...
¿Se va usted sin almoizar?
Verá usted cómo lo estraña
mi mamá. — La llamaré
para que usted se convenza...
Mamá...
¡No, 110! — ( ¡Qué vergüenza!
No la llame usted.
¿Por qué?
(Turbado.)
Ahora no... (¡Terrible aprieto!)
Ahora no la puedo ver.
Quisiera... Tengo que hacer...
Eso anuncia algún secreto...
No, señora.
Que no alcanza
mi discurso.
No. ¡Si digo...
que...
No es usted ya mi amigo.
Ya perdi su confianza.
Permítame usted callar...
(Enojada.)
Está hien.
Es una cuita
que yo...
Basta.
¡No, Conchita!
Ya lo voy á declarar.
¡Tiene usted tan dulce imperio
sobre mí...
No lo creía.
Oiga usted la pena mía. —
Pero ese rostro tan serio...
No era encono ni desvío;
era injpaciencia amistosa.
Soy á veces tan temosa...
Hable usted. Ya me sonrío.
Yo me veo en un terrible
compromiso.
¡Cielo santo!
En el mas duro quebranto
que hombre padeció.
¡Es posible!
Venció ayer.,, ¡suerte tirana!
mi mes de hospedage...
¿Y qué?
Y pnj:;arlo uo podré
hasta la (arde ó mañana.
¿Es CSC d lance espantoso
y sin cjcniplu en la historia?
¿Que dirá doña Lihoria?
Dirá (jne soy un tramposo.
A no cstorharlo el cariño
reñiriamos ahora.
¿Quién le apura á usted?
Señora...
¡Eh! No sea usted tan niño.
¿Quién no tiene una manía?
Pero...
Pagar en el acto,
ser en todo el mas exacto;
esta lúe siempre la mia.
Pero hace usted una ofensa
á mi mamá.
El pundonor...
Me tendrá por jugador,
lihertino...
Ni lo piensa.
Anoche á eso de las diez,
después de dar mis lecciones,
me salieron tres ladrones
junto á la calle del Pez,
y dos onzas que Iraia
los infames me roharon.
¡Buen Dios!
Pero me trataron
con mucha cortesanía.
¡Soy el homhre mas fatal...
Desde que en Madrid resido
solo á un haile he concurrido
en tiempo de carnaval.
Y no fue, asi como quiera,
baile de bota y fandango,
que la casa es de alto rango
y gasta arrobas de cera.
¡Qué música celestial!
¡Qué lujo! ¡Qué sala aquella! —
Y ninguno entraba en ella
sin billete personal. — »
Grande ambigú preparado
para la gran sociedad...
aunque yo de cortedad
no probé un triste bocado.
Solo bailé un rigodón,
y lo bailé de pareja
con una maldita vieja
que parecía un sayón;
y para mayor tragedia,
antes que á sentarse vaya
en mis brazos se desmaya...
¡y no vuelve en hora y media!
Me retiro amostazado;
voy á recoger el Clac,
y una copa de Cognac
se habia en él derramado.
Una capa nuevecita
en la antesala dejé;
y sin ella me encontré...
i y basta sin Chanclos, Conchita!
Soplaba un cierzo cruel,
y amanezco al otro dia
con tan atroz pulmonía,
que hube de soltar la piel.
Mientras en dudosa lid
con el médico luchaba,
« ¡Mísero de mí, esclamaba!
¡Esto es bailar en Madrid!
Buen Dios, sacadme con bien,
que ya estoy arrepentido,
y de bailes me despido
por siempre jamas, amen.»
¡Se llama usted desgraciado,
don Manuel!
Y con razón.
Otros mas que usted lo son,
aunque menos lo han mostrado.
¡Ay, Conchita! El hado mió...
Será inflexible, cruel;
pero al menos, don Manuel,
manda usted en su albedrío.
Hombre es usted, y sin mengua
se puede al menos (¡nejar,
y el corazón trasladar
á los ojos y á la lengua.
¡Ali! Si me atreviera á tanto
aun mas infeliz seria.
No sabe usted todavía
cuan acerbo es mi quebranto. JJ'.)>'./.lt.0
¿l*ues tan poca conlianza
le inspiro á usted? ¿No sabré...
Sí, Concbita; lo diré. —
Yo amo... sin esperanza.
¿Sin esperanza?
Ninguna.
¡Cuan triste es amar asi!
Mas aun me depara á mi
mas grave mal la fortuna.
¿Mas grave mal? No concibo...
¡Y usted, tan joven, tan bella,
se queja ya de sn estrella!
Solo para el llanto vivo,
j Oh justo cielo que ves
su alma pura y rostro hermoso!
¿Quien merece ser dichoso
si Conchita no lo es!
Si perder el bien querido
es dardo que el pecho clava,
¡cuánto mas el ser esclava
de un ol)jeto aborrecido!
Y para mayor tormento
quiere mi enemiga suerte
que á un tiempo me den la muerte
amor y aborrecimiento.
¿Será posible... ¡Ay, Conchita! —
¿Y qué dichoso mortal...
(Dentro.) Acepilla aqui^ animal.
(ídem.)
Sirve el desayuno, Rita.
¡Ella es! — Déme usted licencia...
¿Dónde va usted? ¿Pues no es rara
aprensión...
¡No! ¿Con qué cara
me pongo yo en su presencia? —
¡Cuidado que entre los dos
se quede el secreto...
Bien. —
Pero es muy estrafio... ¿Quién
por im dia...
¡A Dios! ¡A Dios!
(Vase corriendo.) ESCEISA III.
(DONA LIBORIA. DON FULGENCIO. DON DONATO.)
(Rita sirve el desayuno, retirándose luego que todos se han sentado á la mesa.)
Hermoso día!
Escelente.
¡Oh. señorita! ¡tan sola...
Ya iba á buscar á mamá.
(Sale ahora.) Felices, doña Liboria.
¿Cómo está usted de su reuma?
Algún tanto me incomoda,
pero estoy mejor que ayer.
y usted, ¿qué tal de su gota?
Hoy asi, asi.
Mal de ricos.
Sí por cierto. ¡Fuerte cosa
que no ha de tener dinero
un hombre sin esta y otras
pegigueras! Pero cómo
se arraigan y se estacionan
sobre \\n triste millonario
las dolencias! Eso asombra.
Ent'erma un pobre demonio,
y se cura por la posta,
ó se uniere en cuatro días;
y aquí paz y después gloria.
¿No digo bien, don Fulgencio?
¿Pero nosotros? ¡Ya es obra!
En cogiendo un constipado,
; Dios eterno! ¿DímuIc hay drogas
que nos vuelvan la salud?
¿Qué doctor hay en Europa
capaz de tanto milagro?
Baños, unturas, ventosas,
sanguijuelas, sinapismos,
cordiales, agua de goma...
]\o hay un secreto en el arte
que en práctica no se ponga;
pero en vano. — Ya so ve;
mientras se suelta la mosca...
]\i por curar en compendio
ha de mancillar su borla,
cual doctor de inlanteria,; /*'0.(I .ÍM.) ••1
el que visita en carroza.
Las recaídas son malas,
y precaverlas importa...
En fin, pues tener dinero
y salud ya no eslá en moda,
no seamos codiciosos.
Paciencia y ruede la hola.
Siéntense ustedes: ya está
servido el almuerzo. — Concha,.1!! "".O')
¿no te acercas? Ven aqui.
No tengo apetito ahora..■ilJ.'i
¿Estás mala?
¡No, mamá; hí
pero...
¡Pues, la misma historia.«
de siempre! — Como tú quieras:
que te hagan luego unas sopas
del puchero; pero ven:
acompáñanos. (Se sienta Concha.)
[Ofreciendo una taza á doña Liboria..íMl '.<t .< ¡/.í'tn.a ~ Señora...
¿Y usted no quiere una taza
de café? ¡Vaya! Es de Moca.
Lo estimo, señora inia.
Yo ya he tomado dos lonjas
de jamón con sendos tragos
de una tintilla de Rota...
Ayer la bebí esquisila
en casa de doña Aklonza
Portocarrero y Quiñones,
níarquesa de Terranova.
Sea muy eiiborabuena,
y baga usted lado.
(.1 ConcJia sentándose pinto á ella.)
Picbona,
¿qué tienes, di? ¡por qué estás
tan desganada? ¿no tomas
una tacita?
IVo puedo.
¡Ob! Mi Concbita es muy sobria.
Un giiguero come mas.
Pues sin emljargo está gorda
y encarnada.
Abora que be dicbo
gilgnero... ¿ban puesto escarola
en la jaula... ¡Ay, Dios eterno!
Ya voló. ¡Virgen de Atocba!
(Se levanta y también don Fulgencio.) ¡Pues! Le babrá cogido el gato. —
Si boy no me da una congoja...
Se me escapó no bace mucbo
al abrir la jaula.
¡Sosa!
¡Ay gilguerito de mi alma!
(Se vuelve á sentar y don Fulgencio á su lado. ¡Ay!)
¡Eb! Por una bicoca...
Yo la compraré canarios,
y guacamayos, y monas,
y cuanto (juiera. — ¿Verdad,
alma mia?
Una cotorra,
don Donato, ¿sí?
Al instante,
aunque me cueste diez onzas.
No. Yo le diré al marqués
del cantueso y Fuen-redonda,
mi íntimo amigo, que envíe...
¡Eb! ¿Qué marqués, ni qué alforja?
So compra, y (j'istn con lodos. —
Pero ¿y don Mnniicl';' no asoma
por ningnn lado.
Es verdad.
Voy á llamarle: ya es hora
de que almuerce.
No. Es inútil.
Ha salido. 'i
(Don Fulijencio habla aparte con doña Liboria.)
¡Qné |)enosa,
qué miserable existencia
la de ese hombre! Con la aurora
se levanta; toma nn libro,
y traga que traga hojas. ■vn.v/T
y tanto se ceba en él,
tal es su afán, que no hay forma
de saludarle, fs'i os bondire
para correr una broma,
ni... ¡Nada! Sale á las diez,
y échale un nudo á la cola;
desempedrando las calles
y sudando ¡cada gota...
pasa el dia en desasnar
al prójimo. La oratoria
enseña al nno, el derecho
al otro, á aquel un idioma...
Ambtdaute pedagogo
echa el alma por la boca,
y apenas gana el mez(|uino
con que llenar la bartola. —
Por íin, él es ya abogado, 0
y si le dan una toga...
Pero ¡qué! el hombre erudito
nunca sale, es un axioma,
de azotes y do galeras. —
No es decir (|ue yo haga mofa,-
de las bellas letras, no.
Sin calentarme la cholla
á veces suelo gustar
de!a lectin-a: ¡sí! — ¡Hola!
¡Muchacha! Traome el diario iw
de avisos.
(¡Oh ciftlo! Corta,
corta el hilo de mi vida
si tengo de ser esposa
do aquel fatuo irresistible,
ó de este bárl)aro idiota.)
(Llega Rita con el diario, se le da á don Donato, alza la mesa y se retirla.)
Bien. «Jueves...» Hablemos antes
de nuestra próxima boda. —
Bajito, porque no quiero
que don Fulgencio nos oiga.
[Toma el diario, y alterna la lectura con la conversación, como lo indica el diálogo.)
(Sigue hablando aparte con Concha: esta se pone á bor^ dar y le oye con fastidio.)
Créalo usted: tantas gracias
me cautivan, me enamoran.
Mis relaciones sociales
en verdad me proporcionan
los mas brillantes partidos.
Ayer mismo doña Eulogia
de Villalpando y mengibar,
condesa de Nava-honda,
me propuso en matrimonio
á su bija menor Teodora,
amable niña que baila
como un ángel la galopa,
y da el tono en los prendidos,
y canta de tiple, y toca
el arpa, y tiene de dote
cien mil duros, y es hermosa,
y... Yamos; boda soberi)ia;
pero para mí no hay otra
como Conchita. Es afable,
dulce, sencilla, virtuosa,
modesta... en fui, digna hija
de una madre tierna, docta,
solicita, vigilante,
apacible, cariñosa,
sagaz...
Por Dios, don Fulgencio,
Mire usted que me sonroja.
( ¡Olió ani;\l»lfi joven! ¡qué íino!
¡(lué átenlo!)
«Santa Apolonia...»
Pasaremos el verano
en mi hacienda de Pam[)lona,
el otoño en Orihuela,
ó si tú quieres en Lorca..iU.j.a
Toda aquella huerta es mia. —
¿No me respondes, paloma?
(¡Ah!)
Ya veo que el rubor...
Pero en tin, quien calla otorga.
( ¡Dios mió!)
Sé que me quieres,
y l)asta. — «Cuarenta horas
en la iglesia parroquial...»
Mire usted, doña Liboria,
la franqueza sobre todo.
Mis rentas no son cuantiosas:
mil ducados á lo sumo;
pero una tia ochentona
que tiene pingües haciendas./.H>rO:>
por su heredero me nombra.
Sin esto, mi cuna... luego
verá usted mi ejecutoria,
y, aunque no debo alabarme,
tal cual prenda que me adorna,,'.'""1.M
fruto de una educación
selecta, me relacionan 'Al '.i
con los grandes, los ministros
y otras ilusties personas.
En abriendo yo mis labios...
no hay mas que hacer: me colocan
con un buen sueldo... Conozco
que la peregrina Concha
merece mas, y que acaso
mi esperanza es ilusoria;
pero nunca...
No señor;
la chica no es ambiciosa... —
(Va á levantarse.)
Don Donato, usted dispense...
Dos palabras, y perdona.
¡Ah, qué hombre! Ya mi paciencia.
Mamá.
¿Qué quieres, hermosa?
¿Olvida usted que tenemos
que saHr?
¡Ah! i Pobre Alfonsa!
¡Tan mala! — Habremos de hacerle
una visita, aunque corta,
porque luego, ya lo sabes,
tenemos que hacer mil compras:
manteca, arroz, un quinqué,
chocolate, azúcar, loza...
Porque un romper semejante...
¡Jesús! ¡Jesús! Son de estopa
las manos de esa muchacha. —
Ya vamos: siéntate y borda
otro ratito.
Ea pues;
yo no sufro mas demoras.
Si, ó no; claro.
Ya he dicho
que á lo que mamá disponga
me resigno. Sus consejos
han sido siempre mi norma;
su voluntad es la mia.
Sí, pero es justo...
( ¡Qué posma! )
¡Hija de mi corazón!
Por ella, por ella sola
llevo esta vida de perros;
porque yo... con unas sopas...
¡Quién me lo dijera á mi.
que he sido administradora
de alcabalas, y me he visto
como la espuma en las olas!
Mas la pobre criatura...
huérfana de padre, moza...
bien parecida... ¡Ay. amigo!
Vivo, y viviré sin somlira
hasta verla acomodada.
Yo ya estoy muy achacosa.
Si mañana cierro el ojo -«i
y antes no se casa Concha,
¿qué será de ella. Dios niio?...
I'onjue su tío el de Astorga
es un hebreo; su hermano,
mi Diego... ¡tristes memorias!
ó ya está en el otro mundo, i*
ó se olvida de nosotras.
Doce años ha que pasó
con don Alberto de Rodas,
comerciante muy amigo
de mi Froilan, que esté en gloria,
á Santa Cruz de Canarias:
después ha estado en Liorna,
y en Calcuta... y no sé dónde;
pero... la pena me ahoga,
cuatro años ha que no escribe,
ni sé de él.
Pues te haces sorda,
vuelvo á mi diario. — «Precios.-••<:.n
de granos. Trigo... algarroba...»
Vamos, no se aflija usted,
que Dios á nadie abandona.
El dia menos pensado
saludará nuestras costas
ese hijo que llora usted •'■■•'i
muerto.
¡Ay! No lo espero.
(¡Bobí
Si supieras como yo... )
«En la calle de la Bola,
casa sin número, al lado
del comadrón...» —; Exi foras!
«Vive una señora viuda
que plancha y cose á la moda,
y desea colocarse
de doncella.»
¡Qué zozobras
tan sin motivo! Supuesto
que es lo (pie usted ambiciona
nn novio para la niña,
ya sabe usted que está pronta
m¡mano. Yo me prometo
una suerte muy dichosa
con lal consorte; y no solo
laljraré mi dicha propia,
sino también la de ustedes. —
Esa muchacha no goza
de su juventud. Ahí vive,
como si fuera una monja,
oscura, triste, olvidada.
Aun los encantos ignora
de la buena sociedad,
del gran mundo... A mí me toca
darle brillo, darle tono,
y hacer que eclipse á mil otras
que con menos atraclivos
se han hecho en Madrid famosas.
Señora, seamos francos;
donde no se pisa alfombras
no se vive.
«Fabricante
de zapatos y de botas...» —
Zapatero era mas breve.
No, á fé mia, no es lisonja;
y el día que usted me llame
hijo suyo...
(Me encocora
el tal don Fulgencio.)
(Se levanta y todos en seguida.)
Basta.
Ya veo que usted nos honra
demasiado, y por mi parte,
si la chica se conforma...
Ya sabe usted que también
me la pide para esposa
Entre los dos
será preciso que escoja.
y yo veré de inclinarla...
Digala usted que la adora
mi corazón y que...
Bien.
Ahora doblemos la hoja. —
Vamos á vestirnos, niña.
vnmos. Deja ya esa l)londa.
( ¡Con ciitánto placer me alejo
(le la presencia enfadosa
de estos hombres! )
Si usted quiere,
hasta la calle de Postas
le daré el brazo.
Lo acepto.
(¡Qué fastidio! )
«A dicha fonda
ha llegado otra remesa
de truchas, pajeles, ostras...»
¡Don Donato! ¿Todavía
se está usted con esa sorna
leyendo el diario?
Pronto -'^f
daré fin. — «En la tahona...» í^
Hasta luego.
( ¡Ay, Manuel mió!
¡Ay, desventurada Concha! )
ESCENA IV
(DON DONATO, DON FULGENCIO.)
Tenemos que hablar, amigo.
Hablemos enhorabuena. i
Ahora no hay ningún testigo.
Sí; la ocasión es muy buena.
Seré breve.
(Asi lo espero.)
Yo soy hombre de dinero.
¿Y eso qué me importa á mi?
¿Qué le importa á usted? ¡No es n; da!
Yo soy el que manda aquí. —
¿Suelta usted la carcajada?
I Y en qué se apoya ese fuero?
¡Toma! En que tengo dinero..•>
Mía será la belleza
(de Conchita. No será, que mi encumbrada nobleza, J mi ejecutoria...)
jBa! ¡Ba!
¿Que vale ser cal)ailcro,
si lio tiene usted dinero?
¡Qué ridicula arrogancia!
¡Qué importuna presunción!
¿Quién es usted en sustancia?
Un pobrete... un segundón.
Ya pasa usted de grosero.
Hago bien. Tengo dinero.
Yo haré que usted se arrepienta
de usar conmigo ese tono.
No sea usted tan pimienta,
que yo no me desazono.
Se batirá usted.
No quiero,
que soy hombre de dinero.
I Viejo collón!
¡Disparate!
Matarse es cosa cruel. —
Y no es igual el combate.
¿Usted qué arriesga? La piel;
y yo si en el campo muero
pierdo mas, vida y dinero.
Por no alborotar la casa...
Bien. ¿Por qué no alborotamos?
¡Firme! Si la ronda pasa,
¿quién tendrá razón? Sepamos:
¿usted, cuya bolsa es cero,
ó yo, que tengo dinero?
Mejor es tomarlo á risa.
¿Hay loco mas singular?
No sabe usted de la misa
la media, j Rivalizar
con quien...
Mi amor verdadero,.
¿Qué amor? Dinero, dinero.
¿Y usted con esa íigura
espera que el matrimonio
ha de colmar su ventura?
¿Está usted dado al demonio?
Un corazón fiel, sincero
lio se compra con... dinero.
¡Ah, que usted corre al ahismol
¿Qué hará usted, pobre simplón, m
con una fé de baulisnio,
con un rancio cronicón? II '.ii
¿Dirá usted al carnicero:
tome usted, que esto es dinero?
Bien sé que el tiempo sañudo
cubre de arrugas mi frente.
Yo podré ser... No lo dudo;
pero, hablemos francamente,
¿dónde hay animal mas fiero
que un marido sin dinero?
Si no por mi juventud
y por mi buen parecer, i
al menos por gratitud,
quizá me ame mi muger;
y si me falla el agüero,
me consolará el dinero.
Mas sine Cérere et Baco,
oh amor, al traste darás.
Don Fulgencio, al perro flaco...
Ya sabe usted lo demás.
Belleza es don pasagero:
nunca envejece el dinero.
Bien. Aunque á usted no le cuadre
y de mi triunfo se aflija,
sabré ganar á la madre...
Yo á la madre y á la hija.
Yo sabré ser lisonjero.
Yo sabré... tener t/mero.
Si hoy la pobreza me agobia,
quizá mañana me sobre...
¡Mucho engordará la novia
con la esperanza de un pobre! —
¡Nada! Dinero.
Si; pero...
Dinero! Y siempre dinero!
ESCENA V
(DON DONATO, DON FULGENCIO, CONCHA, DOÑA LIBORIA.)
Cuando iisted guste, mi amigo,
ya que tiene la bondad
de acompañarnos.
Señora,
el servir y el obsequiar
al bello sexo es sin duda
la obligación principal
de un caballero.
No obstante,
si usted se ha de molestar...
¡Yo molestarme, señora!
¿Cómo es posible... Ademas
pienso hacer una visita
al vizconde de Aquisgran
que vive por alli cerca...
¿Usted se queda?
Si tal,
que aun no he leido el diario. —
No me gusta acompañar
á señoras.
Muchas gracias.
Usted no lo tome á mal,
pero es cosa que me aburre
eso de hacer el galán;
eso de ir pisando huevos
cuando quisiera volar;
pudicndo andar por la acera
meterme en un lodazal;
al volver de cada esquina
el brazo mártir cand)iar;.
en cada coche un peligro,
en cada charquito un ¡ay! —
«ürnie usted esa sombrilla. —
Vuélvala usted á tomar. —
A Dios, amiga Gertrudis.
Otro beso. ¿Cómo estás? —
¿Vamos á ver si en la tienda
de Carrillo hav tafetán
(le color {\r justo metJw? —
(.Icsiis, (iiic |)olvo iiircriial! —
Pyseinoá á hi otra acera.
(|ue no me quiero encontrar
con a(|iiella iastidiosa. —
¡Oh, Carlilos! ¿Cómo va? —
Mire usted con disinmlo:
¿llevo algún punto detras? —
¡Ay! Se me afloja una liga.
Entraré en aquel portal...»
j Gran Dios! Todo lo han de oler;
todo lo quieren comprar...
Y entre tanto el pohre adjunto,
sudando lo temporal
y lo eterno... Nada, nada;
eso conmigo no va,
que tengo onzas, y no quiero
ser bagage racional.
Yaya, que este don Donato
tiene cosas...
La verdad
sobre todo. — Con que abur;
divertirse. (Vuelve á leer el diario.)
( ¡Qué animal! )
(Aparte con doña Liboria.) ¡Qué mostrenco es don Donato!
Si; un poco...
¿Vamos, mamá?
Ya se ve, no tiene el tono
de la buena sociedad... —
El brazo.
Vé tú delante,
Conchita.
¡No puedo mas! )
Vamos.
(Hoy salgo de trampas..o ia
Hoy triunfo de mi rival.)
ESCENA VI
(DON DONATO.)
Al fin se fueron. Ya puedo
leer e^n tranquilidad. —
«Nodrizas. Encarnación
Valniqjado, natural
de Alcobendas, primeriza,
busca cria. Abonará
su conducta el limpia-botas
de la calle de la Paz.
"Vive en la calle del Barco,
frente al Pecado mortal. —
Un joven de distinción,
que ba estudiado en Alcalá
cuatro años de leyes, que habla
el francés con propiedad,
el italiano, el inglés,
el turco y el alemán;
muy versado en los negocios
por haber sido curial;
con principios de farmacia,
de dibujo mihtar,
numismática, y esgrima,
y agrimensura...» ¡agua va! —
«desea hallar acomodo
por un módico jornal
en la clase de escribiente,
ofreciéndose á llevar
á paseo ó á la escuela
algún niño, si le hay.
También cuidará un caballo,
y sabe algo de guisar.
Darán razón...»
ESCENA VII
(DON DONATO, DON DIEGO.)
f/1 la puerta.) Paga al mozo.
Luego se acomodarán
esos chismes en el cuarto
que me destinen. Irás
á la aduana á recoger
mi equipage. Alli estará
desde ayer, porque Mamerto
dicen qne es hombre puntual.
Luego al correo, y si hay carias
tráelas al uiouicnto. ¿Estás?
¿Qué recien- venido es este?
Usted me ha de dispensar
que entre hasta aqui, cahallero,
con tanta marcialidad. '.
Cuando uno viene de viaje...
Por supuesto; es natural
que busque...
Quisiera un cuarto
Si usted por casualidad
es el amo de esta casa...
No señor; pero es igual.
Eidiorabuena. ♦^>' "■-"!»
Yo soy '"'J
el huésped que paga mas:
yo protejo á la patrona:.o:.;i!ti
yo gasto aqui un dineral:
mi bolsa está siempre abierta
para...
No lo dudo. — ¿Habrá
una habitación decente CII.T
donde yo...
La principal
está ocupada por mi;
y aunque venga el Preste-Juan
no se la cedo.
No, yo
no trato de incomodar.
Allá dentro hay una sala
con su alcoba. Usted verá
si le acomoda.
Es probable. iJ
Lo que quiero es descansar,
y alli estaré mas tranquilo
que en una fonda.
Cabal.:>.ni
Por lo que hace á la comida,
á la asistencia y demás,
cuando venga la patrona...
liion. Todo se arre<dará.—
Yo tengo en Madrid familia...
¿Si? ¿Pues cómo...
No me dan
razón de ella. Estoy molido;
me canso de preguntar...
En fin, aqui me acomodo,
y mañana Dios dirá. —
Ahora recuerdo... ¿No es esta
la calle del Arenal?
Sí señor.
Dígame usted:
¿está por casualidad
hospedado en esta casa
un don Manuel Almazan,
que ha venido á recibirse
de abogado?
Sí; aqui está.
Tengo deseos de verle.
Hasta la hora de cenar
quizá no venga, porque anda
el pobre hecho un azacán
dando lecciones...
¿Es mozo
de juicio?
¡Oh, sí! Angelical.
Es ejemplo de modestia,
modelo de probidad;
tan pulcro, tan comedido,
tan bien criadito, tan...
Vamos; muchacho completo.
Ya se ve; no tiene un real...
¿Qué ha de hacer un pobre diablo
sin medios para pecar? —
Con que si usted quiere ver
su cuarto...
Tanta bondad...
¡Oh! Es un deber... Por aqui.
(¡Qué hombre tan original!)
Acto segundo
ESCENA PRIMERA
(DOÑA LiBORiA ij CONCHA, que vieneti de la calle. Doña Lihoria entra muy sofocada..)
(Se sienta.)
¡Qué calles, hija, qué calles!
V engo muerta de fatiga,
y estos nervios...
Tome usted
alguna cosa.
No. — (Llamando.) Rita. —
Después no tendría gana
de comer. — Es tontería... —
¡Mucliacha! (ídem.) — El temperamento...
esta complexión sanguínea
que Dios me ha dado...
ESCENA II
(DOÑA LIBORIA, CONCHA, RITA.)
¿Señora?
Quítanos estas mantillas. [Lo hace Rita.
Ya se ve. me quedé viuda
antes de tiempo... ¡Que tiras
de los bucles! ¡Hnm! j Qué torpe! —
jSe ha ajado la papalina?
Ño señora.
Oye tú. ¿Vino
Toribio con la vajilla
y lo demás?
Sí señora.
Bien. ¿Y no ha habido averías?
¿No se ha roto nada?
Nada.
Pues es milagro. — La anguila
es para la noche: ¿entiendes?
Adviérteselo á Lucía. —
Bien que si una no está en todo...-
Yo iré luego á la cocina.
¿Quiere usted mas?
Por ahora
nada mas. — ¡Ab! Que esté lista
para cuando vuelva á casa
don Donato su comida. —
Anda con Dios; y por hoy
suspende tus seguidillas
del ay, ay, ay, y tu Átala,
y toda esa tararira
de ratoneras canciones
que es el pan de cada dia^,
porque tengo la cabeza
como un tonel. — ¿Oyes, Bita? —
Yamos, nada, nada. Vete.
(¡Y aun hay cristianos que sirvan!)
ESCENA III
(DOÑA LIBORIA, CONCHA.)
Conchita, solas estamos,
y la ocasión nos convida
á hablar de tu casamiento,
único bien á que aspira
mi corazón maternal.
(i Triste de mí!)
Mientras viva
tu madre bien sé que tú
lio tienes ninguna prisa
(Ifi establecerte. No obstante,
ninguno tiene su vida
asegurada. En Madrid
a1)nnilan las pulnioníus
mas que los novios: ¿enliendcs?
La nniger, aunque es antigua,;;
conq)aiacion y la saben.■,.'
los niños de la doctrina,
es imagen de la yedra,
que, si al olmo no se liga,
arrastrada por los suelos
la desprecian y la pisan.
Si no es nada sin el hombre
aun la (|ue lia nacido rica,
¿qué hará una pobre muchacha
sin recursos, sin íamilia,
sin esperanzas... Ya ves
cómo están los tiempos, hija.
Para un hombre que hoy se case
hay treinta que le precisan
á arrepentirse mañana. —
Por fin, como tú eres linda,
no te faltan pretendientes,
gracias á Dios; pero mira
que la mayor hermosura
es flor que el aire marchita.
Tú estás vacunada. Bien.
Tú has pasado la alfombrilla,
el sarampión, la escarlata,
y todas esas polillas
de la niñez; pero un grano...
una fluxión... una rija...
una erisipela... ¡Ay! ¿Quién,
quién en su cara confia?
Por otra parte los hombres
fácilmente se fastidian;
y vale mas... Acabemos.
¿Te precias de buena bija?
¡Lo duda usted!
No. Perdona. —
Ya sabes cuántas fatigas,
cuántos desvelos me cuesta
el asegurar tu dicha.
Con once reales escasos
de viudedad mal podia
sostenerte con el hijo
que una joven necesita
para concurrir á halles
y á tertulias. Reducida
por no hacer un mal papel
á no ser de nadie vista,
á pasar todo el invierno
jugando á la lotería
en casa de doña Alfonsa,
donde solo concurrían
viejas, clérigos y algún
suhteniente de milicias,
á pesar de tu belleza...
j Nada! Nunca te salia
un novio. Y también ¡vivir
en la calle de las Minas...!
Hazte cargo. — No hay remedio;
para que esta pobre chica
se haga visible es preciso
mudar de plan, dije un día.
Discurro, discurro... y doy
con la idea peregrina
de establecer una casa
de huéspedes. Desalquilan
este cuarto, bien situado,
cómodo, capaz: me fia
don Cosme, Dios se lo premie:
alquilo camas, cortinas,
espejos, sofás... ya sabes
que en Madrid todo se alquila:
pongo papeles... y veo
mis esperanzas cumphdas.
Ello, si, vivo remando;
que, aunque tengo quien me sirva,
sieujpre... ya ves... ¡Eh! I*aciencia.
Hemos salido de cuitas;
yo tendré el gusto de verte
casada, y la mas trancpiila,
la mas dichosa vejez...
¿Pero qué os eso? Me miras
y no respondes. — Supongo
que lú eslarás decidida
á casarte.
¿Qué he de hacer?
Me basta que usted lo exija.
Bien: eso me gusta; pero
exijo mas todavía.
¡Mas todavía!
Es forzoso
que hoy nn'smo el marido elijas
para evitar contingencias.
Pero, mamá...
¿Ya vacilas?
¿Urge tanto por ventura
mi casamiento?
Sí, niña.
Siempre es urgente el casarse
una muger.
No sabia...
Yo silo sé. — Al caso. Hay mucha;
y con fama de bonitas,
que llegan al equinoccio
sin que ninguno les diga:
¿Te quieres casar conmigo?
Mas tú... ¡Alabada y bendita
la Providencia de Dios!
Aun en los veinte no frisas
y dos hombres de provecho,
¡dos! tu mano solicitan.
Ahora bien; ¿cuál te parece
mas digno de conseguirla?
Don Donato es hombre rico.
Tiene... ¿Qué sé yo las lincas
que tiene ese hombre en la Alcarr la. lí.í. »
en Murcia, en Andalucía...
Y un dineral puesto á censo;
y es de la empresa de minas...
Don Fulgencio es un dechado
<le gala, de cortesía,
de elegancia. A la verdad
sus rentas no son crecidas.
mas su nobleza, su trato
con gentes de campanillas...
El mejor dia le emplean
en una secretaria
del despacho cuando menos.
¡Y qué educación tan fina!
¡Con qué distinción nos trata! —
Y eso que al fin Juan García,
tu abuelo paterno, fue
calafate do Algeciras.
Ya ves tú qué diferencia
de cuna á cuna. ¡Y me cuida.
me obsequia con un esmero...
Hoy me ha echado unas golitns
en el pañuelo de esencia
de... ¿Cómo dijo? {Oliendo el pañuelo. j Oh delicia!
Huele, huele. Es un frasquito
que le ha enviado de Esinirna...
lio sé quién. — Yo en tu lugar
á ninguno elegirla
sino á él. — No obstante, el otro...
No me tienta la avaricia;
Dios lo sabe; pero al fin
no hay mayor prerogativa
que la del dinero. — Vamos,
responde. ¿Qué determinas?
Yo, mamá... Lo que usted quiera.
Sabe usted que soy sumisa...
Eso es no decirme nada.
Pero...
¡Jesús! Me atosigas
con tus peros.
Yo...
Sé ingenua.
Si á don Donato se inclina
tu corazón...
No señora,
ya que es fuerza que lo diga.
¡Acabaras! ¿No te gusta?
Pilos bien, muger; no le aflijas
por eso. Tampoco á mí.
que al fin es un cstanligiia,
y un descortés, y un... Me alegro.
Don Fulgencio es quien... ¿Suspiras?
¿Pues cómo es eso? ¿Tampoco
te agrada?
Si usted me oMiga
á mostrar mi corazón
sin rebozo...
¡San Matías! •"!
¿Qué va á ser de mi? ¿También
le tienes antipatía?
Sí señora. ¡\o lo puedo
remediar,
¡Ay! i Dios me asista!
¿Dónde iremos á buscar
un novio para esta niña?
ESCENA IV
(DOÑA LIBORIA, CONCHA, DON FULGENCIO, DON FULGENCIO, D, RITA, G, [ENÍRANDO, ).)
(¡Sin liaberme escrito Pablo! Estoy que me lleva el diablo.— Mas cuando calla ese picaro... sin duda no bay novedad. Averigüemos no obstante...)
(jOIi, Concb.ita^ interesante! [SaluchincJo.))
Ob señora!
(¡Qué político!;.
¡Es la misma urbanidad!)
Sea usted muy bienvenido.
(¡Qué necio y que presumido!)
No quisiera ser incómodo,
si ustedes...
¡Qué! No señor.
Usted jamas incomoda.
¿Se trataba de la boda? (Al oído.)
Sí. [Al o/V/o.V
Para usted no es de buéspedes
esta casa.
Tanto bonor...
Es justicia.
Mi alma alísorta...
(Dejarlas solas importa,
que este es el nioniento crítico. — )
Señoras mias, estoy...
n." un. ¡Cómo! ¿Se va usted tan pronto?
D. F.i i.G. Me es preciso. (¿Soy yo tonto?)
Según eso...
No me es lícito
comer con ustedes hoy.
A prevenirlo venia.
¡Qué fatalidad la mia!
Ya se ve; vivo en el círculo
de la culta sociedad...
Hoy me esperan 1x su mesa
un añad y una ducpiesa. —
¿Qué sé yo... ¿Dejan á un prójimo
comer á su libertad?
¡Nada! Ni valen ])reteslos,
porque hay hombres tan molestos...
¡Ah! Por vida... ¿No es hoy sábado?
Pues cómo con el inglés.
Gastrónomo y homicida,
si no asisto á su comida
va á desafiarme el bárbaro
como dos y una son tres.
Esto es vivir en un potro.
Un convite, y otro, y otro...
Me precio de arisEocrático,
pero esta ya es mucha cruz.
¡Qué, si un hombre necesita
paladar cosmopohta!
¿Cosniü...
Polita, y eslóma-go...
¿De qué diré? De avestruz.
i Cuánto mejor comería
en la amable compañía
de ustedes!
Y hoy tengo un róbalo
que...
Si; aquí llega el olor.
¿Mas qué se ha de hacer? Paciencia.-
Poco sentirá mi ausencia
Conchita.
Tan áspera,
tan esquiva...
No. El pudor...
Bien sienta en una doncella;
pero si yo viera en ella
alguna sonrisa plácida...
(Nada han sahido.) ¡Las tres!
Ya el tiempo apenas me alcanza..
Fundo en usted mi esperanza.
(Apar le á dona Liboria.) ¡Duélase usted de este misero!
¡Chis... (En voz baja.)
Beso á ustedes los pies.
ESCENA V
(DOÑA LIBORIA, CONCHA.)
¡Mira, mira á quién desprecias!
(;, Oiste? Medio Madrid le convida. Estas muchachas nunca saben elegir.)
Y ni siquiera merece,
(siendo un mozo tan gentil, que le saludes. ¿No lo hago?)
¡Pues! Con la cabeza. Asi...
¿No tienes lengua?
(Señora...)
Dirá que eres incivil;
(dirá con razón... Sepamos por qué le aborreces: di.)
Yo no le aborrezco.
(Bien.)
Por (jué no le amas...
(Al fin me fuerza usted... Si por cierto.)
Todo me lo has de decir.,
Él es hombre de esperanzas,
yo una huérfana infeliz;
su sangre es azul, señora,
y la niia carmesí;
no me precio de elegante,
y él viste por fignriu;
él gusta de lo estrangero,
yo amo mucho mi pais;
yo no he viajado en mi vida
mas allá de Chamartin,
y él dice que ha estado en Londres,
en Ñapóles y en París;
él sabe hablar de embajadas,
del Sultán, del gran Visir...
y tanto le entiendo yo
como si hablara en latín;
yo soy humilde, él á nadie
quiere bajar la cerviz;
el sabe las historietas
del teatro de Turin
y de todos los de Italia,
y si es mejor cantatriz
ia de antaño, ó la de ogaño,
y quién vencerá en la lid,
si la contralto, ó la tiple,
ó el tenor que ha de venir...
y á mi de todo eso, madre,
se me da un maravedí;
á él con duques y ministros
solo le gusta vivir,
y á mí me asustan los grandes
como al reo el alguacil;
yo piso pleita mezquina,
y él asiático tapiz;
para mí el nogal es lujo,
para él es poco el marfil...
¿Es posible que tal hombre
sea conmigo feliz?
¿Es posible... ¡Ah! No he nacido
para él, ni él para mi.
¡Jesús, Jesús! Me hago cruces.
¡Pues, digo, es poco sutil
la niña! No lo creyera.
¡Qué modo de discurrir!
V en parte... l'ero no. Es joven
muy dulce, muy llano, muy...
Si á lo menos don Donato...
Mamá....1 '.'J
j Pues! Ahí está el quid.
j Ni uno, ni otro!
Crea usted
que no quisiera afligir
á una madre tan querida;
pero ese hombre es tan cerril,
tan insolente... Me causa
tal repugnancia, tal...
¿Sí?
No era tan escrupuloso
el ganado femenil
en mis tiempos.
Pero, madre,
don Donato va á cumplir
sesenta inviernos.
El hombre
nunca es viejo.
En el Abril
de mis años...
¡Dale! ¡Dale!
¿Pero te mando yo á ti
que le adores?
Sin amor...
Sin amor se casan mil.
Pero la virtud peligra...
i Oh! ¿Cuándo no está en uu tris
la virtud? A bien que tú eres
incapaz...
Antes morir.
Pero depender de un hombre
que funda en el oro vil
todo su mérito... ¡Ay, madre!
¡Cuánto me baria sufrir!
Siempre me echarla en cara
la pobreza en que nací;
siempre...
Hoy estás insufrible. —
¿Tienos algún Aniadis
incúgnilo, algún baboso...
Si tal llego á descubrir...
¡Madre niia...
Acaso j acaso
ese cuitado aprendiz
de abogado... ¡Oh! No lo creo.
Siempre de aqui para alli
con sus lecciones de lenguas
y de derecho civil...
Ni tú pondrías los ojos
en hombre tan infeliz;
ni jamas consenliria
tu madre...
(¡Bien lo temí!)
Vamos, hija, sé capaz
de un esfuerzo varonil.
Cásate. Todos los hombres
tienen algo que suplir.
¿Dónde irá el buey que no are?
Cásate. Al cabo y al fin,
¿qué viene á ser un marido?
Ijna carga concegil,
una... ¡Tú callas! ¡Tú lloras!
¡Esto es hecho! ¡Yaperdi
mi esperanza, mi consuelo!
¿Para qué quiero vivir?
¡Tú me entierras, hija ingrata!
¡Ya llegó mi San Martin!
¡Mamá!
¡Ya estarás contenta!
Yo... ¡Buen Dios!
¡Madres, parid,
parid hijas!... ¡Ay, qué angustia!
Solo siento el porvenir
que te aguarda. La miseria...
el mal ejen]pIo... el ardid...
Navecilla sin timón...
ovejuela sin redil...
¡No mas, no mas! llaga usted
lo que quisiere de mí.
(Muy gozosa.)
¡Ali perla! ¿Y á quién entregas
tu mano? A don...
¡Elegir!...
¡Ah! No. ¡Obedecer!
¡Qué dócil!
¿Pero con guslo?
(¡Ay Dios! ) Si.
¡Bendita seas! — Un beso. —
¿Ann lloras? ¡Llanto pneril!--
Alguicn viene... Es don Donato. —
Abanícate. (Vencí.)
ESCENA VI
(CONCHA, DOÑA LIBORIA, DOÑA LIBORIA, IA, DON DONATO.)
¡Ob señoras!
Don Donato,
sea usted muy bien venido.
Ustedes ya liabrán comido.
No señor. Dentro de un rato.
¿Y mi comida? ¿Estará...
Pronto. Voy á prevenir...
Como tuve que salir...
Pues las tres han dado ya.
¡Muchacha! (IJamnncJo.) Vívenlos cielos,
que esto ya pasa de broma.
Usted disimule...
Toma: (A Concha.)
repúlgame esos pañuelos.
(j Que esto sufra yo!) — 3Iuy bien.
los marcarás.
(¡Qué hombre!)
Pon en la marca mi nombre;
¿estás? y el tuyo también.
¿Y el mío? ¿Con qué derecho...
Disimula. (Aparte á Conclia.)
¡Bien, por Dios!
¿No nos casamos los dos?
Mientras...
Yo lo doy por hecho.
Pero...
Ese mísero hidalgo
ine disputa la prebenda
con insolente iaciienda,
pero yo sé lo que valgo.
Mejor es que usted le mande
desistir de tal quimera
y... ¿Está en casa?
Come fuera.
¡Oh! Sí: en casa de algún grande.
Hace bien, que asi se medra.
Hoy en dos casas ó tres
le están esperando.
¡Pues!--
El convidado de jñedra.
Como tiene conexiones
con personas de alta laya...
¿Si? Dígale usted que vaya
á pedirles cien doblones.
¡Y ese hombre quiere casarse
cuando mi inmenso caudal
apenas basta... ¡Animal!
¿No es mucho mejor ahorcarse?
Pasando la pena negra,
¿quién sabe? aun podrá comer
de gorra; sí... ¿Y la muger?
¿Y los hijos? ¿Y la suegra?
j Oh! El tiene...
¿Qué? Vanidad;
trampas.
Su cuna...
¡Bobada!
Todo eso no val» nada.
Dineros son calidad.
Bien puedo yo estar tranquilo:
(,no es verdad, doña Liboria?
porcpic el triunfo... ¡Ah! ¡Qué memoria
Toma: ahí tienes para hilo.
(A Concha, presentándole un bolsillo.)
¿Qué es eso?
Nada: un presente.
Con veinte onzas...
I Qué rubor!
}*arí( tan corta labor
ci'co (iiie bahrá suücionte.--
l)os cuartos vale un ovillo.
¡Cómo...
El dinero me agobia,
y no quiero que i:n novia
sea el sastre del Campillo.
Yaya, tómalo. Formal.—
No te avergüences. Yo te hago
trabajar...
¡Madre!
Y te pago.
¿Hay cosa mas natural?
Madre mia. no creí
soltar el freno á mi lengua,
jiero callar fuera mengua
cuando me ultrajan asi.
Quien tolera tal audacia,
quien tal injuria consiente
merece doblar su frente
al peso de la desgracia.
Usted mi mano pretende,
usted dice que me ama;
¡y mi único bien, mi fama
con tanto descaro ofende!
¿Me tiene usted por venal,
]>or indigna de respeto
porque dócil me someto
al precepto maternal?
si apuran su paciencia,
la mas tímida muger
los diques llega á romper
de vergonzosa obediencia.
Guarde usted, guarde su oro
con que me quiere afrentar,
que yo lo sé despreciar
aunque desvalida lloro.
El horalire que no ha temido
liumillar á una muger,
¿(óuio la puede querer?
¿cómo puede ser querido?
Si alguna al torpe interés
sacrifica su reposo,
¿cómo será buen esposo
quien fue amante descortés?
¿Cómo podré... ¿Mas qué digo?
Ni merezco tanto honor,
tanta dicha... ni el señor
querrá casarse conmigo.
El no busca una consorte,
que busca... una costurera,
y á menos costa pudiera
hallar dos mil en la corte.
Esa boda es sueño vano;
¿no es verdad, madre? Aprensión.
El pide mi corazón,
y usted le ofrece... mi mano...
Y en edad tan avanzada
bien conocerá el señor
que no hay ventura ni amor
con una muger comprada.
ESCENA VII
(DON DONATO, DOÑA LIBORIA.)
Yo estoy con la boca abierta.
¿lia visto usted qué rociada?
No es eslraño que picada...
¡Miren la mosquita muerta!
¿Pero por qué se ha ofendido?
¡Porque la ofrezco un regalo!
¿Hay en esto algo de malo,
cuando he de ser su marido?
¡Hablarme á mí con desden!
¡Tratarme...
Si usted la humilla,
¿qué ha de hacer? La negra honrilla.
¡Pobre y soberbia! Muy bien.
(Irritarle no quisiera
hasta asegurar al otro.)
Pero esa cliica es un potro. j
¡Y parece una cordera!
¿Do mando acá una mngcr
mira con desprecio el oro?
p." i,tíi. Ella creyó «|ne el decoro...
No me (picda mas (¡iie ver. —
Pues si lioy no pronnncia el si
Imisco otra novia mañana.
Yo espero que n)as humana...
(Este hombre es un javali.)
No he de hacer yo el pisaverde.
Si ella acepta. bien está;
si calabazas me da,
mejor. Ella se lo pierde.
A vandadas hallaré...
Pero basta, que me enfado.
Ya sabrá usted que ha llegado
un nuevo huésped.
No sé.
Está en la sala interior.
Yo le he recibido en nombre
de usted.
¿Y qué casta de hombre...
¡Oh! Parece hombre de honor.
¿Joven?
Sí.
¿De casa rica?
Me ha dicho: «pagaré bien...
( ¡Qué bueno fuera que también
se prendara de la chica!] —
Voy, voy á ver...
Se ha acostado
porque el sueño le rendía.
¿De dónde viene?
( ¡Hum! ¡Qué tía! )
Yo no se lo he preguntado. —
Pero... (Llamando.) ¡Hila! — Estoy servido
perfectamente.
A^oy, voy
á avisar... (Rabiando estoy VIII.
por ver al recien-venido.)
ESCENA VIII
(DON DONATO.)
i Es mucha flema! ¿Hay valor
para tratar de esta suerte
á hombres como yo? — Está visto:
casarme pronto conviene.
Quiero ser amo en mi casa;
ya me canso de ser huésped;
ya el celibato me aburre.
No hay nadie que se interese
por uno. Todos le engañan;
los hombres y las mugeres;
y... no hay arbitrio: el derecho
de ser amado se adquiere
solo en el altar. — Conchilla
es muchacha que promete,
y si se casa conmigo
pronto dejo á mis parientes
ron un palmo de narices.
Solo porque no me hereden
fuera yo capaz...
ESCENA IX
(DON DONATO, RITA.)
Señor...
De prohijar á un... ¿Qué quieres?
Ya está la sopa...
¡Loado
sea Dios! Si me sucede
otro dia lo que hoy...
(Malos demonios te lleven.)
Ha de haber en esta casa
Mónteseos y Capeletes.
ESCENA X
(RITA, DON MANUEL.)
¡Maldito viejo! ¡Qué amigo
de mandar! Gruñendo siemiíre,
y con tener tantos oir/as
ni me da para alfileres.
ni...
(A la puerta, á media voz.)
Uila, Rita.
¿Quién llama?,^ i "! y 1 '.i
¿Y tu ama? (Si me sorprende...)
¿Está comiendo? r^i
Ahora mismo,*
se sienta á la mesa.
(Entra.) Tienes
que hacerme un favor.
¿Cuál es?
Encima de mi hufete
hay un lii)ro manuscrito
que está forrado de verde...
Tráemelo, que no quisiera,
como mi cuarto está enfrente
del comedor...
( ¡Qué misterios!)
Con disimulo: ¿me entiendes?
Bien.
Y que no sepa nadie
que he venido.
ESCENA XI
(DON MANUEL.)
¡Triste suerte!
Para salir de mi apuro
tengo al fin que someterme
j gran Uios! al hrazo seglar
de uu librero, de un herege,
para el cual todos son unos,
escritores y escribientes.
¡Veiute duros por mi historia
de Portugal! ¡Hombre aleve!
Casi diez llevo gastados
en papel, tinta y aceite.
ESCENA XII
(DON MANUEL, RITA.)
(Dándole ini gran libro manuscrito.)
Tome usled.
¿Te han visto?
Nadie.
Te doy las gracias.
¿Se ofrece
alguna cosa?
No, Rita.
(¡Si todos fueran como este!)
ESCENA XIII
(DON MANUEL.)
¡Paciencia! ¡Tantas fatigas...
j Velando meses y meses...
¿para qué? — Pues todavía
piensa que me favorece. —
«Están los tiempos tan malos...
¡tan malos...! Nada se vende.
La comisión, los derechos,
censuras, portes, carteles...» —
i Traidor! ¿Y quién, quién lo paga**
Los Hbreros se enriquecen,
los impresores prosperan...
¡y los literatos unieren! —
Si al menos al caro objeto
que en puro fuego me enciende
pudiera yo consagrar
mis afanes... Ya no puede
resistir mi corazón
á sus encantos celestes.
Yo la idolatro, y mi lengua
á declarar no se atreve...
¿Y por qué? ¿La ofendo yo
con mi amor? — Quizá... Ln hillele..
¡Yo ticuililo! Pero... Estoy solo...
Si: es forzoso resolverse
alguna vez. (Se sienta á escribir.)
Dueño mió...»
(Borra lo escrito y toma otro papel.) No, que es ser irreverente.
osado... Empecemos otro.
«SeñoriíSi...» (Hace lo mismo.)
Esto es muy dél)il.
«Bella, incomparable Concha...»
Asi va perfectamenle. —
«Si hasta el ciclo de ese rostro
alzar sus ojos merece
un infeliz cuyo tierno
corazón...»
(Se levanta con el papel en la mano.) No, no. ¡Imprudente!
¿Qué voy «í hacer? ¿l*odré yo
sin protección y sin bienes
competir con dos rivales?
j Linda prebenda la ofrece
mi cariño! ün corazón...
¡y en el siglo diez y nueve! —
No. Prefiero consumirme
en silencio antes... (Guardando el papel.)
¿Quién viene?
ESCENA XIV
(DON DIEGO, DON MANUEL.)
Señor mió...
Beso á ustcd!
la mano.
Según parece
vive usted en esta casa,,
caballero.
Sí; soy huésped...
lia pocas horas que en ella
me alojé. ¿Podré ponerme
á los pies de la señora...
No hay ningún inconveniente. —
Ahora están comiendo...
. No.
no es rozón que se molesto
por mi causa. — Esperaré.—
Mas si las señas no mienlen...
(¡Cómo me mira! )
i>. iiiKOi). Si; el aire
(le familia... Usted dispense.
¿Se llama usted don Manuel
Almazan?
Mi nombre es ese.
Si puedo en algo...
¡Qué dicha!
Permita usted que le estreche
entre mis hrazos.
Yo no hago
memoria...
Usted se sorprende,
y es natural. No he tenido
el gusto de conocerle
hasta ahora; pero es tanto
el afecto que me debe...
Mil gracias; mas...
¿No le ha escriío
á usted su madre?
No pierde
correo. En su última carta
me dice que vendrá á verme
un caballero... ¿Es usted
por ventura...
Justamente.
Mas ni me dice su nombre,
ni el objeto que le mueve
á visitarme.
¿Y tampoco
las atenciones corteses,
los favores que he debido
á su bondad? — ¡Escelente
señora!
Nada me dice,
Pues escuche usted, y en breve
de todo le informaré.
A'enia yo muy alegre
en una silla de posta
con la esperanza de verme
pronto en Madrid. Al entrar
en el Carpió estalla el eje;
los caballos se desbocan,
nna rueda se «lesprende,
quiero dar un salto, caigo;
y es milagro que lo cuente.
Al ruido y á los clamores
acuden á socorrerme
los inmediatos vecinos
y con ellos dos mugeres.
Me ven contuso, angustiado;
me dan en su casa albergue;
hija y madre se desviven
por curarme y complacerme;
quiero continuar mi viaje
al otro dia, aunque débil;
no hay forma de conseguirlo:
en su casa me detienen
hasta verme recobrado
tres dias mas. Yo, que siempre
fui agradecido, sabiendo
que vivian pobremente,
aunque ejemplos de virtud,
las insto para que acepten
cierta cantidad en pago
de sus favores: no quieren
de ningún modo admitirla;
antes de oirme se ofenden.
Me despido pesaroso;
me hablan de usted, me refieren
sus circunstancias; me dicen
que, ya licenciado en leyes,
pretende usted una vara
y en la corte permanece
con esperanzas remotas
de lograrla; íinalmente,;
me encargan que le visite;
y doy gracias á mi suerte;
que tan pronto me depara
esta honra, y no efinsieiife
que sin el premio deludo
tantos l)encficios queden.
Señor, mi madre y mi hermana
cumplieron con sus deberes.
Yo cumpliré con los mios.
Por muchos años ausente
de mi patria, vuelvo á ella
como si estrangero fuese.
Pocas son mis relaciones,
poco valen mis parientes;
mas vengo recomendado
á personagcs que ejercen
grande iníluencia en la corte,
y mi cartera contiene
otras recomendaciones
mas poderosas, mas fuertes...
¿Está usted?... Vara tendremos.
Yo sé que usted la merece...
Es favor que... Siento ruido.
Ya se levantan... ya vienen...
Perdone usted, que me llama
un negocio muy urgente...
Téngame usted por su amigo.
Esa lioura me envanece.
ESCENA XV
(DON DIEGO, DOÑA LIBORIA, CONCHA.)
Señoras, beso los pies...
Caballero, usted... i Qué veo!
¿Me engañará mi deseo?
Esa cara...
¡El es! jÉles!"
¡Concha!
¿Quién...
No es sueño vano.
¡Hijo amado! (Le abraza.)
¡Madre mia!
i Oh Dios! Cuando yo creía
que jamas...
(Abrazándole.) ¡Cielos! Mi hermano!
¡Concha!
Estoy ftiera de mí.
¡Qué bella! ¡Ciiáiilo has ci-ocido!
IVo te liuhiera conocido.
á la verdad.
Ni yo á l¡.
Como eras una cliiquijla
cuando yo sali de España...
Pero es aventura estraña...
Pero es mucha maravilla...
Tan ageno estaba yo
de que era usted mi patrona...
La pobreza ¿qué no abona?
¿No sabias nada?
No.
¡Cuatro años sin escribir!
Tres de ellos me he visto preso.
¡Preso tú! ¿C<'»mo ha sido eso?
Es largo de referir. —
Cansado ya don Alberto
de tantas navegaciones,
con mas de quince millones
en Veracruz tomó puerto.
El clima le fue fatal:
la fiebre en él se cebó;
á pocos dias murió,
y me dejó su caudal.
Yo. que en el alma deseo
cambiar por la patria mia
aquel pais de anarquía
tan funesto al europeo.
dispongo una embarcación,
y antes de halierla fletado
me juzgan reo de estado
y me ponen en prisión;
mas cuando menos lo espero
otra facción victoriosa
me restituye piadosa
la libertad y el dinero.
De tan infausta ciudad i
otra vez salir emprendo
sacrificando y perdiendo;
<le mis bienes la mitad.
No fue mi ospprnnzn vana.
Me encomieiulo al mar instable;
sopla el viento favorable,
y desembarco en la Habana.
Para mayor dicba mia
(le Barcelona llegó
al mismo tiempo que yo
don Ambrosio de Megía.
Ya sabe usted que estudiamos
juntos...
Ya me acuerdo; si.
Él se despidió de mi...
¿Cuándo?... El domingo de ramos.
Supe de ustedes por él;
sorprenderlas me propongo;
mi viaje á España dispongo...
¡Sin escribirnos, cruel!
Siempre fuiste novelesco.
Sin la menor averia
llego en fin á la babía
con un levante muy fresco.
Me detengo alli dos meses,
y aunque impaciente vivia,
era forzoso si habia
de arreglar mis intereses.
Entjo en Madrid, me dirijo
á la calle de las Minas;
pregunto á veinte vecinas;
no me dan razón; me aflijo...
No sabe ninguna de ellas
dónde me mudé.
Cansado
de andar por ese eujpedrado
que me bace ver las esl relias,
vuelvo á Madrid, que Madrid
no está en aquellos cuarteles;
miro aqui; veo papeles;
subo, llamo... ¿Úuién?" Abrid.
Eniríi; un viejo cbarlalan
me bospeda muy salisfecbo;
abur; me liendo en el lecbo;
duermo como un ganapán; —
dejo la mullida lana,
y cuando menos lo creo
entre ios brazos me veo
de una madre y de una hermana.
Buen Dios. mil gracias te doy H\A
por tanto bien.
¡Concha mia!
Si hoy no muero de alegría
inmortal sin duda soy.
¿Y cómo ha puesto usted casa
de huéspedes?
¡Ah! ¿Qué quieres,
hijo? Para dos mugeres
una viudedad escasa...
Ya ves; si una no se aplica... v;
Harto lo he sentido, Diego;
pero la miseria... Y luego...
Por colocar á la chica...
¡Ya tiene dos novios!
¿Sí?:
Oh! Y el uno es millonario.;;
¿Es el viejo estrafalario i;'
que me ha recibido aqui?
Justamente; pero yo
al otro novio me inclino.
Muy caballero, muy fino...
En fin, hombre... Comilfó.—
¡Qué gozo! Caso á la hija;
mi Diego se ha enriquecido...
¿Y cuál es el preferido...
Yo...
(Interrumpiendo á Concha.)
Quiere que yo lo elija.
Pues ¿cómo... (Empiezo á temer...)
Adentro está el uno. Voy...
No. Sin que sepan quién soy
los quisiera conocer,
j Buen capricho!
Es natural.
Nadie sepa que he venido. o
ESCENA XVI
(DON DIEGO, DOÑA LIBORIA, CONCHA, RITA.)
Unos cofres han traído..,
j Ah! Bien; me alegro. ¿Y Pascual'
¿Quién es Pascual?
Mi criado.
¡Ya...! Vuelve á la aduana, creo,
y dice que irá al correo
después que haya despachado.
ESCENA XVII
(DOÑA LIBORIA, CONCHA, DON DIEGO.)
Tendrá que hacer otro viaje
con los mozos,
Según eso,
traerás... Vamos; pierdo el seso;
traerás un gran equipage.
Tal cual.
Yo lo quiero ver.
Sí, vaya usted disponiendo
que lo coloquen...
Corriendo. —
¿Quién me hubiera dicho ayer...
j Ah! ¿Nos traes dulce de pina?
Siempre hemos sido golosas.
Sí señora, y otras cosas...
¡Bendito Dios! --Vamos, niña.
ESCENA XVIII
(DON DIEGO, CONCHA.)
Oye; espera. Algún pesar
tienes tú.
Sí; no lo niego.
¿Qué te aflige? Dime...
j Ay, Diego!
Me quieren sacriticar.
bi)
¡Cómo! ¡Mientras viva yo...
Madre quiere...
(Ya sospecho...)
Que me case á mi despecho.
¿A tu despecho? Eso no.
fSo culpo su corazón.
que es sencillo. dulce y tierno;
pero... tanto afán de yerno...
Tiene tan mala elección...
La elección te toca á ti:
á ella solo aconsejar.
¿Con (jue si tardo en llegar...
¡Desventurada de mi! —
¿Nos oyen?
No.
Sabe Dios
que disgustarla no quiero.
Yo me casaría, pero...
Son detestables los dos.
¡Oh! Por vida de mi yombre...
Tú has visto al uno.
Sí tal.
Me parece un animal
algo parecido al hombre.
¿Querrás creer que me tutea? —
Apestando al mundo entero
con sus lincas, su dinero...
Bien. Deja que yo le vea...
El otro es un fantasmón,
vanidoso, petulante;
echándola de importante;
vendiéndonos protección...
¡Oigan! — ¿Y ese hombre te ama
no siendo noble ni rica?
¿Qué sé yo? Según se esplica...
(Dentro.) ¡Concha! ¡Diego!
i Ay! Madre llama.
Vamos; no sospeche...
Ven;
y ensancha ese corazón.
Yo la haré entrar en razón.
y á esos señores también.
Con buen dote y buena cara
no faltan á una niuger
maridos donde escoger.
Ven, que un hermano te ampara.
Cese tu lloro y tu afán,
que mientras marido adquieres
tú serás mi dama... ¿quieres?
y yo seré tu galán.
Acto tercero
ESCENA PRIMERA
(CONCHA, DON MANUEL, [ESTE VIFUE DE LA CALLE, CONCHA.)
(las habitaciones interiores.)
¡Don Manuel! '.
¡Concha!
¡Ya es hora!
A buscar á usted venia.
Y yo á usted.
¡Oh dicha mia!
Ya mi corazón no llora.
Ya renace mi alegría.
¡Es posible!
Un protector
me depara al fin el cielo.
Yo le debo igual favor;
mas aun me queda el temor...
Y á mi, Conchita, el recelo...
Solos estamos aqui.
Hable usted.
¡Ah! Temo hablar:
temo... y lo deseo.
¿Si?
¡Es cosa muy singular!...
Lo mismo me pasa á mi.
Sepa yo... Ningún testigo
nos escucha.
¡Ay, don Manuel!
¡Ay! ¡Harto callo!
¡Harto digo!
¿No es usted mi amiga fiel?
¿No es usted mi caro amigo?
Pronto lograré la vara
que sin fruto pretendía.
Un hombre, un ángel me ampara
cuando menos lo creía.
¡Ah! Con gusto le abrazara.
No mas en po])reza oscura
gemirá mi madre anciana.
La soledad, la amargura
no eclipsarán, dulce hermana,
tus virtudes, tu hermosura.
¿Con que en efecto es tan bella?
Si;... pero lejos no está
alguna mas linda que ella.
¿Quién es la gentil doncella...
¿Quién?... (Mostrando un espejo.)
Mire usted.
¿Dónde...
(Mira como involuntariamente hacia el espejo, y en seguida boj a los OJOS ruborizada.) ¡Ah!
Si amor con su agudo aq)on
hiere, señora, algún día
aquel tierno corazón,
quizá será su pasión
mas dichosa que la mia.
Pues me niega airado el cielo
aspirar á mi ventura,
solo su ventura anhelo,
y si por mi la asegura
no moriré sin consuelo,
j Sin consuelo! — ¡Ay, don Manuel,
cuánto aumenta mi alliccion
esa jíalabra cruel!
Pero usted... Su corazón...
i Ay! ¡Si usted leyera en él!...
Soy desventurada. En vano
de hoy mas veré mi cerviz
lilire (le yugo tirano.
¿Üe (iiié me sirve, iiiteli/,
ser ya iliiefia de mi maiioí'
¿Será cierto? ¡Oh j^ozo! ¿Y quién
no suspirará por ella?
Ouien funda en otra su liien.
¡Y usted llora su desden!... iv'-'
¡Ah, Conchita! Si mi estrella...
Si este corazón sincero
pudiera anhelar la palma...
Prosiga usted. --Uiido... Espero...
]\o sé i|ué siento en el alma.
No sé si vivo, ó si muero.
Yo sé que usted ama.
Sí.
Y'o también, y si supiera...
Si la hermosa á quien rendi...
¿lie de hablar yo la primera?
Tenga usted piedad de mí.
¡Piedad! Yo la imploro,
que ya el corazón
al peso sucumbe
de tanto dolor.
Inmensa la llama
que en él se cebó,
no cabe en su seno,
ni cupiera en dos.
Temblando mi diestra
no calma su ardor.
Mi rostro la anuncia,
mis ojos, mi voz.
No escucho tus gritos,
cobarde razón,
ni sigo tu senda,
que es ciego el amor.
Sensible he nacido;
de mármol no soy,
y es vana osadía •'.;:
luchar con un Dios.
¿A quién no enamoran i
los rayos del sol?
Tales son los ojos
do penando estoy.
Si al labio que adoro
la comparo yo,
la rosa f"ra<íante
es pálida flor:
Al labio sencillo
que nunca mintió,
perene morada
de amable candor.
El alba te ha dado
su puro arrebol,
oh bello semblante
que enciende el pudor.
Oh talle, modelo
de garbo español,
¿qué mucho si el alma
rendido te doy?
Oh Concha divina,
¿(jué gracia, qué don
el pródigo cielo
en tí no vertió?
Les (pie hacéis alarde
de un alma feroz,
helados censores
de honesta pasión.
Miradla. Ya os oigo
decir á una voz
que verla, y no amarla
no es posible, no.
3Iiradme embriagado
de dulce ilusión;...
¡miradme á sus plantas
cautivo de amor!
¡Oh cielos! Si vieran...
¡Don Manuel!
(Levantándole. Quedan asidos de la mano.) Por Dios,
alce usted...
3Ii labio
quizá te ofendió. —
¡Ay triste! Merezca,
merezca perdón...
¡Perdón! ¿\ nstod pup(l<»
(omci- mi rigor':'
Usted...
j Concha luia!
No sé dónde estoy.
¡Ay! Habla ó fallezco.
¡Manuel! ¡Qué temblor!...
Si amar es delito
digno de baldón,
¡ab! ¿Quién es culpable
tanto como yo?
Ya dulce esperanza
me infunde valor;
ya en gozo mi pena
convirliendo voy.
Si es tu amor de^l mío
feliz galardón,
no cabe en el mundo
ventura mayor.
j Ah! ¿Quién de mi llanto
la fuente secó?
¿Qué amantes palabras
oi sin horror?
¿A quién mi desdicha,
á quién mi aflicción
en pláticas tiernas
mi labio tió?
¿Qué ageno infortunio,
con mas compasión...
qué rostro be mirado
con gozo mayor?
Después que la saña
del fiero aquilón
enciende en las nubes
rayo abrasador.
¡Cuan grato serena
la etérea mansión
el iris hermoso
de vario color!
Asi de mi alma
la amargura atroz
mi bien con sus ojos
mil veces calmó.
El cielo le ha (lado
talento precoz,
pero es la modestia
su gala mejor.
Sus tiernas palabras
mi consuelo son,
cual blando rocío
que mayo vertió.
Mi seno agitado
palpita veloz
después que en la suya
mi mano estrechó.
Las llaves le rinde
mi fiel corazón,
y ufana, gozosa
le llamo señor. —
Y si al fin es fuerza
que lo diga yo,...
Manuel es eí nombre
de mi dulce amor.
¡Oh júbilo inmenso!
¿Será sueño...
¡Ah! No.
para amarnos
nacimos los dos.
Si yo mereciera
que en plácida unión...
Ayer detestaba
mi vida; mas hoy...
Del cielo me juzgo
feliz morador
después que tu labio
mi gloria dictó.
¿Serás de otro dueño?
Su grato esplendor
primero á la tierra
negaria el sol.
¿Serás inconstante?
i Qué injusto temor!
Llamarme tu esclavo
será mi blasón.
¡Qyhi ti(M'(io!
¡0>'<' llí'l'ITIOS.I!
¡QiK' lelice soy!
¿Quién viene... ¡Mi madre.
Aparta. — ¡Olí i nitor!
(Concha corre d echarse en los brazos de su hermano como para ocultar en ellos su turbación. Don Manuel mete rápidamente la mano en un bolsillo de su chaleco. y se dirige á doña Liboria.)
ESCENA II
(CONCHA, DON DIEGO, DON MANUEL, DOÑA LIBORIA.)
(En VOZ baja deteniéndola.)
¿Qné vas á hacer? No me abraces
y mi secreto descnbras.
Mi alegría...
Tiempo habrá
de mostrarla. Disimnla.
Por ahora soy tu huésped;
y nada mas.
¡Qué premura!
Ya sabe usted que le estimo,
y no porque el mes se cumpla...
Sin embargo... — Yea usted
si está completa la suma.
¡Calle usted! Pues qué, ¿no basta...
¡Vaya! "Y si usted tiene alguna
urgencia...
No; no señora.
Caballero... [Saludando á don Diego.
Se saluda
á don Manuel.
¡Cómo...! ¿Usted
le conoce?
Tengo muchas
noticias de él, y á su madre
debo favores que nunca
olvidaré,
¿Si?
¿No he dicho
que á pocas leguas de Andujar...
¡Ah! Sí; el vuelco. Maldecidas
sean las postas. Me asusta
solo su nombre. Es verdad
que en poco tiempo se cruza
un reino entero con ellas;
pero romperse la nuca
por el afán... No señor;
poco á poco. ¿Somos grullas?
1 Oh! Si yo viajo, será
sentada sobre una burra,
con cuatro pares de almohadas
y embutida en las jamugas,
que asi viajaba mi abuela.
Y asi viajan las tortugas. —
Volqué, pues, y en tal conílicto
me dan albergue, me curan,
me consuelan dos mugeres
piadosas, tiernas... en suma.
la madre de don Manuel
y su hermana.
¡Ah! Nuestra justa
gratitud...
(Aparte á Concha iníerrumpiéndola.) ~ ¡Concha! Yo espero
que algún dia retribuya
mi afecto... (,4 duíi Manuel.) Repito á usted
que tendré por gran ventura
el llamarme amigo suyo.
Y usted me agravia si duda
de mi sincera amistad,
señor don... No sé... don...
Lucas
Medina.
Muy señor mió.
Sírvanme ahora de escusa
mis tareas...
¿Se va usted?
Sí. Ya es hora de que acuda
á dar lección de español...
¿A alguna itahana, alumna
de Eulerpe?
No. A iin compatriota.
¿Compatriota^ Usted se hurla.
No tal. Es lili marquesito
que se ha criado entre muías,
entre hiieyes y gañanes
en un cortijo de Osuna.
Es decir que aun tiene el pelo r>:iitl.'.I
de la dehesa. ¿Y anuncia
disposiciones...
Bastantes
para bailar la mazurca.
Por lo que hace á mis lecciones,
yo temo que sean nulas.
i Bravo! ¿Con que el marquesito
habla...
¡Qué ha de hablar? Abulia.
Pero juega al ecarte;
monta á caballo; disputa
sobre modas; va á los toros
con calzón, polaina y chupa; -i
se pasea por la calle
de la Montera á la una;
está abonado en los dos
teatros; tiene en la uña
mejor que el Ave María
la teatral barabúnda
de bastidores adentro;
sabe la nomenclatura
musical; capitanea,,,;
á la formidable turba
que en la víspera decide
si se aplaude ó si se bufa
tal ópera, ó tal comedia,
tal, ó cual actor; ocupa
cinco sillas en el Prado;
la Habana entera se fuma;
si ha de creerse á su lengua
de todas las damas triunfa;
ruando lud)la de sus C(U'tijos
no hay cristiano ((iie le sufra;
como el ruido es su elemento,
si entra en un café, ¡qué bulla!...
aporreando la mesa
pide cerveza de espuma,
que aunque el licor no le agrada
el taponazo le gusta;
si no baila es desgraciado;
no vive sino murmura...
¡Ah! Pues no dudo que hará
gran papel en las tertulias.
Soy de ustedes. Pronto vuelvo,
que esta lección poco dura.
Hasta después.
ESCENA III
(DOÑA LIBORIA, DOÑA LIBORIA, DON DIEGO, CONCHA.)
¡Qué apreciable
joven!
¡Oh! Mucho. Es la suma
honradez, y á la verdad
digno de mejor fortuna.
Mas tan triste, tan callado
que parece ave nocturna.
¿Pues no acaba usted de oirle...
Es que hoy... No sé... Tienen lunas
los hombres.
Si no me engaño
á Concha no le disgusta
su conversación.
Es cierto.
Soy afecta á la lectura.
Suele dai'me Inicuos libros
que mi entendimiento ilustran
y mi corazón recrean;
nada observo en su conducta
que merezca reprensión;
me respeta, y no me adula;
no habla en tono de pedante
si satisface á n)is dudas;
no me saca los colores
con indiscretas preguntas,
. y no me habla de tesoros
ni me cncaroco su alcurnia.
(Aparte d Concha.) ¡Iluní! ¡Muchacha!
Lo confieso:
en mi estimación ocupa
mejor lugar que...
No obstante,
donde está aquella tinura
de don Fulgencio, aquel tono...
Esos hombres que madrugan,
y se recojen tem[)rano,
y cuando no les preguntan
no suelen hablar, y son;
modelos de compostura,.
metódicos, reservados,
apáticos... nunca, nunca
medrarán, porque en el mundo...
(Rompiendo el sobre de una carta.)
Perdone usted que interrunqia
su discurso. Aun no he leido
el correo. (Loe la caria.)...
¡Ah! l)ien; si. — l^
(A Concha llevándosela á un estremo y hablando c voz baja.) Escucha.
Se ha cambiado nuestra suerte,
gracias á Dios. Si rehusas
la mano de don Donato
tendrás alguna disculpa;
mas don Fulgencio....
Señora...
No repliques, ni me arguyas. —
Ya eres rica. Ahora te taita
la nobleza, y siendo suya...
Él viene. ¡Cuidado, niña! '.
No me le digas injurias,
ni me le pongas mal gesto,
ni le... (Entra en la sala don Fulgencio.)
Viva usted segura.
No le diré una palabra;
y en prueba de ello... (Vase corriendo.^
¡Eh! No huyas.
¡Ya voló! La mataría. —
Plica aunque viese una furia
infernal... ¡Dios me lo tome
en descargo de mis culpas!
ESCENA IV
(DON FULGENCIO, DOÑA LIBORIA, DON DIEGO.)
¿Que es esto, doña Linoria:
í Huye Conchita de mí!
No tal.
Yo digo que si.
¡Que no! ¡Que no! ¡Fuerte historia.
No se incomode usted. Veo
que apenas entro se aleja...
¿Y de eso forma usted queja? —
No le ha visto á usted.
Lo creo;
mas temo que no se ablande
su pecho...
¿No he dicho ya
mil veces que Concha hará
lo que yo quiera y le mande?
Dichoso será mi amor. —
¿Quiere usted que hoy celebremos
los contratos?
¡Chist!... Veremos.
(Viendo á clon Diego.)
¡Ah!... ¿Quién es aquel señor?
Un huésped que he recibido.
¡Cómo! ¿Otro huésped...
Silencio.
¿Quién ha entrado?
(Al oido.) Es don Fulgencio
(Saludando.)
Caballero...
Bien venido. —
¿Ha sido feliz el viaje?
Tal cual.
¿Saheron ladrones?
No fallan en los mesones.
¿Ha llegado el equipage?
Si.
¿Sin iiinyuíi detrimento?
(la iuipacienle.)
Pues.
¡Los medios de transporte
son tan malos! — ¿Y en la corte
piensa nsted vivir de asiento?
Si. (Menos pregunta un juez.)
¿Y de dónde...
De Alicante.
¡Bella ciudad! — ¿Comerciante?
No.
¿Propietario tal vez?
¡Eh...
Tengo amigos allí:
el barón del Arrabal,
el conde del Garrofal,
el marqués de Alfalfalí...;'
j Usted los conoce?
Yo...
Vendrá usted recomendado...
Vengo...
Cartas le habrán dado
para mí.
¿Para ested? No.
¿Sabe usted...
Sé con quién hablo
y en las caras sé advertir
á quién puedo yo venir
recomendado.
¡Qué diablo! —
Sin embargo á usted le abona
su esterior.
Tanta merced...
Se conoce que es usted
caUticada persona;
y basta que nos dé abrigo
un mismo techo á los dos
para que yo...
(¡Vive Dios...)
Me precie de ser su amigo. —
Yo visito lo mejor
de la corte; yo...
Lo creo.
En alto grado poseo
la ciencia del tocador.
¡Qué! ¡Si es la suma elegancia!
Gracias. — Como soy activo,
por telégrafo recibo
las nuevas modas de Francia.
Ya.
¿Sabe usted el inglés?
No.
¿Y el alemán?
Tampoco.
¿Y el francés? Eso si.
Un poco.
¡Ob! Pues sabiendo el francés... —
Soy, dias ba, tertuliano
de una casa de alta cofa
donde es vedado aun en mofa
el bablar el castellano.
¡Hombre...
¿Usted se maravilla?
Cualquier otra lengua pasa.
¿Son estrangeros?
No. Es casa
solariega de Castilla. —
No se sientan los varones,
que esto es incivilidad.
¡Qué alegante gravedad!
¡Qué enfáticos rigodones! —
Anocbe un bijo de Apolo
me decia: ¿es bailar eso?
Mas bien parece un congreso
discutiendo un protocolo.
¿Y usted se divierte alü?
Yo le diré á usted: discurro
que algunas veces me aburro;
pero... aquel tono, aquel...
Sí.
¿Quiere usted que le presente?
Ño, que me gusta sentarme. (Se sienta.)
Pero...
Y no quiero secarme
tan diplomáticamente..itr i a
No falla ((uien solicite
lo que usted ve con desprecio..o;;!,) o
Será adulador, ó necio.
No, que....¡n i \\i
(Abriendo otra carta.)
Si usted me permite... ••¡.í,(i
(¡Qué brusco!) Es usted muy dueño...
Ese liom])re es anti-social..,,j '.d
(A doña Liboria. Üon Diego lee.) ¡Oh qué aire tan provincial!
No. — Ya diré á usted... -.-.i ii
¡Qué ceno! —
Quédese con su manía.! í
Guardaré mi protección
para otro menos hurón. —..•:ii. f
Hasta luego, madre mia.
¿Dónde va usted? i
A vestirme.;
¿Otra vez? (i Cuánta librea!). u
¿Quién de esta suerte pasea? —
( ¡Y Pablo sin escribirme!;
Por cierto es mucho descuido...")....:
No es elegante, señora,
el joven que á cada hora;,,
no se muda de vestido.
Yo, que de serlo me alabo,.;
diez veces me visto al dia.
Lo sé. Pero, i qué mania!
¿A qué Gn vivir esclavo...
Algo ha de hacer un señor.
Ya... si....'
Un hombre de mi esfera
no vive como un cualquiera. —
Hasta después. (A don Diego.) Servidor.
ESCENA V
(DON DIEGO, DOÑA LIBORIA.)
j Y á ese hombre usted recomienda!
i Oh qué fatuo!
¿Fatuo? No.
Si le trataras...
¿Quién? ¿Yo?
¡Dios me libre y me defienda!
Tú mudarás de opinión.
Es tan galán. tan cumplido...
Intenciones he tenido
de echarle por un balcón.
¡Por un balcón! j Qué atentado!
¡A tan ilustre sugeto!
¡A un hombre...
Yo le prometo
que no será mi cuñado.
¡Santo Dios, que antipatía!
Yo...
Conchita le aborrece;
y hace bien. No la merece.
¿Se ha de quedar para lia?
¿Urge tanto su himeneo?
Mi voto...
¿No es nada el suyo?
Pero...
(Abriendo otra carta.)
Al instante concluyo.
Disimule usted. ¡Qué veo!
Dentro viene otra cerrada.
Será... En efecto. [Lee el segundo sobre.
A don Pablo
Martínez. — Si hiciera el diablo...
Veamos. (Rompe el segundo sobre.)
¿Qué es eso?
Nada..
Un escribiente... un ratero
quince dias me sirvió
en Cádiz, y se escapó
llevándoseme un dinero.
A cierto amigo encargué
que al punto me dirigiera
cualquier carta que viniera
para el tal.
Bien hecho, ¿Y qué?
Y esta remite. — Quizá
(lesculn'a su paradero. — üm.I^
Madrid 11 de Enero... (Lee.)
¿Quién diablos le escribirá?
Sin duda algún galopin.
Lee la firma.
Sí haré. — (Lee.)
Tu amigo Fulgeucio...
(Sorprendida.) ¿Qué?
(Lee.) Fulgencio Villacastin. (Sigue leyendo jmra si.)
Asi mi huésped se llama. —
¿A ver?... Si. su letra es esa.
¡Es posible! Mi sorpresa... I
¡Hola! ■■'■■'■■
Tu rostro se inflama...
(C oncluye don Diego de leer la carta, y doña Liboria le observa con inquietud.)
I No es nada lo que averiguo!
¡Y en qué ocasión!
¡Dios eterno!
¡Lindo huésped! ¡Bravo yerno!
¿Qué será... Yo me santiguo.
Habla...
Llame usted á mi hermana.
\A la puerta.)
¡Conchita!
¡Qué carta!
i Ven.
ven corriendo! Aqui está.
Bien.
Me da frió de terciana.
ESCENA VI
(DOÑA LIBORIA, CONCHA, DON DIEGO.)
¿Estamos solos?
Si estamos.
Leer sin recelo puedes. —
¡Virgen Santa!
Oigan ustedes.
que es cusa de gusto.
Oigamos.
(Lee.) ~ Madrid 14 de enero de 1852.
Es carta de don Fulgencio (A Concha.)
escrita á cierto truan...
Si, sí. Vamos, que mi afán...
co^'c^A. Pero ¿cómo tú...
Silencio.
D. i)iE<:o. (Lee.)
Amigo Pablilo; por una feliz casualidad soy huésped
hace un mes de la madre y hermana de esc huen don
cuya casa te ha proporcionado un piierlo tles-
pues del naufragio que en el mar de los placeres ha ani-
quilado tu patrimonio. El uno se acerca también á la úl-
tima ajenia, pero afortunadamente aun no eslá mi re-
putación tan arruinada como la luya. Informado por tí
de las grandes ri(piezas <pie trac consigo ese individuo,
de (pui se propone permanecer algún tiempo en (]ádiz,
y de que su iiileiu'ion es sorj)render á estas pobres nui-
geres jn-esentándüse á ellas sin anunciar su llegada, he
imaginado y ])uesto ya en práctica el designio de pedir
en matrimonio á la linda Conchila, que, si ai principio
había agradado úuicanu'Mle á mis sentidos, ahora que es
hermana de un millonario no puede menos de ser muy
grata á nn corazón. C.oulieso que aun no he logrado ins-
talarme en el de la niña, ])ero yo solo codicio su maiu),
y espero conseguirla, porque su madre,.á (piien vive
humildemente subordinada, está muy de mi parte. Es
una muger de muy pocos alcances, ]iero deseosa de bri-
llar; y la tengo alucinada con mis lisonjas y con el apa-
rato d(! mí nobleza. Por nuicbo (pie apresure su viaje
ese inesperado Creso, nn; projjongo saludarle con el ti-
tulo de cufiado; y como no tendrá molivo para pensar
que el ínteres me ha hecho contraer esle par(!ntesco, ya
me gozo en contemplar la dulce perspectiva que me
aguarda; perspecliva que ni á 1i, ni á mis acreedores
puede ser indiferente.
Es escusadü encargarfc la reserva, y cuánto convie-
ne (|ue me anuncies con la posible antic¡|)acion la veni-
da de tu amo. Tuyo siempre, etc. Fulgencio Vdla-
caslin.
i Jesús, Jesns! Yo me muero
do vergüenza y de posar.
¿Quien liabia de [)oiisar
que uu bizarro cal)alIero...
Yo nunca creí su amor,
ni pude verle sin tedio.
Me engañó do medio á medio.
¡Ali, malvado seductor!
Si tú no vienes... cpiizá...
¡Buena boda ibas á liacer! MJ '.«
i Pobre Concha! i
¡Yo muger
de pocos alcances! ¡Ah!
Al menos el desengaño
vino tá tiempo. » •M.;!
¡Hombre sin fé!
Y^o voy...
¡Madre!
No estaré
contenta si no le araño.
Prudencia, que en estos lances
nunca el ruido aprovechó.
A mi cargo queda...
¡Yo
muger de pocos alcances!
Cálmese usted, que á ese trasto
y al otro viejo moscón
yo los daré una lección. ¡.1:.■!
Iré á un juez...
¿Qué juez? Yo basto.
Si, sí; declara quién ores...
Eso es lo que yo resuelvo,
mas no alioia. Pronto vuelvo.
Obra ou íin conu» (pusieres.
Mientras viene don Donato
á cierto asunto saldré. —
No hay que decir...
Callaré,
poro ha de ser poco rato.
Disiuude usted su saña.
Si vuelven á sus amores,
diga usted á esos señores
fjue hay galán nuevo en campaña.
{}^tv amenté.)
¿Quién?
; No te acuerdas? Yo soy.
¡Ah!...
¿Tendrás paciencia?
Sí.
¿Y usted quiere darme á mí
sus poderes?
Te los doy;
que esto de casamentera
no es para mí por lo visto.
Ya de mi tema desisto.
( ¡Ah! Si yo á hablar me atreviera.
Con que, abur.
No tardes.
No.
Ya que la casa manejo
usted verá qué despejo
de huéspedes hago yo.
ESCENA VII
(CONCHA, DOÑA LIBORIA.)
( ¡Qué escucho! ¡Ay triste! También
va á desterrar á mi amante.)
jAh, qué fortuna la nuestra,
Conchita! Sin duda un ángel
nos ha traido á tu hermano.
¡Fuera huéspedes! Bien hace.
¡Fuera! Dichoso quien vive
sin mirar la cara á nadie.
El uno que nunca paga;
el otro que viene tarde;
éste que toca el violin
y se está dale que dale
todo el dia; aquel que nunca
halla cosa que le cuadre;
fulano por orgulloso,
y citano por amable;
mengano que á todas horas
sube y l)aja, y cnira y sale...
¡Eli, patroiia! esclania un <pii(hnn;
¿cuándo se limpia este caire?--
No ahra usted ese halcón,
dice otro, que pasma el aire. —..•)j(jv fi
Entre la gracia de Dios,
dice otro huésped, y le abre
de par en par. — Otro quiere
que le cosan y le planchen,
y le den cama, y comida,
y brasero por seis reales;
otro se hace amo de casa
y no hay diablos que le aguanten;
otro Tarquino persigue
á la hija y á la madre,
y á la zafia Mari-tornes
que le aljofifa y le barre;
á otro, enfermo, encanijado,
todo se le vuelve parches,
y zarzaparrilla, y... Vamos;
es la vida perdurable. —
Y después, el celador
de policía, el alcalde
de barrio, el padrón... la multa
si luego no se da parte
de quién viene y de quién va
con sus pelos y señales...
y el casero. y los vecinos,
y el prendero... ¡Virgen Madre!
j Cuánto mejor es remar
en las galeras de Tánger!
Usted quiso...
Por tí sola.
El anhelo de casarte...
Don Fulgencio.
Dios me tenga
de su mano. ¡Aleve! ¡Infame! i
¡Vil!
Disimulemos.
mnger de pocos alcances! [So sientan
ESCENA VIII
(DOÑA LIBORIA, DON FULGENCIO, CONCHA.)
Al fin veo á usted, Conchita,
y este placer...
(Displicente.) Buenas tardes.
(Sentándose entre las dos.)
Siempre me responde usted
con un tono...
Es mi carácter.
Ya lo veo. — Ni yo gusto
de las niugeres locuaces,
vivarachas y risueñas.
Ese modesto semblante
me presagia mil venturas.
Cuando el suspirado enlace
colme mis votos...
Señor...
¡Ay, señora! Usted no estrañe
mi impaciencia.
Yo...
A quien ama
se hace un siglo cada instante.
Es que... (Mejor es callar.)
No temo que me deshanque
mi rival; no, que su facha...
sus maneras... ¿Y usted sabe
que ha enviudado ya tres veces?
Es mas temible que el Draque.
I Quien será la temeraria
que con ese hombre se case?
¿Quién...
ESCENA IX
(DOÑA LIBORIA, DON FULGENCIO, CONCHA, DON MANUEL.)
Beso á ustedes los pies,
¡Oh, amigiiito!
(iSe sienta don Manuel al lado de Concha.)
El estudiante!
A lo mejor me interrumpo.)
Sefionts. se me lineo (ardo.
Va á anochecer, y me espera...
(Aparte d doña JJhoria.) No deje usted que se mardie.
Rue^o á usted (pie no se vaya.
Un siiiíeto (uiiore lialdarlo,
y va a venir al momento.
IJasta que usted me lo mande...—
(A (Ion Manuel.) ¿Qué tal. (jué tal las lecciones? I Producen?)
¡Eh...
No está en auge
la literatura. Hay aulas
donde se enseña de balde,
y con todo eso... Ahora bien;
¿quiere usted que yo le saque
de miseria? No será
muy difícil colocarle.
Mil gracias...
Asi... de ayuda
de cámara de algún grande...
Todos son amigos mios.
Bueno será que usted guarde
para si mismo ese empleo,
que sabrá desempeñarle
mejor que yo.
¡Cómo...
( ¡Bravo!)
( ¡Bien haya tu boca! ),
¡Diantre...
Pues... yo creia... (¡Qué orgullo!)
{Entrando, á Rita que llega con luces, las
deja y se retira.)
Trae volando el chocolate.
ESCENA X
(DOÑA LIBORIA, DOÑA LIBORIA, CONCHA, DON MANUEL, DON DONATO, DON FULGENCIO.)
Buenas tardes... ¡Oh, que estamos
so
todos aqui! Bien: me place. —
Ya me canso de esperar.
Al grano. En este combate
¿á quién se entrega la palma?
No gastemos tiempo en balde.
¿A los escudos de oro.
ó á los escudos de jaspe?
[Viene Rita con el cJiocolate; lo deja sobre el velador ¡j se retira.)
{Aparte á doña Liboria. Concita y don Ma-
nuel se miran á hurtadillas.)
Firmeza! Recuerde usted...
(A Concha tomando ya el chocolate.)
Claro, clarito. IS'o te andes
por las ramas.
El negocio
es arduo...
¡Qué disparate!
El mas sencillo...
Yo soy...
muger de pocos alcances.
¡Cómo...
Pues bien.' calle usted.
Ahí está la chica. Que hable.
Yo... Nada digo.
¡Esa es otra!
Pues ya es hora...
Usted no estrañe
su indecisión. Como tiene
otro galán...
¡Otro!
¡Calle!
( ¡Otro!)
j Medrados estamos!
¿Y quién es...
¿Qué nuevo amante...
El huésped recien -venido.
( ¡Cielos!)
¿Quiere usted mofarse...
¿Será posible...
i Dios mió!
(Mucho temo que mis planes..
Aquí viene.
(Todos se levantan menos don Donato.)
i Eslraíio nmor!
Aun no aca])a de apearse
y i''*'"
ESCENA XI
(DON DONATO, DOÑA LIBORIA, DON FULGENCIO, CONCHA, DON MANUEL, DON DIEGO.)
Señora... (A Concha.) ¡Bien mió!
Me tenia inconsolable
tu ausencia.
¡Pues la tutea!
No estrañe usted su lenguaje.
Nos queremos mucho.
(¡Ay triste!
Llevó mi esperanza el aire.)
Yo estoy en babia.
Señora,.
permita usted que reclame!.<
la mano de Concha. Usted
entre todos mis rivales
me prefiere...
¿Cómo es eso?
Pues... si á mi... Cuando... Yo...
Dale
tu mano.
(Se la da.) Con mucho gusto.
((Pérfida!) •..
¡Vaya, que es lance!.
No sé qué pensar...
Sepamos
por qué razón...
No alterarse,
que aunque su mano recibo
no la llevo á los altares.
¿Cómo...
Pero...
Esta libi'anza
puede muy bien endosarse
a favor de otro. Yo soy
SU protector, no su amante.
¡Protector!
Esa es harina
de otro costal.
n. Ft LG. Que me maten
si comprendo...
(Ya respiro.)
Primero que esto se zanje,
tengo yo que dar á ustedes
una noticia importante.
El hijo de esta señora,
don üiego, ha llegado á Cádiz.
¡Hombre!
¡Mi hermano!
I Mi Diego!
(Esto empieza á disgustarme.)
Llegó al puerto con inmensas
riquezas.
(Esto da al traste
con mi esperanza otra vez.)
Pensó aumentar sus caudales
con cierta especulación
mal calculada; y el fraude...
la superchería... En fin,
su ruina es inevitable.
Ha quebrado.
¡Ah!
(Ya no es rico.—
Casi estoy por alegrarme.)
(Yo no sé lo que me pasa.)
(Aparte con doña Li baria.) Mire usted aquel semblante,
madre.
Sí; pierde el color.
(Turbado.)
Pero... ¿Es cierto... ese desastre' —
A mí me hubieran escrito...
¿Tiene usted corresponsales
en Cádiz, eh?
Sí... Conozco
á dos ó tres negociantes...
Pero... ¿quién le ha dicho á usted...
No necesilo que nadie
me lo tliya.
¡Bien, por cierto!
¿Es usted proíeta;'
Baste
de misterios y de dudas.
Yo soy don Diego.
¡Usted!
¡Zape!
Esta es otra que bien baila.
( ¡Ali! De alegria me late
el corazón.) ¿Con que, usted...
Mas según me dijo antes...
(Don Diego hace (i don Manuel una seña para que calle.)
Yo soy ese desgraciado;
yo, que pocos dias bace
fui poderoso, y abora
arruina(U), miserable...
¡Eb! ¡Cómo ba de ser! Unido
á la esclarecida sangre
de don Fulgencio... ¡Usted calla!
...Amigo....'
Usted no se agravie,
don Donato, si preíiero
al señor. Sus cualidades,
sus timbres... Con que, ¿seremos
cuñados?
Honor tan grande
me confunde; pero... dudo
que esta señorita me ame...
y es droga el casarse un bombre -'.'.>:
con presagios tan fatales.—
Y como, al tin, mis parientes
repugnal)an... — No es desaire,
mas...
Diga usted con franqueza
que mi quiebra le retrae
de esta boda.
¡Ob! No merezco
acusación semejante.
Pobre la queria. ¿Acaso
sabia yo el desembarque...
¿Quiere usted que le confunda?
j Confundirme!
[Enseñándole la car laque leyó en la escena^. ~ Lea, y calle.
Si; lea usted.
(¡Al)! ¡Qué veo!
Me ha vendido aquel vergante.)
¿Qué dice usted de esla carta?
Digo... que hay casualidades...
Yo... (Corrido estoy.)
¿Será
necesario aconsejarle
lo que dehe hacer ahora?
No tal. --Usted no se canse...
¿Qué (juiere usted? IXo sahia...
Tengo que asistir á un baile...
en casa del consejero...
Buenas noches. Usted mande...
Señoras mias... Señores...
Alii se queda mi equipage...
inis esencias... mi...
El sombrero.
(Lo toma.) Gracias...
Por ahí no se sale...
Con efecto... ¡Ah, falso amigo!
Reniego de tu Uñase.
ESCENA XII
(DOÑA LIBORIA, DON DIEGO, DON MANUEL, CONCHA, DON DONATO.)
Bien me has vengado.
(¡Únemenos!)
¡Cuál corre! Ya está en la calle.
j Gracias á Dios que se fue!
("Se levanta.)
Señoras no hay que apurarse,
que aquí estoy yo, y mis talegas...
(Las voy á sitiar por hambre.) Mis dehesas mis cortijos...
No pase usted adelante.
¡Como...
Es usted viejo.
¿Y qué?
Gotoso, lleno de achaques...
Convengo.
Mi hermana es ióven..
Ya.
Gentil, graciosa...
¡Dale!
Mírese usted á sí mismo,
mírela usted... y compare.
INo hay aqui que comparar.
¿Si querrá usted que so case
con un joven rico y helio
una pohre vergonzante?
Eso es pedir gollerías.
Para el otro hotarate
fue pohre; para usted rica. ^M.l '!
Yo no entiendo ese contraste.
3IÍ quíehra ha sido una farsa.
Y'o tamhien tengo á quintales
el oro. ¿Si querrá usted
que una joven tan amable,
tan linda, y... ¡tan poderosa!
se case con un cadáver?--
Eso es pedir gollerías.
Entiendo, entiendo el romance.
Con que...
Sí. Voy á buscar
ahora mismo otro hospedage.
Ahur. — Yo me casaré,
con mi cara de vinagre,
y mi gota, y... Sí señor;
y con muger que me llame
gracioso y lindo; que el oro
embellece á un elefante.
Señoras... (Despidiéndose.)
¡Ah! Despacito.
Acabaré el chocolate,
que mi dinero me cuesta.
(Se sienta y sorbe el chocolate.)
Hace usted muy bien.
(¡Qué cafre!)
Me da risa.
A mí fastidio.
(Acabando de beberse nn vaso de agua.)
Ea, que ustedes descansen.
ESCENA ÚLTIMA
(DOÑA LIBORIA, DON DIEGO, CONCHA, DON MANUEL.)
(¡Ay! Ahora empiezo á temblar
por mi Manuel.)
Te quedaste
sin novios.
(¡Ah!)
(Si tuviera
yo valor...)
¡Virgen del Carmen,
qué ciega estuve!
Me alegro
de que usted se desengañe.
Erré con buena intención.
No, no vuelvo yo á encargarme
de su boda. Ya lo be dicho.
Yo la serviré de padre.
No violentaré jamas
su inclinación. Cuando halle
quien la merezca...
¡Ay, hermano!
Aunque riquezas le falten,
aunque no pueda ostentar
pergaminos venerables...
[Mientras habla don Dier/o se va aumentan- do la agitación de Concha y de don Manuel. Muestran querer hablar, y no atreverse á ello; ij se alientan recíprocamente con sus miradas.)
¡Oh Dios!)
..Ah!)
No será echado
con desden de mis umbrales.
Si es un joven instruido.
juicioso, modesto, afable,
iiijo (le padres honrados,
<(ue por Uis prendas le ame,
no por tus riquezas...
(Advirtiendo la iiiquielud de Concita.) ¡Concha!
(Tomándole una mano.)
¡Diego!
Tus mejillas arden...
tiemblas...
(Viendo la agitación de don Manuel.)
Don Manuel!
(Tomando la otra mano á don Diego.)
No puedo,
no puedo mas!
¡Qué visages!...
¿Estás mala?
¿Está usted loco?
¡Piedad!
¡Perdón!
(Los dos caen d un tiempo de rodillas.)
¡Es mi amante!
Yo la idolatro.
Tú acabas
de hacer su retrato.
i Madre!
¿Qué es esto?
;,No ves? Se quieren;
mas yo ignoraba...
Su imagen
está grabada en mi pecho.
Mi gloria cifro en amarle
desde que le vi.
i Y callabas!
Sí. No osaba declararme...
Yo la adoraba en silencio,
hasta que al fin... esta tarde...
sin saber cómo... los dos
nos revelamos...
¡Cobardes!
¡Quererse como unos locos.
y no atreverse... ¡Eh! Levanten,
(Los hace levantar.) y á ver cómo ahora se enmiendan.
Dale esa mano. y no aguardes
á que lo diga dos veces.—
Tómela usted al instante. —
(Se dan las manos.) Asi. --Doy gracias á Dios,
pues me permite que pague
los beneficios que debo
á aquellas dos celestiales
muge res...
¡Don Diego!
¡Oh dulce
término de mis afanes!
¿Aprueba usted esta boda?
¿No he de aprobarla?-- Abrazadme.
(La abrazan.)
¡Madre!
¡Señora!
¡Eso! ¡Eso!"
Y á mi también. — ¡Admirable
grupo formamos los cuatro!
¡Oh placer!
¡Qué desenlace
para una comedia! —Ahora
la moraleja; ¿sí?--
(Con bíirlesca declamación.) Madres
que tenéis hijas, guardaos
de oprimirlas, que mas vale
no casarlas...
¡Diego
El gozo
me hace decir disparates,
madre mia. Yo sé bien
que un ejemplo saludable
aprovecha mas que un tomo
de reflexiones morales.