Acto primero
(Personas: WALTON; EL CONDE; MANFREDO; YORICK; SHAKSPEARE; EDMUNDO; EL TRASPUNTE; ALICIA; EL AUTOR.)
(Habitación en casa de Yorick; á la derecha, una mesa pequeña: á la izquierda, un escaño: puertas laterales y otra en el foro.)
ESCENA PRIMERA
(YORICK, SHAKSPEARE.)
(Entran ambos por la puei la dcl foro. Shakspeare trae uii manuscrito en la mano.)
Y sepamos ¿á qué es traerme ahora á tu casa?
Duélete quizá de entrar en ella?
Pregunta excusada, que bien sabes que no.
Pues ¿qué prisa tienes?
Dejé boy al salir en mi aposento rnucbos altísimos personajes, y fuera demasía hacerles aguardar espacio más dilatado, cuando por él solo gusto de verme, emprenden desde el otro mundo la caminata.
Sabré yo desenojar á tus huéspedes con unas cuantas botellas de vino de España, que hoy mismo he de enviarles. Diz que este vinillo resucita á los muertos, y seria de ver que los monarcas de Inglaterra, congregados en tu aposento, resucitasen á la vez, y armaran contienda sobre cuál había de volver á sen" tarse en el trono. Pero ¿qué más resucitados que ya lo han sido algunos de ellos por tu pluma?
En íln ¿qué me quieres?
¿Qué he de querer sino ufanarme con la dicha de ver en mi casa y en mis brazos al poeta insigne, al gran Shakspeare, orgullo y pasmo de Inglaterra?
(Echándole los hi-azos al cuello.)
Quédese adiós el nunca bien alabado cómico, el festivo Yorick, gloria y regocijo de la escena, que no es bien malgastar el tiempo en mimos y lagoterías.
Si no te has de ir.
Entonces — ¿qué remedio? — me quedaré.
Siéntate.
Hecho está: mira si mandas otra cosa, (siéntase cerca de la mesa, y pone sobre ella el manuscrito.)
Francamente: ¿qué te ha parecido este drama que acabamos de oir? (Siéntase ai otro lado de la mesa, y miéntras habla, hojea el manuscrito.)
Á fé que me ha contentado mucho.
Y ¿es la primera obra de ese mozo?
La primera es.
Téugola yo también por cosa excelente, aunque algunos defectillos le noto.
Los envidiosos contarán los defectos: miremos nosotros únicamente las bellezas.
Á tí sí que nunca te escoció la envidia en el pecho. Cierto que cuando nada se tiene que envidiar...
Temoso estás hoy con tus alabanzas; y, en eso que dices, te equivocas. Nunca faltará qué envidiar al que sea envidioso. Pone la envidia delante de los ojos antiparras maravillosas, con las cuales á un tiempo lo ve uno todo feo y pequeño en sí, y en los demas todo grande y hermoso. Así advertirás que los míseros que llevan tales antiparras, no sólo envidian á quien vale más, sino también á quien vale menos, y juntamente los bienes y los males. Sé yo de cierto caballero, que no hallando nada que envidiar en un vecino suyo muy desastrado, fué y ¿qué hizo?: envidiarle lo único que el infeliz tenia para llamar la atención; y era una gran joroba que le abrumaba las espaldas.
Algo deberla yo saber en materia de envidias, que buen plantío de ellas es un teatro. ¿Viste jamas cuadrilla de mayores bribones que una de comediantes?
Mejorando lo presente, has de añadir.
Entren todos, y salga el que pueda. ¡Qué murmurar unos de otros: qué ambicionar estos y aquellos ántes el ajeno daño que la propia satisfacción: qué juzgarse cada cuál único y solo en el imperio de la escena!
Engendra ruindades la emulación, mas por ella vence el hombre imposibles. Déjala revolcarse en el fango, que alguna vez se levantará basta las nubes.
Dígote que hiciste muy bien en deponer el cetro de actor, quedándote nada más con el de poeta.
Hemos de convenir, sin embargo, en que la regla que has establecido, no deja de tener excepciones.
Tiénelas á no dudar; y mi mujer y Edmundo son buena prueba de ello. Bendito Dios que me ha concedido la ventura de ver recompensadas en vida mis buenas acciones. Porque fui generoso y caritativo, logré en Alicia una esposa angelical, y en Edmundo un amigo — ¿qué amigo?— un hijo lleno de nobles cualidades. Y qué talento el de uno y otra! Cómo representan los dos el Romeo y Julieta! Divinos son estos dos héroes á que dio ser tu fantasía: más divinos aún cuando Alicia y Edmundo les prestan humana forma y alma verdadera. Qué ademanes, qué miradas, qué modo de expresar el amor! Vamos, aquello es la misma verdad!
(Desdichado Yorick!) Puedo ya retirarme?
Pero si ántes quisiera yo decir una cosa al director de mi teatro, al laureado vate, al...
Por san Jorge, que ya tantos arrumacos me empalagan, y que anduve torpe en no adivinar que algo quieres pedirme, y tratas de pagarme por adelantado el favor.
Cierto es que un favor deseo pedirte.
Di cuál.
Eso quiero yo hacer, pero no sé cómo.
Eh! habla sin rodeos.
Manifiéstame con toda lisura tu opinión acerca de mi mérito de comediante.
Pues á fé que la ignoras. No hay para tristes y aburridos medicina tan eficaz, como tu presencia en las tablas.
Y ¿crees que para hacer reir únicamente sirvo?
Creo que basta con eso para tu gloria.
Cuándo se representará este drama?
Sin tardanza ninguna.
y ¿á quién piensas dar el papel de conde Octavio?
Gran papel es, y trágico por excelencia. Á Walton se lo daré, que en este género sobresale.
Pues ya me lo sabia yo! Un papel bueno ¿para quién babia de ser mas que para Walton? Qué dicha tienen ios bribones!
Piérdese el fruto, si cuando empieza á sazonar, una escarcha le biela: piérdese el corazón, si cuando está abriéndose á la vida, le biela el desengaño. Walton fué muy desdichado en su juventud: merece disculpa. Adiós, por tercera y última vez.) (Levantándose.)
Si aún no be diclio... (Levantándose también.)
Pues di, y acaba.
Allá voy! Quisiera... Pero luego no has de burlarte, ni...
Por Dios vivo que bables, y más no me apures la paciencia.
Quisiera...
Qué? Dilo, ó desaparezco por tramoya.
Quisiera hacer ese papel.
Qué papel?
El del drama nuevo.
Pero ¿cuál?
Cuál sino el del conde Octavio?
El del marido?
Ese.
Tú?
Yo.
Jesús! Ponte en cura, Yorick, que estás enfermo de peligro.
No de otro modo discurren los necios. Necio yo si conociendo sólo tus obras trágicas, te hubiese tenido por incapaz de hacer comedias amenas y festivas. Porque hasta hoy no interpreté más que hurlas y fiestas, ¿se me ha de condenar á no salir jamas el camino trillado?
Y ¿á qué dejarle por la cumbre desconocida? Quisiste hasta hoy hacer reir, y rióse el público. ¡Ay si un dia te propones hacerle llorar, y el público da también en reirse!
Ingrato! ¡Negar tan sencillo favor á quien fué siempre tu amigo más leal; á quien siempre te quiso como á las niñas de sus ojos! Pues corriente: haga otro el papel del conde; pero ni ya somos amigos, ni el año que viene estaré en la compañía de tu teatro. Y conmigo me llevaré á mi Alicia... y á Edmundo igualmente. Veremos cuál de ambos pierde más. (Muy conmovido.)
Qué enhilamiento de palabras!
No, no creas que ahora encajaría bien aquello de: «Palabras, palabras, palabras,» que dice Hamlet.
Que en el mundo no ha de estar nadie contento de su suerte!...
Sí, que es divertido el oficio de divertir á los demás.
Hablaste formalmente? Capaz serias de abandonarme?
Abandonarte! Eso dije, y tú no lo crees? (Llorando.) Yaya, hombre, vaya, del mal el rnénos. No faltaba más sino que desconfiando de mi talento, desconfiases también de mi corazón. No, no te abandonaré. Yorick podrá no saber fingir que siente, pero sabe sentir... Tú le ofendes... le humillas... y él... míralo... te alarga los brazos.
Vive Cristo? Lloras?
Lloro porque veo que el infierno se empeña en que yo no cumpla mi gusto; porque no e-¡sólo Waltoii quien me tiene por grosero bufón, capaz únicamente de hacer prorumpir á los necios en estúpidas carcajadas: porque veo que también tú... Y eso es lo que más me duele... Que tú... Válgame Dios, qué desgracia la mia!
Eh, llévete el diablo! El papel del marido quieres? Pues tuyo es, y mal provecho te haga.
De véras? Lo dices de véras? (Dejando de pronto de llorar, y con mucha alegría.)
Sí; sacia ese maldito empeño, de que mil veces procuré en vano disuadirte. (Andando por el escenario. Yorick le sig-ue.)
Y si represento el papel á toda perfección?
Y si la noche del estreno á silbos te matan?
Caramba, que en metiéndosete algo entre ceja y ceja!...
No, que tú no eres porfiado!
Hombre, me alegraría de hacerlo bien, no más que por darte en la cabeza.
Yo por excusar el darte en la tuya.
Anda á paseo.
No apetezco otra cosa. (Tomando el sombrero, y dirig'iéndose hácia el foro.)
Es que me has de repasar el papel! (Con tono de cómica amenaza, deteniéndole.)
Pues ¿quién lo duda? (Con soflama.)
Con empeño, con mucho empeño!
Vaya! Pues no que no!
La verdad, Guillermo; si en este papel logro que me Jiplaildíin. (Con formalidad.)
Qué?
Que será muy grande mi gozo.
La verdad; Yorik; el mió no será ménos grande.
(Con sinceridad y ternura, dando la mano á Yorick. Éste se la estrecha conmovido, y lueg'o le abraza. Shakspeare se va por el foro.)
ESCENA II
(YORICK.)
«Es tan fácil hacer reír,» me deciaii Walton y otros camaradas anoche. Verán muy pronto qi\8 también .sé yo hacer llorar, si hay para ello ocasión: lo verán y rabiarán cuando, como ántes alegría, infundiendo ahora lástima y terror en el público, logre sus vítores y aplausos. (Toma de encima de la mesa el manuscrito.) Hay, sin embargo, que andarse con tiento, porque el dichoso papel de conde Octavio es dificilillo, y al más leve tropiezo, pudiera uno caer y estrellarse. Tiemble la esposa infiel, tiemble... (Leyendo en el manuscrito.) AqUl entra lo buCIlO. Un Se— ñor Rodolfo ó Pandolfo...— Landolfo, Landolfo se llama,— (Encontrando este nombre en el manuscrito.) piCarO redomado y familiar del conde, entrégale una carta, por la cual cerciórase éste de que Manfredo, con quien hace veces de padre, es el amante de su mujer, la encantadora Beatriz. Recelaba él de todo bicho viviente, excepto de este caballerito; y cuando al fm cae de su burro, quédase el pobre— claro está,— con tanta boca abierta, y como si el mundo se le viniese encima. Tiemble la esposa infiel, tiemble la ingrata que el honor y la dicha me arreMtal Fué vana tu cautela, y aquí la prenda de tu culpa mira. Abre la carta, y se acerca á la mesa donde hay luces. La sangre se me hiela. Sin atreverse á mirar la carta. Arda de nuevo en ira! Ay del vil por quien ciega me envileces! Oh! Qué miro? Jesús, Jesús mil veces! Fija la vista en la carta, da un grito horrible y cae en un sitial, como herido del rayo. (Desde «tiemble la esposa infiel,» hasta aquí, leyendo en el manuscrito: las acotaciones con distinta entonación que los versos.) Ea, VamOS á ver qué tal me sale este grito. (Toma una actitud afectadamente trág'ica, dobla el manuscrito como para que haga veces de carta, y declama torpemente con ridiculas entonaciones.) x\y del vil por quien ciega me envileces! Oh! Qué miro... (Dando un grito muy desentonado.) No... Lo que eS ahoi’a no lo hago muy bien. Oh! (oando el grito pe^r que ántes.) Mal, muy mal: así grita uno cuando le dan un pisotón. Oh! (Gritando otra voz.) Este no OS grito de persona, sino graznido de pajarraco. Ba! Luego con el calor de la situación... Tiemble la esposa infiel, tiemble... Muy flojo. Tiemble la esposa infiel... Muy fuerte. Tiemble la esposa... Tiemble el necio que se empeñ’! en ir contra naturales inclinaciones y costumbres envejecidas. Y quizá no sea mía toda la culpa... Alguna tendrá acaso el autor... Suelen escribir los poetas unos desatinos... Tiemble la esposa infiel, tiemble la ingrata. Cómo diablos se ha de decir esto bien! Pues si el anuncio de Guillermo se cumple... Si me dan una silba... No lo quiero pensar. De coraje y vergüenza creo que había de morirme. Allá veremos lo que pasa. Fuera miedo! Adelante! (Pausa durante la cual lee en voz baja el manuscrito, haciendo gestos y contorsiones. ) Ahora sí que me voy gustando. Lo que es en voz baja, suena muy bien todo lo que digo. Si he de salir me con la mia!... Si lo he de hacer á pedir de boca!... Ah! eres tú? Yen acá, Edmundo, ven. (Á Edmundo, que aparece en la puerta del foro.) NO SabeS?...
ESCENA III
(YORICK, EDMUNDO.)
Qué?
Que en esta obra que estás viendo, tengo un excelente papel.
Con el alma lo celebro, señor.
Tiempo ha que en vez de padre me llamas señor, y en vano ha sido reprendértelo. ¿Acaso te di impensadamente motivo para que tan dulce nombre me niegues?
Yo soy el indigno de pronunciarlo.
Á qué viene ahora eso? Ay Edmundo; me vas perdiendo el cariño.
Qué os induce é creerlo?
Fueras ménos reservado conmigo, si cual ántes me amaras.
Y ¿en qué soy yo reservado con vos?
En no decirme la causa de tu tristeza.
Yo triste?
Triste y lleno de inquietud. ¿Qué va á que estás enamorado?
Enamorado? Yo!... Suponéis?...
Dijérase que te he imputado un crimen, (sonríendo.) Ah! (Con repentina seriedad.) CníllGIl pllOflc SGi* el amor. Amas á nna mujer casada? (Asiéndole una mano.)
Oh! (inmutándose.)
Te has puesto pálido... Tu mano liemhla...
Sí... con efecto... Y es que me estáis mirando de un modo...
Enfermilla debe de andar nuestra conciencia, cuando una mirada nos asusta. Piénsalo bien: no causa á un hombre tanto daño quien le roba la hacienda, como quien le roba el honor: quien le hiere (en el cuerpo, como quien le hiere en el alma. Edmundo, no hagas eso... Ay, hijo mió, no lo hagas, por Dios!
Y'uestro recelo no tiene fundamento ninguno. Os lo afirmo.
Te creo: no puedes tú engañarme. En esta comedia, sin ir más lejos, píntanse los grandes infortunios á que da origen la falta [de una esposa. Y mira: ni áun siendo de mentirijillas me gusta que Alicia tenga que hacer de esposa culpada, y tú de aleve seductor.
Sí? (Procurando disimular.)
Yo seré el esposo ultrajado! (Con énfasis cómico.)
Vos! (Dejándose llevar de su emoción.)
Yo, sí... Qué te sorprende? ¿Eres también tú de los que me juzgan incapaz de representar papeles serios?
No, señor, no... sino que...
Cierto que habré de pelear con no pequeñas dificultades. Y ahora que en ello caigo, ningún otro papel ménos que el de marido celoso me cuadraría; porque á estas fechas áun no sé yo qué especie de animalitos son los celos. Obligado á trabajar continuamente desde la infancia, y enamorado después de la gloria, tan sólo en ella tuvo señora mi albedrío, hasta que por caso peregrino y feliz, cuando blanqueaba ya mi cabeza, mostró que áun era jóven mi pecho, rindien-r do á la mujer culto de abrasadoras llamas. Y Alicia — bien lo sabes tú— ni me causó celos hasta ahora, ni me los ha de causar en toda la vida. No es posible desconíiar de tan hidalga criatura. Verdad que no?
No señor; no es posible...
Fríamente lo has dicho. Oye, Edmundo. Hice mal en callarte lo que ha tiempo noté.
Algo habéis notado! Qué ha sido?
Que Alicia no te debe el menor afecto: que tal vez la miras con aversión.
Eso habéis notado... Qué idea!... (Muy turbado.)
Y el motivo no se oculta á mis ojos. Reinabas solo en mi corazón ántes de que Alicia fuera mi esposa, y te enoja ahora hallarte en él acompañado. Egoísta! Prométeme hacer hoy mismo las paces con ella. Y de aquí en adelante, Alicia á secas la has de llamar. Y áun seria mejor que la llamases madre; y si madre no, porque su edad no lo consiente, llámala hermana, que hermanos debeis ser, teniendo los dos un mismo padre. (Abrazándole.)
(Qué suplicio!)
Lloras? Ea, ea, no llores... no llores, si no quieres que también yo... (Limpiándole i as lágrimas con las manos.) Y sabes lo que pienso? Que si los celos de hijo son tan vivos en tí, los de amante deben ser cosa muy terrible. Diz que no hay pasión más poderosa que esta de los celos; que por entero domina el alma; que hace olvidarlo todo.
Todo! Sí, señor, todo!
Con que tú has estado celoso de una mujer? Qué gusto! Así podrás estudiarme el papel de marido celoso, explicándome cómo en el pecho nace y se desarrolla ese afecto desconocido para mí, qué linaje de tormentos produce, por qué signos exteriores se deja ver, todo aquello, en fin, que le corresponde y atañe. Empieza ahora por leerme esta escena. (Dándole el manuscrito abierto.) Desde aquí. (Señalándole un lugar en el manuscrito.) Anda.
Conque eres tú el villano...
Eso te lo digo yo á tí. (Edmundo se inmuta, y sig'ue leyendo torpe y desmayadamente.)
TÚ el pérfido y aleve?...*!
Chico, chico, mira que no se puede hacer peor. Más briol Más vehemencia!
Tú el seductor infame que se atreve...
Afina, alma!
Á desgarrar el pecho de un anciano?
No estás hoy para ello. Dame. (Quitándole el manuscrito.) Escucha. Con que eres tú el villano, tú el pérfido y aleve, tú el seductor infame...,
ESCENA IV
(DICHOS, WALTON.)
Quién rabia por aqui? (Desde la puerta del foro.)
Walton! (Cerrando el manuscrito.)
Reñias con Edmundo?
No reñia con nadie.
Al llegar me pareció oir...
(De fijo lo sabe ya, y viene buscando quimera.)
Jurara que no me recibes con mucho agrado.
Porque adivino tus intenciones.
Adivinar es.
Ahorremos palabras: ¿qué te trae por acá?
Si lo sabes, ¿á qué quieres que te lo diga? Pero ¿qué hacéis de pie, señor WaTon? (d¡rig'iéndose á sí mismo la palabra.) Aqui tcncis SÜla. (Tomando una sflla, y colocándola en el centro de! escenario.) GraciaS. (Sentándose.)
Mira, mira, lo que es á mí no te me vengas con puilitas, porque si me llego á enfadar...,, — Í9 —
Oh, entonces!... Vaya!... Pues ya lo creo! Si tiene un genio como un tigre... Verdad, Edmundo?
Eh!...
Te burlas de mí?
¿Burlarse él de vos!
Justo es que defiendas á tU amigo Yorick, á tu protector, á tu segundo padre... Oh! este muchacho es una alhaja... (Duíg'iéndose á Yorick.) Y cuanto me gustan á mí las personas agradecidas!
Walton! (Sin poderse contener, y con tono amenazador.)
Las alabanzas te incomodan?
(Cuál es su intención?)
Vamos, se conoce que hoy todos han pisado aquí mala yerba. Adiós. (Levantándose.) Tú te lo pierdes.
Que yo me pierdo... El qué?
Nada, Venia en busca de un amigo; hallo un necio, y me voy.
Necio me llamas?
Por de pronto no se me ha ocurrido cosa mejor.
Has visto á Shakspeare?
No, sino al autor del drama nuevo.
Y qué?
Shakspeare, al salir de aquí, se encontró casualmente con él, y díjole que en su obra era menester que hicieses tú el papel de marido.
Ya vamos entendiéndonos.
El autor se quedó como quien ve visiones.
No es él mala visión.
Y muy amostazado se vino á mi casa para instarme á que reclamará un papel, que en su concepto me correspondia...
Y tú... pues... tü...
Yo... (Como haciéndose violencia á sí mismo.) Quioro que sepas la verdad. Yo al pronto me llené de ira: luego vi que no tenia razón, y dije al poeta... Pero ¿á qué me canso en referirte?... (Da aig'unos pasos hacia eu foro.)
No... Oye... Ven. (Le cog'e de una mano, y le trae al proscenio.) Qué le dijiste?
Le dije que tú eras mi amigo; que un actor de tu mérito y experiencia, podia ejecutar bien cualquiera clase de papeles, con sólo que en ello se empeñara; que yo baria el de confidente, que es, aunque odioso, muy difícil; que te auxiliaria con mis consejos, si tú querías aceptarlos... Adiós... (Como despidiéndose, y echando á andar hacia el foro.)
Pero ven acá, hombre, ven acá. (Deteniéndole, y trayéndole al proscenio como ántes.) EsO dijiste?...
Y cuando vengo, satisfecho de mí mismo, á darte la noticia, se me recibe con gesto de vinagre y palabras de hiel... Por fuerza liabia de pagarte en la misma moneda. La culpa tiene... (Oirig-iéndose de nuevo hacia el foro.)
No, si no te has de ir. (Deteniéndole, y trayéndole al proscenio otra vez.) Es tan raro eso que me cuenías!...
Y ¿por qué es raro? vamos á ver.
Parecía lo más natural que te disgustase perder la ocasión de alcanzar un nuevo triunfo, y que en cambio yo...
El templo de la gloria es tan grande, que no se ha llenado todavía, ni se llenará jamas.
Como tienes ese picaro genio!...
Se me cree díscolo, porque no sé mentir ni disimular.
Pero ello es que no te enojas porque yo haga de conde Octavio en ese drama?
He dicho ya que no!
Y que tú harás de confidente?
Ya he dicho que sí!
Y que me estudiarás el papel?
Me ofendes con tus dudas.
Edmundo, ¿oyes esto?
Á ver si alguna vez logro ser apreciado justamente.
Mira: la verdad es que á mí siempre me pareciste un bellaco.
Así se juzga á los hombres en el mundo.
Confesar la culpa, ya es principio de enmienda; y si tú ahora quisieses darme unos cuantos pescozones...
Debiera dártelos á fé.
Pues anda. No vaciles. En caridad te ruego que me des uno tan siquiera.
Eh, quita allá!
Dame entonces la mano.
Eso Si! (Eslréclianse ambos la mano.)
Y yo que hubiera jurado!... El que piensa mal merecía no equivocarse nunca. Tienes ahora algo que hacer?
Ni algo ni nada.
Me alegraría tanto de oirte leer el papel, ántes de empezar á estudiarlo!
Pues si quieres, por mí...
Que si quiero? No he de querer? No quiero otra cosa. Vaya que me dejas atónito con bondad y nobleza tan desmedidas! Quién había de imaginarse que tú?...
Vuelta á las andadas? (Con ira.)
No, no... Al contrario... Quería decir... Conque, vámonos á mi cuarto... Allí nos encerraremos, y... Francamente: el papel de marido ultrajado, me parece algo dificultoso...
Te engañas. El papel de marido ultrajado se hace sin ninguna dificultad. ¿Á que Edmundo opina de igual manera?
Yo?... (¡Qué dice este hombre?)
Con tus lecciones todo me será fácil. Y di, ¿me enseñarás alguna de esas inílexiones de voz, de que sacas tanto partido?
Seguramente.
Y alguna de esas transiciones repentinas, en que siempre te haces aplaudir?
Pregunta excusada.
Y aquel modo de fingir el llanto, con que arrancas lágrimas al público?
Sí, hombre, sí: todo lo que quieras.
Y ¿crees que al fm conseguiré?...
Conseguirás un triunfo!
De veras? (Restreg’ándose las manos de g'usto.)
Ni tú mismo sabes de lo que eres capaz.
Pero hombre... (Con júbilo., que apénas le consiente hablar.)
Oh! me precio de conocer bien á los actores.
Digo si conocerás bien!... Me pondría á saltar de mejor gana que lo digo. Vamos adentro, vamos..(Dirigiéndose con Wallon hacia la derecha. Luego corre al lado de Edmundo. W’alton se queda esperándole cerca de la puerta de la derecha.) Pero, Edmundo, ¡es posible que viéndome tan alegre á mí, no quieras tú alegrarte? Alégrate por Dios! Quiero que esté alegre todo el mundo. Conque ores tú el villano?...
Anda, y no perdamos el tiempo...
Sí, SÍj no perdamos... (corriendo hacia donde está Walton.) Lo que pierdo hoy de seguro es la cabeza... Ah, oye. (Volviendo rápidamente al lado de Edmundo, y hablándole en voz baja.) Aunque este me repase el papel, no renuncio á que tú... Eh? (Va hasta el comedio del escenario, y allí se detiene.) Con doS lUaeStrOS así... (Consigo mismo, señalando á Edmundo y á Wallon.) Y COll Guillermo, pOr añadidura... Y que yo no soy tan negado... Tiemble la esposa infiel... tiemble la-ingrata!... Caramba! Lo haré divinamente! (Saltando de aiegria.) No lo dije? Ya salté de gozo como un chiquillo!
Pero ¿no vienes?
1 Sí, sí, vamos allá. (Vánse Yorick y W'allon por la puerta de la derecha.)
ESCENA V
(EDMUNDO, ALICIA.)
(Qué pensar? Conoce Walton mi secreto! Dios no lo quiera. ¿Hablaba sin malicia ó con intención depravada? Siempre recelar! Siempre temer! Ay, qué asustadiza es la culpa! Ay, qué existencia la del culpado! (Siéntase cerca de la mesa, en la cual apoya los brazos, dejando caer sobre ellos la cabeza. Alicia sale por la puerta)
de la izquierda, y al -verle en aquella actitud, se estremece y corre hacia él sobresaltada.)
Qué es eso, Edmundo? Qué te pasa? Qué hay?
;Tú también, desdichada, temblando siempre como yo!
Y ¿qué he de hacer sino temblar? Con la conciencia no se lucha sin miedo.
Y ¿hemos de vivir siempre así? Dime por favor: ¿esto es vida?
Á mí me lo preguntas? Cabe en lo posible contar los momentos de un dia: no los dolores y zozobras que yo durante un dia padezco. Si alguien me mira, digo: ese lo sabe. Si alguien se acerca tá mi marido, digo: aquel se lo va á contar. En todo semblante se me figura descubrir gesto amenazador: amenazadora retumba en mi pecho la palabra más inocente. Me da miedo la luz: temo que haga ver mi conciencia. La oscuridad me espanta: mi conciencia en medio de las tinieblas aparece más tenebrosa. Á veces juraría sentir en el rostro la señal de mi delito: quiero tocarla con la mano; y apénas logro que desaparezca la tenaz ilusión, mirándome á un espejo. Agótanse ya todas mis fuerzas, no quiere ya seguir penando mi corazón, y la hora bendecida del que necesita descanso llega para mí con nuevos horrores. Ay, que si duermo, quizá sueñe con él; quizá se escape de mis labios su nombre, quizá diga á voces que le amo. Y si al fin duermo á pesar mió, entonces soy más desdichada, porque los vagos temores de la vigilia toman durante el sueño cuerpo de realidad espantosa. Y otra vez es de dia, y es de noche otra vez; y á la amargura de ayer, que parecia insuperable, excede siempre la de hoy; y á la amargura de boy, que raya en lo infinito, excede siempre la de mañana. Llorar? Ay, cuánto be llorado! Suspirar? Ay, cuánto he suspirado! Ya no tengo lágrimas ni suspiros que me consuelen. Vienes? Qué susto, qué desear que te vayas! Te vas? Qué angustia, qué desear que vuelvas! Y vuelves, y cuándo como ahora hablo á solas contigo, me parece que mis palabras suenan tanto que pueden oirse en todo el mundo; el vuelo de un insecto Yne deja sin gota de sangre en las venas; creo que por todas partes hay oídos que escuchan, ojos que miran; y yo no sé hacia dónde volver los mios... (Mirando con terror hacia una y otra parte. ) y- Oh! ( Dando un grito.)
Que? Habla! (Con sobresalto y ansiedad, mirando en la misma dirección que Alicia.)
Nada: mi sombra, mi sombra que me ha parecido testigo acusador! Y tú me preguntas si esto es vida? Qué ha de ser vida, Edmundo? No es vida, no lo es: es una muerte que no se acaba!
Serénate, Alicia, y considera que á serlo más, te creerías ménos culpada. Parece siempre horrenda la culpa, si áun brilla á su lado la virtud.
No me hables de virtud. Sólo con amarte, huello todos los deberes; ofendo al cielo y á la tierra. Sálvame; salva como fuerte á una débil mujer.
Oh, sí; preciso es que ambos nos salvemos; pero ¿cómo salvarnos? ¿Ver á mi Alicia idolatrada, y no hablar con ella; hablar con ella, y no decirle que la quiero; dejar de quererla, habiéndola querido una vez!... Qué desatino! Qué locura! Yo, sin embargo, todos los días me entretengo en formar muy buenos propósitos, con intención de no cumplirlos: así da uno que reir al demonio. Propóngome lo que todo el mundo en ocasiones parecidas; convertir en amistad el amor. El amor trabajando por hacerse más pequeño, se hace más grande. No se convierte el amor en amistad: si acaso, en odio tan vivo y tan profundo como él. La idea de quererte menos de lo que te quiero, me indigna, me enfurece. Amarte con delirio ó aborrecerte con frenesí: no hay otro remedio! Á ver, dime: ¿cómo lograría yo aborrecerte?
Los dias enteros se me pasan á mí también discurriendo medios de vencer al tirano de mi albedrío. Si Edmundo se enamorase de otra mujer, me digo á mí misma, todo estaba arreglado; y con sólo figurarme que te veo al lado de otra mujer, tiemblo de cólera, y comparado con este dolor, no hay dolor que á mis ojos no tome aspecto de alegría. Póngome á pedir á Dios que me olvides, y noto de pronto que estoy pidiéndole que me quieras. Echo encima del amor todo el peso de la voluntad, y cuando creo tenerle ya sujeto, al recuerdo de una palabra, de una sola mirada tuya, cede, distraída, la voluntad, y álzase de nuevo el amor con ímpetu redoblado por la misma violencia que se le hizo sufrir. No más pelear inútilmente-. Conozco mi ingratitud para con el mejor de los hombres: te amo. Conozco mi vileza: te amo. Sálvame, te decía. Mi salvación está en no amarte. No me puedes salvar.
Alicia, Alicia de mi alma!
Edmundo! (Van á abrazarse y se detienen oyendo ruido en el foro.) Oh, quita.
ESCENA VI
(DICHOS, SHAKSPEARE, DESPUÉS YORICK, WALTON.)
Loado sea Dios, que OS encuentro solos. Buscándoos venia.
Á quién... á mí? (Con recelo.)
Á tí y á ella,
Á mí también? (Con timidez.)
También.
Á los dos?
Á los dos.
(Cielos!)
(Dios mió!)
Puedo hablar sin temor de que nadie nos oiga?
Tan secreto es lo que nos teneis que revelar?
Ni yo mismo quisiera oirlo.
(No sé qué me sucede.)
Hablad, pero ved lo que decis.
Mira tú lo que dices, (clavando en él una mirada.)
Es que no debo tolerar...
Calla y escucha, (imperiosamente.)
Oh! (Baja la cabeza dominado por el tono y el ademan de Shakspeare.)
Tiempo ha que debí dar voluntariamente un paso que doy ahora arrastrado de la necesidad. Fui cobarde. ¡Malditos miramientos humanos que hacen cobarde al hombre de bien! Ya no vacilo: ya en nada reparo. Edmundo, tú amas á esa mujer.
¿Yo!...
Alicia, tú amas á ese hombre.
Ah!
Con qué derecho os atrevéis?
Con el derecho que me da el ser amigo del esposo de Alicia y del padre de Edmundo.
Pero si no es cierto lo que decis; si os han engañado.
Os han engañado, no lo dudéis.
La hipocresía y la culpa son hermanas gemelas. Ven aca. (Asiendo de una mano á Alicia, y trayéndola cerca de sí.) Yen aca. (Asiendo de una mano á Edmundo, y poniéndole delante de Alicia ) Levanta la cabeza, Edmundo. Levántala tu. (Levantando con una mano la cabeza de Edmundo y con otra la de Alicia,) Miraos Cara á Cara con el sosiego del inocente. Miraos. Oh! Pálidos estábais: ¿por qué os ponéis tan encendidos? Antes, el color del remordimiento: ahora, el color de la vergüenza.
Compasión!
Basta ya! (Con profundo dolor.)
Habéis hablado tan de improviso.
La acusación ha caido como un rayo sobre nosotros.
Hemos tenido miedo.
Os diré la verdad.
Es cierto: me ama, le amo.
Sois noble y generoso.
Tendréis lástima de dos iníélices.
No querréis aumentar nuestra desventura.
Al contrario; nos protegeréis, nos defenderéis contra nosotros mismos.
Vamos, hijos mios, serenidad!
Hijos nos llama! Lo has oido?
Oh! Besaremos vuestras plantas.
Si! (Yendo á arrodillarse.)
No; en mis brazos estaréis mejor. (Abriendo ios brazos.)
Guillermo!... (Deteniéndose con rubor.)
Es posible? (Con alegria.)
Venid!
Salvadnos! (Arrojándose en sus brazos.)
Salvadnos, ^por piedad! (Arrojándose también en los brazos i de Shakspeare.)
Sí; yo os salvaré con la ayuda de Dios! (Pausa durante la cual se oyen los sollozos de los tres personajes.)
Pero ¿qué miro? Estáis llorando?
Viendo lágrimas, ¿qué ha de hacer uno sino llorar?
Edmundo, es un protector que el cielo nos envía. ¡Y je qiieriamos engañar, queríamos rechazarle? Cuál ciega la desdicha! Tener un amigo que nos consuele, que tome para sí parte de nuestras aflicciones: ser amparados del hombre que mejor puede curar los males del alma, porque es el que los conoce mejor... Oh gozo inesperado! ¿Quién me hubiera dicho momentos ha que tan cerca de mí estaba la alegría! Ya respiro! Ay, Edmundo, esto es ya vivir!
No hay tiempo que perder. Cuándo sintió amor vuestro pedio? Cómo os le declarásteis? Qué hicisteis para combatirlo? Qué temeis? Qué esperáis? Quiero saberlo todo. (Pausa.)
Yhno ha dos años Alicia á la compañía de vuestro teatro. Entóneos la conocí. Nunca la hubiera conocido!
Nunca jamas le hubiera conocido yo!
La vi de léjos: me arrastró hácia ella fuerza misteriosa. Llegué á sa lado: miré, no vi; hablé, no se oyó lo que dije. Tembló: la amaba!
Yo le amaba también!
Quiere el amor, áun siendo legítimo, vivir oculto en el fondo del corazón. Pasaron dias... Quise al fin declararme... Imposible!
Yorick me había manifestado ya su cariño.
Era mi rival el hombre á quien todo se lo debía!
Cayó mi madre muy enferma: carecíamos de recursos: Yorick apareció á nuestros ojos como enviado de la Misericordia Infinita.
Podía yo impedir que mi bienhechor hiciese bien á los demas?
«Alicia,» me dijo un día mi madre; «vas á quedarte abandonada: cásate con Yorick: te quiere tanto y es tan bueno!»
Yorick me había recogido desnudo y hambriento de en medio de la calle, para darme abrigo y amor y dicha y un lugar en el mundo!
Por Yorick gozaba mi madre en los últimos dias de su existencia todo linaje de consuelos.
Destruir la felicidad de ese hombre hubiera sido en raí sin igual villanía!
Mi madre rogaba moribunda!
Lo que se hace, rindiendo culto á la gratitud, eso es lo que yo hice.
Lo que se responde á una madre que suplica moribunda, eso es lo que yo respondí.
Y juré que hahia de olvidarla!
Y según iba empeñándome en quererle ménos, le iba queriendo más.
Era vana la resistencia!
Pero decía yo: Edmundo es hijo de Yorick.
Yorick es mi padre, decía yo.
En casándome con Yorick, se acabó el amor que ese hombre me inspira.
Se acabó el amor que siento por esa mujer, al punto mismo en que Yorick se enlace con ella.
¿Arm]^r al hijo de mi esposo! Qué horror! No cabe en lo posible.
¿Amar á la esposa de mi padre! Qué locura! No puede ser!
Y con qué afan aguardaba yo la hora de mi enlace!
Siglos se me hacían los minutos que esa hora tardaba en llegar!
Y llegó por fin esa hora!
Llegó por fin!
Y me casé!
Ysecasó!
Y al perder su última esperanza el amor, en vez de huir de nuestro pecho, alzóse en él de pronto rugiendo como fiera acosada.
,Y hecho trizas, palpitó en sus garras el corazón!
Callamos, callamos, sin embargo.
Á pesar de ios ruegos y lágrimas de Yorick, me negué á seguir viviendo en su casa.
Pero tuvo que venir aquí con frecuencia.
Él lo exigía.
Nos \^amos diariamente; callamos.
Pasábamos solos ima hora y otra hora: callamos.
Un dia, al fin, representando Romeo y Julieta...
Animados por la llama de la hermosa ficción...
Unida á^la llama déla ficción, la llama abrasadora de la verdad...
Cuando tantas miradas estaban fijas en nosotros...
Guando tantos oídos estaban pendientes de nuestra voz...
Entonces, mi boca, miento, mi corazón, le preguntó quedo, muy quedo: «me quieres?»
Y mi boca, miento, mi corazón, quedo, muy quedo, respondió: «sí.»
Habló al fin el amor que tanto tiempo había callado.
He ahí nuestra culpa.
Nuestro castigo, á toda hora recelar y temer.
Crueles amarguras.
Implacables remordimientos.
Consuelo? Ninguno.
Esperanza? Ninguna.
Remedio?
Uno solo.
Morir.
Ya lo sabéis todo, Guillermo..
Ya nada falta que deciros.
Oísteis la verdad.
Lo juramos.
Por la vida de Yorick!
Por su vida!
Eso es lo que sucede.
Eso es.
Mísera humanidad! Vuélvese en tí manantial de crímenes la noble empresa acometida sin esfuerzo bastante para llevarla á cabo! Mísera humanidad! Retrocedes ante el obstáculo pequeño: saltas por encima del grande. Os amais: es preciso que no os améis.
Quien tal dice, no sabe que el alma esclavizada por el amor, no se libra de su tirano.
Quien tal dice, sabe que el alma es libre, como hija de Dios.
Explicádmelo por piedad: ¿qué liará cuando quiera no amar el que ama?
Querer.
Querer no basta.
Basta, si el querer no es fingido.
Quién lo asegura?
Testigo irrecusable.
Qué testigo?
Vuestra conciencia! Si de la culpa no fuérais responsables, ¿á qué temores, á qué lágrimas, á qué remordimientos? No bien se cierre este año el teatro, huirás de Alicia para siempre.
Mil veces se me ha ocurrido ya tal idea. No exijáis imposibles.
En la pendiente del crimen hay que retroceder ó avanzar: retrocederás mal que te pese.
Haréis que me vaya por fuerza?
Si no queda otro medio, por fuerza se ha de hacer el bien.
Edmundo os obedecerá. Teniendo ya quien nos proteja, vereis como en nosotros renacen el valor y la fé.
No habrá hazaña que nos parezca imposible.
Querrá en vano causarnos miedo nuestro enemigo.
Soldados somos del deber.
Vos, nuestro capitán.
Guiad al combate!
Conducidnos á la victoria!
Si esta buena obra pudiera yo hacer, reiríame de Otelo y de Macbetb, y de todas esas tonterías. (Con íntimo júbilo.) Gonfio en la promesa de un hombre. (Estrechando la mano de Edmundo.) Y en la promesa d® una inujor. (Estrechando la mano á Alicia.)
i
Pues miéntras llega el dia de que Edmundo nos deje, nunca esteis solos; nunca delante de los demas os dirijáis ni una mirada. Esto pide el deber: esto reclama la necesidad. Me figuraba ser el único poseedor del secreto... Necio de mí! Nunca pudo estar oculto el amor!
Cómo? Qué decis?
Hablad!
Conoce también ese horrible secreto persona de quien fundadamente puede temerse una vileza.
Qué persona?
El cielo nos valga!
Con motivo del reparto de papeles de un drama nuevo, está Walton enfurecido contra Yorick.^
Walton! (con terror.)
Lo sé por el autor de la obra, que de casa de Walton filé hace poco á la mia, y me refirió la plática que ambos acababan de tener. Walton ha dicho estas 6 parecidas frases, que el autor repetia sin entenderlas: «Cuadra á Yorick divinamente el papel de marido ultrajado, y no se le debe disputar.»
Dios de mi vida!
«Si por descuido ó ceguedad no advirtiese las excelencias de papel tan gallardo, yo le abriré los ojos.»
Oh, no hay duda! Ese hombre es un malvado: nos perderá!
Sí, Alicia, estamos perdidos, perdidos sin remedio!
(Con mucha ansiedad.)
Todavía no. Corro al punto en su busca, y en viéndole yo, nada habrá que temer! (Dirigiéndose hacia el foro.)
Alicia! Alicia!! (Yendo hacia ella, y asiéndole las manos.)
Qué tienes? Por qué te acongojas de ese modo?
Valor, Edmundo. Volveré en seguida á tranquiliZarOS. (Desde el foro.)
No OS vayais, por Dios!
QuG no ni6 vaya? Por (Jlio! (Dando alg'unos pasos hacia el proscenio.)
No está ahora Walton en su casa.
Cómo lo sabes? (Viniendo al lado de Edmundo.)
Yo soy quien os dice, valor. (Á Shakspeare.) Valor, desdichada! (Á AUda.)
Explícate.
Sácame de esta horrible ansiedad!
Donde está ese hombre?
Aquí.
Cíelos!
Con él?
Con él!
Tú le has visto, sin duda?
Delante de mí empezó ya á descubrir el objeto de su venida.
Oh, ¿qué hago yo ahora. Dios mió, qué hago yo?
Tierra enemiga ¿por qué no te abres á mis plantas?
Qué fatalidad!
No me abandonéis; defendedme, amparadme!
Por piedad, un medio, una esperanza!
Si nos aturdimos... Calma... sosiego... (Como recapacitando. Yorick aparece en la puerta de la derecha seg-uido de Walton, á quien dá la comedia que trae en la mano y hace con semblante alegré señas de que calle, poniéndose un dedo en la boca. Después se acerca rápidamente de puntillas á su mujer.)
Qué resolvéis? (Con mucha ansiedad á Shakspeare.)
Decid!
Tiemble la esposa infiel, tiemble la ingrata...
(Asiendo de un brazo á su mujer con actitud afectadamente trágica, y declamando con exagerado énfasis.)
Jesús! (Estremeciéndose con espanto.) Perdou! (Cayendo al suelo sin sentido.)
Eh?...
lllfanic! (Queriendo lanzarse conlra Wallon.)
IllSGllSLito! (En Voz baja á Edmundo, deteniéndole.)
Perdón!... (Confuso y aturdido.)
(LaSlialldíld como ella!) (irónicamente.)
Perdón!... (Queriendo explicarse lo que sucede. Shakspeare va á socorrer- á Alicia.)
Acto segundo
(La misma decoración del primero.)
ESCENA PRIMERA
(WALTON.)
Esperaré á que vuelva. (Hablando desde el foro con álguien que se supone estar dentro. Deja el sombrero en una silla, y adelántase hacia el proscenio.) Pasa COIlITligO eil el eilSayo más de tres horas, y poco después va á mi casa á buscarme. Qué me querrá? Y ¿hago yo bien en buscarle á él? Como el ser amado, atrae el ser aborrecido. Esta noche se estrenará la comedia nueva: esta noche representará Yorick el papel que debió ser mió, y que villanamente me roba. Lo hará bien? Dejárselo hacer, animarle á intentar cosas muy dificiles, donde no pudieia evitar la calda; representar yo á su lado un papel inferior, contras'ando á la vista del público mi humildad con su sobírbia, me pareció medio efic z;’e lograr á un tiempo castigo el más adecuado para él, para mí la más satisfactoria venganza. Hoy temo haberme equivocado. Singular es que todo el mundo crea que ha de hacerlo mal, excepto yo. Fuera de que el vulgo aplaude por costumbre... Yorick es su ídolo... Hasta la circunstancia de verle cambiar repentinamente el zueco por el conturno, le servirá de recomendación... Ni mis enemigos desperdiciarán esta coyuntura que se les ofrece para darme en los ojos. Y ¡qué fervorosa es la alabanza dirigida á quien no la merece! Qué dulce es alabar á uno con el solo fin de humillar á otro! Pues bueno fuera que vinise hoy Yorick con sus manos lavadas, á quitarme de las sienes el lauro regado con sudor y lágrimas en tantos años de combate: mi única esperanza de consuelo desde que recibió mi pecho la herida que no ha de cicatrizarse jamas. Oh gloria! Oh deidad, cuanto adorada aborrecible: piés de plomo tienes para acercarte á quien te llama; alas para la huida. Padece uno si te espera: más si por fin te goza, si luego te pierde, mil veces más? ¿Qué mucho que el anhelo de conservarte ahogue la voz del honor y de la virtud? No bien supe que Yorick trataba de ofenderme, debí yo herirle con la noticia de su oprobio. La venganza más segura y más inmediata, esa la mejor. Alcance luego mi rival un triunfo en las tablas, destruyendo mi gloria, y vengarme de él será ya imposible. Di palabra de guardar el secreto: la di: ¿qué remedio sino cumplirla? Ejerce Shakspeare sobre mí tan rara influencia! Me causa un pavor tan invencible!... Y, no cabe duda ninguna, Y^orick tiene celos. Quiere ocultarlos en el fondo del corazón; pero los celos siempre se asoman á la cara. Hizo en parte la casualidad lo que yo hubiera debido hacer, y aunque Shakspeare agotó su ingenio para ofuscarle... Clavada en el alma la sospecha, no hay sino correr en pos
ESCENA II
(WALTON, YORICK.)
Ah, tú aquí?
Sé que has estado en casa después del ensayo, y vengo á ver en qué puedo servirte.
Es verdad, allá estuve. Te agradezco la cortesía.
Bah! entre amigos y compañeros... Di, pues: querías algo?
Sí... No... Quería solamente... (Turbándose.) Ya te diré.
(Qué será?...)
He andado mucho, y estoy rendido de fatiga. (Sentándose.)
Descansa eniiorabuena.
Me prometía hallar alivio con el aire del campo, mas salió vana mi esperanza.
Qué? Te sientes malo? (Cnn gozo que no puede reprimir.)
Siento un malestar, una desazón...
Á ver, a ver. (Tocándole la frente y las manos.) EstaS ardiendo. Si creo que tienes calentura.
Posible es.
Por qué no envías un recado á Guillermo?
Á Guillermo? (Levantándose de pronto, y con acento de enojo.) Para qué?
Quizíí no puedas trabajar esta noche: quizá haya que suspender la flllicion... (Con afectada solicitud.)
No es mi mal para tanto.
Dejémonos de niñerías; yo mismo iré en busca de Guillermo, y... (Dando algunos pasos hácia el foro.)
Te digo que no quiero ver á Guillermo. Te digo que he de trabajar.
Gomo esperas alcanzar un triunfo esta noche!... (con ironía, volviendo á su lado.)
Un triunfo... sí, un triunfo... (c orno si estuviera pensando en otra cosa.) Walton... (Como queriendo decirle algo.)
Qué/ (Con desabrimiento.)
Así me llamo.
No te burles de mí. (Desconcertado.)
Lelo pareces á fé mía.
Has de saber que tengo un defecto de que nunca pude corregirme.
Uno solo? Dichoso tú.
Me domina la curiosidad.
Adan y Eva fueron los padres del género humano.
Yerás. Hablabais esta mañana Guillermo y tú en un rincón muy oscuro del escenario, y acercándome yo casualmente á vosotros, oí que decías...
Qué?
(Se turba.) Oí que decías: «yo no he faltado á mi promesa: Yorick nada sabe por mí.»
Con que oisle?...
Lo que acabo de repetir nada más.
Y* qué?
Que como soy tan curioso, me lia entrado un afan de averiguar qué es lo que Guillermo te ha exigido que no me reveles...
Pues, con efecto, eres muy curioso.
Advirtiéndotelo empecé.
Tienes, ademas, otra gracia.
Cuál?
La de soñar despierto.
De qué lo infieres?
De que supones haberme oído pronunciar palabras que no lian salido de mis labios.
Que no?
Que no.
Brujería parece.
Y si no mandas otra cosa... (Dirigiéndose hacia el foro á coger el sombrero.)
(No saldré de mi duda!) Walton.
Me llamas? (Dando al gunos pasos hácia Yorick, con «1 sombrero en la mano.)
Sí; para darte la enhorabuena.
Por qué?
Porque mientes muy mal.
Ni bien ni mal; no miento.
Mientes! (Con repentina cólera.)
Yorick!
Mientes!
Pero ¿has perdido la razón?
Cuando digo que mientes, claro está que no la be perdido.
Daré yo otra prueba de cordura, volviéndote la es-* pabla.
No te irás sin decirme lo que lias ofrecido callar.
Pues, necio, si be ofrecido callarlo ¿cómo quieres que te lo diga?
Ab! Conque no soñé? Con que real y positivamente oí de tu boca las palabras que negabas ántes haber pronunciado?
Déjame en paz. Adiós.
Walton, habla, por piedad.
Yorick, por piedad, no hablaré.
Luego es una desgracia lo que se me oculta?
Si pudieses adivinar cuán temeraria es tu porfía, y cuán beróica mí resistencia!
Por quien soy que has de hablar!
Por quien soy que merecías que hablase.
Di.
Ah!... (Como decidiéndose á complacer á Yorick ) No. (Como tomando la resolución de callar.)
No?
No. (Con frialdad.)
Una hora te doy para que lo piensas.
Me amenazis?
Creo que sí.
Oiga!
Dentro de una hora te buscaré para saber tu última resolución.
Y si no me encuentras?
Diré que tienes miedo.
De quién? De ti?
De mí.
Aquí estaré dentro de una hora.
Vendrás?
Tenlo por seguro.
Á revelarme al fin lo que abora me callas?
No, sino á ver qué haces cuando nuevamente me niegue á satisfacer tu curiosidad.
Malo es jugar con fuego: peor mil veces jugar con la desesperación de un hombre.
Desesperado estás?
No sé; déjame!
Adiós pues. Somos amigos todavía?
No... Sí...
Sí ó no?
No.
Excuso entonces darte la mano.
Lo seremos toda la vida, si cambias de resolución.
Hasta dentro de una hora, Yorick.
Walton, basta dentro de una hora.
Dios te guarde, Edmundo. (Saludando á Edmundo, que sale por la puerta del foro.)
Y a tí. (Con sequedad.)
(Empeñándose él en saberlo, me será más fácil callar.) (Váse por el foro.)
ESCENA III
(YORICK, EDMUNDO.)
(Yorick anda de un lado á otro del escenario, manifestando viva agitación.)
Hola, señor Edmundo, ¿qué milagro que se os vé por aquí?
Como esta mañana me habéis reprendido porque no vengo...
Y vienes porque te he reprendido, eh? Solamente por eso?
No... quiero decir... (Turbado.)
No te canses en meditar una disculpa. La verdad no necesita disculparse. (Pausa.)
Me parece que estáis preocupado... inquieto... Sin duda el estreno déla comedia... (Como buscando algo que decir.)
El estreno de la comedia... Ciertamente... Eso es...
_(Hablando maquinalmente abstraído en su meditación. Sigue andando en varias direcciones con paso ora lento, ora muy precipitado; á veces se para, siéntase á veces en la silla que vé más cerca de sí, demostrando en todas sus acciones la agitación que le domina. )_
Por lo que á vos hace, sin embargo, nada debeis temer. El público os ama ciegamente... Esta noche, como siempre, recompensará vuestro mérito, y...
(Notando que Yorick no le escucha, deja de hablar, siéntase en el escaño y contempla con zozobra á Yorick, que sigue andando por el escenario. Pausa.)
Qué decias? Habla... Sí te oigo. (Sin detenerse.)
(Todo lo sabrá al fin! No hay remedio!)
No hablas?
Sí, señor... Decía que el drama de esta noche...
No me has preguntado por Alicia. ¿Por qué no me has preguntado por ella? (Parándose de pronto delante de Edmundo.)
Como la he visto en el ensayo esta mañana...
Sí... es verdad.,, (Anda otra vez por el escenario.)
(Crecían sus dudas por instantes; han llegado á lo sumo,)
Conque la función de esta noche?...
Me parece que agradará. Tiene interés y movimiento; es obra de autor desconocido, á quien no fiará guerra la envidia.,.
No puedo ser! (Hablando consigo mismo, y dando una patada en el suelo.)
Oh! (Levantándose de pronto.)
Qué? He dicho algo? Suelen estos dias escaparse de mis labios palabras cuyo sentido ignoro. No -ando bien estos dias. (Tocándose la frente.)
Estáis enfermo? Que teneis? (Con ternura, acercándose á el.)
Un papel tan largo y difícil... los ensayos... el estudio excesivo... Pero no hay que temer. Esto pasará... Ya pasó. Charlemos aquí ios dos solos un ratito (Sentándose en la mesa.) HablabamOS... de qilO? Ah, dol drama nuevo. Tíi-SÍ que haces á maravilla tu papel. Y Alicia? Cómo la encuentras en el suyo de esposa desleal?
Bien... muy bien.
Bien, eh? (impetuosamente, saltando de la mesa al suelo.)
Sí, señor... yo creo...
Y ya ves cuánto me alegro yo de que tú... (Conteniéndose y disimulando.) EdmUlldo, VeU aca. (Como tomando de pronto una resol ación, y acercándole mucho á sí.) Dime: ¿sentiste alguna vez estallar en tu corazón tempestad furiosa? ¿Pudiste durante mucho tiempo esconder el brillo de sus relámpagos, ahogar la voz de sus truenos, contener el ímpetu de sus huracanes? No es verdad que el dolor arranca al fin ayes lastimeros al más sufrido y valeroso? Hará bien la desgracia en dejarse agov-iar de carga irresistible sin pedir ayuda á la amistad? Y no eres tú mi hijo, el hijo de mi alma?
Oh, sí; vuestra hijo! (Abrazándole.)
Quiere mucho á tu padre. Ay, tengo ahora tanta necesidad de que álguien me quiera! Porque... sábelo, Edmundo: Alicia... Oh, cuál se niegan mis labios á pronunciar estas palabras!... Y si á lo ménos pudiese decirlas sin que llegaran á mis oidos! Alicia no me ama!
Cielos!
Yes qué horrorosa desventura? Parece imposible que haya desventura mayoi'. Parece imposible, ¿no es verdad? Pues oye: Alicia ama á otro! Ahí tienes una desventura mayor, ahí la tienes! (Muy conmovido.)
Pero sin duda os engañáis. Cómo sabéis que vuestra esposa?... Quién os ha inducido á creerlo? (con ira en csla última frase.)
Al oir que la llamaba esposa infiel, con palabras de esa maldita comedia que le sonaron á verdad, sobrecogióse de modo, que llegó á perder el sentido.
Qué mucho, si es tan delicada y sensible, que al más leve ruido inesperado se conmueve y altera? Ya os lo dijo Guillermo.
Ciertamente que me lo dijo, (con ironía.) Alicia al desmayarse, pidió perdón.
Turbada por la voz acusadora su mente, como ciega máquina, siguió el impulso recibido. Guillermo os lo lo dijo también.
También rae lo dijo, con efecto, (con i¡ronía como ánles.) Pero quedó leve espina en rai corazón; de leve se hizo grande; fué muy pronto clavo encendido. Yo ántes nada veia, en nada reparaba. Como la luz del sol, des'umbra la luz de la felicidad! Nublarlo el cielo de rai dicha, todo lo vi claro y distinto. Recordé un sí ardiente como el amor, y otro sí tibio como la gratitud: únicamente con el amor hace el amor nudo que no se rompa! Recordé lágrimas á deshora vertidas, zozobras y tetnores sin razón aparente. Parecióme ella más jóven y becliicera que nunca; hallé en mí con asombro feablad y vejez. Ahora, á cada momento reciben nuevo pábulo mis sospechas, porque ya Alicia ni siquiera intenta disimular ni fingir; el peso de la culpa anonada la voluntad. Cuando la miro, de modo agítase y conmueve, tal dolor manifiesta, que llego á recelar si las miradas que le dirijo tendrán virtud sobrenatural para clavarse en ella como saetas punzadoras. Nunca me Jiabla sin que su labio tembloroso revele el temblor de la conciencia. Asómase alguna vez á sus ojos lágrima rebelde? Oh, cuál pugna por encerrarla de nuevo dentro de sí, y qué angustioso es contemplar aquella lágrima haciéndose cada vez mayor en el párpado que la sujeta! Quiere reirse alguna vez? Su risa es más triste que íru llanto. Oh, sí, Edmundo; lo juraría delante de Dios: Alicia esconde secreto abominable en su pecho. De ello me he convencido al fin con espanto: con espanto mayor que me causaría ver repentinamente abrirse el azul purísimo de los cielos, y detras de él aparecer tinieblas y horrores infernales. Quién es el ladrón de mi ventura? Quién el ladrón de su inocencia? Responde. No me digas que no lo sabes: fuera inútil, no te creería. Quién es? No hablas? No quieres hablar? Dios mió, ¿qué mundo es este donde tantos cómplices halla siempre el delito?
Veros padecer tan cruel amargura, me deja sin fuerzas ni áun para despegar los labios. Repito que sospecháis sin fundamento, que yo nada sé...
Por qué has sido siempre desdeñoso con Alicia? Por qué has dejado de frecuentar esta casa? Porque sabias que esa mujer engañaba á tu padre; porque no quieres autorizar con tu presencia mi ignominia.
Oh, no lo creáis... Qué funesta ilusión!
Si te digo que ya empiezo á ver claro;,que ya voy entendiéndolo todo. Ignoras quién es mi rival? Ayúdame á buscarlo. Será Walton quizá?
Cómo os atrevéis á imaginar siquiera?... (con indignación.)
No te canses en disuadirme. No es Walton; de. fijo que no. Desechado. Será acaso lord Stanley?
Lord Sfanley? Porque la otra noclie habló con ella un momepto?,.,
Calla, no prosigas. Tampoco es ese, tampoco. Ya me 1q hguraba yo. Será el Qondo de Soulhampton, el — 4o — ílluigO do SliakspCRrO? (Pronunciando con dificultad este último nombre.)
Imposible: el conde de Soiithampton ama á una gran señora.
Entonces ¿quién es? Sí: no hay duda: será quien yo ménos querria que fuése. No basta la traición de la esposa: habré de llorar también la traición del amio go!...
No sospechéis de nadie. Ese rival no existe. Alicia nes culpada.
Á bien que ahora mismo voy á salir de dudas... Si es culpada ó no, ahora mismo voy á saberlo. (Dirigiéndose hacia la puerta de la izquierda.)
Qué intentáis?
Nada: (volviendo al lado de Edmundo.) la cosa más natural del mundo: preguntárselo á ella.
Eso no! (Horrorizado.) Eso no, por piedad!
Cómo que no? Puedo hacer yo más que fiarme de su palabra?
Pero y si la acusáis sin motivo? Y si es inocente?
Si es inocente, ¿por qué tiembla? Por qué tiemblo yo? Por qué tiemblas tú?
El tiempo aclarará vuestras dudas.
El tiempo que se mide por la imaginación del hombre, detiénese á veces, poniendo en confusión y espanto á las almas con anticipada eternidad. Dias ha que el tiempo no corre para mí. Quiero volver á la existencia!
Esperad otro dia, otro dia no más. (Asiéndole una mano.)
Ni un dia más, ni una hora más, ni un instante más! Suelta! (p rocurando desasirse de Edmundo.)
Oh, ved lo que hacéis!
Qué obstinación tan insufrible! Yaya si es terco el mozo! (Forcejeando para desprender de la suya la mano de Edmundo.)
Escuchad!
Y necio por añaílidara... Aparta! (Haciendo un violento esfuerzo, con el cual logra desprenderse de Edmundo.)
Oh!
Si no hay remedio!... Si he de saberlo todo!... (Con vivo furor.)
Piedad!
Si no quiero tener piedad! (cambiando de tono, y con voz lacrimosa. Váse por la puerta de la izquierda.)
ESCENA IV
(EDMUNDO, ALICIA.)
.Dios mió! Oh! (Viendo aparecer á Alicia por entte la colgaI dura que cubre la puerta de la derecha, con el rostro pálido y desencajado, y dando señales de gran abatimiento. Breve pausa, después de la cual, Edmundo corre hácia donde está Alicia, que habrá permanecido inmóvil, y la trae al proscenio.) lÍRS oído?
Sí.
Mañana al amanecer se hace á la vela para clima remoto nn bajel, cuyo capitán es mi amigo:.huyamos.
(Hablando en voz baja y muy de prisa.)
No.
De aquí á la noche qnedarian dispuestos los medios de la fuga.
No.
Si de otro modo no fuera posible comunicártelos, en el teatro recibirías luego una carta, y por ella sabrías el término de mí solicitud y lo que uno y otro deberíamos hacer.
No.
Tu marido va a descubrirlo todo..
Cúmplase la voluntad del ci jIOí
Y qué será de tí?
Bah!
Qué será de los dos?
Huye tú.
Solo? Nunca.
Huye.
Contigo.
Mil veces no!
Alicia! Alicia! (Dentro, llamándola. Alicia se conmueve.)
Lo ves? Ya no alientas: ya no puedes tenerte en pié.
Me busca. (Con tenor.)
Para preguntarte si eres culpada. Qué le respondercás?
Qué le he de responder? Que sí! 'con firmeza.)
Y después?
Después?... Crees tú que será capaz de matarme? (como animada de una esperanza lisonjera )
Su furia ó tu propio dolor darán fin á tu vida.
De veras? Qué felicidad!
Y no buscas sólo tu muerte, sino también la mia!
La tuya! (Con pena y sobresalto.)
Alicia! (Dentro, más cerca.)
Ya viene.
Callaré..: fingiré... Ea, impudencia, dame tu serenidad, y con ella búrlese la culpa de la justicia. No puedo ser más desdichada, pero no temas, no temas: áun puedo ser más despreciable.
Alicia!
Aquí estoy. Aquí me teneis. (Ymdo hacia donde suena la voz de Yorick.)
(Bárbaro destino!) (Yorick sale por la puerta de la izquierda.)
ESCENA V
(DICHOS, YORICK.)
Ah! (Turbándose al ver á Alicia )
Me buscáis, yo á vos, y parece que andamos huyendo el uno del otro. (Sonriéndose, y aparentando serenidad.)
(Está ahora alegre esta mujer?) Tengo que hablar un momento á solas con Alicia. Espérame en mi cuarto.
(Á Edmundo.)
(Á lo ménos estaré aquí.) (Váse por la puerta de la derecha.)
ESCENA VI
(TORLCK, ALICIA.)
(Yorick contempla un instante á Alicia en silencio. Luego se sienta en el escaño. «)
Ven, Alicia, ven. (Alicia da algunos pasos hácia él.) Acércate mas! (Alicia se acerca más á Yorick)) Siéntate á mi lado. Acaso tienes miedo de mí?
Miedo? Por qué? (Sentándose ai lado de Yorick.)
(Parece otra.)
Qué me queréis? (Yorick se levanta.)
(Ella serena, yo turbado... Aquí hay un delincuente. Lo es ella? Lo soy yo?)
(Las fuerzas se me acaban.) (Yorick se sienta otra vez.)
Alicia: el hombre, por lo regular, despiértase amando á la primera luz de la juventud: corre luego desatentado en pos del goce que mira delante de sí, y como en zarzas espinosas del camino de la vida, enrédase en uno y otro amorío, fútil ó vergonzoso, dejando en cada uno de ellos un pedazo del corazón, íntegro y puro estaba el mió cuando te vi y te amé. Y joh qué viva la fuerza del amor sentido en el otoño de la existencia, cuando antes no se amó, cuando ya no es posible amar otra vez! Así te amo yo, Alicia. Me amas tú, como tú me puedes amar? Responde.
Yo... Ciertamente.... Os debo tantos beneficios...
Beneficios!... Si no hablamos de beneficios ahora! Me amas?
No io sabéis? No soy vuestra esposa?
Me amas?
Sí, señor, sí; os amo.
De veras?... Sí? Debo creerlo? (con íntimo gozo.) Por Dios que digas la verdad. No amas á nadie sino á mí? Á nadie?
Qué me preguntáis? (Asustada, y queriendo levantarse.)
No amas á otro? (Con energía, y deteniéndola.)
No, señor, no...
Mira que pienso que me engañas. Ali! (como concibiendo una esperanza halagüeña.) Quiza amCS a OtrO Sill habérselo declarado todavía. Siendo así, no vaciles en confesármelo. Humildemente aceptaría yo el castigo de haber codiciado para esposa á quien pudiera ser mi hija: no con severidad de marido, sino con blandura de padre, oiria yo tu confesión: yo te baria ver la diferencia que hay entre el amor adúltero que regocija á los infiernos, y el conyugal amor que tiene guardadas en el cielo palmas y coronas: redoblarla yo mis atenciones y finezas para contigo, mostrándote engalanado mi afecto con atractivos á cual más dulce y poderoso: continuamente elevaría yo súplicas al ángel de tu guarda para que “no te dejase de la mano; y no lo dudes, gloria mia, luz de mis ojos; no lo dudes, Alicia de mis entrañas: conseguiría yo al fin vencer á mi rival, ganarme todo tu corazón, volverte á la senda del deber y la dicha; porque tú eres buena, tu pecho noble y generoso: caerás en falta por error, no con deliberado propósito; y conociendo la fealdad del crimen, huirías de él horrorizada; y conociendo mi cariño... Ay, hija mia, créelo; á quien tanto quiere, algo se le puede querer!
(Me falta aire que respirar; se me acaba la vida!)
Nada me dices? Callas? Es que amas y has declarado ya tu amor? Pues tampoco debes ocultármelo. Bien conocerás que tan grave falta no podría quedar impune. Destruir la familia, arrastrar por el lodo, como vil andrajo, el honor de un marido... Y si este marido lio tiene más afan que evitar á su esposa el menor disgusto, ni más felicidad que adorarla, ni más existencia que la que de ella recibe; si para ese infeliz ha de ser todo uno perder el afecto de su esposa y morir desesperado; y ella lo sabe, y le condena á padecer las penas del iníienio en esta vida y en la otra... Oh, entonces la iniquidad es tan grande, que la mente no la puede abarcar; tan grande, que parece mentira!... No, si yo no creo que tú... Conmigo tal infamia, conmigo! Tú haber sido capaz!... No... no... Si digo que no lo creo!... No puedo creerlo... No lo quiero creer! (Cubriéndose el rostro con las manos, y llorando á lágrima viva..Xlicia, niiéntras habla Yorick, dá señales de ansiedad y dolor cada vez más profundos: á veces quiere levantarse, pero su marido la detiene. Vencida ya de la emoción, va dejándose caer al suelo poco á poco hasta quedar arrodillada delante de Yorick, Al quitarse éste las manos de los ojos, después de una breve pausa, notando que Alicia está arrodillada, levántase con furor, y apártase de ella.) ArrOClillO.da! (Alicia deja caer la cabeza sobre el escaño, dando la espalda al público.) Arrodillada! Si fuera inocente no se arrodillaria! Conque no me engañé! Infame! (va rápidamente hacia su mujer con ademan amenazador. Viendo que no se mueve, detiénese un instante, y luego corre hácia ella con expresión enteramente contraria.) Qué eS eSO? Qué tieiieS? (Levantándole la cabeza, mirándola, y poniéndole una mano en la frente.) Desahógate... Llora... Te me vas á morir?... Pero ¿qué estoy yo haciendo? (Reprimiéndose.) Qué me importa á mí que se muera? (Con nueva indignación, separándose de Alicia.) Qllízá SU dolor Sea fingido... Sí, todo engaño y mentira! Si una mujer ni siquiera sabe lo que es verdad.
Ay! (Dando un profundo suspiro,, y volviendo á caer desplomada sobre el escaño.)
Alicia! (corriendo otra vez hácia ella sobresaltado.) AliCia! Ea, se acabó... Sosiégate... Mañana veremos lo que se ha de hacer... Hoy fuerza es pensar en otras cosas. El drama de esta noche... Alicia, vuelve en tí... Alienta por Dios! (Shakspeare aparece en la puerta del foro. Yorick se incorpora de pronto, y se pone delante de su mujer, como para ocultarla.) Eh! Qiiiéii es? Qué se ofrece? Por qué entra nadie aquí?
ESCENA VII
(DICHOS, SHAKSPEARE.)
Tan ciego estás qiie no me conoces?'
Shakspeare! Él!.
Levanta, Alicia. (Acercándose á ella.)
No la toques!
Desde que ie has aficionado al género trágico, no se te puede tolerar. (Hace que se levante Alicia, la cual queda apoyada en él.)
No te he dicho que no la toques? (Acercándose á sil mujer.)
Aparta. (Con g-ran calma, alarg-ando un brazo para detenerle,)
Estoy soñando? (como lleno de asombro.)
Yo juraría que sí, ó más bien que estás ébrio ó demente. Vamos á tu aposento, Alicia. (Dirígese lentamente con ella hácia la puerta de la izquierda.)
Qué! Tu?... (siguiéndolos.)
Aguarda un poco. (Deteniéndose.) Ya hablaremos los dos.
Eres piedra insensible con apariencia humana?
Eres mujer con aspecto de hombre? (Echa á andar otra vez.)
Dije ya que Alicia no hxa de separarse de mí! (Recobrando su vigor, y yendo hácia su mujer, como para separarla de Shakspeare. Éste coge á Yoiick de una mano con imponente serenidad, y le hace venir al proscenio, mirándole atentamento á los ojos.)
Dije ya que aguardes un poco! (Vuelve pausadamente al lado de Alicia, y haciendo que se apoye en su brazo, váse con ella por la puerta que ántes se indicó, sin apartar un solo nio— sementó la mirada de Yorick, el cual permanece inmóvil, lleno de estupor.)
ESCENA VIII
(YORICK.)
Después de una breve pausa, llévase una mano á la frente, y mira en torno suyo, como si despertase de un sueño. Qué es esto? Se ha convertido la realidad de la vida en comedia maravillosa, cuyo desenlace no se puede prever? Soy víctima de oscura maquinación de brujas, duendes ó demonios?... Shakspeare!... Sí, no hay duda... No, no: imposible! Qué angustia vivir siempre en tinieblas! La luz. Dios eterno, la lus! Y se ha ido conellaL.. Están juntos!... Condenación! Yo los separare! (Dirigiéndose hacia la puerta por donde se fueron Shakspeare y Alicia.)
ESCENA IX
(YORICK, WALTON.)
Pasó la hora: aquí me tienes, (ai aparecer en la puerta del foro.)
Oh, que es Walton! Bien venido, Walton, muy bien venido. (Yendo hacia él, aparentando extraordinaria jovialidad.)
Bien hallado, Yorick.
Esto sí que es cumplir fielmente las promesas.
No las cumplo yo de otro modo.
Y por supuesto, vendrás decidido á seguir ocultándome lo que deseo averiguar.
Por supuesto.
Sólo que como ántes te amenacé, querrás demostrar que no me tienes miedo.
Precisamente.
Así me gustan á mí los hombres! Pues no ha de haber riña entro nosotros. (Poniéndole una mano en el hombro.) Pelillos á la mar.
Como quieras. Á fé que no esperaba que fueses tan razonable.
Si ya no hay necesidad de que tú á mí me cuentes nada. Soy yo, por lo contrario., quien te va á contar á tí un cuento muy gracioso.
Tú á mí?
Érase que se era un mancebo de pocos años, todo vehemencia, todo fuego. Se enamoró perdidamente de una dama que casi' le doblaba la edad; pero de irresistible hermosura. (Waiton se estremece.) Fué correspondido: qué placer! Se casó: gloria sin medida!
Á dónde vas á parar? (¡Muy turbado.)
Disfrutaban en paz aquellas enamoradas tórtolas de su luna de miel, cuando una noche en que volvió á casa inopinadamente el mancebo, cátate que halla á su mujer...
Es falso: es mentira! (impetuosamente, sin poderse contener.)
Cátate que halla á su mujer en los brazos de un hombre.
Vive Cristo!
Vive Cristo diria él sin duda, porque no era para ménos el lance. Y figúrate qué diria después al averiguar que aquel hombre, señor de alta prosapia, tenia de muy antiguo con su mujer tratos amorosos.
Es una vil calumnia! Calla!
Decidió tomar venganza de la esposa, y la esposa desapareció por arte de magia para siempre.
Quieres callar?
Decidió tomar venganza del amante, y el amante hizo que sus lacayos le moliesen á palos.
Pero ¿todavía no callas? (ciego de ira, asiendo de un brazo á Yorick, y sacudiéndole violentamente.)
Pero ¿no hablas todavía? (En el mismo tono que Walton con mayor coraje, y asiéndole también de un brazo y sacudiéndole con más violencia.) Já, já, já. Parece que te va gus— tRndo el CUeiltecillo. (Riéndose, y con mayor jovialidad que antes.) Piies sabrás que hoy el marido apaleado, con diverso oficio y veinte años más de los que á la sazón tenia, lejano el lugar de la ocurrencia, créela en hondo misterio sepultada; pero se engaña el mentecato. Sábese que lleva un nombre postizo, para ocultar el verdadero que manchó la deshonra. (Hablando de nuevo con energ'ía.)
Qué estás haciendo, Yorick?
No falta quien le señale con el dedo.
Oh rabia!
Hay quien diga al verle pasar: «ahí va un infame; porque el marido ultrajado que no se venga, es un infame.»
Entonces ¿quién más infame que tú?
Eh? Cómo?... Es que ya hablas al fin? Sigue, explícate... habla...
Yo, á lo ménos, descubrí al punto el engaño.
Habla.
Yo, á lo ménos, quise vengarme.
Y yo? Habla. Y yo?
Tú eres ciego.
Habla!
Tú vives en paz con la deshonra.
Habla!
Tu mujer...
Mi mujer?... Habla!... Calla, ó vive Dios, que te arranco la lengua!
Lo estás viendo? Eres más infame que yo.
Mi mujer?...
Te engaña.
Me engaña! Á ver; pruébamelo. Tendrás, sin duda alguna, pruebas evidentes, más claras que la luz del sol. No se lanza acusación tan horrible sin poderla justificar. Pues vengan esas pruebas: dámelas: qué tardas? No tienes pruebas? Qué las ha de tener! No las tiene! Bien lo sabis yo! Este hombre osa decir que un ángel es un demonio, y quiere que se le crea por su palabra!
Repito que Alicia te es infiel.
Repito que lo pruebes. (Acercándose mucho á él.) Y SÍ al , momento no lo pruebas, di que has mentido; di que Alicia es honrada esposa; di que á nadie ama sino á mí; di que el mundo la respeta y la admira; di que los cielos contemplándola se recrean. Dilo! Si lo has de decir!
Alicia tiene un amante.
Eso dices?
Sí.
Y no lo pruebas? Ay de tí, villano, que no lo dirá otra vez! (Lanzándose á Walton como para ahog-arle.)
ESCENA X
(DICHOS, SHAKSPEARE, ALICIA, EDMUNDO.)
(Shakspeare y Alicia salen por la izquierda^ Edmundo por la derecha.)
jOh!
TgDGOS. (Poniéndose entre Yorick y Walton.)
Shakspeare! (confundido ai verle.)
Faltar á una palabra, es la mayor de las vilezas! (Bajo á Walton, con expresión muy viva.)
Oh! (Dejando ver el efecto que le han causado las palabras de Shakspeare. Lueg'O se dirige rápidamente hácia el foro.) Llorarás con lágrimas de sangre lo que acabas de hacer.
(Á Yorick. Váse.)
Qué te ha dicho ese hombre?
Lo que de antemano sabia yo. Que mi mujer tiene un amante. Ese amante eres tú!
Yo! (Con indignación y sorpresa.)
Dios santo!...
Oh! (Acercándose á Yorick como para hablarle.)
Yo!... Insensato! (Con ira.) Já, já, já. (Soltando una carcajada.) Yive Dios, que me haces reir.
No es él! No eres tú? No es el amigo quien me deshonra y asesina? (Con tierna emoción.) Entónces, algún consuelo tiene mi desventura! Temia dos traiciones. Una de ellas no existe! Perdón, Guillermo, perdóname! Soy.tan desgraciado!
Si eres desgraciado, ven aquí, y llora sohre un pecho leal. (Muy conmovido y con vehemencia.)
Guillermo! Guillermo de mi corazón! (Arrojándose en sus brazos, anegado en lágrimas.)
Alicia?... (En voz muy baja, lleno de terror.)
Si! (Con acento de desesperación.)
Mañana! (Con rapidez.)
Mañana! (Váse Edmundo por el foro y Alicia por la derecha. Yorick y Shakspeare siguen abrazados.)
Acto tercero
(PRIMERA PARTE.)
(Cuarto de Yorick y Alicia en el teatro. Mesa larga con tapete, dos espejos pequeños, utensilios de teatro y luces: dos perchas salientes, de las cuales penden á lo largo cortinas que llegan hasta el suelo, como cubriendo la ropa que hay colgaba en ellas: algunas sillas: puerta á la derecha, que da al escenario.)
ESCENA PRIMERA
(EL AUTOR, EL TRASPUNTE.)
(Ambos salen por la puerta de la derecha: el Traspunte, con un manuscrito abierto en la mano y un reverbero de hojalata con un cabo de vela encendido. El trasp.. Aquí tendrá agua de fijo la señora Alicia.)
Sí: ahí veo una botella, (indicando una que hay sobre la mesa.)
Tomad. (Echando agua de la botella en un vaso. ET Autor bebe.)
Ay, respiro!... Tenia el corazón metido en iin puño... Creí que me iba á dar algo... Tantas emociones!... Tanta alegria!... Uf!... (Toma un papel de teatro de encima de la mesa, y hácese aire con él.) Conque dígame el señor Traspunte; ¿qué opina de mi drama?
Qué opino? Vaya! Cosa más bonita!... Y este último acto, al parecer, no gustará ménos que los anteriores.
Seguramente que si uno fuera vanidosa... Cualquiera otro en mi lugar creerla ya valer más que Shakspeare. Yo no: yo, á fuer de modesto, sigo rindiéndole homenaje. Y que esta noche el pobrecillo me da compasión, porque necesariamente ha de sentir que un autor novel se le suba á las barbas. Aunque bien mirado, ¿qué remedio? De ménos nos hizo Dios. No ha de ser él eternamente el primero.
ESCENA II
(DICHOS y EDMUNDO, en traje de Manfredo.)
Dime, Tomas: Alicia no se retira ya de la escena hasta que yo salgo.
Justo. (Hojeándola comedia.)
Y yo me estoy en las tablas hasta el final.
Pues no lo saltéis?... (Hojeando de nuevo la comedia.)
(Acabado el drama, será ya imposible hacer llegar á sus manos... Qué fatalidad!) (Dirigiéndose hacia la l¡i /i I.i. puerta. )
Á ver, señor Edmundo, cómo os portáis en la escena del desafio. La verdad: os encuentro... así... un poco... pues... En los ensayos habéis estado mucho mejor. Conque eh?...
Sí, señor, sí... (Se va pensaUvb.) I
ESCENA III
EL traspunte; en seg-uida WALTON, en traje de Landolfo.
Apenas se digna contestarme. Rómpase uno los cascos haciendo comedias como esta, para que luego un com ¡quito displicente...
Edmundo sale ahora de aquí, eh? (ai Traspunte.)
Sí, señor.
Qué quería?
Nada. Saber cuándo se retira de la escena la señora Alicia.
Verdad, señor Walton, que Edmundo está representando bastante mal?
Algo debe sucederle esta noche.
Con efecto, dos veces que be ido yo á su cuarto, le be encontrado liablando con Dervil en voz baja, y cuando me veian, cambiaban de conversación. De-^ bia prohibirse que los cómicos recibieran visitas en el teatro.
Y ese Dervil, ¿quién es?
El capitán de una embarcación que mañana debe hacerse á la vela.
Pues en cuanto se fué el capitán, el señor Edmundo me pidió tintero, y se puso á escribir una carta.
Escribir cartas durante la representación de una comedia!
(Una carta... Una embarcación que se hará mañana á la vela...)
Y á propósito de carta; ahí va la que ahora habéis de sacar á la escena, para dársela al conde Octavio. (Dándole un ¡papel doblado en forma de caria.)
Trae. (Toma el papel y se lo guarda en un bolsillo del traje, óyese un aplauso muy grande y rumores de aprobación. Wal” ton se inmuta.)
Eli! ¿qué tal? Para quién habrá sido?
Toma! Para el señor Yorick. Apuesto algo á que ha sido para él. (Váse corriendo.}
ESCENA IV
(WALTON, EL AUTOR.)
Cómo está ese hombre esta noche!... Cuando pienso que no quería que hiciese el papel de conde, me daría de cabezadas contra la pared. Mas ya se ve; ¿quién habia de imaginarse que un comediante acostumbrado sólo á representar papeles de bufón... De esta hecha se deja atras á todos los actores del mundo. Si es mejor que vos.
De veras? (Con ironía.)
Mucho mejor!
Y si tal es vuestra opinión, ¿os parece justo ni prudente decirmela á mi cara á cara? (Cogiéndole de una mano con Ira, y trayéndole hácla el proscenio.)
Perdonad... (Asustado.) Creí... La gloria de un compañero...
Sois un mentecato!... (Soltándole con ademan despreciativo.)
Cómo es eso?... Mentecato yo?...
ESCENA V
(DICHOS, EL TRASPUNTE.)
Pues lo que yo decia: para él ha sido el aplauso.
(Se le come la envidia.) Bravo, Yorick, bravo! (váse.)
Y á vos ¿qué os parece el señor Yorick?
Eres un buen muchacho, Tomas: trabajas con celo y he de procurar que Shakspeare te aumente el salario.
Y buena falta que me hace! Os quedaré muy agradecido.
Conque me preguntabas qué tal rne parece Yorick?
Sí, señor.
Y sepamos! ¿a ti que te parece? (Manifestando esperanza.)
Á mí?
^Sí: habla. Esta mañana decías que iba á hacerlo muy mal.
Y tanto como lo dije!
Luego crees?... (Con g:ozo.)
No creo: estoy segurn...
De qué?
De que dije una tontería.
Ah!...
Buen chasco nos ha dado. En el primer acto se conocía que estaba... así... algo aturdido, pero luego... Cáspila, y qué bien ha sacado algunas escenas!... Si yo una vez me quedé embobado oyéndole, sin acordarme de dar la salida á la dama; y á no ser porque el autor me tiró un buen pellizco, para hacerme volver en mi, allí se acaba la comedia. Mirad, señor Walton: cuando os vi representar el Macbeth, creí que no se podía hacer nada mejor... Pues lo que es ahora...
Anda, anda: (interrumpiéndole.) no vayas á caer en falta de nuevo.
Eli? (Como asustado, y hojeando la comedia.) NO! eSta OScena es muy larga. Se puede apostar á que miéntras esté en la compañía el señor Yorick, nadie sino él hará los mejores papeles. Quién se los ha de disputar?
Á fé que charlas por los codos.
Fué siempre muy hablador el entusiasmo. Y la verdad... yo estoy entusiasmado con el señor Yorick. Todo el mundo lo está! Únicamente las partes principales murmuran por lo bajo, y le dan con disimulo alguna que otra dentellada. Envidia, y nada más que envidia!
Quieres dejarme en paz?
(Qué gesto! Qué mirada! Necio de mí! Si este és el que más sale perdiendo... Pues, amiguito, paciencia y tragar saliva.)
Qué rezas entre dientes?
Si no rezo... Al contrario...
Vete ya, ó por mi vida!...
Ya me voy... ya me voy... (Walton se deja caer en una silla con despecho y enojo.) Rabia, rabia, rabia!... (Aparte, haciendo muecas á Walton sin que él lo vea. Váse.)
ESCENA VI
(WALTON.)
Permanece pensativo breves momentos. Cómo acerté! Yorick aplaudido con entusiasmo! Qué triunfo! Qué inmensa gloria! Mayor que la mía! Sí, mil veces mayor! No le perdono la injuria que ántes me hizo... La que ahora me hace ¿cómo se la he de perdonar? Sólo que no discurro para mi desagravio, medio que no me parezca vil y mezquino. Quisiera yo tomar venganza correspondiente á la ofensa, venganza de que pudiera decir con orgullo: hé ahí una venganza, (óyese otro aplauso.) Otro aplauso! (Asomándose á la puerta de la derecha.) Ah!... (Tránquilizándose.) Para Alicia.. Se retira de la escena... Edmundo va á salir por el mismo lado... Se miran... Oh! Sí!... No cabe duda... Rápida ha sido la acción como el pensamiento, pero bien la he notado yo. Al pasar
algo le ha dado Edmundo. Qué podrá ser! La carta de que me han hablado quizá?... La prueba que Yorick me pedia?... Si fuera una carta!... Si el destino me quisiese amparar!... Aquí viene... Ah!
(Se oculta detras de la cortina que pende de una do las perchas.)
ESCENA VII
(WALTON y ALICIA, en traje de Beatriz. Alicia entra por la puerta de la derecha; después de mirar hacia dentro, la cierra poco á poco para que no hag'a ruido; dando señales de zozobra, adelántase hasta el comedio del escenario, donde se detiene como perpleja, y al fin abre la mano izquierda, descubriendo un papel que atentamente se queda mirando.)
Sí, es la carta de Edirilindoí; (Con expresión de gozo, sacando un instante la cabeza por entre la cortina, detras de la cual está escondido. Alicia se dirige rápidamente hácia la mesa donde hay luces, y lee la carta con visible temblor, mirando hácia la puerta.)
«Hasta ahora no he sabido con certeza si podríamos huir mañana... Ya todo lo tengo preparado... Esta madrugada á las cinco te esperaré en la calle... A'o nos separaremos nunca... Mi amor durará lo que mi vida... Huyamos; no hay otro remedio: huyamos, Alicia de mi alma, y...” (Sigue leyendo en voz baja.) Huir!... Abandonar áese desgraciado!... Hacer irremediable el mal!... Un oprobio eterno!... Jamas!... La muerte es preferible! (Acerca el papel á la luz como para quemarlo. Walton, que habrá salido de su escondite y acercándose sigilosamente á.Alicia, detiene el brazo que ésta alarga para acercar el papel á la luz.) Oh! (Cogiendo rápidamente con la otra mano el papel.) WdltOn! (Reparando en él, y retrocediendo asustada.)
Yo soy.
Dónde estabais?
Detras de esa cortina.
Qué queréis?
Ver lo que -os dice Edmundo en el papel que teneis en la mano.
Misericordia! (Apoyándose en la mesa con expresión de terror.)
Dádmele.
No os acerquéis.
Por qué no?
Gritaré.
Enhorabuena.
Cuál es vuestra intención?
Ya lo vereis.
Entregársele á mi marido?
Quizá.
Esta noche!... Aquí!... Durante la representación de la comedia!... Pero lo que intentáis es una vileza, una infamia... una villanía... Si no hay nombre que dar á una acción tan horrible! Oh, sed clemente!... Un poco de clemencia para él, tan sólo para él! Os lo ruego... ¿por qué queréis que os lo ruegue?... Qué amais? Qué palabras llegarían mas pronto á vuestro corazón? Decidme qué he de hacer para conmoveros. No quiere decírmelo! Dímelo tú. Dios mío! dímelo tú!
Sería inútil cuanto hicieseis. Necesito vengarme!
Y ¿por qué no habéis de vengaros? Pero ¿por qué os habéis de vengar esta noche? Mañana os daré el papel que me está abrasando la mano: CT-eedme: lo juro. Mañana sabrá mi marido la verdad. Vos estaréis delante: con su dolor y el mió quedará satisfecha vuestra sed de venganza: no os pesará de haber aguardado hasta mañana para satisfacerla. Conque esperad algunas horas... Unas cuantas horas pronto se pasan. Me amenazáis con la muerte: con más que la muerte! Dejadme que la sienta venir! Os lo pediré de rodillas, (cayendo á sus pies.) Ya estoy á vuestras plantas. Me concedéis el plazo que os pido? Me lo concedéis, no es verdad? Que trabajo os cuesta decir que sí?
No, y mil veces no. (AUcia se levanta de pronto, llena de indignación.)
Ab, que le tenia por un hombre y es un demonio!
Un hombre soy, un pobre hombre que se venga.
Oh! (viendo entrar á Yorick por la puerta de la derecha. Lié* vase á la espalda la mano en que tiene el papel, y quédase como helada de espanto.)
ESCENA VIII
(DICHOS y YORICK, en traje de conde Octavio.)
TÚ aquí? (Á Walton con serenidad.) Será prudente que nos veamos los dos esta noclie fuera de la escena?
Cierto que no lo es, pero cuando sepas lo que ocurre...
Nada quiero saber. (Sentándose con abatimiento.) Esta noche somos del público. Déjame.
Tanto puede en tí el ansia de gloria, que olvidas todo lo demas?
Ansia de gloria... (Con expresión de triste ironía.) Déjame, te lo ruego.
Como ántes me hablas pedido cierta prueba...
Qué?... Qué dices?... (Levantándose y acercándose á Walton.)
(Pero ¿es esto verdad!) (Saliendo de su estupor.)
Walton... mira que está ella delante... (Reprimiéndose. Mira que no debes ultrajarla delante de mí. Üna prueba? (Sin poder dominarse.) Será posible? Dónde está?
Dile á tu mujer que te enseñe las manos.
No le escuchéis!
Vete; déjanos. (Á Waiton.)
En una de sus manos tiene un papel.
Pero ¿no veis que es un malvado?
Un papel! (Queriendo ir hacia su mujer, y conteniéndose difícilmente.) Yete. (Á Walton.)
Ese papel es una carta de su amante.
Ah! (Apretando el papel en la mano.)
Ah! (corriendo hácia ella.) Dame esa Carta, Alicia. (Reprimiéndose de nuevo.)
No es una carta... Ha dicho que es una carta? Pues no le creáis... No es una carta... Ha mentido.
Te acusa: justifícate. Si ese papel no es una carta, fácilmente puedes confundir al calumniador. Hazlo.
Es que... os diré... Esta carta...
Pues no aseguras que no es una carta?
No es carta... no... Este papel...
Es preciso que yo lo vea.
Es imposible que lo veáis! (Abandonándose á la desesperación.)
Imposible! (Dando rienda suelti á su cólera.) Trae. (Sujetándola bruscamente con una mano, y queriendo quitarle con la otra el papel.)
All! (Haciendo un violento esfuerzo, log’ra desasirse de Yorick, y corre desatentada hácia la puerta. Yorick corre tras Alicia, la detiene con la mano izquierda, y ccn la d.'recba corre el cerrojo de la puerta.)
Qué intentas? Quieres hacer pública mi deshonra?
Compasión, Madre de los desamparados!
Es inútil la resistencia. Mejor os estaria ceder.
Y quién os autoriza á vos á darme consejos? Haced callar á ese hombre, Yorick. Tratadme vos como queráis: sois mi marido; teneis razón para ofenderme; pero que ese hombre no me ofeuda, que no me hable, que no me mire. Ninguna mujer, ni la más vil, ni la más degradada, merece la ignominia de que se atreva á mirarla un hombre como ese. (Waiion sig-ue mirándola con sonrisa de triunfo.) He dicllO que 110 tUe miréis! Yorick, me está mirando todavía! (óyense golpes á la puerta.)
Oyes? Tengo que salir á la escena.
Idos, idos, por Dios!
\orick! \orick! (Dentro, llamándole.)
No me obligues á emplear la violencia con una mujer.
Yorick! Que estáis haciendo falta.
Pero ¿no oyes lo que dicen!
Me vuelvo loca!
Mis amenazas son inútiles?...
Abrid, abrid... Va á quedarse parada la escena!
Oh! acabemos! (Arrójase frenético á su mujer, y forcejea con ella para quitarle la carta.)
Piedad! Piedad!. (Luchando con Yorick.)
La carta! La carta!
No! Me lastimáis!
Quieres abrir con dos mil diablos? (neutro, grdpeando la puerta.)
Sliakspeare!... Sliakspeare!... (Llamándole á gritos.)
La carta!
Primero la vida! (Walton le ase la mano en que tiene la carta,) Ah!
Ya está aquí. (Quitándole la carta.)
Dámela.
)
>Yorick!... Yorick!... (Dentro.)
)
Ah! (Como asaltado de repentina idea.) TodaVia 110. (Guardándose la carta en un bolsillo.)
No?
Qué dice?
ESCENA IX
(DICHOS, SHAKSPEARE, EL AUTOR, EL TRASPUNTE.)
(Salla el cerrojo de la puerta, cediendo al empuje que hacen por dentro, y*)
el Autor y el Traspunte salen precipitadamente. Óyense dentro golpes y rumores.
Walton!
Me habéis perdido! (Con desesperación cómica.)
Dos minutos ha que está parada la representación,-
Esa carta! (Bajo á Walton.)
He dicho que ahora no!
Pero ¿qué os pasa? Escuchad! Escuchad! (Por ios rumores y los golpes que se oyen dentro.)
El cielo al fin me ayuda, y hoy romperé la cárcel de la duda!
(Apuntándole los versos que lia de decir al salir á la escena.)
Su nombre, su nombre á lo ménos! (Bajo á Waiton.)
Después.
El público aguarda, Yorick!
El público está furioso!
Mi pobre comedia! (Los tres empujan á Yorick hacia la puerta.)
Dejadme! Yo no soy ahora un cómico... Soy un hombre... un hombre que padece. Me la darás? (Desprendiéndose de los demas, y corriendo hacia Walton.)
No saldrá de mis manos sino para ir á las tuyas.
\enid! (Asiéndole de nuevo.)
El cielo al fin me ayuda... (Apuntándole.)
El deber es ántes que todo!
Oh! Maldito deber! Maldito yo! (Váse precipitadamente. Alicia habla con Shakspeare en voz baja.)
Yos ahora. (Á Alicia.)
Una carta de Edmundo... (Bajo á Shakspeare.)
Eh! Tampoco esta quiere salir! (Muy afligido y conster" nado.)
Si la A^e mi marido... (Bajo á Shakspeare.)
No la verá. (Bajo á Alicia.)
Señora!...
Sostenedme, guiadme. (Vase con el Autor, apoyada en él.)
Y VOS, prevenido. Esta escena es un soplo. (Hojeando la comedia muy azorado.)
Ya lo sé.
Ah! ¿Os di la carta que habéis de sacar ahora?
Sí.
No sé donde tengo la cabeza. Qué noche! (Vase.)
ESCENA X
(SHAKSPEARE, WALTON, EL AUTOR, EL TRASPUNTE.)
Walton, esa carta no te pertenece.
Ni á tí.
Su dueño rne encarga que la recobre de tus manos.
Pues mira cómo has de recobrarla.
Cómo? (Con ira, que al momento reprime.) WaltOll, los CO— razones fuertes y generosos, no tienen sino lástima para la ajena desventura. Apiádate de Yorick: apiádate siquiera de Alicia. Sálvala, si áun está en lo posible. Su falta es menos grave de lo que imaginas, y fácilmente se remedia. Destruyamos ese papel.
Yorick me ha ofendido.
Te ba ofendido Y'orick? Pues toma, enhorabuena, satisfacción del agravio; pero tómala noblemente, que no se restaura el honor cometiendo una villanía. Y si Alicia en nada te ofendió, ¿cómo quieres hacerla víctima de tu enojo? Herir con un mismo golpe al inocente y al culpado, obra es de la demencia ó la barbarie. Ni aunque esa desdichada te hubiera causado algún mal, podrías tomar de ella venganza, á menos de ser vil y cobarde. Se vengan los hombres de los hombres, de las mujeres, no.
Pídeme lo que quieras, Guillermo, con tal que no me pidas la carta.
Y á tí, miserable, yo ¿qué te puedo pedir? No pienses que ignoro la causa del odio que sientes hácia Yorick. No le odias porque te haya ofendido: le odias porque le envidias!
Cómo! Qué osas decir? (Con violenta emoción.)
Te he llamado vil y cobarde: eres otra cosa peor todavía: eres envidioso!
Envidioso yo! Ninguna otra injuria me dolería tanto como esa.
Porque es la que mereces más! Sí; la envidia tiene tu alma entre sus garras: la envidia, que llora el bien ajeno y se deleita en el propio mal; la envidia, que fuera la desgracia más digna de lástima, si no fuera el más repugnante de los vicios; la envidia, oprobio y rémora de la mente, lepra del corazón! (óyese otro aplauso)
El deber me llama. (Estremeciéndose.) Como tú has dicho á Yorick, el deber es ántes que todo.*
Le aplauden! Óyelo! Tiemblas de oírlo? No hay pam un envidioso ruido tan áspero en el mundo, como el del aplauso tributado á un rival! (Sale el Autor, Heno de júbilo.)
Albricias, albricias! Ya es nuestro el público otra vez. No ha podido ménos de apludir con entusiasmo al oir aquellos versos: Con ansia el bien se espera que de lejos nos envía sus plácidos reflejos, mas no con ansia tanta cual daño que de lejos nos espanta. Los versos ciertamente que no son malos, pero como los lia dicho Yorick! Qué gesto! Qué entonación! (óyese otro aplauso.) Otro aplauso, otro! Admirable! Divino! (Palmoteaudo )
Haré falta, si no me dejas. (Queriendo irse.)
Dame ántes la carta. (Poniéndosele delante.)
Pero señor, ¿qué tienen todos esta noche!
Vamos; que al momento salís. (Entrando.)
Lo ves? (Á Shakspeare.) Anda, ya te sigo, (ai Traspunte.)
Quieto aquí! (Sujetándole con violencia- )
I Eli! (Con mucbo asombro.)
Te la arrancaré con el alma, si es preciso.
Queréis echar abajo mi drama! Ya se comprende la razón. (Á Shakspeare.)
Oh! (Como tomando una resolución.)
Qué?
No faltan más que cinco versos. (Mirando la comedia.)
El deber es más poderoso que mi voluntad. Tómala...
(Sacando una carta de un bolsillo del traje, y dándosela á Shakspeare. )
Al ñn!... (Tomando la carta con afan. Walton dirígese corriendo hácia la derecha.)
Corred!... (siguiéndole.)
Yedme aquí, gran señor.
(Apuntándole lo que ha de decir al salir á la escena. Vánse Walton, el Autor y el Traspunte.)
ESCENA XI
(SHAKSPEARE.)
(Abre la carta con mano trémula.) Ull3. CtlPtCl 611 bl&IlCo! Ah! (Dando un g'rito terrible.) La qiie había de sacar á la escena!... Y la otra!... La otra!... Fuego de Dios! ( Corre hacia la derecha, cieg'O de ira, y asómase á la puerta.) Oh! Ya está delante del público! (Volviendo ai proscenio.) La serpiente ha engañado al león: aplaste el león á la Sei'piente! (Dirígese hacia la derecha, llevándose la mano á la espada, y cae un telón supletorio. El blanco entre esta pri" mera parte y la segunda ha de ser brevísimo, casi instantáneo.) PARTE SEGUNDA, Magnífico salón en el palacio del conde Octavio. Mesa y sillón á la derecha. Una panoplia con armas á cada lado de la escena.
ESCENA XII
(KL CONDE OCTAVIO (YORICK), MANFREDO, EDMUNDO, BEATRIZ (ALICIA), LANDOLFO (WALTON), EL AUTOR, EN LA CONCHA, AL FINAL DE LA.)
(escena, SHAKSPEARE el AUTOR, el TRASPUNTE y actores y empleados del teatro. El Conde y Landolfo hablan el uno con el otro, sin ser oidos de Beatriz y)
que están al otro lado de la escena, y demuestran en su actitud y en la expresión de su semblante zozobra y dolor.
(Yorick.) Ay, Landolfo, en tu ausencia honda ansiedad mi pecho destrozaba: mayor afan me causa tu presencia! Responde... Ese billete?... Si está ya en tu poder, dilo, y acaba.
(Walton.) Tomfld. (Dándole la carta de Edmundo.)
(Yorick.) Oh! (Tomándola con viva emoción.)
(waiton.)
(Me vengué!)
(Yorick.) Landolfo, vete.
(Alicia.) Manfredo! (En voz baja con angustia.)
(Landolfo hace una reverencia y se retira. Al llegar á la puerta de la izquierda, detiénese un momento, y mira á Yorick con satisfacción y alegria.)
(Edmundo.) Beatriz! (Lo mismo.)
(Alicia.) Llegó el instante!
(Yorick.) Voy á saber al fin quién es tu amante. (Á Beatriz.) Tiemble la esposa¡infiel, tiemble la ingrata que el honor y la dicha me arrebata! Fué vana tu cautela, y aquí la prenda de tu culpa mira. (Abre la carta y se acerca á la mesa, donde hay luces.) La sangre se me hiela.,, (Sin atreverse á leer la carta.) Arda de nuevo en ira! Ay del vil por quien ciega me envileces! (Fija la vista en el papel, y estremécese violentamente.)
Eh! Cómo! (Vencido de la sorpresa, olvídase de que está representando, y dice lo que realmente le dicta su propia emoción, con el tono de la verdad. Edmundo y Alicia le miran con profunda extrañeza.)
Oh! Qué miro!...
(Apuntándole en voz alta, creyendo que se ha equivocado, y dando golpes con la comedia en el tablado, para llamarle la atención.)
Qué es esto?
Oh! Qué miro! Jesús!
(Sacando, la cabeza fuera do la concha, y apuntándole en voz todavía más alta.)
Ah! (Dándose cuenta de su distracción.) Jesús mil veces!
_(Dice estas palabras de la comedia como si fueran hijas de su propio dolor y verdadero asombro. Cae desplomado en el sillón que hay cerca de la mesa, cubriéndose el rostro con las manos. Pausa. Levántase Yorick muy despacio, mira á Edmundo y á)_
luego al público, y quédase inmóvil sin saber qué hacer, apoyado en la mesa.)
(Yorick.) Aquí, no hay duda, la verdad se encierra. (Declamando como de memoria, sin interesarse en lo que dice.) Venid. (Á Edmundo y Alicia, que se acercan á él llenos de turbación y miedo.) Mirad.
(Mostrándoles la carta, y con nueva energía.)
(Edmundo.) ¡01,,
(Alicia, j
(Dando un grito verdadero al ver la carta, y retrocediendo espantados.)
(Yorick.) Tragúenos la tierra!
_(Vuelve á caer en el sillón, contempla la carta breves instantes, y después, «01110 tomando una resolución desesperada, solevanta y diríg'ese hácia Edmundo con ademan amenazador: ántes de llegar á él, se detiene y mira al público, dando á entender la lucha de afectos que le destroza el alma. V'uelve los ojos á otra parte, repara en Alicia, y corre también hácia ella, pero otra vez se detiene, y vuelve al comedio d 1 escenario, llevándose las manos alternativamente á la frente y al corazón. Alicia y Ed mundo le contemplan aterrados.)_
Con que eres tú el villano?... (En voz alta, y dando nuevamente golpes en el tablado con la comedia.) Con que eres tú el villano?...
cediendo á la fuerza de las circunstancias, y no pu diendo dominar su indignación y cólera, hace suya la situación ficticia de la comedia, y dice á Edmundo como propias las palabras del personaje que representa. Desde este momento la ficción dramática queda convertida en AÚva realidad, y tanto en Yorick como en Alicia y Edmundo, se verán confundidos en una sola cnlidad el personaje de invención y la persona verdadera.)
(Yorick.) ¿CoD qiie eres tú el villano, tú el pérfido y aleve, tú el seductor infame que se atreve á desgarrar el pecho de un anciano? ¿Tú, desdichado huérfano, que abrigo debiste un dia á mi piadosa mano, que en mí hallaste á la vez padre y amigo; tú me arrebatas la adorada esposa, tú amancillas mi frente? Ya con acción tan noble y generosa logró admirar el hombre á la serpiente! Y á fé que bien hiciste! Por Dios vivo, que este pago merece aquel que iluso á otro rindió su pecho compasivo, y en otro amor y confianza puso. No; que aun viéndome herido y humillado, mi hidalga confianza no deploro! Para el engañador mengua y desdoro! Respeto al engañado! Pero ¡cómo de mí te habrás burlado! Cómo íe habrás reid »! Y bien lo entiendo, que yo también me rio! Cuál me rio! Saldrán a pesar mió! Pues lágrimas salid! Salid corriendo! M.4, fuedo. (Edmundo.) Padre... Padre!...
(Yorick.) Es Verdad? No me equivoco? Lo escuché bien? No sueño? Padre dijo? Pero ese hombre está loco! Tu padre yo? Pues caiga despiadada la maldición del padre sobre el hijo!
(Edmundo.) Qué habeis hecho!
(Yorick.) Y á tí, desventurada, (Á Alicia, con pausado y tranquilo acento.) ¿qué te podré decir? Sin voz ni aliento, el cuerpo inmóvil, fija la mirada, parecieras tal vez de mármol frió, si no se oyese el golpear violento con que tu corazón responde al mió. ¿Dónde la luz, de que en fatal momento vi á tus ojos hacer púdico alarde, con mengua del lucero de la tarde? ¿Dónde la faz divina, en que unidos mostraban sus colores cándido azahar y rosa purpurina? Ya de tantos hechizos seductores ni sombra leve á distinguir se alcanza en tu semblante pálido y marchito. ()ué rapida mudanza! Cuánto afea el delito! Te hallé, ¡ay de mí! cuando anheloso y triste pisaba los abrojos que de la edad madura cubren la áspera senda; y á mis ojos como rayo de sol apareciste que súbito fulgura, dando alegre esplendor á nube oscura. Y vuelta la tristeza en alegría, cual se adora á los ángeles del cielo, con toda el alma te adoré rendido. ¿Quién dijera que tanta lozanía era engañoso velo de un corazón podrido? Mas ya candor hipócrita no sella el tenebroso abismo de tu pecho; ya sé que eres traidora cuanto bella; ya sé que está mi honor pedazos hecho; ya sé que debo odiarte; solo ignoro si te odio ya cual debo, ó si áun te adoro! Ay de tí, que el amor desesperado jamas ha perdonado! (Asiéndola de una mano.) Y si no quieres que el furor me venza, y que te haga morir hierro inclemente, mírame, desdichada, frente á frente, y muere de vergüenza. (Haciéndola caer al sudo de rodillas.) llEATRiz. (Alicia.) Piedadl
(Yorick.) Eu vaiio gemirás sumisa: piedad no aguardes.
(Edmundo.) Ella la merece!
(Yorick) Ni ella ni tú!
Mí vida os pertenece: género es de piedad matar de prisa!
(Edmundo.) Yo solo OS ofendí: sobre mí solo descargad vuestra furia.
(Yorick.) De ambos fué la maldad y el ímpio dolo: ambos me daréis cuenta de la injuria.
(Edmundo.) Ella también! Capaz de asesinarla vuestra mano será?
(Yorick.) Pues di, insensato, en pena á la traición porque la mato, ¿qué ménos que matarla? Heatriz. (Alicia.) Venga y dé fm la muerte á mí zozobra. Si falta la virtud, la vida sobra! Pero el honor mi sangre restituya; mi sangre nada más lave la afrenta!
(Yorick.) Con tal que él viva morirás contenta? Tu sangre correrá: también la suya. Y la suya primero!
(Toma dos espadas de una panoplia.)
f(Edmundo.) Noche fatal!
Qué horror!
(Yorick.) Elige acero.
(Presentándole las espadas.)
(Edmundo.) Sí, y en mi pecho clávese mi espada!
(Tomando precipitadamente una espada,.^ y volviendo la punta contra su pecho.)
(Yorick.) Y la mia en el pecho de tu amada!
(Yendo hacia su mujer como para herirla.)
(Edmundo.) Oh! (corriendo á ponerse delante de Beatriz.)
(Yorick.) Defiéndela al ménos. Considera que la amenaza mano vengativa. Beatriz. (Alicia.) Deja por compasión, deja que muera!
(Edmundo.) TÚ no puedes morir miéntras yo viva! (Cnn fuego,.dejándose llevar de su amor.)
(Yoriek.) Coii qiic ya á defenderla decidido, conmigo reñirás?
(Acercándose mucho á él, y con hablar precipitado.)
(Edmundo’.) Sí!
(Yoriek.) ¿Como fuerte, quien eres y quien soy dando al olvido?
(Edmundo.) Sí!
(Yoriek.) Y eii la lid procurarás mi muerte?
(Edmundo.) Sí, por Dios!;
(Yoriek.) Ay! que el cielo me debía tras de tanto dolor tanta alegría! Beatriz. (Alicia.) Repara'...
(Edmundo.), En nada! (Rechazándola.)
Advierte!...
(Edmundo) Ese hombre es tu enemigo! (Fuera de sí.) Beatriz. (Alicia.). Dios eterno!
(Yoriek.) Soltemos pues la rienda á nuestra saña!
(Edmundo.) El crímeii pide crímenes! Infierno, complétese tu hazaña! (Yoriek y Edmundo riñen encarnizadamente.) Beatriz. (Alicia.) Tente! (Sujetando á Edmundo )
(Edmundo.) Déjame!
Tente!
(Yoriek.) Por culpa tuya perderá su brío. Beatriz. (.Alicia.) Oídme vos entónces: sed clemente!,
(Pasando al lado de Yoriek, y sujetándole.)
(Yoriek.) Le ayudas contra mí?
Destino iinpio, dame que al fin mi corazón reviente!.
(Separándose horrorizada del Conde.)
(Edmundo.) Cielos!
(sintiéndose herido. Suelta la espada, y cae al suelo dcsplo. ruado.)
(Yorick.) Mira.
(Alicia.) Jesus!
(Á Alicia, señalando á Edmundo con la espada.)
(Edmundo.) Pordoil, DÍOS mÍo! (Espira )
(Alicia correa donde está Edmundo, inclinase á él, y después de tocarle, da un g'rito espantoso, y levántase despavorida mirándose las manos.)
Sangre!... Edmundo!... Sangre!... Favor!... Socorro!... (corriendo por la escena.)
Calla!
¿Qné has hecho? (Saliendo por la izquierda. Acércase á Edmundo, y le mira y le toca. El Autor, el Traspunte y varios actores y empleados del teatro salen también por diversas partes: con expresión de asombro se acercan á donde está Edmundo, y al verle, dan un grito de horror. Algunos doblan la rodilla á su lado, otros permanecen de pié, y entre todos le ocultan á la vista del público.)
Socorro!... Socorro!...
Cdllo.! (siguiéndola.)
Sangre!... Sangre por todos lados! Un mar de sangre en que me ahogo!
Silencio! (Sujetándola entre sus brazos, y poniéndole una mano en la boca,)
(Sbaks^eare sale de entre el grupo que rodea á Edmundo, y se adelanta hácia el proscenio.)
SeñoreSj ya lo veis. (Dirigiéndose al público y hablando con rapidez, profundamente conmovido.) No puede terminarse el d^ma que se estaba representando. Ciego de entusiasmo Yorick, ha herido realmente al actor que hacia el papel de Manfredo. Ni es esta la única desgracia que ahora el cielo nos envia. El famoso cómico Walton?...
Walton!...
Acaban de encontrarle en la calle, atravesado el pecho de una estocada. V
Venga á torrentes sobre el mundo la cólera de Dios! (< 0,1 grande arrebato.)
MlSGrjcorrlia! (Cayendo de rodillas y levantando las manos al cielo.)
Rogad por los muertos! Ay! Rogad también por los matadores! FIN DEL DDAMA. í