Acto primero
(Personas: JULIANA; MARCELA; DON MARTÍN; DON AMADEO; DON AGAPITO; DON TIMOTEO.)
ESCENA PRIMERA
(MARCELA, DON TIMOTEO, DON AGAPITO, JULIANA.)
(Don Timoteo y Joliana aparecen en el fondo disputando: Marcela y don Ag-apito más inmediatos al proscenio, sentados, haciendo aquella «na petaca, y este nn cordón.)
¡Si no quiero! ¿Hay tal porfía]
Mi habitación es sagrada.
¿No he de dar una escobada
dónde hay tanta porquería?
¿Qué importa? No lo consiento,
no lo sufro; y si te atreves...
Pero...
En tus manos aleves
va á morir mi nacimiento.
A tal ruina, á tal estrago
ya no hay paciencia que baste.
Ayer rompiste ó quebraste
mi Baltasar, mi rey mago.
Hoy con los zorros fatales
me has hecho trozos, añicos,
dos pastores con pellicos,
ó si se quiere, zagales.
Pero señor...
Lindamente.
Primoroso va el tejido.
Reniego de tu barrido.
(Entre dientes.) ¡Vejestorio impertinente!
¿Qué dices de vejestorio?
Yo...
Mira que si me irrito...
¿Qué hace usted, don Agapito?
(Se acerca. Jnliana arregla los muebles.)
Nada: un cordón de abalorio.
Agapito fes muy amable.
Sabe usted cuál se desvela
por complacer á Marcela
mi amistad inalterable.
Prosigo pues mi cordón
mientras ella se ejercita
en su petaca de pita.
(¡Qué enfadoso maricón!)
Según parece, es de moda
esa labor ó tarea
entre las damas, ósea...
¿Pero di, no te incomoda
esa mano de mortero
en la tuya delicada?
¡Qué moda tan desairada!
No llega al mes de Febrero.
En algo se ha de pasar
el tiempo.
Esa bagatela
es del gusto de Marcela.
Mejor es eso que holgar.
Y yo diré en todas partes
que es obra muy singular,
y que la debe premiar
el Conservatorio de Artes.
Alabanza lisonjera,
digna de un joven tan fino
como usted.
¡Oh! Mi vecino
sabe muy bien la manera,
el modo y forma de hacer
á una dama cumplimientos:
es decir...
(Se levanta y don Agapito también.) En sus acentos
es muy fácil conocer
su educación esmerada.
¡Oh! Es un joven, un mancebo,
que puede decir, me atrevo
á afirmar... y nunca errada
me salió una profecía,
me atrevo á pronosticar
que le harán mucho lugar
Su bizarría,
su trato afable y cortés,
su gusto para cantar,
su destreza en el bordar,
y la gracia de sus pies
cuando baila un rigodón,
son prendas que sin empeño
bastan para hacerle dueño
del más yerto corazón.
¡Oh, señora! ¡Qué rubor!
Me confunde usted. Ya veo...
Como lo digo lo creo.
(Ciega está por mí de amor.)
Su contestura es endeble,
pero...
Sí, soy delicado.
Ya se ve; niño mimado...
(¡Que no conozca este mueble
que se están mofando de él!)
Mas la gordura, el color...
son de mal tono. ¡Qué horror!
No es de elegante doncel
presumir de pautorrillas
como un ganapán, un bruto.
¡Qué bello es un rostro enjuto
abismado en las patillas!
Ni sobre cuello macizo
arman bien los corbatines;
ni se pintan figuriues
para un mancebo rollizo.
Kostro 8auo y carrilludo
propio es de gente ordinaria.
¡•Qué feo al cantar un aria
ó lanzando un estornudo!
¡Qué mal sobre alfombra turca
quien tiene recios jamones;
qué mal mueve los talones
para bailar la mazurca!
¿Qué vale la corpulencia?
El hombre alto, moceton,
parece sauce llorón
cuando bace una reverencia.
¡Aunque escritores morales
viendo á un nombre encanijado
clamen: fatal resultado
de Jas costumbres actuales!
Puesto que el hombre no es bueno,
le prefiero chiquitiu;
que en pequeño vaso, al fin,
no cabe mucho veneno.
De gigantesca figura
huye amor como del bu.
Vamos, valen un Perú
los hombres en miniatura.
¡Ah, que es celestial consuelo
el gustar á tal belleza!
Tome usted: tanta fineza
bien merece un caramelo.
Ah, también una pastilla
menos dulce que esa boca.
(¡Tonto! A risa me provoca.)
Tiene esencia de vainilla.
(A don Timoteo y á Juliana.) Vaya unos caramelitos.
Son pura ambrosía.
¿Y de qué confitería?
Calle de Majaderitos.
Como usted... es parroquiano,
le servirán...
De rodillas.
Ahí tiene usté; esas pastillas
son las que ga3ta el soprano
¡Eh! Yo os dejo ventilar,
discutir tan grave asuuto.
Por mi parte, hé dado punto
y me subo al palomar.
Allí me hechizo, me encanto,
y se me pasan las horas
muertas. ¡Son tan criadoras!...
Quiero decir, ¡ponen tanto!...
Yo no paro, no sosiego
hasta pasar mi revista.
Con que abur, hasta la vista;
hasta después; hasta luego.
ESCENA II
(MARCELA, DON AGAPITO, JULIANA.)
¿Vuelve usted á su petaca?
No. La cabeza me duele.
Jaqueca. Quitarse suele
con parches de tacamaca.
¿Se los quiere usted poner?
Bueno será. En dos instantes
iré á casa deCollantes...
¿Para qué? No es menester.
En tomando el aire un poco...
Bajaremos al jardin.
(Ya triunfé de Don Martin.
Mía es Marcela. ¡Estoy loco!)
El braZO. (Se te da Marcela.)
(Ya está tan hueco.)
La sombrilla. ¡Bravo, bravo!
(La toma de Juliana.) ¿Allons? (Mi ventura alabo.)
(Me divierte este muñeco.)
ESCENA III
(JULIANA.)
Sola estoy, y esta pereza...
Vamos, el viento del Sur
me desalieuta. Tenia
que arreglar el canezú
de la señorita; pero
para trabajar en tul
no estoy abora. ¿Y qué haré?
¿Murmurar? El avestruz
de Juanillo no está en. casa;
Bonifacio es un gandul;
la cocinera... ¡Ab! Gertrudis,
que ayer vino de Gallar,
y abí en la casa de al lado
sirve á don Pedro Eguiluz...
Sí, sí. ¡Qué buena muchacha!
Y yo no la be dicho aun...
(Asomada á una ventana.)
¡Paisana! ¡Gertrudis! ¡Hola!
Ya viene. Tal cual. ¿Y tú?—
(Se supone que la hablan desde otra ventana.) Me alegro. ¿Sí? Ganas poco;
yo cuatro duros y algún
regalillo, porque mi ama,
Dios la dé mucba salud,
es generosa y me quiere;
así tengo yo un baúl
que da gozo. Te aseguro
que mi eterna gratitud...
Su tio don Timoteo
es un pedazo de atún.
Cominero, impertinente...
¡Qué lástima de ataúd!
Taii plomo para explicarse,
que cuando dice según,
si detrás uo va el conforme
no está contento. ¡Jesús!
y luego me da una guerra
con su palomar, con su...
Vamos; bien dijo quien dijo
que el servir es mucha cruz.
Mi ama, como viuda y rica,
goza de su juventud;
¡oh! pero con juicio, aunque esto
no es hoy dia muy común.
No le faltan aspirantes;
pero ella, sea virtud,
sea orgullo, ó lo que fuere,
no se ha decidido aun
por ninguno. Hay un poeta
que la mira de trasluz,
suspira, gime, se arroba,
y no pronuncia una Q.
Reverso' de su medalla
es un compadre andaluz,
capitán de artillería,
que lo mismo es entrar, ¡prum!
estalló la bomba- Aquella
no es boca, no, que es obús.
El tercero... ¡y cuál me aburre
su terca solicitud!
Es un fatuo, un botarate,
post-data de hombre; el non plus
del lechuguinismn; enclenque,
periquito entre ellas... i Puf!
¡Que peste! Siempre moneando,
siempre cantando el Muí piú,
siempre hablando de piruetas,
y del solo, y de la pul...
Hombre que iria ai Japón
por bailar un padedú;
y siempre con golosinas...
¡así esta él que no echa luz!
Y dale con si el peiuado
lia de llevar marabús,
y si es color más de moda
el de hortensia que el azul:
si-el corsé... Mas vieue geute.
Ya uos veremos. Abur.
ESCENA IV
(JULIANA, DON AMADEO.)
Julianita, Dios te guarde.
¡Oh, señor don Amadeo!
¿Y tu ama?
Salió á paseo.
¡Que siempre venga yo tarde!
Ahí está don Timoteo.
Mi corazón sólo anhela
ver á la hermosa Marcela;
y no viéndola mi amor,
ese prosaico señor
me causa, no me consuela.
Puede que lejos no esté...
¿Quién?
Mi ama.
Dímelo. Iré...
En cuatro saltos...
Al fill)
¿no me dirás dónde fué?
Habla.
Ha bajado al jardin.
¿Al jardiu? Tú, según creo,
te burlas de un afligido.
JSTo dijiste..
Que á paseo
salió. ¿Y en esto he mentido
al señor don Amadeo?
No, mas tu chanza enfadosa
el tiempo me hace perder.
¡Oh, Marcela! ¡Oh, prenda hermosa!
Vuelo al jardín. ¡Oh, placer!
¿Hay suerte más venturosa?
Allí entre el verde arrayan
la diré mi tierno afán,
y que enamorado, muerto...
¿Está sola?
No por cierto,
que la acompaña uu galán.
¡Ah!
(Se quedó tamañito.)
¡Ingrata y fatal mujer!
¡Oh! No es tan grave delito.
¿Y quién pudo merecer...
El señor don Agapito.
¿Don Agapito? Ese mono...
No le temo; le desprecio;
mas al pesar me abandono
al ver que me estorba un necio
dicha que tanto ambiciono.
Grande es sin duda el amor
que le inspira á usted mi ama.
Sí; mas ni un solo favor
paga mi amorosa llama,
y moriré de dolor.
¿Quién al mirarla tan bella,
quién no se abrasa de amores,
quién no delira por ella?
Envidia tengo á las flores
que están besaudo su huella.
Euvidia al aire sutil
que en toruo juega, lascivo,
de su cabello gentil,
y al ruiseñor que festivo
la cauta diosa de Abril;
y á la fuente cristalina
que murmurando la llama,
y en la enramada vecina
envidia teugo á la grama
si en ella ¡ay Dios! se reclina.
Envidio al rojo clavel
que la ofrece su carmin;
envidio á todo el vergel...
y á don Agapito, en fin,
porque la acompaña en él.
¡Qué relación tan discreta,
y cómo huele á azahar,
á tomillo y á violeta!
Para «so de enamorar
no hay hombre como un poeta.
Bien haya su boca, amén,
que con elocuencia tal
piuta el favor y el desden.
Ellos suelen sentir mal,
¡pero lo dicen tan bien!
¡Ali!
Mas mi señora bella,
¿por qué cuando está presente
esos labios siempre sella?
¡Conmigo tan elocuente,
y tan cartujo con ella!
Declare usted su pasión,
porque mentales amores
ya de este siglo no son.
Yo temo que sus rigores...
¡Eh! No es tan fiero el león.
Es preciso ser más franco.
Ser cobarde con las damas
es querer quedarse en blanco.
No se ande usted por las ramas.
Herrar ó quitar el banco.
A un desaire, lo confieso,
prefiero una enfermedad,
y aunque la amo con exceso...
¡Hola! Vence según eso
al amor la vanidad.
Si Julianita quisiera.
pues tan tímido Dací,
y es de ini bieu camarera...
¿Qué?
Sé tú mi medianera.
¡Yo!
Declárate por mí.
Yo te ruego...
¡Bueno es esto!
Pues qué, ¿no tiene usted lengua?
O por ventura mi gesto...
¡Oh! No lo tengas á mengua,
que mi amor es puro, honesto.
¡Ah! Si venzo sus desvíos...
En mi vida me he mezclado
en ajenos amoríos,
porque el tiempo me ha faltado
para ocuparme en los mios.
Pero en fin, por compasión,
aunque repruebo el oficio,
ofrezco mi intercesión.
¡Oh dicha! A tal beneficio
no hay humano galardón.
Si fueses tú camarera
de las que andan por ahí,
dinero y joyas te diera,-
mas veo prendas en tí
superiores á tu esfera.
Tu talento es sin igual,
y mi pluma no profano...
Sí, voy á escribirte ufano
el más lindo madrigal
que se ha escrito en castellano.
¡Pues! Dádiva de poeta.
¿Y con esa fruslería
me paga usted la estafeta?
¡Oh! La dulce poesía...
Buen dinero es la gaceta.
Aunque tenga yo talento
y guste de madrigales,
perdone usted si 110 miento,
daría por veinte reales,
no un madrigal, sino ciento.
Yo agradeciera, no obstante,
tal honor, fineza tal,
¡oh caballero galante!
si envuelto en el madrigal
me diera usted un diamante.
¡Oh Pimpleas! No escuchéis
tan horrorosa blasfemia.
Huid ¡oh.musas! ¿qué hacéis?
y hasta Rusia no paréis,
aunque os coja la epidemia.
¡Que tú discreta te llames,
tú que en el alma cobijas
pensamientos tan infames!
Pues yo...
Calla no me aflijas.
¡Oh auri, auri sacra fames!
(Da una moneda á Juliana.) Toma, pues dinero quieres,
y perteneces, mezquina,
al vulgo de las mujeres.
Mayor será la propina
si con celo me sirvieres;
ya que por raro portento,
cuando las musas están
en tan triste abatimiento,
no me pudro en un desván
descamisado y hambriento.
Toma; que la dulce lira
sólo consagro á la hermosa
por quien el alma suspira,
no á fámula codiciosa
que sólo tedio me inspira.—
¡AliJ Perdona. Loco estoy.
No te enojes.
Bagatela.
Tan quisquillosa no soy.
Hazme dueño de Marcela
y cuanto quieras te doy.
¿No baja usted al jardín?
No, que me siento con vena,
y quiero á mi serafín
hacer una cantilena.
Ábreme su camarin.
Vaya usted, que abierto está.
(Distraído.) Voy, voy. La primera estrofa...
ESCENA V
(JULIANA, DON MARTÍN.)
¡Oh, Juliana! ¿Gomo va?
(Otro loco rematado.)
Muy bien, señor don Martin.
Mucho de verte me agrado.
Desde Cádiz á Pequin
no hay un cuerpo más salado.
Es favor que...
No, mujer.
Y ese color... ¡cosa rara!
Y el cutis... No hay más que ver.
Hoy has estrenado cara.
¡Yo!
No es esa la de ayer.
A fe mia, Juliauita,
si no me hubieran flechado
los ojos de la viudita...
¡Ah! Pero auu no he preguntado
por tu bella señorita.
¿Salió ya del tocador? —
¡Que un hombre de mi calibre
esté perdido de amor! —
Y ella independiente, libre,
fresca, tranquila... ¡Qué horror!—
¿Qué hace el viejo estrafalario?
¿Recompone el nacimiento,
ó le echa alpiste al canario?—
Hoy pasó mi regimiento
revista de comisario.
La vida de un militar
es vida perra, Juliana.
Suena el clariu. ¡A montar!
y por tarde y por mañana...
Es cosa de reventar.
Couque anda; sé diligente.
¿Puedo entrar? Pasa recado.—
El vecino encanijado
ahí estará. ¡Vaya un ente!
Ya me tiene estomagado.—
¿No responde.,? Tú estás lela.
¡Si usted no me deja hablar!
Vamos, ¿dónde está Marcela?
Ha bajado á pasear.
¿Al Prado? ¿Eu la carretela?
No. Al jardin.
¿Con el pelmazo
de su tio?
No señor.
Bajó...
Terrible embarazo
es un viejo... ¡Ah! ven, primor:
te quiero dar un abrazo.
¡Eh! ¿Qué hace usted?
No hay escape.
si al fin ha de ser,
qué sirve?... ¡Ay, mona!...
(Va á abrazarla, 5 Juliana, encogiendo el cuerpo, se le huye y le deja con los braxo» abiertos.)
¡Zape!
ESCENA VI
(DON MARTÍN.)
Se escapó. ¿Cómo ha de ser?
Pero como yo la atrape...
Ea, vamos al jardín...
Mas ¿quién sube? ¡Hola! Es la viuda,
y el enfadoso arlequín
la acompaña; sí, no hay duda.
¡Formidable paladiu!
ESCENA VII
(MARCELA, DON MARTÍN, DON AGAPITO.)
¿Usted por aquí, mi amigo?
Muy buenos días.
Estoy
á los pies de usted, señora.
Saludo á usted...
Servidor.
(Se sienta Marcela, y en seguida don Mart y don Agapito i la izquierda.)
Hoy hace un dia admirable.
Casi, casi pica el sol.
Se equivoca usted: no pica.
A mí sí.
Pues á mí no.
Eso va en naturalezas.
(Don Martin habla al oido con Marcela.) Yo tengo uua complexión...
Vaya una pastilla... (Se la presenta.
(Aparte con don Martin.) Usted
se burla. Sé que uo^soy
ningún monstruo...
Una pastilla.
Pero el cielo no me dio
las gracias que usted pondera.
Pues no es exageración.
Esos ojos, esa boca
son obra del mismo amor.
Modestia sin sosería,
gracia sin afectación...
Y luego habrá quien alabe
las bellezas de Moscou,
de París, de Eiladelfia,
de Edimburgo, del Japón...
¡Eh! No hay nada comparable
con el gracejo español,
con ese garbo, ese brío...
En la boca de un cañón
me vea yo si... ¿Qué es eso?
(Tropieza con su brazo en el de don Agapito, que seguí» ofreciéndole su pastilla.)
Una pastilla...
fEh! No soy
amigo de golosinas.
Suavizan mucho el pulmón.
(Gritando!) Si yo lo tengo de hierro,
¿qué diablos?... ¡Pues como soy
que me gusta la fineza!
¿Las quiere usted de licor?
(Don Martin sigue hablando aparte con Maréela.; Aquí he de tener algunas de marrasquino, de ron...)
¡Dejaría usted de ser
andaluz! En fin, le doy
mil gracias por la lisonja.
Lo digo de corazón.
Si no lo sintiera así,
no dude usted que...
Mejor.
Así lo agradezco más.
Tengo una satisfacción
en gustar á mis amigos.
Sabe usted cuan franca soy.
No me quiero parecer,
aquí para entre los dos,
á esas que arañan á un hombre
si las dicea una flor;
ó bien frunciendo el hocico,
con amerengada voz,
clavando en tierra los ojos,
suelen responder: «Favor
que usted me hace. — ¿Sí? ¿De veras?—
Para que lo crea yo. —
¡Eh! No diga usted esas cosas,
que me cubro de rubor. —
¡Oh, qué malos son los hombres! —
Vaya, calle usted por Dios...»
Y nunca saben salir
de este mismo diapasón.
Nunca he gustado de tontas.
Algunas conozco yo
que, á fe mia...
El hombre fino,
de mundo, de educación,
es galante con las damas,
y, siempre que su pudor
no ofeuda, si las requiebra
cumple con su obligación.
Porque eso de si el poplin
es más de moda que el gró;
si recibió más aplausos
el contralto que el tenor:
«¿Se divierte usted? ¿Estuvo
muy concurrido el salón?...»
son estériles recursos.
por más que eutre col y col
se suela mezclar un poco
de amable murmuración.
Ciertamente...
Ni á una dama
se la ha de hablar del Mogol,
de la guerra de los rusos,
de si vino el paquebot
de la Habana, de...
Alas bellas
se les debe hablar de amor.
Y cuando más, de algún baile,
de alguna...
(a Marcela.) Prendado estoy
de ese carácter amable.
Marcelita... (Se acabó:
no me deja meter baza. (se levanta.}
¿Hay hombre más hablador?)
ESCENA VIII
(MARCELA, DON MARTÍN, DON AMADEO, DON AGAPITO.)
(¡Eh! Ya acabé mi letrilla.
Jamás Apolo...) Señora...
Beso á usted la mano.
¡Oh, primo! —
Pues señor, vuelvo á mi historia.
(Habla al oido eon Marcela.) (¡Ingrata! ¡Apenadme mira;
rae saluda desdeñosa,
y habla con otro en secreto!
Yo no sé cómo soporta
tantos ultrajes mi amor!
(Se pasea. Don Agapito, aburrido, se pone á trabaja; . sn cordón.)
¡Que siempre ha de estar de broma
este don Martin!
(A don Amadeo.) Amigo,
poco favorable sopla
el viento para nosotros.
Don Martin es quien la logra.
Mire usted qué amartelado,
qué ufano está... No me importa.
Yo sé bien que si Marcela
de algún galán se enamora,
será de mí, porque al cabo.
y al fin, aunque no me toca
alabarme... ¡Ah, qué ocurrencia!
¿Por qué no hace usté unas coplas
satíricas contra ese hombre
que tanto nos encocora?
No estoy para coplas.
Pero...
Ni jamás contra personas
determinadas...
No le hace.
La venganza es muy sabrosa.
Pero ya se ve, no siempre
las deidades de Helicona...
jY que tiene usté entre manos
ahora?
Nada. (¡Qué mosca
es el hombre!)
¿Algún soneto
á los desdenes de Flora?
¿Algún agudo epigrama?
¿O bien algunas estrofas?
¡Hombre!...
¿O quizá algún poema
al céfiro y á la aurora?
No pienso...
¿Alguna elegía?
¿Alguna oda? ¡Oh! las odas...
No señor. Voy á escribir,
no con tinta, con ponzoña,
una sátira saugrienta
contra hombrecillos de alcorza,
que sólo tienen talento
para bailar la gabota;
que por un yerro de imprenta
son hombres y no son monas;
que huelen á majaderos
al través de tanto aroma;
que si España fuera Egipto,
pudieran pasar por momias;
que con su voz de falsete
los oidos me destrozan;.
que con su extraña figura
siempre á risa me provocan;
que con sus gestos me pudren,
me empalagan con sus modas...
y en fin, con necias preguntas,
me fastidian, me sofocan.
Ya; pero eso ha de entenderse
con quien...
Doblemos la hoja,
don Martin, y guarde usted
para quien no le conozca
esas frases de cartilla.
¿Y por qué ha ha de ser lisonja,
y no...
. ¡Por Dios, don Martin!
Mire usted que no soy tonta.
(Otra será su respuesta
cuando me declare en forma.)
Amigo don Amadeo,
¿teme usted que se le coman?
¿Cómo así, tan retirado?
Quien de prudente blasona,
señorita, se retira
si conoce que incomoda.
¡A mí incomodarme usted!
Con decirlo me sonroja.
Don Martin me estaba hablando;
y como siempre es chistosa
su conversación...
(Yo venzo.)
Me hacen gracia hasta las bolas
que suele ensartar.
¡Marcela!
Yo le oigo como una boba.
Ni era cosa de dejarle
con la palabra en la boca.
¡Sí; fácil es!
Yo no gusto
de insípidas ceremonias,
y trato con confianza
á mis amigos. Ahora
soy de usted.
(¡Oh dulces ojos!
¡Oh voz que el alma me roba!)
Marcelita...
¿Piensa usted
publicar alguna obra
de su ingenio?
Mal hará,
si no es alguna espantosa
novela donde haya espectros,
y violencias y mazmorras,
y almas en pena, y suicidios...
y en fin, eso que está en boga.
Sobre todo, gran cartel,
con cada letra tan gorda,
y te haces hombre. Si aspiras
á merecer la corona
de escritor clásico, puro;
si cuidas más de la gloria
que del dinero, ¡ay de tí!
ningún cristiano te compra.
No me desvela el afán
de verme impreso. Es tan poca
la confianza que tengo
en mis versos...
Es muy propia
del verdadero saber
la modestia.
Usted me honra.
(¡Oh bella!)
Mas yo, que soy
su amiga y admiradora,
y por usted me intereso
tanto...
(íBien haya tu boca!)
Siento que versos tan lindos,
y que justamente elogian
sujetos de ciencia y gusto,
el público desconozca,
cuando hace gemir las prensas
tanta fementida copla.
(¡Ah!...) La aprobación de usted
es mi más satisfactoria
recompensa.
(Estoy volado.)
¿De qué valen las cien trompas
de la fama? Quien merece
la aprobación de una hermosa...
Cuando voy yo á la cabeza
de mi veterana tropa,
y agitando el abanico
con sonrisa encantadora,
alguna humana deidad
me saluda... vaya; es cosa
de perder el juicio.— Estando
mi escuadrón en Tarragona...
A propósito; hoy me ha escrito
el ayudaute Mendoza.
(Se levanta Marcela y todos, menos don Agapito.) i Qué buen muchacho! Se casa
por poderes en Daroca
con una... Don Agapito,
deje usted esa mauiobra.
Qué diablo...
Sí; ya la dejo,
que no estoy de humor. Las borlas
para mañana. (Se levanta.)
ESCENA IX
(MARCELA, DON AMADEO, DON MARTÍN, DON AGAPITO, DON TIMOTEO.)
¡Oh, señores!
Tanta dicha, tanta honra...
¡Oh, amigo uño!
Yo estaba,
arriba con las palomas...
¡Las tres!
(Va á tomar el sombrero, y lo mismo don Agupit Mártir..)
¿Dónde vau ustedes?
Alto ahí, que quiero que coman
con nosotros.
Por mi parte...
¡Cómo! Ninguno se oponga,
se resista á mi convite,
á mi obsequio. Juan, la sopa, (a u puerta.
Pero...
No hay pero que valga.
No somos gente tan sobria,
tan frugal, que nuestra mesa
se asuste por tres personas,
por tres convidados más
ó menos.
Soy muy gustosa
en que ustedes me acompañen.
Acepto, pues.
Buena olla,
quiero decir, buen cocido
no ha de faltar; y unas ostras,
que no se comen mejores
en la fonda de Perona.
Con mucho placer...
I No es justo
despreciar...
Sin ceremonia;
sin cumplimiento. No gusto
de etiquetas enfadosas. —
Ea; al comedor conmigo. —
¿Qué haces tii que no te apoyas
en un brazo?...
(Los tres se lo ofrecen, y Marcela toma el de don Agapito, que está más cerca.) ¡Bravo! Adentro.
(Se lleva como á remolque á don Martin y á don Amadeo.)
Maldito goloso...
ESCENA X
(DON AGAPITO, MARCELA.)
(¡Bola!
me prefiere.) Marcelita,
si usted á mal no lo torna,
después de comer, quisiera,..
¿Qué?
Hablar con usted á solas.
Muy bien. (¿Qué querrá decirme?)
(¡Qué de finezas me otorga!
Si digo yo que mi amor
navega con viento en popa.)
Acto segundo
ESCENA PRIMERA
(MARCELA, JULIANA.)
Pronto deja usted la mesa.
Ya han levantado el mantel:
no tienen por qué quejarse.
I^es he servido el café,
y huyendo de los cigarros,
que maldiga Dios, amén,
aquí me vengo Juliana.
Pero eso es mucha esquivez,
señorita. ¿Qué dirán
viendo que se aleja usted
tan pronto1?
¿Qué han de decir?
Que preciándome de ser
amiga suya, los trato
con franqueza.
Eso está bien.
El señor don Timoteo,
que habla él solo más que diez,
en punto á conversación
sabrá suplir, bien lo sé,
la falta de su sobrina;
pero, á mi corto entender,
motivos más halagüeños
harán sensible y cruel
esa retirada.
¡Cómo!
Yo no te entiendo...
¡Pues qué!
¿Mi señorita no sabe
que el invencible poder
de sus ojos liecbiceros
cautivos tiene á los tres?
¿Qué estás diciendo?
En verdad,
señora, no es menester
ser profeta para eso.
El amor luego se ve,
y en materias semejantes
es un lince la mujer.
Pues yo, que tal no he notado
no lince, topo seré.
¿Disimula usted conmigo?
Eso, señora, es liacer
agravio á mi discreción.
¿O desea usted tal vez
que la regale el oido?
No por cierto. ¿Pero quién
te ha contado esas patrañas?
En nuestro trato, ¿qué ves
sino uua amistad sencilla?...
Me gusta la sencillez.,
Digo á usted que están prendados
de esos hechizos. Lo sé
de buena tinta.
Confieso
que muy galantes los tres
me suelen decir lisonjas,
que ni puedo reprender,
porque al fin las alabanzas
nunca se oyen con desden,
ni lee doy otro valor
que el debido ai oropel
de cortesanas finezas.
Uno entre ellos suele ser
más pródigo de requiebros.
Don Martin, sin duda.
Pues;
pero yo le oigo, Juliana,
como quien oye llover,
porque es aquella cabeza
otra torre de Babel;
y tan pronto me enamora
diciendo que al rosicler
de la aurora dan envidia
mis ojos, y que el clavel
no es más rojo que mis labios,
y cosas de este jaez,
como me habla de un tordillo
que le envian de Jaén,
y del pienso, la parada,
la patrulla y el cuartel.
Pues crea usted...
Ahora dime:
juo sería una sandez
el juzgarme yo querida,
solicitada por él?
Don Agapito me asedia,
y suele decir también
sus piropos; pero un hombre
que gasta todo su haber
en perfumes y en pastillas,
víctima de su corsé,
bailarín afeminado,
¿cómo es capaz de querer?
Resta el poeta, y tú sabes
que es la suma timidez
para con las damas. Puede
que por mí perdido esté
de amor; y auu suele mirarme
con melosa languidez;
pero mientras no se explique
mal le puedo comprender.
En fin, tiempo há que me tratan
todos ellos. La viudez
me da cierta independencia;
mas, auuque á solas me ven,
de ninguno he recibido
hasta ahora ni papel,
ni declaración verbal
por donde pueda creer
que me aman. Los tres me estiman,
y no fuera yo cortés
si tan finas atenciones
me negase á agradecer.
Sin embargo, muchas veces,
mientras una no da pié,
callan los hombres, y... Vamos,
ya sabe usted que soy fiel.
Ese cuerpo ha dado á todos
flechazo, sí; yo doy fe.—
¿Cuál de los tres ha logrado
inspirar más interés...
Vete, que don Agapito
quiere hablarme á solas.
¿EM
¿Qué tal?
Y aquí viene.
Pronto
le verá usted á sus pies,
tierno, rendido...
Algún nuevo balancé
querrá enseñarme, ó quizá...
Ello presto se ha de ver.
Yo me voy. (Ya por el pronto
cayó en el anzuelo un pez.)
ESCENA II
(MARCELA, DON AGAPITO.)
Ahora, bella Marcelita,
que no está aquí el artillero,
y sobre mesa el coplero
no sé si duerme ó medita,
pues sola oirme ha querido
colmándome de boudades,
voy á usar de mi licencia.
Prepare usted el oido...
(Para escuchar necedades.
¡Paciencia!)
No es por vanidad; nací,
señora, con tal estrella,
que apenas hay una bella
que no delire por mí.
Yo las dejo suspirar,
y prendido en otra red,
las miro con menosprecio;
que á todas uo puedo amar,
y mi alma...
Prosiga usted.
(¡Qué necio!)
Ya prosigo. El alma mia
sola usted ha cautivado,
y á la de usted se ha ligado
por secreta simpatía.
No es dura roca Marcela,
no es insensible diamante
al tierno amor que me inspira.
Sé que por mí se desvela;
me lo prueba á cada instante...
(Mentira.)
Permita usted...
Seré breve.
Pero sus ojos fatales
alientan á mis rivales,
y esta conducta es aleve.
Fijo yo en su corazón,
poco me debe afligir
algún amor transeúnte.
Pero, jqué demostración...
Déjeme usted concluir.
(¡Qué apuute!)
Si á solas está conmigo,
su sonrisa eucantadora
me prueba... pues, como ahora,
(Se sonríe Marcela.) que soy su más dulce amigo;
mas si viene el atronado
de don Martin... ¡fuego en él!
ó el mustio don Amadeo,
hago yo siempre á su lado
un ridículo papel.
(Lo creo.)
Pretendo, pues, y ya es hora,
que ese labio lisoDj'ero
ponga fin con un le quiero
al. ansia que me devora.
(Viene don Amadeo, Marcela le sale al en(
blan aparte.)
Entonces, si gloria tanta
que mi ventura completa
me disputa un temerario...
¡Calla! ¡Esta es buena! Me planta
para hablar con el poeta.
¡Canario!
ESCENA III
(MARCELA, DON AGAPITO, DON AMADEO.)
(Aparte con don Amadeo.) No, no me lo niegue usted:
ocioso es que disimule.
¡Si Juliana me lo ha dicho!
(Merece quien esto sufre...
Pero no; estará picada,
y darme celos presume.)
Estaba solo. Sentia
inspiraciones del numen,
y una letrilla amorosa
por pasatiempo compuse;
pero está tan incorrecta...
(Si lúe ve cou pesadumbre,
logra su objeto.)
¡Qué importa!
No es razón que se sepulte
eu el olvido. Veamos.
Bien: con tal que no la escuche
don Agapito...
¿Y por qué?
No temo á una mala nube
tanto como á un necio.
(¡Olí! Sí;
aunque se finge voluble,
ella me ama. Lleva á mal
que sin motivo la acuse...
Bien puedo yo ser su amaute
sin exigir que renuncie
á tener amigos.)
Bien:
pues yo liaré que desocupe
el puesto. — Don Agapito... (Se acerca á
(¡Miren qué pronto sucumbe!)
Quisiera... Perdone usted.
(¿No digo?)
Mandar por dulces...
¡Aun he de tener pastillas
aquí... mas son tan comunes!
¿Usted prefiere bombones,
no es cierto?
Lo que usted guste.
(Yo no los he de probar.)
No sé si en casa de Nuñez
los habrá. Si no los tiene,
yo veré en Los Andaluces...
No; yo mandaré á Juauillo...
¡Qué! Si ese hombre es tan inútil...
Es verdad. — Bien; vaya usted:
mejor será.
Me' confunde
tanta bondad. Voy volando. —
(Ya no es posible que dude
de su amor. Para que hiciera
tal distinción de ese fútil
poetilla, ó del insigne
don Martin.— ¡Ah! ¡Cuál me bulle
el corazón de alegría!
¡Digo á ustedes que se lucen,
señores mios!) Supongo
(Á Marcela con misterio, y haciendo el interesante. que...)
Ya... (Riéndose.)
Bien, bien; pero urge...
Sí...
(Moy satisfecho.) Basta, basta.— (Lo más
que resiste es hasta el luues.)
ESCENA IV
(DON AMADEO, MARCELA.)
(¡Habrá títere más...) Vamos;
ya nadie nos interrumpe.
Lea usted esa letrilla.
Será fácil que me turbe.—
Léala usted, si merezco
tanta dicha, y me disculpe
la ruego mi libertad.
(Temblando está.)
(Amor me ayude.)
(Lee.) Letrilla á Laura.
(No sangre;
hielo por mis venas cunde.)
(Lee.) «Mis ojos, que admiran
tu talle gentil,
á los tuyos piden
cadena feliz,
y ven en tus labios
las gracias reir,
contino te dicen
que muero por tí.
Si veo á tu ma'no,
que envidia al marfil,
del arpa divina
las cuerdas herir,
mi dulce embeleso,
mi gozo sin fin
te dicen, oh Laura,
que muero por tí.
Tú ves abrasado
mi pecho latir
desde que Amor me hiere
con dardo sutil.
Mis hondos gemidos,'
mi llanto infeliz,
te dicen sin tregua
que muero por tí.
Erato desdeña
mi plectro regir,
si no es que te canto
gloria de Madrid,
y* en versos que aspiran
á eterno buril,
oh Laura, te juro
que muero por tí.
Cautivo en tus ojos
me consumo así
cual roto y perdido
capullo de Abril.
Tú me ves, oh Laura,
penando morir,
y quizá no sabes
que muero por tí.
Ya es vano el silencio.
Yo te adoro, sí.
Por tí me atormentan
mil penas y mil.
Si airada la tumba
fc-i
me quieres abrir...
uo ignores al menos
que muero por tí.»
¡Oh qué preciosa canción!
(¿Seré yo esta Laura bella?)
Si hay algún mérito en ella
es todo del corazón.
No se llame sin ventura
quien maneja así la lira;
ni la belleza que inspira
tanto amor, tanta ternura.
¡Ahí ¡Si...
Nombre imaginario,
Laura sin duda será,
que los poetas allá
tienen otro calendario.
Y la razón es muy llana»
¿quién en los versos tolera
á una Blasa, á una Botera,
Gerónima ó Siuforiana?
¿Y tanta es la perfección
de esa Laura? ¿Ha sido fiel
el poético pincel?
¿No ha habido exageración?
(con entusiasmo.) Es de las gracias modelo;
la formaron los amores;
sus ojos^ encantadores
robaron la luz al cielo;
flores nacen donde pisa...
(Remedándole.) Su dulce voz enajena,
y las almas encadena
con su hechicera sonrisa;
su boca es fragante rosa
de Chipre... ó de Jericó. —
¿Piensa usted que no sé yo
cómo se pinta á una hermosa?
(Se burla. No me declaro.)
(¿Tendrá Juliana razón?)
¿Pero quién en conclusión
es ese portento raro?
No seré yo quien le nombre.
¿Es delito por ventura
el adorarla?
Es locura.
¡Locura! ¿Eso dice un hombre?
¿Es de áspera condición?
No,.que su agrado enamora.
¿Es casada?
No, señora.
Más honesta es mi pasión.
(Yo de mi duda saldré.)
¿Es amiga mia?
Sí.
¿Vive muy lejos de aquí?
No.
¿Quiere á otro?
No sé.
¿Hoy la habrá usted visto?
Ya.
¿Puso mala cara?
No.
¿Le ha dado á usted celos?
¡Oh!
¿Le ha hecho á usted preguntas?
¡Ah!
¡Qué lacónico es usté! —
Vaya; tome su canción,
y á la primera ocasión...
¡Ah! Ya es inútil. ¡j
¿"Por qué?
Porque su rigor me hiela.
Cualquiera de esto se halaga;
y si tanto amor no paga,
lo agradecerá...
¡Marcela!
Tome usted sus versos.
¡Oh!
¡Dale con tanto gemir!
Acabe usted de decir
que soy esa Laura yo.
(Turbado.) ¡AL! Si... mi... la..
(Riéndose.) Si... mi... la..
¿Me enseña usted el solfeo?
(Perdido soy. Bier, lo veo.)
(Lástima y risa me da.)
Vaya; hable usted coa franqueza
monosílabo señor.
¿Soy yo causa de su amor?
¡Oh desventura! ¡Oh flaqueza!
De nada me maravillo;
y--
¡Dura fuerza del hado!
Vaya, hable usted, ó me enfado.
¡Ay Marcela!
(¡Ay tabardillo!)
¿Con que al fin he de romper
mi silencio?
Sí; ya es hora.
Pues la que mi pecho adora...
Ya no lo quiero saber.
¡Ah! (Se deja caer sobre nna silla.)
ESCENA V
(DON AMADEO, MARCELA, DON MARTÍN.)
Gracias al cielo doy,
que al fin ya libre me veo...
¿De quién?
De don Timoteo.
Bufando de rabia estoy.
¿Pues cómo?...
Mar™- ¡Malditos sean
sus sinónimos eteruos!
Hay hombres de los infiernos
que cuando hablan aporrean.
No acabara en quiuce dias,
á no hacerle yo acostar,
y torna á sus profecías;
y retorna al nacimiento...
¡Digo! ¡Pues teuia traza
de dejarme meter baza!
¡Oh, qué hablador tan sangriento!
Aquello era por demás.
¡Hija, qué nube! ¡Qué nube!
Intención mil veces tuve
de enviarle á Satanás.
No lo puedo resistir;
me desesperan, me endiablan
esos que hablan, y hablan, y hablan
sin respirar ni escupir.
Sirve en mi cuerpo uu alférez
que es hablador furibundo,'
y se llama don Facundo
Valen tin Pérez y Pérez.
No hay poder hablar con él.
¡Sí, sí, facilito es eso!
en soltando la sin hueso
á ninguno da cuartel.
Un dia se puso á hablar
conmigo: yo le quería
interrumpir. ¡Bobería!
Sintió que iba á estornudar.
En tan crítico momento
[qué hacer? La boca me tapa, el estornudo se escapa, y prosigue con su cuento. ¡Digo! Esto es ser hablador. Pues con tanta algarabía, por cartujo pasaría al lado de ese señor. Es mucha, mucha crueldad. Válgame Dios, ¡qué carcoma!;.. No lo tome usted á broma: eso es una enfermedad. Vamos; aun me dan sudores. ¡Qué suplicio! ¡Qué agonía! ¡Jesús!!! ¡Mala pulmonía en todos los habladores!.
Cuenta cou la maldición.
Pues qué, ¿me puede alcanzar?
No; á usted no, que es para hablar
la suma moderación;
mas, ¡oh prodigio admirable!
En el próximo aposento,
á usted le ha dado tormento
un hablador perdurable.
Pues véame usted; yo sudo
de fatiga y de pesar,
porque acabo de lidiar
con un sempiterno mudo.
¡Mudo! ¿Y quién...
¡Ábrete, abismo í
¡Calla! ¿No es mi primo aquel?—
Diga usted, Marcela: ¿es él
ese mudo?
¡Ay Dios!
El mismo. —
Nunca gusté de llorones.
¿Dónde hay cosa más molesta
que oir sólo por respuesta
suspiros é interjecciones?
¿Pero cuál es tu quebranto?
Amigos somos los dos.
Habla; di...
¡Pluguiera á Dios
que no hubiese hablado tanto!
Amor le saca de tino;
mas no sé quién le avasalla.
Si se lo pregunto, calla;
solloza si lo adivino.
Y por cierto que hace mal,
y procede como necio;
que de 'sensible me precio,
si no de sentimental..
Siento los males ajenos;
soy su amiga verdadera;
y satisfacer debiera
mi curiosidad al menos.
Pero si tanto le halaga
dentro del pecho bu pena,
guárdesela enhorabuena,
y buen provecho le haga.
Yo...
Quita allá, ¡que eso es mengua!
¡Nada! A salir del barranco. —
A bien que yo soy más franco:
no me morderé la lengua.
Yo no soy nada bal dador, v
que de prudente me paso;
pero cuando'viene al caso
hablo más que un sangrador.
Precisamente deseo
ahora más que nunca hablar:
¡tal dieta me ha hecho pasar
el señor don Timoteo!
Ya que usted me da licencia,
y puesto que el Dios vendado
al más lego, al más callado
da facundia y elocuencia,
basta, basta de tormento;
salga del pecho mi afán,
que estoy hecho un alquitrán,
y si no canto, reviento.
No hay que dudar de mi fe,
porque Dios me hizo soldado,
que Aquíles fué enamorado,
y Marte mismo lo fué.
No sirve contra Cupido
el vestir férrea coraza,
que cual si fuera de estraza
la taladra el fementido.
Harto he mostrado á mi dama
celebrando su belleza,
la intensidad, la fiereza
de esta pasión que me inflama.
Ní Amadla, ni Beltenebros,
ni cuantos de amor bramaron,
á sus bellas regalaron
tantos, tan dulces requiebros;
mas temiendo sus euojos,
admiro mi cobardía,
no la he dicho todavía:
«Muerto me tienen tus ojos.»
Mis intenciones son rectas:
bien lo puede conocer;
pero está visto, es mujer
que no.entieude de indirectas.
Yo con mi amor no la ultrajo,
porque al fin soy caballero.
Pues pecho al agua. ¿Qué espero?
Echemos por el atajo.
Marcela (¡Oh, qué exordio impertinente!)
¿Qué dice usted?
Nada digo.
Prosiga usted.
¡Ah!
Prosigo,
que ya he soltado el torrente.
Hay mujeres cuyo oficio
es barrenar corazones,
y con dulces ilusiones
sacar á un hombre de quicio.
Mujeres que á su pesar.
son imán de los placeres;
y en fin, señora, mujeres
que es forzoso idolatrar.
Graciosas, discretas, bellas,
y apacibles como el cielo,
¿cuál es el hombre de hielo,
que no suspira por ellas?
Una entre todas domioa,
como suele en los collados
entre tornillos menguados
descollar gigante encina.
Por ella estoy cou el Credo
en la boca; y no, no es chanza,
si no cumple mi esperanza
dará conmigo en Toledo.
Si el hombre más insensible
la adora mal de su grado,
¿qué haré yo, desventurado?
Yo, ¡que soy tan combustible!
Pues ese dulce martirio;
esa deidad de la tierra,
que me mueve tanta guerra,
que me infunde tal delirio;
ese apetecido bien;
esa suspirada aurora;
ese prodigio...
ESCENA VI
(DON MARTÍN, MARCELA, DON AMADEO, JULIANA.)
¡Señora!
Maldita seas, amen.
Venga usted, que hay novedad. —
Yo estoy loca.
¿Qué ha ocurrido?
Que Clitemnestra ha parido
con toda felicidad.
¡Clitemnestra!
¡Pobrécita!
¡Oh, qué gozo! ¿Y cuántos?
Tres.
¿Se puede saber quién es?...
¿Quién ha de ser? La gatita. —
Venga usted: el uno es negro;
otro tiene un collarín...
Perdone usted, don Martin. — (Se
Vamos, vamos.
ESCENA VII
(DON AMADEO, DON MARTÍN.)
¡Pues me alegro!
¡Oh, mujer aleve, ingrata!
¡Con la palabra eu la' boca
me deja como una loca
porque ha parido la gata!
¡Oh cielo!
¡Tratarme así!
¡Silo veo y no lo creo! —
¿Qué dices de esto, Amadeo?
Kesponde.
¡Triste de mí!
¡Quedamos lindas figuras
para adornar un retablo!
¡Ay!
Jeremías del diablo,
ya la paciencia me apuras.
¿De qué te quejas, maldito?
De mi desdicha.
Si es tanta,
mala angina en tu gargauta,
pon en las nubes el grito;
desahoga el corazón;
truena, y no con esa calma
te estés repudriendo el alma
con tanta lamentación.
Eu el café mucho hablar.
Vaya; ¿quién te pone tasa?
Y en entrando en esta casa
solo sabes suspirar.
Levanta; deja de hacer (te hace levantar.)
en ese rincón el buho,
y reneguemos á dúo
de esa funesta mujer.
Toma parte en mi rabieta,
y pues tanto irte ultrajó,
llámala tú, como yo,
frivola, falsa, veleta.
Por mucho que tú te asombres
de su garbo siu segundo,
di que Dios la ha echado al mundo
para acabar con los hombres.
Di coumigo, pues me mata:
«Mujer inicua y sin fe,
permita Dios que te dé
veinte arañazos la gata.»
No la haré yo tal agravio;
no tomaré tal venganza.
Sólo para su alabanza
osaré mover el labio.
Mientras con saña importuna
te quejas de su desvío,
yo la pondré, primo mió,
en los cuernos de la luna.
Diré que eclipsa la gloria
de Cleopatra, de Lucrecia,
y de aquella que en la Grecia
dejó perpetua memoria.
Diré que es,: cual otro Edén,
aquel rostro afable, hermoso.
Diré que es grato y sabroso
hasta su mismo desden.
Con tierua solicitud,.
si tanto puede mi acento,
encomiaré su talento,
ensalzaré su virtud.
Diré que e3 dulce, sencilla,
cuerda, apacible, donosa;
y diré en verso y en prosa
que es la octava maravilla.
¡Qué fuego! ¡Qué ponderar!
Estoy de oirte pasmado.
O la viuda te ha flechado,
ó yo no sé qué pensar.
¡Ah! Sí; mi pecho la adora,
y en él su imagen grabada...
¡Mire usted con qué embajada
me sale el primito ahora!
Yo bien decía entre mí:
este pisó mala yerba;
pero es tanta tu reserva...
nunca obsequiarla te vi...
Yo atendía á otro negocio,
y con mi afán no advertía'...
Pues escucha: juraría
que tenemos otro socio.
¡Otro! ¿Y quién?
Don Agapito.
Sí, pero en vano porfía.
Querer á ese hombre seria
imperdonable delito;
bien lo conozco. No obstante,
como amor todo es chiripas..'.
¡Qué! ¡Si da dolor de tripas
sólo el mirar su semblante!
Menospreciarle debemos,
porque á un bicho tan cuitado
le honraría demasiado...
Calla/ que aquí lo tenemos.
ESCENA VIII
(DON MARTÍN, N, DON AMADEO, DON AGAPITO CON UN CILCURUCHO DE.)
(dulces.)
Todo Madrid he corrido
por traer de los mejores,
hasta que al fin., ¡oh, seüores!
Marcela? ¿Dónde ha ido?
(Don Martin y don AmndVo rodean a don Agapito, 1. hablan con mucho misterio.)
A una solemne función.
¿A estas horas? No sospecho..
Está postrada en bu lecho...'
la viuda de Agamenón.-
¡Eb, señores! Esa chanza...
No es ilusión.
¡Oh maldad!
¡Oh perfidia!
¡Oh liviandad,
que está clamando venganza!
Vaya, basta de tramoya.
que es para aspar á cualquiera...
¡Oh Atrida! ¡Más te valiera
haber fenecido en Troya!
Pues digo que es buen humor...
¡Ay, señor don Agapito.
tres de una vez! ¡Oh delito!
¡Y el uno es negro! ¡Qué horror!!!
Véame yo confundido
si entiendo un solo vocablo.
¡Silencio!
Pero ¿qué diablo1?...
¡Chist!... Clitemnestra ha parido.
¿Clitemnestra? Per mi abuela...
¿Quiere usted que lo repita1?
(Dando palmadas.) ¡Ah! ya entiendo. La gatita,
la gatita de Marcela.
Por vida... Me alegro mucho.
Voy corriendo; voy á ver... (Despidiéndose.)
Señores...
¿Puedo saber
qué encierra ese cucurucho]
Son bombones, capuchinas,
almendras garapiñadas,
yemas acarameladas
y pastillas superfinas.
¿Gusta usted, dou Amadeo?
Y usted...
La ventura alabo
de don Agapito. ¡Bravo!
Ya hay dulces para el bateo.
Corra usted...
Gorra usted; sí.
Mi enhorabuena le doy.
Cuidarla muclio.
Voy, voy.-
■El negrito para mí.
ESCENA IX
(DON MARTÍN, DON AMADEO.)
¿Has visto, primo, en tu yida
más ridículo animal?
Ya se iba amoscando un poco.
¡Oh! Y si él se enoja, es capaz..
de caerse muerto.— Pero
dejémosle acariciar
á su Clitemnestra, y vamos
á otra cosa más formal.
¿Con que amas á la viudita?
¿Y quién, oh primo, verá
tantas gracias en su rostro
y en su cuerpo celestial
sin sentir dentro del pecho
un amoroso volcan?
A mí también me ha gustado
más de lo que es regular;
y por cierto, no esperaba
que fueses tú mi rival.
Yo creí que satisfecho
con merecer su amistad,
no aspirabas á la dulce
coyunda matrimonial.
Tampoco yo esperaba
que fueses tú su galán.
¡Poeta y amar de veras,
es cosa particular!
¿Y qué diremos de tí,
andaluz y capitán?
Como que iba yo á pedirte
me hicieses un madrigal
para pintar á Marcela
mi dulce cautividad.
Yo me iba á valer de tí
para decirla mi afán.
Pues querernos á los dos
no es posible.
Claro está.
Dejarla es duro; matarnos
seria una necedad.
[Qué haremos? ~ Querido primo, ya sabes tú cuan fatal soy en amores. La adoro. Sólo la tumba podrá de mi triste corazón la activa llama apagar; mas sea que no merezco tan peregrina beldad, sea que con tantos ayes la he llegado á fastidiar, bien conozco que Marcela no será mia jamás. Tú sabes mejor que yo la ciencia de enamorar. Yo soy tímido en extremo; tú eres en extremo audaz; á mí no me da esperanzas; acaso á tí te las da. — Yo te cedo su conquista: sí, Martin; y de este umbral apartado para siempre, triste, desvalido, ¡ay! lloraré mi desventura en amarga soledad. ¡Ah, ah!... Déjame reir. ¿Con que estoy para espirar, y te ries? ~ No hay cuidado: pronto te consolarás, que amores inconsolables no son fruta de esta edad.
¡Cómo! ¿Tú dudas, Martin,
de mi amor?...
No dudo tal;
pero hablemos con franqueza,
pues nos conocemos ya.
Hoy por Marcela suspiras;
mañana suspirarás
por otra.
Yo soy sensible;
yo no vivo sin amar.
Pues por eso mismo es fácil
que rinda tu voluntad
otra Filis ú otra Laura,
amartelado zagal.
Tres damas te he conocido
desde el dia de San Juan.
La cuarta es Marcela.— Vamos,
dime ahora la verdad:
¿no te atreves con la quinta?
¿No hay en tu pecho lugar
para hospedarla? ¡Qué diablos!
Aunque sea en el zaguán.
Aún me harás reir, Martin,
y eso es una iniquidad.
Ye también amo á Marcela;
pero amo á lo militar;
reservándome algún tanto
de juicio y de libertad,
por si hay que volver las grupas
hacia el cuartel general.
Guando la veo, me inflamo,
pierdo la chaveta, y más
si esgrime aquellos ojos
que tanta guerra me dan.
Confieso que si lograra
su mano, fuera el mortal
más dichoso, pero, amigo,
no me dejará enterrar
como amante de novela
si caíabazas me da.
Pero en suma, ¿qué partido
tomaremos?
Declarar
formalmente nuestro amor
á la viuda, y cada cual
ver cómo puede rendirla.
No es mucha temeridad,
que ella nos anima á todos
con su carácter jovial.
Manos á la obra, Amadeo.
¡Al grano! que lo demás
es perder tiempo. Al que venza,
su fortuna le valdrá,
y el que quedare vencido
ceda el campo á su rival.
Pues lo quieres, me conformo, i
Entre tanto, dame acá
esos cinco. Siempre amigos.
Siempre amigos. — Y del tal
don Agapito, jqué hacemos?
Declararle sin piedad
la guerra; mortificarle,
perseguirle y no parar
hasta echarle de esta casa;
que aunque él es moro de paz,
y no puede deshancarnos,
semejante orangután,
sin embargo, será útil...
¿Para qué?
Para estorbar.
Sigúeme; vamos á casa,
y dispondremos el plan
de ataque. (Mucho me engaño,
ó la hago capitular.)
FIN ÜEL ACTO SÉGUlNDO.
Acto tercero
ESCENA PRIMERA
(DON TIMOTEO, MARCELA.)
Pues hemos quedado solos,
ven; sentémonos aquí,
sobrinita.
Está muy bieu. (se siem.
¿Qué me quiere usted decir?
Muerto, ó difunto, tres años
hará el dia de San Luis,
. tu marido, tn consorte,
tu esposo don Valentin;
eres viuda, pero viuda.
todavía en el Abril;
quiero decir, en la flor
de tus años. ¿No es así?
Cierto. (¿A dónde irá á parar?)
Aunque en edad juvenil,
por tu estado, tu talento,
tu independencia, y en fin,
porque te dan tus haciendas
una renta de dos mil
y quinientos pesos fuertes,
que hoy dia es un Potosí,
eres hábil, apta, idónea,
según el fuero civil;
digamos, según las leyes,
y costumbres del país,
para hacer lo que te agrade
de tu persona gentil.
. Pero...
Sentado y supuesto
que tienes maravedís,
esto es, dinero, caudal
para poder subsistir...
Digamos...
Al grano, tio.
Aunque no es tampoco ruin,
ó, si se quiere, mezquina,
cicatera, baladí
mi fortuna, pues poseo,
gozo y disfruto en Madrid
seis mil ducados anuales,
que no es un grano de anís,
no te hago ninguna falta;
no necesitas de mí.
Pero apenas cinco lustros
acabas tú de cumplir,
ó sean veinte y cinco años;
y supuesto que en monjil
no se han de trocar tus galas;
y, si no quieres mentir,
una voz dentro del pecho
á nueva amorosa lid
te está brindando; Marcela,
sobrina, por San Dionís,
al yugo del himeneo
vuelve á humillar tu cerviz.
Cásate, y antes que muera,
antes que llegue al confín,
al término de mi vida,
que ya la tengo en un tris,
véame yo en tus hijuelos
renacer, reproducir,
ya que no pueda en los mios,
por culpa de mi Beatriz
que en gloria descanse, aunque ella
me echaba la culpa á mí.
Aun no soy tan vieja, tio,
que me tenga sin dormir
el ansia de pronunciar
en los altares un sí.
Doy por sentado que el hombre,
lo mismo aquí que en París,
es de la mujer apoyo,
como el olmo de la vid;
pero aunque tanta viudez
ya me empezase á aburrir,
porque insensible no soy
cual figura de tapiz,
eso de casarse, tio,
no se hace así como así.
¿He de pregonar mi mano
á son de caja y clarín?
No digo tal; Dios me libre
de pensamiento tan vil,
jporque vale más tu mano
que el imperio marroquí!
Quédese para las feas
el descaro y el ardid,
ó sea... ¡Cuántos habrá
que suspiren entre sí,
quiero decir, en silencio,
por enlazar, por unir
su destino con el tuyo!
Ahí tienes á don Martin,
al capitán, que delira,
bebe los vientos por tí.
¿De veras?
Sí, me lo dijo
sobre mesa, y no en latín,
porque, como al fin, criado
en la orilla del Genil,
tiene un desparpajo... Y vaya;
que no es cosa de escupir,
de menospreciar... Treinta años;
hombre fuerte, varonil;
capitán de artillería,
con haciendas en Goin,
y en Loja, y en Antequera;
noble como el mismo Cid;
franco, alegre... Para esposo,
vamos, no hay más que pedir. —
iAh, picar uela! ¿Te ries?
El se ha valido de mí...
Pero...
Entiendo. Tu modestia,
tu rubor... ¡Oh, qué sutil,
qué sagaz soy yo, qué fino
para esto de descubrir,
adivinar, sorprender
un secreto femenil!
Esto es hecho. Ahora á tus solas...
Adiós, me voy al jardin.
Echaré pan á los peces
y subiré perejil
para mañana. ¡Qué boda!
¡Qué brillante porvenir!
Serás muy afortunada,
muy dichosa, muy feliz.
ESCENA II
¡Pues! Porque ve que me rio,
ya se va tan satisfecho;
ya presume que mi pecho...
¡Qué original es mi tio!
Sensible soy como todas;
no me pienso emparedar,
pero me pongo á temblar
con sólo hablarme de bédaa.
Me hallo bien con mi reposo,
con mi dulce libertad,
y temo hallar en verdad
un tirano en un esposo.
Mas si al fin, como mujer,
me es forzoso sucumbir,
ya que yo lo he de sufrir,
yo me lo quiero escoger.
ESCENA III
(MARCELA, JULIANA.)
[Buenas nuevas! El criado de don Agapito ahora me acaba de dar, señora, este billete cerrado.
¿Y á quién dirige esa esquela
el señor don Agapito?
Lea usted el sobre-escrito.
(Toma el billete, y lee el 80bre.)
«Para la hermosa Marcela.»—
Extraño, por vida mia,
que un papel quiera enviarme
un hombre que pueda hablarme
á cualquier hora del dia
Faltándole atrevimiento
para hablar, la cosa es clara,
en ese papel declara
su amoroso pensamiento;
pues, por mucho que presuma
de la victoria, es constante
que maneja todo amaute
mejor que el labio la pluma.
Sí; carta es de amor.
t
Lo creo,
porque me dijo no há mucho..'.
Ya con impaciencia escucho.
Abra usted, pues.
Abro y leo.
«Adorable y adorada Marcelina:* Unidos
nuestros corazones por los ocultos resortes de
mágica armonía, como los sones del trombón
se acuerdan con los ecos del violin cuando
marcan los compases de una contradanza con
melodiosa cadeucia...»
¡Buen principio! Esto promete.
Me pasma tanta elocuencia..
Con melodiosa cadencia...
Vale un mundo ese billete.
«Dias., há que nuestros ojos son los únicos
intérpretes de nuestra recíproca ternura; pero
ha tomado tal incremento la mia, que ya no la
puedo contener en los límites de mi" silencio,
aunque expresivo y elocuente. Un poeta mi-
sántropo y calenturiento; un militar atolon-
drado y hablador, la bloquean á usted, y, en-
vidiosos de bqí ventura, parece que se empeñan
en secuestrar mis.amores. Declaro, pues, por
escrito, desesperado de poderlo hacer de pala-
bra, que mi gusto por la danza, mi pasión por
la moda, mi fanatismo por las sedentarias é
inocentes labores del bollo sexo, á que usted
pertenece, y con el cual aspiro á identificarme,
y últimamente, mi afición á las pastillas de
coco y á los merengues, no embelesan tanto
mis sentidos como una sola mirada de la inte-
resante Marcela. Arda, pues, para nosotros la
antorcha de Himeneo, y envidien todos los
elegantes de Madrid al derretido y amartelado
Agapito Cabriola y Bizcochea.»
¡Oh, qué melifluo papel!
Su lectura causa tedio.
¡Qué novio para un remedio!
Pues calabazas en él.
Me enfada su presunción
y su descaro inaudito.
¿Cuándo el tal don Agapito
conquistó mi corazón]
Si á mi despecho tal vez
sus visitas lie sufrido,
porque mi paciencia ha sido
mayor que su estupidez;
si su necia petulancia
me lia dictado con razón
algún elogio burlón
que lia convertido en sustancia;
si, como hago con cualquiera
por no poderlo evitar,
mi mano le suelo dar
al subir una escalera;
si sufro, por no hacer dengues
sobre lo que nada vale,
que alguna vez me regale
caramelos y merengues,
no le autorizo por esto
á tan extraña osadía,
ni mi amor jamás pondría
en hombre tan indigesto.
¡Uff! Me da dolor de muelas;
de mirarle me empalago.
Déle usted carta de pago,
y vaya á las Covachuelas.
No pasará de esta noche,
puesto que á tanto se atreve.
Ya que el demonio me lleve,
quiero que me lleve en coche.
¿Y qué le digo al criado
que espera contestación?
Le dirás que á la oración...
(Suena una campanilla.) Anda á ver quien ha llamado.
ESCENA IV
(MARCELA.)
¡Pues estará poco ufano
con mi pretendido amor!
¿Yo esposa suya? ¡Qué horror!
Antes cortarme la mano.
Yo le haré con mis desprecios...
¡Señor, que no lia de poder
ser amable una mujer
sin que la persigan necios!
ESCENA V
(MARCELA, JULIANA.)
Señorita, ¡gran correo!
Dos cartas más. ¡Qué fortuna!
Don Martin manda la una,
la otra don Amadeo.
También esperan respuesta
los criados de los dos.
Dame, dame. — Santo Dios,
¿qué conspiración es esta?
¡Bueno! ¿Qué hace usted con tres
declaraciones ahora?
Leamos. — «A mi señora
doña Marcela Cortés.»
(La veo eu terrible aprieto. —
¿Quién se llevará la torta?)
Esta á lo menos es corta.
«A Marcelita: soneto. —
Si digno fuera de tu ansiada mano
quien más rendido tu belleza adora,
pronto luciera la benigna aurora,'
término á tu desden, que lloro en vano.
Mas ¡ay! jamás logró poder humano
dar leyes al amor; jamás, señora,
que, á poderlas dictar, mi pecho ahora
se holgara de romper su yugo iusano.
No con dulce esperar me lisonjeo:
sólo te pido en premio á mi ternura,
el fatal desengaño que preveo:
Bien como eu cárcel hórrida y oscura
solía un tiempo el inocente reo
la muerte preferir á la tortura.
Amadeo Tristan del Valle J
A ese no habrá quien le tilde
de vano y de presumido.
¡Qué modesto, qué rendido,
qué respetuoso, qué humilde!
Si es cierto amor tan extraño,
yo estoy muy comprometida,'
porque va á perder la vida
si le doy un desengaño.
Pero es tan bello sujeto,
tan amable... Bien merece...
(Buena señal, que enmudece.)
Mucho me agrada el soneto.
Por fuerza ha de ser muy fiel
quien tales sonetos fragua.
¡Eh, señora! Pecho al agua.
Decídase usted por él.
No es imposible que sienta
lo que me dice.
Pues ya.
Pero el soneto quizá
se ha escrito para cuarenta.
Con tal marido, yo espero...
Después de la bendición,
suele volverse león
el más tímido cordero.
Mi corazón se conmueve,
y á ser la cosa conmigo...
Confieso que es el amigo
que más aprecio me debe;
mas casarme...
Voto á San...
Si no nos aventuramos,
(Después de un momento de reflexión.)
señora mia...
Leam üb
la carta del capitán. —
«Amable Marcelita: Esta tarde me hubiera
declarado verbalmente, á no habérmelo im-
pedido el parto de C lite muestra. Me dejó us-
ted plantado por una gata...»
Aunque nada hay malo en esto,
nunca tan frivola fui.
Para escaparme de aquí
me valí de aquel pretexto;
porque estaba ya en un potro,
y no podia sufrir
al uno por su gemir,
y por su charlar al otro. —
«Pero yo no lo atribuyo á desprecio, sino á
un capricho, á uua chanza, ó tal vez al de-
signio de hacerme ver que ciertas materias
se deben tratar sin testigos. — Ya es tiempo de
explicarme.
^Treinta años hace que soy soltero, y no es
para hombres de mi temple el ser toda la vida
de Dios una misma cosa. Unos me pintan el
matrimonio como el más espantoso cautiverio;
otros dicen que es un manantial de dichas y
de placeres. Cada uuo cuenta de la feria como
le va en ella. Yo quiero salir de dudas, por-
que siempre he sido curioso, y porque empie-
zo á cansarme de andar, como suelen decir, á
salto de mata. Los mandamientos de la ley de
Dios me prohiben hostilizar á la mujer del
prójimo. Dicen que todo lo puede el dinero:
mentira. Yo tengo tres mil duros de renta, y
nunca he podido comprar los verdaderos pla-
ceres, que otros más afortunados disfrutan
gratis. Me canso de lidiar con patronas y la-
vanderas. Por otra parte, cuando yo nací, mi
padre fué lo que yo no he sido todavía, y un
hombre como yo no ha de ser menos que su
padre. Por estas y otras razones he resuelto ca-
sarme; y habiendo de elegir una esposa
¿quién mejor que usted, viudita mía? Talento
gracia, hermosura... ¡Cuántos presagios de
ventura matrimoriall-Aunque creo que no
me mira usted con repugnancia, ignoro to-
davía el lugar que ocupo en ese corazón; pero
me parece que noharia usted ningún dispara-
te en casarse conmigo, porque, sin vanidad
me atrevo á ser tan buen consorte como el
primero.
»Ya ve usted que esto es hablar al alma
He dicho. Eesponda usted ahora con la mis-
ma franqueza á su resuelto pretendiente,
^. fi». F. B.-Martm Campana y Centellas.»
¡Epístola singular!
¿Has visto un novio más brusco?
Por cierto que el hombre es chusco.
¡Qué modo de enamorar!
Alabo su buen humor,
y su carta me da gozo,
que al fin es soberbio mozo...
Y muy soberbio hablador.
Mas congracia.
No ha de ser
Por mi voto el preferido.
¡Dios me libre de un marido
que hable más que su mujer!
¿Con que no te agrada?
No.
Yo le haria mil desdenes.
Juliana, mal gusto tienes—
¿Y si le escogiera yo?
Preciso es que la chaveta
perdiera usted, ama mía.
A quien yo preferiría
es al poeta.
El poeta...
Sí...
Yo hablo sin interés.
Ello, usted se ha de casar.
i ¡No me dejan respirar!
Vamos; ¿á cuál de los tres...
. Poco á poco. ¿Es puñalada
de picaro? Loca estoy.
¡Tres á un tiempo! Se lo doy.
Juliana, á la más pintada.
¿Pero qué contestación
á los criados daré?
Que aquí vuelvan, les diré,
sus amos á la oración.
¿Pues qué, va usted á salir?
Voy á hacer una visita
ahí arriba, á doña Rita.
lío me quiere usted decir...
Muy pronto, te lo prometo,
todos mi elección sabrán. —
(¡Qué franco es eí capitán!- —
¡Qué letrilla, y que soneto!)
(Se retira pensativa.)
ESCENA VI
(¡Mal haya tanto misterio! Ahora iria con el chisme á Gertrudis si supiera... ¡Desgraciadas las que sirven á estos señores que quieren que todo se lo adivinen! — Vamos, no dirá el poeta que Juliana es inseusible á su regalo. — Y presumo que la viuda le distingue. — Por otra parte, yo temo que la balanza se incline á don Martin.— Esta duda tanto me aburre y me aflige, como si fuera yo alguno de losares novios insignes.— Con esto, y con que después se la lleve el alfeñique de don Agapito... ¡Oh! No. ¡Qué locura! No es posible.— ¿Quién se acerca?— El es.)
ESCENA VII
(JULIANA, DON AGAPITO.)
Juliana,
muy buenas tardes.
Felices>
Ya sé que tu ama ha leido
mi billete. Di me, dime...
Le cita á usted...
Ya lo sé.
¡Si me lo ha dicho Felipe...
Pero yo estoy impaciente,
y es preciso que averigüe...
También ha citado
¿A quién?
Al poeta.
¿Qué me dices?
¿Se ha declarado por fin?
Sí, señor.
¡Mire usted!
ítem.
Comparecerá también
á su tribunal temible
el capitán don Martin,
á fin de que se administre
recta justicia á los tres.
¡Bien! Comparecencia triple.
¿Es concurso de acreedores?
Con tal que á mí me adjudiquen
la hipoteca... ¡Oh! ¿Quién lo duda? —
Me alegro de que nos cite
á un tiempo á los tres. Mi triunfo
así será más plausible,
más solemne, y mis rivales...
¡Cuánto voy á divertirme!
di: ¿cómo, cómo leyó
mi carta? Con apacible
sonrisa, con cierta... Aguarda:
¿te gustan los diabolines?
Aun tengo...
No soy golosa.
¡Qué le ha parecido el símil...
No entiendo.
La consonancia
de trombones y violiues,
comparada á nuestro amor.
El pensamiento es sublime.
¿Lo Celebró? (Va oscnrecieiido.)
Sí, señor;
soltando el trapo á reírse,
como yo.
Pues; de alegría.
Y dime: ¿tú no advertistes
palpitación en su pecho,
y así... un rubor...
(¡Oh, qué chinche!)
Excuse usted las preguntas,
porque yo no he de decirle
ni una palabra.
Está visto.
Sin duda se me apercibe
alguna dulce sorpresa.
¡Oh! Pero yo soy muy lince.
Al más lince se la pegan.
¡Oh! Lo que es á mí, es difícil. —
Hablemos claros: yo sé
que Marcela se desvive
por mí, y esos mentecatos,
en vano, en vauo compiten
conmigo.
Tengo que hacer,
y si usted me lo permite...
Anda con Dios.— Ah, te ofrezco,
luego que se realice
mi casamiento...
¿Un vestido?
Una libra de confites.
Mil gracias por la fineza.
(Mala víbora te pique.)
ESCENA VIII
(DON AGAPITO.)
¡Bravo! La victoria es mia.
Esta noche se despiden
mis rivales, y no bien
me dejen el campo libre,
trataremos de la boda.
A medio dia, convite
gastronómico: á la noche,
gran concierto, baile... Envidien
mi fortuna los que tanto
con sus bromas me persiguen;
los que me llaman enclenque,
y fatuo, y... Yo sé el busilis
mejor que nadie; y mujer
que á mis gracias no se rinde,
bien puede decir... ¡Qué veo!
allí vienen el belitre
de don Martin y su primo
¡Infelices!
ESCENA IX
(DON AGAPITO, DON MARTÍN, DON AMADEO.)
No puede tardar. Aquí
la aguardaremos.
¡Terrible
momento!
Don Agapito. —
Hagamos lo que te dije.
¡Duro en él! Yo por un lado;
tú por otro. Don Melindre,
(Dándole una palmada en el hombro.) buenas noches.
Poco á poco.
No quiero que me acaricien
de ese modo.
(Por el lado opuesto haciendo lo mismo.) Buenas noches. —
¿A cómo van los anises?
¡Eh, que mis hombros no son
de piedra!
No: son de mimbre;
ya lo sé; pero mi afecto...
Bueno está que usted me estime,
pero...
¡Cuidado, que soplan
unos vientos muy sutiles,
y usted no está para fiestas!
Le aconsejo que se cuide.
Pero, señores, ¿qué diablos?...
Quiero que ustedes descifren...
Guárdese usted del sereno.
Pero aunque yo me constipe,
¿qué le importa á nadie?
Vamos;
el que de esto no se rie,
no tiene gusto.
Oye para que te admires.
Ese apéndice...
¡Qué frases!
No; pues como yo me irrite...
Quiere casarse.
¿De veras? —
No haga usted caso. Son chistes
de mi primo. ¡Usted casarse!
Sí, señor. ¿Y quién lo impide?
Y con Marcela. ¡Ahí es nada!
¡Bueno es que ustedes me priven!..,
Hombre, no sea usted fatuo.
Hombre, no sea usted simple.
¿Dónde se ha metido usted?
Mejor es que se retire
con sus honores...
¡Por vida!...
Desde que tengo narices,
no me he visto...
¿Quiere usted,
con esa traza de tiple,
enamorar á Marcela?
Si fuera entonar un Kirie...
¡Oiga usted!...
¡Marido un quídam
que padece de raquitis!
Si usted se casa... perdone
que su fin le pronostique;
no vive usted veinte dias.
¿Qué veinte días? Ni quince.
¿Quieren ustedes dejarme?
¡Vaya una figura triste!
¿Pero hay valor para esto?
¡Vaya una cara de tisis,
que da gozo!
¡Voto á bríos!
¡Lindo mueble!
¡Lindo dige!
¡Me ahorcara!
¡Vaya un apunte!
¡Vaya un ente inverosímil!
Señores, basta de broma.
¡Eh! ¿Quiere usted que me explique
otro modo?
Mejor es.
Dejémonos de perfiles.
Renuncie usted á la mano
de Marcela.
Es imposible.
Deje usted de visitarla.
No es justo que nos fastidie...
Que nos estorbe...
Esas cosas
de ningún hombre se exigen;
y primero...
¿Con que usted
gallea?
¿Usted se resiste?
(Tirándole de un braio.)
Pues véngase usted conmigo.
(Tirándole del otro.)
Pues veremos si usted riñe
como habla. Sígame usted.
Señores, no me desquicien.
Déjale. Vamos al campo.
Es inútil que porfíes.
Antes lidiará conmigo.
Pero entre Escila y Caribdis
¿qué hago yo?
Suéltale.
Aparta.
¡Por piedad, no me asesinen
ustedes!
¡Al campo!
¡Al campo!
¿Quién me socorre? ¡Ah caribes!
ESCENA X
(DON AMADEO, DON AGAPITO, DON MARTÍN, DON TIMOTEO 7, JULIANA.)
(Don Martin y don Amadeo sneltan á don Agapito. Juliana trae luce».)
¿Qué es esto?
¿Qué es esto?
Nada.
Esos gritos...
Una broma.
Pero broma muy pesada.
¿Se pica usted, camarada?
Pues con su pan se lo coma.
¿Picarse? ¡Qué disparate!—
Pero al oir tal debate,
yo pensaba, por mí abuelo,
que se trataba de un duelo,
ó desafío, ó combate.
¡Qué! No señor. Le hemos dicho
que deje de pretender
á Marcela.
¡Buen capricho!
Porque ella es mucha mujer
para semejante bicho.
¿No ve usted cómo me insultan?
Yo lo sufro.
Por desidia.
Mas si antes no me sepultan,
Marcela... En vano lo ocultan:
se están.muriendo de envidia.
¡Silencio!— Amigos, ahora,
luego, más tarde, después...
Fuego de amor los devora;
mas ya vendrá mi señora,
y escogerá entre los tres.—
Oiga usted, don Amadeo,
(Se lo lleva á nn lado, y hablan aparte. Lo, don Timoteo con don Martin.) hablé por usted á mi ama.
De usted será. Así lo creo.
¡Fausto amor! ¡Dichosa llama'—
Mas ¡ay! te engaña el deseo.
Usted va á rendir el muro.
¿Será mía?
Lo aseguro.
¡Si vale usted un tesoro!
Lo afirmo, y lo corroboro,
y lo sostengo, y lo juro.
¡Cuánto tarda! Me impaciento.
|Oh! Con tisis y sin tisis,
ya se verá... Pasos siento.
Ya está aquí.,
Llegó el momento
decisivo; esto es, la crisis.
ESCENA XI
(DON TIMOTEO, DON MARTÍN, JULIANA, MARCELA, DON AGAPITO, DON AMADEO.)
Bienvenida.
(¡Oh dulce vista!)
Caballeros, buenas noches.
Aquí tienes tres amantes,
ó bien tres adoradores,
que solicitan, pretenden,
auhelan ser tus consortes.
Todos tienen buenas prendas,
ó cualidades, ó dotes;
y es fuerza que alguno de ellos
tu preciosa mano logre.
jA cuál de los tres eliges]
¿A cuál de los tres escoges?
Declarados ya los tres,
el triste deber me imponen,
mi amistad, mihouor, mi estado,
de decir á estos señores
libremente mi sentir:
y pues el poder del hombre,
como ha dicho alguno de ellos,
no manda en los corazones,
yo espero que sin reucor
á mi fallo se 'conformen.
Lo prometo.
Y yo también.
Y yo.
Tres declaraciones
he recibido esta tarde
que me colman de favores.
Ahora bien: responderé
á todos tres por su orden. —
Don Agapito...
¡Ay, Marcela!
(Sólo á mí me corresponde.
Sus ojos lo están diciendo.)
Aunque me sobran razones
para quejarme de usted,
pues no sé cuándo, ni dónde
lehe dado yo fundamento
para que tanto blasone
de mi soñado cariño...
Señora... yo...
Aquí se oye
y se calla...
La indulgencia
ha sido siempre mi norte;
y mal puedo yo evitar
que usted viva de ilusiones.
Le perdono su osadía. —
Por lo que hace á sus amores,
los agradezco en el alma,
siquiera por los bombones
que me regaló esta tarde;
mas le ruego no se enoje
si digo que para usted
mi corazón es de bronce.
¡Qué escucho!
No hay que afligirse.
Siendo tantos los primores
de esos pies y de esas manos,
mujeres hay, más de doce,
á las cuales un marido
como usted vendrá de molde,
ya que no haga justicia
á un mérito tan enorme.
Pero le daré un consejo,
siempre que á mal no lo tome.
Si usted pretende, hijo mió,
ser venturoso en amores,
déjese de caramelos;
robustezca sus pulmones;
emancipe su cintura
del corsé que se la come;
déjese de figurines,
déjese de rigodones;
que el hombre, ante todas cosas,
está obligado á ser hombre.
¡Usted también! Vive Dios,
que ya no hay paciencia...
¡Pobre
don Agapitol Si usted
consiente en que yo le adobe,
le cure, le restablezca,
desencanije y entone...
Déjeme usted, que estoy hecho,
un tigre, un rinoceronte.
¡A mí tal desaire! A mí..^
Estoy echando los bofes
de cólera y de... ¿Qué digo?
Eso quieren: que me amosque,
y me desespere, y... No;
que hay hermosuras mayores
muertas por mí.— Sí, señora;
y porque usted me abochorne,
no dejaré yo de ser
la delicia de la corte.
ESCENA XII
(MARCELA, DON AMADEO, DON MARTÍN, DON TIMOTEO, JULIANA.)
(Ese ya va despachado.)
¡Qué estúpido es ese joven,
qué necio, qué mentecato,
y qué estólido, y qué torpe!
No; pues como no se enmiende,
ó se corrija, ó reforme,
le anuncio, le pronostico,
le presagio mil sofiones;
¡oh! y exequias prematuras,
anticipadas, precoces.
¿Conque á quién le toca ahora1?
(Yo tiemblo como el azogue.)
Al señor don Amadeo.—
Sentiré que le incomode
mi franqueza. Yo le estimo
como á un hermano. Son nobles
sus sentimientos; su trato
el más ameno; es muy dócil,
muy fino, muy consecuente,
y me faltan expresiones
para ensalzar su talento;
mas, por mucho que me honre
con su mauo, nuestros gustos,
nuestros genios, son discordes.
El es serio, reflexivo,
taciturno; y yo, señores,
viva, alegre, bulliciosa.
Además, aunque él me adore,
jamás podré conseguir
que á las musas abondone;
y tendré celos de Erato,
de Talia y de Caliope. —
Mas ya que el hado no quiere
que esposo mió le nombre,
más tierna amiga que yo
no ha de hallar en todo el orbe.
(Mny exaltado.)
¿Amiga? ¡Qué profieres!
¿Merece mi cariño taDto agravio?
¡Ah! Rompa ya mi labio,
rompa el silencio, pues mi muerte quieres.
jOh tú, la más cruel de las mujeres!
jOh tú, cuyos hechizos
por mi destino aciago
adoro á mi despecho!
¿Sólo me ofreces de mi amor eu pago
yerta amistad?-^ Arráncame del pecho
en donde está grabada,
arráncame primero, ingrata, impía,
tu imagen adorada.
La amistad apacible
tal vez se cambia en amorosa hoguera;
¿mas dónde el insensible,
dónde está el corazón, cobarde, helado,
que á la amistad desciende
cuando en llama voraz Amor le enciende!
No, no. Sé mi enemiga,
pues no merece el mísero Amadeo
á par de tí ceñirse en los altares
la plácida corona de Himeneo.
En tanto mis pesares,
lejos de tí llorando, en la ribera
del lento Manzanares,
yo, con voz lastimera,
á los vientos daré tristes cantares.
¡Adiós!
Pero oiga usted...
No. Ya es envauo.
Primo...
¡Raras manías! —
Mire usted, considere, reflexione,
que como no abandone...
¿Ya va usted á ensartar sus profecías?
Cállese usted, y el diablo se lo lleve. —
¡Adiós, mujer aleve!
¡Adiós por siempre! ¡Adiós! Nuevo Macías,
víctima moriré de tus rigores.
En tiernas elegías
cantad, hijos de Apolo, mis amores,
y mi tumba llorad, llorad, pastores.
ESCENA ÚLTIMA
(MARCELA, DON TIMOTEO, DON MARTÍN, JULIANA.)
¿Don Martin, lloro ó me río?
porque á la verdad, yo dudo
lo que debo hacer.
nen-
es lo mejor.
¡Qué ex abrupto,
qué descarga, qué audauada,
qué tempestad, qué diluvio
de quejas y de clamores,
de lágrimas y de insultos!
¿Pero habrá perdido el juicio?
¡Cómo, si nunca lo tuvo!
Ya ve usted, poeta... Pero
no hay cuidado: ese es un flujo
de palabras. El morirse
de amores ya no está en uso.
Ea, vamos; ya está visto
que es tu novio ó tu futuro
don Martin.
¡Pobre poeta!
Aplaudo, celebro mucho
tu buena elección, tu acierto;
quiero decir, tu buen gusto.
Si merezco tanta gloria,
no habrá, señora, en el mundo
quien no envidie...
Usted perdone,
don Martin, si le interrumpo. —
Confiese usted que no tiene
todavía muy maduros
los cascos para marido.
Aun no está usted muy seguro
de quererme sólo á mí.
Aun están muy en tumulto
esas pasiones; y yo,
que no fui con mi difunto
muy dichosa, antes que humille
otra vez mi frente al yugo,
lo miraré muy despacio.
Palabras que como el humo
se disipan, nada prueban,
y á quien cumplió cinco lustros,
don Martin, no se deslumhra
con amorosos arrullos.
Aunque un poco atolondrado,
usted, no lo dificulto,
seria muy buen marido;
mas dice un refrán del vulgo
que lo mejor de los dados
es no jugarlos.
¡Me luzco
como hay Dios!
Pero sobrina...
¿Con que tampoco hay indulto
para mí?
Perdone usted.
No es vanidad, no, lo juro,
la causa de este desvío
con que á tres novios renuncio;
pero amo mi libertad
y en ella mi dicha fundo.
No aborrezco yo á los hombres
aunque severa los juzgo.
Confieso que para amigos
son excelentes algunos;
para amantes, casi todos,
para esposos... ¡abrenuncio!
Mi sexo me inclina á ellos;
mi razón toma otro rumbo. —
No sé al fin quién vencerá,
porque yo no soy de estuco.
Entre tanto ni desprecio
á los hombres ni los busco.
Buenas palabras á todos,
mi corazón... á ninguno.
Esta franqueza me encanta,
y seria un necio, un bruto
si, ya que aspirar.no puedo,
aunque de amor me consumo,
á una mano tan preciosa,
no cifrase yo mi orgullo
en elogiar á Marcela
y en llamarme esclavo suyo.
¿Con que rio se casa usted?
He de bajar yo al sepulcro
sin el consuelo, el alivio,
el gusto, el placer...
Presumo
que así será.
¿Mas porqué?
¿Por qué, mujer? Yo me aburro.
Boda quiere la soltera
por gozar de libertad,
y mayor cautividad
cou un marido la espera..
En todo estado y esfera
la mujer es desgraciada;
sólo es menos desdichada
cuando es viuda independiente,
sin marido ni pariente
á quien viva sojuzgada.
Quiero, pues, mi juventud
libre y tranquila gozar,
pues me quiso el cielo dar
plata, alegría y salud.
Si peligra mi virtud,
venceré mi antipatía,
mas mientras llega este día
marido? ni pintado,
porque el gato escarmentado
huye hasta del agua fría.
Los humanos corazones
yo á mi costa conocí.
Pocos me querrán por mí;
cualquiera por mis doblones. —
Celibatos camastrones,
buscad muchachas solteras,
que muchas hay casaderas.
Dejadme á mí con mi luto.
Paguen ellas su tributo:
yo ya lo pagué, y de veras.
No perturbéis mi reposo.
Hombres, yo os amo en extremo,
pero á la verdad, os temo
como la oveja al raposo.
Este es necio; aquel celoso;
avaro y altivo el uno;
otro infiel; otro importuno;
otro...
¿Está usted dada al diablo?
No hay que ofenderse. X° hablo
con todos y con ninguno.