Acto primero
(Personas: ÁNGELA; LA MARQUESA; NARCISA; DOÑA FLORA; DOÑA IRENE; DON BRUNO; DON BERNABÉ; DON DESIDERIO; DON ADOLFO; DON FILOMENO; Señoras, caballeros, criados.)
(Salón de una fonda contiguo al comedor. En el ceiilro un gran velador: otro mas pequeño á la izquierda cerca de un balcón: butacas y sillas ad libitum: puerta en el foro, que conduce á la escalora y también á los cuartos de los huéspedes: la del comedor, en los bastidores de la derecha. Al levantarse el telón aparecen ya sentados en torno al velador grande, ó poco separadas de é!, las parejas de ambos sexos y de varia edad que no toman parte en el diálogo ó lo hacen en coro cuando se indica: algunos individuos toman café ó té, y no hay inconveniente en que tal cual caballero fume. D. Filomeno sale del comedor dando el brazo á Doña Flora; le sigue D. Desiderio de bracero con Narcisa, y D. Adolfo ulern con Doña Irene.)
ESCENA PRIMERA
(NARCISA, DOÑA FLORA, DOÑA IRENE, DON ADOLFO, DON DESIDERIO, DON FILOMENO, DAMAS, CABALLEROS, DOS SIRVIENTES.)
Aquí?
Bien. Gracias, fse sientan.)
Café
á esta señora.
Con leche.
Á mí, puro.
Narcisita,
qué es lo que usted apetece?
(Sentándose, y á su lado D. Desideiio.)
Gracias. Por ahora, nada.
Después lomaré un sorbete,
(Dejando sentada á Doña Irene y sentándose
también.)
Qué quiere usted que le sirvan?
Té?
Té.
(ai mozo.) TÚ, té á doña Irene. —
Á mí sírveme una copa
de perfecto amor.
¿Y el huésped
que vino anoche?
.Mi amigo?
Antes de alzar los manteles
pidió café al camarero,
y creo que, sin moverse
del comedor, lo estará
tomando.
Sí? ¡Vaya un ente...
Es tétrico, taciturno
y, quizá porque las teme,
no, como á mí, le cautivan
las gracias de las mujeres.
Oiga!...
Tiene sin embargo
dotes apreciables...
Puede;
y dirá usted que se calla
muy buenas cosas.
No suele...
Pero yo debo inferir
de su conducta silvestre
que es un mal hombre...
No tal.
Ú un majadero solemne.
Eh! ¿qué nos importa...
Á mí
nada.
(Levanlindose y también D. Adolfo y otros caballe-
sos: algunas señoras mudan de asiento, y quedan
asi todas las fipuras dando frente al público )
Va siendo ya fuerte
el calor.
No es maravilla,
porque ya estamos á veinte
de mayo.
Y las alcacliofas
se van espigando.
Y pierde
su aroma la rica fresa.
y las familias se vuelven
á Madrid: en pocos dias
se queda Aranjuezsin gente.
Sí: apenas hay ya en el sitio
tal cual ciudadano enclenque...
Y los que tienen aquí
casa propia.
Ya se entiende.
En las fondas nos saquean
impune y horriblemente.
Sin embargo, á mí me encantan
esos amenos verjeles,.1
esas frescas arboledas,
y la apacible corriente
'del Tajo, y tanto edificio
suntuoso, y la grama verde
íjue brinda pasto abundante
á becerros y corceles,
y los grupos mitológicos,
y la cascada, y el puente...
Hasta -Sím Juan, no se me hable
drt dejar tan grato albergue.
Digo lo mismo.
Ya: usted...
Me prueba perfectamente
este clima.
No es el clima
lo que..., pues!, sino... Qué peje!
Todavía es agradable
aquí la vida.
Eso siempre.
Aranjuez es un trasunto
dei Paraíso terrestre.
Y más cuando en él reside
la Marquesa de Albaalegre.
(Risitas y murmullos )
(ídolo mió!)
Á propósito,
en sus salas esplendentes
da baile esta noche.
Sí.
Y ha repartido billetes..
Á mí.
Á mí.
Á todas.
A todos.
Y habrá buffet.
Eso es de ene.
Allá irán ustedes...
Todas.
De veinticinco alfileres.
Pche!...
¡Es tan obsequiosa...
Oh! mucho.
(Aparte con D. Desideiio.) Yo creo que esa ave fénix
cubre un orgullo sin límites
con su dulzura aparente.
Tal vez, y en cuanto á hermosura,
aunque.Adolfo la celebre,
hay aquí... (Sigupn halilamlo en V02 baj-i.)
(Mal haya el baile!
Yo voy á eslar en un brete.)
La casa es bella, espaciosa...
Sí.
Y qué elegantes los muebles!
Lo que me enamora á mí
es aquel lindo parterre...
Pues ¿y el jardín interior?
DelÍCÍJ3S0! (Cerno inspiíada.)
Oigan ustedes. —
Va que (lo jardines se habla
y Araiijiiez todo es jardin,
y sin aromas no alcanzo
cómo hay quien pueda existir,
pcrmilame la terlulia
que del más grato y sutil
entre los cinco sentidos
haga yo el encomio aquí. —
Dios mismo la prelerencia
le dio cuando en un pensil,
y no en alcázar grandioso,
creó al padre de Caín.
Y si propicio acogió
los cánticos de David,
fué porque en nubes de incienso
se elevaron al cénit.
¿Qué mucho si gustan de él
el Gran Turco y su visir
y todo procer viviente
solariego ó mercantil?
_(Llega D. Bruno por la puerta de la derecha, á Io< pocos pasos se iletiene; echa una mirada desdeñosa y triste sobre Doña Flora y su auditorio, que no reparan en él; atraviesa por detrás el tablado, Fe sienta junto al velador inmediato a\ halcón; lema y lee para sí un periódico que habrá sobre éi, prestando de vez en cuando leva atenrion á lo que oye.)_
ESCENA II
(LOS PRECEDENTES, DON BRUNO.)
Vo, toda fé, que no entiendo
lo que cantan en latín,
cuando el turíbulo agita
piadosa sobrepelliz,
i'.n devoto arrobamiento
creo de este mundo vil
alzarme al celesip empíreo
coa alas de serafín.
;,Por qué es la e-taciou raas dulce
la primavera?, decid:
¿por qué de los-doce meses
el más risueño es Abril?
Porque en él céfiro blanco
sus cálices hace alwir
á la rosa purpurina
y al voluptuoso alelí.
Una de las tres Arabias
lleva el nombre de feliz
por las drogas odoríferas
que el suelo prodiga allí.
¿Qué deleite hay que se iguale
al olor del ámbar gris,
ó al que despiden pastillas
de estoraque ó de l>enjuí?
<cEl mas fino paladar,
puede el olfato decir,
inútil fuera si estímulos
no recibiese de mí.» —
«Conforta, dice un gastrónomo,
el olor de ese pernil,»
y no en vano está la boca
tan cerca de la nariz.
Ni al recreo del olfato
basta el terrestre confín,
que el don de beatitud
le sublima entre otros mil.
En más de un duelo mortuorio
juran Inés ó Beatriz
que en olor de santidad
murió Petra <j murió Gil.
Pero si, á distancia inmensa
lie Raquel ó de Judit,
con tan alto privilegio
no me puedo yo engreír,
para que el nasal inikijo
en mí tenga un paladín,
basta saber que sus goces
me convidan á dormir.
Hay en los suaves efluvios
de clavel, nardo ó jazmín
una virtud soporífera
que yo no sé resistir.
■y qué puede apetecer
mejor que un sueño infantil,
seráfico, una individua
cansada ya de vivir?
No obstante, como pudiera
ser mi moilorra incivil,
al órgano que celebro
(Sacándola caja y tomando un polvo.) dar suelo el quién vive... así. —
Olí rapé! Yo te bendigo.
Los diamantes del Brasil,
tu noble patria, ¿qué son
cuando los comparo á tí?
¿Qué aroma al tuyo aventaja,
y qué fruición no es pueril
en parangón con el vivo
cosquilb'O...
(Estornuda.) ¡Acllís!... ¡Acllís,.
Dominus tecutnl
Jesús!
Mil gracias. — Ali! ni unalmrí
goza... Acbís!— Un polvo?
Gracias.
No gasto...
Yo un celemín
al mes; que otros regodeos
me veda, ay! la edad senil,
y mi sensibilidad
toda está ya en la nariz.
Brava!
Muy bien!
Gracias. Yo...
Bien ba probado su tesis.
La siesta es larga, y pudiéramos
improvisar una especie
de Academia en que de asunto
á la discusión sirviesen
los sentidos corporales.
Sí!— Sí!
La voz elocuente
de mi abuelita ba hecho ya
del sentido que prefiere
lujninosa apología:
otro ahora, francamente,
sobre el órgano auditivo
pudiera hacer una breve
disertación.
Aprobado!
Pero ¿quién ha de ser ese?
(viendo á D. Bruno y acercándose á él.)
Ah! Ya estás aquí!
(Mientras los dos hablan aparte, otros iuterlocuto-
res hacen lo mismo.)
Aquí estoy.
Ven...
No quiero oír sandeces.
Qué hombre!... Te divertirás...
Á mí nada me divierte.
Nadie toma la palabra?
Ka! abierto está el palenque.
(Ah! ya está allí.) ¡Callan todos...
Nombremos un presidente,
ante todas cosas.
Sí.
Y él reparta los papeles
como guste.
Norabuena.
Yo doy mi voto á don Félix.
■Yo no tengo autoridad...
Ninguno del sexo fuerte
debe tenerla entre damas.
Sea una de las presejites
quien presida.
Sí!
Narcisa!
Sí!-Sí!
(Con afectada modestia.)
Gracias. No merece
mi humildad tan alta honra.
(Necia!)
Pero de obediente
me precio, y pues el señor
don Filomeno Gutiérrez
es gran músico...
No; un mero
cliUeUante...
(Mequetrefe!)
Hable él del oido,
Eh!... Yo...
No admito excusas ni dengues.
Bien; pero ruego al concilio
sea conmigo indulgente. —
Respeto en mi señora,
la insigne dona Flora,
el entusiasmo férvido
con que hace el panegírico
de la virtud de oler;
mas lícito me sea
decir á la Asamblea,
á fuer de fdarmónico,
que sólo está en el tímpano
la fuente del placer.
Orejas de beocio
son las de! rudo socio
que al atractivo plácido
del laúd y la cítara
se muestra contumaz.
¿Y qué diré del canto?
¿Dónde hay mayor encanto,
ora sea barítono,
tiple ó tenor el músico
que al alma da solaz?
Si es algo la armonía,
si algo es la melodía,
dígalo el arte mágica
con que dio muro al ámbito
de Tébas Anfión:
demuestre su eficacia
el semidiós de Tracia,
que confusas y mínimas
amansó al tigre indómito
y al soberbio león.
Bien sé que estos prodigios,
de que ya no hay vestigios,
son para los incrédulos
extravagantes fábulas
que no merecen fe;
más dan prueba inconcusa
de que Enterpe es la musa
más noble y de más mérito,
y su virtud, omnímoda
siempre en el mundo fué.
Y mito, como Orfeo,
no fué en Grecia Tirteo,
do las liaces belígeras
inflamando los ánimos
con su elocuente voz;
ni Gallego y Quintana
cuando á la gente hispana
con su e.'tro dieron ímpetu
contra el intruso déspota
y su hueste feroz.
¿Y aeasD no da creces
al valor de las preces
que alzamos al Altísimo
el aliciente eufónico
del mí y el do y el fa?
¿Y acaso al Dios que adoro
no es ledo el almo coro
con que ángeles y arcángeles
cantan de gozo e.\táticos:
«Hossana á Jehová?» —
Pero á este globo humilde
torno, antes que me tilde
algún grave teólogo
de que mi vuelo rápido
sale del diapasón.
La música es consuelo
del hombre, es don del cielo,
y no hay, dice un íilósofo,
mas potente vehículo
de civilización.
Canta, ó toca la flauta,
el cautivo, y elnauta,
tenga o no viento próspero,
canta cruzando el piélago
de Cádiz al Perú.
¿Quién no canta, ya tango,
ya jota, ya fandango;
responsos el presbítero;
si es iiu jaque, una jácara;
si es un niño, el Mainlirú?
Hasta los holentoles,
tan salvajes, tan zotes,
hasta ios antropófagos
cantan..., aunque su método
no es, por cierto, el mejor;
y iiacen alegre salva
con sus trinos al alba
pajarillos sin número,
y es su maestro al cémbalo
el tierno ruiseñor.
Basta. Con un axioma —
y no lo tome á broma
mi auditorio benévolo —
á este arrebato lírico
daré fin: allá va.
¿Dónde iiay cosa que al hombre
más deleite y asombre,
dónde hay un espectáculo
comparable á la ópera,
mi gloria y mi maná?
Ya la escriba Paccini,
ya Verdi, ya Bellíni,
ó ya el cisne de l'ésaro;
ya sean sus intérpretes
la.Alboni ó Tamberlik;
no en vano solemnizo
su poderoso hechizo,
que triunfa con estrépito
de Pontevedra á Vich.
Bien!— Bien!
Se ha lucido usted,
Don Filomeno.
(Ap.) (con D. Bruno.) Qué tal?
Pche!...
Quizá ha sido hiperbólica
mi peroración.
Quizá.
Sin embargo, señorita,
aun no he dicho la mitad
de lo que inspira á mi pecho
un arte tan celestial.
Pudiera añadir que el canto
es irresistible imán
de las almas, Sdbre todo
el canto sentimental,
romántico.,.; y que en la tierra
no hay poder ni autoridad
á que no se sobreponga
si una boca de coral...,
quiero decir femenina,
con él hace delirar.
Bien puede una cantatriz
ser necia, superficial...,
fea, aunque sus gorgoritos
se aplaudan en sociedad.
¿Acaso en el bello sexo
no hay otros méritos...
Sí hay;
mas para mí el de una prima
donna es el bello ideal.
Harto es que con ríos de oro
se pague su habilidad,
sin que á cada cantarína
erijamos un altar,
exclusivo privilegio
reservado desde Adán
á las hermosas.
Sí.
Apoyo!
Usted me permitirá
que...
(Siempre afectada y melindrosa.)
No lo digo por mí;
que si bien más de un galán
pondera mis atractivos,
no paso de regular.
(Tonta!)
Tenga usted presente,
y téngalo el Tribunal,
que, patrono de uu sentido,
ponerle en primer lugar
es mi obligación, Xarcisa,
coiiiparailo á los demás.
nien puedo yo, á fuer de músico,
;i una Paltí idolatrar,
cuya gracia peregrina,
cuya voz angelical
me arrebatan, me...
(Con retintiri.) Su VOz!...
Una voce poco fa.
(Riendo.)
Ja, ja... Bien!
Bien!
Respetando
su pericia musical...
Ob dival
Digo que soy
anli-pálica.
(Es verdad.)
Sostengo...
Al orden!— Abora,
pues basta de solfa ya,
diga qué opina del gusto
Don Adolfo MontaLban.
Yo no soy juez complétente...
Sí!— Sí!
En eso cada cuál
tiene su criterio, y yo...
Que bable!— Que bable!
Bien está;
mas no se critique luego
mi urbana docilidad.
(( Gustos y disgustos son
no más que imaginación,»
es proverbio á que dio fama
servir le título á un drama
de Dou Pedro Calderón.
¿Qué juicio liaré yo del gusto,
si a lemas recapacito
en ol o refrán vetusto
que dice, y dice lo justo,
«de gustos no bay nada escrito?»
Y si al encuentro me sale
cle adagios tan verdaderos
otro adagio, caballeros,
que dice claro: «más vale
un gusto que cien panderos;»
Y si alguno me replica; —
que á todo en verdad se aplica
la ciencia de los refranes, —
diciéndonie: ¡eli, voto á sanes...
«sarna con gusto no pica;»
Yo diré que aun los regalos
más de una vez son muy malos,
y que aquí, y en el Catay,
amables señoras, «hay
gustos que merecen palos.» —
Pero, tomándolo á chanza,
ya que tanto se me apremia
á que entre también en danza,
diré á esta docta Academia
lo poco que se me alcanza.
Opino en primer lugar —
y esto prueba la excelencia
de órganf) tan singular —
que no está su residencia
tan sólo en el paladar.
Así, de una señorita,
que á adorarla nos excita
sin comerla ni bebería,
para afirmar que es bonita
decimos que es una perla;
Y más de tres negociantes
que bullen en las subastas,
sin ser de niñas amantes,
b son, y muy entusiastas,
de perlas y de diamantes.
Y en los muebles y en los trajes
hay gustos, malos y buenos,
y en materia de carruajes,
ó si.se quiere eqiHpajes...
Galicismo más ó menos...
Y hay gusto en artes muy vario;
y por hn, que el inventario
es muy prolijo y me arredra,.
hastu liny gusto literario,
lumqiio no cunde ni medra. —
Yo, blando de corazón,
á todos pago cstipenJio
tributando adoración
al dulce objeto, perdón!...,
que es de todos el compendio.
(Tomanda su sombrero.) Y pues ya la liora es,
aunque beso los de ustedes,
que me precio de cortés,
tierno como un Ganimédes
voy á ponerme á sus pies.
ESCENA III
(LOS PRECEDENTES MENOS D, DON ADOLFO.)
Guapo mozo!
iMuy simpático.
Sí, Dcro es de lamentar
que por la altiva Marquesa
suspire con tanto afán.
Lo sabe la ilustre viuda,
y la indulgente amistad
con que boy le bonra, bien podría
en afecto más cordial
convertirse.
Eso no prueba
sino que él es un bausán,
y ella... Mujer tan pagada
de su nobleza feudal
¡casarse con un hidalgo
de misa y olla!... Jamás!
Sólo por coquetería
oye sus lisonjas...
(Viendo Hogar por la puerta del foro á Ángela y saliendo á recibirla: las otras damas se levantan tarabien para camplimenlarla.) Ah!
ESCENA IV
(LOS DE LA ANTERIOR, ÁNGELA.)
Dan ustedes su permiso?
(Abrazándola y besándola.)
¿Quién te lo puede negar
átí?
Áugela! (La besa.)
Señorita...
Oh amiga!...
(Saludando á derecha é izquierda.) ¡Tanta bondad...
Siéntense ustedes por Dios...
(Á Doña Flora ) Oh señora!...
Ven acá.
Dame un abrazo.
Felices,
— Pilar!...
Ángela!
Saludo al buen
don Desiderio Alc'iráz.
(Á D. Bruno, que contesta con una reverencia ) Beso á usted la mano.
Siéntate
conmigo aqui.
(La hace sentar á su lado. Los demás interlocutores se van sentando también, quedando juntos como antes D. Bruno y D. Desiderio.)
(Quién será?)
¿Tu hermano...
Bueno. Esta tarde
hay junta municipal,
y como es síndico...
Sí.
Mientras él discute allá
so' re pastos y subsidios,
a.-uí ví^ngo yo á pasar
h«. si^'-íT agradablemente.
Ingrnt:.! Sais días ha
que no te habíamos visto.
Me lia dejado en el portal
y luego vemlrá ú buscarme.
Con niucba oportunidad..Y.
llegas.
Si?
Sí. Convertida
nuestra tertulia liabitual
esta tarde en una especie
de congreso de Aquisgran, C'.-
estamos deliberando
con mucha formalidad
sobre los cinco sentidos
corporales.
¡Singular
certamen!
Presido yo.
(En voz baja.)
Si á la mas bella se da,
nadie mejor...
Me abochornas...
Merece esa dignidad.
Han sido ya celebrados
gusto, oído y paladar:
faltan el tacto y la vista.
Ese es el mas principal.
Sí? Pues ya que tú lo dices.
tú lo has de justificar.
Yo? Pobre de mí! ¿Qué entiendo
yo... ¿qué borla doctoral
me autoriza...
Á nadie es lícito
abstenerse de votar.
Si es tan rígido el programa...
Sí.
(Menos D. Bruno.)
Que hable!
(Con resignación.) Hablaré.
Escuchad.
(D. Bruno deja el periúdico y presta atención.)
Son tacto, gusto, olfato, vista, oído,
órganos, más ó menos esenciales,
que el Cielo concedernos ha querido
para gozar los bienes mundanales,
y su fe y su razón dará al olvido
el que, deudor de beneficios tales,
de Dios la mano santa no bendiga
que á criaturas tantas los prodiga.
Cuánto sea el caudal de sensaciones
que en los cinco sentidos se atesora,
no bastan á expresar breves razones,
y menos si las dice quien ignora
de la filosofía las lecciones,
y aquí, no como ex cnthedra perora;
pues sólo en confianza y llanamente
dice, por decir algo, lo que siente.
Más, sin que niegue al paladar su fuero
de triunfar en opíparo banquete;
ni al olfato el deleite lisonjero
de gaya flor ó asiático pebete;
ni al tacto sus primores; ni severo
juez sea yo del bufo y el falsete;
potleres son los cuatro que de hinojos
deben dar primacía al de los oj«s.
No en vano, cuando á límites redujo
tan cortos la divina Providencia
el paladial como el nasal intlujo;
y no gira en mayor circunf rencia
la mano; y aunque alarde de más lujo,
de olfato, gusto y tacto en competencia,
hace el oído con su alcance extenso,
el de la vista es formidable, inmenso.
Ella en celeridad excede al rayo,
y á apartada región alzando el vuelo,
ya las nieves contempla de Moncayo,
ya las llamas del árido Gíbelo;
ella desde la cuna de Pclayo
registra el mar profundo; ella en el Cielo
desde esta pobre terrenal esfera
millares de astros mide y enumera.
Aun puede, de otros órganos privado,
la vida amar, sí vive sin mancilla,
hombre á quien Dios el don ha conservado
de admirar tanta y tanta maravilla;
mas saber un mortal infortunaflo
que claro sol sobre su fronte brilla,
y él sin tregua gemir en noche oscura!..
Oh! no hay consuelo á tan cruel tortura.
VBien!
Muy bien!
Bien!
^f^sm. Archibien!
(¿Qué magia, qué talismán
á esa interesante joven
diú el Cielo... ÍMe ha hecho llorar.)
Don Desiderio hable ahora
del tacto.
Otro más capaz
puede..
No; usted: yo lo mando;
nn hay que hacerse de rogar.
Corriente. Hagámoslo pronto,
ya que hemos de hacerlo mal.—
Sólo por pura obediencia
á pagar mi óbolo acuilo;
pero el lema es peliagudo
y á más de una reticencia
be de apelar, ipso facto,
si hablo con tacto del tacto.
Que hay en él sumo deleite,
aunque algún triste percance
le siga, eso está al alcance
de cualquiera que se afeite;
pero,xómo, ni en extracto,
explicar lu que es el tacto-.
Pobre será el e.xpedienle;
si, esquivando el material,
hablo del tacto moral
y escapo... por la tangente.
Metafórico, no exacto,
me dirán, es ese tacto.
Si algo menos metafisico
aseguro desde luego
que es prodigioso en el ciego
como el oitlo en el tísico,
alguien dirá estupefacto:
no se trata fie ese tacto.
Si afirmo bajo mi le
que en este órgano están todos,
pues toca de varios modos
quien gusta, huele, oye y ve,
el auditorio compacto
dirá: «al grano!; esto es, al tacto\
Vaya! ese santo varón,
temiendo ser algo verde,
en triquiñuelas se pierde
y lio toca la cuestión.
Cumpla usted mejor el pacto.
Donde no hay roce no iiay tacto »-
Y culparán mi insolencia
si quiero ser más explícito;
y aunque suprima lo ilícito
no habrá para mí indulgencia;
¡me escomulgan en el acto
por crimen de leso tactol
Perdone la sociedad
mi prudente diplomacia;
y pues, antes que una gracia,
diré una hnrbaridad
si no me atengo á lo abstracto;
dejemos intacto el tacto.
(.ORO MASC.)
Tocando esa tecla
salvó la dificultad. —
Para terminar ahora
el debute, convendrá
que haga de él algún tertulio
el resumen general.
Sí!
Aplautlo...
(Mnslianiioá O Bruno )
Aquel caballero...
Yo!
Sí; iisled dos honrará...
Todas se lo suplicamos.
Si.
Rompe ese pertinaz
silencio.
No soy fisiólogo.
No obstante...
Ni charlatán.
(En voz baja.)
Dirán que eres un idiota
si te obstinas en callar.
Qué lo digan!
Sea usted
amable...
(Entre dienies.) Voto á Caifás!...
(En Vfcz bija.)
No le rogueis.
Que hable!
Sí!
(En voz baja.)
Todas se conjurarán
contra tí. Di... cualquier cosa.
Vaya'...
Hablaré á mi pesar;
mas luego nadie me culpe
ni me llame antisocial
si diciendo mi sentir
soy duro á fuer de veraz. —
Cinco lenguas á porfía,
mientras yo estaba en un potro,
han hecho la apología,
ya de un sentido, ya de otro.
Cinco los discursos son,
y creo que no delinco
si otorgo mi absolución
á uno sólo de los cinco. —
Pero, dado que esta tarde,
con aplauso del concejo,
todos hayan hecho alarde
de inteligencia y gracejo;
sólo á la sensualidad
se ha pagado aquí tributo;
¡triste y amarga verdad
que cubre mi alma de luto!
Quién con la solfa delira
en Academia tan sabia;
quién por el tacto suspira;
quién por las drogas de Arabia;
quién la óptica pone en boga;
quién los salmones de Irun...;
¡y nadie, gran Dios, aboga
por el sentido común!
Y el hombre, quizá el peor
de todos los animales,
¿es á ellos superior
en sentidos corporales?
Por ventura, ¿falta y quince
en la vista no nos dan
desde su guarida el lince
y volando el gavilán?
Aunque tanto en esta sala
el tímpano se celebre,
¿qué oido humano se iguala
al oido de una liebre?
¿Qué humbre habrá tan mentecato,
sea español ó flamenco,
que ose comparar su olfato
al olfato de un podenco?
¿Y quién, seres descreídos,
quién no reconoce, quién,
que si gozan los sentidos
penan y rabian también?
Si aqui el cielo, allá las artes
ostentan tai hermosura,
¿quién no ve par todas partes
miseria, fango y basura?
Todo lo que el hombre toca
;es acaso terciopelo?
todo lo que entra en su boca
¿os faisán ó caramelo?
(lastrónumo, cuyo garbo
mata el hambre á quien le adula,
aaele con dieta y ruil)arbo
pagar su sórdida gula;
y íinalmonle, discurro
que no es agradable don
oir rebuznar á un burro..,
y á niucbos que no lo son. —
No trato de convenceros
de que bonrau á los mortales,
no esos instintos groseros,
sino las prendas morales.
Las hay aún? No lo sé.
En mundo tan corrompido
¿dónde está la buena fe?
dónde el pudor se lia escondido?
Yo... — Será desgracia mia —
sólo en hombres y mujeres
veo infame idolatría
al oro y á los placeres;
muchos ladrones con guantes;
en auge muchos picaños;
caretas en los semblantes;
en las caricias engaños. —
Si en los sentidos fiara,
que aqui son de tal agrado,
tal vez en alguna cara
ví«ra el candor retratado;
pero yo, que ya una vez
lloré el mió amargamente,
en semejante sandez
no seré reincidente.
No negaré que mal quisto
me hacen tan rudos acentos;
mas, ay de mí! sólo he visto
decepciones y escarmientos;
(Tominrto el sombrero.) y pues tanta es la crueldad
de que hizo gala conmigo,
me hastia la sociedad,
la detesto y la maldigo.
ESCENA V
(LOS DE LA ANTERIOR MENOS D, DON BRUNO.)
Qué hombre!
¡Terrible filípica
nos ha echado!
Atroz!
Quiénes?
No sé... Un buho.
Un indio bravo.
Le trajo á la fonda ayer
Don Desiderio.
Señora...
Lindo regalo! ¿Por qué,
en vez de traerle aquí,
no le llevó á Leganés?
Á un pesebre, digo yo.
Raya en la ridiculez
su misantropía, pero
hay cualidades en él
que compensan...
Bah! es un cafre.
No tal.
Es un descortés,
que habiendo tomado asiento
junto á este ángel del Edén...
Yo... Jesús!
Desde la sopa
hasta el ite, tnissa est,
mudo ha sido para ella,
mudo y ciego! Hombre soez!
Mas si blasfemó su boca,
suya la culpa no fué,
sino de quien le rogó.
¿Quién había de creer...
Á bien que do tal flaqueza
yo cuenta á Dios no daré.
No seré yo quien apruebe
la exageración, la hiél
de su diatriba; mas, valga
la verdad, á mi entender,
algo hay de cierto en el cuadro
que ha trazado su pincel.—
De algún profundo pesar
nace su encono tal vez.
Sí, Angelita. Está ulcerado
su corazón; yo lo sé,
y este tormento moral
va ya minando también
su salud. Amigo suyo
desde la tierna niñez,
yo me he propuesto curarle,
y espero hacerle este bien.
No es poco ya haber logrado
que se traslade á Aranjuez
desde el solitario albergue
donde se quiso esconder,
y vuelva al gremio social
por cuatro dias ó seis.
Toqué al electo un resorte
ingenioso...
Cuál?
Poner
en duda, para picar
su orgullo, la intrepidez
de que blasona; decirle
que sin lucha no hay laurel;
que la arrostre denodado,
y mayor será su prez,
si tras de prueba tan ardua
persevera en su desden.
Mal ensayo ha sido el de boy.
Á la carga volveré.
Yo optimista, él pesimista,
veremos quién vence á quién.
Bien, amigo mió! Aplaudo
esa amistad y esa fe.
Si la oveja descarriada
■vuelve al redil por usted,
Dios le premiará.
Y oveja
que lleva sobre su piel
otro vellocino de oro.
1
De veras?
Oh!
Eh?
Sí, Pilar. Sin otros méritos
tiene ese gato montes...
(Ahora va á ser para todas
un Adonis.)
. Cuánto?
Á ver?...
Acahe usted-.
Una renta
de dos mil duros al mes.
(En voz baja á Naicisa.)
No lo eches en saco roto.
Oh!— Ah!...
(Dichosa mujer
la que...)
(Cómo se relamen!)
Si á otras ciega el interés,
á mí... (¡Ay, ojalá...) Narcisa
no da su brazo á torcer.
¿Daremos ahora un paseo
por el precioso verjel
de la Isla?
(Todas se levantan, menos Flora, que se ha arrellanado en una butaca, y dominada por el sueño, da tal cual cabezuda.)
Si!
Á la Isla!
No. Para eso es menester
vestirse...
Ah!...
Sí.
Y para el baile
de esta noche niievo tren.
(a Angela.) TÚ irás?
Sí.
Es mucho trajín...
Oh!
Me atrevo;í proponer
que demos un par de vueltas
por la plazuela del Rey.
La tualela no es allí
lan de rigor...
Vamos pues.
Ya va declinando el sol.
Yo siento una pesadez
esta tarde.. Aquí me quedo.
Vete con doña Isabel
y sus niñas.
(á Ángpia.) ¿Tú tampoco...
Vendrá mi hermano, j ya ves...
Déjala que me acompafie
Lo hago con muciio placer.
Bien. Hasta luego, y si tardo,
hasta...
Sí; hasta la soiré.
(Ofreciendo el brazo.)
Narcisita...
Á doña Irene.
(Obedeciendo.)
Bien.
Gracias.
(Dios de Israel!)
(Narcisa loma el brazo de otra júven, y el de un caballero cada cuál de las damas testantes. Ang'ela despide en la puerta del foro á los que se retiran. Doña Flora está ya casi dormida.) ('als! 'il-"^!'' — Adiós!— Ahur!
Ah!
(Dos mil duros al mes!)
ESCENA VI
(ÁNGELA, DOÑA FLORA.)
¿Quién será el desconocido
que con odio tan profundo
mira las cosas del inundo?
Oli -—
No puedo echarle ea olvido.
Sin duda es poco lialagüeño
su... ¿Qué veo!— Doña Flora! —
No me responde. Señora! —
Dormida está como un leño.
(Sentándose donde se sentó D. Bruno.)
No gravaré mi conciencia
turbando un sueño tan santo,
y por no hacer otro tanto
leeré la Correspondencia.
(Toma el periódico que quedó en el velador y lee para sí.)
ESCENA VII
(ÁNGELA, DOÑA FLORA, DON BRUNO.)
(Desde la puerta del foro, meditabundo.)
(Si hay en el orbe una buena,
ella lo es, ella sin duda;
mas la experiencia fué ruda.
No oigamos á otra sirena,
y aunque sea en vituperio
de la palabra que di,
huyamos...
(Volvieiido la cabeza.)
Quién?... (Se levanta.)
(Ah! está aquí.)
(Con turbación.)
Buscaba... á don Desiderio...
Salió poco ha de la fonda
á paseo, y de tropel...
Yo siento...
Se fué con él
toda la mesa redonda.
¿Cómo usted tan retirada...
(Sonriendo )
Tengo aquí una comisión
grave; dar conversación
á esa bienaventurada.
Si así cuida dií su niela,
no extraño que la chiquilla
sea marisabidilla
y empalagosa y coqueta.
Es inexperta zagala...
Hiim!...
Del colegio ha salido
poco lia...
Sí? Pronto ha perdido
el aire de colegiala.
Se enmendará...
No; es mujer,
Pero ¿acaso...
Mientras duerme
la abuela y la deja inerme,
velando está Lucifer.
Si todos los pareceres
se oyen enjuicio sobre eso,
ay! ¿quién ganará el proceso;
los hombres, ó las mujeres?
Mas sola yo, no litigo
contra el dogmatista opaco
que de todo el sexo... flaco
se ha declarado enemigo.
Pudiera con fundamento
abominar de él mi boca.
Por la parte que me toca,
agradezco el cumplimiento.
Yo...
Fácil es comprender
la causa de esa acritud.
Llora usted la ingratitud
de alguna falsa mujer.
Ah!
Lástima grande! Pero
porque una fué fementida,
¿es justo que usted las mida
á todas por un rasero?
Si usted teme á cada instante
que se repita la escena,
sea cauto en hora buena;
pero sea tolerante.
¡Desventurado mortal
aquel á quien nada alegra!
Deslierre usted esa negra
misantropía infernal.
Yo creo que el que la tiene —
dicho soa entre los dos —
falta al mundo, falta á Dios...
y á las reglas de la higiene.
El mundo me importa un bledo;
la salud... (Cielos! ¿por qué
si habla vacila mi fe
y sus ojos me dan miedo?)
¿Cavila usted...
No, señora;
es que... (¡Así hablaba, ay de mí,
así me mirabii, así
aquella circe traidora!)
Dios el precepto nosdió
de amar al prójimo.
Amén!
Al prójimo, está muy bien;
pero á la prójima, no!
Ay Virgen María! Temo
que hombre tan digno de encomio
vaya...
Á dónde?
Á un manicomio.
Lo sentiría en extremo.
Qué! se apiada usted de mí?
Mucho.
(Sí no huyo me pierdo.)
Gracias. Si ahora no soy cuerdo,
digo que nunca lo fui.
Bien pudo alguna locura
de usted dar funesto origen
á las penas que le afligen.
Oh! es verdad.
Qué desventura!
Loco ahora y loco entonces!
(Va tomando suavemente
sobre mi tal ascendiente,
que me saca de mis gonces.)
(Bruscamente.) Quiere usted ser mi enfermera?
^^Con risa benévola.)
Yo?... Si tal: por Dios lo haré,
aunque no soy para usté...
OIi!
Ni prójimo siquiera.
Ah! sí, y más que eso...
(Con prontitud.) ESO basta.
(/.Quién me hubiera dicho ayer...)
Ángela!, usted no es mujer.
Sí: yo no niego mi casta.
Mas cuando usted por sistema
detesta á mi sexo...
Sí!
Muclio agradezco que á mí
me excluya del anatema.
Del dardo que aquí me hiere
la historia es muy lastimera.
Bien; la oiré como enfermera;
como amiga, si usted quiere;
pero de cuerda me alabo,
y cuando me presto á ello
no llevo en la mente aquello
de un clavo saca otro clavo.
Una dama prínciüal...
Quién seíi, no lo diré,;
(Con la mane en la frente.) aunque aquí grabado esté
su nombre odioso y fatal.
Una mujer, oh Dios mío!
con su gracia y donosura,
con su divina hermosura
me cautivó el albedrío. —
Mas peco de descortes...
Por celebrar á una diosa?
Bah! no presumo de hermosa...
Pues...
Ni envidio á quien lo es.
Si abría sus labios rojos,
de ellos manaba ambrosía;
¿y quién, oh Dios! resistía
el imperio de sus ojos?
¿Cómo ponderar aquel
buen gusto, aquel blando talle,
más flexible que en el valle
palmera de Elche ó de Argel?
¿También usted al encanto
de los sentidos tributo
pagó!
Porque fui tan bruto
hoy los aborrezco tanto.
Perdida una vez la calma,
no cuidó usted de saber
si era bella esa mujer
como en el cuerpo en el alma.
Tipo en todo la creia
de la humana perfección;
¡tanta fué mi obcecación
y tanta su hipocresía!
Mas poco tardó el cruel
desengaño. Breve ausencia
mia bastó á su impaciencia
para declararse infiel.
¡Y al reconvenirla yo
gala hizo del sambenito!
y qué resultó?
Un delito!
Sangre!
(Sobresaltada.) (Ah!) Qué Sangre corrió?
La de ella tal vez?
No.
Cuál?
La de usted?
No plugo al Cielo
concederme ese consuelo.
¿Quién pues...
Cayó mi rival.
(Gran Dios!) Muerto?
No lo sé.
(Aparece por la puerta del loro D. Beruabé.) Huí como un forajido...
ESCENA VIII
(ÁNGELA, DOÑA FLORA, DON BRUNO, DON BERNABÉ.)
¿Qué veo!
HerniBno querido!
(Se echa en sus brazos.)
Don nnino!
(Rpconociéndoie.) Ali! Doo Bernabé!
Acto segundo
(Suntuoso jardia, que se comunica con la quinla cío la Marquesa por un elegante pórtico á la derocha del actor: arboleda en el foro y á la izquierda: cenador enramado en el centro: bancos, jarrones y otros adornos: reverberos encendidos.)
ESCENA PRIMERA
(LA MARQUESA, NARCISA.)
¿Conque fuú tan incivil,
tan áspero...
Si, Marquesa;
no exagero: en la dehesa
no liay un potro más cerri!.
]\Ie dijo don Desiderio,
cuando licencia le di
para presentarle aquí,
que es melancólico y serio;
pero no que asi detesta
á toda uuijer nacida.
Si no le trae con brida,
va á ser trágica la fiesta.
Pues yo pienso lo contrario.
jCómo...
Dará á la función
realce la exhibicioa
(le hombre tan estrafalario.
Pero...
Crecerá mi fama
si á los convidados hoy
un espectáculo doy
que no consta en el programa.
Y quizá con una Filis
entre tanta bella tope
que consiga en dulce arrope
transformar su negra bilis.
No seré yo quien arrostre...
(\h!,iqiié mas quisiera yo...)
Pues yo no tliré que no.
Qué se arriesga al fm y al postre?
La que no le domestique
tómelo á chunga y á broma,
y con su pan se lo coma
la que se ofenda y se pique.
Yo á un ente tan inconexo
quisiera ver á mis pies;
no por mi propio interés,
sino por el de mi sexo. —
Mejor que yo, si quisieras,
tú!..
No sirvo para el paso.
Sí. (Fatua!) Ese hechizo...
¿Acaso
soy yo domador de fieras?
Ni es posible que yo salga
triunfante de tal empresa.
¿Cómo con una marquesa
competir yo, simple hidalga?
Si tal: no te iiaces justicia.
Oh! sí.
(En lo de simple, sí.)
Acaso sin tí y sin mí
otra cure su ictericia;
y pues de darle castigo
tratamos, y no de bodas,
confabulémonos todas
contra el común enemigo. —
Mas cese ki conferencia,
(luo lia;^'o falta en el salón,
y ya estará allí el hurón
que...
ESCENA II
(LA MARQUESA, NARCISA, DON DESIDERIO.)
(Desdo el pórtico.)
Dan ustedes licencia?
Oh señor don Desiderio!
Á los pies...
y aquel amigo?
No quiso venir conmigo:
sobre él ya no tengo imperio.
¡Cómo...
El mejor dia muerde.
Yo no se qué mala yerba
ha pisado; le exacerba
todo... Qué jaula se pierde?
¡Lástima...
Una y otra vez
se lo he suplicado... Cero.
Mañana en el tren primero
se va á fugar de Aranjuez.
Nos honra con su partida.
(¡Dos mil...)
Faltando el galán,
ya es inútil nuestro plan.
ESCENA III
(LA MARQUESA, NARCISA, DON DESIDERIO, ÁNGELA.)
Marquesa...
(Saliendo á su encuentro y besándola.)
Ángela querida!
Buena?
Sí: gracias. Y usté?
Ruena.
(Áng'ela da la niaan á >arcisa y D. Desiderio )
Felices...
Sólita?
Me ha traido doña Rita.
Y el señor don Bernabé?
Mi hermano vendrá más tarde.
Bien.
Previo atento recado,
una audiencia le ha otorgado.,.
Eh?
Quién?
Don Bruno Velarde.
¡Cómo... Le conoce?
Mucho.
Vendrán al baile los dos?
Lo dudo.
Mediante Dios,
espero que sí.
¿Qué escucho!
No; él no humilla su cerviz
fácilmente, y cuando en vano
le he rogado yo...
Mi hermano
quizá sea más feliz.
Pedir cotufas al golfo
es ya... (Músíci denlr,..)
Suenan los violines.
(Asoman I). Aiiolfo y D. Filomend.)
Y aquí hay ya dos bailarines,
don Filomeno y Adolfo.
ESCENA IV
(LOS PRECEDENTES, DON ADOLFO, DON FILOMENO.)
(Ofrpciendo el brazo á Nareisa, que lo acei?ta.)
Si dama de tanto prez
me honra...
Polcamos, Sofia?
Ahora no, que todavía
espero gente. Otra vez.
(En voz baja á Narcisa, ding-iéndose con ella al
Salan donde se baila.)
Cuando á tal deidad remolco...
(Dengosa. )
Deidad!...
Mi gloria es itimeiisa.
Favor que usted me dispensa.
(Desaparecen.)
(Á Ángela.)
Polca?
Gracias: yo no polco.
Me mareo.
En el salón
hay otras.
Espero pues...
(Coii dalzura.)
Sí.
Acoto para después
rigodón.
Bien: rigodón.
ESCENA V
(ÁNGELA, LA MARQUESA.)
¿Conoce usted á esc loco,
á ese don Bruno Velarde
que de execrar hace alarde
á las mujeres?
Vo, poco.
Mucho sentiré que emigre
mañana, como lo ha dicho
don Desiderio, ese bicho
venenoso...
£h! no...
Ese tigre,
Tigre! Quién ha dicho tal?
Conmigo esta tarde habló,
y aunque huraño, creo yo
que no es tan irracional.
Hipérbole de Narcisa
fué sin duda...
Por supuesto.
Mejor. Me habia propuesto
desafiarle... por risa.
¿Qluí.--
El vulgo de las mujeres
témale: yo no le temo.
Soy partidaria en extremo
de los grandes caracteres.
Si rendir su corazón
quiere usted...
Á eso me inclino;
mas no de mi cuenta, sino
por la honra del pabellón.
Contra quien tanto nos odia
lícito es, Ángela, el dolo;
mas yo me he propuesto sólo
que cante la palinodia.
Pero Velarde no es lego,
y la chanza bieu podría
salir cara á quien... Sofía,
malo es jugar con el fuego.
Yo puedo liacerlo sin susto;
que aun estoy recalcitrante
aunque me ronda un amante
muy tierno y muy de mi gusto.
No envidiosa pues y triste
me verán, ni por asomo,
si yo la alimaña domo
para que otra la conquiste.
Si la culta sociedad
así un prófugo recobra,
no será inicua la obra,
sino obra de caridad;
y más cuando apercibimos
para esta inocente lid,
no la tizona del Cid,
sino lisonjas y mimos.
Sola yo ¿qué baria? Nada;
pero ponerle más blando
que un guante es fijo formando
una especie de cruzada.
Solicitaré el auxilio
de todas las señoritas,
se entiende de las bonitas,
que hoy junto en mi domicilio;
Narcisa, Inés, Laura, íirígida,..,
y si á usted, como dobiera,
no lie nombrado ¡a primera,
es porque... como es tan rígida.,.
No; pero apta no m'e creo
para aspirar á la gloria
de tan difícil victoria.
ESCENA VI
(ÁNGELA, LA MARQUESA, DON DESIDERIO.)
Albricias! Ya está aquí el reo.
Voy, voy... Mi júbilo es tal
viendo honrada así la fiesta,
que quizá mande á la orquesta
tocarle marcha real.
ESCENA VII
(ÁNGELA, DON DESIDERIO.)
Marcha real á un blasfemo...
Me encanta.
Él?
Ella.
Y á mí,
aunque caprichosa...
Eh! sí;
pero con brío supremo.
Burlona...
Eso dicen de ella;
pero...
Frivola...
En efecto;-^
quién no tiene algún defecto?-
pero es noble su alma y bella.
Y de su amable sonrisa,
y su talento, y su gracia
¿quién negará la eficacia?
(Ah! yo prefiero á iNarcisa.)
Pero sin que yo moteje
el meritorio servicio
(le volver á un loco el juicio
y convertir á un hereje,
no espero que su prestigio
se ejerza en él con fortuna.
Pues ella más que ninguna
puede obrar ese prodigio.
Á propósito: lo es,
y raro y de tomo y lomo,
traer aquí, no sé cómo,
al héroe del entremés.
Ángela, ó yo soy muy ganso,
ó aquí hay misterio.
...No sé...
Qué ha hecho Don Bernabé?
Cómo con él es tan manso?
Ese coloquio, esa cita...
...No sé...
Han sido amigos?
(Ah!)
(Asoma D. Bernalíé.) Él llega.
Ah! sí.
Él me dirá...
(Muda cortesía de D. Desiderio y D. Bernabé.)
Hasta después, Angelita.
ESCENA VIII
(angela. D. BERNABÉ. La música loca dsntro vals)
Ah! ya has venido!
Beiin, y con él!
No era tan arduo el negocio;
que, á la verdad, aunque aquí
le han dado lama de monstruo,
siempre por hombre de pro
le tuve, y de su coloquio
contieo inferir ilebia
que curados uno y otro
(ístarnos radicalinontc
(le aquel delirio amatorio,
causa d(!! bárbaro duelo
en que castigó mi arrojo
una profunda eslocada
que creí me echase al hoyo.
Ay Dios! tu viaje fatal
á Zaragoza...
En Agosto
hará un año.
Con los tios
me dejaste en Klizondo,
y nada supe del lance
hasta que, entrado el otoño,
volviste convaleciente
á mis brazos amorosos.
Justo era que de los dos
pagase el pato el más loco;
mas si yo de todo punto
con aquel remedio heroico
la cordura recobré,
Velarde, no tan dichoso,
la llaga del corazón
trasladó á los hipocondrios,
y no menos vehemente
que en el amor en el odio,
hizo— peregrina lógica! —
responsables del oprobio
en que incurrió una mujer
á cuantas hay en el globo.
No sabia que la péríida,
cuyas llaquezas perdono,
apenas pasado un mes
dio su mano en matrimonio
á un animal de bellota
que nos ha vengado á todos.
Recordando que fui causa
tanto como ella yo propio
de que á Velarde consuma
de acerbo pesar el tósigo,
porque, al fia, yo le relé;
aun á riesgo de un sonrojo
quise, con tu aprobación,
trocar el antiguo encono
en franca amistad. La cita,
como hombre de honra y decoro
aceptó Don Bruno, y ¡cuál
fué, hermana mia, su asombro
cuando, en vez de provocarle,
de vengar mi herida ansioso
otra vez, le abrí mis brazos
y le di paz en el rostro!
Ah Bernabé, qué bondad!
qué nobleza!
Soy católico.
Él me recibió en los suyos
y se arrasaron sus ojos
en lágrimas. Breves frases,
con recíprocos sollozos
interrumpidas, bastaron
á dar fundamento sólido
á la reconciliación
de que me alegro y me honro.
Le he ofrecido la casa
que aquí al Real Patrimonio
compramos no ha mucho.
Sí?
y ya tan amigos somos,
que mañana tomará
chocolate con nosotros.
Volver quiere á su retiro,
mas ya no lo hará tan pronto
como pensó. En cuanto al baile,
remiso estaba el neófito
en venir, porque persiste
en su horror al sexo hermoso.
(Sale de la casa D. Adolfo triste y silencioso, y dirigiéiidosc á los bastiflores de la izquierda, desaparece por entre los árboles, sin ser vis,to de.Angela ni de Bernabé.)
¡Válgale Dios,..
Tú eres la única
excepción.
(Riéiido'ie.) Si, como prójimo;
mas como prójima, no.
Oiga! Explícame esc. tropo.
Así lo (lijo esta tarde.
Habrá hecho firme propósito
de no casarse.
Sin duda;
y mientras sea tan hosco,
liará muy bien. ¿Qué cristiana
le ha de querer para novio?
Ninguna; ni pienso yo
proponerte tal consorcio,
aunque sólo para tí
tiene aquella lengua elogios.
No obstante, tan otro es ya,
que espero...
No hagas pronósticos,
y vamonos al salón.
Qué hacemos aquí tan solos?
ESCENA IX
(D. ADOLFO, volviendo.)
Me vende; ay Dios! No era en ella
como en mí, que soy un bobo,
activa llama el amor,
sino cerilla de fósforo
cuya fantástica luz
apaga el mas leve soplo.
Sea amor, sea capriclio,.,
prodiga — extraño fenómeno! —
lisonjeras atenciones
á un hombre insociable, indómito,
mientras yo, triste de mí!
lamentando su abandono,
su desprecio, aquí me pudro,
miro al cielo, hago monólogos...
Pero yo veo visiones
tal vez. No es posible... ¿Cómo
se ha de prendar de tal hombre
la Marquesa? — Ni él tampoco
siendo tan agreste...
(Mirando á la casa.) Cielos!
Ellos son!...
(Entrando en el cenador.) Aquí me escondo.
ESCENA X
(La MARQUESA de bracero con D. BRUNO. NARCISA de bracero con D. DESIDERIO. ADOLFO en el cenador. Tocan dentro ligodon.)
Dentro hace mucho calor.
Sí.
En este jardín frondoso
demos una vuelta.
Bueno.
(Ap.) (con Narcisa.)
Con usted llevo un tesoro
de gracias.
Favor que usted...
(Señalando á la izquierda.)
Por esa calle de chopos
se va á una linda plazuela
á la cual sirve de adorno,
entre macetas de flores,
una Diana de pórfido.
Vengan ustedes.
(Paciencia!)
(Los seguiré. Es un demonio
esa mujer!)
(S.Tle de puntillas y los sigue á corla distancia.)
ESCENA XI
(NARCISA, DON DESIDERIO.)
Narcisita,
detengámonos un corto
momento...
Para qué?
Para
que sepa usted que la adoro.
Qué embajada!
¿Se incomoda
usted...
Pche! no me incomodo.
Por qué? Eso mismo esta noclie
me han dicho ya siete...; ocho.
Mas ninguno, prenda mia,
con la fe, con el devoto
fervor que inspiras á mi ahiia.
Ehl calle usted.
(Tomando nna mano á Narcisa y besándola-)
¡Venturoso
quien reciba en el altar
la suave mano en que pongo
mis labios y...
Qué osadia!
Suelte usted! (Si fuera el otro...)
Ay Narcisa! Muerto soy
si no te apiadas...
Socorro!
No grites!
(Dándole abai.icazos: oí piimero suelta D. Desiderio
la mano que había loüíado.)
Suelte usted digo,
lilere! villano! tonto! (Entra en la casa.)
ESCENA XII
(DON DESIDERIO.)
Me luzco! Zurrarme así
la taimada — estoy absorto —
después de escuchar con risa
benévola mis piropos!
Sierpecilla!... Eli! manos blancas
no ofenden; y ahora conozco;
que esa chicuela, aunque linda,..;
es una necia de á folio.
Otra habrá que me consuele
de este imprevisto bochorno.
(Entra en la casa, y al mismo tiempo vuelven por «ior.de se fueron la Marquesa y D. Bruno.)
ESCENA XIII
(LA MARQUESA, DON BRUNO.)
(Se sientan.)
Veo que es más ardua empresa
de lo que creí, Don Bruno,
lograr que modere usted,
ya que no de todo punto
lo deponga por inútil,
lo condene por injusto,
ese odio á las mujeres
inveterado, absoluto.
Odio no; yo no aborrezco
á nadie; es que no me juzgo
en posesión de las dotes
que privan en el gran mundo,
y la humana sociedad-
perdone usted si la injurio —
no tiene ya para mí
ningún encanto.
Ninguno?
Yo he merecido, no obstante —
mucho me engríe este triunfo —
que haya usted favorecido
mi casa.
Aunque soy adusto,
no tanto, ni tan grosero,
que á damas de alto coturno
me atreva yo á desairar,
y si he de ser franco, mucho,
señora, ha contribuido
á que haga este esfuerzo, el último^
cierta palabra empeñada.
Algo es un día de indulto.
_(Sale de la casa D. Desiderio dando el brazo á Doña Irene, á quien por señas hace notar la secreta conferencia de D. Bruno y la Marquesa, y sin detenerse más que uu momento, se pierden de vista paseando por el foro.)_ Ya sé que usted, no queriendo
pasar plaza de palurdo,'
mas jurando no doiilar
su cuello á amoroso yugo,
prometió por breves dias
renunciar á ser cartujo.
Si es caridad, la agradezco;
lo perdono, si es orgullo.
Mas dirá usted para sí
que no es gracia, sino insulto,
venir al baile, señora,
para ser en él un bulio.
(Vuelve á aparecer por eiilre los árboles de la iz— quierda D. Adolfo, y en sus mudos ademanes mui'stra que oye el diálogo y expresa las diversas í-pii— «aciones que le produce.)
Cierto: de usted no esperaba
los cumplimientos insulsos
y las triviales lisonjas
de un polluelo boquirubio;
pero menos todavía
que con marcado disgusto
los amistosos consejos
oyera con que procuro
curarle de esa manía
que lia de llevarle al sepulcro.
Si es caridad lo agradezco;
lo perdono, si es orgullo.
Como!... (Se levanta y también D. Bruno.)
Ruego á usted, señora,
que pues lia de ser sin l'rulo,
pongamos íin á este diálogo
enojoso. Yo me culpo
á mí mismo más que á nadie
de mi mal bumor; no busco
lauros en él ni venganzas;
ni ya sostendré el absurdo
de que todas las mujeres
sean vitandas. No dudo
que algunas son beneméritas...
Á usted cuento en este número.
Sí? Muchas gracias.
Yo, en fin.
siento mejor que discuto;
y pues no soy ergotista
y de los médicos huyo,
¿á qué pretender curarme
de la dolencia que sufro
con resignación cristiana...
Es raro...
Y quizá con gusto?
¿No es mejor que con su lema
dejemos á cada uno?
Mientras usted, con piadosa
intención, que tal presumo,
aquí su notable ingenio
emplea tan mal, de alguno
sé yo que adora en usted...
(Tocan dentro una polca.)
(Alilsí.)
Y hecho un energúmeno
ahora estará maldiciendo
este coloquio importuno.
(Adolfo, que de puniillas se habia retirado hacia la puerta, se piesenta aliora como saliendo por ella.)
(Pobre Adolfo!)
Justamente,
ahi está, y tocan los músicos...
(¿Mal haya...)
Razón será
que entre Don Adolfo en turno...
Sí.
Y al brazo de un... salvaje
supla con ventaja el suyo.
ESCENA XIV
(La marquesa, D. ADOLFO.)
¿Podré, señora Marquesa,
sin pecar de importuno
recordar á usted...
(¡Volada
estoy!) Ah! sí, sí, con sumo
placer... (Desdeñada yo!)
Vamos, (te (la el brazo.)
(Hecobro mi influjo;
pero estaré sobre aviso;
que aun tengo en el cuerpo el susto.)
ESCENA XV
(DON BERNABÉ, DOÑA IRENE, DON DESIDERIO.)
Tomemos el aire un poco,
que hace una noclie de Julio.
No más paseo. Volvámonos
al salón.
(D. Bernabé, que se dlrigia paseando á la arboleda de la izquierda, se detiene oyendo hablar.)
Humilde subdito...
(Gracias á Dios!) Ya se han ido
la viuda y su catecúmeno.—
Oh amigo Don Bernabé!
cómo tan solo?
Me aburro.
Sí? Yo también. — Es decir,
ahora no, porque cumplo
el grato deber...
Yo estimo...
De ser...
(Qué fino! qué pulcro!)
-Escudero de una dama...
(que ya peina trece lustros.)
Entremos.
(Á d. Bernabé.) Soy con usted
antes de cuatro minutos.
ESCENA XVI
(DON BERNABÉ.)
No apruebo yo la extremada
austeridad de Don Bruno;
pero aunque otra cosa digan
los sectarios de Epicuro,
I también en estos saraos,
que ellos frecuentan con júbilo,
hny para un hombre formal
inconvenientes y abusos.
Yo estaría ya durmiendo
en mi apacible tugurio
si Ángela...
KSCiíNA XVII.
D. BEUNAbÉ. D. DESIDERIO.
Cumplido ya
con aquel pesado bulto
mí servicio de bagaje
y huyendo de aquel barullo,
vengo á proponer á usted
que nos aburramos juntos.
Conlémonos nuestras cuitas,
y este desahogo nA'ituo
quizá...
Cuitas no me afligen;
pero al fastidio sucumbo
y me fatiga el calor
y tengo un sueño mayúsmlo.
Ay!, yo no; que me desvrla
á mi pesar este lujo
exuberante de erótica
sensibilidad que plugo
al Cielo infundir en uií.
Dos amores de consuno
la excitan, amigo mió.
Ahí es nada!
Uno difunto;
otro incipiente. Este tierno
corazón, ay! nunca supo
estar ocioso.
¿Es posible!
De una bella, cuyo busto
es igual al de la fábula,
me enamoraré como un turco;
y cuando creía ya
reinar en su a'ma de estuco,
descargando sobre mí
osla noclie, aqiii, un diluvio
(lo injurias y ahanicazos...
¿Qué me cuenta usted!
Me impuso
la pena bien merecida
de haber sido tan estúpido.
¡Qué diantre...
Otro en mi lugar
se Imbiera echado en el surco;
yo, nunca! Pero sentémonos...
No. Quiero estirar los músculos
un poco. Yo no he bailado.
(Tomando del brazo á D. Bernabé y echando á andar
con él por la izquienla.)
Bien; continuaré el discurso
paseando. Pues, señor,
siguiendo luego otro rumbo...
(Desaparecen, y al mismo liempo salen de la casa, también de bracero, Angela y D. Bruno.)
ESCENA XVIII
(ÁNGELA, DON BRUNO.)
No ven aquí á Bernabé...
Paseando está sin duda.
y paseando se suda.....'
Sentada le esperaré.
(Se sienta y á su lado D. Bruno.)
Yo, que ya no soy el que era... •■>'.
Sí? Mucho de ello me agrado.,' ••,
<lon placer me siento al lado
de mi...
Qué? p
De mi enfermera.
Cuidado, que soy mujer!
Mas, como otra igual no he visto,
para las demás insisto
en!• i excomunión de ayer.
No ha mucho que en este asiento
con otra un diálogo tuve,
y tan á mi gusto estuve...
como el reo en el tormento.
Con la Marquesa; ya sé...
Y á juzgar por la apariencia,
quedó de la conferencia
poco satisfecha...
¿Y qué!
El respeto que merece...
Sin dejar de respetarla,
no me convenció su charla
y me mantuve en mis trece.
Nadie en mérito la iguala.
Nadie? Ah!... En fm, no me conmueve,
y harto hice, — á usted se lo debe, —
en no echarla noramala.
Señor don Bruno!, no es esio
lo que de usted esperaba,
y nuestra amistad se acaba
si no muda de bisiesto.
No, por Dios! No me resigno
á perder, Ángela hermosa,
esa amistad generosa
de que me confieso indigno.
Generosa no; cristiana.
Por virtud tan ejemplar
de rodillas debo hablar
al hermano y á la hermana.
No que usted me erija un templo
quiero ni merezco, no.
Oh! sí.
Solo exijo yo...
Qué?
Que siga usted mi ejemplo.
¿No ha logrado usted de mí
que, pecailor reincidente,
en un baile me presente,
yo que en otro me perdí!
Abuso de autoridad...
No...
Que de nada ha servido.
Ángela!...
El remedio ha sido
peor ([ue la enfermedad.
Yo l'oruiaria un procoso
á qiiiea los bailes rrecuenta.
{íué censura tan violonUí!
No hay motivo para eso.
Todas (le bailes y modas
gustamos.
y usted también!
Sin pasión y sin ilesden
bago...
Pues!; lo (]ue baccn todas.
¿También digna de baldón
será, don Bruno, la joven
que, sin que monos la soben,
baila un grave rigodón?
Un rigodón..., pase; pero
esas..., Dios de Jericó!
cracovianas, polcas... Oh!...
Prefiere usted el bolero?
¡y, como en un mostrador
juguetes y baratijas,
exhibir madres é hijas
lo que debieran... Horror!
Pero...
Usted no, amiga mia,
que elegante, pero honesta,
y jovial, pero modesta,
sonroja á la cofradía.
Yo de disculpar no trato
que femenil vanidad
por lucir en sociedad
sus galas falte al recato;
pero no á todas el vicio
de la liviandad enloda,
aunque á la tirana moda
hagan ese sacrificio;
y aunq\ie pese á Satanás,
que las persigue importuno,
muchas de ellas son, don Bruno,
tan buenas como yo, y más.
Ángela!, esa mansedumbre
excita mi admiración,
pero...;.
En ninguna es borrón
lo que es en todas costumbre,
Cómo!...
Y no de hoy; siempre fué
artículo de ordenanza
vestirse para la danza
con cierta...
Vestirse!...
¿Qué...
Esas ninfas que al estrado
tan escuetas han venido,
no digan que se han vestido,
sino que se han desnudado.
Eh! no sea usted así.
Es mucha ponderación...
Damas hay en el salón
muy abrigaditas.
Sí?
No todas pueden las gafas
arrostrar de un atrevido.
Malicioso!...
Siempre han sido
muy honestas las piltrafas.
(Sale de la casa se dirige á ellos D. Filomeno: al verle se levantan.)
ESCENA XIX
(ÁNGELA, DON BRUNO, DON FILOMENO, ROCO DESPUÉS D, DESIUERIO FUMANDO AN PURO, DON BERNABÉ.)
Ah:
Cubierta ya la mesa
con el buffet de cajón,
me ha dado la comisión
mi señora la Marquesa...
Gracias. ''Aparte á o. Bruno.)
Diga usted amén.
No tengo gana...
Yo sí.
Volvámonos... Ah! está allí.
Y el misántropo también.
Bernnhé!— Don Desiderio!
Vamos todos de reala...
í]i;rn. Adunde?
Adentro. Se trata
de Inniar un refrigerio.
Santa palabra!
(Apartn con [). Bruno, que le ofrece el brazo. Hablan
en voz baja D. Bernabé y ti. Filomeno. D. Desiderio
muestra en su semblai.te qpe le preocupa su nuevo
plan.)
Á mí no:
guarde usted libre su brazo
para...
Para quién?
Pelmazo!,
para la Marquesa.
Yo!
Sí. Se picó, y esperando
está el desagravio.
Pero...
Se lo ruego al caballero..
y al enfermo se lo mando.
(Como á un niño me maneja.)
(Entra en la casa.)
El brazo, Don Filomeno.
(Dándosele.)
Fues ¿y el...
(Riéodose.) Se va muy sereno
en busca de otra pareja.
(Entran en la casa.)
Viene usted?
(Sí, á ella me agarro.)
Yo iré... (Qué gracia la suya!)
Abur. (Entra también en la casa.)
Luego que concluya
de fumar este cigarro.
ESCENA XX
(DON DESIDERIO.)
Sí, SÍ, estoy resuelto, y diga
Don Berüabé lo que quiera.
¿Me lia de retirar del mundo
el desden de una muñeca?
No; otra al puesto, y ¿quién mejor
que la exquisita Marquesa?
Si el diablo me ha de llevar,
que me lleve en carretela!
Su nombre es ilustre, si,
é imponente su opulencia;
pero al cabo es viuda, esto es,
plato de segunda mesa,
y no soy yo un perdulario
ni nací en cuna plebeya;
y si el circunspecto Adolfo
puso los ojos en ella,
¿por qué con él, Desiderio,
no has de entrar en compelencia?-
Mas yo, que aun no he digerido
las calabazas acerbas
de Narcisa, ¿he de exponerme
á otro ahito... y otra felpa?
Sí tal. Por qué no? Mi estómago
es de piedra berroqueña,
(chupando el cigarro.) y no se pescan las truchas... —
se apagó!— á bragas... et ccelera.
(Enciende un fósforo y ftl cig'atro en él.)
Si los indicios no mienten,
ya ha perdido aquel babieca
toda su gracia. — Es verdad;
pero hay otro en la palestra;
mi amigo Velarde... Eh! no.
Ni ella le quiere de veras;
pues sólo por corregirle
de su aversión á las hembras,
quizcá por burlarse de él,
le distingue y le corteja;
ni Bruno caerá en el lazo.
Mientras al uno desdeña,
gasta la pólvora en salvas
con el otro, y es de perlas
la ocasión para terciar
con viMilaja en la contienda.
ESCENA XXI
(DON DESIDERIO, DON ADOLFO.)
Vamos... (Calle! ¡el derretido
galán! Viene haciendo muecas...
Suspira... Tronó sin duda.)
Oh Adolfo!
(Mujer perversa!)
Viene usted del comedor?
Sí.
Á lo mojor de la fiesta...
(impaciente.)
Eh!
Viene usted á buscarme?
No, señor.
(Se desespera:
tanto mejor.) Ea, ahur. (Tira ei citano.)
Abur.
Que usted se divierta.
ESCENA XXII
(Se sienta.)
jVerme escarnecido así,
buen Dios, por una coqueta!
¡Y para mayor ultraje
preferir — ¿quién lo creyera! —
al amante más rendido
un 0^0 de la Siberia!
No! Prefiero que me mate
á morirme de vergüenza.
ESCENA XXIII
(ALFREDO, DON BRUNO, ÁNGELA.)
(Dijo que aquí me esperaba...
Sin dada retarme piensa.
Olí") (Se para y medita.)
(Saliendo de la cas» con precaución y dirieiéiidose
al arbolado del foro, desde el cual observa cojí in-
qnietud. )
(Se hablaron al oiiio,
y la mirada siniestra
de Adolfo...
(viendo á D. Bruno, se levanta D. Alfredo y se
aproximan el uno al etro.)
Se acerca á él.
Cierta sale mi sospecha.
Observemos.)
Señor mío,
me he tomado la licencia
de citar á usted...
Y yo
á invitación tan atenta
no me he negado, aunque temo
que no ha de ser muy amena
nuestra plática.
Es verdad;
pero ya que nó halagüeña/
será breve. En dos palabras:
yo amo con el alma entera
á uua mujer...
Sí, á la viuda.
Sea muy en en hora buena.
Ella me correspondía...
Así á lo menos la pérfida
lo daba á entender. Kl astro
de mi ventura...
(Es poeta.
Lástima!)
Brilló radiante
hasta que la luz serena
nubló cometa fatídico...
¿Y el fatídico cometa
soy yo?
Sí.
Lo siento; pero
no me arguye la conciencia
de haber querido segar
con mi hoz la mies ajena;
y si (ligo lo contrario..
Eh! yo...
Puede que no míenla.
Bien; pero ella le prefiere
ú usted, y á mí me desprecia.
Hace mal.
Bien ó mal hecho,
yo quiero vengar mi afrenta.
(Ah!)
En quién?
Claro está: en usted
Apelo de la sentencia.
No hay apelación que valga.
Si tuviera usted más flema,
no me retarla á mí,
sino á quien le hace la ofensa.
Si ella, por mujer, se salva
de mí venganza sangrienta,
usted no. Yo necesito
que alguno á mis manos muera.
Ño basta que usted lo diga,
señor mío. Qué simpleza!
Yo no la amo: ya lo he dicho.
¿Por qué á mí pedirme cuenta...
Sí tal; que también es crimen
no adorar tanta belleza.
¡Hombre...
Y matándole á usted
los dos sufrirán la pena;
ella de no amarme á mí
y usted de no amarla á ella.
Yo tengo horror á los duelos...
(Ay Dios!)
Las leyes los vedan.
No las leyes del honor. j
También. ¡Qué fatal idea
del honor!
¡Qué cobardía, T." "¿"7,1
digo yo! ÍIZj
Miente esa lengua.
Yo cobarde!
(Oh!)
Sitio y hora.
Mañuna.
(Cruel estrella!...)
Á las nueve.
No madrugo
yo tanto, (Ángela hechicera!)
y á esa hora tengo otra cita...
Á las diez?
Á las diez?... Sca.
Armas?
Para todas es
demasíelo hábil mi diestra.
Yo llevaré sables...
(Oistraido.) Si,
bien; lleve usted lo que quiera.
Citémonos á la entrada
de la calle de la Reina.
Bien.
Luego nos internamos
por aquellas arboledas...
Sí.
Hasta mañana. (Entra en la easa.)
ESCENA XXIV
(ÁNGELA escondida. D. BRUNO.)
Por necio
le romperé la cabeza. —
Y quién lo es más? Á él le excusa
su ciega pasión siquiera;
á mí nada. ¡Maldecido
baile! sociedad funesta!
ESCENA XXV
(ÁNGELA.)
Fatalidad! Otro duelo!
Y á pesar suyo le nf^pfi,
pnr un denvi!'»' í:tí';:íI'í,
Velardc, á qiiioii ¡itorineuta
no menos que á mí la aciaga
memoria tío aquel... No! Es fuerza
i todo trauco evitarlo.
ESCENA XXVI
(ÁNGELA, DON DESIDERIO.)
(S.ile fumando.)
Su hermano de usted desea
retirarse...
Al)! sí...
Y pregunta...
Á gozar del aura fresca
salí hace ua momento. Voy...
(Dios me inspire y le proteja!)
ESCENA XXVII
(DON DESIDERIO.)
Otra vez al aire vago,
escarmentado galán,
quiero meditar mi plan
digno de Roma ó Cartago,
y acá, que allá no podria,
saboreando otro puro
vencer e! miedo procuro
que me arredra todavía. —
Siiedo? Por qué? Viento en popa
navego y con buen cariz.
Sí tal: voy á ser feliz;
voy á hacer ruido en Europa.
Maldiciendo á la Marquesa,
que ha echado infiel en olvido
tal pasión, se ha despedido
Don Adolfo á la francesa.
Frío como el alabastro
que cubre morluorio nicho,
apenas abur la ha dicho
el torvo filosofastro,
y premiando la efusión
con que galante la obligo,
consiente en bailar conmigo —
ahí es nada! — el cotillón.
ESCENA XXVIII
(DON DESIDERIO, LA MARQUESA.)
(Ánimo pues!... Pero mustia
sale y triste y macilenta...
y mira al Cielo... y se sienta...
Pues ya! es natural su angustia.
ojo avizor!)
(¡A!i qué amarga
decepción! ¡Qué aborrecida
noche! Ninguna en mi vida
fué tan penosa y tan larga.
Uno glacial me reprueba,
otro con razón se enoja;
el rebelde me sonroja
y el humilde se subleva.
¡Triste de mí, que en mal hora,
ingrata á su ciega fe, j
mi amor ])ropio lastimé
por pueril antojo!)
(Llora!)
(¿Mas por qué abatirme así,
si en suma todo fué chanza?
No merece mi venganza
ni mi lloro un jabalí.)
(Su postración me conforta.)
(Á los dos días ó tres
volverá Adolfo á mis pies...
Y si -no vuelve, qué importa?)
(Yo llego. Si ahora me atranco,
¿cuándo...)
(Acercándose.) Marquesita! (Audacia!)
Ah!...
¿Me otorga usted la gracia
de sentarme en ese banco?
Por qué no?
(Sentándose.) ¿Y podrá mi celo,
obediente al catecismo,
viendo á usted en tal abismo...
¿Cómo...
Ofrecerle un consuelo?
¿Yo eii un abismo!
Pues no?
Consolarme usted!
¿Quién sabe...
Algo es en crisis tan grave
un amigo como yo.
Hoy al numen de esta quinta,
con oprobio de sus nombres,
han ofendido dos hombres.
No...
Lo sé de buena tinta;
y juro á Dios trino y uno,
si á Adolfo y Bruno reemplazo,
que sabrá mi fuerte brazo
matar á Adolfo y á Bruno.
Si? No soy tiin sanguinaria;
y usted mas que ellos me ofende
Yo, gran Dios!...
Y me sorprende
tan ridicula plegaria.
Á una obra de caridad...
Oiga!...
Quién niega el indulto?
¿Cuándo ha sido ofensa el culto
que se ofrece á una deidad?
(Me hace reir esfe mueble.)
¿Conque es decir...
Sí, señora;
digo que á Sofía adora
mi pecho con fe indeleble.
Haga usted una señal,
y á los dos los desafío,
aunque uno es amigo mió
y el otro no me ha hecho mal;
y si, generosa ó sabia,
Sofía á los dos perdona,
y es fuerza que otra persona
sea blanco de su rabia,
á gloria tendré y ventura,
y no á sacrificio infausto,
inmolarme en holocausto
de tan divina hermosura.
(Vá en aumento su hilaiiilad.)
(Como soy, que me divierte.)
Me ama usted!
Oh! sí.
(á mi pena
sirve de alivio esta escena.)
Sí, mi bien! Sofía, ó nuerte!
Es digno ese amor inmenso
de... (Qué peste de humo!)
(Acercándos-e más.) Hemiosa!
Aparte usted. Una diosa
bien merecía otro incienso.
Ab! perdón! Tiro el cigarro, (r.o hace.)
que es vicio torpe y soez,
y no incurriré otra vez
en semejante desbarro.
Gracias.
(Tan rica, y sin suegra!...)
Oye usted pues sin enfado..
¿Cómo no ser de mi agrado
galán que tanto me alegro?
El mundo me envidiará
si acepta usted (pierdo el juicio!)
la...
Sí; pero á beneficio
de inventario.
(Desconcertado.) Ya.
(siempre riendo.) Pues ya!
(Calabazas duplicadas!
Aciaga ha sido la fiesta
para mí. — Pero las de esta
.son, siquiera, confitadas.)
¿Castiga usted mi desliz
burlándose...
No.
(Levantándose) McVOy...
(Levantándose y lor.> ndo el brazo de 1). Desiderio.)
Le juro á usted por quien soy
que me está haciendo feliz.
Pero esa risa burlesca...
No; que es de alegría.
Sí?
Pues ya me retoza á mí
también.., (Su.ella una carcajada.)
Pues siga la gresca.
(Pasaré por su querido
y bramará aquella arpía.)
No olvide usted, alma mia,
el cotillón ofrecido.
No! Quién tal dicha repudia?
Ah!...
(Dentro.) CoüWonl —Ideml—Idein]
(óyese la música del cotillón.)
th! ya los pollos lo piden...
Y la orquesta lo preludia.
Corramos pues al salón.,.
Con mucho gusto... (Ay de mi!)
Y empecemos desde aquí
á bailar el cotillón.
Acto tercero
(Sala en la casa de D. Bernabé. Á la derecha del actor la puerta mas próxima á la escalera, y enfrente otras dos: balcón en el foro: muebles elegantes, aunque no de gran lujo.)
ESCENA PRIMERA
(ÁNGELA.)
Grave es el peligro, sí;
pero conjurarle espero.
Gracias á haberme iacitado
la debilidad del sexo
á ser lo que nunca he sido,
curiosa, aunque el buen deseo
me permite recordarlo
sin ningún remordimiento,
supe, á tiempo de evitar
((Utí se verifique, el duelo
á que provocado fué
sin causa mi pobre enfermo.
No fué menos oportuno
en mi hermano el pensamiento
de rogarle que nos diese
una prueba de su afecta
viniendo á desayunarse
hoy con nosotros, y aun deto
aplaudirme más de ver
que, no obslante la del reto,
á esta otra cita ha venido
dada con fin tan opuesto.
Aunque la insana reyerta
no ha revelado indiscreto,
y con jovial cortesía,
que es ya evidente progreso
en alma tan lacerada,
ha admitido nuestro obsequio;
sus frecuentes di tracciones
y su involuntario ceño
¡cómo, ay Dios!: i> han de inquietar
á quien sabe su;reto?
Aun le ignora B iiabé,
pero con su auxiüo cuento
si es fuerza al fin que yo rompa
mi cauteloso silencio. —
De otra alianza espero más,
y me la ha inspirado el cielo;
la de la Marquesa. Es viuda,
sagaz, de ánimo resuelto,
y sin mengua puo le hacer
lo que ni debo ni puedo
hacer yo. Amanto de Adolfo,
aunque antojo pasajero,
para ella fué golpe en vago,
para él duro tormento,
acrisolada verá
su firmeza en su despecho,
y si antes de haber salido
poco airosa de su empeño
le quiso, hoy desengañada
no habrá de quererle menos.
Honda impresión hará en ella
el billete en que la entero
(le lo que pasa, y en nombre
de, sus nobles sentimientos
le ruego que á toda costa
impida el trance funesto.
I.o hará sin duda...
(Llega un ciindo por la punía de la derecha con una carta qua Ang^ela le Mrrtbata.) Ali! Joaquín,
vuelve... Dame. — Vete.
(Retírase el criado por donde vino. Ángela abre apresaradamente la carta.) Leo:
«Ángela querida: No,
no ha interrumpido mi sueño,
aunque algo me han sorprendido
en el sobre los tres luégos,
el afectuoso billete
de usted, porque, lo confieso,
sin gozar un solo instante
los favores de Morfeo,
al nacer el nuevo sol
dejé el solitario lecho.» —
Yo también! — «r.on alma y vida
la grata misión acepto
de oponerme á que se batan
dos bizarros caballeros;
y cuando la religión
no me persuadiese á hacerlo,
mi acusadora conciencia
me impondría este precepto;
que por mí, por mi punible
frivolidad, no lo niego,
ellos las vidas arriesgan,
yo mi honra y mi sosiogo.
Iré al lugar del combate,
y ya que yo soy el cuerpo
del delito, antes en mí
se embotarán sus aceros
que á uno ú otro sea infausto
desafío tan grotesco:
grotesco, sí, que, en verdad,
la causa no vale un bledo,
y los tres cuando se sop-;
liaremos reir al pueblo. —
Mas no habrá necesidad
de mi varonil denuedo
si de acuerdo usted y yo
evitamos el encuentro.
Pues Don Bruno está en su casa,
hágale usted prisionero;
que yo me encargo de Adolfo,
y por el nombre que tengo,
quiera ó no, que sí querrá,
le llevaré, y vivo ó muerto,
vivo sin duda, á que sea
no ya mi juez, mi trofeo.» —
Procede como quien es.
¡Cuánto la idea celebro
de haber recurrido á ella! —
Pero el irritable genio
de Don Bruno todavía
puede frustrar mi proyecto.
Mi buen hermano le tiene
entretenido allá dentro;
mas ya la hora tremenda
se va acercando, y no creo
que la olvide...
ESCENA II
(ÁNGELA, DON DESIDERIO.)
Ángela hermosa!
Quién llega? (Ah! Don Desiderio.)
Saludo á usted...
Bien venido!
Se ha descansado del baile?
Sólo bailé un rigodón
y poco pude cansarme.
ÍJsled...
Tampoco bailé
de provechíi: era tan grande
el calor... Sólo dos veces
(y ninguna de e\hs gratis.)
lina polca con Narcisa
(el diablo con ella cargue)
y el cotillón de ordenanza
que dio á la fiesta remate.
(La tal Marquesa...) Aunque siempre
tengo un placer incrahic
en ver á usted. Aiigclila...
Mil gracias.
Hasta la tarde
hubiera yo diferido
este mi liumilde liomrnnie;
que no es lícito á tal hora
hacer visitas á nadie;
mas sabiendo que está aquí
mi amigo Bruno Velarde...
Porque me dijo anoche
que iba á tomar chocolate
con ustedes, he venido,
bella Angelita, á buscarle
para dar cima los dos
á cierto asunto importante.
Cuál? (Su padrino es sin duda.)
(Evitemos que se alarme.)
Aun no lo sé á punto fijo.
Es opuesta á mi carácter
la curiosidad. Él es
mi Eneas y yo su Acates,
y á su voluntad me doblo
sin restricción, sin examen.
Pero, hablando de otra cosa
no menos interesante,
¿quién me había de decir
cuando yo me daba al diantre
viendo á su hermano de usted
lograr un triunfo á que en balde
yo aspiré, que del misterio
era la ignorada clave
sañuda rivalidad
que sellada fué con sangre?
-Aunque me había contado
Bruno el desastroso lance,
(cómo saldremos del de hoy?)
no tuvo á bien confiarme
ni el nombre de su enemigo
ni el lugar de la catástrofe.':
En fin, bien que sorprendente
Iiaya sido e! desenlace,
ellos se han reconciliado
y mi corazón lo aplaude.
¿Quién no ha de aplaudir... (En ascuas
me tiene este botarate.)
Con cristiandad y nobleza
han procedido ambas partes;
Don Bernabé sobre todo,
que herido fué en el combate;
y si, aunque santos ios dos,
la palma se ha de dar á alguien,
primero que al taumaturgo
yo se la daria al mártir.
Ambos á dos la merecen.
(/.Qué baria yo para echarle
de aquí?)
Si permite usted,
Angelita, que le pasen
recado...
(Qué apuro!) Ya
no está aquí. (Si ahora sale...)
Fs chasco... Y adonde lia ido?
Á la fonda. (¡Perdonadme,
Santo Dios!)
(¿Si habrá olvidado
la cita?) Y, si usted lo sabe,
¿qué dijo...
Que espera á usted
allí.
Voy, voy al instante.
(Ali! respiro.)
Pero luego
que ese asuntillo.se zanje,
volveré, si usted me otorga
su venia, Angelita amable,
á que lengaiHds los dos
una conferíMicia grave,
vital,.., para mí á lo menos.
Cómo!...
He resuelto casarme.
Bien pensado. (¿Qué me importa...)
Y para el honesto enlace
á que aspiro no ambiciono
riquezas ni dignidades.
Plol)o hasta hoy, me lie dejado
deslumhrar por el brillante
oropel de las mujeres
del gran mundo; de esos áspides
entre rosas escondidos,
que hombres, tan superficiales
como ellas, á boca llena
llaman notabilidades.
No es usted una de tantas,
dulce Augelita, y no obstante,
tiene en su mérito intrínseco
y extrínsico más quítales
que todas ellas.
¿Qué oigo!
Se burla usted?
Yo burlarme!
Hasta en el nombre de pila
es usted recomendable,
y al ponérselo supieron
lo que se hacían sus padres,
porque, contra lo ordinario,
de su bella alma es imagen.
Yo he coaocid;.», Angelita,
á más de ua Marcial cobarde,
más de un Bonifacio pésimo,
más de un Benigno intratable,
más de una Rosa pestífera;
más de una Lucrecia frágil;
pero usted es... lo que suena;
es decir, Angela, un ángel.
Gracias... Pero olvida usted
que...
Ah! voy corriendo... Basten
por ahora, y com.o exordio
de mi discurso, estas frases.
Cjr::itiuarémos...
(Oh!) Bien...
Adi-,s. A ííela adorable.
ESCENA III
¡Anda con mi!... Si no apelo
para hacerle que se marche
á una mentira venial,
da con mi esperanza al traste.—
¡Y requerirme de amores
en ocasión semejante!
¡Y para mayor conlh'cto
sentir que en mi pecho nace
sobre el afecto de amiga
otro mas tierno, el de amante! —
Mas ¿de qué me servirá
haber echado á la calle
al galán intempestivo
que con singular donaire
ha sabido sazonar
su embestida extravagante?
Basta el tesón de Dou Bruno
para malograr mis planes.
¡Cómo, una vez aceptado
el duelo, lograr que falte
á su palabra? — Ah! ya viene.
Dios me ayude en este trance.
ESCENA IV
(ÁNGELA, DON BRUNO, DON BERNABÉ.)
¿Ha visto usted ya, Don I>runo,
nuestra humilde habilacion?
Aunque usted la llame así,
comodidad y primor
y aseo sobran en ella
para aposentar á un lord.
Con indulgencia extremada
la juzga usted; que en rigor
poco aventaja á la choza
de Báucis v Filemon.
Prosaica atención doméstica
de ustedes me separó
mientras en la librería...
Que es selecta...
Eh! no, señor.
Deliberaban ustedes
sobre la eterna cuestión
de clásicos y románticos,
de Victor Hugo y Boileau.—
Mas ya volvia... No todo
ha de ser erudición.
Apuesto á que todavía
el huésped que nos honró
no ha visto mi jardinito...
Lo veré en otra ocasión
con mucho placer: ahora...
Mostrarle me da rubor
cuando en Aranjuez hay tantos
y tan magníficos son.
No puedo yo competir
con las personas de pro...;
con Sofía, verbi gracia.
Es un tiesto algo mayor
que los otros, y no más;
y pues aun no quema el sol,
ruego á usted que baje á verle,
y aunque tan pobre es el don,
reciba una flor en él
que mi mano cultivó.
For hoy no puedo gozar
tan alta satisfacción.
Tengo á las diez una cita,
y si á cumplirla no voy...
(Mirando su reloj.) Las diez menos cuarto! — Denme
ustedes permiso...
(Ay Dios!)
No es tan tarde. Lleva usted
adelantado el reloj.
No, señora.
¿y cuándo ha sido
tan puntual un español?
Cuarto (le hora más ó menos...
Para quien noble nació
no es el liempo tan elástico
ni tan lerdo el pundonor. —
Volveré... Adiós.
(interceptándole el paso.) No! — ¡Üetenle
Bernabé! (Temblando estoy.)
Cómo!.,.
(¡No viene Sofía
y el tiempo corre veloz!)
{¿ue le detenga? Por qué?
Porque siniestra intención
le aleja de aquí.
¿Qué escucho!
No lia sabido en el crisol
de la experiencia probar
lo que alirmaba su voz.
\uelve el filósofo á ser
miserable pecador,
y estrena su aposlasía
con un desatino atroz.
(¿Cómo sabe...)
Va á batirse,
¡él que con harta razón
ayer odiaba los duelos!
Es verdad, y también hoy;
pero en vano he resistido
la terca provocación
de un temerario mancebo,
y empeñado está mi honor...
El honor no está á merced
de un fatuo, y quien ya mostró
que el miedo no le ha curado
de tan lastimoso error,
bien le puede combatir
sin denigrar su opinión.
Cúlpese á si mismo, más
que á mí, quien me aconsejó
volver á entrar en el gremio
de la sociedad. Me doy
por absuelto: ¡á tal semilla
tal fruto/
Frulo precoz!,
inas para darle laii malo
lio darle fuera mejor.
Muy bueno era el grano; ])cro
la cizaña le itifesló.
Para ser sociable un liombre
¿lia de ser batallador?
¡y batirse, justo cielo,
sin motivo y sin pasión
porque un loco lo ha exigido?
No se batirá.
Sí!
No!
En mi pudiera tal vez
ser excusable el rencor,
jy amiga se une mi mano
á la mano que me hirió!
Me parece que este ejemplo
es digno di^ imitación.
Ó el duelo hu de ser conmigo,
que soy antiguo acreedor,
ó sagrada es para todos
vida que respeto yo.
Sin abjurar los principios
que abracé con convicción
y sin que Adolfo...
Ah!...
Ni nadie
.ponga en duda mi valor,
yo sé el medio de cumplir
con ambos mi obligación.
Cuál?
¿Qué...
Dejarme malar
por cualquiera de los dos.
Virgen santa! Habrá que atarle!
(Volvieodo á mirar el rel'j.)
Las diez!— Paso! ¡Maldición...
Bien; salga usted en buen hora:
yo iré de tras.
y yo en pos. —
Mas qué digo? Ni él ni tú.
Quédese usted: su doctor
se lo manda, su enfermera,
su... amiga.
Perdido soy
si no vuelo...
(Deteniéndole.) ¡QuietO aqUÍ,
ó me asomo á ese balcón
y perorando y gritando
excito un motin feroz
como el que en el año de ocho
se armó aquí contra Godoy! —
Ah! Un coche!
(Corre al balcón y mira á fuera.) Aquí para..
(Vnelve al proscenio.) Es ella!
Y Adolfo!
¿De veras!
Oh!
¿qué dirán de mí!
(Corriendo á la puerta de la derecha y recibiendo
en sus brazos á la Marquesa.)
Sofía!
Ángela!
Gracias á Dios!
ESCENA V
(ÁNGELA, DON BRUNO, DON BERNABÉ, LA MARQUESA, DON ADOLFO.)
Saludo...
(contestan con una reverencia D. Bruno y D. Bernabé.)
Oh, mi buena amiga!
(saludando á Ángela.)
Señorita!..
Mi sorpresa...
Es muy natural.
iMarquesa!
Qué es esto?
(Sonriéndose.)Nada... Una intriga.
Aleve intriga, en la cual,
aunque novicia en el arte,
es mia la mayor parte.
Yo no he trabajado mal.
Probar, Don Adolfo, espero
que si á la cita falté,
mia la culpa no fué.
Lo creo así, caballero;
mas cada cual por su lado
absolución necesita:
usted por no ir á la cita;
yo por no haberle esperado.
a su firme voluntad
yo opuse tenaz porfia.
No es suya pues, sino mia,
la responsabilidad.
Siempre digna y noblemente
Velarde obró; yo lo sé.
Yo con mi sangre firmé
su diploma de valiente.
Silencio todo varón!
Mi lengua á nadie desdora,
mas de dos hemhras ahora
la culpa ó la gloria son.
Para templar el ardiente
brio de estos campeones,
un tribunal con calzones
fuera quizá inconducente;
pero pueden sin sonrojo,
como sin complicidad,
ante nuestra autoridad
deponer su íiero enojo;
enojo sin fundamento,
hijo de una aberración,
que si honra á su corazón
no acredita su talento.
Ambos demasiado vivos;
aquel por idolatría,
este por misantropía...
Yo...
Perdieron los estribos;
y nuestro piadoso ardid
sera sin duda eficaz
para quo en risueña paz
se trueque la liorrenda lid.
Toca á mí rogar con ella
al señor, pues do su quicio
le saqué, falto de juicio,
con tan injusta querella.
'Miranilo á la Marquesa.)
Cumplo además un precept»
dulce...
(Mirando á Ángela.)
Yo un grata deber...
Hé aquí... La doy con placer.
Con satisfacción la acepto.
(Se dan las m^nos.) Y á Sofía humildemente,
con apoyo de su heraldo,
ruego que reciba el saldo
de nuestra cuenta pendiente.
Cuál?
Perdone usted, señora,
si anoche, poco galante
y porque o.sltiba ignorante
de las prendas que atesora,
y ahora conliesd y promulgo,
de tétrico esplín llagado
la confundí, mal pecndo!,
con las mujeres del vulgo.
Bien!
Bravo I
Por vida mía
que no recordaba yn..-
Y mas que nadie quizá
necesito yo amnislía.
Pues el momento llegó
de que lodos cuenta den
de su conducta, también
quiero espontanearme yo. (Á i Bruno.)
Tan censurable— soy justa —
no fué en usted la rudeza,
como en mí la ligereza
cuyo recuerdo me asusta.
Contra cl pretendido orgullo
(Ic un Iiomhro digno de aprecio,
del mió— capricho necio! —
rnc armó el imprudenlo arrullo.
Y qué logro mi delirio?
Que usted no oyese el reclamo
mientras al dueño á quien amo
daban los celos martirio.
Mi fama comprometí
por un soñado placer,
¡y lia estado para correr
hidalga sangre por mí!
Qué digo' Tan loca soy,
que aun ahora, cuando á este mozo
trocando su pena en gozo
la mano de esposa doy...
ÍArrebalándosela.)
Sofía! Oh felicidad!
En esta resolución
tanto como la pasión
influye la vanidad.
Yo, aunque digan mis rivales
lo que quisieren de mí,
siempre aficionada fui
á tipos originales.
Por serlo mas que otro alguno
tendí á don Bruno mis redes,
y excuso decir á ustedes
que me derrutó Don Bruno.
Á pesar d.^ aquel sofión,
que por justo no me agravia,
lo que en mi al pronto fué rabia
fué después admiración,
y baria yo el ruin papel
de ir por lana y... ¡triste adagio!—,
á no evitar mi naufragio
otro hombre más raro que él;
que si á compararse van
el que gruñe y el que halaga,
á Velarde no va en zaga
Don Adolfo Montalban.
Retar el que ama con fe
al rival aborrecido
que quiere usurparle el nido,
todos los (lias se ve;
mas ¿quién cnn otro se mata,
porque, guardando su bailo,
no rinde á la dama culto
que al retador es ingrata?
La caballería andante,
si no es infiel mi memoria,
no ha consignado en su historia
temeridad semejante.
Con él, conmigo y con Dios
cumplo, y excuso el combate,
prefiriendo al más orate
y excéntrico de los dos.
Cuando á mi Adolfo restauro
en su legítimo trono,
si el otro no me da tono,
dicha y prez me da este lauro;
y si mi plan fracasó,
yo sé, ó mienten los indicios,
quién, con mejores auspicios,
será más feliz que yo.
(Muy conmovida.)
(Ah!)
(lu mismo.) (Oh cielo!)
Basta: ya es tarde.
(En mi alma está leyendo.)
(Á Ángela besándola.)
Adiós, perla.— Me encomiendo
á la amistad de Velarde.
(Lb da la mane, luego á D. Bernabé, y toma el brazi de D. AdolIV.) Vamos.
Gentil desenfado!
(Saludai.do con lorpeza por la gozosa agitación en
que te halla.)
Angelita... y compañía...,
abur!
í
Abur!
(Ap.) (con la Marquesa al retirarse los dos.
Ay Sofía!...
Do buena te lias escapado!
ESCENA VI
(ÁNGELA, DON BRUNO, DON BERNABÉ.)
Dichosa con.spiracion!
Vale un mundo la Marquesa.
Oh! sí,
Albricias! Ya está esa
fuera de la proscripción.
Es un diamante...
y no en bruto;
y el buen Adolfo la adora...
¿Qué me dice usted ahora
de la semilla y del fruto?
Me honro ya con ser amigo
de los dos.
y el juez adusto
que con mi cómplice es justo
¿lo será también conmigo?
¿Cómo, Angelita, en el odio
que tuve á toda mujer
pudiera }0 comprender
á la que es mi ángel custodio?
De gracia, de discreción
y de alma virtud dechado,
¿no eres tú quien ha curado
mi doliente corazón?
Desde que ese acento oí
y vi ese rostro sereno,
¿no empecé á ser, si no bueno,
no tan malo como fui?
Te cubrí de amargo duelo
con esta mano homicida,
¡y la tuya bendecida
me abre las puertas del Cíelo!
¡Y tú me hablas de justicia
cuando es ya mi obligacioa
adorarte con pasión
y servirte con delicia!
(Muy agilada.)
Velarde!...
Menor sufragio
no debo al numen sublime
que me alumbra y me redime,
(Con timidez.) y si usted oyó el presagio...
kl de Sofía?... Sí tal;
y hay en su voz tanto hechizo...;
y á quien tanto bien me hizo
no debo yo dejar mal.
ESCENA ÚLTIMA
(ÁNGELA, DON BRUNO, DON BERNABÉ, DON DESIDERIO.)
Oh gloria! Oh dichoso dia!...
(Se arrodilla.)
(Apareciendo y quedándose junto á la pucita como (Bruno á sus pies!)
petrificado.)
Velarde!...
(Cero y van tres!
Que oportunidad la mia!)
(Á D. Bein.bé.)
Qué hago?
Donosa pregunta!
Álzale en tus brazos bellos
¡y sea feliz en ellos!
Si!
(Se abrazan Ángela y D. Bruno.)
(Otra esperanza difunta!)
(AdelantáiidoBe.) Llego en muy buena ocasión.
Ah! (Se desprende de los brazos de D. Bruno.)
Veo con gran placer...
Ah! ¡Tú...
(Forzoso es hacer
de las tripas corazón.)
Bien! En dulce cautiverio
cayó el rebelde feróstico
Y SO cumplió mi pronóstico-.
Bien!
(Pobre Don Desiderio!)
(Se abrazan D. Bruno y D. Bernabé.):
¿Conque miénlras yo, allí solo,
esperaba al combaliente..
Aquí á la guerra inminente
puso tin... un protocolo.
Bien! Vítor! Todos contentos...
(Ali!) Qué opinas boy, querido,
del gusto, el tacto, el oído
y demás emolumentos?
Hoy, negando, aun mas que ayer,
á los sentidos la palma,
veo en las dotes del alma
el timbre de nuestro ser.
Si el Sumo Hacedor dispuso
proveer á los mortales
de Sentidos f.orporales,
bien que vedando su abuso,
sostengo, contra la usanza,
que no con dárselos quiso
formar en el Paraíso
el hombre á su semejanza.
Qué!,deja de ser su hechura
quien perdió brillo y.salud?
¿No es acaso la virtud
más bella que la hermosura?
No padre, sino tirano,
á no ser esto verdad,
sería de la mitad
del triste género humano.
En cuerpo mortal se encierra
lo que nunca morirá,
y del alma al cuerpo vá
lo que del cielo á la tierra.—
Yo, demasiado terreno —,
bien lo pagué y lo deploro—,
no creí que vaso de oro
guardase letal veneno. —
«Yo no niego ni relajo
la fe que mantengo viva;; ■:
pero de tejas arriba,
y no de tejas abajo». —
Dije, y sin más discusión
cobré al mundo antipatía
creyendo que era mi guia
la antorcha de la razón.
Y ciego á fuerza de luz,
como antes por falta de ella,
mayor ceguedad que aquella
más pesada hizo mi cruz;
pues para con Dios impía,
que me la dio por castigo,
llevaba el cáncer conmigo
de horrible misantropía,
y ver sólo en sus iguales
falsedad, traición, perfidia,
es, ay!, después de la envidia,
el peor mal de los males. —
Mas de tal enfermedad
no plugo á Dios que yo muera,
(Tomando y apretamlo la mano de Angela.
y esta ha sido mi enfermera,
mi hermana de caridad.
Felizmente en ella unidos
veo — tales son y tantos! —
dulces y puros encantos
para el alma y los sentidos.
Y ahora no es ilusión,
Desiderio, mi ventura,
porque, antes que mi ternura,
mereció mi estimación.
Y mi cura es radical,
que con la humana familia
por siempre me reconcilia
mi novia providencial.
(a Ángela.) Cuando una de ellas tú eres
y á mi cariño propicia,
fuera en mí atroz injusticia
maldecir de las mujeres; —
y pues pecadores sou
á porfía hombre y mujer,
y entrambos lian menester
mutua consideración,
do ella doy solemne prueba
exclamando, muy galán:
¡perdonadme, bijas de Adán;
perdonadlas, bijos de Eva!