Acto primero
(Personas: INÉS; CARMEN; VENANCIA; CÁNDIDO; EL CONDE; DON CLAUDIO.)
(Sala amueblada con decencia. Puerta en el foro, que es la que conduce á la escalera por la izquierda del actor; dos laterales á la derecha, ambas con montantes, y una á la izquierda. Entre las dos puertas de la derecha habrá una consola, y sobre ella un espejo.)
ESCENA PRIMERA
(INÉS, VENANCIA.)
Da veras habéis reñido?
De veras.
Y para siempre?
Creo que sí, porque yo
no pienso satisfacerle,
ni él tampoco querrá dar
su brazo á torcer.
Ni debe,
si tiene amor propio. ¡Á un Conde
niegas en tu casa albergue!
Por lo mismo...
Es lo más raro...
Yo me entiendo y Dios me entiende
Obra es de misericordia,
que aquí de oficio se ejerce,
dar posada al peregrino;
¿y es posible que la niegues
á un joven ele tanto mérito
y tanto caudal, que bebe
los vientos por ti, que aspira
á tu blanca mano, y viene
cada dia á visitarte,
y algunos dias dos veces?
Posible es, Doña Venancia.
Bien, niña. Tú te lo pierdes!
¿Qué pierdo yo...
Por de pronto,
un huésped de alto copete,
que haria un gasto de príncipe.
Calle usted; no me avergüence.
¿Qué vergüenza ni...
Sin él
vivimos holgadamente,
y primero es mi opinión
que todos los intereses
del mundo.
Pero ni al mundo
ni á Dios creo yo que ofende
quien á su oficio ó su industria
le saca el jugo que puede.
Me ama el Conde...
Auto en favor.
Ó lo dice al menos.
¿Miente
por ventura?
Ay! no lo sé.
Te ama, sí..., y tú lo mereces...
Yo...
Sí tal. Y á sus lisonjas
no es tu corazón rebelde.
Me lo negarás?
Confieso
que no me es indiferente.
Si amante no le desdeñas,
por qué le rechazas huésped?
Porque traerle á mi casa
ya no sería decente
cuando nadie en Aranjuez
ignora queme pretende.
Y aun sin eso, sabe Dios
loque el vulgo maldiciente
dirá...
Diga lo que guste.
Á quién la envidia no muerde?
Desprecia, Inés, y no temas
á ésa venenosa sierpe.
De mí, que suplo á tu padre
desde que lloras su muerte,
como yo la de mi esposo
el cirujano de Tiélmes;
de mí misma, que te escudo
con la autoridad solemne
de mi viudez y mis años, —
aunque todavía verdes,
porque serán treintaicinco
los que cumpliré en Setiembre,.
(Quince más!)
De mí, que, amén
de todo el tejemaneje
de la casa, soy en ella
un centinela perene
de tu virtud, la malicia
dirá, es seguro, mil pestes.
Mas qué importa? Somos libres,
y ni cánones ni leyes
se oponen... Pero, ay dolor!
voló el pájaro, y no esperes
que vuelva á la red. Ay simple!
Oh!
Tú has perdido el caletre.
Por escrúpulos de monja
¡perder un novio como ese...
Ya basta...
Boba! y mañana
te prendarás de un pelele.
No más!
ESCENA II
(INÉS, VENANCIA, EL CONDE.)
(Á la puerta del foro.)
¿Da usted su permiso...
Ah!
(Aparte á Inés.) El Conde! Albricias, que vuelve!
No lo creí.
Pase usted.
Permiso! Siempre le tiene
en esta su casa el Conde
de Valonga.
(Aparte á Inés.) No le sueltes
ya que...
(Al Conde.) No se sienta usted?
Sí.
Yo voy á mis quehaceres...
Bien, sí.
(Aparte á Inés.) ~ Cuando pasan rábanos...
¡Señora...
Dios guarde á ustedes!
(Váse por el foro.)
ESCENA III
(INÉS, EL CONDE.)
Dirá usted al verme ahora:
«Este hombre es un botarate»...
No tal.
«Un necio, un orate.»
Nada de eso.
Sí, señora.—
Vuelvo como el niño al aula
del maestro que le azota,
como el tahúr á la sota,
como el pájaro á la jaula;
vuelvo á los pies de mi bella;
que esta es, señora, mi cruz,
como la mosca á la luz
hasta que se abrasa en ella;
vengo — ¡oh baldón sin ejemplo
y digno de que me emplúmenl-
as que me escarnezca el numen
que me arrojó de su templo.
Ni á ser numen me sublimo
siendo una pobre mujer,
ni puedo yo escarnecer
á quien de veras estimo;
De quien es —
yo concluiré, señora. —
muy atenta servidora,
que sus manos besa, Inés. —
Se ríe usted! ¡Cuando digo...
¿No he de celabrar la gracia...
Mi hambre de amor no se sacia
con una ración de amigo.
Con la razón me aconsejo
cuando cauta desconfío.
La razón de usted, bien mió,
va hacia atrás como el cangrejo.
No hace una semana aún
que me amaba usted...
Confieso...
Y ahora no! Hay razón en eso?
Yo...
Ni sentido común?
Oiga usted con calma...
¡Calma!
Si quiere que le responda. —
Se alojó usted en la fonda
de enfrente...
Sí, pese á mi alma!
Procedente de Motril,
donde radica mi hacienda,
tomé en Aranjuez vivienda,
el dia treinta de Abril,
mientras Don Miguel Mansilla,
mi digno administrador,
me habilita otra mejor
en ia coronada villa.
Nos vimos y nos miramos...
Y hasta llegar á la cumbre
siguió amor, como es costumbre,
sus trámites..., ó sus tramos.
Los de usted entre sonrojos,
los mios con fruición,
de un balcón á otro balcón
se cartearon nuestros ojos.
Vino, tras de estos... arpegios,
cuyo recuerdo da grima,
la amorosa pantomima
que no se aprende en colegios.
Hasta que dulce protesta
me hizo usted de amor eterno
en un billete muy tierno...
que no quedó sin respuesta.
Y por fin mi amada Inés
su puerta — quién lo pensara!
me abrió...
Sí.
Pero en la cara
me dio con ella después.
Cierto, mas sea usted franco.
Si á mi pesar lo hice así,
razones para ello di.
Razones de pié de banco.
La cerré al huésped severa,
si al amigo se la abrí.
¿No hay posada para mí
donde la hay para cualquiera?
Á eso mi humildad responde
con lo pobre de mi estancia.
Hay una inmensa distancia
entre un cualquiera y un Conde.
Ay! cuando mi fe sencilla
con usted comprometí
no supe — triste de mí! —
que es título de Castilla.
Lo oculté yo por ventura?
Puso usted su nombre solo
en la carta...
No por dolo,
sino en señal de ternura.
Y ¿en qué ley, en qué capítulo
del fuero de los amantes
á un Conde se excluye si antes
no tira al rio su título?
Sería cosa cruel;
pero á usted no puedo yo
dar posada...
Por qué no?
Con título ni sin él.
Pero por qué? Soy yo el coco?
Por qué, Inés, tanto desvío?
Me aborreces?
No. Dios mió!
Dudas de mi fe?
Tampoco.
Pues mi rudeza confieso.
Por qué el castigo será? —
Es porque me amas quizá?
Pues por qué, sino por eso?
Quién de tal manera quiso?
Tú me amas, y me destierras!
¡Me amas...
Sí, ingrato!
¡Y me cierras
las puertas del Paraíso! —
Ah! ya entiendo... Á ser tan dura
te obliga...
¡Gracias al cielo...
La negra honrilla. ¡Oh modelo
de virtud y de cordura!
Pero amarnos y no vernos
es, hija mia, un suplicio
que no va en zaga al de Ticio
y Tántalo en los infiernos.
Fuerza es que vivamos juntos;
que es necio el amor platónico.
y si mi mal se hace crónico
cuéntame entre los difuntos.
Ni eres santa ni yo estoico,
y pues confeso y convicto
estoy de que este conflicto
exige un remedio heroico,
apelemos...
Sí; á la ausencia.
Eso es decretar mi muerte,
lejos de...
Pues de otra suerte...
Sí tal. (Tiene honra y conciencia;
y es tanta su perfección...;
y mi pecho es una fragua...)
Calla usted!
No. (Pecho al agua!
Pasemos el Rubicon.)
Para que á Francia ó Silesia
yo desolado no emigre
y tu fama no peligre,
Inés!, tomemos iglesia. v
¿Qué oigo!
No hay otro partido...
Cierto, pero ¿qué dirán...
Lo que se niega al galán
no se negará al marido.
Pero ¿usted no considera
que á mí no me corresponde
tanto honor? ¡Marido un Conde
de una humilde posadera!
También renitente ahora?
Pues si nó, ¿quién nos remedia...
Esto no es una comedia.
(Entre dientes.)
¿Quién sabe...
Con voz sonora
dirá usted: «Soy»..., ya lo escucho.
aSoy»...
Señor Conde! (Está loco.)
«Para esposa vuestra poco;
para dama vuestra mucho.))
Ni á hacer comedias me inclino,
Conde, ni mi estilo es ese;
pero aunque así lo dijese,
diria algún desatino?
Siendo entre dama y galán
cuna y prez tan diferentes,
qué dirán, señor, las gentes?
Dale con el qué dirán!
Si fuera usted un vestiglo,
pase, pero ¡tan bonita...
Eso...
Dirán, Inesita,
que yo marcho con el siglo,
Dirá la maledicencia:
«Á una plebeya dio el sí
porque sólo pudo así
triunfar de su resistencia.»
Dirán, si á mi frente ciño
la corona de condesa:
«Se ha casado, y ya le pesa,
por tema; no por cariño.»
Oh! no... (Si así lo comentan...)
«Y boda tan desigual
á los dos será fatal...»
Nunca! (Y puede que no mientan.)—
¿Qué importa la condición
en que estás, aunque harto humilde,
si en tu conducta no hay tilde
y es noble tu corazón?
¿Ni quién, viendo lo que vales,
y tu finura y tu agrado,
dirá que no te has criado,
Inés, en buenos pañales?
Aunque hoy te falte el boato
que yo á tus gracias prevengo,
¿qué dama de alto abolengo
puede desdeñar tu trato?
Días— oh! sí— más serenos
te alumbraron en la cuna,
aunque por mala fortuna
hayas tú venido á menos.
No hay de verdad un adarme,
aunque el decirlo me duela,
en la curiosa novela
con que usted quiere ilustrarme.
Pero...
Óigame usted, le ruego,
y deseche esa ilusión.—
Pues, señor, nací en Griñón
hija de un tosco labriego.
Mi madre me destetó —
que esto la pobreza exija!—
para criar á la hija
de una dama de alta pro.
De la próvida lactancia
pagada con profusión,
de Madrid volvió á Griñón
para cuidar de mi infancia.
Cinco años después murió,
cuando yo tenía nueve,
la ilustre dama, y en breve
la mia. Ay Dios!...
Pero yo...
Era el padre de la niña
que fué mi ángel tutelar,
propietario en mi lugar
y en toda aquella campiña.
Allí de su amargo duelo
vino á consolarse: allí
tanto se prendó de mí —
téngale Dios en el cielo!—,
y la niña á quien bendigo
tal cariño me cobró,
que cuando á Madrid volvió
quiso llevarme consigo.
Por supuesto, de niñera...
No tal. Desde entonces fui —
no sé si lo merecí —
su amiga y su compañera.
«No de lo que yo deseche
te vestirás, dijo, no:
cuantas galas tenga yo
tendrá mi hermana de leche.»
Juntas fuimos al colegio...
Pero usted la eclipsaría...
Oh! eso no. — Y aun gozaría
de tan dulce privilegio
si mi noble protector
conservase su existencia;
mas quiso la Providencia
llamarle á vida mejor.
Partió mi afligida hermana
á vivir con una tia,
mientras el luto cumplia,
en Castellón de la Plana;
y entonces, — que rara vez
viene un mal sin otro en pos —,■
mi querido padre, oh Dios!
cayó enfermo en Aranjuez,
donde á su cargo tenía
esta casa...
Ya preveo...
Que un dia fué de recreo
y ahora es hospedería. —
Mi hermana, en fin, nos la dio
y con ella algún dinero...
Bien: lo demás ya lo infiero.
Mi padre al año murió.
Ay!...
Dios le tenga en su gloria.
Más te honra y más me consuela
que mi soñada novela
esa interesante historia.
Á mayor bien me convida
casta niña humilde y fresca
que traviata romancesca
tarde y mal arrepentida.
Más quiero, en fin, ser pariente
de un labriego hombre de bien,
que no, como yo sé quién,
serlo de todo viviente.
Yo...
Lo dicho. Esto se zanja
con una mano y un sí.
Tú has nacido para mí:
tú eres mi media naranja.
Reflexiónelo usted bien.
Cuanto más lo reflexiono
más veo en tu amor mi trono
y entre tus brazos mi Edén.
No me amas?
Sí, á mi pesar...
Pues á salir del barranco.
Herrar ó quitar el banco.
Es que yo temo...
Qué?
Errar.
No digas tal desvario. —
La mano...
(Inés bájalos ojos y deja que el Conde se apodere de su mano.) Oh dicha! ¡oh laurel...
Mi corazón...
Cree en él.
Como yo creo en el mió.—
Ahora responde...
Respondo.
Serás mia?
Jesús! Yo...
Cuando no digo que nó...
Necesito un sí redondo.
Pues bien, sí.
Inés!...
(Oh vergüenza!)
Mañana...
No es tan urgente...
Entablaré el expediente
conyugal. Don Pedro Atienza...
Conde!...
Será mi padrino. —
No más huéspedes desde hoy.
En buen hora.
Loco estoy.
(Anda como desatentado de una parte á otra. ) Lo sabrá todo el Casino.
No! Ay Dios mió!... Mi rubor...
Adiós. (Que rabie Carmela!)
Voy...
(Va á salir, y se detiene de pronto.) Ah! esta noche hay zarzuela
y sale Caltañazor.
Traeré un palco, Inés preciosa,
y los dos...
No!
Me retracto.
Las dos... Pero en un entreacto
subiré...
Eso es otra cosa.
Adiós... Ah! quiero, alma mia,
pues cesaron tus desdenes,
tu retrato, si le tienes.
Sí.
Cómo?
En fotografía.
No hay ya quien no participe
de arte que tan poco cuesta;
no hay cara, aun la más funesta,
que no se daguerreotipe.
Dámele pues.
Al momento.
(Entra en su habitación, que es la de la derecha cerca del foro.)
ESCENA IV
(EL CONDE.)
Oh qué linda y qué discreta!
Es una mujer completa,
un ángel. No me arrepiento.
De aquella antigua pasión
ni reliquias quedan ya...
Inés sola reinará
en mi amante corazón.
ESCENA V
(INÉS, EL CONDE.)
(Dándole el retrato.)
Toma.
Á ver?
(Mirando el retrato.) Aun para Edipo
fuera indescifrable enigma
tu gracia bajo el estigma
del fatal daguérreotipo.
Son mis facciones...
Tal vez...;
mas falta el color aquí
á tu labio de rubí,
frescura y vida á la tez...
Á bien que otro en breve plazo
te hará, sin este siniestro
empaque, el pincel maestro
de Federico Madrazo.
Guardóle.
Supongo que...
Que yo te he de dar el mío?
Claro está.
No desconfió...
Con el palco le traeré.—
Adiós! Daremos los dos
envidia al género humano.
Adiós!
Otra vez la mano.
Vaya.
(Se la dá y él no se harta de besarla )
Adiós!
No más!
Adiós!
ESCENA VI
Me ama, si: cómo dudarlo?
Me ama con el alma toda.
¿Qué prueba pudiera darme
más eficaz, más notoria
de su entrañable cariño
que elegirme para esposa—
oh Dios, y con qué deleite!
cuando mérito le sobra,
aun prescindiendo del título
que sin engreírle le honra,
para aspirar á la mano
de alguna ilustre infanzona?
Y no por rico ó por noble,
sábelo Dios, me enamora;
antes eso hace que mi alma
sienta,... no sé..., una zozobra.
Por qué? ¿No se ven ejemplos
todos los días de bodas
más desiguales? ¿Me han visto
codiciar su ejecutoria?
¿No he combatido yo misma,
mintiendo desden mi boca,
su ciego amor? ¿Le he callado
que nací en humilde choza?
¿No han disputado tenaces
palmo á palmo la victoria
mi razón á mis sentidos,
mi modestia á sus lisonjas?
Afuera vanos temores
y bendiga el alma absorta
de mi inefable ventura
la pura y radiante aurora.
ESCENA VII
(INÉS, VENANCIA.)
Inés!
Ay doña Venancia!
(La abraza.)
Me abrazas! Qué ha habido? Lloras!
Malo! Habéis tronado?
No.
Las lágrimas que se agolpan
á mis ojos son de pura
alegría.
¡Bien, paloma,
bien!— Qué cucaña! Es decir
que el Conde...
Seré su esposa.
Bien! (¡Casada con un título
la hija de la tia Jeroma!)
Reciba mil parabienes
la Condesa mi señora
de esta su criada humilde.
Criada! Usted me sonroja.
Siempre mi amiga!
Mil gracias,
Inés, (j Miren si la hipócrita
ha sabido engatusarle!)
¿Y cuándo la ceremonia...
No sé... Esta noche...
Esta noel
Vamos...
Calle! Á la parroquia?
No: á la Zarzuela.
Sí? Bueno!
Me ha ofrecido un palco...
Oig
Pues á vestirte de tiros
largos; que con esa ropa...
Si: usted también...
Yo despacho
pronto: mi hábito y mi cofia.
Vamos, vamos... Me desvivo
por zarzuelas y por óperas.
Qué hacen? El planeta Venus?
Jugar con fuego? Tramoya?
No sé. Entremos...
(Entra en su habitación.)
¡Ah fortuna,
fortuna borracha y loca!
(Al entrar Venancia aparece por el foro Cándido ■)
ESCENA VIII
(CÁNDIDO.)
Prineipia á anochecer.
No la veo... Más adentro
tal vez... Me tiemblan las corvas.-
Aquí vive, y está en casa,
según me ha dicho la moza
que abajo me ha recibido;
mas por ningún lado asoma...
Á qué puerta llamo? Á aquella?
á la de enfrente? á esa otra?—
Á ninguna. Esperaré. —
Ansia de verla me acosa,
y al mismo tiempo el temor
no infundado me acongoja
de ser otra vez el blanco
de su desprecio y su mofa.—
Y sin embargo es preciso
tener corazón de roca
para pagar de ese modo
la firmeza más heroica,
el amor más acendrado
que registran las historias. —
Mas dime, alma de mi cuerpo,
ahora que estamos á solas,
alma de cántaro, dime,
¿por qué, indigna de tal joya,
te obstinas en codiciarla?
¿Por qué mi pasión decoras
con dictados tan sublimes,
si se te viene á la boca
el único que le cuadra,
el de ridicula y tonta?
¿Por qué, mal escarmentado
de la primera derrota,
vuelvo, Inés, tras larga ausencia
á que repitas la solfa? —
Pero si Dios me hizo así,
puedo ser yo de otra forma?
Pero ¿cómo emanciparme
del astro que me remolca? —
Y, la verdad sea dicha,
cuando á mis ayes fué sorda
esa linda criatura,
no tuvo razón de sobra?
¿Qué era yo, quién era yo
para esperar otra cosa?
Nada! nadie! ¡Un escribiente
adocenado..., un autómata!—
Mas ya no soy el de marras.
La fortuna caprichosa
me ha sacado de la esfera
humilde, triste y ramplona
en que un dia vegetaba;
traigo repleta la bolsa;
y aunque no hay oro bastante
en Australia y California
para merecer á quien
tantas gracias atesora,
puede ya Inés sin afrenta
dignarse de ser mi novia.
Ea pues, Cándido insigne!,
ó vuelve á Cuba la proa,
ó si aquel refrán de audaces...
et cestera es un axioma,
saca fuerzas de flaqueza
y los pies de las alforjas.
Quién dijo miedo?
(Llamando con timidez.) Ah de casa!—
Tiemblo otra vez? Eh!...
(Esforzando la voz.) Patronal
ESCENA IX
(CÁNDIDO, VENANCIA.)
(Vestida ya como dijo.)
Quién es?
Señora... (No es ella!)
(Yo conozco esa figura.)
Me han dicho que vive aquí
Inés..., Doña Inés Laguna...
Sí. Usted querrá habitación...
Cierto. (Yo he visto á esa bruja..
no sé dónde.)
Puede usted
acomodarse, si gusta,
en aquella...
(Muestra la de la derecha más distante del foro.)
(No recuerdo...) ó en aquella...
(Señala la puerta lateral de la izquierda,)
Son las únicas
que hay vacantes en el piso
principal. Abajo hay una,
pero...
En cualquiera: es igual.
(Para sí.)
Ah! ya caigo... Él es sin duda.
¿Cómo...
Es usted de Griñón?
Sí; allí mecieron mi cuna;
pero usted...
¡Ven á mis brazos,
Cándido mió! Oh ventura!
(Le abraza.)
¿Quién...
Soy tu prima Venancia.
Sí? (Maldigo mi fortuna.)
(Acariciándole.)
¿No haces memoria...
Sí tal,
una memoria confusa...
Prima..., sí..., tercera ó cuarta...
No, bobo! Prima segunda.
Pero no me sobes tanto,
que no soy piel de gamuza.
Siempre te he querido mucho,
y hoy sería esposa tuya... »
Mi esposa! Qué estás diciendo?
(Si tal he pensado nunca,
que me aspen.)
De otro lo fui,
y tú tuviste la culpa.
No diré yo lo contrario.
Como hiciste la locura
de irte á Madrid...
Es verdad!—-
Tú castigaste mi fuga
casándote— ya me acuerdo—
con el bueno del tio Lúeas...
Ay! sí.
El barbero de Tiélmes.
Barbero? Tú le calumnias.
Cirujano sangrador. —
Gonsuélate: ya soy viuda.
Queme consuele? Eso..., tú...
Si paso á segundas nupcias,
no me faltará un buen dote,
porque, amén de la pecunia
que tengo ahorrada, Inesilla
va á dejar pronto su industria
para casarse...
(Ah!) Con quién?
Con un señor de alta alcurnia.
(Santo cielo!)
Con un Conde,
nada menos. — Qué! te turbas?
Yo! No tal. (Disimulemos.)
Pero me asombro... (Que angustia!)
Yo también; que aunque ella es guapa
y tiene cierta finura,
a! cabo, como tú y yo,
es hija de una palurda.
(Infeliz de mí!)
Chiripas
del mundo... En fin, aleluya!
Á mí maldita la pena
que me da..., ni áti...
Ninguna.
(La vida me costará.)
Veamos si algo se chupa,
que es lo esencial... Pero el Conde
va avenir...
(Qué haré?...)
*Y á oscuras.
Vuelvo: voy á traer luces...
Siéntate...
(Sin moverse.)
Sí. (Suerte injusta!)
ESCENA X
(CÁNDIDO.)
Cayó de un soplo la torre
que mi fantasía ilusa
levantó. Se casa! Oh Dios!...
¡Y entre cajones de azúcar
he venido expresamente
desde la isla de Cuba
á apurar con tal noticia
el cáliz de la amargura!
Yo siempre he tenido, siempre,
ocurrencias oportunas.
¡Mal haya... Pero ¿es milagro,
siendo tanta su hermosura,
que un Conde la solicite?
¿Y cómo cupo en mi obtusa
mollera el necio delirio,
la idea torpe y absurda
de esperar que á mi regalo
guardase amor esa fruta?
¡Ah, que no se hizo la miel
para... ¿Y por qué, pese á Judas!
me estoy aquí? qué hago aquí?
Exponerme á ser la burla
de Aranjuez. Huyamos!— No!
Aunque aumente mi tortura,
¿cómo, tras viaje tan largo,
no verla otra vez..., la última!
(Talareael Conde dentro.) ¿Quién canta... El Conde será. —
No vea en mi cara estúpida
el pesar, la... Aquí me cuelo.
(Entra en el cuarto de Inés.)
ESCENA XI
(EL CONDE, VENANCIA.)
Venancia! Inés! Quien alumbra?
(Dentro todavía.) Allá voy.
(Llega con una luz en cada mano.) Bendito sea
y alabado... Ah! Se saluda
al señor Conde...
¿Inesita...
Se está poniendo muy pulcra
para...
(Suena una campanilla.) Allá voy!
(Deja una luz en el escenario y entra con la otra en la habitación consabida.)
En casándome,...
doy de baja á esa lechuza.
(Dentro.) Socorro!
Qué oigo!
(Dentro.) Ladrones!
(Salen despavoridas las dos, y poco después Can dido.)
ESCENA XII
(EL CONDE, INÉS, VENANCIA, CÁNDIDO.)
Volemos...
Favor!
Favor!
Qué es esto?.
Un hombre!
En mi cuarto!
No hay que asustarse. Soy yo.
Quién es yol quién es usted?
(Ah! Cándido!...)
(Muy turbado.) Soy... Yo soy...
Eh?
Nadie. (Qué hermosa!) Un huésped...
Tiembla usted!
¿Quién... No es temblor.
Á qué ha entrado usted ahí?
No conozco á ese hombre.
(¿Atroz
desengaño!)
Yo...
Pensé...
Como no había farol...
Soy forastero...
Este quídam
es sospechoso.
El señor...
Yo ¿por qué? Esto me faltaba!
Colarse así de rondón!
Sorprender á una señora....
No hay tal sorpresa. Yo no...
(Á Inés )
Cada vez se turba más.
Me turbo porque... (Ay dolor')
Ó es usted un libertino...
No tal. Jesús!...
Ó un ladrón.
Ladrón? Miente quien lo diga.
Cómo! Me alza usted la voz?
Yo diré...
¿Qué hombre de bien
oye con resignación
fulminar sobre su frente
una injuria tan feroz?
Él parece un infeliz... l
(Ah qué idea!...)
Voto á bríos!...
Perdone usted, señorita:
fué un lapsus... Se me escapó. —
¿Quién ve claro, si no es buho,
cuando ya se ha puesto el sol?
Pido un cuarto, me lo indican,
y á otro distinto me voy;
á nadie veo al entrar;
me sofocaba el calor;
guiado por el crepúsculo
y viendo abierto el balcón,
me asomo á él; siento pasos
detras; veo el resplandor
de una luz; me vuelvo; al verme
se espanta y huye veloz
una mujer, otra luego,
gritando á cuál más las dos;
yo las sigo; y sin oir
mí sencilla explicación,
llueven sobre mí anatemas,
soy un tuno, un malhechor,
un Tarquino... Dios lo quiere!
Téngamelo en cuenta Dios.
Voy viendo que era infundado,
querida Inés, tu terror.
Sin duda.
(Si le pudiera
comprometer...)
Bien; me doy
por satisfecho.
(Con amargura.) Mil gracias.
(Muestra con continuos gestos y ademanes su interno
pesar y su indecisión.)
(Él es un bobalicón...)
Yo también,
Sí? Y yo. (¿Por qué
no se fué á pique el vapor
que me trajo á Europa? Ay necio!)
Con permiso.,. Con perdón...
No hay de qué...
(Á Inés.) Está turulato.
(Esas facciones... No es hoy,
creo, la primera vez...)
No daré nueva ocasión,
lo juro...
(Con resolución.) Adiós para siempre!
Detente! ¡Huyes, salteador,
dejando comprometida
con tu audacia mi opinión!
¿Cómo...
Esta es otra!
Si Inés,
si el Conde, á cuyo valor
apelo ahora, se dan
por satisfechos, yo no.
¿Qué oigo!
Qué intenta esa momia?
Señora!..
En la habitación
donde ese hombre fementido
clandestinamente entró
las dos dormimos.
¿Y qué...
También — consta en el padrón—
soy yo bello sexo.
Calle!
(Bello sexo!) Sí, en rigor...
Mujer, pase, pero...
(Á Inés.) Cómica
va siendo la situación.
Pero ¡bello sexo!
Infame!
Cuando yo estaba en la flor
de mis años, ese aleve
mis favores pretendió.
Yo? Mentira!
Y ya ve usted
que entrar hoy de hoz y de coz
en mi cuarto...
Oiga! Pues esto
tiene ya más de un bemol.
(Aparte coa Inés.) Riámonos á su costa.
Eh! no. Me da compasión.
(Reniego de mí y del padre
que en mal hora me engendró.)
Los indicios son vehementes;
el lance es de Calderón.
Del demonio!
Y todavía
para los hombres de pro
aquella jurisprudencia
dramática está en vigor.
No hay más remedio que hacer
de las tripas corazón
y casarse con Venancia.
Oh! antes...
Lo exige su honor...
Sí.
(Aparte al Conde.) Pobre hombre!...
Señor mió..
Basta ya...
Y lo exijo yo.
Caballero, yo soy hombre
de apacible condición;
mas ya me ha apurado usted
la paciencia, y la de Job
claudicaría al oir
tan bárbara sinrazón.
Cuando yo quiera casarme
buscaré mujer ad hoc,
y para dármela, usted.
no tiene jurisdicción.
Y diga lo que dijere
el poeta que escribió
El mayor monstruo los celos —
(Mirando á Venancia.) yo conozco otro mayor—...
Eh?
Y Lope, y Tirso, y, en fin,
todo el Parnaso español,
y el Areopago de Atenas,
y Radamanto, y Pluton,
no estoy tan desesperado —
aunque bastante lo estoy —
que consienta en ser marido
de semejante visión.
Vision? ¡Oiga el muy,..
(á Inés.) Es donoso.
(Con suma exaltación.)
¿Qué he hecho yo, Dios de Jacob,
para castigarme así?
(Mirando á Inés.) (Esta... ay triste! —
(Mirando á Vanancia.) Esa... Oh furor!)
(Encarándose con el Conde.) Todo lo. que quiera usted
seré: bandido, ladrón...;
todo, menos...
Ay! me espanta.
Loco!...
Ay! sí.
Sí, loco soy.
Siento...
Atrás!
Yo...
Paso al loco!
Pero...
Atrás!
(Echando á Inés una mirada de desconsuelo.) (Ingrata!) Adiós!
ESCENA XIII
(EL CONDE, INÉS, VENANCIA.)
Loco! ¡Lástima...
No; un ente
original, un hurón...
(Estoy volada.)
Mi broma
le ha puesto de mal humor,
y no lo extraño, que ha sido
mayúscula.
(Con risa forzada.)
Sí tal. Oh!...
Yo también me chanceaba...
De veras? Tanto mejor.
(Ah!)
Ya es tarde. Toma el palco
y el retrato.
(Los toma Inés.) Yo me voy;
que he de escribir esta noche
á Motril, á Castropol...
Nos veremos luego?
(Besando la mano á Inés.)
Sí,
prenda de mi corazón.
ESCENA XIV
(INÉS, VENANCIA.)
Vamos?
Sí. (Á ver si me alegra un poco Caltañazor.)
Ah! los guantes..., el abrigo...
Voy...
Yo iré. (Qué sofocón!)
ESCENA XV
(INÉS.)
(Abriendo la caja que contiene el retrato.)
Veamos la grata imagen
del que mi alma cautivó.
(Mira el retrato.) Ah! no es el suyo: es... Dios mió!
de una mujer. Oh rubor!
(Acercándose á la luz y mirando con atención el retrato.) ¿Quién será... Oh! es Carmen! es Carmen!
¿Cómo... Amarga decepción!
¡Mi protectora, mi amiga,
mi hermana! Hombre sin pudor,
así me vendes? ¿así
vendes, perjuro, á las dos?
ESCENA XVI
(INÉS, VENANCIA.)
(Dando á Inés los guantes y chai y poniéndose los suyos.)
Toma...
Yo castigaré
al inicuo burlador.
Qué dice?
Por el telégrafo
la llamaré...
Á quién?
Gran Dios!
Qué ocurre?
(Guardando el retrato.)
Sígame usted.
Á la Zarzuela?
No.
(Tirando al suelo el billete.) No!
(También loca! Es epidemia?)
Sepamos por qué razón...
Ah! ¿El Conde...
No vuelva usted
á nombrar á ese traidor,
sino para maldecirle
como le maldigo yo.
("Váse por la puerta del foro y Venancia la sigue santiguándose.)
Acto segundo
ESCENA PRIMERA
(INÉS.)
Siento dar una molestia,
y un pesar tal vez á Carmen;
mas faltándome su auxilio,
recio sería el combate
quizá, y yo no lograría
confundir á aquel infame. —
Que no cambió los retratos
con designio de injuriarme,
es evidente. Si su alma
los abrigaba culpables
contra mi honra, necedad
que no se le ocurre á nadie
fuera el querer merecerme
haciendo gratuito alarde
de inconstancia y de perfidia.
No, no: su yerro, aunque grave
fué casual, fué involuntario,
y para que yo me salve
Dios lo permitió. Bendigo
su providencia inefable. —
Él — oh sorpresa! oh falacia! —
él poseía tu imagen,
hermana mia, y sin duda
en prenda se la entregaste
de candido amor, que el pérfido
paga con tan vil ultraje.
No en vano una voz secreta,
acusándome de frágil,
en vez de gratos placeres
me presagiaba desastres. —
Pero, sin mediar amores,
bien pudo; — que esto es muy fácil
hoy que la fotografía
vulgariza los semblantes,
adquirir su efigie á título
de amigo ó de tertuliante.
Y ella en carta muy reciente
me habló de próximo enlace
con otro... Bien podrá ser
imaginario el desaire
y que, reo solamente
de distracción excusable,
el Conde se justifique...
No, corazón, no me engañes.
Lo cierto y lo justo fué
lo que anoche me inspiraste.
No me aconsejes ahora
sutil, artero y cobarde
que haga á la amistad traición
y mi noble orgullo empañe.
ESCENA II
(INÉS, VENANCIA.)
(Saliendo de la habitación lateral de la izquierda.
Ya está la sala. ¿En qué alcoba
se hace la cama?
En la grande.
Yo también dormiré en ella.
¿Juntas las dos...
Sí, como antes
de nuestra separación.
Caben allí los dos catres.
Sí.
En el otro dormitorio,
que tiene puerta de escape,
el tocador.
Está bien.
Haga usted que se trasladen
los muebles...
Pierde cuidado.
Que ayuden Casilda y Jaime.
Bien, bien. El juego de cama
con guarniciones de encaje...
Para mi hermana. — Prontito,
que luego que usted despache
hemos de ir á recibirla
en la estación.
No te afanes,
Vendrá en el segundo tren.
Tal creo.
Y quizá más tarde;
que no madrugan las damas
de Madrid.— ¡Vaya que el diantre
del retrato... ¡Y justamente
ser de quien es! Pues ¿y el lance
de...
¡Por Dios, Doña Venancia...
Voy, voy... (Bien dicen que el martes...)
Ayer fué martes, Inés!
Bien, y hoy miércoles,
(El cafre
de mi primo... Ay!)
¡Vamos...
Voy.
(Entra en la habitación de la izquierda.)
ESCENA III
(INÉS.)
Con esa mujer soy mártir.
Pues si ahora las dos empiezan
á charlar, Dios nos ampare.
Iré yo...
(Dentro.) Inés!
Ah! mi hermana!
¡Tan pronto... Vuelo...
(Corre hacia el foro y recibe en sus brazos á Carmen, que llega, también corriendo.)
ESCENA IV
(INÉS, CARMEN.)
Inés!
Carmen!
Cada dia más hermosa.
Y tú?
(Sedan repetidos besos.; Hermana mia!)
Mi ángel!
(Llegan por el foro el aya de Carmen, señora mayor, y un mozo con uno de esos 'laúles de; viaje que llaman mundos.)
Me has llamado, y obediente...
Gracias.
(indicando la puerta lateral de la izquierda.) Allí el equipaje. —
Esta señora...
Mi aya.
Sígale usted, Doña Práxedes.
(El aya bace una salutación muda y entra con el mozo en dicha habitación.) Aquel es mi cuarto?
E] nuestro
querrás decir.
Ah! bien, bien.
Las dos dueñas venerables
se alojarán en aquel.
(El que era de Inés y Venancia en el acto primero.)
Mejor.
Mas no han acabado
de aviar... Ven aquí, ven...
Hablaremos...
(Se sientan.) No esperaba
tener tan pronto el placer
de abrazarte.
Cómo no?
Recibo anoche el papel
en que dices á tu hermana:
«Ven: te necesita Inés»;
las horas se me hacen siglos,
y pudiendo, amiga fiel,
volar á ti en el primero,
¿cómo hasta el segundo tren
diferirlo?
¡Cuando digo
que eres un ángel...
¿Y qué...
Di me...
Te habrás levantado,
querida, al amanecer...
Qué importa?
Haré que te sirvan
algo...
Ahora nada. Después...
Tomé en Madrid chocolate.
(Vuelve el mozo de vacío y se retira por el foro.)
Supongo que te tendré
una temporada aquí.
Veremos...
Siquiera un mes.
No tanto. — Pero habla: estoy
en ascuas hasta saber
para qué con tanta urgencia
me haces venir á Aranjuez.
Alguna desgracia?
(Ay!) No;
al contrario...
Dime pues...
Un lance imprevisto, raro,
inaudito.
¿Cuándo...
Ayer.
Funesto?
De todo tiene,
de tragedia y de entremés.
¿El héroe...
Un traidor.
¿La víctima...
Todavía no lo sé.
¿Qué misterio...
Y bien pudieran
ser dos...
Dos!
Acaso tres.
¿Cómo...
Antes de referirte
mi aventura, es menester
que hagas conmigo un examen
de conciencia.
(sonriéndose.) Sí? Le haré.
Es libre tu corazón?
Libre? Lo es y no lo es. —
Ya que eres tú misteriosa,
quiero serlo yo también.
Tú me escribiste que te ibas
á casar...
No te engañé.
El novio me importunaba,
y hube de decirle amén.
(Ah!) El nombre?
Don Claudio Robles,
natural de Santander;
un capitalista...
♦ Y... ¿le amas?
Creo que no; mas, ya ves,
sin padres y sin marido,
qué hace una pobre mujer?—
Su persona... no repugna,
aunque no es mozo novel...
Mas ni aun para requebrarme
acierta el buen montañés
á poetizar un poco
su jerga de mercader.
Oh! me tiene ya abrumada
de giros y pagarés
y pólizas y talones...
Mas no romperá la fe
jurada como...
En tu pecho
¿quedaron chispas tal vez
de otro amor...
Reminiscencias
que no me impiden comer
y dormir tranquilamente.
¿Yo amor á un falso, á un infiel...
Odio más bien.... No, ni aun eso,
desvio...
Carmen!
Desden.
(Dios lo haga!) En fin, pues te casas
con otro, debo creer...
Me caso por conveniencia,
y acaso por altivez.
Creerá aquel necio que aun tiene
sobre mi alma algún poder
si permanezco soltera.
Para otro será el laurel
más que para ti. Á don Claudio
puedo dar el parabién;
átí..., yo no sé...
Á los dos.
Y dime, ¿has vuelto á saber
del otro...
Nada. Reñimos—
un año hará en San Andrés—
y á decirte la verdad,
pueril el motivo fué.
Por celos..., ó por orgullo,
que uno y otro pudo ser,
le habia exigido yo
la sumisión de un lebrel.
Si blanda y dulce al principio,
paracióle al fin mi ley
degradante... Tascó el freno,
yo resistí y porfié...
En fin, querida, tronamos;
se fué rebosando hiél;
y ni yo quise llamarle
ni él ha vuelto á parecer.
No lo debes extrañar.
Don Claudio es todo al revés.
No me deja á sol ni á sombra.
No se agarra á la pared
tan tenazmente la hiedra
como... Oh, Dios, qué pesadez!
Gracias al ferro-carril
hoy me veo libre de él,
y aun me parece mentira. —
Pero acaba: ¿no sabré
con qué objeto...
Antes — perdona —
quiero que me digas quién...
Quién fué el primer aspirante?
(Tiemblo!)
Don Carlos Rangel...
(Ah!)
Tu semblante se altera!—
Conde de Valonga.
Él es!
(Se levanta y Carmen también.) Ay Carmen!
(La abraza.)
Qué! le conoces?
Sí.
Cómo!
Está en Aranjuez.
Ah! Es tu huésped?
Más!
Tu amante?
Aun más!
Dilo de una vez.
Es mi prometido esposo..
Tu esposo! (Dios de Israel!)
Recibe mi enhorabuena.
Permito que me la des,
mas sólo por verme libre
de las garras de Luzbel.
¡Cómo...
Tras larga porfía,
y no por conde ó marqués;
que yo nunca he deseado
salirme de mi nivel,
sino... porque me agradaba,
que no te lo negaré,
ayer fué tal su elocuencia,
ó tanta mi candidez,
que, por mal de mis pecados,,
el fatal sí pronuncié. —
Pero no estaba de Dios
que yo cayese en la red.
Me propuso que cambiásemos
los retratos; le entregué
el mío; él me prometió
traerme al anochecer
el suyo; me dio esta caja;
tenía prisa; se fué;
abro la caja, y en ella
Veo... (Abre la caja.)
Qué? (Mira el retrato.)
Lo que tú ves.
Mi retrato! Oh bastardía!
Nunca le reconvendré
por su inconstancia, no; que antes
se la debo agradecer;
pero despreciarme así!
¡Blasonar el descortes
de caballero, y portarse
como un villano soez! —
Ah! perdóname. Él te adora,
vá á ser tuyo, y mi deber...,
mi cariño...
No prosigas.
Postiza fuera en mi sien
la corona de Condesa.
No; y aun es poco: un dosel
mereces...
Yo!
No á mi orgullo
sacrifiques tu interés.
Mi ínteres! Por Dios, no me hagas
una injuria tan cruel.
Tu amor quería decir,
tu ventura...
Si le amé
"mientras no supe que un dia
besó cautivo tus pies,
ya le odio...
(Abrazándola.) Hermana de mi alma!
Por ti, por mí, y por mujer.
Yo, la última de mi sexo,
su dignidad sostendré.
Eso que llamas amor
fué..., qué se yo?, una sandez,
un vértigo... Yo no puedo,
Carmen, ni debo querer
á nadie, á nadie en el mundo
sino á ti.
Mi buena Inés!
Y ¿qué sabemos.. Acaso...
Qué?
Acaso os reconciliéis...
Jamás!
Por qué no? Él vendrá
á decir: «Señor, pequé!»
luego que su error advierta.
Yo no le daré cuartel.
Confundámosle las dos...
No, no: á ti no te está bien...
Cierto. Pensaria el fatuo
que, vencida mi esquivez,
vengo á implorar...
Un carruaje!
Sin duda es su cabriolé. —
Vete; no nos vea juntas.
Yo sola seré su juez;
pero juez inexorable.
(Acercándose al foro.) Ya sube!
(¡Y yo en negligé
de viaje!) Adiós!
(Entra precipitadamente en la habitación designada.)
(á la puerta.) (Aquí está.)
Con permiso...
Pase usted.
ESCENA V
(INÉS, EL CONDE.)
(Qué grave!) Inés!... Prenda amada!...
No sé cómo dar principio...
Furiosa estarás sin duda...
Yo...
Pero suspende el juicio
hasta oirme.— Pensé anoche
verte en el palco, bien mió;
pero no me fué posible.
El correo fué prolijo,
y después el Presidente
del Consejo de Ministros
me llamó para un asunto...
Yo no sé si ya te he dicho
que aspiro á ser diputado...
EJi!
Pues me ofreció un distrito...
Qué me importa? Al grano, Conde.
En fin, á las doce y pico
me retiré. — ¿Pensarás
que fué mi sueño tranquilo?
No, que si el pesar desvela,
también el gozo excesivo.
Me levanté con la aurora,
siempre el pensamiento fijo
en la gloria que me espera
con poseer tus hechizos.
No sabiendo en qué ocuparme
para hacer tiempo, registro
Ja papelera, y advierto
que anoche— atroz desatino! —
en lugar de mi retrato,
te entregué— ya lo habrás visto—
otro... Ah! ten piedad de mí.
(Queriendo arrodillarse é impidiéndosele Inés.) Mírame á tus pies contrito.
Quieto! No gusto de farsas.
Mi bien!...
Quieto, ó me retiro.
«Volemos, dije; es urgente
ir á expiar mi delito...
Pero aun estará en la cama,
y á tal hora, no me es lícito
visitarla. ¿Qué dirían
si tal viesen los vecinos?»
Tras de este breve monólogo,
hago que anganche Fabricio;
me siento en el~ cabriolé,
trota mi caballo ad líbitum
dos horas, y al cabo de ellas
á implorar vengo sumiso
tu perdón.
Si no es más que eso,
perdonado y autos.
¡ídolo
de mi corazón!
Despacio!
Perdono, mas no transijo.
Todo acabó entre nosotros.
Pero, alma mia, un descuido
trivial, una distracción
sin malicia, sin designio,
¿me ha de privar para siempre
de tu gracia? El regocijo
de verme amante dichoso
y en vísperas de marido
me atolondró, y el correo...,
y el palco..., y el laberinto
de proyectos, de esperanzas,
de anticipados deliquios
que en circunstancias tan críticas
sacan á un hombre de tino;
todo esto y la escasa luz,
y estar yo fuera de quicio,
oh Inés! cuando no me alumbra
la de tus ojos divinos,
disculpan la leve falta
cuyo indulto solicito.
Leve? No. Bien se me alcanza
que esa trocatinta ha sido
casual. Ni á usted convenía
hacer de mi fé ludibrio
infame...
De ningún modo.
Ni yo en tan poco me estimo,
que expuesta me crea nunca
á un ultraje tan indigno.
Pero el retrato en cuestión
es de una hermosa. ¿Á qué título
podia usted poseerlo
sino al de amante?
(Preciso
será mentir.) ¿Por qué no
á fuer de deudo propincuo...
De hermano tal vez...
Cabal:
su hermano soy.
(Hombre inicuo!)
Es usted un impostor.
Yo conozco...
(Soy perdido!)
¿La conoce usted...
De vista.
Yo... (Me corto como un niño.)
(Con resolución después de una breve pausa.) He mentido, sí: á tal mengua
me arrastró, Inés, el peligro
de perderte. Aquel retrato,
que ya detesto y maldigo,
es de una joven á quien,
no por amor, por capricho,
obsequié. Va á hacer ya un año
que la condené al olvido
por vana y superficial;
mas dado que mi cariño
hubiera sido sincero,
¿por qué más tierno y más fino
no has podido tú inspirármelo
cuando tanto en atractivos
la aventajas?
Nada de eso.
(Valor!)
¿Es algún prodigio
galantear una en pos de otra,
siendo diversos sus tipos,
á dos mujeres un hombre?
¿Quién no prefiere á los tibios
rayos de la instable luna
del sol el radiante disco?
¿Quién, antes de cautivar
para siempre su albedrio,
en escarceos galantes
no se ejercita novicio?
¿Quién, en fin, cuando alma y cuerpo
conservan todo su brio,
tras de la primer campaña
se retira del servicio?
Basta. (Si le dejo hablar
va á dar al traste conmigo.)
Ahora bien, huya la nube
que eclipsó mi astro benigno,
y dame el retrato intruso.
Muy bien. Trae usted el mío?
¿Qué escucho! No es ese el cambio
que yo...,
Pues otro no admito.
Crueldad!...
No es sino cordura.
No hay arbitrio?
No hay arbitrio.
¡Privarme yo de tu dulce
imagen! Tal sacrificio
es superior á mis fuerzas; —
pero ¿nada de egoísmo!
(Saca un retrato.) Aquí te traigo la mia.
Tómala: yo te suplico...
Para qué la quiero yo?
Ingrata!... Mira: no exijo
que me vuelvas el retrato
con que anoche inadvertido
te sorprendí. En hora buena
guárdale — yo lo permito —
como trofeo...
Mil gracias.
Ni yo á trofeos aspiro,
ni el busto que usted desecha
es el que yo necesito,
sino el mió.
Pues perdona,
que no le suelto ni á tiros.
Conde, esa acción no es de conde,
sino...
De qué?
De bandido.
(¡Ay, que el alma la agradece
aunque la condena impío
el labio!)
Si no te amase
¿pondría yo tanto ahinco
en conservar...
Bien: por eso
no tendremos un litigio.
Mas ¿qué vale poseer
el trasunto mudo y frió,
si nunca el original
será de usted?
Es de risco
tu corazón. Nunca!
Nunca:
pongo al cielo por testigo.
Adiós!
(Da algunos pasos hacia el foro.)
Abur! — Oiga usted!
(Volviendo.)
Ah! ¿Cedes al fin...
Delirio! —
Venga ese retrato.
Oh! toma,
y el alma...
Tenga entendido
el señor Conde que sólo
en rehenes le recibo
del que guarda á mi pesar.
Pero...
Así me garantizo
de ser mañana trofeo
de otra beldad. — Mas qué digo?
Por breves horas le guardó,
porque de usted no me fío.
¡Nunca...
Hoy se ha de hacer el canje.
Pero, hija, ¿es posible...
Hoy mismo.
Oye...
Antes que el sol se ponga
vuelve á mis manos el mío,
ó clavo este en un balcón
para escarmiento de picaros.
(Entra en la habitación de la izquierda.)
ESCENA VI
(EL CONDE.)
¡Qué energía de mujer
tan impropia de este siglo! —
Pero ¡que haya sido yo
tan loco, tan torbellino!...
Guardaba el busto de Carmen,
porque en efecto es bonito,
y por necia vanidad
que hoy lleva justo castigo.
Reniego de mi torpeza! —
Pues me luzco, vive Cristo!,
si cumple Inés su amenaza.
¡Condenado yo al suplicio
que sufre el pobre murciélago
cuando muchachos malignos
le prenden! No habrá en Europa
personaje tan ridículo
como yo.— No, no hará tal.
Se picó, tiene puntillo,
y es natural que me trate
con enojo y con desvío;
pero pasará el chubasco
y en su corazón sencillo
volveré á reinar: no hay duda.
Lo cierto y lo positivo
es que tomó mi retrato,
y este es vehemente indicio
de que me ama todavía.
De otro modo, no concibo
que le recibiera Inés
ni aun para darle martirio.
(Medita en silencio.)
ESCENA VII
(EL CONDE, CÁNDIDO.)
(Otra vez aquí me trae
la ojeriza de mi signo.)
(Venceré, sí: será mia.)
(¿Qué veo! El Conde maldito!)
(Volveré...
("Viendo á Cándido.) Calle! ¡Otra vez
ese burlesco individuo!
(Riéndose) Ya me perezco de risa
sólo de verle.) Hola, amigo!
¿Vuelve usted á la querencia
de Venancia? Es buen partido.
Vuelvo á lo que vuelvo. Á usted
¿qué le importa?
¡Siempre esquivo
y gruñón! — Yo, si merezco
tanta honra, seré el padrino...
Hum!...
Y dotaré á la novia.
(No sé cómo me reprimo.)
(Con ira.) Señor Conde!...
(Risotada del Conde.)
«Paso al loco!»
(Se va, riendo á carcajadas.)
(Siguiendo al Conde.)
Oiga usted, caballerito!...
ESCENA VIII
(CÁNDIDO.)
(Volviendo.)
No! Si ahora doy otro escándalo
dirá Inés que soy un díscolo,
no querrá verme ni oirme...
Dejemos á ese aturdido...
Pero si da en hostigarme,
aunque soy manso y pacífico
harto será que algún dia
no le rompa yo el bautismo.
ESCENA IX
(CÁNDIDO, INÉS.)
(Saliendo.)
(Ya el sacrificio está hecho,
y no me pesa.) ¿Qué miro!
Huyamos...
(Cayendo de rodillas.)
¡Óigame usted,
Inés!... Por Dios se lo pido!
Bien. (Tratarle con dulzura
es mejor.) Hable usted, sí,
pero no en esa postura.
(Levantándose.)
Se ha espantado usted de mí?
...No...
Qué mucho? Tanta fué
anoche mi extravagancia,
y tanto me exasperé
con el Conde y con Venancia...
Mas si con él y con ella
fui tan hosco y tan hurón;
para usted, linda doncella,
no hay hiél en mi corazón.
(Recapacitando.)
(Sí..., esa cara...)
Aquella arpía
me reconoció al momento;
y usted, Inés— suerte impía! —,
usted no!
Perdón... Yo siento...
Algo al ver á usted, sí, algo
recordó la mente mía...
Es tan poco lo que valgo,
qua aun ese algo es gollería.
Otra vez pido perdón
si mi memoria es premiosa,
mas no era mi situación,
ni aun lo es hoy, para otra cosa.
Cuidados muy graves...
Pues—
perdone usted mi osadía—
preciso será que Inés
oiga mi biografía.
Bien, sí, bien.
Nací en Griñón...
Yo también.
En dia opaco,
bajo la constelación
más picara del Zodiaco.
Poco pude yo estudiar
criándome entre barbechos;
no obstante, fui en mi lugar—
ahí es nada! — fiel de fechos.
Me dio, mientras lo ejercí,
cargo de tal entidad
una ración de, hambre...
(Scnriéndose.) Si.
Y otra de necesidad.—
Una niña sin fortuna
crecía hermosa á mi lado,
hija de Pedro Laguna
mi amigo...
Oh padre adorado!
(Entre dientes.) ¿Será...
Qué?
Siga usted.
Sigo.
¡Cuántas veces — no me riña
usted si ahora se lo digo—
cuánto besé á aquella niña!—
Mas sin gravar mi conciencia.
(Sonriéndose.)
Ya.
Ella párvula, yo adulto,
creo que...
Sin penitencia
concedo á usted el indulto.
Después (ay!) la recibió
de los brazos de su padre
otra niña que mamó...
De los pechos de mi madre.
Criada Inés en la Corte,
de la cuál fué gala y prez,
quedé yo con su transporte
como sin el agua el pez.
Andando el tiempo, el papá
de la otra, Don Juan Peralta...
Todo lo recuerdo ya.
Sí?
(El nombre sólo me falta.)
Por influjo del buen Pedro
me recibió de amanuense.
Á él debí tan alto medro.
Medro!...
Dios le recompense.—
La que con gracia infantil
vi triscar por las praderas,
ya era una moza gentil
de dieciseis primaveras.
Cándido!...
Gracias á Dios!—
Y atribulado mi pecho
desde que, oh cielo! á los dos
nos cobijó el mismo techo...
Sí. (Pobre Cándido!)
El que era
cariño angélico un dia,
llegó á ser voraz hoguera,
delirante idolatría.
Basta!
(Con despecho.)
Por qué ha de bastar?
Cuando nada más exijo,
y eso bien á mi pesar,
por qué no oirme?
(Le aflijo...)
Hable usted.
Temí— era claro-
incurrir en su desprecio;
que aunque raro, no tan raro;
y aunque necio, no tan necio.
Sufría pues y callaba,
y en un año, aunque sentía
viendo á usted caer mi baba,
no dije esta boca es mia.
Y en vano callé mi afán,
porque le hacían patente,
ya un congojoso ademan,
ya un suspiro impertinente,
y al mirar — aciaga estrella! —
mis gestos de pitonisa,
más de una vez á mi bella
le retozaba la risa.
No á una pasión, á un resabio
los achaqué, á un accidente...,
y si alguna vez mi labio
rió involuntariamente...
Lo excuso. Hizo usted muy bien
en sacar, Inés, su escote.
¿Á quién no dan risa, á quién
las muecas de un pasmarote? —
Pero yo no me arredré;
que en mi supina ignorancia
todo, ay Dios! con ciega fe
lo convertía en sustancia,
y aunque con tales premisas
debia darme por muerto,
en una de aquellas risas
creí ver el cielo abierto.
«Tanto callar es ya mengua,
dije para mí: no en vano
me ha dado Dios una lengua
como á todo fiel cristiano.»
Y el diablo me hizo orador,
y al adorado tormento
declaro al fin— pecador! —
mi atrevido pensamiento;
y á mi discurso elocuente
la bella— hay horas menguadas!—
respondió con un torrente
de sonoras carcajadas.
Ligera fui, lo confieso.
No; ligera, no; jovial...
Pero aquel cómico acceso...
Fué una pifia garrafal.
No crea usted que altanera
olvidé yo mi humildad;
pero... si usted considera...
Qué?
Que me dobla la edad...
Oh! sí, ese argumento es serio...,
y en buen criterio..., y con calma.
Pero ¿quién tiene criterio
cuando está en un horno el alma?-
En fin, tras la horrible escena,
huí como un malhechor!...
Dando á todos mucha pena.
Á usted también!
Sí, señor.
Ah!...
Indagamos con prolijo
cuidado, pero infecundo...
Gracias.
Corno usted no dijo
adonde iba...
Al otro mundo.
Santo Dios!
Al mundo nuevo
quiero decir, y es notorio.
No soy, aunque aquí le llevo,
(Con la mano en el pecho.) ánima del purgatorio. —
Aprendiz de mercader,
mi buen amigo Emeterio
á la vela se iba á hacer
con rumbo á aquel hemisferio.
Esperando hacer negocio
con un modesto caudal,
me propuso ser su socio
aunque me vio sin un real.
Firmar sólo, y de mal modo,
sabía el capitalista,
y aunque inepto para todo
soy yo muy buen pendolista.
Nos embarcamos en Vigo
con pacotilla y libranzas,
y arribando yo y mi amigo
á la ciudad de Matanzas,
le dije harto de la vida:
aEl nombre es de buen presagio.
Prepara la despedida
y una misa en mi sufragio.»
Qué ideas!
Y aunque es allí
de tantas vidas cuchillo,
nunca visitado fui
por el tifus amarillo.
Vino el cólera después
navegando á todo trapo,
y dije entonces, Inés:
((De esta sí que no me escapo.»
Ya ha habido un caso, y funesto,
nos dijo el facultativo,
y yo exclamé: aUn caso? Apuesto
á que soy yo el genitivo.
¡Por Dios, Cándido...
No obstante,
mi juicio fué temerario.
Ni el cólera fulminante
me mató ni la... Al contrario:
para que usted se convenza
de que en todo soy grotesco,
tuve la poca vergüenza
de engordar como un tudesco.
¡Vaya una ocurrencia... ¿Cómo
quiere usted que no me ria...
Ria usted: ya no lo tomo
tana mal como solia.
Aunque es tanta mi sandez,
sé ya, á fuer de escarmentado, (Con amargura.)
que puede un hombre á la vez
ser gracioso y desgraciado.
Cándido!
Voy á dar cima
á mi molesto relato.
Molesto, no.
Si: dá grima
la historia de un mentecato.
En los seis años y un tercio
que duró la sociedad,
nunca vio nuestro comercio
la cara á la adversidad.
Al fin, de la fiebre insana
murió mi pobre Emeterio;
¡él, que maldita la gana
tuvo de ir al cementerio!
Y heredero universal
me nombró— era solterón—,
y así junté un capital
que asciende á medio millón.
Doy á usted mil parabienes...
La imagen de mi adorada,
que á pesar de sus desdenes
(Con la mano en el corazón.) siempre estuvo aquí grabada,
más que nunca hermosa y pura
me puso el cielo delante;
y no por eso — locura!...
me soñé feliz amante;
que, aunque es tanto mi embeleso,
sé respetar su decoro,
y con todos los de Creso
no se compra ese tesoro.
Mas dije: mientras me oprime
mi estéril prosperidad,
quizá la que adoro gime
en desvalida orfandad;
quizá ofrecerle mi amparo
pueda en tu suerte cruel,
si no como esposo caro
como amigo honrado y fiel.
Y me embarco, y me desvivo
por llegar... Ay triste! á qué?
Á ser tan intempestivo
como lo fui... cuando hablé.
No, no: usted me juzga mal.
Soy su amiga verdadera.
Amiga? Vamos..., tal cual...
Creí que ni eso siquiera... —
Pues si lo es usted, ahora
va á darme una prueba de ello.
Va usted á ser gran señora...
Bien: lo aplaudo y no resuello.
Mas temo que el Conde un dia,
si hoy en eso no repara,
vano con su jerarquía
eche á usted la suya en cara.
Para que si tal hiciere
no sufra usted un sonrojo,
un arbitrio me sugiere
mi afecto...
¡Cómo...
Y no flojo.
Ya no hay nobles ni plebeyos:
todo el dinero lo iguala,
los tunos y los Pompeyos,
la duquesa y la oficiala.
Ahora bien, querida Inés,
á falta de ejecutoria
y de un gótico pavés
de venerable memoria,
sea usted, que lo seguro
es esto, mujer de arraigo.
Yo!...
Lleve en dote el futuro
el medio millón que traigo.
Cándido!... (Qué corazón!)
¿Cómo he de admitir...
Sí tal.
Yo ganaré mi ración
escribiendo en un portal.
No olvidará el alma mia
un rasgo tan generoso;
mas ni aceptarle podría...
ni el Conde será mi esposo.
¿Qué escucho!
Rebelde ful
yo también en mi pasión
á lo que exigen de mí
la prudencia y la razón.
¿Quién creyera... ¿Acaso infiel..
Sí; un desengaño oportuno...
No se casa usted con él!
Ni con él, ni con ninguno.
Ay! quien así me responde...
Debe responder así.
Ni yo nací para el Conde...,
(Con sentimiento.) ni usted nació para mí.
Bien veo...
Y pues Dios no quiso
que nos casemos los dos,
resignarnos es preciso
con la voluntad de Dios.
Hágase — ¿cómo ha de ser!
hágase su voluntad.
Cuanto yo puedo ofrecer
es la más tierna amistad...
Eso mi dolor mitiga,...
ya que otra cosa no cuadre...
Cómo no he de ser yo amiga
de quien lo fué de mi padre?
Y aún es poco para un hombre
de alma tan bella que ufana
amiga suya me nombre.
(Enternecido.)
Poco!...
(Enternecida también.)
Quiero ser su hermana.
Y maldecía mi suerte!
Ya no. —Perdona... si el llanto...
No es sólo usted quien le vierte..
Ángel!... Merezco yo tanto?
No me hará usted el ultraje,
supongo, de irse á otra casa.
(Embelesado.)
No..
Que venga el equipaje.
Bien... (No sé lo que me pasa.)
Voy...
Vuelva usted pronto, sí?
Le preparo una sorpresa...
¿Qué...
Hay otra persona aquí
que por usted se interesa.
¿Quién....
(Con dulzura.)
Luego. — Venga esa mano.
(Dándosela.)
La mano!... ¡Oh cuánto me engrío...
Adiós, mi querido hermano!
(Besando la mano de Inés.)
Inés!... Dios mió!...
(Soltándola y alzando los ojos.) (Dios mió!)
ESCENA X
(INÉS.)
Pobre Cándido!... ¡Ah, qué ciegas
son las humanas pasiones!
¿Por qué, ay Dios! yo que en mal hora
di abrigo á necios amores,
lince para sus defectos
y para sus prendas miope,
no premio con todo el mió
aquel corazón tan noble?
¿Por qué...
ESCENA XI
(INÉS, CARMEN.)
(Vestida con esmero.)
Inés! — Ah! estás aquí.
Por qué á mis ojos te escondes?
Un encuentro inesperado...
Un encuentro! Ha vuelto el procer?
No. — Qué linda y qué elegante!
Te gusto?
Sí. Por ni nombre
te juro que le darías,
si ahora apareciese, el golpe
de gracia.
Ni tal pretendo,
ni espero...
ESCENA XII
(INÉS, CARMEN, VENANCIA, DON CLAUDIO.)
(Adelantándose.)
Don Claudio Robles.
Eh? Ya me asombraba yo...
Dígale usted que perdone...,
que no estoy...
¿Por qué gravar
con mentira tan enorme
el debe de esa infeliz?
¿Por qué viene usted adonde
no es llamado?
Amor me guia...
Su amor de usted me corrompe.
(En voz baja.)
Carmen!
¿Adonde iré yo
que no me persiga ese hombre?
(Otra historia!...)
Mi querella
es más justa y más acorde
con el Código. ¿Por qué,
sin decir oste ni moste,
se ha traspapelado usted...
Yo no doy satisfacciones.
Las pido con humildad
á fuer de socio y consorte.
No lo es usted todavía.
No, pero estando conformes...
Y cómo ha venido usted?
¿Por quién ha sabido ó dónde...
Vivimos pared por medio...
Asi que vuelva á la Corte,
me mudo.
Vaya por Dios! —
Apenas el alba rompe,
oigo en el cuarto de usted
abrir puertas, rodar cofres...
Si estará mala mi novia?,
dije. En esto para un coche.
Gran Dios! quién será?, exclamé:
el médico? el sacerdote?
En!...
Pa!...
Salto de la cama,
me pongo los pantalones...
Hum! Suprima usted...
En fin,
me visto, salgo á galope,
llamo ala puerta de usted
temblando como el azogue...
¡Ya se habia consumado
el fatal déficit]
(Á Inés riéndose.)
Oyes?
Con la fuga clandestina
quedé por el pronto inmóvil.
Pido en vano á los criados
algún dato, algún informe...
Por dicha, sobre la mesa
encuentro estacarta-órden...
(Enseña un papel.)
Ah! mi parte telegráfico.
En un simón sucio y pobre
me dirijo á la estación...
Tarde! El tren llegaba entonces
á Pinto. Pero otra máquina
aquí me trajo á remolque
en un tren de mercancías...
Que es el que á usted corresponde.
Cruel!
Le aconsejo á usted
que vuelva la proa al Norte
y me deje en paz.
¿Así
se amortiza, vélis, nolis,
un crédito...
Yo no gusto...
Ah!
De un novio polizonte
que invade mi tocador,
que intercepta — acción ignoble!
mis papeles, y me sigue,
y me muele dia y noche.
Inés!..., si es usted la Inés
que...
Sí.
No sea usted cómplice
de una insolvente. Interceda...
Sí.
(Aparte con Carmen. Entretanto habla en voz baja D. Claudio con Venancia, dando á entender con sus ademanes que solicita también su apoyo.) No le des pasaporte;
que aunque sin duda á tus pies
volverá el prófugo Conde,
todavía...
Qué me importa?
Pero este viene de molde
para dar celos al otro.
Oh! si: tienes mil razones.
Sí: sepa aquel fementido
que no falta quien me adore.—
(ÁD- Claudio.) Quédese usted; mas le juro...
(Bien dije que al fin y al postre...)
Carmen divina, á tus plantas...
Nada de genuflexiones,
ó revoco...
Bien, querida. (Á Inés.)
Ruego á usted que me acomode
cerquita...
No. Lejos, lejos!
(Á Venancia.)
Haga usted que se coloque
en la pieza del jardin.
Bien; pero pido á mi cónyuge
presunta que á solas...
No!
No hay audiencia.
(Entra en. su cuarto, la sigue Inés, y puerta»)
ESCENA XIII
(VENANCIA, DON CLAUDIO.)
Alma de bronce!
Sígame usted, (Esta casa de Babel.)
es ya— Jesus!- —otra torre
ESCENA XIV
(DON CLAUDIO.)
¡Tratar asi
á un financiero, á un prohombre
del bolsín y de la albóndiga!
Pues aunque fuese yo un drope..,
Y me he de dar por fallido?
No! Bonita, lustre, joven,
y sobre dotes tan bellas
millón y medio de dote...
Por hacer tan buen" negocio
consentiré que me azoten.
Acto tercero
ESCENA PRIMERA
(CÁNDIDO.)
Entra por el foro con un ramo de flores en la mano.
Con este hermoso ramo—no sin miedo
á mi habitual torpeza y mi mal signo—
vuelvo... Quizá me excedo,
que á ser cobarde su rigor me obliga;
pero bien puede á título de amiga,
ya que con él, ay triste! me. resigno,
recibir de mis manos estas flores. —
Símbolo suelen ser de los amores;
pero si el mió en ellas adivinas
merezca, oh dulce Inés, tu tolerancia
quien su primor te ofrece y su fragancia...,
y para sí reserva las espinas!
(Dentro.) No importa. Esperaré...
La voz del Conde.
Pues ¿cómo... si... ¡Mal haya...
Esperaré en mi cuarto á que se vaya.
(Entra en la habitación lateral de la derecha más cer. cana al proscenio, dejando la puerta entornada.)
ESCENA II
(EL CONDE, VENANCIA.)
Bien está, pero ahora,... dificulto...
Qué es esto?Á mí antesalas!
Ño hay que tomarlo á insulto.
Está en el tocador.
Ah! bien. Respeto..,
(Cuando ella piensa en galas, sin duda...)
(Pobre Conde!)
(Habrá buleto...)
Siéntese usted y pasaré recado...
Eh! no es su cuarto aquel...
Si: se ha mudado.
¿Qué oigo! ¿Por qué motivo...
Lo callo aunque lo sé.
Pero...
El secreto
(Con la mano en el pecho.) no saldrá (harto lo siento!) de este archivo.
Cómo! Hable usted...
Bien dice aquella copla:
«Aprended, flores»...
¿Qué...
Mal viento sopla
para mí y para usted. —Ya sale. Excuso...
(Dos ella, y yo ninguno!) Abur! (Qué abuso!)
(Llega Inés por la puerta, de la izquierda, dejándola entornada.)
ESCENA III
(EL CONDE, INÉS.)
(¿Qué me querría decir
esa bruja?... Por si acaso,
estaré en guardia...)
(Muy serio
viene. Si le habrán dicho algo?)
Estoy á Jos pies de usted,
Beso á usted la mano.
Aunque con harta justicia
pudiera apelar del fallo
que contra mí pronunció
pocas horas ha ese labio;
ya que usted no puede verme,
señorita, ni pintado,
y ya que con poseerla
en muda copia la ultrajo,
vengo á que en debida forma
se canjeen los retratos.
Está muy bien, caballero.
(Qué tono tan diplomático!)
(Lo acepta, y sin conmoverse!
Misterio hay, sí; mas no alcanzo.
No por el martirio horrendo
de que estoy amenazado,
y tal vez le he merecido
por crédulo y por incauto,
sino porque en todo quiero
complacerá usted...
Lo aplaudo.
Para redimir el mió
devuelvo á usted su traslado.
(Lo saca y lo toma Inés.)
Muchas gracias, señor Conde;
pero conmigo no traigo
el de usted ni el de mi ilustre
antecesora. Volando...
(Deteniéndola.)
Cruel!, ¿cómo puede usted,
cómo, sin pesar, sin llanto,
si es verdad que me ha querido,
consentir tan duro cambio?
¿Cómo la misma que ayer
con tal gracia y tanto halago
me dio en este propio sitio
el sí que anhelaba tanto,
por capricho ó por orgullo
hoy rompe tan dulce pacto?
Es inútil repetir
nuestro enojoso altercado,
porque mi resolución
fué justa, y no la retracto.
Podrá ser irrevocable;
justa, no. Si grave cargo
es haber amado á otra
el que no ha sido ermitaño,
antes que su corazón
cautivasen tus encantos,
para ella, no para ti,
para ella ha sido el agravio.
¿Eres su procuradora
por ventura?
(Ay Dios! sí.)
¿Cuándo
se ha visto á nadie en el mundo,
y menos en los estrados
del amor, con tanto empeño
abogar por su contrario?
¿Qué mujer...
Oh! basta. (Soy
perdida si no le atajo.)
Tengo razón que me sobra,
aunque sin ella combato
al parecer, y usted mismo
cuando sepa lo que callo
me la dará.
Inés! Inés!,
no razón, pretexto vano
será, y cuál, harto lo infiero
de ese circunloquio extraño.
Tú amas á otro!
No!
Sí!
Sólo así se explica el raro
fenómeno de tomar
por injuria y desacato
lo que para otra mujer
un blasón sería, un lauro.
Tú amas á otro!
(Oh suplicio!)
Conde...
Es inútil negarlo.
En esa zozobra veo
tu culpa y mi desengaño.
Yo... (No acierto á responderle.)
Es un resto... Una... Presagios...
Sólo me falta saber
qué rival me ha suplantado.
Ninguno. (¿Qué haré, Dios mió!)
Ah! tal vez... Sí, atando cabos...
El hombre de anoche..., aquel
personaje extrafalario...
(Ah! él me abre camino...)
Ha vuelto.
Le he visto...
Sí, señor: Cándido
es mi huésped y mi amigo.
Digno amigo! Un pelagatos,
un,..
No le deprima usted.
(Salgamos ahora del paso, que luego...)
¿Y será posible...
Nos conocemos hace años.
Y ya es antigua sin duda
la afición...
Quizá no tanto
como debiera.
En efecto,
aquel donaire, aquel garbo,
su elegancia...
No hace alarde
de primores certesanos;
pero la áspera corteza
no impide dar fruto al árbol:
diamante que vale un reino
se engendró en rudo peñasco...
Y bajo una mala capa...
Mas dejémonos de adagios
y sepa yo en suma...
En suma,
Cándido es un héroe, un santo.
Pero hay gustos que merecen...
Otro refrán excusado.
Acabemos! Le ama usted?
(No hay ya otro arbitrio...) Sí, le amo.
(Sale Cándido precipitadamente y se arrodilla á los pies de Inés. Trae consigo el ramo.)
ESCENA IV
(INÉS, EL CONDE, CÁNDIDO.)
Bien mió!
Jesús!
Qué es esto?
Á tus pies...
Alce usted!
Bravo!
(Qué apuro!)
Mi gratitud
te ofrece, hermosa, este ramo...
Bien,... gracias...; pero... (Gran Dios!
(Toma el ramo y le deja sobre un mueble.)
Bello golpe de teatro!
Yo...
(Á Cándido con enojo.)
Levante usted, le digo!
(Levantándose.)
Pero...
(Me estaba escuchando!)
(Á Inés en voz baja.)
¿No has dicho... Ay de mí! ¿También
soy ahora extemporáneo?
Una emboscada!... ¿Se hace esto,
señorita, con un blanco?
Conde!...
Aleve!
Yo ignoraba...
Señor Conde!...
Poco valgo,
pero el decoro de usted,
por no decir el de entrambos,
condena esta humillación
que ni merezco, ni aguanto.
¡He aquí el digno rival,
he aquí el galán bizarro
que tu corazón me usurpa!
¡Un cualquiera, un perdulario...
Señor mió!...
(Á Cándido en voz baja.)
Oh! Calle usted...
Que esquiva, á modo de pájaro
nocturno, la luz del sol,
y acecha, y se esconde...
Es falso.
Ni niego á nadie mi cara
ni la de usted me da espanto.
Por un yerro, usted lo sabe,
entré anoche en aquel cuarto,
y no soy huésped intruso
en ese de donde salgo.
Desde él, porque no soy sordo,
no á fuer de espía villano,
he tragado harta saliva
durante el prolijo diálogo
de que he tenido pendiente
la vida — ay! sí — hasta que blando
llevó el eco á mis oidos
aquel benéfico le amo.
(Cómo revocarle ahora?)
Bien, pero el lance es pesada...
(Con tono sarcástico.)
De Calderón, como el otro.
Eh?
Sí tal, y es necesario,
dirá usted, procurador
de aquel insigne dramático,
que, en obsequio de la dama
y en su justo desagravio,
le dé yo mano de esposo
á estilo calderoniano. —
Hela aquí y mi corazón
con ella.
Yo... Si yo...
(Me aspo.)
(Oh Dios mío!)
También pullas?
Ahora veo, y lo declaro
con gozo, que no es usted
tan pobre y ruin adversario
como creí; mas recuerdo
que aquel poeta afamado
gustaba de cuchilladas
aún más que de epitalamios.
Cielos!... ¡Conde...
En hora buena:
para uno y otro soy apto.
Cándido!...
No soy ya el bobo
de que hacía usted escarnio.
Eh!...
(No! Yo estoy asombrada.)
Inés ha hecho este milagro.
Dios, á falta de otros bienes,
me dio un corazón hidalgo
y ardiente; pero por falta
de entendimiento, ó de tacto,
ó de mundo..— qué se yo?—-,
porque me faltaba acaso,1
como á la flor el rocío,
la simpatía, el contacto
de otro corazón amante,
he sido adusto, misántropo,
ridículo... Una palabra,
la que anhelé tantos años,
luz del alma mía ha sido
y de mis heridas bálsamo.
Un le amo en la pura boca
de la mujer que idolatro
ha sido — qué diré?— el fíat
que me saca, al fin, del caos.
(Qué hombre! Aunque debo matarle,
casi me va interesando.)
Mientras á mi ruego humilde
rehusó tan dulce vocablo,
todo á su gloria, á su dicha
lo hubiera sacrificado.
Sí!
Mas su boca celeste
dijo— usted Jo oyó — le amólf
y ufano de mi conquista
me siento crecer á palmos.
Oh! y la sabré defender
combatiendo brazo á brazo,
no con usted, con el Cid
y con Bernardo del Carpió.
Sígame usted...
Vamos!..
(interponiéndose.)
No!
En mi casa tal escándalo!
Cúlpese usted á sí misma...
Déjele usted con mil santos...
¿Cómo sufrir...
(Á Cándido empujando e hacia su habitación.
Entre usted...
No! Protesto...
Yo lo mando.
(Le hace entrar, echa la llave y la guarda.)
ESCENA V
(INÉS, EL CONDE.)
Muy bien! sabia providencia!
Mas no le valdrá el amparo
de usted, ya inspire el amor,
ya la caridad un rasgo
tan ingenioso...
Uno y otro,
que, lo digo sin reparo,
hoy es cuando he conocido
cuánto vale ese hombre y cuánto
debo agradecer al cielo
su regreso inesperado.
Tal vez aquella palabra
solté sin otro conato
que el de desahuciar á usted
si aun le quedaba algún rastro
de esperanza; mas ahora
con gozo, con entusiasmo
la confirmo.
Y eso aumenta
la cólera en que me abraso.
¡Yo postergado á un cobarde...
No! Él jamás ha manejado
otras armas que la pluma;
no rehusa sin embargo
el duelo. — Oh! perdone usted
si del triunfo le defraudo...
Señora!...
Pero ese triunfo
sería un asesinato.
Siendo así... Mas si, en efecto,
usted le ha regenerado... —
Oh Inés!, ya que tanta magia
tienes, ya que por ensalmo
haces de un idiota un hombre,
para tan acerbo trago
dame fortaleza. Inés!,
dame un corazón de mármol
como el tuyo... Ah!
(Se deja oaer con abatimiento en una butaca y se cubre el rostro con las manos.)
(Dios me inspira.
Un clavo saca otro clavo. )
(A la puerta de la izquierda en voz baja.) Oiste?
(Á la puerta, también en voz baja.)
Sí.
Ahora, ó nunca.
Sal...
Pero...
Valor!
Yo...
(Haciéndola salir.) Vamos!
(Carmen da algunos pasos; el Conde se levanta.)
ESCENA VI
(INÉS, EL CONDE, CARMEN.)
(Eli! por qué abatirme así?
¿Tan grande calamidad
es renunciar al amor
de una coqueta vulgar
á quien honré demasiado...
Bien empleado me está
mi desengaño, y por él
las gracias le debo dar. —
Otra mas digna de mí
pronto me consolará,
ya que con ella en mal hora
quise á Carmen reemplazar. —
Me voy sin decirle á Dios,
y para siempre jamás...)
(Al tomar su sombrero, que dejó sobre la consola, ve la figura de Carmen, reflejada por el espejo, y exela. ma en alta voz:) Cielos! ¿qué miran mis ojos!
¿Es figura corporal
lo que esa luna refleja,
ó fantástica beldad?—
No. Sonríe... ¡Oh qué divina
aparición! qué ojos!... Ah!
es Carinen..., no sueño, es Carmen!
tan hermosa... mucho más
que cuando...
(Sueltan la risa Carmené Inés. El Conde vuelve la cara.) (Una risotada
me responde: es natural.)
Carmen querida! Oh sorpresa!...
(Con seriedad.)
Yo soy.
¿Qué casualidad
ó qué prodigio te trae
á ser el iris de paz
que me consuela después
de tan recia tempestad?
Mi varita de virtudes.
¿No encomiaba usted poco ha
Inés!... ¿Quién se ha visto
en complicación igual?
ESCENA VII
(INÉS, EL CONDE, CARMEN, CÁNDIDO.)
(Vuelven á reír á carcajadas las dos jóvenes: el Conde se cruza de brazos y las contempla en silencio: Cándido se asoma al montan te de la puerta de su cuarto.)
(Desde este montante... ¡Vaya
un terceto...)
Ja, ja, ja...
Reid, sí. No es para menos
la escena.
(¿Esa otra deidad...
Ah! la señorita Carmen!,..)
Reo soy. ¿Cómo negar
la evidencia? Pero reo
contrito, no contumaz,...
y cuando ríen mis jueces,
sin duda me absolverán.
No siempre es la risa indicio
de indulgencia y lenidad.
Cuando es ridículo el reo
;no ha de reir el tribunal?
¡Carmen...
(¡También ella..
Inés!.
(Qué apuro para un galán!)
Qué conspiración es esta?
(Á Carmen.) Si voluble y desleal
me llamas — y de otro tanto
te pudiera yo acusar...
(Á Carmen en voz baja.)
Demasiado!
Inés te venga
de una culpa harto venial.
Venial?
Contra mí las dos
habéis concebido un plan
diabólico...
Nada de eso.
Usted no debe culpar
á nadie sino á sí mismo.
Es verdad, sí, sí, es verdad;
pero burlarme la una
y apretar la otra el dogal...
¿Quién ha visto en dos rivales
tan negra complicidad?
Y ¿qué talismán, estando
la una aquí, la otra allá...
Yo lo explicaré. Si usted
no fuese un loco de atar,
no ocurriera en los retratos
el viceversa fatal...
(De buena escapé!)
Á que yo
debo mi felicidad.
(Oh!...)
Inés mia! o
La oye usted?
Mas ¿quién pudo imaginar
que las dos confabuladas...
Lazos de antigua amistad
sin duda...
Más fuerte vínculo
nos une, amor fraternal.
(Son dos ángeles! Yo lloro...)
No la quisiera yo más
si, como hermana de leche,
fuese mi hermana carnal.
(La abraza.)
Bendita!... Y en Aranjuez
hay telégrafo...
Ya, ya...
Y veo al pié del abismo
á mi numen tutelar,
á Cándido..,
(Oh gloria! oh júbilo!)
Muy bien...
He aquí el talismán.
¡Y he aquí un cuadro sublime
y patético, en el cual
hago yo entre tantos ángeles
el papel de Satanás!
No: yo interpongo mi ruego,
y no será ineficaz,
para que Carmen otorgue'
la absolución...
No, no la hay
para...
Fué tu amor primero:
no hay diferencia esencial
entre su cuna y la tuya,
entre tu edad y su edad.
Si de tu Edén en mal hora
fué desterrado ese Adán,
no hay justicia en fulminarle
un proceso criminal
porque, creyéndose libre,
no se pudo conformar
con ser segunda edición
del alma de Garibay.
Cierto. ¿Qué crimen nefando
ó de lesa majestad
es el mió? Ser sensible,
vivir sólo para amar...
(Como yo!)
Justo sería
acusarme de falaz
si como una tras la otra
os amase yo ala par;^
pero si las dos sois bellas
y mi pecho es un volcan,
y á ser cesante en amores
no me puedo resignar,
(Á Carmen.) ¿qué mucho si de tus gracias
cedí primero al imán..
(Bien hizo, que es linda, pero...}
Y arrojado de tu umbral
luego...
No es cierto: -al contrario.
¿Qué mucho si, á mi pesar,
llenó más tarde el vacío
de mi alma otra celestial
criatura...
(Eh! poco á poco!...)
Es decir, no en realidad,
sino... Perdóname, Carmen!
(Sí, un amor provisional...)
¿Y si otra vez á mis ojos
lució la estrella polar
que yo creía apagada...
(Á Inés.) No te ofendas...
(Hum!...)
(Sonriéndose.) No tal.
¿Qué mucho si á la cadena
que nunca debí quebrar
volví...
(Á Inés.) Perdóname, Inés!
(En alta voz.)
Dale! Perdonado estás.
¿Quién habla... Ah, mi prisionero!
Voy á darle libertad.
\Abre la puerta que cerró, y saca de la mano á Cán-
dido: entretanto habla apai te el Conde e.»n Carmen.)
Cándido!
Inés! — Frito estaba,
y ya me iba á descolgar...
(Saliéndole al encuentro y dándole la mano.)
Oh amigo mió!
¡Mi amable
señorita! Qué bondad!
Sea usted muy bien venido.
Nadie lo ha sido jamás
tanto como él.
Prenda amada!
Aunque la oportunidad
en mí es rara, hoy me parece
que algo de providencial...
¡Bendito Dios que me trajo
sano y salvo de. Ultramar!
(Dándole la mano.)
Yo le bendigo también
si...
Oh generoso rival!
Oh ventura sobrehumana!...
Mas completa no será
si á todos no alcanza. Carmen!
Amnistía general!
Temo...
Hermana mia!...
Dudo.
(No tendré tranquilidad
mientras...)
Perdónale!
Tiene
entrañas de pedernal.
Perdónele usted!: lo pido
con mucha necesidad.
Bien está..
Vítor!
Albricias!
Pero antes que en el altar
le dé mi mano, le impongo
una penitencia.
Cuál?
Rigorosa cuarentena
hasta el dia de San Juan.
Ah cruel!
El escarmiento
me hace cauta y suspicaz.
(Al Conde e,n voz baja.)
Sea usted sumiso y dócil,
que todo se compondrá.
Bien: me resigno... ¡Otra vez
meritorio!...
Eso es: cabal.
ESCENA VIII
(INÉS, EL CONDE, CARMEN, CÁNDIDO, VENANCIA.)
Don Claudio pide permiso...
Ah!...
Qué interesante escena!
(Hum!) Que sea en hora buena...
Que entre.
No! (Qué compromiso!
(Qué don Claudio será ese?)
Conque todo se arregló?
Si; el Conde con Carmen; yo...
Conmigo, pese á quien pese.
Si lo dices por Venancia,
lo erraste de medio á medio.
Qué novio para un remedio!
(Á Inés.) j
No te arriendo la ganancia.
(Maldición!...)
Pero, ¿quién es
ese que pide permiso...
Otro galán: ya es preciso
decirlo.
(Á Carmen.)
Tuyo, ó de Inés?
Mió, sí.
Oh virtud preclara!
Mi novio era: lo confieso.
No tenemos según eso
nada que echarnos en cara.
Yo no amaba á ese hombre, no,
mas de mi puntillo esclava
por vengarme me casaba.
Sí?
Lo certifico yo.
Y todavía lo haré
si usted...
No!
No, vida mia!
Dos derrotasen un dia!...
Me entrego á tu buena fe.
Qué hago?
ESCENA IX
(INÉS, CARMEN, EL CONDE, CÁNDIDO, VENANCIA, DON CLAUDIO.)
(Á la puerta.)
(Media hora esperando.) (Entra.)
Aquí está.
(Á Carmen.) ¿Es ese...
Aquí estoy.
Señorita, yo no soy
género de contrabando.
Todo el comercio me aplaude...
Don Claudio,...
Pero ya infiero
que otro ha sido el matutero.
No en mí; en la aduana está el fraude.
Siento...
Ya basta de lios
y tramoyas y cohechos.
No vengo á pagar derechos,
sino á reclamar los mios.
Qué original!
(Aparte á Inés.) ¡Yaya un ente...
¿Cuál es de esos dos galanes
quien te roba á mis afanes
y complica el expediente?
Yo soy quien ciego de amor
aspira á llamarla esposa.
Una novia no se endosa
ni es título al portador.
Ruego á usted que no se ofenda.
Yo explicaré...
No transijo.
Tu mano es mia, y la exijo
aunque un virey la pretenda.
Ba!
Y de mi haber seré pródigo
hasta que obtenga justicia
de esta quiebra subrepticia
que está penada en el Código.
Será inútil...
Pero ¿en qué
se funda usted?
Pesia tal!...
En su promesa formal.
(Sacando un papel.) Aquí traigo el pagaré...
Conde» ¿Cómo...
Una carta, y no ambigua,
en que jura ser mi esposa.
Ba! Creí que era otra cosa.
Yo tengo otra más antigua.
(Á Cándido.)
Cuál á cuál hará mal tercio,
su credencial ó la mía,
lo decidirá en su dia
el tribunal de Comercio.
Las dos son papel mojado
mientras ella no confirme...
Oh! yo pleitearé, y de firme.
Veré hoy mismo á mi abogado...
Qué bobada! Esa sentencia
á otro fuero corresponde,
y yo sabré...
El señor Conde
es fuerte en jurisprudencia.
Yo... (Zape! Conde y duelista...)
Cierto... Una carta...
(Ap.) (ai Conde.) Ya amaina.
Vuelva el acero á la vaina.
No es una letra á la vista;
pero, ya ve usted... ¿quién deja
gratis et amore á un socio
tan saneado negocio?
Justo es...
(Ap.) (con Carmen.)
Ya asoma la oreja.
Que la contienda dirima
una transacción...
(ap. á Inés.) Ah Inés!
No creí... Ruin interés!
Qué transacción?
Una prima...
Oh qué vergüenza! qué injuria!
¡Hacer— la ira me inflama —
tráfico vil de una dama...
¡Largúese usted, ó mi furia...
Si por contento se da
con una prima, — oh fortuna!
yo le puedo ofrecer una...
Eh?
¿Qué...
¿Cómo...
(Mostrando á Venancia.) ÉcCOla qilá.
Ella!... Horror!
Infame!
Es chanza.».
Protesto... Abur!
(Dirigiéndose á la puerta derecha lateral cercana
foro.)
Asesinol
(Yéndose por el foro.)
(Reniego de mi destino!)
Venganza, cielos, venganza!
(Entra y cierra de golpe la puerta.)
ESCENA ÚLTIMA
(USES, CÁNDIDO, CARMEN, EL CONDE.)
¡La pobre... La has sofocado.
Eh!
Permite que interceda...
Por ella haré cuanto pueda,
mas no la quiero á mi lado.
Buen sustituto me diste!
Tuya es al fin la victoria.
Pero escatimar mi gloria
con tan largo plazo... Ay triste!
No: sea igual el cuarteto.
Si al cabo ha de ser tu esposo,
no le hagas-...
Si; va es forzoso
sacarle del lazareto.
Sí, que no soy tan tirana.
(Dando la mano al Conde.) Toma.
Oh gozo!
(Dando la mano á Cándido.)
Y tú la mia.
Las dos bodas en un dia.
Sí, sí; y mejor si es mañana. —
(Á Inés.) Cuan otro soy del de ayer!
Y á ti lo debo!
Y yo!
Y yo!
No; aun dichoso quidpro quó...
No; á tu hidalgo proceder!
Eh! no me hables de hidalguía.
Todo ha sido obra de Dios,
que quiso dar á las dos
lo que más nos convenia.