Acto primero
(Personas: DOÑA JOSEFA; DON LUIS; CECILIA; DON JULIÁN; ROSA; DON SANTIAGO; DON AQUILINO.)
(La escena es en Madrid. El teatro representa un jardín con arbolado. A la derecha del actor, puerta con gradas que es la que conduce á lo interior de la casa. Una verja en el foro* Cerca del proscenio nn banco.)
ESCENA PRIMERA
(DON LUIS, DON JULIÁN.)
(aparecen fumando»)
i.VXiicho es venirte al jardia
dejando á Cecilia hermosa
por allá dentro.
¿Qué quieres!
Por fumar...
Siendo tu novia
y prima nuestra ademas,
creo que esas ceremonias
son escusadas.
Con todo,
no es razón que de una boca
salgan simultáneamente
la saliva y la lisonja
y entre humaradas horribles
palabras de miel y rosa.
Si te has de casar con ella,
mejor es que desde ahora
la acostumbres... Pero hablemos,
puesto que estamos á solas,
con la franqueza de hermanos.
¿Es cierto que te enamora
la primita?
Sí, Julián.
No diré que es una loca
pasión la que me ha inspirado,
pero me gusta, que es de honra
y provecho esa muchacha.
Tiene unos ojos que roban
el corazón y un grace)o
singular. Es, como lodas
las doncellas de su edad,
frivolilla y caprichosa,
pero amable cual niiignua,
despejada como pocas,
aseada sin ser pobre,
rica sin ser orguUosa.
Y á mí me parece que es
una linda perinola
sin juicio y sin fundamento,
que ama.i. ¿qué sé yo...? Por moda.
Se cansó de las muñecas
y ya apetece otra cosa.
Quiere casarse, y no tanto
por complacerse á sí propia
con el nuevo estado, como
por causar envidia á otras.
Mas que salir de soltera
quiere el ruido de las bodas,
y las galas, y el ascenso
de señorita á señora.
Si tú eres el preferido
es solo porque te doblas
coa resignación humilde
á su voluntad despótica.
Créeme, y no estraues que yo
mejor que tú la conozca;
que yo sin pasión la juzgo,
y tú sin juicio la adoras.
No te cases, aunque ya
tienes dispensa de Roma,
que una vez echado el nudo
no habrá bulas que le rompan.
No puede ser imparcial
tu voto siendo notoria
tu aversión al matrimonio.
Es cierto. Me dan congojas
solo de pensar en el.
¡Es tan buena, es tan sabrosa
la libertad de soltero...
Conozco á tantas bribonas...
Tú llenes mala opinión
del bello sexo, y quien te oiga
no se casará jamas»
A la viva llamas loca,
á la sensible embustera,
á la bella peligrosa;
una te choca por alta
y otra le enfada por gorda.
En fin, ninguna le gusla...
No, que antes rae gustan todas,
y por eso cabalmente
no me caso.
Si esa norma
siguieran todos los hombres...
En fin, allá te compongas
con tu sistema insocial,
que tal vez, aunque le elogias,
tiene mas inconvenientes
que el y"go T"^ mofas.
Luis, ya que el ciclo le inspira
esa vocación heroica,
no digo que no te cases;
pero antes, es un axioma,
mira lo que te haces, Luis;
que la mas perfecta moza
tal vez después de casada
es la caja de Pandora.
Míralo bien. Tú eres ¡oven,
y mugeres hay de sobra.
Aun no es cosa tan formal
que... Todavía lo ignora
su madre, y... Vamos, también
tengo yo acá mis zozobras...
Pues aun es tiempo. ¡Ojo alerta!
Mira, hermano, que no es broma
el casarse...
Sí; pronielo...
j >..mtiAN. Pesa bien el pro y c' contra.
(Tirando el cigarro.)
Ella viene. Si quisieras...'
Ya; sí... ¡A ver cómo te porlasl
ESCENA II
(CECILIA, DON LUIS.)
Ya volvia yo á la sala,
pero pues vienes aquí,
me alegro...
(5e sienta en el banco suspirando.)
¡Triste de mí!
¿Qué te sucede? ¿Estás mala?
No.
¿Estás enojada?
¿Yo?
¿Con quién?
Acaso conmigo.
No.
Sintiera...
Que no, digo»
¿Con tu madre?
¡Dale! No.
¿Pues qué tienes? No comprendo
la causa de esa importuna
seriedad.
No ha de estar una
á todas horas riendo.
En la mesa estabas loca
de contento, y ahora...
¿Qué?
Tengo esplin.
Apostaré
á que es por una bicoca.
Por supuesto. Usted lo ha dicho.
Yo no sé lo que me pesco...
Tengo un genio muy sardesco...
Soy una loca, un mal bicho».
¿Pero, Cecilia, es posible...
¿Cuándo he dicho tal de tí?
Lo das á entender.
No.
Sí.
Perot»
Hoy eslás insufrible.
Si mi aspecto te contrista,
yo me iré porque no creas».
Eso es lo que tú deseas;
eso. ¡Perderme de vista!
No. ¡Jamas! Pero... Soy franco:
esa estraña displicencia
me aburre... ¿Me das licencia
para sentarme en el banco?
¿De veras? Bien caben dos.
¿A qué pedirme permiso?
¿De cuándo acá tan sumiso...
Siéntese en gracia de Dios.
(Sentándose»)
Ea pues, mi bien; no haya
desazón. Si alguien te irrita,
yo no soy. Esa manita...
(Se la deja lomar.)
¿También la manita? Vaya.
Tras de llevar los azotes
te pido perdón. Soy loco.
á besarla la mano y ella la retira.)
¿No es verdad?
¡Ehí Poco á poco.
Besarla, no. ¡Y con bigotes!
¿Te asustas?
No es que me asusto.
¿Por ventura te dan asco?
Tampoco.
Sería chasco...
Es que no son de mi gusto.
Vaya; otro nuevo capricho...
Ya hace dos meses ó tres
que á todas horas los ves,
V hasta hoy nada me has dicho.
Primo, quien de veras ama
tii-ne la nariz mas fina,
y por instinto adivina
lo que no gusta á su dama.
Como el bigote es de moda
y eres tú tan elegante,
creí.o Me gnsta bástanle,
pero si á tí te incomoda»»
CECILIA» ¡Hacen la cara tan lacia
esas cerdas»»
No baya pleito
por eso. Pronto me afeito».
¡Pues! Ahora no tiene gracia.
Rapado cual los carrillos
quede el labio delincuente.
Soy galán condescendiente...
y no reparo en pelillos.
No; asi estás mejor.
( ¡Qué cbinche!)
Otra dirá que son bellos
tus bigotes; pero en ellos
no seré, yo quien me pincbe.
( Enfadado»)
Pues bien; si nunca se acierta
con usted».
ESCENA III
(CECILIA, DON LUIS, ROSA.)
¡Ay señorita!
No parece. ¡Pobrecita!
¿Cómo».
Ni viva ni muerta.
¡Ab! ¿Qué baré sin mi Celindal
¡Tan viva, tan juguetona...
¡Qué escucbo! ¿Ha muerto la mona?
Se ha perdido. ¡Era tan linda...
Di ahora que no tenia
motivo para estar triste.
¿Pero por qué no dijiste...
¡Ay mi mona! ¡Ay mona mia!
Se olvidó echar el candado
que afianzaba la cadena;
saltó el animal.»
íQ"é pena!
Y de uno en otro tejado.»
Bien; buscarla. Se pregunta...
Se ha andado todo el cuartel,
y ¡nada!
¡Suerte cruel,'
La han robado, ó ¡ya es difunta!
¿Quién sabe si algún vecino...
Aun va indagando su huella
y da dos onzas por ella
el señor don Aquilino.
Lo creo. Esta sí que es prueba
de amor, ¡y frió desden
es su premio!
Yo también
á saber la triste nueva...
Era el cigarro primero
que estar en mi compañía.
¡Válgame Dios! ¿Quién podía
presumir...
¡Mal caballero!
Yo también si es necesario
la anunciaré por carteles,
y en los públicos papeles,
y avisaré al comisario...
¿Qué no haré yo porque halles
esa mona por quien mueres?
Hasta los ciegos, si quieres,
la gritarán por las calles.
Bien, muy bien! ¡Búrlale ahora!
Oh! No hay tal. De veras hablo.
Qué insulto!
¡Lléveme el diablo...
¡Oh!
¡Prima...
Basta.
¡Señora!
¿Puedo yo volverme gato...
No la busques. Lo prohibo.
Pero, hija...
No la recibo
de tí. Primero la malo.
Pero...
lo
Me bas hecho una herida
que nunca podré olvidar.
¿Yo...
No me vuelvas á hablar
en los dias de tu vida.
(5fi interna en el jardín, j- desaparece»')
ESCENA IV
(DON LUIS, ROSA.)
¡Tngrala! ¡Dejarme asi!
¿Qué dices de esa manía,
Rosa mia?
¡Rosa mia!
¿Cuánto ha dado usted por mí?
¡Calle! ¿Tú también me sallas...
Tengo honra.
Pero...
¿Está usted?
A otra parte con la red,
que yo no soy suplefaltas.
(Entra en la casa.)
ESCENA V
(DON LUIS, DON JULIÁN.)
I Oiga la tonta, la piierca...
(5a/e de entre los árboles riéndose.)
¡Bravo! ¡Lindo!
¿Quién se acerca...
¡Ah... Julián...
Todo lo he oido:
¡y cómo me he divertido!
Tras de poner esa ingrata
mi sufrimiento en un tris,
la doncella alza la pata...
¡Pobre Luis!
¡La tal prima...! ¿Hay mas eslraiío
capricho?
¡Qué desengaño!
Ea, envíala á paseo.
Como soy que lo deseo;
pero sulVir que me plante
y luego un chisgaravis
de iDÍ se ria triunfanle...
¡Pobre Luis!
Y, ya ves..., se dosazona
cou razón, porque la mona
es alhaja.
Sí; muy bella.
Hoy le ha postergado á ella,
y por cualquier chuchería
de Londres ó de París
¡mañana te arañaría,
pobre Luis!
No, tiene buen corazón,
aunque mala educación»
Luego que yo la dirija
espero que se corrija...
¿Corregirse? ¡Ya va largo!
¡Ahi es un grano de anís!
Tan mimada...
Sin embargo...
¡Pobre Luis!
Hoy es el dia de prueba.
Perdona que no me atreva
hasta mañana...
Anda;bu5ca,
busca la mona. Es muy chusca.
No; que me lo ha prohibido.
Pues; y tú, fiel Amadís...
Yo...
Serás gentil marido.
¡Pobre Luis!
No creas que soy tan zote...
Hasta luego... (Yéndose.)
¡Ah! Sí... ¡El bigote!
¡Es tan leve sacrificio...
Yoy volando...
Por tu juicio
no me atreviera yo á dar..
¿Cuánto.t»
Seis maravedís.
:Eh! Pelillos á la mar.
¡Pobre Luis!
ESCENA VI
(DON JULIÁN, CECILIA.)
B'en merece ser marido
quien tales albardas sufre.
{Aparece Cecilia deshojando una rosa y pasean-
do hacia el proscenio^
Ya vuelve hacia aqui la prima
con rostro marchito y lúgubre.
¿Qué nuevo antojo... Tal vez,
disipada ya la nube
de su cólera pueril,
SP arrepienta y capitule.
¡Tú solo...! ¿Y Luis?
Se ha marchado»
pálido como el azufre,
hicho un ti{;re, un basilisco...
(La haré rabiar con mi embuste.)
¿De veras? ¿Y contra quién..
Estraño que lo preguntes.
Contra tí. Le has despedido
por un motivo muy fútil,
según dice, y fatigado
de tantas vicisitudes,
tal corria hacia la verja,
que á poco no cae de bruces.
lie sido injusta: es verdad.
Tenia una pesadumbre,
y él lo ha pagado. No obstante,
yo espero que me disculpe
si me ama cual yo le amo.
Mucho temo que se frustre
tu esperanza.
¿Sí? ¿Por qué?
Porque se fue Iiacíenclo cruces
á esta casa y con tal aire
que quizá no le salude
otra vez.
¿Será posible...
Harto será que no ajuste
el primer coche que encuentre,
sin que facciosos le asusten,
y se largue de un lirón
á Alcalá de los Gazules.
jAh! El dolor me mataría.
Es preciso que le busques
y le digas de mi parte...
¿Qué le he de decir? ¿No cumple
tu voluntad?
¡Eh! ¿Quién loma
lan á pechos... Yo no supe
lo que me dije. ¡Por Dios,
dile que vuelva...
Es inútil.
Si os reconciliáis el sábado,
de fé reñiréis el lunes.
Pero...
En fin, yo no me mezclo
en cosas que no me incumben.
ESCENA VII
(CECILIA.)
¡Ah qué hombre! En su corazón
jamas ha ardido la lumbre
del amor. No es maravilla
que de mi pena se burle.
¿Qué haré? jMal haya mi genio!
Mal hayan mis prontitudes...
¿Y permitiréis, Dios mió,
que en un dia se acumulen
para mí tantas desgracias?
Amaba á una mona, y huye;
amaba á un hombre, y me deja;
y era tal ya mí coslnmhre
de partir entre los dos
halagos, riñas y dulces,
que de esta hecha caigo mala
y no lIe5»o al raes de octubre.
jOh! ¡Vuelve, mónita, vuelve!
Si á mi hogar te restituyes,
te vestiré de otlalisca
con damascos y tisúes.
Vuelve, amante de mis ojos,
y en coyunda indisoluble...
(Aparece por la verja don Luis dirigiéndose al proscenio.) ¿Qué veo? Él llega... Otra vez
mi astro de ventura luce.
ESCENA VIII
(CECILIA, DON LUIS.)
¿Se te ha pasado el enojo? f
Sí, mi bien, mi amor, mi gloria^
y al traerlo á la meiyioria,, i',y
confieso que me sonrojo.:.• '•».< ity f
Perdona, mi Luis, perdoi^fi,
que te ofendí á mi pesar.
¿Podria yo vacilar I
entre un hombre y una mona?
¡Cuál ha sido mi dolor
oyendo á tu hermano aqui ÍV
que te alejabas de mí
trocando en saña el amor!
¿Y es posible que de un trote
pensabas irle, inhumano...
¿Qué veo? Mintió tu hermano.
¡Te has afeitado el bigote!
¡Qué sorpresa! El bribonazo
te tiene envidia y me engaña.
En premio de tal hazaña
¿qué haré yo... Darte un abrazo*
(5e abrazan.^
¡Mi bien! No haya mas contienda..
No; que luego amor lo llora.
¡Ah! Yo te hago desde ahora
propósito de la enmienda.
¿Y me querrás solo á mí?
¿Lo dudas? No seas niño.
¿En quién mejor mi cariiío
puiliera emplear que en tí?
Manda el alma que lo crea,
pero me da mil afanes
esa nube de galanes
que sin cesar te rodea.
Sobre todo, el de la mona;
don Aquilino Carranque.
Sentiré que me deshanque
tan ridicula persona.
Por mas que gima y se queje,
no temas...
Tampoco trago
de buen gesto al don Santiago»
¡Ba!,.
Tu madre le protege.
Mi madre as voto de amén:
á nadie dice que no;;
mas lo que la -diga yo,
eso hará; lo sé muy bien.
Vamos á verla al instante*
Ella piensa que te estimo
con el afecto de primo,
no con el fuego de amante; ^,'y
mas yo la diré clarilo *?4
que el novio que me conviene
eres...
Calla, que aqni viene.
Mejor. Me alegro infinito.
ESCENA IX
(CECILIA, DON LUIS, ROSA, DOÑA JOSEFA.)
¿Qué os hacéis en el javdiu?
¿Hoy no se va al Prado?
No.
Haciendo tan buena tarde...
¿Dónde hemos de estar mejor?
Dices bien.
Ahora, mamá,
tenemos que hablar las dos...
Luis es de casa. No importa
que oiga la conversación.
¿Qué quieres?
Quiero casarme.
Bien. Sea en gracia de Dios.
Supongo que usted me deja
el derecho de elección.
Es muy justo, porque al fin
tú has de casarte; no yo.
No obstante, debes tomar
mi consejo...
En eso estoy.
Hágame usted de mis novios
una exacta relación.
Uno es, y yo le confieso
que su apasionada soy,
don Juan Crisóstomo Rubio,
Barreneche y Albornoz,
fiscal...
No quiero fiscales.
La toga asusta al amor.
En mis brazos sonaría
algún horrible complot;
respondiera á mis halagos:
otro si.., — Por cuanto vos...;
Y en mi acción mas inocente
vería un crimen atroz.
Me convenzo.
Despedido...
y autos.
Don Blas Obregon,
teniente de granaderos, a-
¡Gran nobleza y gran valor!
¿Militares? ¡No eu mis días!
ó eii Madrid qm'cl;! me eslov;
<>, nueva aniazuita, sigo
la suerte del balalloti.
Si me quedo, me súmelo
á viudii triste y precoz;
si le si<r.o, ¡qué <le alanés!
Sobre un burro mn talón,
calado el mugriento gorro
de inilcfiíiido col-i:,
con 'dos plumas qui- parecen
emblema de la nación;
pues, ambas á dos pelonas
y tercas ambas á dos,
cuando una dice que sí
su iierniana dice que no;
á merced de un asislente,
sin abrigo y sin ración,
V espuesla siempre á apearme
j)or las orejas... ¡qué honor...!,
perdiera mi juvenlud
por esos trigos de Dios.
¿Y qué sería si presa
del faccioso vencedor...
Vano fuera paia mi honra
pedir capitulación,
que no se habla de mugeres
en el tratado de Elliol.
No babia yo dado en eso.
Soy de tu misma opinión.
Calabazas al teniente.
El que á proponerle voy
menee la preferencia.
Es un dige, es un primor
don Anuiliiio Carran(|Uf.
¡Qué apacible condición!
¡Qué fino, qtié currutaco!
Yaya, es la nata y la flor...
No pase usted adelante.
Confieso su periecciün
para locar el vio'in,
para bailar la gulup.
Pero es muy afeminado;
y no me remedio yo,
madre mia, con maridos
de quincalla y de charol.
Bien dices. Su robustez
no es gran cosa. Aquella tos...
Desahuciado y otro al puesto.
Bien. Don Santiago Querol,
propietario y fabricante,
es todo un hombre de pro.
De propósito he dejado
para el ultimo...
Al peor.
Metódico y calculista,
esclavo de su reloj,
de todos mis pensamientos
pedirá cuenta y razón.
Me sisará receloso
hasta los rayos del sol.
Por ahorrar un dependiente
me pondrá en el mostrador,
ó me tendrá almacenada
como un fardo de algodón.
¡Y es verdad...! Bien dijo el otro:
mas ven cuatro ojos que dos.
Cero, y van cuatro.
Pues, hija,
ya el catálogo finó.
El de usted; pero no el mió.
Pues no acierto, como soy
Josefa... Ya te he nombrado
á todo bicho varón
que entra en mi casa. — A no ser
que tus primos...
¡Voto á brioí!...
Los primos ¿no somos hombres?
Ya caigo... ¡Buena elección!
Y todo se queda en casa.
¡Pobre Julián! Yo le doy
desde ahora...
No es Julián.
¿No es Julián?
Es Luis.
Soy yo.
Mejor. ¿Y cuándo la boda?
Por mí que se firmen hoy
los contratos.
Bien.
Corriente.
¿A qué hora?
A la oración.
¿Si? Pues voy á preparar...
Yo también corro veloz...
Cite usted al escribano:
yo á los testigos...
Sí; voy...
(A su madre»')
Oiga usted...
(^ don Luis,) Espera un poco...
(Habla aparte con su madre,)
(¡Esto es hecho! Amor triunfó.
Seré feliz...)
Tome usted
la llave del locador.
(Da una llavecita á su madre y esta entra en la casa»)
ESCENA X
(CECILIA, DON LUIS.)
Serás mi esposo. ¡Qué dicha!
Verás con qué gusto bailo
esta noche...
¿^^y Ijaile ^n casa?
No. En casa de don Hilario...
Si tú no bailas no vives.
¿Qué quieres? Me ha convidado
don Aquilino...
Bastaba
ser convite de ese trasto
para disgustarme á mí.
No es justo...
Es que, hablemos claros,
siempre eres lú su pareja,
y eso ya me va enfadando.
Suele dirigirse á mí,
y como con él me amaño
mejor que con olro...
¡Pues!
¿Te da zclos?
Me da empacho.
Pues sácame tú á bailar
y verás como le planto.
A mí no me gusta el baile,
ni jamas...
¡Buenos estamos!
Ni quieres bailar conmigo,
ni sufres que luzca el garbo
con otro.
Yo...
Aqui tenemos
al Perro del Hortelano.
Pero...
Pues una de dos:
contigo, ó con él.
¡Cuidado
que es manía...
Mas ridicula
es la tuya. ¡Ingrato! ¡Ingrato!
¿Lloras?
¡Ni bailar me deja!
¿Pero á qué viene ese llanto?
Si asi me tratas de novio,
¿qué harás después de casado?
Tengo á ese hombre aulipalía...
No á él, sino á mí.
Hazte cargo...
¡Ah! ¡Le he preferido á lodos
para que me Jé t'sle pago!
¡Por Dios, óyeme! No es falta
de amor: todo lo contrario.
Eslá nuiv bien. No iré al baile.
¡Oh!
Mf enci-naré en mi cuarto»»
Vamos; no llores»»
Mejor
sería entrar cu un claustro
que casarme con un hombre
tan injusto y tan tirano.
Basta. Baüa con quien quieras,
aunque á mí me lleve el diablo. —
Pero el vals..., Je ningún modo.
¡El vals que me gusla tanto...
Bien. Yo valsaré contigo.
¿Sí?
Soy ágil como un sapo;
mas no importa. Aunque reviente,
no quiero verle en los brazos
de un títere.
(^Saca la pelnca.)
Me darás
sumo gusto... ¿Otro cigarro?
¡Qué vicio tan asqueroso!_
Bien: no le enfades. Ya guardo
la petaca<..
Sí; y después...
¡Maldito sea el tabaco!
No es tan fácil desechar
costumbre de muchos aíios.
¿No? Dame esa cigarrera.
Pero muger...
Yo lo mando.
(Con ternura.) Yo te lo su[>lico.
(Con un suspiro.) Toma.
Quiero saber lo que valgo.
O no vuelves á fumar,
ó contigo no me caso.
¿Q"^ be de hacer? Me gusta el humo;
pero prefiero tu mano.
ESCENA XI
(CECILIA, DON LUIS, ROSA, CECILIA SALE AL ENCUENTRO DE ROSA TOMA DE ELLA.)
(Jo que indicará el diálogo, y lo cubre con el pañuelo.)
(Hará de raí cuanto quiera;
sí. Soy un alma de cántaro.)
Muy bien. Ahora llévate eso.
(Z)a á Rosa la petaca después de tirar los ci-
garros.)
j Ah... qué lástima de habanos!
ESCENA XII
(CECILIA, DON LUIS.)
Luis mió, acabas de hacer
un gran sacrificio.
Sí; algo...
Hé aqui mi recompensa.
(Ze da un retrato.)
(Mirando con gozo la miniatura.) «
¡Oh ventura! ¡Tu retrato!
INIil veces lo he de besar.
Basta ya, que me estás dando
envidia...
¡Qué oigo! Pues ven...
(^Desviándose.)
Cuando nos case el vicario.
¡Taimada! — Será razón,
aunque pierdas en el cambio,
que yo le oirezca también
mi imagen...
Es escusado.
Ya la tengo.
¿Cómo...
(Enseñándole otro retrato.)
Mira.
¿Pues quién... ¡Oh sorpresa! ¿Cuánclo...
¡Te admiras! ¿No sabes lú
que amor sabe hacer milagros?
Ya ha tiempo que de orden mia
se»uia un pintor tus pasos.
¡Qué escucho! ¿Será posible...
Oro, paciencia y trabajo
¿qué uo alcanzan?
¡Dueño mío!
Luis, ¿me perdonas el rapto?
¡Perdón me pides, y el júbilo
me enloquece!
Si este rasgo
no es prueba de amor...
Sí; hermosa.
(Y yo vacilé... ¡Insensato!)
Voy á citar... Cada instante
que la ventura retardo
de llamarte mia, un siglo
se me hace. Vuelvo volando.
(Besa tiernamente la mano á Cecilia y vase por la verja»)
ESCENA XIII
¡Mi pobre Luis! Está loco.
Mucho le quiero, y es justo...,
aunque á veces me da gusto
hacerle rabiar un poco.
ESCENA XIV
(CECILIA, DON SANTIAGO.)
(Don Santiago viene de la casa.)
Á los pies de usted, Cecilia.
Ahur, don Santiago.
Al fiu
la hallo á usted en el jai'din>
jBucno! Y lejos la familia...
Mejor. La hermosa á quien amo
es usted:;i la hora de esta
no he recibido respuesta
á mi instancia; y la reclamo.
Pero...
Un hombre como yo
jamas el tiempo malgasta,
y usté ha tenido el f^ie basta
para decir sí ó no.
Aunque ei alma na* destroce
la contestación que busco...
(¿Se ha visto amante mas brusco?)
(Mirando su reloj.)
Ahora son las cinco y doce...
¿Y eso qué me importa á mí?
Vaya, que es cosa de risa...
HiJT, usted no tendrá prisa;
lo entiendo; pero yo sí.
¡Vlaíiaña parto á Valencia,
y sin que se|)a mi suerte,
ya ve usted que es cosa fuerte
soplarme en la diligencia.
No tome usted, niña, á mal
mi urgencia. Si me hago el krda,
los momentos que yo pierdo
los ganará algún rival.
Y pues aborrezco el ocio
porque á Dios he de dar cuenta,
y ya sabe usted mi renta,
zanjemos este negocio.
¿Si creerá usted...
Ya estoy harto...
Que vivo desesperada,
y lloro...
No creo nada...
(Vuelve á mirar el reloj.) Pero son las cinco y cuarto.
Esta ocasión aprovecho
recelando alguna intriga;
y para que usted no diga
que un piiiial la pongo al pecho»»
CECitiA* Oiga usted...
Entre esos frutos
dar una vuelta resuelvo
y por la resptiosta vuelvo
en pasando ocho minutos.
No. Ahora mismo, sin ribete
ninj^uno, sin embarazo,
(^j4parece don Luis por la puerta de la verja») digo... (jAb! Luis...)
¿Eh?
Acepto el plazo.
(^Mirando el reloj.)
Bien. — Las cinco y diez y siete.
ESCENA XV
(CECILIA, DON LUIS.)
Cecilia...
A buena ocasión
llegas. (La ira me enciende.)
Don Santiago me pretende
y espera contestación.
Te habrá escrito. ¿A ver la carta...
No hay carta.
¿Cómo...
Me ha hablado;
volverá aqui. De mi lado
ahora mismito se aparta.
¿Y por qué con Belcebú
no le has dicho ya que no?
No he de decírselo yo.
¿Pues quien?
Td.
¿Yo?
Tú.
¡Yo!
¡Tú!
Aunque un no jamas lúe grato,
si le oye de tí, tal cual;
mas decírselo un rival...
Eso es un asesínalo.
Su fatuidad es inmensa,
y merece ese castigo.
En fin, haz lo que te digo.
Pero separaos qué ofensa...
Como si fuera mi mano
mercancía valadí
me ha exigido el no ó el sí
con el reloj en la mano.
Es genio suyo, querida,
y si el amor que le inflama
le atosiga...
Eso se llama
pedir la bolsa ó la vida.
Deja estar al don Santiago.
No turbe mi regocijo...
Despídele: yo lo exijo.
jVaya en gracia! ¿Y cómo lo hago?
De mi parte le dirás
que maridos de su laya
no me gustan; que se vaya
y no vuelva aqui jamas.
¿Y si luego hay desafio?
¿Y si obligado me veo...
Es un pobre hombre. No creo
que llegue la sangre al rio.
No lo digo por cobarde.
Sabe Dios que no lo soy;
pero...
(^Aparece á lo lejos don Santiago, mira el reloj jr se encamina al proscenio.)
Allí viene. Me voy
á vestir, que se hace tarde.
ESCENA XVI
(DON LUIS, DON SANTIAGO.)
(¡Darme á raí tal comisión!
El antojo es como suyo.)
Seiiorita, ya los ocho...
¡Ah! No es usted á quien busco.
Sí; usted buscaba á Cecilia...
Sí, señor.
Pues... yo la suplo.
¡Oiga!
Me ha dado un encargo
que con mucha pena cumplo.
¡Calle! ¿Tenemos inlérprele?
Usted ha ajado su orgullo...
Al grano, que tengo prisa.
No es usted muy de su gusto...,
y le hace á usted un agravio,
porque al fin...
Menos dibujos.
Sí, ó no. ¿Qué ha dicho?
Que no;
y lo peor del asunto
es que le despide á usted
para siempre...
¿A mí? ¡Qué insulto!
Calabazas... Bien. Yo pierdo
menos que ella; mas no sufro
que roe echen asi á la calle
como á un ladrón, ó al verdugo.
No puedo vengarme de ella...
porque es inuger; mas barrunto
que es usted el venturoso
que me ha arrebatado el triunfo,
y es preciso que me dé
satisfacción...
No rehuso...
(¡Si lo dije!)
Muy bien. ¿Armas?
Florete.
Dos bien ngtidos
tengo en casa. Andando.
¿Ahora?
El llanto sobre el difunto.
Mañana. Hoy tengo que hacer.
Mañana tomo yo el rumbo
(le Valencia, y no me voy
sin venganza; con que, al punto»»
Mucha prisa tiene usted
de saludar el sepulcro»
Sígame usted, y veremos
quién hace antes el saludo»
Es la cosa roas sencilla...
En menos de diez minutos
acabamos. Vivo cerca.
Mientras á mi casa subo
y bajo con los floretes
pasan cuatro, y digo mucho:
en otros dos nos plantamos
desde la calle del Burro
en las ruinas del convenio
de la merced: no soy zurdo;
usted no es manco; otros tres
prudentemente calculo
para que uno de los dos
viaje en posta al otro mundo.
Ea, vamos.
(Mira el reloj.) Son las seis
menos cuarto, y tres segundos.
Digo que hoy no me acomoda.
Eso es buscar subterfugios
porque usted me tiene miedo.
¿Miedo...? ¡Por Dios trino y uno...
Guíe usted. ¡Pronto!
¡Volando!
(Asoma Rosa por la puerta de la derecha.)
¡Rosa...! Importa el disimulo»
(En alia voz.) El brazo.
¡Ah! Si'... ¡Caro amigo...!
(Se dan el brazo y concluyen el diálogo yéndose hacia la verja.) ¡Cuántos habrá de este cuno,
que se hacen mil cumplimientos
y se aborrecen á dúo!
ESCENA XVII
Por este lado han de estar
aquellos cigarros puiost..
(Los busca por entre los árboles y y los va recociendo^ Es lástima que se pierdan ó los coja el zamacuco de Bartolo. A roí barbero le vendrán de perlas. — Uno. Bien. jOlro! Alli veo dos...)
Otro aquí... No hay mas. ¡Qué chusco
estará con uno de ellos
en la boca! — Él es un tuno,
un borrachuelo, un pelón...,
pero no hay otro recurso.
ESCENA XVIII
(ROSA, DON JULIÁN.)
(Don Julián viene de la casa»)
¿Por dónde andará esta gente?
A Dios, salada.
¡Pues ya!
En casa no he visto á nadie:
ni á la madre angelical,
ni á la hija...
Es que las dos
poniéndose ahora están
de veinticinco alfileres.
¿Y mi hermano?
Poco ha
que salió con dun Santiago
del brazo.
¡Con un rival!
Mucho me admiro...
Presumo
que poco podrá tardan
Sí esta noche se ha de hacer
la cosa.t.
¡La cosa! ¿Cuál?
¡Cómo! ¿No lo sabe usted?
Tenemos gran novedad.
Esta noche es el dichoso
contrato matrimonial.
¿Se casa al fin? ¡Malogrado
joven!
¿Malogrado? ¡Quiá!
El hace su gusto...
Él hace
una insigne necedad.
¿Necedad porque se casa?
Por eso en primer lugar,
y en segundo por casarse
con mi prima.
¿Pues qué mal
ha de estarle el ser marido
de moza tan linda y tan...
¿No gusta usted de su prima?
Tú me gustas mucho mas.
¡Que si quieres...! A otro perro
con ese hueso.
Sí tal.
¡Usté á una pobre criada...
Te quiero, á fé de Julián;
y para darte una prueba
de mi cariño...
(^Intenta abracarla j Rosa le repele')
¡Arre allá!
No me quiere quien no guarda
respeto á mi honestidad.
Un abrazo mas ó menos
¿que importa...
{Con aire teatral»^ ¡Jamas! ¡Jamas!
¿Eh? ¿De quién has aprendido
ese tono sepulcral,
asi..., á manera de huérfana
de Bruselas? ¡Voto á San...
A un lado dengues postizos,
y déjate acariciar»
(píntenla abrazarla otra vez.)
(Retrocediendo.')
Si es cierto que usted me quiere.«
Furiosamente.
Solo hay
un medio...
¿Cuál, vida mia?
El vicario y el altar.
j Altar! ¡Vicario! ¿Qué has dicho?
¿Hablas con formalidad?
Pues ¡qué! ¿se fij^ura usted
que sería yo capaz...
Quien su marido no sea
no abraza á Rosa Pascual»
¡A mí matrimonio! ¿Sabes
que has nombrado á Satanás?
¡Y vive Dios que la boda...
Es que yo...
Vete á fregar.
(Za vuelve la espalda y se pasea.)
(Sofocada.)
Oiga usted; no soy fregona,
sino doncella...
(Suena en la casa una campanilla.) ¡Ya van! —
De labor; y me he criado
en buenos pañales; mas...
la culpa es mia porque...
por la política y la...
¡pues! le he tratado á usted con...
tanta familiaridad.
ESCENA XIX
(DON JULIÁN.)
¡Bueno fuera que después
de tanto merodear,
sin doblar mi erguido cuello
á la coyunda nupcial,
una criaduela zafia
me hiciera al fin hocicar!
ESCENA XX
(DON JULIÁN, DON LUIS.)
(Don Luis trae la mano derecha vendada.)
D. JMhiKSí.iJ^olviéndose.)
¿Quién... Es Luis. ¿Qué veo?
¿Por qué esa roano vendada?
¿Estás... herido...?
No es nada.
Gagecillos del empleo.
¿Á ver...
Un leve pinchazo
que apenas rasgó el pellejo.
¿De veras?
Mira: manejo
sin dificultad el brazo.
¿Algún duelo?
Sí.
¿Con quién?
Con don Santiago.
¿El motivo?
Un antojo vengativo...
¿Tuyo?
De mi dulce bien.
En vez de darle un sofión
quiso que yo se le diera.
El otro, que no es de cora,
me pidió satisfacción;
mas diestro, no mas valienle,
mi rival me ha herido, y ¡zas!
me ha desarmado, item mas y
y es milagro que lo cuente;
pero con cara de risa
mira el rtloj, pega un brinco
y esclama: <*¡seis menos cinco!
Ya basta. Abur. Tengo prisa."
¿Y después de tal desastre
te casas con esa arpía?
Deja, hombre, que todavía...
será lo que lase un sastre.
Quiero hacer la última prueba.
La has de decir...
¿Estás lelo?
Que tengo pendiente un duelo..*
A ver cómo oye la nueva.
Pero, hombre...
De mi enemigo
pinta bien la saña atroz...
(^Cecilia lalarea dentro,) Ella viene. ¿Oyes su voz?
Me escondo. Haz lo que te digo.
(^Se oculta entre los árboles»)
ESCENA XXI
(DON JULIÁN, CECILIA, DON LUIS, EMPIEZA D OSCURECER.)
A Dios, Julián. ¿Y tu hermano?
Ya pronto va á anochecer
y si se han de celebrar
los contratos...
¡Cielos!
¿Eh?
¡Suspiras...
Tú hablas de boda
cuando á estas horas tal vez...
¿Q<ié ocurre? IVIe haces temblar...
¿Qué es de tu hermano?
No sé...
Con don Santiago me han dicho
que salió de este vergel
y que iban los dos furiosos
con trazas al parecer
de irse á batir...
¡Justo Dios!
Mi amigo Pepe Garcés,
que acertó á pasar entonces,
oyó hablar..»
Hablar... ¿De que'?
De pistolas.
¡De pistolas!
¡Ay Virgen Santa! ¿Y después?
Tuvo intención de seguirlos;
pero pensándolo bien
prefirió buscarrae á mí...
Por Dios te pido que estés
a!a mira. No consientas...
Ya ves tú si yo querré...
Pero le he buscado en valde
y á don Santiago también.
Don Santiago lúe á su casa,
bajó un envoltorio...
¡Pues!
¡Las pistolas!
¡Ah! Se baten
como cuatro y dos son seis.
¡Triste de mí! — Aun será tiempo.
Por Dios, corre...
¿Adonde iré?
¡Qué flema! ¡Y eres su hermano!
Sí; pero...
Pregunta...
¿A quién?
Ya es tarde.
Si tú le amaras
como yo le amo...
¡Pardiez!
¡Me reconvienes ahora...,
cuando el riesgo en que se ve
quizá á algún capricho lu\o
le tiene que agradecer!
¡Ah! Tú me recuerdas... Sí...
Mi imprudencia, mi altivez...
Loca estuve. Yo el funesto
di'saño provoque.
Ahora lloro arrepentida...
¡A. buena hora!
i^^Y «iwgPr
mas infeliz...
(¡Prenda amada.')
(Mace un moviinicnlo para salir y don Julián le detiene»)
¡Mal haya, mal haya, amen,
mi locura...
¡Y si supieras,
desventurada, quién es
don Santiago... Si sucumbe
Luis, con esta serán diez
las muertes que pesarán
sobre su alma.
« ¡San José
me valga!
(Intenta salir otra vez don Luis y le contiene Su hermano.)
No le hay mas diestro
para la pistola que él.
¡Yo muero!
A cuarenta pasos
hace añicos una nuez.
¡Ah!
(Se desmaya en brazos de don Julián» Don Luis sale precipitado d socorrerla.)
¡Favor! ¡Bien mió.»
¡Calla...
No puedo mas. ¡Qué interés...
¡Qué. amor... Vuelve, vida mia...
Yo te perdono...
Delen
la lengua. Ya vuelve...
(Cecilia suspira. Don Julián liace que su hermano se oculte otra vez.) Aparta.
¿Dónde estoy... ¡Cielos! ¿Por qué,
por qué á mis ojos la luz
aborrecida volvéis?
D. JUi.iABr.¿Quién sabe... Quizá el combate
se transija en el café.
Yo le seguiré á la tumba;
¡y oh si probarle mi fé
pudiera dando mi vida
por salvar la suya!
{y4 don Julián en voz baja, ja resuelto d
salir, pero viendo á doña Josefa se detiene.)
¿Ves?
ESCENA XXII
(DON JULIÁN, CECILIA, DON LUIS, DOÑA JOSEFA.)
¡Albricias!
¿Qué es eso?
Ya ha parecido. ¡Oh placer!
¿Mi Luis?
¡La mona!
¡Mi mona!
¡Qué dicha! Y... dígame usted:
¿quién la ha traído? El hallazgo
que me pida le daré.
(¡Medrados estamos!)
ESCENA XXIII
(CECILIA, DOÑA JOSEFA, DON JULIÁN, DON LUIS, DON AQUILINO.)
(D. AQuiL* (^Saliendo de la casa.))
(Yo reclamo el lauro y el prez de esta empresa. Sí, Ceciliai que hoy he sudado la hiél.)
¡Buen. Dios, lo que yo he corrido!
Y estando, ustedes lo ven,
delicado...
¡Qu^ fineza!
Eso es mas de agradecer.
don Julián.)
¿Creerá usted que vengo abora
desde la calle del PeZn.
¡Eh! ¿Qué me importa».
(yd Cecilia.) ¡El hallazgo!
Sí, sí. ¡Mi palabra es ley,
don Aquilino.
Quisiera
pedir mas alta merced;
pero mis escasos méritos...,
mí natural timidez...
Por no abusar...
(¡Mentecato!)
( ¡Mueble!)
Me limito pues...
á que usted me dé á besar
su mano de rosicler.
Si mamá me lo permite...
Concedido.
Bese usted.
(Presenta la mano j don yíquilino la besa.)
¡Oh júbilo!
(Se presenta don Luis ocultando la mano herida» Al verle da un grito Cecilia.)
¡Ah!
Buen provecho.
Doy á usted mi parabién.
(Recobrada del susto.)
¡Eres tú! El novio... la mona...
¡Cuántas dichas á la vez!
(Suspirando.)
(¡El novio!)
ESCENA XXIV
(CECILIA, DOÑA JOSEFA, DON LUIS, DON JULIÁN, DON AQUILINO, ROSA.)
En la sala espera
el señor don Bernabé.
Sí; el escribano...
Ha venido
á pedir de boca.
Ven...
Puede» ustedes decirle
que se vayai..
¿Cómo...
A píe,
si no ha traído carruage.
¿Qué oigo? ¿Te quieres volver
atrás...
Ya ha puesto en la mesa
media resma de papel...
Es inútil. Yo no puedo
firmar.!.
¡No puedes...! ¿Por qué?
(Enseñando la mano derecha»)
Porque estoy manco.
¡Dios mío!
¡Muchacho!
¡Qi^é horror!
Traed
bálsamo.»
No hay que asustarse.
Es un rasguño en la piel.
Respiro.
Un aviso al novio...
¡Ah Luis...
Que yo no echaré
en saco roto.
¿Qué quieres
decir...
Lo vas á saber.
Eres muy linda muchacha;
cautiva el alma tu sal;
tu cara no tiene igual;
tu cuerpo no tiene lacha.
Mas fina que el pensamiento,
mas dulce que una colmena,
cantas como una sirena,
y bailas que es un contento.
Ta (ndole ps buena; sí lal,
pero, hablando con perdoa
de lia, tu educación,
dulce primita, es lata!.
Tú tres sensible...
(Viendo que va d interrumpirle Cecilia.') Ten calma.
Pero tienes en verdad
tanta sensibilidad...
que no le cabe en el alma.
De aqui nacen tus arranques,
tu viveza sinajular,
y tu afición á bailar
con Aquilinos Carranques,
(Picado.)
¡Oiga...
(yi/ don Aquilino con imperio.)
¡Calle!
Y tus caprichos
de carácter tan diverso^^
y andar tu amor taijt' disperso
entre hombres, dijeá y* bichos.
Te he sufrido mil desbarros,
y he podido sin enojo
sacrificar á tu antojo
mi bigote y mis cigarros;
mas con imperio absoluto
echarme á cuestas, sin viso
de razón, el compromiso
de matarme con un bruto;
y á fuer de amante leal
volver á tus pies lisiado
para verme postergado
á un asqueroso animal...;
esto pasa de castaiio
oscuro, esto es ya muy negro;
y de recibir me alegro
tan á tiempo el desengaño.
Nadie perfecto nació.
Sé que en la humana familia
mugeres y hombres, Cecilia,
tienen su contra y su pro;
mas si tu cuenta se ajusta
y á hablar claro rae resigno,
ni de tanto pro soy digno
ni tanto contra me gusta:
y pues te sobran amantes
mas indulgentes, mas bellos,
cásate con uno de ellost..,
y tan amigos como antes.
¡Ah! Si tan alta belleza
me admitiera por esposo*»
D. JULIÁN» (^Aparte á don Luis.)
¡Bravo, Luis!
(Aqui es forzoso
sacar íuerzas de flaqueza.)
Es cierto; puesto en el fiel
pro y contra, declaro aqui
que ni él nació para mí
ni yo nací para él.
Bien dicho.
, A bien que el casorio
no es para mí tan urgente.
Con todo, si usted consiente...
Queda usted de meritorio.
(^ fíosa.)
¡Por ella estoy en los huesos!
Quien lleva por hoy la palma
es ¡mi mónita del alma...!
Voy á comérmela á besos.
ESCENA ÚLTIMA
(DOÑA JOSEFA, DON LUIS, DON JULIÁN, ROSA, DON AQUILINO.)
i Anda bendita de Dios!
No sé yo, á fé de im parcial
entre ella y la mona..., cuál
es mas mona de las dos.