Acto primero
(Personas: ELISA; LA MARQUESA; JUANA; DON FRUTOS; DON REMIGIO; DON MIGUEL.)
(La escena es en Madrid, en casa de la Marquesa.)
ESCENA PRIMERA
(ELISA, JUANA.)
¿Y se ha de casar usted
con nn rústico labriego?
Sí; ya he dado mi palabra.
¿Lo sabe aquel caballero?
¿Quién?
¿Quie'n ha de ser? Aquel
que hace dos años y medio
que la adora á usted y bebe
por esa cara los vientos.
¡Ah...! Don Miguel.
¡Y al nombrarle
me pone usted ese gesto!
¿Conque ya no hay esperanza
para él?
Ya ves; acepto
la mano de otro...
Es decir,
que cual humo se ha deshecho
el antiguo amor...
¡Amor!
Aquello fué un pasatiempo.
Me agradaba su figura,
su uniforme, su despejo...
¿Qué sé yo? Me complacía
en bailar con él, y creo
que no me sonaban mal
en su boca los requiebros.
Quizá también de la mía
se deslizó en un momento
de imprudencia alguna frase
que halagara sus deseos;
mas yo no perdí el color,
ni el apetito, ni el sueño,
síntomas averiguados
de un cariño verdadero;
y él, por su parte, á pesar
de que hacia mil extremos,
nunca llegó seriamente
á hablarme de casamiento.
Por pura delicadeza.
Ya ve usted; un subalterno...
Pero yo sé que esperaba
de un dia á otro el ascenso
á capitán.
Aun así
fuera mucho atrevimiento,
siendo hija yo de un marqués,
que aspirara á ser mi dueño.
Perdone usted. Él es hijo
de barón...
No te lo niego,
mas no es segundón siquiera,
que cuatro hermanos nacieron
antes que él, y están casados,
y con prole todos ellos.
¡No es nada lo que tendrían
que atarearse los médicos
para que él llegara á ser
lo que su padre y su abuelo!
Y aun eso importara poco
como él tuviera otro genio;
pero es celoso, tronera,
suspicaz y pendenciero.
¿Casarme con él? ¡Jesús!
Mi casa fuera un infierno.
¡Ya! Como usted no le quiere,
exagera sus defectos,
sin echar de ver que nacen
del mismo amor...
¡Qué! Yo apuesto
á que el dia en que marchó
de aquí con su regimiento,
se propuso relevarme,
y me relevó en efecto
con la primer lugareña
á quien pidió alojamiento.
¿Cómo es posible? Las cartas
que escribe cada correo...
Tres hace ya que no he visto
su letra, de donde infiero
que ni se acuerda de mí;
y, como soy, que me alegro,
que así excuso revolver
la cabeza y el tintero
para imaginar disculpas
á la boda que proyecto.
¿Quién sabe si al postilion
ha ocurrido algún tropiezo,
ó si tendrá la desgracia
don Miguel de estar enfermo?
Ó tal vez está en camino
para Madrid, y de intento
no nos ha anunciado el viaje,
porque quiere sorprendernos.
No creas tal; — y si viene,
¡bien venido! Le daremos
los dulces.
Para él serian
acíbar, hiél y veneno.
Vamos; decididamente
le proteges.
Le protejo
porque ama á usted, y presumo,
hablando con el respeto
debido, que no merece...
Yo no he contraído empeños
con don Miguel; ni mamá
le querría para yerno.
Pero— ¡por Dios, señorita! —
¿no se muere usted de miedo
de pensar en esa boda?
Es cosa que no comprendo
cómo se decide usted...
Razones hay para ello.
Nuestra casa está arruinada.
De su esplendor solariego
apenas queda otra cosa
que pergaminos, y pleitos,
y deudas. Don Baltasar
de Calamocha y Centeno,
padre que fué de don Frutos,
mi novio, y en cuyo pueblo
tenemos un caserón
ruinoso y cuatro barbechos,
hubo de prestar no sé
qué cantidad de dinero
á mi padre, que Dios haya,
cuando pasó aquel invierno
en Zaragoza. Tres años
después de hacer el empréstito,
reclamó don Baltasar
el capital y los réditos.
Pidióle plazos mi padre
sin esperar obtenerlos,
pero se quedó pasmado
cuando, con rostro halagüeño,
le dijo don Baltasar:
«Señor Marqués, sin apremios,
ni jaeces, ni ejecuciones,
y, lo que es aun mejor que esto,
sin que suelte usted un cuarto
puedo quedar satisfecho.
Cuando usted me conoció
era jo muy rico, y luego,
como tomé por contrata
los víveres del ejército,
¡ya ve usted.,.! Hablemos claro:
no es oro ya lo que anhelo,
que un terremoto no puede
levantar el que poseo,
sino títulos y honores;
no para mí, pobre viejo
que al primer aire colado
espero quedarme tieso,
sino para aquel buen mozo
que ha de heredar mis talegos.
Ahora bien; si usted no tiene
horror al nombre de suegro,
déme usted su única hija
para mi único heredero,
que si no es de ilustre sangre,
tampoco nació plebeyo.
El será marqués por ella,
ella por él hará bueno
el marquesado; y, por último,
el gozo será completo
cuando nos llame á los dos
papá grande un mismo nieto.»
Despreocupado mi patlre,
y mi madre... un poco menos,
pero aficionada al lujo
cual todas las de mi sexo,
aceptaron un partido
que por motivos diversos
á todos estaba bien;
volvióse ufano y contento
don Baltasar á Belchite,
pero al mes ya había muerto;
mi padre murió también, —
i téngale Dios en el cielo! —
Como siguió tan de cerca
al tratado casamiento
el duelo de ambas familias,
no me habló de este proj^ecto
mamá hasta cumplido el luto;
vencida yo de sus ruegos,
acepté; también parece
que está don Frutos resuelto
á cumplir la voluntad
de su padre; de un momento
á otro llegará á Madrid,
se firmarán los conciertos,
tú tendrás un buen regalo,
yo un buen marido... y, Imis deo.
Todo eso, señora mía,
seria bueno y muy bueno
si no hubiera entre los novios
tantas leguas de por medio.
Usted no ha visto jamás
al tal don Frutos. Si es feo...
No, Juana; muy al contrario.
(Sacando y enseñando á Juana un retrato.) Juzga por este bosquejo.
¡Hola! ¿Retrato?
A lo príncipe.
Fué recíproco el obsequio.
¿Hay en Belchite pintores?-
Zaragoza no está lejos. —
¿Qué tal?
Guapote y rollizo.
Tiene cara de tudesco.
Mas quizá le han adulado...
y aquí no vemos el cuerpo...
Sé que tiene buenas formas
y talla de granadero.
Pero en el mismo retrato
muestra que ea zafio y grotesco.
Mire usted bien. ¡Santo Dios,
qué levita y qué chaleco!
En Madrid hay buenos sastres,
y ya se ha provisto á eso.
Si, como tengo entendido,
nunca salió de su pueblo,
vendrá tan rudo...
No importa;
nosotras le puliremos.
Taladrará los oidos
con aquel maldito acento
aragonés...
Poco á poco
lo irá en la corte perdieudo.
¿Tan fácil es encontrar
un marido sin defectos?
Si no es fino y elegante,
será cariñoso, tierno,
sencillo, dócil...
(Enlre dientes.) Ó potrO
cerril que plante al lucero
del alba una coz.
¿Qué dices?
Nada.
El timón del gobierno
me abandonará gozoso,
y eso es lo que yo pretendo.
Dios lo quiera; mas casarse
sin amor...
Amor es ciego,
y aunque acierta alguna vez,
es muy mal casamentero.
ESCENA II
(ELISA, JUANA, LA MARQUESA.)
¿A.un no te has vesti.lo, Elisa,
y esperas hoj á don Frutos?
¡Eli! No corre tanta prisa.
Es cosa de ocho minutos.
¿Ocho minutos? No tal;
que si has de lucir tu tren...
Para un novio provincial
de cualquier modo estoy bien,
Yo quiero que le deslumbres,
aunque afectes abandono,
y que desde hoy le acostumbres
á las leyes del buen tono.
Aunque tu triunfo es seguro,
vístete como quien eres.
Biieno es prender al futuro
con veinticinco alfileres;
que si hoy le agradas modesta
y asi... á la pata la llana,
ya verás lo que te cuesta
sacarle blondas mañana.
Yo le espero ya, hija mia,
porque tu dicha me alegra,
con humos de señoría,
y con ínfulas de suegra.
No le tengo por un Argos,
mas se admirará si ve
á mamá de tiros largos
y á la novia en negligé.
En mi cara, no en mis dijes,
confiar fuera mejor;
pero una vez que lo exiges..,
vamos, Juana, al tocador,
(Váse con Juana por la puerta de la izquierda.)
ESCENA III
(LA MARQUESA.)
iQué conflicto, Dios eterno!
¡Que' afrenta, Virgen de Atocha!
¡Aceptar yo para yerno
á un don Frutos Calamocha!
Mas si COQ él me confundo,
¿quie'n me hará ningún reproche?
¿Que' papel hace en el mundo
una marquesa sin coche?
Tal boda no me hace gracia,
pero el siglo es tan mercante...
También es aristocracia
la del dinero contante.
Ese yerno, bien lo sé,
será un patán, sera un oso,
pero yo siempre seré
marquesa de Valfungoso.
Mi ejemplo y uu figurín
harán tal vez el prodigio
de desasnarle, y, en fin...
¡Hola! Aqui está don Remigio.
ESCENA IV
(LA MARQUESA, DON REMIGIO.)
Salud, Marquesa. Un bagaje...
gallego por otro nombre,
ya ha traido el equipaje
provisional de aquel hombre.
Por la puerta del pasillo
ya en su cuarto se introdujo.
Ello costará carillo,
mas, ¡qué elegancia y qué lujo!
obra maestra del sastre...
y mia en cierta manera,
que fui, temiendo un desastre,
el mentor de su tijera.
Que venga al cuerpo del novio
es lo que importa en rigor.
Lo demás fuera un oprobio
para el sastre y el mentor.
Todo se hizo, y consta en actas,
con entera sujeción
á las medidas exactas
que vinieron de Aragón.
Venga usted á ver la ropa...
Yo la veré más despacio.
Mejor no se hace en Europa,
ni se gasta en un palacio.
Ahora, si usted lo permite,
voy al parador...
Si, sí.
A esperar al de Belchite,
para conducirle aqui.
Es mucha molestia...
¡Ohl No.
Yo seria muy bellaco
si á dama de tanto pro...
Soy amable; este es mi flaco.
ESCENA V
(LA MARQUESA.)
¡Que' tragin! Él se halla en todo.
Merece que se le cobre
cariño. Nos come un codo,
pero bien lo suda el pobre.
Hago de él cuanto yo quiero.
Ya le gruño, ya le embromo...
En la calle es mi escudero,
en casa mi mayordomo.
Y á todos con esa fe
sirve. Así tiene enjambre
de ami{>os. ¡Oh! Siempre fué
muy filantrópica el hambre.
Mientras la novia se avía,
voy á ver qué ropa es esa.
(Se dirige á la puerta de la derecha.) Mucha lástima seria...
(En la pvierta del foro.)
A los pies de usted. Marquesa.
ESCENA VI
(LA MARQUESA, DON MIGUEL.)
Caballero, beso á usted...
iQué veo! ¡Usted por acá!
Mucho celebro,..
He venido
con licencia temporal
por dos meses. ¿U.sted buena?
Talcualilla. Con el plan
que sigo ahora...
¿Y la linda
Elisa?
Sin novedad.
Sente'monos,
(Se sienta en el sofá. Eon Miguel va á tomar una silla.)
Coa permiso...
No. Venga usted al sofá.
(Sentándose en el sofá.)
Celebro que no haya nadie...
¿Por qué?...
Tenemos que hablar.
Pues ¡vaja! expliqúese usted,
y no tenga cortedad.
No soy yo corto de genio,
señora mía, pero hay
casos y cosas que al hombre
más valiente hacen temblar.
¿Y qué teme usted? ¿Soy yo
alguna fiera?...
No tal;
pero un desaire,,.
¡Desaires
á un hombre de calidad,
á un amigo! Hágase usted
justicia.
En primer lugar,
declaro á usted que jo estoy
enamorado.
¡Ba! ¡Bal
Si de otra culpa más grave
no se viene usté á acusar,
yo le absuelvo desde ahora.
¿Hay cosa más natural?
¿Y quién es la...?
Yo creí
que usted lo sabria ya...
Yo. ¿De dónde?
Ciertas cosas
no se pueden ocultar.
Pues como usted no se explique.
No me he explicado, es verdad,
hasta hoy, porque esperaba
el ascenso á capitán...
¡Ah! ¡Dos charreteras! ¡Bien!
Ya no ha_y hombro desigual. —
¡Que sea por muchos años!
¡Cumplimiento singular!
¿No querrá usted que siquiera
aspire á un gradito mis?
Perdone usted. Sia pensarlo
he dicho una necedad.
Si por mí fuera, mañana
sería usted general.
Si antes me hubiera casado
no tendría viudedad
Elisa...
¡Acabara usted!
¿Conque es lílisa el imán
de ese tierno corazón?
—Sí; la amo con ceguedad,
la idolatro, la...
Ahora veo
que no sabe usted lo que hay.
¿Pues que hay?...
Amigo del alma,
bien puede usted perdonar.
Elisa no es para usted.
¿Seré demasiado audaz
en solicitarla? ¿Acaso
porque es corto mi caudal...
Todo hay que mirarlo, amigo;
mas la gran dificultad
no está en eso.
¿Pues en qué?
En que la voy á casar.
¡Ay! ¿De veras?
Ya lo he dicho,
y yo no hablo én alemán.
¿Cuándo?
Mañana.
¿Con quién?
¡Qué flujo de preguntar!
Con un hombre.
¿Usted no mira
que está clavando un puñal
en mi pecho?
Amigo mió...
Eso es una iniquidad.
¿Cómo iniquidad?
¡Horrible!
¡Y vengo yo de Alcaraz
para esto!
Con efecto,
es mucha casualidad.
Los dos en el mismo dia.*..
(Estoy sudando alquitrán.)
Ahora llegará don Frutos
á la puerta de Alcalá.
¿Se llama don Frutos?
Sí..
¡Nombre soez!
Natural
de Belchite en Aragón.
¡Santo Dios! Será un patán,
será... ¿Es rico?
Poderoso.
¡Oh matrimonio fatal!
¡Desgraciada Elisa!
¡Calle!
¿Tan fiera calamidad
es un novio millonario?
Por San Cosme y San Damián,
no la sacrifique usted
á un marido montaraz;
no con un golpe de estado
quiera usted tiranizar...
(Dale! Aquí no hay tiranía.
¿Quién fuerza su voluntad?
El tirano será usted
que, sin viña ni olivar,
y sin quererle la chica,
que es lo más original,
tiene empeño de llevarla
militarmente al altar.
Yo no soy tan temerario.
Ella me ama, y si falaz
no es su labio...
Aquí se acerca^
Ella misma nos dirá...
ESCENA VII
(LA MARQUESA, DON MIGUEL, ELISA.)
(Muy elegame.)
¡Ah! ¡Don Miguel!
¿Conque es cierto?
¿Conque ha sido usted capaz
de olvidarme?...
No, señor.
Cuente usted con mi amistad...
¿Amistad? Lindo despacho
cuando vengo hecho un volcan...
¿No quiere usted ser amigo?
Yo quiero ser algo más.
¿Marido? No puede ser;
me he comprometido ya.
¿Cortejo? Líbreme Dios,
que eso es pecado mortal.
¿Así corresponde usted
á mi esperanza, á mi afán?...
Yo no he prometido nada.
Lisonjas de sociedad,
favores de rigodón,
una carta insustancial;
todo eso es galantería,
pasatiempo...
¡Voto á san...!
¡Con qué frescura me pone
en la garganta un dogal!
Yo creí que usted ya estaba
arreglado por allá.
¡Yo!
y como usted no escribía...
¡Guapo está de capitán!)
Y como usted no me habló
nunca de fe conyugal...
y pasan dias y dias...
j una tiene que pensar
en una... En fin, me remito
á lo que ha dicho mamá.
¿Eh? ¿Qué dice usted ahora?
Que estoy dado á Satanás;
que siete veces maldigo
mi necia credulidad;
que ya no hay fe en las mujeres;
que no quiero ya tratar
á ninguna; que me voy
para no volver jamás.
ESCENA VIII
(LA MARQUESA, ELISA, DON MIGUEL, JUANA.)
Ya viene.
(Deteniéndose,) ¿Quién?
Don Remigio
con don Frutos.
¡Mi rival!,..
Pues me quedo.
¿Con qué ñn?
Es mera curiosidad.
Le he visto desde el balcón.
Ya habrá entrado en el zaguán.
Mire usted que está en mi casa.
Yo la sabré respetar.
No demos aquí un escándalo.,.
Ni aquí ni fuera. ¿Qué más
quiere usted? Yo me resigno...
mas quiero verle.
Aquí está.
ESCENA IX
(LA MARQUESA, ELISA, DON MIGUEL, JUANA, DON FRUTOS, DON REMIGIO, — DON FRUTOS SE PRESENTA COMO SEÑORITO DE LAGAR EN DIA DE.)
(liesta, y con notable atraso en la moda, aunque con buena ropa. — La Marquesa y Elisa se sientan en ol sofá.)
(Presentando ó don Frutos.)
Señoras...
(a la Marquisa.) ¿Ese pazguatO
es el novio?
(a Juana.) Señorita...
(Queriendo abrazarla.) Dulce novia...
(En voz baja á don Remigio.) Más bonita
me pareció en el retrato.
(Apurado.)
¡Qne no es esa!
(Riéndose.) (También se rie don Miguel.)
No soy yo.
Pues creí...
Soy la doncella.
¿Pues cuál es mi novia?
Aquella.
(De mal gesto.)
¡Me ha gustado el quid pro quod!
(Al primer tapón zurrapas.)
Me equivoqué, vive Cristo;
y es que en Madrid, por lo visto,
todas las mozas son guapas.
(En voz baja.)
¡Ay, mamá!
(¡Bien! Ya me vengo.)
(Fijando la vista en Elisa.)
¡Oh, que está allí!... ¡Mentecato
de mí! (a don Remigio.)
Es el vivo retrato
del retrato que yo tengo.
(Acercándose.) Dios guarde á usted, doña Elisa.
Felices.
((Volada estoy!)
(a Juana que se está riendo.) Vete de aquí.
Ya me voy.
(No puedo tener la risa.)
ESCENA X
(LA MARQUESA, ELISA, DON FRUTOS, DON MIGUEL, DON REMIGIO.)
(Voy á pasar un buen rato.)
Esta señora es mamá.
¡Ah...! Servidor... Como allá
no llegó mas que un retrato...
Y aun ese estaba de sobra.
¡Después de verla pintada,
llamar novia á la criada!
¡Qué horror!
La misma zozobra...
Y... la verdad, no esperé
que en tan feliz coyuntura
me esperase mi futura
sentada en el canapé.
Hallar pensaba á mi bella —
no sé si esto es excederme —
con tanta gana de verme
como yo de verla á ella.
Topo, al colarme aquí dentro,
una chica de buen porte,.
y creo que es mi consorte
la que me sale al encuentro;
no reconozco el traslado,
mas digo para mi pecho:
¡Eh! siempre va largo trecho
de lo vivo á lo pintado;
en esto viene á advertirme
el señor que me equivoco;
pero si se tarda un poco
¡zas! 30 la abrazo, y de firme.
(¡Me gusta el desembarazo!)
(Pues no es tonto, aunque grosero.)
Esta es la novia.
¡A.h! Sí...
Pero
suprima usted el abrazo.
Bien. Mis fines eran buenos,
mas me aguanto y no me pico.
No me hará pobre ni rico
un apretón mas ó menos.
Y abrazos del corazón,
hijos de pura alegría,
no se dan á sangre fría,
sino así... de sopetón.
(a la Marquesa.) Cosas de así... como así;
mas cuando él recapacite
que no estamos en Belchite...
Ya sé que estamos aquí.
(¡Vaya una familia tiesa!
Pues aunque fuera yo el coco...)
(En voz baja á la Marquesa.)
El soltará poco á poco
el pelo de la dehesa.
¿No toma usted una silla?
Sí haré, si no es contra fuero
que un honrado forastero
tome asiento en esta villa.
(Se sienta, y hacpn lo mismo don Miguel y don Remigio.)
Volviendo á lo del abrazo,
aquí no se mira bien
que Ic^iipovios se le den
antes del solemne lazo.
Si amor les hace cosquillas,
aquí y allí creo yo
que, si con testigos no,
se abrazarán á hurtadillas.
Lo primero es más honesto;
mas, ni así ni de otro modo
en abrazar me incomodo
á quien me pone ese gesto.
(Cedamos, que ya se amosca.)
No crea usted que ella sienta...
(Con enfado.) Pues si ha de ser mi parienta,
que no me mire tan fosca.
Su modestia no permite...
Ya me carga su modestia.
¿Qué va á que tomo una bestia
y doy la vuelta á Belchite? —
¡Bienl Ya se rie. Esto es algo.
¿Qué tal el viaje?
Tal cual;
mas volqué en un pedregal
y á poco no me desnalgo.
(Haciendo ascos.)
((Me desnalgo!)
En diligencia
no vuelvo á viajar.
¿Pues cómo?
¿En carro?
En mi macho romo,
que es animal de conciencia.
(Aparte ó don Mí^ucI.) Se conoce que los dos
simpatizan.
(Mirando ü Elisa embebecida.)
¡Oh qué linda!
¡Qué boca! Es como una guinda.
¡Qué talle! ¡Válgame Dios!_
Mil gracias por la lisonja.
No. ¡Qué ojuelos! ¡Oh qué f^gua!
La boca se me hace un agua,
y el corazón una esponja.
(¡Como la requiebra el ganso!)
(Ya me tiene el alma en vilo,
y si no le corto el hilo...)
(a don Frutos levantándose, y todos hacen lo mismo.) Usté ha menester descanso...
Yo no. Al lado de una bella...
No obstante...
Obedezco, pues.
(a Elisa.) Adiós, cordera, (a la Marquesa.) ¿Cuál eS
mi habitación?
(.Mostrando la de la derecha.) Es aquella.
(ai volverse de pronto, don Frutos derriba un velador que habrá en medio de la sala con un juego de te.)
Voy... ¡Voto al siete de bastos...!
¡Jesús!
¡Mi almuerzo de china!
¡Otra! ¿Quién diablo imagina
poner en medio los trastos?
Ayude usted...
(Entro don Miguel y don Remigio levantan el velador y lo demás.)
¡Ayer mismo
un dineral me costó!
¿No fuera peor que yo
mo hubiera roto el bautismo?
En mi tierra...
¡Hombre funesto!
No sucede eso.
(a don Miguel.) Ya Va
escampando.
Porque allá
cada cosa está en su puesto. —
Pero, en fin, por cuatro frascos
no hemos de gemir ahora.
Sosiégúese usted, señora,
que yo pagaré los cascos.
Conque... hasta luego.
(Váse por la puerta de la derecha.)
(Aparte á la Marquesa.) Es nOVicio...
Maldecido sea, amen.
Sígale usted... Yo también;
¡no haga allí nuevo estropicio!
ESCENA XI
(ELISA, DON MIGUEL.)
(¡Ese novio es una fiera!)
El novio es hombre de gusto.
Yo celebro como es justo...
(Enfadada.) ¡Don Miguel...!
(Remedando á don Frutos.)
Adiós, cordera.
(Yerta como esa pared
me ha dejado.)
Ah, ah, ¡qué risa...!
El me vengará de Elisa.
(Con despecho.)
El rae gusta mas que usted.
Seréis felices los dos.
Ya envidio el grato solaz...
¿Quiere usted dejarme en paz?
(vAse perla puerta de la izquierda.)
(a la puerta y se retira luego por el foro.)
¡Justo castigo de Dios!
Acto segundo
ESCENA PRIMERA
(LA MARQUESA, ELISA.)
Vaya, esas son niñerías,
y aunque en parte las disculpo,
ya tu palabra empeñaste
y quebrantarla no es justo.
Pero, mamá, si es un hombre
de tan mal tono, tan rudo...
Alguna corteza tiene,
mas como de esos palurdos
en dos meses de Madrid
se vuelven finos y pulcros
y elegantes... Por ventura,
¿es menester grande estudio
para imitar á esa cáfila
de galancetes insulsos
que en tertulias y cafés
pasan por hombres de gusto?
En cuatro dias se aprende,
con un mediano discurso,
la insustancial fraseología
con que se lucen algunos.
Mientras tanto, ¿qué hace un hombre
para no soltar rebuznos?
Callar, frunciendo las cejas
con estudiado repulgo,
y decir al que se admire
de verle tan taciturno:
«¡Soy romántico, soy genio!
Mi misión en este mundo
es... ¡callar!»; — y si á esto añade
una contracción de músculos,
y se va sin saludar,
retorciéndose los puños,
dirán: «¡Lástima de joven!
Su esplín le abrirá el sepulcro.
¡Qué buenas cosas se calla!
¡Qué talento tan profundo!» —
Para vestir commHl faui
¿qué ciencia, qué genio infuso
ha menester, donde hay sastres,
quien cuenta miles de duros? —
Para abonarse en la ópera
y, según viene el impulso,
chichear la cavatina
ó dar aplausos al dúo,
no es preciso conocer
las reglas del contrapunto;
ni otra cosa se requiere
que tener dinero y mucho
para jugar tres albures...
el que no truena al segundo.
Así se suelen formar
los petimetres al uso,
y más de cuatro tal vez,
entre los de alto coturno, 5
en eso de letras gordas p
dan quince y falta á don Frutos. f
¡Oh! Tú dirás lo que quieras,
pero esos modales rústicos
no se olvidan fácilmente,
ni después de cinco lustros
muda de hábitos un hombre
que se halla bien con los suyos.
Tú viste cuál se anunció
desde su primer saludo.
Tú viste...
Dices muy bien;
necio y aturdido estuvo,
pero es achaque de novios.
¿Quie'n no paga ese tributo?
Yo me enfade' mas que tú,
porque tengo malos humos,
mas considerando luego
que, si es mazacote y brusco,
ni entendimiento le falta,
ni tiene el alma de estuco;
recordando la postrera
voluntad de mi difunto,
y mirando, en fin, la cosa
con madurez y con pulso,
veo que fuera bobada
renunciar por tus escrúpulos
a! acaudalado yerno
que me sacará de apuros.
¡No eres tú la amenazada
de sujetarte á su yugo,
mamá, que si fuera así
tomarían otro rumbo
tus reflexiones!
¿Acaso
no es buen mozo, blanco, rubio...?
Sí; su figura me agrada,
mas dirán que es un absurdo...
Símplecilla, no te cuides
de lo que murmure el vulgo.
Tú te casas para tí,
no para él; y, por iiltimo,
¿quién repara ya en maridos?
Todos vienen á ser unos.
Las mujeres dan el tono
con sus gracias y.su lujo.
¿Qué hacen ellos en un baile,
por ejemplo? Como buhos
se van todos agrupando
en el rincón más oscuro
de la sala. Allí reparten
los dominios del gran turco,
y en un dos por tres revuelven
el Tajo con el Danubio;
ó en el tresillo engolfados,
disputan como energúmenos
sobre si echaste la mala
debiendo rendir el punto...
Y no sabe alguno de ellos
que, mientras cuenta los triunfos,
un galán le da codillo
y su esposa hace renuncio.
Pero, mamá...
Calla, chica,
que ya sale tu futuro.
ESCENA II
(LA MARQUESA, ELISA, DON REMIGIO.)
¿No viene el aragone's?
Tardará pocos instantes.
Se está calzando los guantes.
¡Qué! ¿Se los pone en los pies?
He usado de una figura
retórica.
¿Está buen mozo?
¡Oh! Sí, señora, da gozo;
sólo que el pobre se apura...
El vestía tan holgado...
Pues, y al que no está hecho á bragas,
las costuras le hacen llagas. —
Pues todo le está pintado.
Un buen sastre y mucha plata...
Yo le he dado, por supuesto,
instrucciones, y le he puesto
por mis manos la corbata.
Por poco que yo le exhorte
y por poco que él me imite,
ese roble de Belchite
se aclimatará en la corte.
Sí; le puliremos pronto,
que, aunque él tiene, y lo confiesa,
el pelo de la dehesa,
no tiene pelo de tonto.
Si le mira con desdén
Elisa, á fe que le ultraja.
¿De veras?
Es una alhaja.
Doy á usted mi parabién.
¡Pero esos guantes, señor!...
Ya me van dando cuidado.
Voy á ver...
No le habrá dado
don Remigio el calzador.
ESCENA III
(LA MARQUESA, ELISA, DON REMIGIO, DON FRUTOS— DON FRUTOS SE PRESENTA VESTIDO DE RIGOROSA MODA, MUY TIESO DE CUELLO, DE.)
(cintura, pero andando con dificultad como si le apretasen las botas. Trae puestos los dos guantes, y uno de ellos roto.)
(Yo creía que en un mes
no me entraban...)
(a su madre en voz baja.) ¡i^y, qué tieso!
(Haciendo un gesto y dundo con el pie en el suelo como
para que acabe de entrar la bot.-x.)
¡Por vida!... — Señoras, beso
á ustedes los cuatro pies.
¿Cómo los cuatro pies?
La cuenta
no marra. Dos y dos...
Ya.
¡Pues ya! Los dos de mamá
y los dos de mi parienta.
(Ya se enmienda el Gauímédes.)
Me ha dicho este caballero
que es saludo muy grosero
el decir: «Dios guarde á ustedes»;
y que en Madrid á estas horas,
como pueblo más cortes,
se estila besar los pies
verhalmente á las señoras.
Para hacerlo con más gala,
yo al besar, los he contado,
y mas hubiera besado
si mas hubiera en la sala. —
¡Maldita sea la bota!
Estoy viendo las estrellas.
¡Si son tan suaves!... Con ellas
bailara yo la gabota.
No las llevo yo ni un día.
¡Qué martirio tan cruel!
Ya dará de sí la piel.
¡Sí; destrozando la mia!
En Madrid los elegantes
no calzan lo que su pie.
Un puntito menos...
¿Eh?
Es de rigor.
¿Y los guantes?
Antes los veo deshechos
que puestos; y si aun á gusto
dan guerra á un hombre robusto,
¿qué será viniendo estrechos?
Guante estrecho es muy señor.
(Moslmndo el guante roto.)
¿Aunque se haga este rasguño?
Si con él se cierra el puño,
mal guante.
Sí: es de rigor.
De oir á ustedes me chafo,
y de ver que estos enredos
me engarabatan los dedos
como si estuviera gafo.
¡Y esta invención de trabillas!...
¿Y el corbatín? ¿Quién lo aguanta?
Ataruga la garganta
y en la oreja hace cosquillas.
¿Pues y el fraque? Esto es peor.
¿Quién se lo abrocha en un lance?
No hay forma de que me alcance...
No se abrocha. Es de rigor.
¿Si creerán los oficiales
de sastre que tengo gonces?
¡No se abrocha! Pues entonces,
¿de qué sirven los ojales?
Mas de tantas perfecciones,
la que más me maravilla
es la especie de cotilla
que me oprime los riñones.
(a la Marquesa.) Es una faja de goma
elástica para que entre
en razón su enorme vientre,
porque si no se le doma...
Pero, hombre, ¡por San Melchor!...
¿Tener barriga es delito?
Aquí todo señorito
la suprime. Es de rigor.
(Remedando á don Remigio.)
Es de rigor...
(Enfadado.) ¡TÍO Calores!
¿Sabe usted que ya me voy
enfurruñando, y que doy
al diablo tantos rigores?
No lo tome usted á mal.
Son lecciones de buen tono.
Si quiere volverme mono,
se engaña, cuerpo de tal.
Hoy me pongo estos arreos
porque usted los mandó hacer...
Sí.
Y á ninguna mujer...
(¡Huy! ¡Mujer!...)
Hago yo feos;
mas determinado estoy,
con propósito muy firme,
á calzarme y á vestirme
á medida de quien soy;
y si aquí no puedo hallar
sastre que entienda mi porte,
vendrá á vestirme en la corte
el sastre de mi lugar;
que yo gusto de estar horro
y no dar tormento al bazo,
y mover el pie y el brazo
sin necesitar socorro.
(lAh!)
Bien; si á usted le molesta...
Levita y fraque, en buen hora.
También por allá, señora,
se usan el dia de fiesta.
(Con sobresalto.) Y en los dias de trabajo^
¿qué usaba usted?
Aunque charra,
una peluda zamarra
cuando hace frío me encajo,
y en verano, amada Elisa,
chaquetilla de mahon;
mas, si aprieta la estación,
ando en mangas de camisa.
(¡Ay de mí!)
Todo muy ancho,
que para andar por los cerros
con la escopeta y los perros,
y el tio Roña, y el tío Fráncho...
¡Ay qué nombres! ¡El tio Roña...!
Allí todos tienen mote:
tio Tozuelo, tio Perote,
tia Lechuza, tia Ponzoña...
Yo vivo allí sin empacho,
y mido por un rasero
al hidalgo y al pechero.
al leñador y al ricacho.
Otros, con menos caudal,
desdeñan á los Perotes;
que hay también allí Quijotes
como en esta capital;
mas sólo mi grande abasto
se sabe allá por el brio
con que gasto lo que es mió...
y doy más de lo que gasto.
(Aparte con Ellsa.) ¡Es filósofo!
Y buen hombre.
¡Eso sí!
Cuando me junto
con alguien, no le pregunto
su apellido ni su nombre;
que sea honrado me basta.
Quizá cuanto mas antigua,
con menos fe se atestigua
la pureza de una casta.
¿Quién será el santo varón
que diga con juramento:
veinticinco abuelos cuento
y ninguno fue' ladrón?
No pongo en este capítulo
á ustedes, ni me desdeño
de llamar mi dulce dueño
á la heredera de un título.
En su última enfermedad
mi padre me lo mandó,
y, aun difunto, quiero yo
que se haga su voluntad;
y cuando tan linda es
la que me hace tanto honor,
bien puedo yo, pecador,
resignarme á ser marque's,
(Aparte á la Marquesa.) ¿Oyes, mamá? ¡Se resigna!
(En voz baja.) ¡Eh! No lo tomes á ultraje.
No está ducho en el lenguaje...
Sé tolerante y benigna.
(a. don Frutos.) Siu perjuicio de lo humano
y lo afable, yo confio
que en la corte, yerno mió,
sabrá usted ser cortesano.
Veremos; haré un esfuerzo...
Quiero dar gusto á mi novia. —
Pero esta faja me agobia...
No digeriré el almuerzo. —
Aunque á Belchite no olvido,
daré honor al marquesado.
Lo propio para un fregado
soy yo que para un barrido,
porque... ¡El diantre de la bota...!
Muy primorosa, muy bella,
mas para jugar con ella
un partido de pelota...
¡Hola! Usted será muy diestro...
¡Oh, mucho! A largo y áplé;
de todas maneras sé,
y no he tenido maestro.
Pues ¡correr...! Nadie me agarra.
Pues ¡saltar...! Kn cada brinco
de cuatro varas á cinco.
Pues ¿y tirar á la barra?
Tengo yo una fuerza atroz.
(¡Ay, Virgen de la Almudena!)
Cargué un dia en Cariñena
cuatro quintales de arroz.
ESCENA IV
(LA MAP, LA MARQUESA, A, ELISA, DON FRUTOS, DON REMIGIO, JUANA.)
La baronesa del Césped.
Que entre...
Ya está en el estrado.
Voy corriendo...
Ha preguntado
si habia venido el huésped.
(En voz baja.) ¿Quo hay dicho?
Que irá al instante.
¡Todo lo hacéis al reve's!
(Pero si ha de ser después...)
Allá vamos.
(Mirando á (ion Frutos.) (¡Qué elegante!)
ESCENA V
(LA MARQUESA, ELISA, DON FRUTOS, DON REMIGIO.)
(a iion Frutos.) Venga usted.— Elisa, ven.
¿Visita?
Si.
(Dios enfrene
su lengua.)
Mi prima viene
á darnos el parabién.
[Corriente! Vamos allá...
(En voz baja ñ don Frutos.)
[Hombre... el brazo á la señora!..
iA.h! Sí, sí. Tómalo, aurora.
(Se lo ofrece á Elisa.)
Déselo usted á mamá.
ESCENA VI
(LA MARQUESA, DON FRUTOS, DON REMIGIO.)
(Tomando el brazo do don Frutos.)
Venga.
(He de ser su pariente,
y no me dejan ahora...)
Usted, por lo visto, ignora
la legislación vigente...
Pero, señor, ¿qué mas da?...
Mientras otra ley no riía,
no se da el brazo á la hija
si hay de por medio mamá.
Está muy bien, mamá mia.
Usted disponga de mí...
(Poniéndose la mano en el estómago.) (Ya se me ha sentado aquí... Vil
y no es suegra todavía!)
ESCENA VII
(DON REMIGIO.)
¡Vaya, que es original
el mocito aragone's!
Y no es hombre que se mama
el dedo, que sabe bien
dónde le aprieta el zapato,
como el otro montañés.
¡Ya tiene alma...! Harto será
que hagamos carrera de él.
Y si ahora tasca el freno,
¿qué hará el amigo después?
Mucho temo que esa boda
haga recordar aquel
iigribus agni... Pero ellas
lo quieren, y siempre fué
mi sistema favorito
dejar el mundo correr,
no indisponerme con nadie
y decir á todo: amén.
Yoy ahora á hacer la corte
á esas damas...
ESCENA VIII
(DON REMIGIO, DON MIGUEL.)
¡Oiga usted!
Tenemos que hablar.
Coa mucho
gusto, señor don Miguel.
¿Se casa, por fiu, Elisa
con ese novio soez?
Creo que sí. Su fortuna
es hoy la misma que ayer,
colosal, y la Marquesa
no querrá soltar el pez.
Mas, ¿qué dice Elisa?
Creo
que es del mismo parecer.
¿Sí?
No simpatiza mucho
con el rústico doncel,
pero andando el tiempo espera
domesticarle tal vez,
y en tanto, con doce mil
duritos de renta... ¡Pues!
¡Pues!
Y, bien considerado.
la boda es igual.
¿Por qué?
Ella, esposa de don Frutos,
puede vivir con el tren
correspondiente á su clase;
tomándola por mujer.
él, como dijo no ha mucho,.
se resigna á ser marqués;
él lleva en arras el oro
y la novia el oropel.
¿Conque aprueba usted la boda?
¡Vaya si la apruebo! Cien
y cien veces...
Pues yo digo
que es boda de Lucifer.
¿Cómo?... ¡Usted!...
Y el que la apruebe
debe andar en cuatro pies.
fMe hace temblar.) Con efecto...
puede haber razones.
¿Eh?
No hay que enfadarse. Mi voto
no tiene fuerza de ley.
Convénzame usted. Soy hombre
que me dejo convencer.
¡Voto á brios!...
Yo no creí
que usted tuviese interés
en probarme lo contrario.
¡Voto á...! ¿No lo he de tener,
si soy amante de Elisa?
¿De veras? ¡Oh!... Ya se ve;
como usted ha estado ausente,
yo ignoraba... ¡Vaya! ¿Quién
ha de aprobar que aquel bárbaro
sea preferido á usted?
¡y la ingrata le prefiere!
(Enternecido.) ¡Calle usted! Eso es cruel
Mas la culpada no es ella.
Así lo creo también.
Sino su madre...
¡Oh! ¡Las madres!...
Y usted.
¿Yo?
Sí; yo lo sé.
Pero...
Usted es el fixclotum
de esta casa.
¿Qué he de ser?
¡Pobre de mí!...
Si e.sa falsa
me ha mirado con desdén,
si se casa con don Frutos,
á usted debo esa merced.
¡Hombre! Yo...
Usted aplaudía
la boda no ha mucho.
Bien,
no lo niego; pero yo
hablaba de buena fe...
Vo exijo que desde ahora
proceda usted al revés.
Pues digo que es execrable.
No me basta. Es menester
decírselo á la Marquesa,
á su hija, al novio, á los tres.
Pero, ¡por Cristo!... ¡Si ya
les he dado el parabién!
¿Cómo gobernarme ahora...?
¡usted me quiere perder!
De consejo muda el sabio.
¿Cómo liHgo JO ese entremés...?
Un parásito es histrión
que hace cualquiera papel.
Veremos; pero...
No hay pero
que valga. Un buen alfiler
de brillantes si usted logra
que se deshaga el pastel;
mas si esa boda ridicula
se efectúa...
(¡Ay, San Ginés!...)
Yo...
Tenga usted entendido
que pagará con la piel.
¡Qué atrocidad! ¿Soy yo el cura?
¿Soy yo el novio somaten?
Todo se andará. Primero
que me vea yo con él,
procuremos arreglar
la cosa de bien á bien.
(¡De bien á bien, y me quiere
matar!)
Me vuelvo al café,
que si veo á esa traidora
no me podré contener.
Conque, lo dicho, compadre.
A la tarde volveré...
Bien; yo aguzaré el ingenio,
yo pondré pies en pared...
O me caso con Elisa,
ó nos batiremos.
¿Qué?
Yo no me bato con nadie.
Tengo respeto... á la ley.
Pues si usted no acepta el duelo
y Elisa me deja á pie,
le corto á usted las orejas
como dos y una son tres.
ESCENA IX
(DON REMIGIO.)
¡Jesús, qué demonio!... Estoy
por dar parte al coronel...
Vuelve Klisa. Si pudiera
disuadirla... Probaré.
ESCENA X
(ELISA, DON REMIGIO.)
lAy don Remigio de mi alma!
¿Qué tiene usted, criatura,
que viene tan afligida?
¿Ha hecho alguna de las suyas
el aragonés?
¡A.h, qué hombre,
Dios mío! No podré nunca
acostumbrarme á su trato.
Yo me vengo aquí confusa,
avergonzada. Mamá
se fatiga en vano; suda
para atajar el torrente
de sandeces y tontunas
con que el bueno de don Frutos
cual Dios le crid se anuncia.
Mi tia, que es tan satírica
y de un entierro se burla,
le da cuerda, y nos dispara
un dardo en cada pregunta.
Mas ¿qué hace el novio? ¿Que' dice...?
¡Ay Dios, qué caricatura?
Ni un naomento está parado.
Ya se empina y gesticula
porque las botas le aprietan
ó le duele la cintura;
ahora el corbatin se afloja
y el lazo queda en la nuca;
parecen devanaderas
las piernas, según las cruza;
braceando sin descanso
en la silla se columpia;
le dicen un cumplimiento,
y él endereza una pulla;
y, para colmo de gracias,
saca una bolsa de nutria,
la deslía, toma un puro,
enciende un fósforo ¡y fuma!
¡Horror!
Y no tabe hablar
mas que del campo, y la lluvia, 9
y las crecidas del Ebro,
y la feria de la Almunia,
y los jornales que paga,
y los perros que le ahullan.
La baronesa le brinda
con su escogida tertulia,
y él habla de su bodega
con ciento y ochenta cubas;
observa que es verde oscuro
un lienzo de la pintura;
recuerda sus olivares,
y dice: se heló la fruta,
pero Ogaño es asombrosa
la cosecha de aceituna;
toma, por fin, un periódico,
y leyendo en sus columnas:
«la Cámara de los pares...»
interrumpe la lectura
y exclama: «¿Qaé harán ahora
mis doce pares de muías?»
Vamos, nada hay que esperar
ne aquella materia bruta.
Vuélvase por donde vino.
¿Qué importa fcu gran fortuna,
si la ha de comprar usted
con lágrimas de amargura?
¿Es posible...? Pues no ha mucho
que aplaudia usted con suma
satisfacción nuestra boda.
Ahora me parece absurda.
Las torpezas que yo vi,
aunque á la verdad son muchas,
para un novio lugareño
eran pecata minuta,
mas lo que usted me ha contado
me horroriza, me espeluzna.
Con todo, puede que el tiempo...
No hay que cansarse. Es muy dura
aquella testa. ¡Qué acémila!
Por milagro no rebuzna.
¡Poco á poco, don Remigio!
El no es lerdo. Usted le insulta.
Señora, yo...
Tiene prendas
muy laudables.
Sin disputa,
pero...
Puede ser mi esposo,
y quien le injuria, me injuria.
Como no lo es todavía,
y deseo la ventura
de usteJ.,. (Hoy en nada acierto.
No sabe usted las angustias
que yo paso para... En fin,
yo juzgo lo qne usted juzga,
quiero lo que quiere usted,
sufriré lo que usted sufra,
y cuando usted me consulte
porque tenga alguna duda,
consultare' con usted
la respuesta á la consulta.
ESCENA XI
(LA MARQUESA, DON FRUTOS, ELISA, DON REMIGIO.)
(a Elisa.) ¡A.h, que estás aquí...! Perdona,
mi vida, si te tuteo,
que mi cariño lo abona.
¡Qué gallarda y guapetona!
Me embobo cuando te veo.
¿Cuándo la boda será?
Solo de pensarlo, ya
toda el alma se me "alegra,
y estoy... Marquesa mamá,
sea usted pronto mi suegra.
(¡Ay cielo!)
Sin aparatos.
Cuanto menos embolismo
mejor. Haya buenos platos,
y luego...
Mañana misrno
se firmarán los contratos.
iMañana!
(¡Triste de mí!)
Jamás igual regocijo
en mi corazón sentí.
La amaré á usted como un hijo, —
y como un esclavo á tí.
(¡Qué oigo!)
Serás mi regalo,
mi delicia...
(Esto va malo.)
(Aparte con don Remigio.) ¿Oye usted esos extremes?
íís que ahora le cogemos
en un lúcido intervalo.
Tú vivirás satisfecha.
Mis ganados, mi cosecha,
mis haciendas, mi dinero,
todo es para ti, lucero,
desde la cruz á la fecha.
Es tosca mi educación
para aspirar á tal moza;
JO te hago esta confesión,
pero tengo un corazón
como de aquí á Zaragoza,
El encontrará camino
de agradar á mi mujer.
Para amar con desatino
no creo que es menester
que uno sea lechuguino.
FJn lo que jo no esté ducho,
corrige tú mis maneras,
verás qué dócil te escucho.
Tú harás de mí lo que quieras...
siempre que me quieras mucho.
Así, con igual placer,
luego que al pie del altar
me digas: soj tu mujer,
tú me enseñarás á hablar;
yo te enseñaré á querer.
¡Bien, don Frutos!
(¡Qué sorpresa!
De haberle ajado me pesa.)
(Aparte á Elisa.) Vava, responde. — ¿No puedes?
(ed aita voc.)
Yo,..
ESCENA XII
(LA MARQUESA, ELISA, DON FRUTOS, DON REMIGIO, JUANA.)
Cuando gusten ustedes...
Ya está la sopa en la mesa.
ESCENA XIII
(LA MARQUESA, ELISA, DON FRUTOS, DON REMIGIO.)
(ofreciendo el brazo á la Marquesa.)
Haremos los dos \in lazo...
(Tomando el brazo de don Frutos.)
Gracias.
(¡Vaya una pandorga...!)
(a Elisa.) Conque.. ¿Me querrás machazo?
Ya ve usted; quien calla otorga.
(Mirando á don Frutos con ternura.)
Déme usted el otro brazo.
(Vánse por la izquierda del foro.)
ESCENA XIV
(DON REMIGIO.)
¡Oh miedo! ¿Qué me aconsejas?
Mientras la niña se humana
vendrá el otro á darme quejas..,
¡Pobre Remigio! Mañana
amaneces sin orejas.
(Sigue á los novios y á la Marquesa.) FIN DEL AGTO SEGUNDO
Acto tercero
ESCENA PRIMERA
(DON FRUTOS y DON REMIGIO. — Está anocheciendo. Vienen don Frntos ■y don Bcniigio por la izquierda del foro)
Soberbia comida!
Sí:
pero, sin tanto primor,
á mí me daba mas gusto
mi cocina de Aragón.
Tiempo hace que no he bebido
mejor vino de Bordeaux...
(Mudando de tono como para hacerse comprender. Burdeos,)
Me importa poco
el nombre de ése señor,
porque me sabe muy mal
en francés y en español.
¡Hombre, un Burdeos legítimo...
y de Laffittel ¡Un licor
europeo!
Y yo, ¿que tengo
que ver con Europa? Soy
de Belchite. — Y contra el mismo
patriarca Noé, inventor
de la vendimia, sostengo
que es vino de munición
ese que usted me pondera;
que agri-áspero de sabor,
ni me calienta el estómago,
ni me alegra el corazón,
y, en fin, que para vinagre
lo he vendido yo mejor.
No dudo...
Donde está el vino
de Belchite...
Ya me doy
por vencido.
¿Y la garnacha
de Cariñena, Aguaron,
Longares, Cosuenda...? ¡Aquello,
aquello es gracia de Dios!
No se estilan esos vinos
en las mesas commHl/aut;
pero siendo usted de casa,
ha cometido un error
la Marquesa en no obsequiarle
con una botella ó dos
de Cariñena,
¡Es mi suegra!—
Y, por Cristo, que ya estoy
apestado de ella. ¡"Vaya,
que es mucha persecución!
¡No permitir que me siente,
ni en la mesa, junto al sol
de mis ojos!... ¡Y qué empeño
de darme en todo lección!
Toda la comida ha estado
quemándome á media voz.—
Quítese usted del ojal
la servilleta. ¡Qué horror! —
¿Pues dónde la pongo? — Suelta;
encima del pantalón. —
¡Vaya! — ¿Qué hace usted? La sopa
se come con tenedor.
(Entre dientes.)
Eran rabióles.
Y mucho
qae ha rabiado.
(¡Es hombre atroz!)
Y después me hizo comer
con la cuchara el melón,
y servirme la ensalada...
¡Con tijeras! -¡Voto á brios!...
Muy mal hecho. Ella ha debido
tratarle á usted sans fagon.
¡Vaya, que en Madrid es obra
el ser uno hombre de pro!
Sí; ya raya en tiranía
moler con tanto sermón
á un hombre que tiene barbas
y no es ningún ababol.
¿Si? Pues apliqúese usted
ese texto desde hoy.
No pida peras al olmo,
y deje á cada varón
que haga de su capa un sayo.
¡No más figurines!
¡Oh!
Perdone usted. Yo creía
que una mano de charol,
digámoslo así, daría
más realce y esplendor
á esas formas elegantes
y á ese talento precoz,..
¡Eh! Menos lagoterías,
que yo no gusto.,.
a eso voy.
Mas viendo que usted no tiene
decidida vocación
al frivolo formulario
del gran tono, dije yo:
¿no es un cargo de conciencia
violentar la inclinación
de ese apreciable mancebo?
Sí; que, como dijo Humbold,
suele á fuerza de cultivo,
perder su aroma la flor.
Pues, corriente.
Y... ¿quiere usted
que le diga, acá inter nos,
lo que siento?
Norabuena.
(¡Si él hiciese dimisión...!)
Pues á usted no le conviene
la boda.
¿Cómo que uo?
Elisa es bella...
¡Otra! ¡Miren
qué pedrada!
Mas no estoj,
si he de decir la verdad,
muy seguro de su amor.
Yo sí, que ya con su boca
de almíbar me lo juró.
No obstante, la diferencia
de gustos, de educación...
¡Eh! Ya nos gobernaremos.
¿Soy yo algún tigre feroz?
No es todo lo que reluce
oro á prueba de crisol.
No puede mentir un ángel.
De una mala tentación,
ni los ángeles se libran.
¡Dígalo aquel que cayó!
¡Dale! ¡Si yo...!
El interés,
la codicia...
(¡Qué moscón!)
¡Ay, don Frutos! ¿Y esa madre?
Ya empieza á meter la hoz
en mies ajena...
¿Qué importa?
Yo la haré entrar en razón.
Tan imperiosa, tan vana...
Ni la paciencia de Job...
¡Oh!...
Créame usted, don Frutos.
Sin esperar al convoy,
vuélvase usted á Belchite.
Aquí se ha armado un complot
entre hija y madre...
En la madre
cébese usted sin temor,
mas no hay que clavar el diente
en la hija, ó vive Dios...
¡Oh! No se sofoque usted.
Yo lo decia... (¡Una coz!
Era de esperar.)
No aguanto...
¡Si era una suposición...!
Como lo he cobrado á usted
tanto cariño... (No doy
un cuarto por mis orejas.)
Por vida de Juslivol...
Vamos, vamos; me arrepiento;
me desdigo; se acabó.
ESCENA II
(DON FRUTOS, DON REMIGIO, JUANA, — ESTA ÚLTIMA EN UNA MANO.)
(trae laces, que deja sobre una mesa, y en la otra un papel)
Felices noches.
Bendito
y alabado...
¿Qué nos traes?
Este papel que me han dado
para el señor.
¿A. ver? Dame.
(Toma el papel y Ico para sí.)
El mancebo portador
e.spera respuesta.
¡Zape!
¡Esta es otra! Paño, hechura,
forro, etc., de un fraque,
setecientos. — Pantalón...
Ya, ya... La cuenta del sastre.
¡La cuenta á mi! ¿Para qué?
Sí, para que usted la pague.
¿Ahora salimos con esto?
Pues hombre, asi Dios me salve,
yo pensé que era un regalo
de mi suegra este atalaje.
Ya ve usted que no. Presumo
que para más adelante
reserva...
Pues de este modo
yo visto á cualquiera, [líl diantre
de la mujer!... Yo sufría
con resignación la cárcel
en que ha metido mis miembros
mientras creí que era gratis;
¡pero dar dinero encima..!
(En voz baja.) ¡Calle usted! liso es infame.
Pues señor, la pagaré,
que no quiero que me tachen
de cicatero. — (Loyando.)
Total,
cuatro mil doscientos reales.—
Pero una y no más. ¡Canario!... (a Juana.)
Bíselo así de mi parte.
Siempre ha sido una fineza
prevenir el equipaje...
Yo no soy aficionado
á finezas semejantes.
¡Digo á usted que es corcho...! Espera.
¡Por vida del rey don Jaime!...
(Entrn on su ctiarto.)
ESCENA III
(DON REMIGIO, JUANA.)
¡Vaya, pues tiene buen modo
de agradecer que se afanen
por vestirle marquesmentef
¿Qaerrá también...?
Es un cafre,
y si da la mano á Elisa,
la va á matar á pesares.
Eso es lo que yo la digo.
Sí; es preciso que trabajes
para disuadirla... (iíl miedo
me fuerza á ser intrigante.)
¡Ya se ve! ¿No es una lástima...?
Un horror.
¿Cuánto mas vale
don Miguel...?
¡Oh, don Miguel!...
(¡Maldito sea!) Es un ángel.
Si entre los dos conseguimos
que á Calamocha deshanque...
ESCENA IV
(DON FRUTOS, DON REMIGIO, JUANA.)
(Dando á juana monedas de oro.)
Toma. Aquí sobra un doblón.
Volveré con lo sobrante...
No. Para tí.
Gracias. (Ya
me parece mas amable.)
Novia te llamé... y no quiero
que lo hayas sido de balde.
(Yéndose.) (Pucs señor, ¡viva Belchite!
y á don Miguel, Dios le ampare.)
ESCENA V
(DON FRUTOS, DON REMIGIO.)
Y á todo esto, ¿por dónde andan
mi novia y su linda madre?
Se fueron al tocador.
Hombre, ¿á qué?
A vestirse.
¡Calle!
¿Pues no estaban ya vestidas?
¡Ohl Sí; ¿pero usted no sabe
que vamos luego á la ópera,
y á la tertulia mas tarde?
Cada acto de esos requiere
su correspondiente traje.
¡Otra! Pues no es mal tragin...
¿Y dónde hay caudal que baste...?
Así lo exige la culta
sociedad.
¡Virgen del Carmen!
Aquí se pasa la vida
en vestirse y desnudarse.
¡Muy bien! ¿Y qué viene á ser
eso de... ópera?
(¡Ignorante!)
Drama lírico; —una fiesta
de teatro.
¡Ah! Que me place.
¿Y qué comedia echan hoy?
No es comedia. Puritani
de Bellini.
¡Que no echaran
el mágico Bayalarde!...
Es la única que yo he visto,
pero ¡ca! ¡cosa mas grande!...
Todo es música esta noche.
¿Música? Bien; como cantea
la jota..
(¡La jota!) Yo
seria de ese dictamen,
pero... (Asoma la Marquesa por el foro.)
Aquí está la Marquesa.
(A media voz.) La voy á decir verdades
como puños.
¿Sí? Me alegro.
Yo no sufro aucas de nadie.
ESCENA VI
(LA MARQUESA, DON FRUTOS, DON REMIGIO.)
Escúcheme usted con calma,
mi amada suegra y señora,
que voy á decirle ahora
cuatro cositas... ¡al alma!
Diga usted, querido yerno.
A mí nadie me maneja,
nadie me moja la oreja;
sírvale á usted de gobierno.
Pero...
Dicen en mi tierra...
¿Qué?
Lo que no has de comer,.
Ya; sí.
Déjalo cocer.
(Los síntomas son de guerra.)
Pero, ¿á qué viene...?
Muy justo
seria, si algún alcalde
me vistiera á mí de balde,
que me vistiera á su gusto;
pero pagando mi ropa
y en cantidad tan enorme,
no me pongan uniforme
como si fuera de tropa.
Porque usted se presentase
á la boda con mas brillo...
Nadie manda eu mi bolsillo,
cáseme yo ó no me case.
Nunca han sido mis intentos...
Basta. Agradezco el abrigo;
no piense usted que lo digo
por los cuatro mil doscientos.
Vista como quiera Elisa,
vista usted como le cuadre,
mas ni Elisa ni su madre
se metan en mi camisa.
Triunfen, gasten; no me espanto;
cuanto tengo es de las dos;
mas no se empeñen, por Dios,
en civilizarme tanto.
Dejen á un hombre sencillo
que, al cabo, no es una íiera,
manejar á su manera
el tenedor y el cuchillo. —
No me mire usted al soslayo.
Quiero que el amor me mande...
y no una suegra. Soy grande,
y ya he despedido el ayo.
¿Qué escucho? ¡Usted me anticipa
el despotismo de yerno!
¡No lo es aún, Dios eterno,
y gallea, y se emancipa!
Sepa usted...
(Aparto á la Marquesa.) ¡Firmeza! |AsÍ¡
Y ha de saber mi consorte,
que aunque yo he entrado en la corte,
la corte no ha entrado en mi.
(Aparte ó don Frutos.) ¡Bien dicho! No hay que ceder.
(Aparte & la Marquesa.) No quiere soltar, Marquesa,
el pelo de la dehesa.
(a don Frutos.) Pucs, amigo, es menester.
Sí; es menester que se tome
un partido. El mas seguro
será...
(Aparte á don Frntos.) ¡Firme en ella!
(Aparte á la Marquesa.) ¡üuro!
Si cede usted, se la come.
(Alznndo la voz.)
¿Qué partido? ¿A. ver?
No grite,
señora.
(Aparte a la Marquesa.) Sí tal.
Casarme...
(Aparte á don Frutos.) Hace usted mal.
Y largarme
con mi mujer á Belchite.
jCdmo!...
(Aparto á don Frutos.)
¡Bien! ¡Bien!
No hay remedio.
¿Es posible...?
(Aparte á la Marquesa.) ¡Infame accion!
(Aparte á don Frutos.) ¡DisCreta resolucion!
(a don Remigio.)
Hombre, quite usted de en medio.
(Aparte a la Marquesa ) ¡No me escucha! lis montaraz.
Quítese usted de delante.
¿Guerra ha de ser? Adelante.
(Haciendo señas á derecha é izquierda.) Yo quería poner paz...
(Se retira á un lado.)
¿Conque á Belchite? ¡A.h! ¡.Los yernos...'
¿Nos quiere usted confinar
en un mísero lugar?
¡Usted tira á embrutecernos!
¡Otra! ¿Quién les manda á ustedes
que se embrutezcan?
¡Qué horrorl
¡Me moriré de dolor...
allá entre cuatro peredes!
¡Solitaria como un hongo...!
Todo se remediará.
Quédese usted por acá.
Maldito si yo me opongo.
(Esto marcha.)
Entiendo. ¡Sola
quiere llevársela!
Pues...
¡Para tratarla después
como á una negra de Angola!
Mas, sin hacerme pedazos...
¡Señora...
(¡Orejas, bien val)
Usted no conseguirá
arrancarla de mis brazos.
Si mi mujer ha de ser,
irá á donde fuere yo,
porque...
¡No; á Belchite, no!
Pues no será mi mujer.
(¡Albricias!)
¡Oh! ¡Ya está visto!
¡Se desdice usted!
¡Marquesa!
Usted falta á su promesa.
¡Por vida del que ató á Cristo!...
¿Quién ha pensado...?
¡Intentar
antes del dulce consorcio
esa especie de divorcio,,.!
¡La horca antes que el lugar!
No, señora; eso no es cierto;
¿pero hay ley que me prohiba,
¡suegra ó diablo! que yo viva
donde mis padres han muerto?
¡Cielos! ¿Qué dirá el notario?
¿Y qué dirán los testigos?
¿Y qué dirán mis amigos?
¡Dalel
¿y qué dirá el vicario?
¡Ehl Ya basta de litigio.
(Alzando la voz.) Belchite, Belchite quiero;
¡Belchite!
¡Jesús!... Yo muero...
Téogame usted, don Remigio.
(Se desmaya en brazos de don Remigio.)
Acuda usted, no peligre
su vida, que el paroxismo... i
(Yéndose.) ¡Eh! ¿Qué sé yo...? ¡Ua sinapismo!—
Yo no soy médico. (Entra en su cuarto.)
(oyendo el ruido de la puerta y volviendo rápidamente
la cabeza.) ¡Tigre!
ESCENA VII
(LA MARQUESA, DON REMIGIO.)
¿Qué tal? ¿Siente usted alivio?
(No ha dado lumbre el soponcio.)
¡Ay qué hombre! Me ve morir...
¡Y me abandona!
Es un monstruo.
Bien dicen: siempre la cabra
tira al monte.
Yo supongo
que no volverá á tratarse
de ese infausto matrimonio.
Pues supone usted muy mal.
Será así. No es un asombro
el equivocarme yo.
¿Tan de sobra están los novios?
¿Así se dan calabazas
á un hombre que nada en oro?
Es decir, que nos iremos
á Belchite. Yo...
Tampoco.
Pues digo á usted, Marquesita,
que no comprendo...
¡Qué tonto
es ustedl
Convengo...
¡Y qué
mentecato!
No me opongo...
(¡Vuelvo á temblar por mis pobres
orejas!)
Yo hallaré modo
de evitar...
Elisa viene. —
(Y viene muy á propósito.)
ESCENA VIII
(LA MARQUESA, DON REMIGIO, ELISA.)
¡Elisa! ¡Usted tan tranquila
por allá dentro, y nosotros...!
¿Qué ha habido?
(¿Qué irá á decir?)
¡Friolera! Que por poco
no se nos muere mamá.
(Hace señas á don Remigio para que calle, y él se des-
entiende.)
¡Hum!...
¡Dios mió! ¿Pues qué... ¡cómo...!
Se ha sincopado. — Es decir,
un accidente espasmódico...
¡Jesús!
¡Eh! No ha sido nada.
No hagas caso.
Ello sí, pronto
se recobró...
¡Si te digo...!
Yo la apreté el dedo gordo...
¿Mas qué causa...?
Una alcaldada
horrible de ese hipopótamo
aragone's.
¡Don Remigio!...
(Con mocha viveza.)
¿Pues no se empeña el bolonio,
quiera usted ó no, en llevársela
á aquel maldito villorro?
¡Virgen Santa! ¿Yo á Belchite?
Como cinco y tres son ocho.
Este ha sido su uUimatum.
A Belchite, ó no hay consorcio.
¿Está usted ya satisfecho,
seo necio, hablador de á folio!
¡Ah! Yo creí... ¿Conque usted...?
Voto á San... (Ya tiene el tósigo
en el cuerpo.)
¡Ay madre mia!
Ese hombre no tiene prójimo.
¡Llevarme á un lugar!... ¡Y yo
que le iba queriendo un poco!...
Ya le aborrezco de muerte.
No irás á Belchite.
¡Oh gozo!
¿Tú le habrás dicho que ya
no hay nada de desposorios?
Por una parte lo siento,
porque es honrado, y buen mozo,
y rico; pero sacarme
de Madrid... jVaya al demonio!
¡Callal Tan simple eres tú
como el señor.
Me conformo.
Pero...
Corre de mi cuenta
arreglar este negocio.
Por ahora es necesario...
¿Qué?
Decirle ame'n á todo.
¿Incluso el viaje á Belchite?
¡Boba! Por supuesto.
iQué oigol
Es preciso no escamarle.
(A don Remigio.) Apójenie usted.
Apoyo.
Si ahora le dices que no,
¡adiós boda! ¡Y qué bochorno,
qué afrenta para nosotras!
¡Desairadas por un tosco
provincial...!
¿Pero qué haremos
si, cuando sea mi esposo,
se empeña en que lie de seguirle?
¿Han de faltar por de pronto
pretextos para alejar
la partida? ¿No habrá un cólico
que nos saque del conflicto?
¿No sabrán después tus ojos
cautivar su voluntad?
Hoy con mimos y piropos
y dengues; al otro dia
con lágrimas y sollozos...
Harás de él cuanto quisieres. —
Y si viene á tu socorro
la santa naturaleza,
si hay inapetencia y vómitos...
(Bajando los ojos.)
jEh, mamá...!
(a don Remigio.) Apóyeme usted.
Sí;yo apruebo y corroboro...
Otros novios mas bravios
se vuelven mansos palomos
sabiéndolos manejar.
Si no te bastan tus propios
recursos, yo estoy aquí...
(Entre dientes.)
¡Jesucristo!
¿F,h?
Nada... Apoyo.
No hay cuidado. Entre las dos
hemos de volverle loco.
No; yo no espero...
Ahora mismo
voy á decirle qne otorgo...
¡Por Dios, mamá! Yo no puedo...
¿No has de poder? Yo respondo.
Verás: entro a'o en su cuarto
primero; le desenojo;
al oir la campanilla
entras tú...
(a don R«migic.) ¡Ustcd no!
Si estorbo.
Sí, señor.
Bien; no riñamos.
Opino del mismo modo.
Pero, mamá, reflexiona...
¡Rh, basta, que me sofocol
Harás lo que yo te digo,
ó nos oirán los sordos.
(Entra en el cuarto de don Frutos.)
ESCENA IX
(ELISA, DON REMIGIO.)
[Ay, Dios mió!
¡Es fuerte apuro!
Si me caso...
No hay envite;
ciudadana de Belchite;
cuéntelo usted por seguro.
¿Qué haré?
Calabazas.
¡Oh!
Seré á mi palabra fiel...
¡Aunque muera!
Hagamos que él
sea quien diga que no.
¿De qué modo?
Una esperanza
á ese pobre capitán.
¡La ama á usted con tanto afán...'.
Pero...
Aunque sea de chanza.
Poco há me han dado un billete
que su pesar atestigua...
Bien. Una respuesta ambigua...
Eso á nadie compromete.
Dígale usted, por ejemplo:
«He dado ya mi palabra,
»j aunque mi desdicha labra,
»la repetiré en el templo;
»ma3 si por otro 6 por él
»se descompone la boda,
»usted sólo me acomoda
»para esposo, don Miguel.»
No, que eso es decirle mucho.
Pues un poco menos; ¡ea!
Aquí hay papel, tinta, oblea...
^Caminando hacia la mesa como maquinalmente.)
Entre mil ideas lucho.
¡Vaya!
(Sentándose.) ¿Y SÍ luego amenaza
á don Frutos?
No hará tal;
mas bueno es que haya un rival
para que espante la caza.
(Escribiendo.) Mi mamá...
Ya estoy alerta.
(Por la cuenta que me tiene.) Avisaré si alguieu viene.
No quito ojo de la puerta.
¡Y qué orejas! La pared
taladran y adentro asoman.
¡Oh! Mis orejas se toman
mucho interés por usted. —
¿Está? ¡Al sobre! Demos fin...
(Cerrando el billete.) Es que UO 86, á fé ds EUsa,
á cuál de los dos...
(Saena una campanilla.)
¡Aprisa,
que suena el dilin, dilin!
(Levantándose con precipitación y dándole el billete.)'
Tome usted. — Sin sobre va.
El sobre no importa un bledo.
Irá á sus manos... Yo quedo...
(Dentro.) ¡Ellsa!
Allá voy, mamá.
(Entra en el cuarto de don Frutos.)
ESCENA X
(DON REMIGIO.)
íAh! Ya salí de mi ahogo.
El cielo vuelve por mí,
¡Ya tengo orejas! Creí
convertirme en perro dogo.
(Váse corriendo por la derecha del foro.)
Acto cuarto
ESCENA PRIMERA
— Sale de sn cuarto en chinelas, con pantalón holgado^
tin corbatín, con xamarra de piel de oso y un pañuelo de seda ata~
do ¿la cabeza á estilo de Aragón.
Ahora si que muevo á gusto
mis remos. Nada me aprieta.
¡Esto es estar en la gloria! —
Pero, ¡qué silencio reina
en esta casa! Yo extraño...
Pues ya son las seis y media. —
Estarán por allá dentro
sin duda. ¿Y como no piensan
en que yo me desayune?
¡Oh! Pues ya no tiene espera
mi estómago. Llamaré. —
(Hace sonar la campanilla.) Apenas probé la cena,
porque se comió tan tarde
y tenia yo tal priesa
de acostarme... — ¡No responden!
Pues la campanilla suena,
que bien la oigo. — Otra vez. (vneWe á tinmar.)
¿Sirven así á las marquesas
en Madrid? —
(Tira sin cesar de la cinta de la campanilla hasta qn« acode Juana.) ¡Oh! Mas que rompa
la cinta... ¿Qué gente es esta,
santo Dios? ¿Si estarán todos
durmiendo? ¡Voto á mi abuela!.
ESCENA II
(DON FRUTOS, JUANA.)
(Entra con alg^un desnliño, como quien acaba de levantar' se do la cama.) ¡Vaya uu iuodo de llamar! ¡Y á estas horas!
¡Linda flema!
¡Ah! ¿Es usted...?
Sí; abre los ojos
y sacude la pereza.
¡Pereza! ¿Pues qué hora es?
¡Otra! Las seis y cuarenta.
¡Toma, toma...! Yo pensaba
que era mas tarde.
¡Esa es buena!
¿Cuándo es tarde para tí?
Pero, señor, ¿quién creyera
que usted madrugara tanto?
¿Le duele á usted la cabeza?
Mucho sentiría...
Gracias.
Grozo de salud perfecta,
pero soy madrugador
por costumbre y por sistema.
Y antes hubiera saltado
de la cama, que en mi tierra
me levanto con el sol;
pero el viaje en la galera,
y aquellas malditas botas
que me tuvieron en prensa...
Eso á cualquiera cristiano
le hace salir de la regla.
(Mirándolo y sonriéndosc.)
. (¡Qué pañuelo y qué zamarra...!
Cuando la novia le vea...)
Querido señor don Frutos,
á la hora que usted despierta
sólo dejan de dormir
en Madrid á pierna suelta
horchateros en verano
j en invierno buñoleras.
iA.sí hay aquí tanta gente
encanijada y enteca!
¿Mas dónde están las señoras?
Me tomaré la licencia
de darles los buenos dias.,.
Es excusada molestia.
Todavía no han venido.
¡Ya, sí...! Estarán en la iglesia...
Bien; lo primero es la misa,
y aunque hoy no es día de fiesta...
¿Qué misa? ¡Si es que no han vuelto
del baile aún!
¿Qué me cuentas?
(Estas ya son otras misas.)
Bien sé que pensaban ellas
irse después del teatro
á una función de... etiqueta,
como aquí dicen; mas nunca
se me pasó por la tela
del juicio que el bailoteo
durase una noche entera.
Como usted se recogió
á la hora de la retreta,
y se las dejó en el palco...
Es que no entiendo esa jerga
italiana, y al arrullo
de las voces y la orquesta
me dormía... ¿Qué mortal
está libre de ñaquezas?
Pero, señor, ¡qué gobierno
de casa! Y, ¿van con frecuencia
á esas danzas perdurables?
¿0 sólo de uvas á brevas...?
¡Qué! No, señor. ¡Si es el pan
de cada dia!
¿De veras?
(¡Malo! ¡Malo!)
Pocas noches
se retiran con estrellas.
¿Conque aquí la noche es dia
y el día...?
Pues; viceversa.
(¡Virgen Santa del Pilar,
Él
qué desorden, qué vergüenza!)
(Mejor le sienta ese traje t v^^KH
que el otro.)
Ahora bien, morena;
yo, que no enmiendo la plana
al que los astros gobierna,
tengo gana de almorzar.
Di, pues, á la cocinera,
si no está también de baile...
No, señor. Ella se acuesta
mas temprano, y ya andará
por el fogón...
Norabuena.
Pues que disponga mi almuerzo.
Desp^.cha.
¿Café y manteca?
¡Valiente cosa!— Jamón
con huevos.
Lo que usted quiera.
Y no mas vino de estrangis.
Lo traeré de Valdepeñas.
Venga. A.1 fin es español...
aunque no es de Cariñena.
ESCENA III
(DON FRUTOS.)
¿Dónde me he metido, cielos?
¡Qué costumbres tan diversas
de las mias! ¡Ah! Yo voy
á pasar la pena negra... —
¿Quién sabe...? Allá en mi lugar,
ya que Elisa está dispuesta
á seguirme... ¿Y si me engaña?
¡No hay que fiar en promesas
de mujeres! Y aunque en eso
á mi gusto condescienda,
irán con ella á Belchite
sus caprichos... ¡y mi suegra! —
Gallarda es la moza, sí;
y á poquito que pusiera
de su parte, lograrla
barajarme la chaveta;
mas, según lo que voy viendo,
ni me quiere, ni lo sueña;
¡y eso es gaita! — ¡Ah, padre mió...!
Dios te dé la gloria eterna,
mas no tuviste chirumen
para escoger una nuera.
A no ser por mi respeto
á su voluntad expresa,
y á no haber soltado yo
la palabra que me empeña,
jbravo chasco llevaria
mi señora la Marquesa!
(Un criado atraviesa el foro de izquierda á derecha.)
¡Ojalá...! Pero oigo abrir
la puerta de la escalera.
Kllas serán... Ellas son.
(Mirando adentro.) OigO la VOZ de la VÍeja.
ESCENA IV
(DON FRUTOS, LA MARQUESA, ELISA.)
(ai criado en la puerta.)
Que venga esa muchacha
á desnudarnos pronto.
(Vásé el criado por donde vino, y entran en la sala 1* Marquesa y Elisa.) ¿Qué hace ese hombre
aquí,..? ¡Calle! ¡Es don Frutos!
(¡A.y, qué facha!)
Yo soy, señora mia; no se asombre.
La mudanza de traje... Buenos dias.
Buenas noches.
(Aparte con su madre.) ¡Qué diantre de zamarral
¡Por los clavos de Cristo, no te rías!
ESCENA V
(LA MARQUESA, DON FRUTOS, ELISA, JUANA.)
Aquí estoy.
(a Eiisa.) ¿Te parece un poco charra
mi pellica, verdad? Lo siento mucho;
pero...
No; yo no digo...
Chica, ande yo caliente,
y ríase la gente.
Dice bien. Lo primero es el abrigo,
y mientras le compramos en la tienda
una bata elegante con cordones...
No hay para qué. Estoy bien con esta prenda.
(Parece que al mesón de la Encomienda
ha venido á vender melocotones.)
¿Y qué tal se ha dormido?
Grandemente. ¿Y qué tal hemos bailado?
La niña. Yo me he estado
jugando al ecarte.
(¿Timbien la suegra
tira la oreja á Jorge? Esa es mas negra.)
Es lástima que el sueño y el cansancio
le hayan privado á usted, señor don Frutos,
de una soirée tan buena.
Yo, á lo rancio...
Nadie me saca á mí de mis casillas.
Es lindo, mientras lucen las cabrillas,
bailar con una dama,
pero es mejor, á mi entender, la cama.
¡Eh...! Se duerme de dia...
Hágalo el madrileño.
Yo, como soy así... tan lugareño...
iqué quiere usted...! madrugo,
¡y á las diez de la noche me entra un sueño!
(¡Santo Dios!)
¡Eh! Todo es la primer noche.
Luego...
¡a las diez!
Cualquiera se acostumbra...
¡Oh! Yo no soy cualquiera.
(¡Qué verdugo!)
¡Y juro por el sol que nos alumbra...!
(iA.y, Dios me libre de su horrible yugo!)
Así tengo de hacerlo hasta que muera,
y espero que mi dulce compañera
imitará mi ejemplo...
(Interrurapiéndole.) Se SUponC...
(En voz baj,-».)
\ky, mamá...!
(Lo inismo.) Transijamos ahora,
no sea que utra vez se desazone.
(¡Qué mala cara ha puesto mi señora!)
(Vuolve el criado con el almuerzo pura don Frutos, lo pone en una mesa y se retira.)
¡Hola! ¿Viene el almuerzo?
Me alegro. Uon peruiiso...
Daremos al estómago un refuerzo.
Si ustedes gustan...
Gracias. Tan temprano...
Nosotras, á dormir.
(sentándose á la mesa.) ¡Pues ya! ¡Preciso!
(¡Y he de darle mi mano!) i
Dormiremos nn rato. Hasta la una...
(¡Mal haya mi fortuna!)
(a Juana.)
Ven tú, me quitarás cintas y broches.
(a don Frutos. ) Conque, abur.
Buenos dias.
(Vánse por la puerta de la izquierda.)
Buenas noches.
ESCENA VI
(DON FRUTOS, partiendo el jamón)
Santo Cristo de la Seo,
que me estáis probando así,
decid: ¿qué pecado gordo
vengo á purgar en Madrid?
Novia que quiere bailar
cuando yo quiero dormir,
¿de quién está enamorada?
¿De mis rentas, 6 de mí?
Suegra que en todo se mete,
hasta en lo que he de vestir,
y me trata cual si yo
fuera algún chisgaravís,
y se desmaya, y trasnocha,
¡y juega! ¿no dará ñn
de mi bolsa y mi paciencia
antes que amanezca Abril?
¿Y me he de casar...! Si hallara
algún medio, algún ardid...
Para aguzar el ingenio
probemos de este pernil. —
¡Hola! Pues está sabroso.
No me engañó la nariz. (Echándose vino.)
Ahora un traí;:o del manchego... (Bebe.)
¡Bravo! Bien haya la vid
que te crió. No se bebe
mejor vino en Alcañiz. (Tomando otro bocado.)
Si fueran iguales todos
los tragos que espero aquí,
ningún cristiano me ojera
quejarme de este país.
ESCENA VII
(DON FRUTOS, JUANA.)
(Ya á la vieja he despachado,
y pues la novia gentil
entró en su cuarto diciendo:
no necesito de tí,
voy yo á aviarme...)
(a don Frutos al pasar.) ¿QuÓ tal
el jamón?
Sabe á las mil
maravillas.
Lo celebro.
¿Hay buen apetito?
Sí.
¿Quieres probarlo?
Mil gracias.
(Ni es vanidoso ni ruin.)
Hágale á usted buen provecho,
y me tendré por feliz.
Dios te lo pague, morena, (váse Juana.)
Confieso qne son aquí
menos zainas que en Belchite
las doncellas de servir.
ESCENA VIII
(DON FRUTOS, ELISA.)
¡Señor don Frutos...!
(Levantándose.) ¿Q"lé Veo!
(Yo la hacia ya en camisa.)
¡No te has acostado, Elisa!
Hablar con usted deseo.
Pues me place, como hay Dios.
Ya es justo que sin empacho
tengamos, Elisa, un cacho
de parlamento los dos.
¿Promete usted ei secreto
sobre el paso que ahora doy
y no enfadarse, aunque voy
á hablar muy claro?
Prometo;
mas también va á ser muy clara
mi lengua; y es menester
que me oigas en paz, mujer,
y no me arañes la cara.
Es usted muy buen sujeto...
Y tú muy buena vasalla.
Otro mejor no se halla.
No hay dibujo mas completo.
Eres gala de Madrid.
Y usted honra de Belchite; —
pero... si usted me permite...
En los peros está el quid.
Bueno es, antes que nos den
la bendición conyugal,
que temiendo hacerlo mal
lo reflexionemos bien.
Sí; ya lo dice el proverbio.
Vamos á reflexionar...
(Calabazas me va á dar
ella misma. ¡Esto es soberbio!)
Habla, no temas al bu.
Seria muy venturosa
con usted cualquiera esposa...
menos...
¡Vaya! Menos tú.
Mal he dicho. Es un desliz...
Quiero decir, caro amigo,
que casado usted conmigo
no podria ser feliz.
Ni yo soy, cual tú lo ves,
y eso lo conoce un nene,
el marido que conviene
á la hija de un marqués.
¿Qué entiendo yo de bodegas,
y de abonar el terreno,
y si se mide el centeno
por varas ó por fanegas?
¿Qué entiendo yo de elegancia,
y de ese touo de aquí,
ni qué me importan á mi
los figurines de Francia?
De la barra y la pelota
yo el mérito no distingo.
Ni yo de óperas en gringo,
donde no cantan la jota.
No se suba usté á la parra
si le digo, aunque con miedo,
que acostumbrarme no puedo
á un marido... con zamarra.
Ni yo me acomodaría
á una linda caprichuda
que se viste y se desnuda
ocho ó diez veces al dia.
Poco me inclina mi estrella
al que en su primer visita
no hace distinción maldita
entre el ama y la doncella.
Y yo doy á Belcebú
dama que habla á su marido
muy seria, muy de cumplido...
y á su madre tú por tú.
Un marido... Calamocha,
¡que madruga...! ¡Virgen Santal
Vea usted; y á mí me espanta
una mujer que trasnocha.
¡Yo por valles y por cerros!
¡Yo marido cazador
que repartirá su amor
entre la esposa y los perrosl
¡Yo mujer con tantos dengues
que, faltando á la justicia,
me negará una caricia
por no ajar sus perendengues!
Y aun viviendo aquí los dos,
cediera al fin mi desvío,
pero, ¿y Belchite? ¡Dios mío!
Pero, ¿y la suegra? ¡Buen Dios!
Y será bueno Belchite,
guapo lugar, lo concedo.
¿Pues y Madrid? No haya miedo
que yo le desacredite.
Y aquella vida campestre
será muy dulce, muy sana.
¿Quie'n sabe...? De buena gana
pasaría allí un trimestre.
Desear yo un pasaporte
que me vuelva á mi lugar
cuanto antes, no es condenar
las costumbres de la corte.
Son muy cucas; no hay falencia;
pero, al fin, do son las mías.
Hay ciertas antipatías...
Sí; cada uno á su querencia.
Y pues no hay conformidad...
¡Pues! ¿A qué ofender á Dios?
¿A qué...?
Casárnoslos-dos...
Es una barbaridad.
Pues... ahora bien...
Ahora bien...
Salgamos de este pantano.
Pues niegúeme usted su mano,
y buenas noches, y amén.
Yo no he de volverme atrás,
que en mi palabra confía'
mamá, y ¡Jesús...! no podria
perdonármelo jamás.
Yo también lo prometí,
y en mi probidad no cabe...
Toda la corte lo sabe.
¿Qué se diria de mí?
¡Otra!
Á usted que es forastero,
y hombre, y tendrá mas valor
que ¡o, le estará mejor...
No, que yo soy caballero.
Con todo...
No haria bien
en quitar á usted la fama,
pero en boca de ur¡a dama
á nadie ultraja un desden.
¿Cdmo ahora tan discreto?
Es que yo mismo me azuzo
y el entendimiento aguzo
para salir del aprieto.
¿No hay muchos hombres infieles?
Mujeres, mas.
Porque ahora
diga usted...
No; no, señora;
no troquemos los papeles.
¿Conque ni el propio interés
mueve á usted...?
Ni un terremoto.
Nunca mi palabra he roto,
¡nunca! Soy aragonés.
¡Ikledrados estamos!
Sí;
como tres con un zapato.
¿Será usted tan insensato...?
Seré lo que siempre fui.
Pues jo no he de ser veleta.
El no... no saldrá de mí.
Pues yo he de decir que sí,
aunque me lleve Pateta.
Bien está: ¡nos casaremos!
Bien: ¡será usted mi mujer!
Bien: usted tendrá el placer
de que los dos nos ahorquemos.
¡Yo no!
(Es como esa pared.)
¡No tiente usted al demonio!
Si es funesto el matrimonio,
la culpa será de usted.
Tanto á una mujer se apura...
De bien á bieu soy muy manso,
pero... E& que no soy tan ganso
como usted se lo figura.
¡Oh! Ya veremos después
quién sufre mas de los dos,
y quién... ¡Soy mujer!... Adiós.
(Váse por la puerta de la izquierda.)
¡Adiós!— Soy aragonés.
ESCENA IX
(D0.\ frutos)
Con la futura una lid,
otra con la suegra chocha...
¡Ay Frutos! ¡Ay Calamocha...
¿Quién te ha traído á Madrid!
ESCENA X
(DON FRUTOS, DON MIGUEL.)
Estoy resuelto.
(a don Frutos que está do costado y en actitud de cabiiar.) Buen hombre,
pase usted recado á don...
¡Es un nombre tan ramplón...!
Don Frutos.
(volviendo la cara.) Ese es mi nombre.
¡A.h, que es usted... caballero!
Me ha sorprendido el hallazgo.
¿Quie'n conoce á un mayorazgo
en traje tan charanguero?
Este traje es de mi agrado.
Eso lo conoce un topo.
Y á ningún alma de chopo
se lo he pedido prestado.
¿Es ese el traje de boda?
¿Le importa á usted? ¡Voto á quien...!
¿Se ha encargado usted también
de sastrearme á la moda?
No me tomo yo ese encargo,
que excede al talento mió.
Traigo otro...
Pues ¡al avío!
Diga usted.
No seré largo.
Ya que nos vemos las caras,
cosa que yo no quisiera...
Menos prosa. La madera
no está para hacer cucharas.
¡Hola! ¡Me alza usted el gallo!
Me alegro, señor galán.
Se lo alzaré al Preste Juan,
que ya de cólera estallo.
Pues señor; vamos al grano.
Usted quiere que le den
á Elisa; mas yo también
aspiro á su blanca mano.
Bien; ¿y á mí qué se me da...?
Somos dos; una es la bella;
casarnos los dos con ella...
no puede ser.
Ya.
Pues ya. —
Mas la salida es muy obvia.
Si uno al otro es importuno...
¡Pues ya! De los dos, el uno
se ha de quedar sin la novia.
Si ella fuese de Cutanda,
mereciera usted su afecto,
pero esa boda en proyecto
es una fusión nefanda;
y así, pues el buen sentido
en tales casos pronuncia,
haga usted formal renuncia,
y quedaré agradecido.
Oiga usted, y no haya riña.
No me importara un ardite
volver soltero á Belchite,
porque ¡es alhaja la niña!
¡Pero de que un compadre
con tal fuero me lo exija...!
Primero... — poco es la hija —
me casara con la madre.
Pues entonces, señor mió,
ya no queda otro recurso
que matarnos.
¡Buen discurso,
como hay Dios! ¡Un desafío!
Sí, señor, y pronto; ¡al trote!
A galope, si usted quiere.
Diga usted qué arma prefiere...
Elija usted.
Un garrote.
Esa es arma de mal tono.
Esa es la que yo manejo.
Y es digna de ese aparejo;
mas no la adopta mi encono.
Sentencie nuestro proceso
6 la pistola, 6 la espada...
No, señor.
0 el sable...
jNadal
Garrotazo y tente tieso.
¿Pero hemos de ser tan brutos...?
¡Leña! Ya que usted se empeña
en que haya camorra, ¡leña!
No hay mas tu tia.
¡Don Frutos!
¡Don usted!
Con ese alarde
de atroz.salvajismo inculto
quiere usted huir el bulto
á mi venganza. ¡Cobarde!
(Furioso y amenazándole con el puño.)
¡Yo cobarde! ¡Voto á brios...!
(Poniendo mano á la espada y retirándola inmediata
mente.)
No demos aquí un escándalo.
¡Yo cobarde! ¡Yo!
¡Seo... vándalo,
ya nos veremos los dos!
Yo sabré...
Si no mirara...
Lo que he de hacer con un ente
como usted. Todo viviente
le ha de escupir en la cara.
ESCENA XI
(DON FRUTOS, ó la puerta)
Tengo un puño en cada brazo,
y si alguno me provoca,
antes que escupa su boca
la hundiré de un puñetazo. —
¡Se fué!— Señor, ¿hay conciencia
para hostigar tanto y tanto
á un hombre de bien? Un santo
perdería la paciencia.
¡' h! Ya no reparo en nada.
¿Quieren que mi saña aborte?
Bien está. Yo haré en la corte
una que sea sonada. (Entra en su ccarto.)
|ÍN DEL ACTO CUARTO
Acto quinto
ESCENA PRIMERA
(DON REMIGIO, DON MIGUEL.)
Conque, ¿es verdad?
Sí; á las dos
se van á tomar los dichos.
Para esa hora están citados
el notario y los testigos.
¡Y es la una y media! ¿Qué haremos?
Discurra usted un arbitrio.
¿Qué sé yo...? Mal pleito es este.
No dio lumbre el desafío;
Elisa está resignada
al funesto sacrificio;
la vieja es inexorable...
Sólo nos queda un camino.
¿Cuál?
Que, como otro Escipion,
se venza usted á sí mismo
y abandone...
¿Qué se entiende
abandonar? ¡Por el siglo
de mi madre...!
(Mis orejas
corren otra vez peligro.)
¡Ceder yo el campo! Primero
habrá en esta casa tirios
y troyanos.
Norabuena;
mas ¡por los clavos de Cristo!
¿qué consejo puede dar
en estos momentos críticos,
señor don Miguel, un hombre
tan amable y tan pacífico
como yo? Si se tratase
de un inocente artificio,
de una intriguilla venial,
¡vaya con Dios! Siempre he sido
complaciente, y manejable,
y amigo de mis amigos.
Pero cuando usted vacila
entre rapto y homicidio,
¿seré yo tan Barrabás
que le empuje al precipicio?
Mi consejo...
Es de un menguado.
Sí será. Yo no me pico...
¡Bueno fuera, siendo yo
el amado, el preferido,
que se llevase la novia
un bárbaro campesino!
¡Es un horror! — ¿Pero no hay
en Madrid jefe político?
Demanda al canto, depósito,
y es asunto concluido.
Ya se lo he propuesto á Elisa,
pero es tan pobre de espíritu...
Por no chocar con su madre;.
por no exponerse al ludibrio
de las gentes y al escándalo...
¿Qué escándalo ni qué niño
muerto? ¿Es escándalo usar
de su derecho legitimo?
¡Pero esas mujeres...! ¡Oh!
cuando dan en un capricho...
Y... ¿qué sé yo...? Juraría
que aun ha de estar indeciso
su corazón de coqueta
entre uno y otro individuo.
(Tal creo.)
Ya no tiay que andarse
por las ramas. Es preciso,
forzoso, urgente, matar
al aragone's maldito.
¡Hombre, mire usted...!
Él sale.
Me alegro mucho.
(¡Dios mió!)
ESCENA II
(DON REMIGIO, DON MIGUEL, DON FRUTOS.)
¡Hola, señor capitán!
Sea usted muy bien venido.
¡Eh! Cumplimientos á un lado,
que estoy hecho un basilisco.
¡Qué bobada... y qué mal tono!
¿Co'mo...?
Yo estoy muy tranquilo,
y aconsejo á usted que tome
mi ejemplo.
No; yo he venido...
Ya sé; con la misma tema
de armar camorra conmigo;
pero cuando uno no quiere...
no riñen dos: esto es fijo.
¿No? Yo sabré...
Usted no sabe
lo que se pesca, amiguito.
Mejor seria, en lugar
de venirme á mí con libros
de caballería andante,
que pusiera usted su ahinco
en atraparme la novia. —
¿No digo bien, don Remigio?
¿Así me habla usted!
Así.
Yo sé bien lo que me digo.
Los momentos son contados.
Deje'monos de litigios,
don Miguel, y procuremos
salir de este laberinto.
¿Le ha visto á usted la Marquesa?
No; ni sabe que ha venido.
Se encerró en el tocador...
Perfectamente. Pues ¡listo!
guárdese usted de sus ojos.
No faltará un escondrijo...
Y mientras solo con ella
la digo cuántas son cinco,
cuide usted de que la chica
no se muera de fastidio.
Pero...
No hay pero que valga.
Ella sabe mis designios...
¡Ande usted!
(En voz baja ó don Remigio.) Ya Capitula.
Me tiene miedo, está visto.
(a don Frutos.) Supongo que aquí no hay maula...
Yo siempre he jugado limpio.
(Volviendo la cabeza después de dar algunos pasos.}'
Es que...
¡Ande usted!
(Váse don Miguel por la izquierda dol foro.) ¡Aun sé me hace
de pencas el señorito!
ESCENA III
(DON FRUTOS, DON REMIGIO.)
Yo celebraré en el alma,
caro amigo, que usted logre
desbaratar esa boda;
porque, si vale mi pobre
dictamen, cuando no son
homoge'neos los consortes... —
¿Está usted? — un matrimonio
es el órgano de Móstoles.
No; no es esa la mujer
que me conviene.
¡Y sin dotel
Eso no me importa un bledo;
pero tengo otras razones...
iOb! Sobradas. Y pensar
que ella renuncie á la corte
y á sus... Para usted seria
pintiparada, de molde,
una mujer como yo.
¿Como usted? ¿No es usted hombre?
Quiero decir... de mi genio,
de mis circunstancias; dócil,
servicial...
(Parasí.) Mientras él viva
no faltará quien le abone. —
(a don Remigio.) Pues lo que es á servicial,
ni usted, ni nadie en el orbe
me gana á mí. Mire usted
que tiene cuatro memoles...
(¡Huyl)
Trabajar un galán...
¿eh? para que otro le sople
la dama. ¿Eh?
Yo convengo
en que es muy raro ese noble
proceder; famoso asunto
para mármoles y bronces.
Mas no lo bago por virtud,
ni por miedo á los bigotes
del capitán pendenciero,
porque á mí nadie me tose;
lo hago por ver si me zafo
del apuro en que me ponen.
Líbreme yo de la novia,
y de esa suegra ó demontre,
y mas que cargue oon ambas
Perico el de los palotes.
Mas si no cede la vieja
á mis justas reflexiones,
y se mantiene en sus trece...
¡pues! como yo en mis catorce,
y al fin tengo que casarme,
juro á Dios y á los apóstoles
que he de romper la cabeza
á ese interesante joven.
No permita Dios Supongo
que para mí no habrá golpes.
Yo soy amigo de usted,
siempre hemos estado acordes...
¡Eh! Con usted no va nada.
Pero los minutos corren
que vuelan, y la Marquesa
no viene. Aunque usted perdone,
don Remigio, ¿quiere usted
llamarla...?
Con mil amores.
Y luego...
Entendido. Luego
querrá usted que me incorpore
con los otros, y...
Cabal,
Pero me excusa un galope
mi señora la Marquesa.
(saludando á In Marquesa que llega.) Muy servidor...
(a don Frutos.) A la Orden.
ESCENA IV
(DON FRUTOS, LA MARQUESA.)
¿Cómo es eso? ¡Aun está usted
(de zamarra! ¡Eh! No me estorba.)
¡Y va á venir el notario,
(y los testigos...! ¡Qué sorna!)
Me alegro de ver á usted.
Tenemos que hablar á solas...
¡Jesús, y están convidadas
(mas de cuarenta personas...!)
No le hace...
(¿Qué dirán? Hecha un ascua de oro la novia, yo un brazo de mar, y el novio...)
Yo no gasto ceremonias.
Bien estoy así.
(¡En toilette de calesero! ¿Qué importa?)
Importa mucho. ¿Usted quiere
(que se burlen de nosotras?)
Si usted toma mi consejo
(podrá excusar esa mofa.)
¿Y qué consejo...? Sepamos...
Que se deshaga la boda.
¡Oh...! ¿Qué dice usted? ¿Salimos
(con esa embajada ahora?)
(Entreabren por dentro la puerta de la izquierda.)
Aquí no hay mas embajada
(que la razón, y me sobra por todas mis coyunturas.)
Don Frutos, basta do broma.
Hablo de veras. Usted
(no tiene pelo de tonta, y bien habrá conocido que el tal casamiento es droga.)
Yo soy demasiado tosco
(para dama tan preciosa; no se cambian las costumbres como se cambian las modas, y nunca harán buenas migas perro y gato en una alforja.)
¡Eh! ¡Como de esos milagros
hace el amor!
¡Dale, bola!
No nos amamos nosotros;
¿lo entiende usted? No, señora.
Yo lo sé de buena tinta;
esto es, de su propia boca,
y ella de la mia; ¿estamos?
No soy mudo, ni ella es sorda.
Ella cumplirá, no obstante,
con los deberes de esposa...
No diré yo lo contrario...
si la permiten que escoja;
porque ha de saber usted,
si por desgracia lo ignora,
que hay bigotes de por medio.
¡Bobada! A usted se le antojan
los dedos huéspedes.
No.
¡Vaya...!
Hay moros en la costa.
Cuando á mí nada me ha dicho
la niña...
Teme la cólera
de usted.
¿Por qué? Yo no fuerzo
su voluntad.
Se equivoca
mi señora la Marquesa...
por no decir otra cosa.
Hablemos claro, don Frutos,
y diga usted sin tramoya
que retira su palabra.
¡Hombre sin pudor, 8in honra,
sin fe...!
¡Señora Marquesa!
No quiera usted que nos oigan
los sordos; tenga usted juicio,
y ahorremos una camorra.
A todos nos salva uní no.
Veamos á quién le toca
pronunciarlo. Si yo diera
calabazas á la moza,
sobre faltar al respeto
del que está bajo una losa,
fueran \istedes silbadas
diez leguas á la redonda;
ella no le soltará
si la llevan á la horca;
conque...
¿Conque yo he ser
quien cante la palidonia?
Sí, señora; y yo consiento
que me ponga usted como hoja
de peregil, y me acuse
de haber roncado en la ópera...
¡sí tal!, y de haber comido
á cucharadas la sopa;
y mas que salga también
á la colada la historia
del velador, y el abrazo
y la zamarra, y las botas,..
y mas que sea preciso,
para que usted quede airosa,
compararme... ¿A. quién diré?
Al bruto de Babilonia.
No; ya es tarde. Yo no cedo.
¿No?
Mil veces no.
¡Señora!
¡Mire usted que eso es ponerme
en el pescuezo una soga!
¡Mire usted que si me obliga
á que mi palabra rompa,
¡yo! ¡un aragonés! ¡ah! juro,
por mi padre que esté en gloria,
que se ha de abordar usted
de don Frutos Calamocha.
¡Bravatas! ¡Baladronadas!
Pues ja que usted me provoca,
¡guerra, venganza!
(Sacando una cartera y de ella unos papeles.) Aquí tengo
mi artillería. ¡Arda Troya!
¡Cómo...!
Usted recordará,
si no es flaca de memoria.
que, cuando el Marqués difunto
residía en Zaragoza,
para sacarle de empeños,
le abrió mi padre su bolsa.
Es verdad. Le prestó algunas
cantidades...
Y no flojas.
(Mostrando á la Marquesa un papel.) Vea usted; ¡veinte mil pesos!
(¡Dios mío...!)
Cuenta redonda.
Pagaré...
De eso se trata.
El documento está en forma.
(¡Este hombre me va á perder!)
Mas adelante...
No; ahora.
Pagúeme usted al momento,
ó la casa se alborota,
y ante el notario y testigos
digo que es usted tramposa.
¡Ah, don Frutos!
Y la pongo
por justicia.
¡Qué congoja!
Y la embargo cuanto tiene
en la sala y en la alcoba...
¡Jesús, que' hombre!
ESCENA V
(LA MARQUESA, DON FRUTOS, JUANA.)
(Annnciando.) LoS testigOS,
el cura de la parroquia,
el notario...
¡Justo Dios!
El Marque's de la Alcachofa...
Voy... Que esperen un momento...
ESCENA VI
(LA MARQUESA, DON FRUTOS.)
Tenga usted misericordia...
¿La ha tenido usted de mí?
La venganza es muy sabrosa.
¡Baje usted la voz...!
No puedo,
que el furor me desentona.
Todos sabrán...
(La Marquesa cierra la puerta del foro.) ¿Cierra usted?
Pues levantaré la solfa.
0 pagarme, ó despedirme,
6 he de hacer...
¡Virgen de Atocha...!
Una de pópulo bárbaro,
y aunque me gaste mil onzas,
he de tener el consuelo
de que pida usted limosna.
¡Basta! ¡No mas! Yo recojo
la palabra de la novia,
y la mia.
¡Eso!
Y diré
que el novio no me acomoda.
¡Así!
Y diré la verdad.
porque es usted un idiota.
¡Divinamente! Un abrazo
le daria á usted ahora.
¿Mas qué dirán los testigos... —
esto es lo que me sofoca; —
y el notario, y tanta gente
convidada...
Usted se ahoga
en poca agua. Ellos venian
á presenciar una boda...
¡Y esa boda se ha frustrado!
¿Pues hay mas que darles otra?
¿Cómo...? ¿Con quién...?
(Acabando de abrir la puerta de la izquierda.)
Verbi-gratia.
(Salen Elisa, don Miguel y don Remigio, y se arrodillan á los pies de la Marquesa.)
¡Señora...!
¡Mamá...!
¡Señora...!
ESCENA ÚLTIMA
(LA MARQUESA, ELISA, DON FRUTOS, DON MIGUEL, DON REMIGIO.)
¿Qué veo? Aparta de aquí,
hija traidora.
¡Perdón...!
¡Qué horrible conspiración!
Todo se gobierna así.
¡Ah! ¡Me han burlado!
¡PorDios...!
¡Ah, señora! Yo protesto...
¿Pero qué vieue á ser esto?
¿Te has de casar con los dos?
Cada cual en esta farsa
hace el papel que le dan.
Este es el primer galán;
yo soy un simple... comparsa.
(Buscar un yerno es urgente
en este lance de honor,
y pues no hay otro mejor...
cubramos el expediente.)
Rica no será conmigo,
pero mi amor...
Por piedad...
Por la negra honrilla...
¡Alzad!
Yo os abrazo y os bendigo.
¡Viva! ¡Eso es ser madre! Ahora
que estamos todos contentos,
rompo yo mis documentos.
(H.iee pedazos los papeles que sacó.)
Estamos en paz, señora.
¡Tanta generosidad!
Me confunde usted, me abate...
No tal. Pago mi rescate,
y ¡viva la libertad!
¡Oh pecho noble y sin hiél!
Basta. Demos al olvido...
¡Don Frutos...!
(¡Qué necia he sido
en no casarme con él!)
Ahora... andemos á porrazos
si usted quiere, capitán.
No; ya no tengo ese atan.
(En actitud de brindarle con un abrazo.) PuCS...
¡Venga usted á mis brazos! (se atraían.)
(Entemoeido.) El llanto inunda mi cara,
y siento una conmoción...
una... ¡Bravo...! ¡Otra edición
del abrazo de Vergara!
Vamos, vamos á la sala,
que nos están esperando...
Vayan ustedes andando...
ustedes que están de gala.
To voy á buscar un coche
que me vuelva á mi lugar.
j.Ya se quiere usted marchar?
Sí. No duermo aquí esta noche.
También yo entiendo, Marquesa,
algo de filosofía,
aunque tengo todavía
el pelo de la dehesa.
¡Pero dejarnos así...!
Sin disfrutar del convite...
¡Nada! ¡A Belchite, á Belchite...!
La corte no es para mí.