TEATRÓSFERA · EL TEXTO CUANDO ENTRA EN ESCENA  

PoetósferaTeatrósfera › El duro y el millón

Manuel Bretón de los Herreros

El duro y el millón

3 jornadas · 8 personajes · 3,108 versos

Modo

Reparto y preliminares

EN TRES ACTOS Y EN VERSO,

por

Don Manuel bretón de los herreros

Representada en el Teatro del Principe.

Madrid

IMPRENTA Á CARGO DE C. GONZÁLEZ : CALLE DEL RUBIO NÚM. 11.

1853.

Digitized by the Internet Archive

in 2011 with funding from

University of North Carolina at Chapel Hill

http://www.archive.org/details/elduroyelmilloncOObret

Esta obra es propiedad del CIRCULO LITERARIO

COMERCIAL , que perseguirá ante la ley al que sin su

permiso la reimprima , varíe el título , ó represente en al-

gún teatro del reino , ó en alguna sociedad de las forma-

das por acciones , suscriciones ó cualquiera otra denomi-

nación , con arreglo á lo prevenido en las Reales órdenes

de 8 de Abril de 1839, 4 de Marzo de 1844, y 5 de

Mayo de 1847, relativas á la propiedad de obras dramá-

ticas.

Se considerarán reimpresos furtivamente todos los

ejemplares que carezcan de la contraseña reservada que

se estampará en cada uno de los legítimos.

Actores

LUISA Doña María Rodríguez.

CRÍSPULA Doña Lorenza Campos.

DON PRUDENCIO Don Joaquín Arjona.

DON CÉSAR Don José Calvo.

DON MAURICIO Don Victorino Tamayo.

BERNABÉ Don Fernando Ossorio.

ELOY Don Antonino Bermonet.

JUAN Don Esteban Montuxa.

MARTIN Don José Bullón.

La acción pasa en Madrid , en casa de Don Prudencio.

Acto 1

ACTO PRIMERO.

Sala amueblada con luja. Puerta en el foro , que por la

derecha conduce á la escalera, y por la izquierda á las

piezas interiores: forillo que guia á otros aposentos:

dos puertas á la derecha del actor: otras dos á la iz-

quierda: entre otros muebles habrá un velador y so-

bre él algunos libros , periódicos y folletos.

ESCENA PRIMERA.

Críspula

Don Prudencio.
(Crispida , vestida de medio luto y con sombrero , viene
por el forillo : don Prudencio , en bata y gorro , sale
por la puerta de la izquierda más inmediata al pros-
cenio.)
D. Prud. ¡Oh Crispulita! (¡Qué mal
suena en una vieja el Ha !)
Crísp. ¡Amigo mío!
D. Prud. ¿Ya estamos
de sombrero ? (Pronto alivia
el luto.)
Crísp. Sí ; voy á ver
si está ya del todo lista
mi nueva vivienda; que hoy
la quiero estrenar.
D. Prud. No hay prisa...
(Si tal.)
6GS239
— G —
Crísp. Bastantes molestias
le he dado á usted. ¡ Veinte dias
de hospedaje !
D. Prud. Calle usted
por Dios, que me ruboriza...
Crísp. Pero en la casa mortuoria
mi corazón se oprimía...
D. Prud. Ya.
Crísp. Y aunque acaso abusé
de nuestra amistad antigua...
D. Prud. ¡Oh!...
Crísp. Con un testamentario
como usted, no era precisa
mi asistencia...
D. Prud. ¡ Pues! Se hizo antes
el inventario... Ahora iba
al cuarto de usted...
Crísp. ¿Sí? Gracias.
Le excuso á usted la visita.
D. Prud. Sentémonos.
(Se sientan.)
Crísp. ¿Qué hay del Banco?
D. Ppud. (Dándole un papel.)
Ahí tiene usted trasferida
en forma la propiedad
de las cien acciones , limpias
de polvo y paja , que el bueno
de don Adrián poseía
y hereda usted.
Crísp. , Tantas gracias...
D. Prud. A mí no; al muerto. — ¡Bonita
herencia !
Crísp. Si. Las acciones
bien redituarán por cima
de seiscientos duros.
D. Prud. Eso
por lo menos.
Crísp. Y las fincas
de que tomé posesión
ayer...
D. Prud. ¡Tres casas magníficas!
Crísp. Me darán una con otra
cada afio de renta líquida
sus dos mil duritos.
D. Prud. Largos.
Crísp. Y en numerario y vajilla,
etc...
D. Prud. Otro caudal.
Crísp. Todo lo hizo en Filipinas
mi excelen le tio.
D. Prud. Si.
Crísp. Dios le dé gloria infinita.
D. Prud. Amén. Para quien le hereda
vale mas , aunque corrija
la frase vulgar . un tio
en gloria que un tio en Indias.
Crísp. Nunca le habia tratado.
Ya ve usted; ¿quién va á Manila...
D. Prud. Ya se entiende...
Crísp. Le ocurrió
venir á acabar sus dias
en Madrid...
D. Prud. Sí. Por Enero
entró en esta heroica villa.
Crísp. Cayó enfermo el pobrecito...
D. Prud. Acostumbrado á otro clima...
Crísp. Al momento que lo supe,
me vine de Andalucía ,
para asistirle...
D. Prud. Ya ; el deudo ,
la caridad... (¡ La codicia!)
Crísp. Pero ya estaba muy grave
cuando abrazó á su sobrina.
D. Prud. ¡Grave... ¿Porqué... ¡Ah! Ya comprendo.
Lo dirá usted por los síntomas...
Crísp. Pues claro está. Así se dice...
D. Prud. (¡Pobre lengua de Castilla !)
Crísp. ¡ Ay Dios ! En cuatro semanas
le mató la homeopatía.
D. Prud. (Como escandalizado.)
¡Señora, qué ha dicho usted!
Crísp. ¿Yo? Acaso algún lasuslingua...
(Con ¡as manos en las caderas.)
El mal lo tenía aquí.
D. Prud. Pues se llama hipocondría.
Crísp. Justo. Como una no entiende
esas palabras latinas ,
se trabuca... El pobre tío,
sabedor de mi desdicha ,
se acordó de mí en su última
voluntad.
D. Prud. (Según noticias,
chocheaba ya el pobre hombre.)
Crísp. Así pagó mis vigilias.
¡ Mucho le he cuidado !
D. Prud. ¡Oh!
Crísp. ¡ Mucho
le he llorado !
D. Prud. ¡Ah!
Crísp. j Y qué lucidas
exequias !
D. Prud. Si ; mas con tal
herencia, no es maravilla...
Crísp. No me lo llevo yo todo.
Para limosnas y misas
ha dejado seis mil reales ,
y á Lupercio y Celestina,
que son otros dos sobrinos
suyos, media taleguita
á cada uno.
D. Prud. Poco es
estando en la misma línea
de parentesco.
Crísp. No tal,
que era yo la mas propincua...
D. Prud. (A la cabecera.)
Crísp. Pues ;
porque yo soy masculina. —
Es decir...
D. Prud. Entiendo. En fin,
Dios le dé á usted larga vida
para gozar de la herencia.
Yo he cumplido con justicia
y celo mi comisión ,
y la doy por fenecida.
Crísp. Gracias ; mas doble fineza
será si usted me administra...
ü. Prud. No puedo. El tiempo me falta...
Los negocios me atosigan...

Crísp

Me buscara usted al menos ,
porque sin él soy perdida ,
un buen administrador.
D. Prud.
Bien.

Crísp

D. Prud
Hay cosas que una misma
no puede...
Cierto.

Crísp

Mi estado...
D. Prud.
Es claro. Una sefiorita...

Crísp

Y delicada.
D. Prud.

Crísp

¿De qué?
De salud.
D. Prud.
¡Qué! ¿todavía
hay... nervios?
Crísp. Las convulsiones
no son , tiempo ha , tan continuas.
D. Prud. Celebro.
Crísp. Mas como soy
tan sensible, se me crispan...
D. Prud. (¡Verbum caro...)

Crísp

Si oigo ó veo
algo que afecte las fibras
del corazón.
D. Prud
¿Sí? ¡Cuidarse!

Crísp

Lo haré.
D. Prud.
Viva usted tranquila,
y pues los duelos con pan
son menos...

Crísp

Sí; eso me anima.
D. Prud.
Un buen marido tal vez...

Crísp

¡Pche!...
D. Prud.
Lástima es que no viva...

Crísp

¿Quién ?
D. Prud.
Mi pobre amigo César...

Crísp

(Levantándose y también D. Prudencio.)
¿Él? ¡Calle usted! Me horroriza
su nombre.
D. Prud.
Usted le adoraba.

Crísp

Anos há que su perfidia
me hizo detestarle tanto
como le quise algún dia...
¡por mi desgracia!
D. Prud.
Hartas fueron
las suyas, y merecían...
Crísp. (Con tono declamatorio y exaltándose cada
vez mas.)
¡Perjuro! No por cariño,
sino por miras políticas,
me hizo la corte. ¡Oh falacia
sin ejemplo !
D. Prud. Asi decían,
pero...
Crísp. Sí , señor ; mi padre,
que Dios perdone, tenía
mucho influjo y en su mano
los votos de tres provincias. —
¡Necia de mí, que di crédito
á sus palabras de almíbar!
¿Por qué me la dio de esposo
si no había de cumplirla?
¡Vil seductor!... Ya se ve;
yo era inocente y sencilla...
D. Prud. El daba allá sus razones...
Crísp. De pié de banco.
D. Prud. Que habia
moros en la costa...
Crísp. ¡Falso!
D. Prud. Que él fue el seducido...
Crísp. ¡ Víbora !
D. Prud. Los ataques epilépticos,
que son, según los juristas,
causa dirimente...
Crísp. ¡Judas!...
D. Prud. Que dio usted en la manía
de hacer comedias...; mal digo;
tragedias caseras...
Crísp. ¡ Ira
de Dios...
D. Prud. Y haciendo el papel
de Medca, ó Proserpina...,
no sé cuál, fué tanto el miedo
que usted le causó...
Crísp. ¡ Mentira !
D. Prud. Y al cabo, si fué perjuro,
cara pagó su falsía.
Usted por la vez primera
— li-
le hizo probar vengativa
el pan de la emigración.
Crísp. Si ese manjar sabe á acíbar,
¿es ¡ gran Dios ! plato de gusto
el verse una escarnecida,
burlada , como otra Dido,
como otra Ariadna en la isla
de Naxos... Si, don Prudencio;
Soy su mártir, soy su víctima,
y al recordarlo, mis músculos
. . tiemblan..., mis ojos se eclipsan...
¡Ay!... Yo fallezco.
(Se desmaya en brazos de D. Prudencio.)
D. Prud. ¡Señora!...
No alcanzo á la campanilla...
¿Qué haré... Un pellizco tal vez...
Probaremos.
(Pellizca en un brazo á Crispida.)
Crísp. ¡Ah!
D. Prud. ¿Suspira?
Crísp. (Incorporándose.)
¿Dónde estoy?
D. Prud. (Ayudándola á sentarse.)
Aquí. (Pues hizo
su efecto la medicina.)
¿Qué ha sido eso?
Crísp. Nada. Un vértigo...
ü. Prud. Agua...
Crísp. No se necesita.
(Oliendo un vomito que lleva pendiente de un
cordón ó cadena.)
Siempre llevo éter conmigo...
D. Prud. (¡Peste!) Bien.
Crísp. Y esto me alivia. —
Con que, en efecto, ¿murió
aquel ingrato...
D. Prud. Sí; en Suiza.
Ya ha tres meses que se [supo-
de oficio. — Pero sería
mejor no hablar de él...
Crísp. Sí. Ya
se apagó la última chispa
de aquel amoroso fuego.
La Providencia divina
vela por mí. El ya es difunto...
D. Prud. (¡Caro amigo!. .)
Crísp. Y yo soy rica.
Si él existiera , quizá
por compasión de sus cuitas...
No; mejor es que la inmensa
eternidad nos divida.
D. Prud. Así como así, en los genios
eran ustedes antípodas.
Crísp. Cierto ; y ahora tendré novios
cuantos quiera; y no estantiguas,
como él lo sería ya,
sino pollos de la cria
nueva.
D. Prud. ¡Eso , eso ! (Está loca.)
Crísp. (Mirando su reloj y levantándose.)
Pero es tarde y tengo prisa...
Guardaré en el escritorio
la inscripción nominativa
y saldré por la otra puerta.
Adiós.
D. Prud. Ahur, Crispulita.

(Vase Críspula por donde vino.)

ESCENA II.

D. Prudencio.

Confesemos que la tal

Crispulita es personaje

trágico de todas veras,

y que en no serla constante

tuvo sobrada razón

mi amigo que en paz descanse.

Lo que no comprendería ,

si todo no lo explicase

esa desapoderada

ambición que ha sido el cáncer

de su vida , es cómo pudo

ser solo un día su amante,

porque...

I

^-15 -

ESCENA III.

Don Prudencio

Luisa.
Luisa. (Saliendo de la habitación de la derecha más
próxima al foro.)
¡Papá...
D. Prud. ¡Luisa mía!
Ven...
(La abraza y Luisa le besa la mano.)
Hoy acabas muy tardo
l u lección de arpa.
Luisa. No; pero
hasta que usted acabase
el coloquio...
D. Prud. Pues me hubieras
ahorrado con entrar antes
un lance de melodrama.
Luisa. Ya deseo que se marche :
que es tan grotesca...
D. Prud. Esta noche
dormirá ya , Dios mediante,
en su nueva habitación
de la plazuela del Ángel.
(Sentándose. Luisa se sienta también.)
Siéntate. Tenemos mucho
que hablar , y de cosas graves.
Luisa. ¿Graves? ¡Santo cielo...
D. Prud. Sí;
pero no te sobresaltes,
que no te voy á anunciar
ninguna horrible catástrofe:
al contrario. — Ahora bien, quiero
que , ante todo, me declares
si es libre tu corazón. —
No te sonrojes. ¡Qué diantre...
Luisa. No es libre..., porque es de usted.
D. Prud. ¿Todo, todo mío? ¿Nadie
me disputa su dominio?
Luisa. Nadie; ni seria fácil.
Educada en un colegio
con el rigor que usted sabe,
no ha seis meses que gozosa
vivo al lado de mi padre
querido. Dentro de casa
tengo una aya que me guarde ,
y sin usted ó sin ella
no salgo nunca á la calle.
D. Prud. Es forzosa sujeción ;
bien lo conoces. No obstante ,
amor travieso se cuela
por el ojo de una llave. —
Ni te culparía yo
porque á algún joven amases
digno de tí ; pero ya
que tu corazón no late
por ninguno , lo celebro
porque eso cuadra á mis planes.
Luisa. ¿Planes...
D. Prud. Sí. Ya supondrás
que se trata de casarle.
El yerno que tengo in péctorc,
después de un maduro examen ,
es... Pero antes que te diga
su nombre y sus cualidades ,
es forzoso detenerme
en ciertos preliminares. —
Paisanos y condiscípulos
y de una edad casi , casi ,
Don César Garcés y yo
éramos inseparables
amigos desde la infancia ;
lo que se llama uña y carne.
Sin embargo , diferíamos
en ideas y en carácter;
que también , como el amor ,
suele gustar de contrastes
^ la amistad. Yo era mañoso,
cauto, sobrio; él arrogante,
ambicioso, emprendedor ;
yo, sin salir de mi cauce,
siempre estuve por lo sólido .
lo positivo y estable;
él por lo heroico y sublime;
yo en la tierra ; él en el aire. . .
Solo en ser á cuál mas pobre
éramos los dos iguales.
Asi cu nuestra juventud ,
yo un domingo y él un martes,
dijimos muy huecos: cata
á Periquito hecho fraile ;
yo, porque en mi pecador
se proveyó una vacante
de meritorio en valores
con tristes cuatro mil reales ;
él, porque obtuvo la mano
de una dama interesante,
y con un millón de dote ;
que fué chiripa notable.
Otro lo hubiera empleado
en casas, en olivares,
ó lo hubiera puesto á rédito...;
pero él desdeñó — ¡alma grande í
esas ideas mezquinas
y esos cálculos vulgares.
Sin mirar á que fué pronto
padre de un robusto infante
echó carretela y tílburi ,
y á los cinco años, en bailes,
juego, convites,... ¡adiós
millón ! Requiescat in pace ;
millón que hiciera feliz
á otro hombre menos orate,
y á él le trajo larga serie
de zozobras y pesares.
Arruinado ya, aceptó
una comisión en Cádiz,
con la cual solo ganaba
para no morirse de hambre.
Pasados otros cuatro años
murió del cólera Carmen
su mujer. — ¡ Pobre señora ! —
Vuelve César á instalarse
en Madrid ; no se resigna
á una pobreza humillante.
y para cumplir su afán
— 16^
de hacer ruido á todo trance
y reparar su derrota,
ve una ocasión favorable
en el restablecimiento
de las patrias libertades.
Con sus buenas relaciones,
su talento ; — porque era hábil
para todo; — su osadía...
y un pulmón de piedra jaspe,
pronto brilló en la tribuna,
en la prensa, en todas partes;
fué diputado seis veces
y no sé cuántas alcalde,
empresario, senador,
gran cruz aquí y en extrángis ,
ministro de la corona...
Luisa. ¿Y son esos los desastres...
D. Prud. ¡ Ay! bajo el lauro frondoso
hervía , bramaba el cráter ,
y aquella aparente gloria
era el infierno de Dante.
Luisa. ¡Cómo...
D. Prud. Hoy triunfaban los suyos ,
y mañana sus rivales;
siempre en vela, siempre en lucha,
ya se la veía en auge
por ensalmo , ya pasaba
de la poltrona á la cárcel; —
del Capitolio á la roca
Tarpeya, hablando en lenguaje
técnico ; y la oposición
le achicharraba la sangre,
y envejecía á galope ,
y se aniquilaba á escape ,
y en cierta ocasión falló
poco para fusilarle ,
y emigró dos ó tres veces ;
y por fin , lleno de achaques
y disgustos y pasiones ,
lejos de los patrios lares
á este mundo de miserias
ha dado el último vale.
Luisa. ¡Pobre señor !
D. PnuD. Yo entretanto ,
sin soñar triunfos ni altares,
y buen ciudadano siempre,
pero huyendo de afiliarme
en las huestes de ningún
partido beligerante ,
en el nuevo orden de cosas
fui descubriendo paulatim
cien medios de desplegar
mis instintos industriales.
En poco tiempo , sin agios
ni trapisondas ni fraudes,
reuní un capitalito
que hubiera sido bastante
á mis modestos deseos ;
mas como luego contraje
matrimonio con la santa
de quien eres fiel imagen ,
y aunque pobre á la sazón,
era de ilustre linaje ,
por ella multipliqué
mis tareas, mis afanes; —
por ella y por tí , hija mia ,
dulce fruto de un enlace
que era mi orgullo... ¡ Ay ! en breve
lo deshizo inexorable
la muerte.
Luisa. ¡Ah!
D. Prdd. ¡ No quiso Dios
tomar mi vida en rescate
de la suya!
Luisa. ¡ Oh madre mia!
D. Prud. Desde aquel amargo trance
entera te consagré
la ternura inagotable
que antes feliz repartía
entre la hija y la madre ;
y á tu porvenir mirando ,
por más que el oro á raudales
llovía Dios en mis arcas ,
nunca tenía bastante.
Luisa. ¡ Padre amado ! . . . Pero yo
no quiero que usted trabaje
tanto...
D. Prud. Tú creerás que aun vivo
remando... No. Todo lo hace
mi crédito. Los negocios
más saneados me salen
al encuentro, y adocenas
se los cedo á mis cofrades.
No obstante , ya he liquidado
eon muchos corresponsales,
y en lo que resta de mes
dejo de ser negociante
para vivir de mis rentas
como un príncipe de Gales. —
Pero ¿ en qué vendrá á parar
ese prolijo romance?
dirás tú. Vas á saberlo.
Rico , bien quisto, boyante ,
no hay quien su puerta me cierre
ni quien mi mano rechace.
En las tres aristocracias
del oro , el genio y la sangre
pudiera elegir un yerno ;
mas la amistad invariable
que profesé al desgraciado
Don César, las relevantes
prendas de su hijo Mauricio...
Luisa. ¿Qué oigo! ¿Quiere usted casarme
con él...
D. Prud. Sí. ¡Qué guapo mozo!
En nada ha salido al padre.
Le confió á mis desvelos,
y á fé que no lo hizo en balde.
¡ Qué talento ! ¡ Qué cordura !
¡Qué carrera tan brillante !
¡ Tan joven , y ya es togado ! —
Ni yo he querido fiarme
de sus cartas y de informes
que pudieran ser parciales.
Poco antes de que salieses
tú del colegio hjee un viaje...
Luisa. Si; ya recuerdo...
D. Prud. Pues fui,
como un espía , á observarle
de incógnito... ¡Es una alhaja!
Bien puedes felicitarte...
Luisa. Mas sin tratarle no puedo...
D. Prud. ¿Quién dice que no le trates?
No exijo que ciegamente
suscribas á mi dictamen ;
que eres mi hija , no mi esclava.
Luisa. ¡Oh bondad!
D. Prud. ¿Soy yo algún cafre?
Os veréis , os trataréis,
y si las dos voluntades
no se conforman... Hoy llega
á Madrid.
Luisa. ¡ Ah ! ¿Luego el catre
nuevo...
D. Prud. Es para él. — Ya tarda.
Luisa. ¡ Cómo !... ¡ Ay Dios mío! Este traje.
Permítame usted...
D. Prud. ¿Qué importa...
Tú siempre estás elegante
y bonita.
Luisa . No ; es preciso . . .
D. Prud. (Riéndose.)
Bien.
Luisa. No ajusta bien al talle
esta bata.
D. Prud. Bien. Celebro
que desees agradarle.
Luisa. Voy pues...
(Yéndose á sa cuarto.)
(¿Y si no me gusta?
Me están temblando las carnes.)

ESCENA IV.

Don Prudencio

(Tirando del cordón de la campanilla.)
Yo también me vestiré,
que he de salir...
(Llega Martin por donde salió don Prudencio.)

ESCENA V.

Don Prudencio

Martin.
Martin. Señor...
D. Prud. Dame
el frac azul...
Martin. Bien está,
señor.
D. Prud. Un pañuelo , guantes.

(Entra Martin en la habitación de don Pru- dencio.)

Sí; se amarán, y aunque postumo
tributaré este homenaje
á mi amigo... ¡ Ah ! Si él viviera,
seria un gozo inefable
para mí...
(Vuelve Martin con lo que pidió don Prudencio
y le ayuda á vestirse.)
Martin. ' La bala...
D. Prud. Tira...
(Ya hace dos horas mortales
que debió llegar el huésped,
pero como hay tantos baches
en el camino, las lluvias
lo habrán puesto intransitable.
(Tomando de Martin los guantes y el pañuelo.)
Mas si voy al parador
y él viene por otra calle... )
(Á Martin, que le presenta el sombrero.)
Ahora no. Déjalo ahí.
(Deja Martin el sombrero sobre un mueble.)
Juan. (En la puerta del foro.)
Señor...
D. Prud. (Á Martin, y este se retira por donde vino, re-
cogiendo la bata.)
Nada mas.

ESCENA VI.

Don Prudencio

Juan.
D. Prud. ¿Qué traes?
Juan. Por usted pregunta un joven...
D. Prud, ¡Ah!...
Juan. Que acaba de apearse
de la diligencia.
D. Prud. i Él es !
¿Y le detienes, alarbe?
Juan. Como soy nuevo en la casa...
D. Prud. Díle que pase adelante.
¡ Qué alegría !
Juan. (Yéndose.)
Bien está.
D. Prud. ¡Corre! Y á Ramón que enganche.

ESCENA VII.

Don Prudencio

Bernabé.
D. Prud. (Saliendo al encuentro de Bernabé y abra-
zándole.)
¡ Ven á mis brazos ! . . .
(Reconociéndole y desviándose.)
¿Qué es esto?
¡ Tú en Madrid !
Bern. ¡ Tio querido !
D. Prud. ¿ Qué sucede ? ¿A qué has venido?
j Responde !
Bern. (¡Malo me he puesto!)
Solo mi cariño fiel
me conduce...
D. Prud. ¡Hum!...
Bern. (¡Es bravio!)
A los brazos de mi tio ,
porque no me hallo sin él.
D. Prud. Pues yo me hallo bien sin ti.
Bern. ¡Es posible!...
D. Prud. Y ni es sincero
tu cariño...
Bern. ¡Oh Dios!...
D. Prud. Ni quiero
que me lo pruebes asi.
Bern. Yo juro...
D. Prud. ¡Dar ese pago...
Bern. ¡ Oiga usted!... ,
D. Prud. A mis oficios
de padre, á mis beneficios...
Bern. Yo...
D. Prud. Siempre serás un vago.
Bern. Eso...
D. Prud. Calla y no me enfades.
Saliste de colegial
con una superficial
tintura de humanidades,
y luego, jurando á Dios
que lo hacías muy de veras,
emprendiste dos carreras...
y abandonaste las dos.
Bern. Se oprime el genio en las aulas...
D. Prud. ¡Genio tú!... ¡Y así lo siente!
Gran Dios , ¿ esto se consiente
habiendo en Toledo jaulas?
Por fin, aunque solo un bieldo
merecía tal sobrino,
te proporcioné un deslino
con diez mil reales de sueldo; —
que fué cargo de conciencia
habiendo tantos cesantes; —
y á los cuatro meses..., antes,
vuelta á Madrid con licencia.
Bern. ¡ Es Burgos clima tan frió!...
D. Prud. Te negocié una permuta...
Bern. ¡Para Córdoba! En Calcula
no es mas ardiente el eslío.
D. Prud. Callé, sufrí..., y á mi costa
luego fuiste á Santander.
Bern. ¡ Buen pueblo!, pero ¡ un llover...
No me prueba aquella costa.
D. Prud. ¡Voto á briós !... Pues ¿ a qué lado
giraras ya... ¡ No hay paciencia !...
Y ahora ¿quién te dio licencia ...
Bern. Nadie : yo me la he tomado.
D. Prud. ¡Maldecido... ¡Oh juventud
loca! — Pues ¿no ves...
Bern. Ya veo...
D. Prud. Que perderás el empleo?
Bern. ¡ Eh ! para poca salud. . .
D. Prud. ¡Poca salud...
Bern. Sí señor.
Mi espíritu se anonada,
mi talento se degrada
en puesto tan inferior.
D. Prud. ¿Se ha visto igual petulancia ?
Bern. Pagando un hotel garní ,
no un triste zaquizamí,
vistiendo con elegancia,
y para teatro, baño,
café, tabaco exquisito...,
por lo menos necesito
treinta mil reales al año.
D. Prud. ¡Pues! — Hé aquí la cantinela
que hoy entonan a porfía
mocosos que todavía
iban ayer á la escuela. —
Pero, siendo un perdulario...
Bern. Yo...
D. Prud . ¿De dónde sacas hoy...
Bern. Pero ¿olvida usted que soy
sobrino de un millonario?
D. Prud. ¿Y te deben algo á tí
mis millones, botarate?
Bern. No, pero justo es que trate
de honrar á mi tio.
D. Prud. ¿Sí?
¡ Esa traza llevas tú !
Bern. ¿Me niega usted su asistencia?
D. Prud. Sí.
Bern. Pues bien ; la independencia
es mi norte y mi Perú.
D. Prud. ¡Ba!
Bern. Esa crueldad no me arredra.
Con dramas y gacetillas
mi pluma hará maravillas
desde Calpe á Pontevedra.
D. Prud. ¡Bravo!
Bern. En Córdoba, en Cantabria,
por mis doctos manuscritos
saben ya los eruditos
quién es Bernabé Sanabria. —
Yo esperaba mas agrado
del pariente á quien me postro,
siquiera porque mi rostro
está ya litografiado.
D. Prud. ¡ Cómo!...
Bern. Sí, señor; ya campa
seudónimo en un folleto;
que aun no he dado, — soy discreto,—
mi propio nombre á la estampa.
Así excito el interés
dando mi cara por muestra,
que es una obra maestra :
cuya, se sabrá después. —
Pero usted ha visto ya...
D. Prud. ¿Qué?
Bern. El folleto...
D. Prud. (Entre dientes.)
¡ Será alhaja !
Bern. Lo envié con una faja...
D. Prud. No sé... Por ahí estará...
Bern. ¡ Qué oigo ! ¡ Tal desprecio ha hecho
usted...
D. Prud. Con tantos negocios...
Y si algo leo en mis ocios,
son cosas de más provecho.
Bern. Obras tengo de más fuste
que esa bagatela ; pero
no hallo impresor ni librero
que entre conmigo en ajuste.
(Dándose una palmada en la frente.)
¡ Ah ! ¡ Soberbia idea !
I). Prud. ¿Cuál?
Bern. Hágase usted mi editor...
I). Prud. ¡Yo!
Bern. Y en poco tiempo...
D. Prud. ¡Horror!
Bern. Duplica su capital.
D. Prud. ¡ Ba!... ¡ Miren por qué registro
mésale !...
Bern. Es negocio.. .
D. Prud. ¡ Aparta !
Bern. (¡Oh tio atroz!)
Juan. (Llega con una carta, que entrega á don Pru-
dencio, retirándose en seguida.)
Esta carta
de su excelencia el Ministro.
(Don Prudencio abre la carta y la lee para si.)
Bern. (Un tio apacible y pródigo ,
vaya , pase ; pero un tio
tan huraño como el mío
debe estar fuera del código.)
D. Prud. (Me llama... Me espera... Iré.
(Guardando la carta y tomando el sombrero.)
El ferro-carril del Norte...)
Bern. Con que ¿me da pasaporte
mi lio...
D. Prud. Oye , Bernabé.
Pobre como tú nací;
más, porque el hado inclemente
no me deparó un pariente
que hiciese nada por mí.
No he heredado ningún predio,
dije, luego aquello de:
»Con el sudor de tu...» ¿eh?
me coge de medio á medio.
Y me soñé en el emporio
déla fortuna aquel dia
en que tras larga porfía
me nombraron meritorio.
Aspirando, sin embargo,
á vivir independiente,
no me ceñí solamente
á desempeñar mi cargo.
Oliendo lo que venía,
en vez de echarme en el surco,
iba á la calle del Turco
á aprender taquigrafía.
Sin faltar á la liturgia
de empleado hombre de bien ,
tomé lecciones también
de química y metalurgia.
Pero sin ayuda externa
mal podia yo hacer casa
con la dotación escasa
de plaza tan subalterna.
Por fin , pelechar consigo
con un negocio seguro
prestándome un peso duro
don César mi buen amigo.
Bern. ¡Es hazaña...
D. Prud. No común ;
pero ello es que de tal suerte
me ingenié, que el peso fuerte
no se me ha acabado aún.
Bern. ¡ Hacer esa maravilla
un duro !
D. Prud. Sí, Bernabé. —
¿Lo creyeras !... Yo inventé
los fósforos de cerilla.
Así y con tan corta suma
fui mi fortuna labrando;
murió luego el Rey Fernando,
y creció como la espuma ,
porque hubo ya mil resortes
que tocar , y me valía
mucho la taquigrafía
en el jurado , en las Cortes;
y ya bien relacionado
entré en mas pingües negocios ;
puse giro, tuve socios,
compré papel del Estado,
fincas... En resolución,
ya el meritorio es un Creso ,
y cada real de aquel peso
me ha producido un millón.
Bern. ¡Gran Dios!
D. Prud. Y á nadie defraudo. . .
Bern. (Hay fortunas insolentes.)
D. Prud. ¿Qué estás diciendo entre dientes?
Bern. Nada; que admiro y aplaudo...
D. Prud. Ahora di: quien su caudal
ha adquirido de lal forma
y siempre tuvo por norma
ser probo , caulo y formal;
quien remó así dia y noche
¿quieres que dé barro a mano
á un sobrino casquivano
para que triunfe y derroche?
No te pase por Jas mientes
semejante idea. Vive
á tus anchas, viaja, escribe...,
pero conmigo no cuentes.
Lo único que haré por ti
es alcanzarte el perdón
de tu loca deserción.
Bern. Yo...
D. Prud. Por hoy, quédate aqui.
Bern. ¡Ah!
D. Prud. Y mañana á Santander...,
ó a California si nó ,
á la Icaria...; adonde yo
no te vuelva más á ver.

ESCENA VIII.

Bernabé

i Me echa ! ¡ Me cierra su bolsa
¡Tu sagrada voz desoye,
próvida Naturaleza ,
porque él es rico y yo pobre !
¿Qué sobrino, santo cielo,
desde Cornelio Nepote
hasta la fecha, fué víctima
de iniquidad tan enorme ?
Esto clama á Dios venganza ;
esto...

ESCENA IX.

Bernabé

Luisa.
Luisa. ¡Papá...
Bern. (¡Linda joven! —
¡ Ah! Mi prima...)
Luisa. (Cortada.)
Yo...
Bern. Ha salido...
Luisa. (¡Es Mauricio!)
Bern. (¡Son dos soles
sus ojos!)
Luisa. (Sí, el traje...) Usted
llega ahora...
Bern. Sí: del coche
diligencia me apeé
habrá unos trece ó catorce
minutos...
Luisa. Muy bien venido
sea usted...
Bern. Gracias. (Me acoge
mejor que el papá.) Mil gracias.
Luisa. Mas ¿qué veo! Esas facciones...
Bern. Pues ¡qué!... (¿Me tendrá por otro?)
Luisa. ¡ Qué sorpresa !
Bern. ¿Cuándo ó dónde...
Hasta ahora nos conocíamos
entrambos solo de nombre...
Luisa. Tal creí, pero...
Bern. (Me mira...,
sonrie... Mi coram vobis
hace efecto.) Esa sorpresa
¿de qué nace... (¡ Qué buen golpe
fuera...)
Luisa. (Tomando de encima del velador el folleto á que
antes se aludió y mostrando la estampa á Ber-
nabé.)
Esta litografía
por mí responda.
Bern. (¡Mi croquis!...)
¿Tanta habrá sido mi gloria
que en ese bosquejo informe
se hayan fijado indulgentes
tus ojos encantadores?
Luisa. Yo ignoraba... ¿Quién dijera...
Bern. Prosigue; no te sonrojes...
(¡Oh fortuna!) Almo pudor
hace salir los colores
á tu lindo rostro. ¡Oh Luisa!
¿Será un delirio, una torpe
decepción lo que me anuncia
gozosa el alma? Responde.
Al ver en mí original
y con todos los resortes
de la vida ese facsímile
que no dice oste ni mostc,
¿qué siente tu corazón?
Luisa. Mi corazón... no es indócil...
Bern. ¡Ah!...
Luisa. Y cree ya sin violencia
en las predestinaciones.
Bern. (Esto es hecho.) ¡ Hermosa mía !.,
Luisa. Y pues estamos acordes...
Bern. Sí, sí.
Luisa. Y pronto en santo lazo
nos unirá el sacerdote...
Bern. (¿Qué escucho!)
Luisa. Sin liviandad
puedo decir al consorte
que me destina mi padre...
Bern. (¡Oh!)
Luisa. Que cumpliré sus órdenes
con sumo placer.
Bern. (¿Qué es esl°?
Si para yerno me escoge,
¿cómo tan airado... Tienen
estos señores mayores
caprichos...)
Luisa. Ese silencio...
Bern. No en tu disfavor lo gloses ;
es que el gozo me embelesa,
y me extasía y me absorbe...
¡Oh cara Luisa!
Luisa. ¡Oh Mauricio!
Bern. ¿Eh? (¡Cayó eu ruinas la torre
de mi soñada ventura!)
Luisa. ¿Qué veo! Otra vez inmóvil,
mudo... ,
Bern. (A otro ha destinado
su mano el lio y su dote;
no hay duda.)
Luisa. ¿Cuál es la causa
de tantas cavilaciones?
Bern. (Y ella me ama; sí; hacia mí
correr he visto á galope
su corazón. La conquisto
en menos de un paternóster,
¿y he de resignarme ¡oh Dios!
á que un quídam me la robe?)
¡Luisa, Luisa!
Luisa. No comprendo. . .
Juzgaré, si usted no rompe
el silencio, que otro amor...
Bern. (Con la mano en el pecho.)
No ; por el Dios que nos oye
te juro que aqui perene
más que en lámina de bronce
tengo grabada tu imagen;
pero el hado... (El tiempo corre.
Se descubrirá el enredo...)
¡Luisa, soy leal , soy noble!
(Hagamos del ladrón fiel.)
Luisa. No lo dudo...
Bern. Y aunque llore
mi franqueza, yo... soy yo,
y no puedo ser otro hombre.
Luisa. Pero...
Bern. Yo no soy Mauricio.
Luisa. ¡Santo cielo!...
Bern. Y solo un drope
para prendar á su dama
falsifica el pasaporte.
Luisa. (¡Fatal error!) ¿No es usted
Mauricio!
Bern. Ni Gil, ni Cosme,
31 —
Luisa,

Bernabé

Luisa .

Bernabé

ni... Soy Bernabé.
¡Mi primo!
Tu primo, sí; mas no es óbice
el ser primo para amarte
mas que amó Céfalo á Prócris
y mas que Píramo á Tisbe
y mas que á Venus Adonis.
Y si no mintió tu labio
cuando entre perlas y flores
premío con dulces acentos
mis amorosos trasportes ,
yo reino en tu corazón,
Luisa, no ese monigote
intruso, por mas que un padre
temerario le lo endose.
Yo... (No sé qué responderle.)
Aqui no hace nada el nombre.
Yo soy el propio individuo
litografiado por López
que miraste con agrado
aun antes de ver el molde:
soy el que has favorecido
con miradas que los dioses
envidiarían y halagos
que enternecieran á un roble;
luego entre Mauricio y yo
uno es forzoso que sobre,
y el que sobra es mi rival,
y yo debo ser tu cónyuge;
que no es de sesudas hembras
amar por partida doble.
Pero es Mauricio, no usted,
el novio que me propone
papá.
Sin haberle visto...
Nunca.
Ya; será algún procer..
No.
Algún millonario...
Menos.
Pues siendo así, ¿ qué razones
le obligan á decidirse
por un yerno tan mediocre ?

Luisa

Ber.n.

Bernabé

Ser hijo de un tal don César
con quien tuvo relaciones
de amistad.
Yo soy su deudo,
que es mas ; y á mí me conoces ;
á él uo.
De vista.
Los ojos
siempre fueron los mejores
intérpretes del amor ;
y pues yo no soy miope,
ni tú...
No hay cariño sóüdo
sin que en el trato se apoye,
y nosotros...
¿ Ya te olvidas
de las predestinaciones,
ingrata ? ¿Ya no recuerdas
que unánimes y conformes
desde la infancia latían
nuestros tiernos corazones?
Dos años tendrías tú,
que aun ibas con andadores,
y yo siete, que son quince
para los genios precoces,
cuando partia contigo
mis juguetes, mis bombones,
y ya en pueril jerigonza
te requería de amores.
No hago memoria...
(Ni yo.)
No habrá quien de ello se asombre.
¡ Tan párvula !... Yo, bien mío,
aunque en diverso horizonte
crecimos, siempre te amé;
siempre fuiste único norte
de mis pensamientos, Luisa.
Yo en mi mente desde entonces
vi progresar por instantes
tus gracias, tus perfecciones,
y á ser pintor , te pudiera
retratar en cuatro toques
como fuiste á los nueve años
00 —
y como fuiste á los doce.
Luisa. ¿ Será verdad ?
Bern. ¡ Si, ángel bello !
Luisa. Mas si mi padre se opone. . .
Bern. Tal vez ; y acaso de mi
te dará malos informes ;
te dirá que sin sosiego,
como si tuviese azogue
de pueblo en pueblo vagando
cruzo valles, salvo montes...
Y te dirá la verdad ;
mas no te dirá que el móvil
de tal movilización
es que no encuentro en el orbe
fuera del que Luisa habite
un lugar que me acomode.
Así herido el jabalí
huyendo á través del bosque
mas y mas se clava el dardo
que en sus entrañas esconde;
así...
Luisa. ¡Basta!
Bern. ¡Luisa mia !
Te juro...
Luisa. ¡Oh! no me atolondres.
Bern. Tú me amas... Sí; no lo niegues,
y mi alma te corresponde.
Una insinuación paterna
no es la espada de Damócles.
Resiste, impugna, emancípate,
que contra padres feroces
hay vicarios complacientes
y códigos protectores.
Luisa. No; ¡jamás!
Bern. Pero, á lo menos,
insta, llora, gime, arrójate
á sus pies, dile que me amas ;
¿Sí?
Luisa. Pero...
Bern. Y al fin y al postre
cederá. Es padre...
Luisa. ¡Diosmio!
Bern. Y tú eres su única prole.
(Asiendo una mano de Luisa y en ademan de
arrodillarse.)
¡ Ten piedad !

Luisa

Bien; si; veremos...

Bernabé

Mira que ya estoy al borde
de la desesperación...

Luisa

¡Cielos !...

Bernabé

Y no bien otorgues
el sí perjuro , claré
un escándalo á la Corte.

Luisa

¡Bernabé!...

Bernabé

Sí ; fiero tósigo,
ó áspero cordel, ó estoque
punzante me borrarán
de la lista de los hombres.

Luisa

¡ Ah! no...
Juan.
(En la puerta del foro.)
Don Mauricio...

Luisa

(¡Oh Dios!)
Que entre.
(Se retira Juan.)
¿Qué hago?...

Bernabé

¡ Valor ! Pon le
mal gesto, y á las primeras
de cambio, un nó y buenas noches.

ESCENA X.

Luisa

Bernabé. — Don Mauricio.
D. Mau. (Saludando.)
Señorita...
Luisa. (Con frialdad.)
Bien venido.
D. Mau. (Saludando á Bernabé. )
Caballero...
Bern. (Con seriedad.)
Servidor.
D. Mau. ¿ No está en casa mi señor
don Prudencio ?
Luisa. No.
Bern. Ha salido.
Luisa. Y pues vendrá usted muy harto
de viajar...
Bern. ¿Qué duda tiene...
D. Mau. Yo...
Luisa. (Mostrándole la puerta de la izquierda más
próxima al foro.)
Allí tiene usted su cuarto.

ESCENA XI-

Bernabé

Don Mauricio.
D. Mau.
(¿Cómo me recibe así ?
¡Esquiva es la niña hermosa !)

Bernabé

(Luisa ha estado deliciosa.
Ahora me toca á mí.)
Poco grato es el preludio...
D. Mau.
¿Eh?

Bernabé

Y como usted nada sabe...
Mas para dar con la clave
no es menester grande estudio.
D. Mau.
No obstante, agradeceré
que usted me la explique.

Bernabé

¿Sí?
Pues es que me quiere á mí
Luisa y no le quiere á usté.
D. Mau.
Ella es libre y yo soy justo.
No me opongo á que le adore
á usted...

Bernabé

¿Cierto?
D. Mau.
Aunque deplore
que no tenga mejor gusto.

Bernabé

Yo...
D. Mau.
No hay qne tomarlo á mal...

Bernabé

Yo le haré á usted ver que valgo...
Pero perdonemos algo
al despecho de un rival.
D. Mau.
¡Yo rival! ¡Despecho yo!
No. Don Prudencio me llama.
pero su hija no es mi dama
y menos mi novia.

Bernabé

¿No?

¡ Cómo ! . . .
D. MÁu. Pues si yo la amase,
¿me anunciara usted mi mengua
sin yo arrancarle la lengua
antes de acabar la frase ?
Bern. ¡Poco á poco, que eso pasa
déla...
T). Mau. Acabemos.
Bern. (¡Qué brusco!)
D. Mau. No es usted á quien yo busco,
sino al dueño de la casa.
Para hablarme de un proyecto
me ha llamado... No sé cuál;
pero es honrado y formal,
tengo pruebas de su afecto ,
y no me traerá mi amigo
á que su hija me befe
y á que venga un mequetrefe...
Bern. ¡Cómo!... ,
D. Mau. A hombrearse conmigo.
Bern. Es que yo...
D. Mau. Abur.

(Entra en la habitación designada y cierra de golpe.)

ESCENA XII.

Bernabé

¡Vaya un ente...
Pero ¿á qué armar una riña ,
si ya en mi favor la niña
ha resuelto el expediente?
Pues, digo, ¡ha echado buen viaje
el Mauricio ! — Loco estoy
de orgullo, de gozo... Voy
á recoger mi equipaje. —
Mía la novia será;
mía ¡ oh gloria!, y el impío
que no quiere ser mi tio...
tendrá que ser mi papá.
i FIN DEL ACTO PRIMERO.

Acto 2

ACTO SEGUNDO.

La decoración del aclo primero.

ESCENA PRIMERA.

Don Prudencio

Don Mauricio.
D. Prud. ¿Es posible !...
D. Mau. Sí , señor ;
y viéndome de tal suerte
desairado , tuve impulsos
de marcharme...
D. Prud. ¿Qué se entiende...
Yo soy el que manda aquí ;
eres mi amigo , mi huésped ,
y nadie se atrevería...
Pero mucho me sorprende
que así te haya recibido
Luisa, sabiendo quién eres.
D. Mau. Sí; yo me anuncié...
D. Prud. Y el trasto
de mi sobrino ¡ meterse
en camisa de once varas. . .
D. Mau. Sin embargo, si él la quiere
— oNj —
y Luisa le corresponde. . .
D. Prud. ¿Cómo, si han estado siempre
separados desde niños
y hasta hoy, no se han visto... Miente
si tal dice. Él habrá osado
tal vez, que á lodo se atreve
mi loco , al verla tan linda
decirle cuatro sandeces
aprovechando mi ausencia;
pero ¿ ella corresponderle !
¡ Imposible ! y más sabiendo
que á ser su marido vienes.
D. Mau. ¿Será cierto...
D. PrfUD. Si, Mauricio;
mi plan, ya hace años , es ese,
para que con dulces lazos ,
ya que otros rompió la muerte,
el cariño de los padres
en los hijos se renueve.
D. Mau. Tanta bondad me confunde
y tal honra me envanece;
pero usted no exigirá ,
supongo, que yo la acepte,
si antes amor no confirma
lo que la amistad promete.
Él solo nos ha de unir ,
él solo ha de darnos leyes ;
que es mengua y dolor y crimen
pronunciar un si solemne
cuando del labio sumiso
murmura el alma rebelde.
D. Prud. No, no; su ventura anhelo
más que la mia , y no puede
ser tirano suyo un padre
que la ama tan tiernamente.
Mas no porque haya mostrado
cierta frialdad al verte,
efecto de su modestia
y poco trato de gentes ,
ó quizá de algún enredo
de Bernabé, desesperes
de hallar en su corazón
la acogida que mereces. —
Ni tampoco es mi designio
que tu voluntad violentes.
Si no te agrada...
D. Mau. ¡Oh! sí; mucho ;
pero si ella...
D. Prud. Finalmente ,
ni te ruego con su mano
ni en renunciarla me ofendes.
Podemos ser muy amigos
sin la intervención de un preste.
D. Mau. ¡Oh! más que amigo, en usted
me ha deparado la suerte
un padre...
D. Prud. ¡Eh! no todavía ,
pero espero serlo en breve.
D. Mau. Mi gratitud...
D. Prud. Es sincera;
no lo dudo. — Ahora conviene
inquirir lo que ha pasado
y conjurar á ese duende...
si le hay.
(Hace sonar la campanilla y un momento des-
pués aparece Juan en lapucrta del foro.)
Vuelve á tu aposento
y dejaá mi cargo...
(A Juan.)
Que entre
mi sobrino, si está...
(Aparece Bernabé saliendo de la habitación
de la derecha que cae enfrente de la de D. Pru-
dencio.)
Lupus
in fábula.
(A Mauricio.)
Adentro.
(A Juan.)
Vete.
Bern. (Ya que me he quitado el polvo
y me he mudado de ropa,
voy... Ardua será la lucha.
pero alcanzaré victoria
si ella...)
D. Prud. ¡Bernabé!
Bern. (¡Mi tio!)
¡Caro tio!... La zozobra
con que...
D. Prud. AI grano. Su Excelencia
á mis ruegos te perdona
tu locura.
Bfriv. ¡Oh venerable
tio insigne! Usted me colma
de bondades...
D. Prud. ¡Que me pagas
bien!
Bern. ¡Oh! Con mi sangre toda
quisiera...
D. Prud. Mientras por ti
me desvelo con heroica
paciencia, ¡tú , procurando
seducir á una paloma
candida, quieres alzarle
con el santo y la limosna!
Bern. ¿Seducir? ¡No! — Mas primero
que á esa acusación responda,
permita usted que postrado
á sus pies sirva de alfombra...
D. Prud. ¡Quieto!
Bern. Este humilde sobrino...
D. Prud. Alza, ó me voy. ¡El hipócrita!
Bern. Alzo pues; pero los astros
del Olimpo...
D. Prud. Habíame en prosa. —
¿Qué títulos tienes tú • .'■
para aspirar á esa boda?-
Bern. Del tres por ciento, ningunos;
no es conocida en la Bolsa
mi firma; pero dejando
aparte los que se apoyan
en la consanguinidad ,
y sin lo que esta persona
pueda valer en lo físico
y en lo moral...
D. Prud. Poca cosa.
Bern. Así es en la opinión
de usted... y en la mia propia;
pero ella, más indulgente
— 4i-^
que usted y yo...
I). Prud
¡Cómo!
Berín.
Me honra
con su amor...
D. Prud
¡Ella!

Bernabé

Y pues Luisa,
que es la interesada, vota
en mi favor...
D. Prud
¡Ba!
Bérn.
Es inútil
que vote su padre en contra.
D. Prud
¿Inútil? Ya se verá...
Pero ese amor de tramoya
¿Cómo nació? ¿En qué se funda?

Bernabé

Mi pecho...
D. Prud
En tí no me asombra
Luisa es mi única heredera,
y soy rico.

Bernabé

Me sonroja
usted. ¡Ah! Yo la idolatro
desde la primera aurora
de la vida.
(Con la mano en el pecho.)
Aquí guardaba
indelebles las memorias
de nuestra infancia; y después,
la intuición, la prodigiosa
virtud del fluido magnético,
blasón de Mésmer y Volta...
D. Prud.
¡Oh!...

Bernabé

Nos identificaba...
D. Prud.
¡Ya basta!

Bernabé

Así...
D. Prud.
¡Punto en boca!

Bernabé

Ama y fecunda — ¡oh prodigio! —
a su pareja remola
la palma de Tremecen,
no sé si al soplo del Bóreas
ó del Noto...
D. Prud.
¡Calla, calla,
calla!

Bernabé

Pero . . .
D. Prud.
No me rompas
el cerebro con tu eterna
chachara.
Bern. , Usted me interroga...
D. Prud. ¡No más! A tí, es excusado.
De Luisa sabré la historia...
Bern*. Bien: en su lealtad confio;
pero si ella corrobora
mi aserto, ¿promete usted
mitig-ar su injusta cólera
y no poner entredicho
á dos almas que se adoran?
D. Prud. Su voluntad será libre ;
mas dudo mucho...
Bern. No importa.
D. Prud. Yo te haré la guerra.
Bern. Bien ;
pero necesito prórroga...
D. Prud. Sí.
Bern. Mal podré defenderme
si tengo que irme á una fonda.
D. Prud. No; te quedarás en casa
unos dias... Vete ahora...
Bern. Y me ha de ser permitido
hablar con mi prima á solas.
D. Prud. Bien.
(Acercándose al cuarto de su hija.)
¡Luisa!
Bern. (¡Tremenda crisis!)

ESCENA II.

Don Prudencio

Bernabé. — Luisa.
Luisa. Papá...
D. Prud. (A Bernabé en voz baja.)
Vete.
Bern. Prima hermosa...
Luisa. Bernabé...
(Bernabé mira con ansiedad á Luisa y se pone
la mano en el corazón.)
— 43-^-
D. Prud. (En voz baja y conduciendo á Bernabé hasta la
otra puerta de la derecha.)
¡Nada de guiños!
Bern. (Con gestos expresivos.)
¡Ah!...
D. Prud. (Haciéndole entrar y cerrando la puerta.)
Ya estás aquí de sobra.

ESCENA IV.

Don Prudencio

Luisa.
D. Prud. ¿Puedo, hija mia, dar fé
con mengua de tu buen juicio,
á lo que teme Mauricio
y asegura Bernabé?
Luisa. ¡Papá!...
D. Prud. Bernabé se jacta
de que le amas.
Luisa. Yo... (¡Ay de mí!)
D. Prud. Y quiero saber de tí
si es su relación exacta.
Luisa. Lo que es amarle,... de fijo
no le sé aun.
D. Prud. ¿Cómo es eso?
Luisa. Pero al verle, lo confieso, •
sentí cierto regocijo...
D. Prud. (¡Malo!) ¿Tanto es el influjo
de su...
Luisa. Es de advertir, papá,
que le habia visto ya...
D. Prud. ¡Tú! ¿Dónde?
Luisa. (Mostrando la estampa litografiada.)
Es este dibujo.
D. Prud. (¡Malhaya!...) ¿Sabías tú
que semejaba á la suya
la cara de esa... aleluya
que trajo aquí Belcebú ?
Luisa. No.
D. Prud. ¿Y rendiste tu albedrio
á esc anónimo bosquejo,
que pudiera ser reflejo
__ u —
de un ladrón ó de un judio?
Luisa. ¡Oh! No soy tan simple yo;
mas cuando el rostro pintado,
que yo vi sin desagrado,
vivo se me apareció,
no sé por qué estraño estigio
cautivó mi voluntad;
y si he de decir verdad
no llevé á mal el prodigio.
I). Prud. ¿Así de otro hombre se prenda
una doncella — ¡qué oprobio! —
cuando está esperando al novio
qne un padre le recomienda?
Luisa. Al contrario; tan propicio
fué mi fallo á Bernabé
porque yo me figuré
que Bernabé era Mauricio.
D. Prud. ¡Ah! ya entiendo: un quid pro quo.
Y el engaño ¿duró mucho?
Luisa. ¡Ay! demasiado.
D. Prud. ¿Qué escucho!
Luisa. Prendas mi labio soltó...
D. Prud. Que no te obligan á nada,
pues yerro notorio fué...
Luisa. Es que después confirmé...
D. Prud. Seducida, fascinada...
Luisa. Tal vez; pero aquel retrato
providencial...
D. Prud. ¡Disparate!
Luisa. Mi primo...
D. Prud. Es un botarate,
un perdido, un mentecato.
Luisa. Pues la cara...
D. Prud. ¡Linda pieza!
Luisa. No anuncia malas costumbres.
D. Prud. Me ha dado más pesadumbres
que hay pelos en su cabeza.
Luisa. Tal me pintó su pasión...
D. Prud. ¡Á tu dote!
Luisa. ¡Quién pensara...
D. Prud. ¡Luisa, no siempre es la cara
espejo del corazón!
Luisa. Pero usted quizá es severo
con mi primo en demasía.
D. Prud. No, no; que es mi antipatía
justa, y probártelo espero.
Pues ¿qué puedo yo anhelar
sino tu bien, criatura?
¡Tan linda, oh cielos, tan pura,
y dársela á ese pelgar! —
Aun es tiempo. De tu mente
deslierra tales ideas. —
Ni yo pretendo que creas
á tu padre ciegamente. —
¡Ah!... Me ha ocurrido una traza
con que, á poco que me ayudes,
espero que ya no dudes
del riesgo que te amenaza.
Luisa. ¿Cuál?
D. Prud. Que á Bernabé respondas,
si lisonjas importunas
vuelve á decirte, con unas
calabazas muy redondas.
Luisa. ¡Yo, santo Dios, y hace poco
que tan risueña le oí!
Si se ve tratado así,
de fijo se vuelve loco.
D. Prud. ¿Loco? Ya lo es.
Luisa. Yo temo,
si mi labio le despide...
D. Prud. ¿Qué temes?
Luisa. Que se suicide.
D. Prud. ¡Ba! No llegará á ese extremo.
Luisa. Solo al saber que venía
Mauricio, habló de cordel
y de tósigo cruel
y estoque... ¡Virgen María!
D. Prud. ¡Oh! el suicidio... Antes que Ovidio
instruyese á los galanes
era ya el plan de los planes
un amago de suicidio.
Y á ese tema volverá
cuando en vano gima y ruegue ;
pero no temas que llegue
al rio la sangre : ¡quiá!
Luisa. ¿Y si de veras me amase?
I>. Prud. Si aun así te guarda fe
seis dias, consentiré
cu que contigo se case;
mas Dios... y tu mismo primo
me librarán del dogal
de que se emplee tan mal
la prenda que mas estimo.
Luisa. Pero, papá, es dura cosa
que sea mi propia lengua
la que le diga su mengua.
D. Prud. Es circunstancia forzosa.
Temerá alguna asechanza
si otro el mensaje le lleva. —
Mas sea eficaz la prueba :
quítale toda esperanza.
Tu ventura , tu sosiego
en esta experiencia fio,
¡y acaso tu honor y el mío í
Luisa. ¡Ah!
D. Prud. Llorando te lo ruego.
Luisa. ¡ No más! Decidida estoy
á hacer lo que usted me ordena.
D. Prud. ¡Ah !... Te doy la enhorabuena
y á mí mismo me la doy.
Luisa. (¡Oh!...)
D. Prud. Le hablarás sin testigos...
Allí está. Voy á llamarle.
Luisa. ¡Tan pronto!
D. Prud. Y por más que charle
echando por esos trigos ,
no te aturda, no te asuste...
Luisa. No.
D. Prud. Serenidad y calma ;
pocas palabras, y al alma.
Luisv. Sí, sí.
D. Prud. (Abrazándola.)
¡ Adiós !
(Abriendo la puerta de la habitación donde se
halla Bernabé, y retirándose por el forillo.)
Cuando usted e-uste.

ESCENA V.

Luisa

Bernabé.
Bern. (Mirando á don Prudencio.)
(Se sonríe... ¡Mal presagio!)
Temblando vengo, ¡oh mi dulce
prima!, á saber mi sentencia:
pero antes que la pronuncies ,
no eches en olvido, Luisa,
que la mujer no es un yunque ,
sino un ser inteligente
y libre, que obra y discurre
y odia y ama motu proprio ;
y no porque un padre abuse
de su autoridad , es justo
que en el siglo de las luces
te sacrifiques. . .
Luisa. Suspende
tu peroración inútil ,
Bernabé. Siento decírtelo,
pero es fuerza que renuncies
á mi mano.
Bern. ¿Por qué, ingrata?
¿Así tu palabra cumples?
¿Así...
Luisa. Si ilusa la di,
disipada ya la nube
que me ofuscó , me retracto.
Bern. ¡ Oh mujer falsa , voluble. . .
Luisa. (¡Pobrecillo! Me da lástima...)
Bern. Tú, que me alzaste á la cumbre
de la gloria, ¡ ay! ¿es posible
que tan pronto me derrumbes...
Mas no ; tú obras instigada
por los que fuerzan impunes
tu voluntad. Tú me adoras,
por más que lo disimules.
Luisa. No hay tal. (Estoy en tortura.)
Bern. Desde antes que fueras nubil
tu padre te destinaba ,
por razones harto fútiles ,
á Mauricio; y como me odia ,
aunque no sé en qué lo funde ,
de mí te ha dicho sin duda
mil horrores, mil embustes.
Luisa. No. (Si no abrevio y me escapo,
soy perdida.) A él no le acuses ,
sino á mí, á mí sola.
Bern. ¡Impia!
¡Tú...
Luisa. Deja ese tono lúgubre.
Bern. ¡Oh decepción! Yo en mi mente
te igualaba á los querubes,
¡ y no sales de la esfera
de las mujeres comunes!
Ya te habrán dicho que soy
pobre , y por eso , en resumen ,
me dejas.
Luisa. Lo mismo hiciera
aunque fueses archiduque.
Bern. ¡Oh! no excedas en perfidia
á los corsarios de Túnez.
Vuelve á ser mi prenda...
Luisa. ¡Basta!
Bern. Y mi delicia y mi numen...
Luisa. Ya has oido mi ultimátum
y ocioso es que me importunes.
Bern. ¿ Se juega así con las almas ,
perjura? ¡No me repulses,
ó aumentarás el catálogo
de los suicidas ilustres!
Luisa. (¡Ay... ya ha aparecido aquello!)
Bern. ¿Te ries? ¡Oh! no me insultes....
Luisa. Bernabé, esa arma está ya
muy gastada..., y no da lumbre.
(Yéndose por el foro , encuentra , ya fuera de
la escena , á don Prudencio , que viene por el
forillo ; allí figura hablar con él durante el bre-
ve monólogo de Bernabé, y en seguida se retira
por la izquierda del mismo foro.)

ESCENA VI.

Bernabé

Me desahucia , me disloca.
¡Oh dolor! Rica y tan guapa...
¡ Qué bocado se me escapa
desde la mano á la boca !
¿ Y á quién debo este tropiezo?
A ese padre Barrabas
que la seduce... ¡ No hay más !
Si papá no mete el cuezo ,
me la llevo á la parroquia,
á pesar del otro hidalgo ,
me embolso la dote y salgo
de pobre. ¡ Ah!

ESCENA VII.

Bf.rnabé. — D. Prudencio.

D. Prud. ¿Se soliloquia?

Bern. ¡ Oh ! ¿Viene usted, padre inicuo,

á deleitarse en mi luto

y á saborear el fruto

de su proceder oblicuo?

D. Prud. ¡Oblicuo! ¿Será más recto

el tuyo?

Bern. ¡ Oh sencilla oveja !

¡Tú...

D. Prud. Óyeme con calma , y deja

tu gongorino dialecto.

Ni blasfemias ni amenazas,

que á mí no han de hacerme mella ,

te harán dueño de la bella

que le ha dado calabazas.

Pero , ya que has hecho fiasco

con Luisa...

Bern. ¡Tirana suerte !

— 50-

D. Prud.

Algo puedo yo ofrecerte

que te indemnice del chasco.

Bernabé

¡ Ah! no. Este dardo punzante
que el corazón me atraviesa,
hasta en la profunda huesa
me desgarrará... No obstante;
como es preciso comer
aun para vivir rabiando,
y bueno es caer en blando ,
ya que uno caiga... ¡Ay!... ¿A ver?
¿Qué cosa...
D. Prud.
Tengo ocasión
de mejorar tu fortuna.

Bernabé

¿Con un ascenso ?
D. Prud.
Con una
bonita administración.
Ber.v.
¡Pche!... ¿Cuya?
D. Prud,
De una señora
dueña de cuantiosos bienes.

Bernabé

¡Ah!...
D. Prud.
Cerca de tí la tienes.

Bernabé

¿Quién...
D. Prud
La vas á ver ahora. —
Esto es, si acomoda el trato.

Bernabé

Sepamos...
D. Prud,
Cincuenta duros
al mes saneados, seguros,
casa, ropa limpia, el plato...

Bernabé

¡ Miseria !
D. Prud.
¿Aun pones mal gesto?
Pues no hay nada de lo dicho.
Voy...
¿No... Y... ¿qué especie de bicho,

Bernabé

¿Viuda?
D. Prud,
No ; de estado honesto.

Bernabé

¿Sí?
D. Prud,
Y no depende de padre
ni tutor, tio ni hermano.
De su dinero y su mano
puede hacer lo que le cuadre.

Bernabé

Será esa mujer horrenda ;
que si nó, ¿cómo se explica...
D. Prod.
Pocos dias ha que es rica.

Bernabé

Ya. Y... ¿joven, ó... reverenda...
D. Prud.
¡Pche!... Ya no es una chiquilla...

Bernabé

Trcintaicuatro...
D. Prud.
Por mi cuenta
ya no ha de cumplir cuarenta ;
pero aun es pasaderilla;
y si os convenís los dos...

Bernabé

¡ Oh , calle usted !
D. Prud
Todo cabe...

Bernabé

¡Horror! ¡Absurdo...
D. Prud.
¿Quién sabe...
De menos nos hizo Dios.

Bernabé

No , no hablemos de eso. — Acoto
la administración.
D. Prud.
Bien hecho.

Bernabé

Pero, ¡su mano, su lecho!
(No lo echaré en saco roto.)
D. Prud.
¡Oh! nadie le obligaría...

Bernabé

Bien; decidido estoy ya.
Vamos, pues tan cerca está...
D. Prud
Como que es huéspeda mia.

Bernabé

¡Ah...
P. Prud
Hoy se muda, y como tiene
su cuarto todo revuelto...

Bernabé

Es natural.
B. Prud
Ha resuelto
recibirte aquí...
(Mirando al forillo, por el cual aparece
Cris
pula.)
Ya viene.
A solas os dejaré...

Bernabé

Bien.
D. Prud
(Se cumple mi deseo.)

ESCENA VIH.

Bernabé

Don Prudencio.— Críspula.
D. Prud. (Á Bernabé , presentando á Críspula, y vice-
versa.)
Crispulita...
Luisa. (¡Oh Dios!)
Bern. (¿Qué veo?)
D. Prud. Mi sobrino Bernabé.
{Entra en el cuarto de don Mauricio.)

ESCENA IX.

Bernabé

Críspuf.a.
Crísp. ¿Es posible?... ¡Usled!...
Bern. (Conviene
disimular mi sorpresa.)
•Sí ; soy el mismo que en Córdoba,
cuando hacía usted tragedias
en el teatro casero
del Marqués de la Luciérnaga,
alborotaba con bravos
y palmadas la platea,
y en una hoja volante
que hice circular impresa
dije que era usted ¡ oh Crispida !
gloria y prez de nuestra escena.
Crísp. Sí, sí. Aun conservo ejemplares...
Por cierto que malas lenguas
dijeron que quiso usted
burlarse de mí...
Bern. ¡Blasfemia!
Crísp. Que había doble sentido
en ciertas frases, y que era,
en fin, el supuesto elogio
una sátira sangrienta.
Bf.rn. Rivalidades, envidias
que persiguen donde quiera
al genio. ¡Sátiras yo,
santo cielo, contra aquella
que con su mágico acento
subyugaba mis potencias
y sentidos! ¡Cuántas veces
cuando era usted Clitemuestra
tuve yo envidia de Egisto
y horror á Oestes y á Eleclra!
Crísp. ¿Qué oigo!
— oo
Bern. (¡Pecho al agua!) Si;
conducido por Minerva
se entró Cupido en mi pecho;
y para que usled lo sepa
de una vez, yo amaba á Críspala
creyendo amar á la Reina
de Argos, y mi corazón
no advirtió aquel... viceversa
hasta que de parle á parle
le hirió la acerada flecha.
Crísp. ¿Será posible... ¿Y por qué
no decirme con franqueza...
Bern. Porque el prestigio del arle
me ofuscaba tan de veras,
que siempre en usted veía
el coturno y la diadema,
y triste mortal no osaba
sublimarme hasta la esfera
donde brillaba la hija
de Júpiter y de Leda.
Crísp. (¡Qué lindas cosas me dice!)
Pues no fui yo tan severa
que negase á las lisonjas
de usted alguna halagüeña
sonrisa...
Bern. Que á mí — ¡ay cuitado!-
me parecía siniestra,
sardónica.
Crísp. No. ¡Qué error!
Bern. (Miento mas que la Gaceta.)
Viendo que en mí se cebaba
la garra de la tristeza,
puse tierra de por medio
esperando que la ausencia
me curase...
Crísp. ¿Quién diria...
Bern. La honda llaga... ¡Ni por esas!
Crísp. ¡Pasión acendrada!
Bern. ¡Atroz...,
trágica!
Crísp. Y yo ¡tan ajena...
Ya se vé; sin despedirse
tomó usted la diligencia...
Bern. ¡Tal fué mi despecho!
Crísp. Y luego
¡no escribirme cuatro letras...
Bern. Por desaliento. Tenia
fija en mi mente la idea
de que usted me detestaba.
Crísp. ¿Yo? ¡Virgen de la Almudena!...
Al contrario...
Bern. Al fin, sabiendo
que residías en esta
villa heroica, me abandono
al influjo de mi estrella :
te sigo ; amor me sugiere
la inocente estratagema
de pedirte ese destino
de mayordomo, albacéa...
ó ¿qué sé yo?... Lo que sé,
y tú ya no ignoras, bella
Crispida mia, es que te amo
con la misma vehemencia
que en Córdoba...
Crísp. ¡Bernabé!...
Bern. Mas con fé pura y honesta
que se somete á los fueros
de la santa madre Iglesia.
CRÍsr. (¿Soy yo quien le ha enamorado
tan ciegamente,... ó mi hacienda?
Todo puede ser. — No, Crispida ;
es imposible que mienta
quien habla con tal fervor,
con tanta... Ni soy tan vieja,
que...)
Bern. (Calla... Cavila... Tiemblo.)
Crísp. (Tal vez, como la belleza,
hace el talento conquistas...)
Bern. (Si esta también me desprecia,
hago un pan como unas hostias.)
¿No merezco una respuesta,
Críspula?
Crísp. ¡Ay!
Bern. Ese silencio
me aflige, me desespera.
¡Ah! Bien lo temia yo;
¡lu corazón me desdeña!
Crísp. (Conmovida.)
¡No, Bernabé! Pero temo
ser — ¡ay! — demasiado crédula.
El cielo me ha dado una alma
sensible, expansiva, tierna...
y una complexión, que... todo
me conmueve... ¡ay Dios!... me altera,
me...
Bern. ¿Qué tienes?
Crísp. (Desmayándose en los brazos de Bernabé.)
¡Yo... sucumbo!
Bern. ¡Mi amor!... (¿También epiléptica?)
¡Señora!... (¡Nada! No vuelve...
¡Ah! Este pomo que le cuelga...;
quizá...
(Lo aplica á la nariz de Crispida.)
Pesa diez arrobas.)
¡Críspula!... (¡Vaya, que es plepa...)
Crísp. ¡Ay!
Bern. Respira.
Crísp. ¡Bernabé!...
Bern. ¿Se siente usted indispuesta!
Llamaré...
Crísp. No. Un pasajero
deliquio... Ya estoy serena.
(Desviándose.)
Pero ¡ah!... ¡Yo en brazos de un hombre!
Bern. De tu amante. (¡Qué pamemas.'j
Crísp. ¡Mi amante!... Recelo... Dudo...
Bern. ¡Oh! Lo juraré, si es fuerza,
postrado á tus pies.
Crísp. Consiento
en que me des esa prueba
de ternura.
Bern. (Hincando una rodilla en el sudo.)
(¡Hum!) ¿Quieres mas?
(¡Mal haya, amén, la pobreza,
que así humilla á un elegante!)
Crísp. ¡Oh! El júbilo me enajena.

ESCENA X.

Bernabé

Crtspula. — Luisa. — Don Prudencio.
Don Mauricio.
(Luisa aparece por el foro, y poco después don
Prudencio y don Mauricio por la puerta del
cuarto de este último. )
Luisa. (Vuelvo...)
(Con grito de sorpresa.)
¡Ah!
Bern. (Levantándose rápidamente. )
(¡Luisa!)
Crísp. {Sin haber visto á Luisa, y abrazando á Ber-
nabé.)
Alza á mis brazos.
Bern. (¡Que no me trague la tierra!)
D. Prud. Ya es hora... ¡Bravo!
D. Mau. ¡Sublime!
Bern. (Cortado.)
Es un paso de tragedia...
Nos conocimos en Córdoba,
y la afición... Una escena...
Crísp. La verdad es que él me adora
ya hace un año...
Luisa. (¡Ah! ¿Quién creyera...)
Crísp. Y que yo le correspondo.
D. Prud. Sea muy en hora buena.
Crísp. Y que pronto con la mia
se unirá amante su diestra
bajo la casta coyunda
que nuestras almas anhelan.
¿No es verdad, caro consorte?
Bern. Sí, querida esposa. (¡Horrenda
situación! )
D. Prud. Celebro...
Crísp. Gracias.
(Tomándole el brazo.)
Sigúeme ahora...
Bern. (¡Paciencia!)
Crísp. Que, pues mi dueño has de ser
pronto, quiero que intervengas
desde ahora en mis negocios.
Bern. Bien.
Crísp. Denme ustedes licencia...
D. Prud. ¿Se vá usted...
Crísp. No todavía.
Nos veremos en la mesa.
Hasta luego. — ¡Ah! Sin perjuicio
de pasar la papeleta
de costumbre, están ustedes
convidados á la fiesta.
(Váse con Bernabé por el forillo.)

ESCENA XI.

Luisa

D. Prudencio. — D. Mauricio.
Luisa. (Echándose en los brazos de D. Prudencio.)
¡Ay papá!
D. Prud. ' ¿Lo ves? Tu primo
es un farsante.

Luisa. Un bribón.

D. Mau. Un desdichado.

Luisa. ¡Jurarme

que muere por mi de amor,

y verle luego en los brazos

de una vieja!... Esto es atroz.

D. Mau. Si le pesa á usted...

Luisa. Me pesa

en el alma; sí, señor;

no por perder tal alhaja,

sino solo porque soy

tan simple que necesito

recibir esta lección.

D. Mau. Yo me felicito de ella,

Luisa, y aun más del candor

con que usted confiesa y siente

su falta de previsión ;

pues eso , y las circunstancias

singulares de que estoy

bien informado, disculpan

á mis ojos un error

que nació de la cabeza,

pero no del corazón .

Luisa. (Con ingenuidad cómica.)

¡Y es verdad! — Mas aunque, á fuer

de caballero español,

tan generoso y galante

me da usted la absolución,

no debo aceptarla cuando

yo misma no me la doy.

D. Prud. ¿Oyes? ¡Es un ángel!

D. Mau. Sí;

y cuando sus gracias nó,

bastaría á cautivarme

ese excesivo rigor

con que se juzga á sí misma.

Luisa. ¡Si no merece perdón

mi locura! Sin embargo ,

de usted puedo sin rubor

aceptarlo, padre mío,

porque sabe usted que yo

si no me lo concediese

moriría de dolor.

D. Prud. ¡Oh! tú no lo necesitas,

mi amada Luisa; que aun hoy

me has dado una prueba insigne

de cariño y sumisión;

pues cuando, padre amoroso

y no tirano feroz,

para salvarte del lazo

que ese aleve te tendió

consejos te di , no leyes ,

fuiste dócil á mi voz.

Luisa. Sí; y aunque pese á mi orgullo,

que de la prueba salió

lastimado , ahora confieso

que un padre es siempre el mejor

consejero.

D. Prud. Yo esperaba

que me diesen la razón

el tiempo y tu buen sentido,

pero no que tan precoz

fuese el fruto. — Ya, supongo,

no te angustiará el temor

de que Bernabé, arrastrado

por la desesperación,

se suicide.

Luisa. Ya lo ha hecho.

D. Prud. ¡Cómo...

Luisa. Sí. Pues ¿qué mayor

suicidio que ser marido

de tan rancio cronicón?

D. Mau. En efecto.

D. Prud. ¡Qué donosa!

Yo aplaudo ese buen humor,

presagio de gozo y dicha

para todos. Sí; los dos

seréis mis hijos...

Luisa. ¡Papá,

por Dios... ¿Qué dirá el señor?

D. Mau. Que la amo á usted y mi gloria

cifro en tan feliz unión.

Luisa. Gracias por tanta bondad;

mas yo, ¿con qué cara voy

á aceptar... Confiese usted

que es crítica situación

la mia.

D. Prud. No tal.

D. Mau. ¡Me encanta!

Luisa. Sin poder hablar en pro

ni en contra... ¡Jesús! Arréglenlo

ustedes allá los dos,

porque, lo que es yo, ni digo

que sí ni digo que nó.

ESCENA XII.

Luisa

Don Prudencio. — Don Mauricio. — Juan.
Juan. Un caballero desea
hablar con usted...
D. Prud. ¿Quién... ¿Cómo
se llama?
Juan. Se nombrará
cuando estén ustedes solos,
me ha respondido.
D. Prud. En buen hora.
Mientras recibo á esc... anónimo,
(Mostrando el cuarto de Luisa.)
entrad allí...
(Á Luisa)
Dale el brazo,
que es tu huésped... y tu novio.
Luisa. (Entre risueña y avergonzada.)
¡Vaya!
D. Mau. ¡Oh Luisa!...
D. Prud. Así me gusta.
Pronto seré con vosotros.
(Á Juan.)
Qué entre.

ESCENA XIII,

Don Prudencio

Don César.
D. Prud. ¿Quién será ese quidam
y qué querrá... Algun socorro
tal vez...

(Entra D. César y antes de hablar se cerciora de que está á solas con D. Prudencio.)

D. CÉs. ¡Prudencio!
D. Prud. (Para si.)
Esa voz...
¿Será ilusión?... Ese rostro...
D.Cés. Dame los brazos.. . ¡Soy César!
(Se abrazan.)
D. Prud. ¡Ah!... Si; mas... ¡Tú...
D. CÉs. No me asombro
de que aun mi mejor amigo
me desconozca: ¡tan otro
soy del que fui!... Y además,
este traje , los anteojos,
la barba gris...
D. Prud. ¡Pobre César!
Te suponía...
D. CÉs. ¡En el hoyo!
D. Prud. ¿Qué mucho, si atestiguaron
tu muerte cartas , periódicos...
y hasta la fé de difunto,
que yo vi con estos ojos?
D. Cés. Ardides de uto desgraciado;
pero aunque ya no blasono
de aquella salud robusta
que tuve cuando era mozo,
aun estoy en pié, á pesar
de enemigos rencorosos.
D. Prud. ¡Enemigos!
D. Cés. Sí, y no dudes
que algunos con sumo gozo
á trueque de ver mi entierro
pagarían los responsos.
D. Prud. No creo...
D. Cés. Tomando el nombre
de otro español mas dichoso
que yo, pues ya se acabaron
las miserias de este globo
para él , vuelvo á mi patria...
D. Prud. Pero ese ardid era ocioso.
La amnistía te comprende...
D. Cés. No la acepto: es un oprobio.
D. Prud. ¿Por qué si nadie te obliga
á renegar de tus votos,
de tus principios... Si fuera
un indulto...
D. Cés. Yo no doblo
la frente á mis enemigos :
ó sucumbo , ó los derroco.
D. Prud. ¡ Es posible!
D. Cés. ¡ Guerra á muerte!
D. Prud. Pero ¿cuál es tu propósito...
D. Cés. ¡ Guerra á muerte! ya lo he dicho.
D. Prud. ¿A quién? ¿Cuándo? ¿De qué modo?
D. Cés. ¿A quién? Claro está: al poder
y á cuantos le den apoyo. — ■
Es decir, á los ministros:
para mí es sagrado el trono.
¿Cuándo? Hoy, y mañana, y siempre,
y sin tregua ni reposo,
hasta que suelten la carga
y la sustenten mis hombros.
¿De qué modo? A todo trance :
en la prensa , y en el foro ,
y en el club , y en la tribuna ,
y en la plaza de los toros,
y en teatros y en cafes ,
tabernas y calabozos ,
combatiendo como un héroe...
ó minando como un topo.
D. Prud. ¡Oh! Tú te ciegas..., ¡te pierdes!
¿Qué recursos...
D. Cés. No estoy solo.
Tengo amigos... Traigo planes...
D. Prud. ¿Y si fuesen ilusorios?
D. Cés. No. De acuerdo con mis cálculos
están los hombres mas doctos
de la Europa. Es inminente
la revolución , y sordo
ya á lo lejos ruge el Austro
precursor del terremoto.
D. Prud. ¡ Dios nos libre! Siempre he sido
enemigo de trastornos.
D. Cés. ¡ Pues ya ! Para un millonario
el statu quo es muy cómodo.
D. Prud. Lo mismo era, ya lo sabes,
cuando elaboraba fósforos.
D. Cés. Bien ; pero la complexión ,
la costumbre, el genio... Somos,
aunque amigos entrañables ,
antítesis uno de otro.
ü. Prud. ¡Oh ambición!
D. Cés. Sí; la ambición
es para mí, no lo ignoro,
el buitre de Prometeo;
pero , ya lanzado al golfo
de la política , lucho
con tempestades y escollos,
y si una vez tomo puerto ,
dos , tres , cuatro se va á fondo
mi frágil nave. No importa
mientras respire el piloto.
D. Prud. Pero á lo menos consulta
la marea, el viento, el polo
antes de embarcarte, y mira
qué gente llevas al corso,
y do qué porte es el buque...
y si hay víveres á bordo...
D. Cés. ¡ Eh! yo uo hilo tan delgado.
Si hemos de preverlo todo...
D. Prud. ¡Oh! No se halla todavía
en sus últimos sollozos
la patria. Descansa, huelga
algunos dias... Supongo
que le hospedarás aquí.
D. Cés. No, eso no, ni por asomo.
No quiero comprometerle.
D. Prud. No lo harás, César, si logro
persuadirte.
D. Cés. , No te canses.
D. Prud. ¡Óyeme por Dios...
D. Cés. , No te oigo.
Ó mandar ó conspirar.
D. Prud. ¡ Santo cielo!
D. Cés. Este es mi horóscopo. —
Mas ya me están esperando...
No me detengas.
D. Prud. ¡Tan pronto!
D. Cés. (Yéndose.)
Sí. ¡Adiós!
(Deteniéndose.)
¡ Ah! ¿Puedes prestarme
dos mil reales?
ü. Prud. Me abochorno
de oirte. Cuanto yo tengo
¿no es tuyo?
D. Cés. ¡ Sí , generoso
amigo !
D. Prud. Pero tan corta
cantidad...
D. Cés. Yo me socorro
para tres meses con ella :
el destierro me hizo sobrio.
D. Prud. (Dándole una cartera y luego un bolsillo.)
Aquí hay seis mil en billetes ,
y aquí algunas onzas de oro.
D. Cés. No. ¡Si digo...
D. Prud. Toma y calla ,
ó me enfado y alboroto...
D. Cés. Bien; clame.
(Guarda la cartera y el bolsillo.)
Dia vendrá,
y acaso esta ya muy próximo,
en que pueda...
D. Prud. ¡ Voto á sanes...
Ya he dicho que me sonrojo...
D. Cés. Bien ¡ basta !
D. Pfiud. ¡ Ingrato ! Con dias
más serenos y más prósperos
te iba á brindar mi cariño...
D. Cés. (Impaciente.)
Gracias...
D. Prud. Mas tu orgullo indómito...
D. Cés. No ; ¡ mi estrella ! Adiós. — ¡ Silencio !
D. Prud. No temas.
D. Cés. Para tí solo
vive César: para el mundo
ha muerto; pero g-Iorioso
en breve desde la tumba
ascenderá al Capitolio.
Esa tarjeta, entre tanto ,
(Saca una y la deja sobre el velador.)
te dirá mi nombre apócrifo
y dónde vivo — Escasea
las visitas..., sobre todo,
de noche, porque allí... ¿Entiendes?
No sea que den un soplo,
y sin culpa pagues tú
lo que pequemos nosotros. —
¡ Ah ! Cuenta con la cartera
de Hacienda , si un dia formo
y presido el Gabinete.
D. Prud. ¿Yo ministro? Antes me ahorco.
D. Cés. ¡Bobada!... Admite siquiera
la dirección del Tesoro.
D. Prud. Pero, ¡ infeliz!, no eres más
que un desesperado, un prófugo,
¿y repartes ya el botin...
D. Cés. Cuento con mi fé, mi arrojo,
mi estrategia... No lo dudes;
dentro de un mes, ó tremolo
victoriosa mi bandera,...
ó me llevan los demonios.

ESCENA XIV.

Don Pkudencio.

¡ Qué delirar ! Está visto

que no hay para él más prójimo

ni más ley que su insensata

ambición. ¡ Dios poderoso ! . . .

¿Me ha preguntado siquiera

por su hijo? Sí , sí ; está loco. —

Y tal vez esa locura

va á ser invencible estorbo

á la esperanza halagüeña

que ya con tanto alborozo

veía realizada...

¿Quién piensa ya en desposorios...

Mas si yo le hubiera dicho :

tu hijo está aquí , y en consorcio

feliz con mi Luisa... ¡No!

Haría de él un neófito ,

un Seide, y envolvería

en su ruina al pobre mozo...,

¿y quién sabe si también

á mi pobre niña, á todos...

¡No, señor! Ya que él se pierda,

no es razón... ¡ Oh ! Ni él tampoco.

Le libraré á su pesar ;

conspiraré si es forzoso ,

imitándole... ¿Qué digo?

Imitándome á mí propio.

Pues ¿no he conspirado ya

como un Fieschi contra el mono

de mi sobrino ? — Sin duda

es este un mal contagioso

como la fiebre amarilla

ó como el cólera morbo.

Lo cierto es que yo he mirado

siempre con terror, con odio

las conspiraciones; y hoy —

¡ el siglo de los fenómenos

es este ! — me he convertido

en conspirador de á folio.

(Se dirige al cuarto de Luisa.)

Acto 3

ACTO TERCERO.

Sala con dos puertas laterales; una á la derecha del actor,

que es la que conduce a la escalera y comunica con

otras habitaciones; otra á la izquierda, que da paso a un

gabinete: muebles de lujo y entre ellos una cómoda.

Es de noche. Luces.

ESCENA PRIMERA.

Don César

Eloy.
D. CÉs.
Conque, en resumidas cuentas,
¿estoy preso aquí?

Eloy

Cabal.
D. Cés.
¿Y es usted mi alcaide?

Eloy

Tengo
ese honor.
D.Cés.
Mil gracias.

Eloy

No hay
de qué.
D. Cés.
¿Y qué cárcel es esta?
¿De Estado, ó correccional?
¿Eclesiástica, ó civil?
¿Política, ó militar?
¿Y á qué acto gubernativo
ó sentencia judicial,
— Ce-
bando ó pragmática debo
esta obra de caridad?
¿Y quién me da testimonio
del atropello brutal
que sufro? ¿Y con qué derecho
se atenta á mi libertad?
Eloy. No sé nada. Mi consigna
es ojo alerta y callar.
D. Cés. Pero, señor, ¿y las leyes?
Eloy. ¿Yo qué entiendo... Eso, al fiscal
Mas ya vé usted que le alojan
con toda comodidad.
D. Cés. Lo estimo.
Eloy. Por esta sala
se puede usted pasear.
D. Cés. ¡Oiga!
Eloy. Y usar á su arbitrio
de aquella puerta, que da
á un bonito gabinete
con alcoba muy capaz...
D. Cés. Celebro...
Eloy. Mas por la otra
será inútil que usted...
D. Cés. Ya.
Eloy. Pretenda salir...
D. Cés. Entiendo.
Eloy. Porque le dirán: ¡atrás!
D. Cés. (¡Destino cruel!
Eloy. (Iba á salir y se detiene.)
¡Ah! De orden
de la superioridad,
será usted tratado aquí
lo mismo que un senescal. —
¿Cena usted?
D. Cés. No.
Eloy. Chocolate
siquiera, ó té...
D.'Cés. (¡Rejalgar!)
Nada.
Eloy. Yo siento infinito...
D. Cés. ¿Quiere usted dejarme en paz?
— C9 —

ESCENA II.

Don César

¡Adiós planes, adiós sueños
dorados!... ¡Fatalidad!
Apenas llego á Madrid
¡preso! Pues ¡dig-o! si van
ocho ó diez minutos antes
atrapan á los demás;
pero ya, por dicha suya,
se habían ido. Del mal
el menos. — Si no me engaño,
los que me han traído acá
son de la ronda de capa. —
Pero ¡qué arbitrariedad!
Primero entra un fariseo,
y otros cinco ó seis detras;
me sorprenden , me amenazan..,
¡Venga el pasaporte! — Ahí va.-
Dése usted preso. — ¡Yo! ¿Quién
lo manda? — La Autoridad. —
Y sin mas explicaciones
me hacen ponerme el gabán,
me llevan á la escalera,
de la escalera al portal ,
entran conmigo en un coche
dos de ellos y el capataz,
me dan el brazo — ¡qué amables! -
con la misma urbanidad
ahora para subir
que entonces para bajar,
y aquí entre cuatro paredes
me dejan sin más ni más.
¡Oh despotismo! ¡Oh venganza!
¡Oh rencor! — Ello es verdad
que algo de esto sucedió
cuando yo mandaba. — ¡Ya!;
pero entonces lo exigían
las circunstancias y las.,.,
¡Pues! Pero ahora, que ha vuelto
todo al estado normal...
¡Oh! ¿y quién me habrá denunciado?
Prudencio... No, no. ¿El? ¡Jamas!
Los pasos me habrá seguido
algún agente sagaz...,
ó se ha ingerido en el club
algún espía venal...
Nada postra mi valor,
probado en la adversidad,
pero mil muertes prefiero
á este congojoso afán ,
á esta amarga incertidumbre.
¿No hay para mí un tribunal?
¿Nadie viene á interrogarme? —
¡Si me pudiera escapar!...
¿Qué haré?... Escribiré á Prudencio...
No me lo permitirán.
(Tirando de uncordon de campanilla.)
Probemos, no obstante. Nada
se pierde por preguntar.

ESCENA III.

Don César

Eloy.

Eloy

¿Qué me manda usted?
D.Cés.
Deseo
escribir.

Eloy

Es natural.
¿Á la familia?
D.Cés.
A un amigo...

Eloy

Á quien usted quiera. No hay
inconveniente... hasta ahora.
D.Cés.
Gracias. (¡Tanta lenidad!...)

Eloy

En el gabinete hay luz,
papel , plumas de metal,
tinta... La oblea es inútil...
D.Cés.
¿Por qué?... Entiendo. (¡Oh suspicaz
tiranía!) Bien; no importa.
Eloy. Mi consigna...
D.CÉs. Bien está.

(Entra en el gabinete.)

ESCENA IV.

Eloy.'

Críspula. — Berivabé.
Eloy. ¡Pobre señor! Me da lástima;
pero obediente y puntual
debo...
(Llegan por la puerta de la derecha Crispida
y Bernabé.)
Crísp. Entra.
Eloy. (¡Calle! La huéspeda
y el sobrino... ¿Á qué vendrán?)
Salió el amo...
Crísp. Ya lo sé,
pero me permitirás...
Me he marchado sin dinero,
y lo tengo que sacar
de esa cómoda.
Eloy. Está bien.
(Yéndose.)
(Mi consigna es muy formal.
Siempre que el preso no salga,
puerta franca á los demás.)

ESCENA V,

Críspula

Bernabé.
Crísp. (Sacando una llave y abriendo la cómoda.)
¡Guardar al irme la llave,
sin sacar antes... ¡Qué enfado!
Tal olvido solo cabe
en un pecho enamorado.
Bern. ¡Eh! ¿Qué importan los dineros?
(Críspula saca una cartera, un bolsillo , luego
la inscripción del Banco, y lo guarda todo.)
(¡Billetes!) Amor es franco...
íjOro!) Le pintan en cueros...
Crísp. Las cien acciones del Banco.
Bern. (¡Hola!)
Crísp. Tu desinterés
te honra mucho, y me conmueve,
pero ese amor ya no es
el del siglo diez y nueve.
Bern. Se ha hecho ya muy sibarita
el niño, muy regalón;
cierto , pero eso no quita
que mi amante corazón...
Crísp. Lo creo, y no seré ingrata
á tanta fe.
Bern. ¡Dulce prenda!
Crísp. Los diamantes y la plata
ya están en la otra vivienda.
Bern. (¡Cespita! Es un Midas; sí,...
con enaguas y corsé.)
Crísp. (Cerrando la cómoda y guardando la llave.)
Lo demás quédese aquí :
mañana lo llevaré. —
Y ahora volvamos al coche,
si le parece, bien mío.
Bern. Sí, sí; que es ya muy de noche...
(y por no ver á mi lio...)

ESCENA VI.

Críspula

Bernabé. — Don César.
D. Cés. (Saliendo del gabinete con una carta en la
mano.)
(La carta...)
Crísp. Oigo pasos...
(Volviendo la cabeza.)
¿Quién...
— 73
¡Ah!

Bernabé

(¡Un hombre aqui... Ella se pasma...)
D. CÉs.
¿Qué es lo que mis ojos ven?

Crísp

¿De dónele sales, fantasma?
D. CÉs.
¡Es posible...

Bernabé

(Á Críspula.)
¿Qué te asombra?

Crísp

(Para sí.)
¿Será... Esa cara...
D. CÉs.
Ese gesto...

Crísp

¡Aparta, pálida sombra!
D. Cés.
¡Críspula!

Crísp

¡César!

Bernabé

¿Qué es esto?

Crísp

Be parte de Bios te mando
que, si eres muerto, lo digas.

Bernabé

¡El... ¡Cómo...

Crísp

Y si estás penando ,
rezaré... ¡No me persig-as!
D. Cés.
Sí, espectro soy para tí...

Crísp

¡Cielo!
B. Cés.
Y tú la rencorosa
furia que se ceba en mí
aun bajo la fria losa.

Crísp

¡Yo!
B. Cés.
Por ti caigo en poder
de mis contrarios.

Crísp

No creo...
B. Cés.
Por tí, implacable mujer,
me veo como me veo.

Crísp

No entiendo...
B. Cés.
Eres mi ángel malo.
¡Tú me has delatado, impía!

Crísp

¿Yo?
D. Cés.
¡Y me llevarás al palo !

Crísp

¿Luego vives todavía?
B. Cés.
Vivo, mas no para tí :
ya lo he dicho.

Crísp

¡Ah! Lo celebro.
B. Cés.
Antes que yo te dé el sí
correrá hacia atrás el Ebro.

Crísp

¿Quién piensa en tales quimeras?

Bernabé

(Algo ha habido entre los dos.)
Chisp.
¡El sí! De mi lo quisieras.
Ya soy otra. Dios es Dios.
D. Cés.
¿Otra? ¡Fácil es!

Crísp

No sé
qué has dicho de delación ;
mas tal cosa no soñé,
ni quiero tu perdición.
Quiero, si, traidor, que sepas
que la suerte, siempre varia,
ya á la dama á quien increpas
hizo rica,... ¡millonada!
D. Cés.
¿Qué importa? Aunque Dios te dé
los tesoros del Perú...

Crísp

Y mi mano es de otro, que...
(Mirando á Bernabé con ternura.)
la merece más que tú.
D. Cés.
¡Oiga!

Crísp

Y con el mismo gozo
sin el oro me amaría,
(yí Bernabé.)
¿Sí?

Bernabé

Si.
D. Cés.
¡ Lástima de mozo !

Crísp

¡ Cómo !

Bernabé

(Estoy en la agonía.)

Crísp

¿Es envidia, ó caridad?
D. Cés.
¡Yo envidia, y lleva contigo
mi mayor calamidad! —
Venga esa mano de amigo.
(Bernabé se la deja tomar aturdido y
confuso.)

Crísp

¡Insolente ! ,
D. Cés.
El á su turno
mártir será... ¡y más que yo!

Crísp

(Con actitudes y tono de teatro.)
¡ Monstruo !
D. Cés.
Ya calza el coturno.

Bernabé

¡Caballero!...
D. Cés.
¡Qué actriz! ¡Oh!
Tiene arrebatos soberbios.

Crísp

¡Vil...
D. Cés.
Y otra gracia...

Crísp

¡ Jesús ! . . .
D. Cés.
Son sus ataques de nervios...
(Viéndola tambalear.)
¡Eh, ya le da el patatús!
Bern.' (Sosteniéndola y volviendo á usar del pomo.)
¡ No , no por Dios ! — ¡ Huele ! ¡ Sorbe !
Crísp. ¡AyDios!...
D. CÉs. ¡Se pierde una jaula...
Crísp. ¡ Aire !
Bern. (Abanicándola con el sombrero.)
(¿ A qué rincón del orbe
me iré yo con esta maula?)
Crísp. (Incorporándose.)
Basta..., y vamonos de aquí;
que de verle me horripilo.
{Á don César , tomando el brazo de Bernabé.)
¡Dios te confunda!
Bern. (¡ Ay de mí !)
Crísp. (Yéndose.)
¡Tigre!
D.Cés. ¡Infeliz!
Crísp. ¡ Cocodrilo !

ESCENA VIL

Don César

Anda, y no vuelva yo á verte,
y otro te saque de penas;
que yo por tan triste suerte
no trocara mis cadenas.
Joven, que tu cuello puedes'
doblar á tal himeneo,
tú la fortaleza excedes
de Hércules y de Teseo.
Pero ya he dado en el hito :
por ser rica es tu deidad.
¡Oh vil interés maldito,
peste de la sociedad !
¡Ah! si tuvieras meollo,
desalentado garzón ,
perdonarías el bollo
por ahorrarte el coscorrón. —
— 7G -
¿Mas seguía , ,ó no , mi huella
esa mujer? ¿A qué vino?
¿Cómo me encuentro con ella
cuando menos lo imagino?
Si humillarme era su objeto
mostrando su Adonis pulcro,
¿ por qué me juzgó esqueleto
desertor de mi sepulcro?
¿Cómo... Pero el tiempo vuela
y en cavilar lo prodigo.
(Hacie?ulo sonar la campanilla.)
Lo que importa es que esta esquela
llegue á manos de mi amigo.

ESCENA VIII.

Don César

Eloy.
Eloy. ¿Qué...
D. Ces. ¿Sabe usted dónde vive
don Prudencio Colmenar?
Eloy. Mucho. ¿Es él á quien escribe
usted?
D. CÉs. (Dándole la carta.)
Sí.
Eloy. Iré sin tardar.
¿Espero respuesta?
D. CÉs. Bien.
Gratificaré el mensaje...
Eloy. ¡Eh.'No...
(Mirando á la puerta de la derecha.)
¡Calle! Ahí está...
D. CÉs. ¿Quién?
Eloy. (Volviendo la carta á don César.)
Tome usted. Me excuso el viaje.
- 77 -

ESCENA IX.

Don César

Don Prudencio.
D. Ces. ¡Prudencio!
(Se echa en sus brazos.)
Ya no me quejo
de mi fortuna cruel,
pues tal consuelo me envía.
D. Prud. ¡César!
D. Cés. Preso estoy...
D. Prud. Lo sé.
D.Cés. Pensé al instante en mi amigo
predilecto...
Hiciste bien.
Te iba á enviar esta carta...
Sin ella' le vengo á ver.
(Dejando la carta sobre ¡a mesa.)
¿Cómo has sabido tan pronto
mi desventura? ¿Ó ya es
tan pública...
D. Prud. Tengo yo
mi policía también.
D. Cés. ¡Tú!... Y te sonríes... ¿Qué es esto?
D. Prud. ¿Y cómo no he de saber
que te han preso , si lo estás
en mi propia casa?
D.CÉs. ¡Qué!
¿tú... acaso...
D. Prüd. Tiene dos puertas...
y con la cochera , tres.
D.Cés. ¡Ah!...
D. Prud. Mira á dos calles...
D.Cés. Ya.
Pero ¿es tu casa cuartel
ó cárcel... Acaba; explícate,
Prudencio, ó sospecharé...
D. Prud. En una palabra, estás
preso de orden mia.
D. Cés.
¡Infiel,
traidor. . . .
D. Prud
Nada de eso.
D.Cés.
¡Infame
espía!...
D. Prud
¡Jesús!
D. Cés.
¿Cuál pues
es lu oficio? ¿Con qué nombre,
dilo lú, designaré
al falso amigo que vende
mi secreto? ¿Eres mi juez
por ventura?
D. Prud
Si; algo hay de eso;
mas no es ese mi papel
principal.
ü. CÉS.
El de verdugo
quizá... Dilo de una vez.
D. Prud
Él de un amigo leal
que desde niño lo fué.
y mas que nunca lo es hoy
aunque con amarga hiél
le insultas.
D. Cés.
¿Qué he de decir,
si veo...
D. Prud
(Con dulzura, sentándose en un sofá.)
Siéntate..., ven...

(Se sienta D. César.)
y oye con calma.
I). CÉS.
Ya te oigo.
D. Prud
Yo te he mandado prender...
por salvarte.
D. Cés.
¡Cómo!
D. Prud.
Ha sido
una farsa, un entremés.
Aquellos fieros sayones
eran mozos de almacén;
su jefe , mi mayordomo;
tu alcaide, un criado fiel.
D.Cés.
Pero... ,
D. Prud.
A no prenderte yo,
te hubiera preso después
la justicia, y ya estarías
entre la turba soez
de ladrones y asesinos
con un grillo en cada pié.
D. Cés. ¿Qué oigo?
D. Prud. Al nombre que has tomado
tendrías que agradecer
esa ignominia.
D.CÉs. ¿Qué dices!
D. Prud. Sí.
D.Cés. ¿En qué lo fundas?
D. Prud. En que es
el de un salteador, fugado
de la cárcel de Jaén...
D. Cés. ¡Qué horror!
D. Prud. Convicto y confeso
de cinco muertes ó seis.
D.Cés. ¡Cielos, y en Suiza pasaba
por honrado mercader...
¡Hé aquí uno de los males
de la emigración!
D. Prud. ¡Ya ves!
D. Cés. ¡Con la máscara falaz
de patriotas, más de diez
picaros alzan la frente
entre los hombres de bien!
D. Prud. Ya es forzoso que renuncies,
si no te quieres perder,
á ese nombre infame.
D. Cés. ¡Oh! sí,
sí; pero ¿cuál tomaré?
D. Prud. ¡Cuál! El tuyo.
D. Cés. Con el mío
caeré mas pronto en la red.
D. Prud. No... Ya eres libre.
D.Cés. ¡Yo libre!
D. Prud. La magnánima Isabel
te vuelve á su gracia.
D. Cés. Acato
su augusto nombre, y á fuer
de buen español , por ella
diera cien veces y cien
la vida ; mas si es preciso
que se humille mi altivez...
D. Prud. Á nadie. — Pero se exice
de tí...
D. Cés. ¡Se exige!
D. Prud. Que des...
D. Cés. Ya; garantías, fianzas...
D. Prud. Palabra de honor...
D. Cés. ¿De qué?
¿De echar un sello ú mis labios
ó decir á todo amén?
D. Prud. Solo de no conspirar...
D. Cés. (Levantándose.)
Pues ya me pueden prender.
D. Prud. (Levantándose también.)
¿Por qué?

D. Cés. Porque,

no lo puedo

remediar, — Conspiraré,

y lo que no be de cumplir

no lo quiero prometer.

D. Prud. ¡Qué temeridad, Dios mío!

Tú quieres que antes de un mes

te deporten á Ultramar,

ó te fusilen tal vez. —

Mas no lograrás tan bárbaro

deseo. Yo estorbaré...

D.Cés. ¡Cómo...

D. Prud. Todo está previsto.

Cerca de aquí, en Leganes,

se ha fundado un excelente

hospital de locos...

D. Cés. ¿Eh?

D. Prud. Y no he de ser yo quién soy,

¡te hago encerrar en él!

D.CÉs. ¡Prudencio!

D. Prud. Pues ¡qué! ¿habrá muchos

que con mas motivo estén

sujetos allí? En mal hora

te tentó el alma Luzbel

con ese orgullo insensato,

con esa hidrópica sed

de mal entendida gloria.

¡Ah! todo viene de aquel

millón que te trajo en dote

tu malograda mujer.

D. Cés. ¡Vuelta á la canción de siempre!

Tu alma, toda sencillez

y dulzura y mansedumbre,

nunca podrá comprender

los arranques de la mia.

Tú con el mismo nivel

mides la grama y el cedro,

el tomillo y el ciprés;

tú...

D. Prud. Pero atiende á razones.

¿De nada te han de valer

ejemplos propios y ajenos?

¿Nunca harás alto — ¡oh sandez! —

en esa vida azarosa

que te trae á mal traer?

Débil, demacrado, trémulo,

seca y rugosa la piel...

¿Quién dirá, César, que yo

te llevo dos años, quién?

¿Y á qué puedes ya aspirar,

como no quieras ser rey?

Te has sentado en las dos cámaras,

y puedes volverlo á hacer,

eres tres ó cuatro veces

ex celen tisimo...

D.CÉs. ¡Pche!

Cualquiera lo es ya.

D. Prud. Ex-ministro

D. CÉs. ¡Ahí está el quid; en el exl

Ahí está mi pesadilla,

mi tósigo, mi cordel.

D. Prud. Deja la carga á otros hombros

que tengan mas robustez.

Descansa. Ya has trabajado

por la patria mucho y bien.

No codicies aquel lecho

de espinas...

D. CÉs. Tal lo llamé

algún dia, mas del labio

no pasaba mi desden.

¡Oh! tú no sabes. Prudencio,

lo que es gustar una vez

aun con mil y mil zozobras

las delicias del poder.

Aquel dorado sillón,

potro y lodo , que lo es,

tiene mágicos resortes

que le hacen aparecer

al que en su mullido asiento

arrellanado se vé,

cuando no altar sacrosanto

al menos regio dosel,

y aquella letal atmósfera,

que te haría perecer

á tí, embarga mis sentidos

con tan celeste embriaguez,

que creo aspirar en ella

los aromas del Edén.

D. Prud. ¡Luego á conspirar te obligan

el despecho, no la fé;

el hábito, no el sistema

que quieres establecer;

no la salud de la patria,

sino tu propio interés!

D. Cés. ¡Te atreves...

D. Prud. Sí; tú lo has dicho.

Por la boca muere el pez.

(Cogiéndole afectuosamente ambas manos.)

¡César!, perdona esta ruda

sinceridad á tu buen

amigo, á tu tierno hermano.

¡Oh! bien me puedes creer;

no sondeo yo impasible

lu llaga ; no. Yo también

padezco, y mucho, al cumplir

con tan penoso deber.

Cede á mis ardientes ruegos,

y no mas más bogue á merced

de los vientos y las olas

tu ya cascado bajel.

Yo venero el amor patrio

y le doy todo su prez,

y hasta excuso los errores

de los que yerran por él ;

mas nunca fue de los héroes

muy numerosa la grey;

ni hay carteras para todos ; W

ni creo que es menester

para eslar bien quisto un hombre

cegarse con su oropel ;

ni es razón que el ciudadano

que una vez ministro fue

conspire y blasfeme y rabie

hasta que lo vuelva á ser.

D. CÉs. Todos «ó...

D. Prud. Pefo ¡tú sí!

Y para que á tí te den

la poltrona ¿bastará

desearla ? Más diré :

¿bastará que la merezcas?

¡César! , tú estas en Belén.

Trabajas...; bien : das el golpe...;

bravo : te sigue en tropel

la plebe, te victorea

y te alza sobre el pavés ;

¡magnífico! Pero el fruto,

como suele suceder,

te arrebata un intrigante,

que detras de la pared

esperó á que en su provecho

armases el somaten.

D. CÉs. En eso tienes razón

como soy César Garcés.

¡Ah! Si ; en las revoluciones

¡cuántos zánganos se ven

que sin haberla labrado

se abalanzan á la miel !

Dolor sería lidiar

hasta morir ó vencer,

para que un advenedizo,

usurpándole» á mi sien,

en la suya — ¡mal pecado!' —

cíñese el verde laurel.

D. Prud. ¡Oh, albricias! Ya la razón

triunfa. Abrázame...

(Le abraza, pero aun se muestra don César re- calcitrante.)

D. CÉs. Deten...

D. Prud. ¡Ba! ¡Si ya estás convencido...

D. CÉs» (Con cómico despecho.)

— 8í —

No me quiero convencer.

D. Prud. (Sin soltarle de los brazos.)

Mira, César; yo no quiero

que te anules, que te estés

quieto en un rincón jugando

al rentoy ó al ajedrez;

no; aun puedes ser á la patria

muy útil con tu saber

y tu experiencia. Discute,

perora, escribe, sosten

tus opiniones políticas

en el campo de la ley...

En fin, no te pido más

que un poco de sensatez.

Honores, ya tienes hartos;

oro, yo te lo daré ;

que á mí me sobra.

D. CÉs. ¡Jamas!

D. Prud. ¡Qué hombre, qué hombre! No es merced ;

es... restitución. ¿Te acuerdas

del duro que te lomé

prestado...

D. CÉs. (Algo conmovido.)

¡Prudencio!

D. Prud. ¿En mil

ochocientos treinta y tres?

A él debo toda mi suerte.

D. CÉs. No; al trabajo, á tu honradez...

D. Prud. Y al duro ; y he de partir

contigo lo que gané ;

que no ha de obrar un cristiano

como un hijo de Israel.

D. CÉs. Tanta generosidad

me confunde; pero...

D. Prud. ¿Qué?

D. CÉs. Mas si tu noble sofisma

me ha podido enternecer,

tengo demasiado orgullo

para aprovecharme de él.

D. Prud. (Saltándosele las lágrimas.)

¡Gran Dios!... ¿Tanto me aborreces,

que nada quieres deber

á mi amistad? Bien está.

Por fuerza yo no te haré

feliz; pero, ú falta de otro,

¡tendrás, César, el placer

de hacerme á mí desdichado!

D. Cés. ¿ Yo ? ; Á tí ! . . . ¡ Nunca !

D. Prud. Sí , cruel.

Tenia un plan que sería

la gloria de mi vejez...

y de la tuya...

D. Cés. ¡ Ah ! ¿ Cuál ? Dime. . .

D. Prud. Ya me daba el parabién...

¡ Vana esperanza ! ¡ Ilusión!...

¿Quién me hubiera dicho ayer...

D. Cés. ¿Qué plan... Explícate; acaba...

D. Prud. Casar á mi hija...

D. Cés. (Como adivinando.)

¡ Ah ! ¿Con quién?

D. Prud. ¡Con tu Mauricio!

ü. Cés. ¡Oh Dios mío!

El hijo que abandoné...

D. Prod. ¿No tenía en mí otro padre?

Es un apuesto doncel

que nos honra. ¡Es magistrado!

D. Cés. ¡Ah! ¿Cuándo te pagaré,

Prudencio amado...

D. Prud. Y mi Luisa

es ya toda una mujer.

(Llamando.)

¡ Luisa !

ESCENA X.

Don Prudencio

Don César. — Luisa. — Don Mauricio.
D. Prud. (Abrazándola.)
¡Mírala en mis brazos!
D. Cés. ¡Ah!¿Yél...
(Mauricio, que ha seguido á Luisa, se arrodilla
ante don César.)
D. Prud. ¡Mírale á tus pies!
D. Mau. ¡ Padre !
-S6~
D. CÉs. ¡Hijo del alma inia!
¡Levanta ; ven á mis brazos !
(Se abrazan.)
D. Mau. ¡ Oh grata sorpresa !
D. Prüd. Abraza
también á Luisa , al encanto
de mi vida.
D. Prud. (Abrazando á Luisa.)
¡Oh! sí. ¡Qué linda!
Luisa. Bien venido sea á honrarnos
el amigo á quien mi padre
siempre amó como á un hermano.
D. CÉs. Gracias, adorable niña. —
¡Ya ves qué mustio y qué flaco
vuelvo á tus ojos, Mauricio!
D. Mau. ¡Ah! sí.
D. CÉs. ¡ Tal vida he pasado !
(Frotándose las manos , y como halagado por
su habituales ilusiones.)
Pero Dios mejorará
sus horas.
D. Prud. (Con inquietud.)
¿Qué dices!
D. Mau. Harto
las mejora para mí,
pues da término á mi llanto
volviéndome vivo el padre
que muerto creí.
D. CÉs. ¡ Siete anos
sin verte ! Mal padre he sido ;
pero... ¡Oh recuerdos amargos!
D. Prud. ¡Eh! ¿Por qué no los destierras?
Luisa. Dice bien papá: en su mano
de usted está el ser dichoso...
y que todos los seamos.
D. CÉs. ¡Yo!... Mi estrella...
D. Prud. ¡Dale, bola!
(¡Aun me hará dar á los diablos
su resurreeion !)
D. CÉs. Mis émulos...
D. Prud. En vez de estar muy ufano
con la boda...
D. CÉs. Y por ventura
¿ me opongo á tan dulce lazo?
Yo les doy mi bendición.
¿Quieres más?
D. Mau. Y yo declaro
que renuncio á tanta dicha ,
aunque me acuse de ingrato
el generoso padrino
á quien debo cuanto valgo,
mientras usted no desista
de proyectos temerarios.
D. CÉs. ¡ Mauricio !
D. Prud. ¡ Esto nos faltaba !
Luisa. (¡ Pues!, ahora que ya le amo
tan de veras.. .)
D. Mau. ¡ Padre mío ! ,
perdóneme usted. Postrado
á sus pies...
D. CÉs. (Deteniéndole.)
¡ Eh! no. Levanta.
D. Mau. Es error, es desacato
que á su padre dé lecciones
un hijo, y de pocos años;
mas cuando corre al abismo
¿le he de dejar, por un vano
respeto, precipitarse,
perderse? ¡No! Si no alcanzo
á persuadirle, otra vez
vestiré de luto amargo
el cuerpo y el corazón ;
mas mi orgullo de hombre honrado,
mi deber de caballero,
y aun la fe con que idolatro
á la hija de mi constante
bienhechor, dictan al labio
tan dolorosa repulsa.
Sí; renuncio al nudo santo
en que cifraba mi gozo,
si otras arras no preparo
á mi dulce compañera
que angustias y sobresaltos,
y tal vez horrible duelo...
No, no; con tales presagios
mi boda fuera una infamia;
que á quien es tan desgraciado
no es lícito ser esposo
ni padre. ¡No, no me caso!
D. CÉs. ¡Basta! No resisto más.
Se acabó el hombre de estado,
el tribuno... Me retiro
al cuartel de los inválidos;
quiero ser amigo y padre ;
¡quiero ser feliz!
D. Prud. ¡Loado
sea Dios!
D. CÉs. (Á Luisa y á don Mauricio, abrazándolos uno
después de otro.)
Ven, hija mia.
Ven tú. ¡Abrazadme! ¡Abrazaos!
(Se abrazan los dos jóvenes, y luego don Pru-
dencio y don César.)
¡Prudencio! — ¡Venciste al fin!
D. Prud. ¡Trabajillo me ha costado!
D. Mau. ¡Luisa!
Luisa. ¡Mauricio!
D. Mau. ¡Oh ventura!
D. Cés. De hoy más, todo me consagro
á vosotros...
Bern. (Dentro.)
¡Tio!
D. Prud. ¡Calle!
¡Bernabé... Pues ¿cómo...

ESCENA XI.

Don César

Don Prudencio. — Luisa. — Don Mauricio.

Bernabé

Bern. ¡Bravo!
Los los padres...; los dos hijos...
¡Buen grupo! ¡Bello espectáculo!
D. Prud. Cierto ; y tú vendrás tal vez
á desentonar el cuadro.
Bern. ¿Yo? No, señor; ni por pienso;
y en prueba de lo contrario,
déme usted su bendición,
porque esta noche me marcho.
D. Prud. ¿Con Críspulá?
¡Dios me libre!
¡Qué escucho!...
Vengo escapado.
¡Cómo!...
Me fríen sus dengues,
y me encocoran sus raptos
hislriónicos, y me abruman,
me aniquilan sus desmayos.
¡Qué pécora!... Y ¿creerá usted, — ■
me estremezco de pensarlo, —
creerá usted, lio de mi alma,
que antes de darme su mano
aquella esfinge, me impone
seis meses de noviciado?
Y que he de ser su galán
hasta que fenezca el plazo;
y me hade lucir... — ¡lo ha dicho!-
en la ópera, en el Prado,
en la fuente Castellana... —
¡Santo Dios!—; y hacerme blanco
de gacetillas y apodos
y pullas... ¡Horror! ¡Escándalo!
D. Prud. ¡Pobre Bernabé! Celebro
que te hayas emancipado ;
y más siendo culpa mia;
que preciso es confesarlo,
el riesgo de que te acabas
de librar por un milagro.
Bern. ¡Vade retrol Á tanta costa
no quiero ser millonario.
D. Prud. Ya se ve, yo no esperaba
que tan de golpe y porrazo...
Bern. ¡Oh! no crea usted que estoy
resentido... Antes aplaudo
la aventura, pues me ha abierto
los ojos... Sí; yo era un trasto,
lo confieso, presumido,
petulante, con los cascos
á la jineta... Ya soy
.otro hombre, y sabré probarlo.
— ; 90 —
D. Prud. ¡Es posible...
Bern. ¡Adiós! Me vuelvo
á Santander. Ya he tomado
un billete de cupé.
D. Prud. ¿Estás en tu juicio? ¿Y cuándo...
Bern. Esta misma noche; dentro
de un cuarto de hora.
D. Prud. ¡Muchacho!
¿No te quedarás siquiera
á la boda...
Bern. ¡Guarda, Pablo!
Las galas, los parabienes,
los festines, los regalos
me harían reincidir
en mis antiguos resabios.
(Conmovido.)
Y no porque no celebre
muy de corazón el casto
nudo...
(Á Mauricio, y le aprieta la mano.j
¡Toque usté esos huesos!
D. Mau. Con mucho gusto.
D. Cés. UQ^ guapo
mozo!...)
Bern. (Pidiendo á Luisa la mano.)
Prima,... si soy digno...
Luisa. (Enternecida rj dándole la mano.)
¿No lo has de ser?...
D. Prud. (Enjugándose las lágrimas.)
(¡Voto al chápiro...
Me enternece... ¡y me embelesa!)
Bern. (Abrazando á su tío, y dispuesto á partir.)
¡Adiós!
D. Prud. ¡ Pero, atolondrado,
¿te vas sin dinero...
{Sacando un bolsillo.)
Toma...
Bern. No, señor. Para los gastos
del camino, aun tengo acjiiri
siete duros y unos cuartos,
y me sobra la mitad.
J>. Prud. {Insistiendo en darle el bolsillo.)
Pero...
Bern. ¡Nada ; ni un ochavo!
D. Prud. ¡Hombre...
Bern. ¡Ah! sí; présteme usted
un duro.
D. Prud. ¡Un duro!... ¡Ah! ya caigo.
(Dándole, un duro.)
Tómalo, hijo mío. — Pero
si le has propuesto emplearlo
en fósforos, mal harás ;
que ya se ha vulgarizado
mucho esa industria.
Bern. No, tío.
Como un talismán lo guardo,
como una reliquia santa
del bienhechor, del oráculo
de mi familia.
D. Cés. (Conmovido.)
¡De todos!
Bern. Como emblema, en fin, y lauro
de la más noble riqueza,
porque es hija del trabajo
y de la virtud. ¡Adiós!

ESCENA ULTIMA.

Don Prudencio

Don César.— Luisa.— Don Mauricio.
D. Prud. ¡Pobre chico! ¡Qué entusiasmo
y qué fé ! Yo le prometo
digna recompensa... Vamos,
venid... Quiero improvisar
esla noche un gaudeamus
en albricias de mi triunfo,
¡de mi gloria! Hoy no me cambio
ni por César...;
(Mirando á don César y sonriéndose.)
el de Roma,
ni por Alejandro magno.

Elenco vivo 8 personajes · 3,108 versos

Pulsa un personaje: sus intervenciones quedan iluminadas y las demás en penumbra. Los versos se cuentan por línea del impreso; las coincidencias, por escena compartida.

PersonajeVersosInterv.JornadasPrimera apariciónCoincide con
1,24911J2, J3, J4J2 · esc. 3Bernabé
89457J2, J3, J4J2 · esc. 8Luisa, Don Prudencio, Don César
27335J2, J4J2 · esc. 1Críspula, Bernabé
2647J4J4 · esc. 1Eloy, Bernabé
1923J2, J4J2 · esc. 1Crísp, Bernabé
13710J2, J3J2 · esc. 9Bernabé
797J4J4 · esc. 1Don César
201J4J4 · esc. 4

Partitura métrica 25 cambios de medida

La música estructural de la comedia: cada tramo es un parlamento, su ancho son sus versos y su color, la medida que La Báscula reconoce. Lope recomendaba décimas para las quejas, sonetos para los que aguardan, romances para las relaciones y redondillas para el amor: aquí se ve dónde cambia. Versión de medida, no de estrofa (romance y redondilla comparten el octosílabo); la estrofa viene después. Pulsa un tramo para ir al pasaje.

Acto 1
Acto 2
Acto 3

octosílabos 16 % · mixto 84 %

Expediente

Obra
El duro y el millón
Jornadas
3
Personajes
8
Versos
3,108
Versificación
octosílabos 16 % · mixto 84 % medida por La Báscula
Fuente
archive.org: elduroyelmillonc00bret_djvu.txt
Estructura
el-duro-y-el-millon.json (jornada › escena › parlamento › verso; acotaciones aparte)
Cita recomendada
Manuel Bretón de los Herreros, El duro y el millón, Poetósfera · Teatrósfera, poetosfera.com/teatro/el-duro-y-el-millon.html

Texto de dominio público, levantado de su impreso y reproducido íntegro con atribución. El hablante se normaliza (la abreviatura del impreso se expande); el verso no se toca. ¿Ves una errata o conoces una edición mejor? Escríbenos desde Sobre la casa.