Acto primero
(Personas: CAROLINA; CATUJA; DON RAMIRO; DON GABRIEL; EL MARQUÉS; DON FULGENCIO; CRIADO.)
ESCENA PRIMERA
(DON GABRIEL, DON RAMIRO.)
vestirlo para salir de casa, sale de las habitaciones
de la derecha dirigiéndose á la pueita del foro, y al mismo
tiempo viene de la calle D. Ramiro.
Ah! va usted á salir...
Sí. Quieres algo?
Recomendar á usted... Mas no hay urgencia.
Cuando usted vuelva le diré...
Al momento.
(Dejando el sombrero en una silla.) De cuanto soy, Ramiro, y cuanto valgo
eres dueño: lo sabes.
(Senlán dose en una butaca.) fonda RSieiltO.
(Se sienta en otia butaca D. Ramiro, dejando también sobre un mueble el sombrero.) Para tí todas son horas de audiencia;
ó por mejor decir, no lo es ninguna.
Cuando tanta es la calila importuna
que sin cesar me hostiga
pidiéndome destinos— qué fatiga!,
tú, siendo mi sobrino, y tan amado,
nada exiges, á nadie recomiendas,
y hasta parece que huyes de mi lado.
¿Posible es que tan caro te me vendas!
Venero corno á un padre á mi buen lio;
pero á usted en su puesto, a mí en el mió,
ó usted en su dorado gabinete..
Donde no hay tregua á mi mortal zozobra...
V á mí en la oscuridad de mi bufete,
el tiempo, caro tío, no nos sobra.
Abora bien, ya que usted me oye benigno,
yo, no invocando la amistad y el deudo;
que sólo á la justicia pago feudo,
por un hombre intercedo, que es muy digno...
Sin duda lo será, pues tú le apoyas.
Ajeno á Jas pandillas y tramoyas
que hacen de España un campo de Agramante,
fiel empleado, inteligente, asiduo,
pero no lisonjero ni intrigante,
sobre su frente dio palo de ciego
un jefe improvisado,
gran repúblico, oh! sí v hombre de estado,
aunque en el ramo que administra es lego.
Quizá por ser moderno quedó fuera...
No, que cuenta veinte años de carrera;
mas la patria exigía una vacante,
á fin de dar lugar en la plantilla
á cierto redactor de gacetilla,
y el director llamante
de una plumada le dejó cesante.
Todos quieren vivir del presupuesto!
Cáncer es este universal, funesto,
que al fin...
Es padre de seis hijos...
Quién?
El agraciado?
No; el cesante.
Ah! bien.
(Dando un papel á D. Gabriel.)
He aquí... Perdone usted si le molesto...
No.
La nota...
No más. Será repuesto.
Gracias...
Ahora soy yo quien pide audiencia.
¡Cómo...
En los días de tu breve ausencia...
Tantos procesos como tengo encima
mi salud quebrantaban, y forzoso
me fué en mas dulce clima
dar al cuerpo y al alma algún reposo.
¡Y con el propio ahinco
has vuelto á trabajar!
El día cinco
ha de fallar la Audiencia
la causa de una pobre á quien amparo.
Gratuitamente!
Es claro.
Se trata de una herencia
usurpada á una viuda...
Yo aplaudo...
Su derecho es inconcuso,
y el tribunal, sin duda,
condenará al ladrón a quien acuso.
Bien está; pero tú...
Descomedido
á mi tío y señor be interrumpido.
¿Qué importa...
En lo del pleito bagamos punto,
y diga usted qué asunto...
Es el asunto
que en el poder por otros codiciado
mi vida es cada dia mas amarga,
que miro la cartera con enfado
y ansio el momento de soltar la carga.
No lo debo extrañar si, como temo,
la situación es critica.
En extremo.
¿Y cómo no ha de serlo cuando Europa,
donde se bacina tanto combustible,
arderá el mejor dia como estopa?
Pues ¿qué diré de la infeliz España?
¿Qué gobierno es posible
donde ludían sin tregua los partidos,
i y tantos son, y á todos la zizaña
los tiene en cien fracciones divididos?
Triste verdad es esa y dura plaga
que á las siete de Egipto no va en zaga.
Sin conlar el partido socialista,
polo opuesto del bando absolulista,
ambos en la discordia casi iguales;
sin contar los secuaces del progreso,
todos, quién mas, quién ménos radicales;
sólo en los que presumen de gran seso,
sólo entre esos señores
que son ó afectan ser conservadores,
la gestión del político teatro
disputan tres partidos...
No; son cuatro.
Cuatro, dice usted bien, son ya en el dia,
cuatro; v hay todavía
quien para el quinto busca clientela.
Éramos pocos, y parió, mi abuela!
Exigentes ó flojos los*amigos,
ciegos en su rencor los enemigos,
¿cómo al puerto arribar cuando la prensa
ó sin razón injuria
ó sin pudor inciensa,
j del erario crece la penuria,
y un parlamento ambiguo,
donde suda el gobierno,
que nunca duerme ó sobre espinas duerme
para que el harto exiguo
número de los suyos no se merme,
le tiene en un suplicio sempiterno?
¿Quién, cuando uñóle dice: empuja! avanza
v otro le recomienda la templanza,
no pierde el equilibrio
entre la tiranía y el ludibrio?
Y tal vez en el mismo gabinete,
que es para usted un brete,
y adonde pensamientos tan hidalgos
aportó su acendrado patriotismo,
la interna disensión, el dualismo...
Sí; algo hay de eso, y aun algos;
¡y cuando en azarosas circunstancias,
tras de muchas instancias
á la pública hacienda
sacrifiqué el cuidado de la mía,
no falta quien me envidie la prebenda
suponiendo que el público tesoro
á mis arcas afluye rios de oro!
No más, no más! Hoy mismo, si el consejo
sin restricción no adopta y sin enmienda
las medidas, los planes,
fruto de mi experiencia y mis afanes,
á otro mas hábil la cartera dejo
y para siempre del poder me alejo.
Hará usted bien.
Tendre sólo un disgusto
al salir de aquel lecho de Procusto.
.Cuál?
Que no hayas cumplido mi deseo
aceptando un empleo...
No! afuera tentaciones del demonio!
Á Dios gracias, vivir independiente
puedo con mi modesto patrimonio.
Empleo! Sin doblar mi altiva frente
y sin gravar los fondos del estado
tengo tuno...
¡El de abogado
de pobres!
Sí, señor. No es muy brillante,
mas sin temor le ejerzo
de que un advenedizo me suplante.
Lo creerá así cualquiera sin esfuerzo.
Abogado de pobres! Ese cargo,
carga mas bien, se impone a un principiante,
pero tú...
Si de oficio
prestan otros, señor, ese servicio,
yo á los pobres consagro mis vigilias
por compasión, y á falta de otros dones,
más de cuatro familias
mi nombre colman ya de bendiciones.
¿Qué ocupación más noble y meritoria
puedo yo ambicionar? Qué mayor gloria
Guárdeme el cielo de impugnar, Ramiro,
esa tu santa vocación, que admiro;
mas sin abandonar al indigente,
jpor qué adusto y severo
cierras á los pudientes tu despacho.
Por ventura ¿los miras con empacho?
¿Acaso todo pobre es inocente
y no hay justicia ya donde hay dinero?
No soy tan temerario;
¿y cómo lo he de ser cuando contemplo
en usted, caro tio, un vivo eiemplo
que prueba lo contrario?
No digas...
Usted, siendo millonario,
teme á Dios, y del prójimo se apiada,
y dar puede á cualquiera,
de alia ó de baja esfera,
lecciones de honradez acrisolada.
Grato me es en tu labio ese concepto;
pero cuando podrías con decoro,
ya célebre en el foro,
labrarte una fortuna...
Si á los ricos
mis Bártulos y Baldos intercepto,
no me impone el orgullo ese precepto;
es que al pobre prefiero en mis fatigas,
y como es la hermandad tan numerosa,
en mi estudio pululan como hormigas
y tiempo no me dan para otra cosa.
Sin padres además y sin hermanos;
extraño a! lujo y sus caprichos vanos
que dan para un placer cien pesadumbres,
y aunque parezca mal que yo lo diga,
sencillo y sobrio en gustos y en costumbres)
á acumular riquezas ¿quién me obliga?
Para qué ó para quién las necesito?
Si hoy no, quizá mañana...
Nunca!
¿Sordo
siempre será tu corazón al grito
de la naturaleza? Alguna hermosa...
(Oh Dios mió!)
Perdóname si abordo
cuestión tan espinosa, —
te liará un dia caer en el garlito...
No caeré.
¿No eres tú de carne y hueso
como todos?
Por Dios, no hablemos de eso!
;Te inclina tu glacial filosofía
al triste celibato?
Yo... (Qué tormento!)
Lástima sería...
(Con alg-nn desabrimiento.)
Sí, señor! Sí, señor!
Bien, bien; no trato
de hacerte flaquear...
Ya lo supongo.
Si de la humana sociedad excluso
quieres vivir en ella como un hongo,
sea muy norabuena. Yo, obediente
á lo que Dios nos manda y está en uso,
trato de dar estado á Carolina.
(Ay mísero de mí!)
Su peregrina
hermosura, su índole excelente
y su dote cuantiosa
cebo son para mas de un pretendiente;
mas de uno solo puede ser esposa,
y para resolver este expediente
quisiera que me dieses tu dictámen,
previo maduro exámen...
No, señor. Yo me inhibo...
ESCENA II
(DON GABRIEL, 0, DON RAMIRO, CAROLINA.)
(C v rol. (Llega por la puerta <1 el foro.))
Papá...
Qué hay?
Con recado ejecutivo
cita á usted á consejo el Presidente...
Buenos dias, Ramiro.
Dios te guarde.
(Se levanta y loma el sombrero: D. Ramiro se 1
vanta también.)
Voy, voy... (Á o. Ramiro.)
Continuaremos esta tarde.
ESCENA III
(DON RAMIRO, CAROLINA.)
¿Sabes que estoy muy quejosa
de tí?
Por qué?
Claro está;
porque eres un descastado.
No!
De los baños de mar,
perdoqa que te lo diga,
bas vuelto muy montaraz.
¿Por qué, siendo prima tuya,
conmigo esa gravedad
diplomática! Comprendo
que trates así á papá,
que es ministro; pero á.qjí?.,.
¿Qué se ha hecho de la jovial,
confianza que á nuestro trato
inspiraban la amistad
y el parentesco?
No es hoy
mi afecto ménos cordial;
mas (Qué diré?) mis tareas...
Yeuero la caridad
con que á ellas te dedicas;
mas ¿no puedes amparar
al pobre sin ser adusto
y esquivo con los demas?
¿Quién dirá que eres mi primo,
mi huésped, mi comensal...
Comensal? Miento, que no
siempre te dignas de honrar
nuestra mesa.
Carolina!...
¿Es que te tratamos mal,
ó tan severo en la higiene
como en la moralidad,
quieres de un modo indirecto
enseñarme á ser frugal?
Eli! no. Por Dios, prima mia,
no seas tan suspicaz.
Hoy mismo nos lias plantado
á la hora de almorzar.
Se ha desalquilado, cerca
de aquí, un cuarto principal,
y he ido á verle...
¿Qué escucho!
Pues, qué! te quieres mudar?
Es preciso: va creciendo
mi clientela...
Pues ya!
Y un abogado, y de pobres,
es molesta vecindad.
Eh! calla. Gracias á Dios,
es la casa harto capaz
para que tio y sobrino,
en su estudio cada cual,
den audiencia á sus clientes. —
Y hay cierta conformidad
entre ellos, pues todos piden,
unos turrón y otros pan.
Pero...
No hay pero que valga.
Considera...
No ha lugar.
Que si yo...
No hablemos de' eso,
*ó los sordos nos oirán.
Bien... No te irrites.
Y ahora,
aunque faltes al ritual,
pues sin ser pobre reclamo
tu protección tutelar,
oye una consulta..., gratis,
por supuesto.
Así será.
Yo me veo en un conflicto
terrible,... piramidal.
Cómo!...
Mi querido padre,
ay Dios!.. me quiere casar.
¿Te ha dicho algo...
De eso hablábamos
cuando llegaste.
Pues, ay!
cierto es, demasiado cierto.
Y eso te hace suspirar?
Ay! Sí. Anciano y achacoso,
ántes que el descanse en paz
quiere que un marido sea
escudo de mi orfandad.
Miren qué grave conflicto!
Un novio! ¿De cuándo acá
se lia atribulado por eso
una doncella?
Ahí verás!
Qué!...
Y aun si fuera uno solo
le podría capear;
pero dos...
No es maravilla.
Tu mérito sin igual...
Crees tú que tengo alguno?
Cómo no?
Gracias, galan.
Así quiero yo que me hables,
y no con la seriedad
imponente de un letrado
delante del tribunal. —
Ahora quiero que me digas
con toda sinceridad
cuál do mis dos postulantes
debe llevarme al altar.
De uno ya tengo noticia.
¿Hablas del señor feudal...
Sí, del gárrulo marqués
que vino aquí de Canfranc...
ó no sé dónde...
Es burlesco
personaje, si los hay;
pero tanto, aunque plebeya,
le enamora mi beldad,
que se digna de elevarme
hasta su ilustre solar,
que cuenta, él lo dice, siglos
y siglos de antigüedad.
Oiga! ¿Desciende ese... príncipe
por ventura de Guzman
el Bueno...
Pica mas alto.
Del Cid? De Ataúlfo?
Bah!
Su alcurnia es contemporánea
del diluvio universal.
Pues si tan largo abolorio
acredita, no cabrá
el archivo de su casa
dentro de una catedral.
Un docto genealogista
prueba...
¿Qué no probarán
ellos!
Que el Marqués desciende
del mismísimo Tuba!.
Pues eso, tú y yo como él
lo podríamos probar,
y si nuestro noble origen
remontamos hasta Adan,
¿qué rey de armas, Carolina,
no lo certificará?
Pero, en resúmen, ¿qué vale'
por sí solo en nuestra edad
un título nobiliario?
Si el de ese pelafustán
al santo Noé recuerda
y su arca descomunal,
otros diluvios después
se han encargado de dar
á la guia aristocrática
el volumen de un misal.
Periodista es el segundo
de superior calidad,
y estadista y publicista...
No tiene algún isla mas?
Sí, bolsista.
Ah! Don Fulgencio...
Tú le acabas de nombrar.
Qué opinas de él?
Que es un fatuo,
un pedante, un charlatán.
Ese no ostenta blasones...
Pero con roas vanidad
que don Rodrigo en la horca,
el ansia de figurar
le atosiga, y no hay empleo,
incluso el de senescal,
que inferior no le parezca
á su alta capacidad.
Bravo!
Demasiado rígido
es á tus ojos quizá
este juicio...
Nada de eso.
Yo á fuer de primo leal...
No me puedo yo ofender
do que digas la verdad.
¿Crees tú, pues...
Que infestados
tus dos amantes están
de la enfermedad reinante.
Virgen santa del Pilar!
Del cólera?
No. Tremenda
es esa calamidad,
pero pasajera al fin.
Hay otra peste social
que, si Dios no lo remedia,
con España acabará,
y de esa te hablaba yo:
de ese contagioso alan
de goces y devaneos
que á todos sacando va
(le su quicio, desde el procer
altivo hasta el menestral,
ínfulas de hombre de pro
muestra cualquier perillán;
el que ayer vistió zamarra
hoy gasta levita y frac;
y con botas de charol
Maritornes va á comprar.
Es ya rancio anacronismo
la modesta sobriedad
con que ántes se contentaban,
los que no tenían más,
con su honrada medianía
y limpio aunque pobre ajuar.
Guerra de muerte declaran
al decoro y la moral,
ya la comezón del lujo,
ya el prurito de medrar;
á unos ciega vil codicia,
á otros orgullo infernal,
y llaman, en el dialecto
de su uso particular,
donaire á la desvergüenza,
al perjurio habilidad;
y para ellos todo es lícito,
todo..., menos trabajar.
Ese discurso merece
una mitra episcopal,
y de él saco en consecuencia
que en mis novios — ¡lindo par
de maulas! — al interés
sirve el amor de disfraz;
que ínclito infanzón el uno,
pero de pobre caudal,
quiere con mi pingüe dote
su penuria remediar,
•y que el otro, diputado
y escritor ministerial,
si mi mano solicita
es también porque querrá
que le dé el presunto suegro,
como regalo nupcial,
alguna plenipotencia,
aunque sea en el Catay.
Si ninguno de los dos
te agrada...
Cómo agradar?
Me apestan.
Pues ¡calabazas!
es rni conclusión fiscal.
dime: ¿es el abogado
quien receta ese manjar,
ó el primo..., ó tal vez...
(Ay triste!
Ahora sospechará...)
No me mueve otro deseo
i
que el de tu felicidad.
Mil gracias.
No creas...
(Oh!...)
Mi consejo es imparcial.
Bien, pero si no lo fuese,
nadie podría extrañar
que...
No soy tan necio...
Dale!
No es tuya la necedad,
sino mia.
Oh!...
Tu consejo
es saludable, eficaz;
pero tardío.
Ah! por qué?
¿Media acaso algún formal
compromiso...
Median dos,
el mió y el de papá.
Tiene el Marqués en su apoyo
la paterna autoridad...
Ah!...
No tanto por su título
como porque, servicial
y condescendiente, sabe
captarse la voluntad
de mi iluso padre, á quien —
beatitud patriarcal! —
suele con su bufonadas
servir de grato solaz.
Tal vez cuando me propuso
tan descabellado plan
le hubiera yo resistido,
si no alegara además
otra razón muy plausible
á que no osé replicar.
Perseguido en una lucha,
civil — jcuándo acabarán! —
o
hubiera muerto mi padre
sin la generosidad
con que el difunto Marqués,
no obstante ser su rival,
le dio en tan amargo trance
favor y hospitalidad.
Laudable es su gratitud,
mas no el empeño tenaz
de que tú te sacrifiques
á la obediencia filial.
Tal pensaba y pienso yo;
pero mi agudo pesar
facilitó á don Fulgencio
la triste oportunidad
de declararme su amor,
y recordando el refrán
de un clavo saca otro clavo,
yo me dejé alucinar
por la estudiada pasión
y hueca verbosidad
con que postrado á mis piés
me pidió el sí conyugal.
Y le diste!
Sí, Ramiro;
tanta fué mi ceguedad!
Mas pronto me arrepentí
de aquel pecado mortal,
porque petulante y sándio,
á la ménos perspicaz
hubiera hecho conocer
con su cháchara vulgar
que todo es cálculo en él
y aparato teatral.
Retírale tu promesa
y plántale en el zaguan,
ya que te ofuscó en mal hora
su música celestial.
Ay, tú no estabas aquí!
(Turbado.)
Cómo!... ¡Tú... ¡Yo...
(Reprimiéndose.) (Paso utras!)
Lo (ligo porque, como eres...
neutro...
(Con prontitud.)
Neutral.
Bien, neutra!.
Si me hubieras dado entonces
el consejo que hoy me das,
no me veria yo ahora
en este berengenal.
Á cualquier hora se puede,
Carolina, retractar
un sí imprudente, y tu padre,
ni en el suyo insistirá,
ni si revocas el tuyo,
será tan irracional,
que á su hija amada y única
niegue un bilí de indemnidad.
Mas yo á vencer no me atrevo
mi temor al qué dirán.
Pues, hija...
Sólo lo baria,
cuando pudiera excusar
con otro amante mas digno
mi aparente veleidad.
Tú, querido primo...
Ah!
Qué?
(Me ama! Tendré que emigrar!)
Oh! sí, un tercero en discordia
sería... Tú le tendrás
cuando quieras. ¿Cómo no,
siendo tan hermosa y tan...
Lisonjero!
No: lo digo
con...
(i romeamente. ) Con imparcialidad.
Le tendré ó nó, porque yo
no le he de solicitar.
Cierto.
Una mujer no puede
sin nota de liviandad
decir á un hombre: «yo te amo;
tú eres el helio ideal
que anhelaba el alma inia;
tú mi gloria, tú el imán
de mis sentidos»..., toda esa
algarabía manual
que prodiga el sexo fuerte
con franqueza militar.
También hay hombres que tienen
pudor...
Orgullo dirás.
Llámale orgullo en buen hora;
mas su propia dignidad
rechaza ese privilegio
para otros tan natural.
Si eres tú uno de ellos...
Yo...
Respeto esa austeridad
de filósofo impasible
y ese pudor virginal.
íM el dictado de filósofo
corresponde á mi humildad,
ni los filósofos tienen
el alma de pedernal.
(¡Me ama, y por no confesarlo
se dejaría matar!)
Ahora bien, primo doctor,
¿podré sin temeridad
rogar á usted que me saque
de este pantano?
(con calor.) Sí tal.
Yo convenceré á mi tio
de que es una atrocidad
su proyecto, y á tus novios
arrojaré de- ese umbral
si es fuerza. Tan bella causa
no he defendido jamás,
y abogado ó campeón,
en ella sabré mostrar
la elocuencia de un Demóstenes
y el esfuerzo de un titán.
Bien! Magnífico!
¿Te ríes!
Perdona mi hilaridad; —
yo no soy jurisconsulta.
Casi lloraba poco ha,
¿y no quieres que me ria
viendo, rara novedad!
tan expansivo á Catón
y á Licurgo tan marcial?
Tienes razón á fé mia.
Pues riamos á la par,
que el lance no es para ménos.
(Con risa forzada.)
Riamos, sí... (Es celestial!)
(Á la puerta del foro.)
El Marqués...
Oue éntre, (Váse el cria
Me iré...
Nó. Para alegrarnos más,
como llovido del cielo
viene ese ente singular.
ESCENA IV
(CAROLINA, DON RAMIRO, EL MARQUÉS.)
Con mas gozo que la alondra
á la estrella matutina,
saluda á usted, Carolina,
el amor que me atolondra.
Discreta salutación!
(Mentecato!)
Es un proemio
con que explico, sin apremio,
mi rendida adoración.
Ni es de admirar mi lisura
cuando— dichoso proyecto! —
soy futuro, aunque imperfecto,
de tan linda criatura.
Yo estimo...
Oh dulce sonrisa!
¿Y cuándo termina el plazo
en que indisoluble lazo
ha de unir...
No corre prisa.
Cómo no? Sí tal.
No tal.
Pero ¿á qué viene ese enfado...
Ah! no había reparado
que nos oye mi rival.
(Rival!)
(Ap.) (á Carolina.)
Qué dice ese necio?
¿Conque estaba usted aquí,
señor don Fulgencio...
Eh?
Muy
señor mió y de mi aprecio.
Yo...
(Á D- Ramiro.)
Es divertida la escena!
Sí; ¡juntarse en un estrado
el amante desahuciado
y el que esta de enhorabuena!
Mas ¿cómo ha de ser, amigo!
Yo he triunfado; usted no es lego,
y dehe...
(Con Carolina en voz baja.)
Está ese hombre ciego?
No; tonto.
Eh?... Pues, como digo,
no porque en nuestra contienda,
como ocurre en más de trece,
á quien ménos la merece
se adjudique la prebenda...
Poco á poco! Todavía...
Me mire usted de reojo.
Si me viese en tal sonrojo,
sabe usted lo que yo baria?
Soltar á la risa el trapo...
(Riendo.)
Eso, eso!
Y echarlo á broma.
Sí, señor. (Rompe á reir.)
(Á Carolina.) Oiga! Pues toma
mi consejo..,- Guapo, guapo!
(Sin dejar de reir.)
Yítor!
(íín voz baja )
No abuses... Silencio!...
(Acercándose á D. Ramiro.) Ya ve usted... (De gozo brinco!)
Ea, vengan esos cinco...
(Con enfado.)
Eh!
Calle! No es don Fulgencio!
(Riendo.) Bueno lia estado el quid pro quó\
Sov...
Es mi primo Ramiro.
Ya veo, ahora que le miro
de cerca... (Soltando u na carcajada )
Já! já! jó, jó!...
¡Y yo creia... Salud
y gracia al docto letrado,
al benéfico abogado
de pobres... Rara virtud!
Noble abnegación!... No obstante,
creo — el diablo sea sordo! —
que no hará usted caldo gordo
con parroquia semejante.
Qué le importa á usted?
Á mí?
Nada; pero lo decia
por...
Pudiera ser que un dia
la aumentase usted.
Yo!
Sí.
No soy un Creso, en verdad,
porque tengo un mayordomo
que me... Pero tanto como
pobre de solemnidad...
¿Cómo— sólo en un etíope
cabe tal inocentada—
sin parecemos en nada
me tomó usted por...
Soy miope.
Y hoy...— tal vez será un mareo,
ó que están los nervios flojos —
no sé qué siento en los ojos,
que apenas los bultos veo.
(Con malicia.)
Ha almorzado usted?
Ó escasa
es la luz, ó no estarán
los lentes muy...
(Saca el pañuelo y hace ademan de quitarse los an teojos para limpiarlos.) Voto á San!.,.
Me los he dejado en casa.
Pche!...
Distracción.
(Badulaque!)
Las suelo tener mayores.
Todos los grandes señores
padecemos este achaque.
Esto no es decir que yo
me desvanezca y me engría
con la alta categoría
á que pertenezco, no;
al contrario, singular
en todo...
Oh! sí.
(Monigote!)
Nada tengo de Quijote
y mucho de popular.
No gusto yo, verbi gracia,
de briosos palafrenes
y el lujo, el fausto, los trenes
que ostenta la aristocracia.
Desdeño de buena fe
todo ese inútil boato,
y, como aquel caricato...,
me ne vado sempre á pié,
(Ap.) (con Carolina.)
Si no tiene el pobreton
sobre qué caerse muerto,
¿qué milagro...
Eli! me divierto
con su gentil sans~fazon.
Hablo con exactitud.
Juro al apóstol Santiago
que, aunque ustedes digan que hago
de necesidad de virtud...
No tal...
Aunque mi caudal
lian mermado las estafas...
Pero el chantre de las gafas...
Sin ellas estoy muy mal. —
Haré que vaya un sirviente...
Qué veo!
Aunque sude el hopo...
No! (Santi guándose.)
Jesús!...
¿Qué...
¡Alma de chopo,
las lleva usted en la frente!
(Tentándosela y poniendo luego en su lugar los an¬
teojos.)
Cierto, sí. Humana miseria!
Me las alcé — vaya un lance! —
para leer el alcance
que lia publicado La Iberia.
Al entrar en el portal
me lo ha prestado Samper,
y me alegro de saber...
Qué hay?
Crisis ministerial. —
Salió papá?
Sí.
Dijo algo?
No.
Habrá ido al ministerio...
Sin duda.
El asunto es serio.
Voy corriendo como un galgo...
Pronto seré sabedor
de quién cesa y quién no cesa...
Adiós, próxima marquesa!
Primo en cierne... servidor!
ESCENA V
(CAROLINA, DON RAMIRO.)
Oh! ¿y con ese botarate
te has de casar, Carolina?
Qué be de hacer? Papá se obstina...
No. Qué oprobio! qué dislate!
No quiero á ese mamarracho
y odio á su competidor;
pero si...
(a la puerta d e I foro.)
El Procurador...
Bien; voy... Que éntre en mi despacho.
(váseel Criado.) Antes que uno ú otro apunte
venzan, prima, tu desden,
debes dar tu mano...
A quién?
Á cualquiera transeúnte?
No; pero me llega al alma
que no haya, siendo quien eres,
quien merezca...
Ya! y prefieres...
Qué?
Que me entierren con palma.
No; mi egoísmo no es tal...
Es decir...
(Ni á hablar acierta.)
Ánimo! Si sale cierta
la crisis ministerial,
uno de tus dos amantes
no sostendrá la campaña,
y al otro, con tiempo y maña..»
Sí. Acude á tus litigantes.
De tu aversión participo...
Bien, sí.
Y juro al Ser Supremo
que, temprano ó tarde, quemo
mis libros, ó te emancipo.
ESCENA VI
(CAROLINA.)
Si no me ama, no se alarme
tanto por mí; que es capricho
muy singular... ¿Quién le ha dicho
que yo quiero emanciparme?—
Con frecuencia los diarios
de una y otra cofradía
combaten la teoría
de los hombres necesarios.
Yo, siguiendo otro sistema,
de uno solo mi remedio
aguardo..., y demedio á medio
me ha cogido el anatema.
Pcrjo ese único mortal
que miro con simpatía,
ese único á quien yo haría
mi ministro universal,
no advierte que así discurro,
aunque harto lo manifiesto,
por demasiado modesto...
ó demasiado cazurro.
Dudo... espero... Qué agonía!
Si hablo, mal; peor si callo,
y con dos crisis batallo,
la de mi padre y la íifíia.
Papá el timón de la nave
deja... quizá sin dolor;
yo me abraso en ciego amor...
Cuál es la crisis más grave?
La mía, dirá cualquiera,
la mi a, si echa de ver
lo que va de hombre á mujer
y de un alma á una cartera.—
Mas si á don Fulgencio espanto
y del Marqués me redimo
coa ayuda de mi primo,
del mal el menos! —En tanto,
diré, parodiando aquí
un dicho, célebre ya:
¡Salve Dios á mi papá...
y no se olvide de mí!
Acto segundo
ESCENA PRIMERA
(CAROLINA, DON GABRIEL, DON FULGENCIO.)
(Aparecen sentados: á la derecha O. Gabriel y D. Fulgencio, y á la izquierda Carolina bordando.)
Conque es verdad?
Sí, señor.
He sometido al Consejo
de ministros las medidas
sin las cuales no podremos
conjurar la bancarrota
y galvanizar el crédito;
pero de ocho votos cinco
desaprueban mi proyecto.
Siendo tal el resultado,
ya ve usted que...
Sí; va infiero....
Que no puedo con decoro
seguir en el Ministerio.
Sí, en cierto modo, es verdad;
mas puede darse otro sesgo
al asunto. No es prudente
sostener á sangre y fuego
esa firmeza espartana,
sublime, que yo venero;
pero estéril y tal vez
peligrosa en estos tiempos.
Combatido el Gabinete
por contrarios elementos,
sólo puede conservarse
con cierto equilibrio, cierto...
No entiendo yo, señor mió,
de equilibrios y escarceos.
Cuando la dolencia es grave,
la lanceta y el cauterio,
no emplastos madurativos,
lian de curar al enfermo.
Ya; pero peor que el mal
pudiera ser el remedio.
Qué diantre! ¡Ahora una crisis,
cuando bogaba con viento
en popa la situación,
y yo esperaba...
(Un empleo!)
Ah, cómo se engaña usted!
Aunque al parecer sereno
nuestro Olimpo artificial,
el nublado no esta léjos.
Cuando leí la funesta
noticia en un suplemento,
paparrucha! dije yo
para mí. Soñaba el ciego...
No es sólo á la oposición
aplicable ese proverbio.
Comocada día cunden
esos rumores siniestros,
y salen falsos...
Pues siempre
tienen algún fundamento.
Lo normal en este siglo
es no vivir con sosiego,
y aunque otra cosa sostenga
la comedia de don Pedro
Calderón, acá en España
«siempre lo peor es cierto.»
(Tiene razón!)
No lo digo
por mí, que sin pena dejo
el mando...
(Eso dicen lodos!)
Y más gano yo que pierdo
con retirarme á la vida
privada.
(Es verdad!)
Lo creo.
No obstante, el hombre de estado»
no puede obrar de ligero...
Cómo! yo...
Quiero decir
que hay vínculos y respetos
de que no puede en conciencia
prescindir.
Vamos con tiento.
Para juzgar de la mía
sólo Dios tiene derecho.
Moralmente hablando, otorgo;
políticamente, niego.
(Calle! con que hay dos conciencias,
la moral y... No lo entiendo.)
Con argucias escolásticas
no probará usted...
Sí pruebo.
Usted no se pertenece
á sí mismo.
¿Soy yo siervo
de ál guien?
Sí, de la opinión
pública; del Parlamento.
Bah, bah! Sobre esa materia
mucho hay que hablar, don Fulgencio.
El ministerio tenía
mayoría en el Congreso.
Poco segura; y mis planes
no son para ella un misterio..
Antes de dar ese paso,
que puede comprometernos,
usted debió consultar
á los prohombres del gremio.
Basta. A los piés de la Reina
ya mi dimisión he puesto.
Tan pronto!
Y esta disputa
es ociosa: á lo hecho, pecho.
Á la Reina y al país,
no a los disidentes, debo
responder de mi conducta,
y si usted es uno de ellos...
(Transijamos.) No, señor.
Siempre he sido íiel adepto
de usted, y á capa y espada
le he defendido y defiendo.
Si por mi amor al bien público
he sido un tanto severo,
perdone usted, don Gabriel:
me desdigo y me arrepiento.
(Oh!...)
Es tanta la autoridad
de usted, y de tanto peso
sus observaciones...
Pche!
Que con ellas me convenzo.
Pero aun podrá conjurarse
la tormenta...
No lo espero.
Acaso usted, como á mí,
persuada á sus compañeros.
Yo he dicho ya mi ultimátum.
Ellos quizá no.
(Desde la puerta.) Este pliego.
(Toma el pliego, lo abre y lo lee para sí.)
Dame.
(Qué será?)
Es sin duda
del Presidente... Apostemos
á que...
No. Su Majestad
me llama — El coche al momento.
(Se levanta y toma el sombrero: D, Fulgencio se levanta también: el Criado se retira.)
Ah! para encargar á usted
sin duda que forme nuevo
gabinete. En ese caso
vo me brindo...
•i
(Ay Dios eterno!)
No sé...
(Es capaz de pedirle
la cartera de Fomento.)
Lo mas probable es que admita
mi dimisión.
(Ah! lo temo.)
Aun siendo así, que lo dudo,
largo será el interregno,
y podrá usted liacer algo
por sus amigos y deudos.
Qué lie de hacer? ¿Cómo...
Yo aspiro.,.
(Pues! Ya ha parecido aquello.)
Á qué?
Ya lo sabe usted:
á la honra de ser su yerno.
Es que yo...
Esa circunstancia
plausible, unida á mis méritos...
(Cuáles?)
Me ali?nia á pedir...
No es mucho lo que pretendo.
Qué?
Una plaza de ministro...
No en España: en otro reino.
No hav vacante.
u
Eso, ¿qué importa?
se hace una...
(Pues!)
Y laus Deo.
Ni es ese mi ramo, ni...
Si el óbice está en el sueldo,
con que me bagan Senador
me daré por satisfecho,
Eh?
(Seráfica modestia!)
Á ese honorífico premio
puedo optar...
Pero...
Y con él
no gravaré el presupuesto.
Son tantos los Senadores,
aunque todos beneméritos,
que para uno más tal vez
no hay ya en la cámara asiento,
Y en suma, ¿qué facultad
tengo yo, que ya soy cero,
para conferir destinos?
Qué, no hará usted testamento?
No, señor.
Ejemplos hay...
No sigo tales ejemplos.
No tengo la gracia yo
de testar después de muerto.
Si es usted tan nimio...
(Á la puerta.) El coche. (Se retir-a.)
Cada cual tiene su genio...
Pero consuélese usted.
Puede que los cinco miembros
que han votado contra mí
formen otro ministerio,
y entonces usted, que invoca
y ensalza los privilegios
de la mayoría, acaso,
sin que á mí me zumbe el pueblo,
logre que refrende un vivo
el suspirado decreto.
(Hace una salutación muda y váse.)
ESCENA II
(CAROLINA, DON FULGENCIO.)
(Acercándose á Carolina.)
Pasmado estoy... ¿Es quizá
cómplice mi dulce bien
del impensado desden
con que me trata el papá?
No me incumbe esa cuestión.
¿Qué entiendo yo de política,
y si es crítica ó no es crítica
la presente situación?
Yo conté con el apoyo
de la que es su hija y mi dama.
Carolina, usted no me ama!
usted quiere echarme al hoyo!
Eso, no.
Nunca creí,
ciego en mi pasión ardiente,
que á usted fuera indiferente
lo que me interesa á mí.
Yo... (No sé cómo dorarle
la píldora.) Yo...
Cruel!
(Monosílabos en él
y dejémosle que charle.)
Yo... Si...
Ingrata! ¿Para qué
pedia yo con urgencia
La plenipotencia
de Prusia ó de Londres...
Pelie!..
Para que tú te lucieras
con tan alta investidura
v admirasen tu hermosura
en las cortes extranjeras.
Ah!... Oh!..
Al firmamento azul
lo juro; solo por tí
al exministro pedí
la noble silla curul.
Sí?
Sí, mi gloria, mi sol.
¡No habría mal alborot
si me dieran voz y voto
en el Senado español!
No es eso: es que los deberes
de los cargos distinguidos
atañen á los maridos
y su brillo á las mujeres.
Es que (Recobrar anhelo
con mi labia el ascendiente.)
ver quisiera yo en tu frente
todos los astros del cielo.
(Jesús!...)
Y que maravilla
fueras de esta villa y corte.. J
al mostrar yo tal consorte
en la corte y en la villa.
(Bostezando.)
Ah...
Mi dichoso himeneo.... j
(Ya que es inútil mi ardid,
con permiso de Madrid
pediré auxilio á Mor feo.)
(Finge dormirse.)...Y’
(No me atiende! ¿Es que medita
alguna frívola excusa,
ó su conciencia la acusa...
(Acercándose más.) Se ha dormido!)
(Alzando la voz.) Señorita!
(Fingiendo despertar.)
Ah!
Soy yo algún estafermo?
Nada de eso.
Un maniquí?
No.
Usted se burla de mí.
No me burlo; es que... me duermo.
(Gozo en abatir su orgullo.)
Es tanto lo que ine embarga,
me subyuga y me aletarga
de esa elocuencia el arrullo,
que he dado una cabezada...
Qué escucho! (Mujer traidora!)
Perdón! Yo...
¡Salirme ahora
con semejante embajada!
Algo pesada es la broma,
porque...
Es una felonía.
Porque usted preferiría
la de París..., la de Roma,
Olí!...
Pero no están vacantes.
Hum!...
Y ni yo ni papá
podríamos darlas ya.
¡Voto á...
Ya ve usted, cesantes!.
¿Por qué esa boca perjura
pronunció el plácido sí
que ahora...
(Levantándose.) Es Verdad, le dí
en un rapto de locura;
pero no le he confirmado,
y antes mi fisonomía
ha dado á usted cada dia
mas muestras de desagrado. —
Y el sí fué condicional.
Condicional! (Pierdo el juicio.)
Quiero decir, sin perjuicio
de la obediencia filial.
Ahora bien, de la reyerta
que ha tenido usted aquí
con mi papá infiero...
Sí;
que debo tomar la puerta.
No tanto; pero el mas lerdo
dirá que no le está bien
otorgar mi mano á quien
con él está en desacuerdo.
Ya ve usted que — Dios lo quiso
por el bien de ambos quizá —
el disenso de papá
me absuelve del compromiso.
No espere usted... (¡Todas son
lo mismo!) que yo me aflija
por...
En suma, padre é bija
liemos hecho dimisión.
Bien está: yo lo celebro.
No tema usted que mi labio,
del cual sin pena (yo rabio)
ha oido mas de un requiebro,
en injurias se desate
contra la bella voltaria
que hoy me trata como á un pária
Y ayer...
Yo no...
Disparate!
Tal proceder es anexo
á un enemigo con faldas,
y no es mengua hacer espaldas
á la inmunidad de! sexo. —
Pero el señor don Gabriel...
¿Qué...
Llorará su desvío:
yo se lo juro.
Ay, Dios mió!
Se batirá usted con él?
No. Pasa de los sesenta...
Los cumplió por Navidad...
Y esa es otra inmunidad
que debo tener en cuenta.
Pero, pues la imprenta es libre,
pronto verá el insolente
que no se aja impunemente
á un hombre de mi calibre.
Ya su bandera no sigo,
y él verá...
Qué? Me consterno.
Que si malo para yerno
soy peor para enemigo.
Qué hará usted?
Mi saña inmensa
le perseguirá importuna
con la voz en la tribuna
y con la pluma en la prensa.
Ay! no. Embote usted los tilos
á esa arma terrible, aciaga.
(Si otro riesgo no le amaga,
podemos dormir tranquilos.)
Y no dirá Su Excelencia,
aunque de estoico presuma,
que le divierte mi pluma
y le arrulla mi elocuencia.
ESCENA II
(CAROLINA.)
Hable y baga lo que quiera.
Menos su impotente cólera
temo yo, que me enfadaban
sus galantes paradojas,
y no hará en el limpio nombre
de papá mella ni sombra
un hombre cuyo descrédito
y nulidad nadie ignora.
Mi primo, que le aborrece,
celebrará su derrota
tanto como yo.
(A la puei ta de la izquierda.) Ramiro!
Á ver si se anima ahora...
ESCENA IV
(CAROLINA, DON RAMIRO.)
Me llamabas?
Dame albricias.
Ya don Fulgencio abandona
el campo.
Bien! bien!
La crisis
me ha librado de ese posma.
Lo esperaba.
No pudiendo
su impertinente retórica
recabar de mi buen padre
que conserve la poltrona,
le pidió una credencial
extemporánea...
Sí; postuma.
Y papá se la negó.
Bravo! Ya contra ese cócora
le había yo hablado al alma,
Sí? De su soñada novia
espera mejor despacho;
suspira, ruega, perora;
mas tan feliz coyuntura
yo aprovecho, y entre bromas
y véras al alto honor
renuncio de ser su esposa.
Despedido de hija y padre,
en fin, con toda la pompa
de la ignominia, convierte
en denuestos las lisonjas,
y sin poder reprimir
el pesar que le devora,
se larga con viento fresco
cantando la palinodia.
Carolina, yo te doy
mi enhorabuena con toda
el alma.
Gracias, Ramiro.
Hombres de tanta bambolla
no pueden tener amor
sino á su misma persona
Cierto.
Más mereces tú.
De véras?
Ah! sí. Esa boda
habría de ser infausta
para tí.
...Para mí sola?
También... (¿Qué iba yo á decir!)
También...
Dilo. (No habrá form
de hacerle espontanearse.)
Para el tio. Eres su joya
de mas precio...
(¡Qué salida
de pavana!)
Y sin zozobra
no veria á su hija única
víctima de un...
(Me sofoca.)
En fin, libre de tal riesgo
ya estoy, y eso es lo que importa.
Ahora falta que también
me deje en paz el carcoma
del Marqués.
Harto será,
si obtenemos una próroga,
que él mismo no dé ocasión
para...
ESCENA V
(CAROLINA, DON RAMIRO, EL MARQUÉS.)
Éccomi quá, paloma!
¿Conque en efecto papá
pertenece ya á la nómina
de los excedentes?
Sí.
Y siguen la misma norma,
según cuentan, otros dos
cómplices.
Eh?
Digo, colegas.
Hum! colégas.
Qué más dá?
Lo esencial no es la prosodia,
sino el hecho. Don Gabriel,
que á mi amistad oficiosa
nada oculta, me dirá
si es parcial ó no en la órbita
ministerial el eclipse
que de cien maneras glosan
los noticieros.
Papá
ha salido.
¡Es fuerte cosa
no poder hoy darle caza...
Pues, querida, ya se nota
en las veletas políticas
la mudanza de la atmósfera.
El famoso don Fulgencio —
lo sé de su misma boca —
con armas y con bagajes
se va á pasar— qué deshonra!—
á la oposición.
Bien hecho.
Y ya á ios suyos convoca.
Son muchos?
Cuatro amigotes
que con él comen y votan.
Terrible falange!
Ya
pide Ja palabra en contra,
y aun no se ha abierto la cámara.
Como no ignoro qué mosca
le ha picado y le conozco,
su conducta no me asombra.
Yo, á fuer de amigo constante
y yerno á prueba de bomba,
en defender al caído
fundo mi gozo y mi gloria.
Olí energía! ¡oh...
Voy volando,
aunque sude cada gota
como el puño, á trabajar,
a inquirir... Adiós, hermosa!
Buen viaje!
(Títere!)
¡Guerra
de exterminio á los apóstatas!
ESCENA VI
(CAROLINA, DON RAMIRO.)
Él lo sería también,
aunque su lealtad encomia,
si tu padre, como á ser
ministro de la Corona,
á las fincas renunciase
y á las rentas de que goza.
¡Ay, todo es en este mundo
mentira, farsa, tramo va!
Oh! sí, y tus declamaciones
me van ya haciendo filósofa.
Te burlas?
Poco me falta
para renunciar á modas
y tertulias y teatros
y retirarme á una choza..
¿Qué oigo! ¡Tú...
Mas sabe Dios
las hablillas maliciosas
á qu 3 daría lugar
resolución tan heroica.
No; el claustro más bien... Qué opinas?
Haria yo buena monja?
¡Por Dios, Carolina... Yo...
Esa pregunta es capciosa,
y yo ni puedo...
(Llega con ur.a carta, la entrega d Carolina y ráse.)
Esta carta...
Ni debo...
Es de Barcelona.
Será de mi buena amiga...
Sí, sí, la letra es de Antonia...
Voy con tu permiso... Quiero
contestarla sin demora.
(Yéndose.) (Llega á buen tiempo; que crece por momentos mi congoja, y aunque el alma lo desea, tiemblo ya de hablarle á solas.)
ESCENA VII
(DON RAMIRO.)
No sé qué va á ser de mí
si un di a más se prolonga
el insufrible tormento
que el corazón me destroza.
Ya me halaga una esperanza
tan dulce como ilusoria;
ya en perspectiva el temor
de un desaire me sonroja;
v si el desaire me aterra
me avergüenza la victoria.
¿Por qué be vuelto yo á Madrid,
Carolina, si esta loca
pasión no acierto á vencer,
y nunca avenirse logran
con la razón que me arredra
el instinto que te adora? —
Fuerza sera...
(Á la puerta del foro.) ¿Es el Señor
don Ramiro Sanz cíe Moría
á quien...
Servidor de usted.
Gracias...
Pase usted, señora.
ESCENA VIII
(DON RAMIRO, CATUJA.)
Vengo á implorar el favor
de usted... Pero tengo miedo
de incomodar...
No?.. ¿En qué quedo
servir á usted?
Mi rubor...
(Qué querrá?)
Tengo hambre y sed
de justicia.
Eso no es raro.
Y solicito el amparo
de usted...
Bien. Siéntese usted...
Gracias. (Se sienta.)
Y diga el asunto...
Ay, Dios! Yo, señor de Moría,
soy natural de Cazorla...
Bien; eso...
Hija del difunto...
Hable usted con laconismo,
le ruego, y si la cuestión
no es saber su filiación
y su pila de bautismo...
Es verdad: á mi derecho
nada concede ni niega
ser yo andaluza ó gallega;
pero...
Bien; vamos al hecho.
Ayer llegó á mis oidos
que funda usted su delicia
en administrar justicia
á los pobres desvalidos.
No soy juez, sino ahogado,
y no siempre me deleito...
Vaya, sobre qué es el pleito?
Ay! sobre un desaguisado...
Cómo!
Yo.'. Infeliz mujer!...
Fui... Me da tanta vergüenza...
Preciso es que usted la venza
si nos hemos de entender.
Ay! sí. Pues, señor, yo fui
doncella...
(Fui!)
Ce labor
en una casa de honor...
Miento; que en ella perdí...
All!... (Se cubre la cara con las man09
Entiendo.
Enorme delito!
Cruel traición!
Vamos, hija,
no llore usted, ne se aflija.
Quién fué el reo?
El señorito.
Lo de siempre. Es mucho cuento!
Pero ese llanto...
Ay, señor!
Lloro su infamia y mi error,
su perjurio y mi escarmiento.
Mi resistencia fué larga,
pero aun más su obstinación.
La ocasión hace el ladrón...
Sí.
Pues, el diablo las carga.
Ya.
Pero antes, y Nemesia
la nodriza fué testigo,
juró casarse conmigo
por delante de la iglesia. —
¡Y apenas pasó un trimestre,
dejándome un corto auxilio
huyó de su domicilio!
Qué conducta tan silvestre!
Y no dijo adonde fué?
No! Y para mayor quebranto—
otra vez me ahoga el llanto —
blanco de su mala fé
que todas las leyes huella,
ay, mísera! tal me vi,
que de la casa me fui.*.
antes que me echasen de ella.
(Infeliz!...) ¡Hubo pues... vástago...
Ay! Sí, señor. Nueva cruz
que Dios quiso... Le di á luz
en otro lugar..., en Bástago.
Siendo madre...
Av!
Ese mérilo
se hará en los autos valer...
Lo fui!
(Diantre de mujer!
Todo es en ella pretérito.)
Bello era como un Narciso;
péro, ay! al octavo di a
Dios le dió una alferecía
que le llevó al Paraíso. —
Viendo yo cercano el fin
de mis menguados ahorros
y sin recibir socorros
de aquel hombre aleve y ruin,
con mi luto y mi mancilla
me dirigí — suerte fiera! —
en asiento de tercera
á esta coronada villa,
donde sin soltar— qué afan! —
ya la plancha, ya la aguja,
la aperreada Catuja
gana un pedazo de pan.
Bien; se entablará el litigio...
Eso, eso! ¡y guerra perene...
Y espero... Mi nombre tiene
en el foro algún prestigio,
y si hay alguna probanza
escrita, es casi seguro...
Firmar no quiso el perjuro
la cédula de ordenanza;
mas si el tribunal da fe
á la nodriza de márras,
que abora está en las Alpuj arras...
(Échale un galgo!) No sé...
Pero amén de eso, el traidor,
durante una breve ausencia,
cartas me escribió en Valencia
jurándome eterno amor.
Eso no valdrá gran cosa
si sólo contienen bellas
frases...
Sí; que en una de ellas
me llama adorada esposa.
Ah!
Tres cartas y un testigo...
Bien; las leeré sin demora.
Démelas usted, señora.
Ay! no las traigo conmigo.
Como no puedo, ay de mí!
pagar los emolumentos...
Eb! — Qué bago sin documentos?
Dudé...
Quién se viene así?
Como un pobre siempre piensa
lo peor...
Sólo por eso
merece usted...
Yo confieso...
Que le niegue mi defensa.
Ay Dios!
La acepto, no obstante...
Bendigo al Supremo Ser
que me...
Y poco he de poder
ó la saco á usted triunfante.
Tanta dicha... Ah! vo me atonto...
«i
yo me...
Bien: quiero ver hoy
las cartas: vaya usted...
Yoy...
Y vuelva con ellas pronto.
Pero antes, esta mezquina
merezca besar los pies...
(Se arrodilla y Ramiro la obliga á levantarse. )
Eh! no: ili antes ni después...
Alce usted!...
ESCENA IX
(CATUJA, DON RAMIRO, CAROLINA.)
All!
(Para sí.) Carolina!
¿Quién es...
Beso á usted la mano,
señorita.
Servidora.
No conozco á usted, señora.
Tampoco yo á usted: es llano.
Nunca hasta ahora mi pié
tuvo e! honor...
Soy discreta...
Ha venido...
Y si es secreta
la sesión...
(Sonriéndose.) Olí! SI...
Me iré...
No te vayas, ó me ofendo.
La joven que está delante
es...
Ya; alguna litigante...
Claro está.
Y vo la defiendo.
o
Como la vi de rodillas...
Si ella tomó esa actitud;
no fué...
Fué por gratitud.
(Los celos la hacen cosquillas.)
Constante en mi vocación...
Sí.
Bien puedo sin pecar
á una cuitada amparar
que me pide protección.
No ha habido en mi acción sincera
estudiada escaramuza.
Porque una sea andaluza
/ha de ser carantoñera?
Quién dice tal cosa? oh! ¿quién...
De Cádiz ó de Granada?
No; nacida y bautizada
en el reino de Jaén.
Basta. (Ya mi error advierto.)
(Á D. Ramiro.) Chanza ha sido: no te enfades.
Ay! tras de mil tempestades
su caridad es mi puerto,
y si con ella me exalta,
¿es justo que se me tilde
porque suplo con lo humilde
lo que de rica me falta?
Bien! (Á Ramiro.)
Lindamente se explica.
¿Yo... ay Dios!...
Por qué ese suspiro?
Lindezas!...
¿Sabes, Ramiro,
que es muy graciosa esta chica?
Quizá algún dia lo fui,
mas ya aquel viento no sopla.
Ay! bien dice aquella copla:
«Aprended, flores de mí»...
No mas. Ya, como él, ampara
á usted...
Quién?
Mi corazón.
/Qué mas recomendación
que ese llanto y esa cara?
Madre de Dios!... Tanto agrado
me confunde y me avergüenza;
mas ya á respirar comienza
este pecho atosigado.
Dios me cerró otros caminos
y me abre el que me conviene;
el de esta casa, que tiene
ángeles por inquilinos.
Qué opinas de ese vocablo?
Que es de molde para tí...
Catuja Muchito!
Mas para mí,
no...
Sí tal: con los dos hablo.
¿Quién será el que no se rinda,
aun siendo de mármol frió,
á dama de tanto brio
v tan amable y tan linda?
j (Ah!...)
Pues el señor de Moría,
mi buen amigo, no es barro.
¡Vaya si estará bizarro
con la muceta v la borla!
Eli! basta ya... (Me atormenta.)
No se baga usted el candongo...
(Á Carolina.) Lo digo porque supongo...
Qué?
Que es usted su parienta.
Su parienta!
(Se me acaba
la paciencia.)
Pues; su esposa.
(Con enfado. )
Perdone usted; no hay tal cosa.
(Se irrita!)
(Esto me faltaba!)
No? Bien; es cuestión de nombre.
Si hoy lo impide algún obstáculo,
mañana quizá...
(Otro oráculo
que echa en saco roto. Qué hombre!)
(Á Carolina )
Eh? Corta será la tregua,
porque novios, claro está
que lo son ustedes.
(Ah!)
Eso se conoce á legua.
Perdona su indiscreción.
(Mayor es tu impertinencia.)
¿Quién le ha dado á usted licencia
para esa pesquisición?
Primos somos, nada mas.
Toma! ¡Como de esos primos
se quieren, y se hacen mimos,
(Está dada á Barrabás!)
No; somos primos... á secas.
Mi novio él? Ni por asomo.
Creí que... Tan cerca...
Como
si estuviese en las Batuecas.
(a Carolina con ternura.)
Carolina!... (Ansias crueles
me hace pasar.)
(A Catuja bruscamente.) Basta ya!
Si...
¿Qué hace usted que no va
á traerme esos papeles?
Yo...
Vaya sin dilación
á lo que le tiene cuenta
y no se meta en la renta
del excusado.
Perdón!
(Á Carolina. ) ¿Le he llamado yo tahúr,
ó judío, ó cosa así
para...
Aun está usted aquí?
Jesús!... Vaya,... ahur.
(Con bondad.) ) »]
(Con despego.) ) A )Ur*
ESCENA X
(CAROLINA, DON RAMIRO.)
Al fin...
Señor don Ramiro,
muy primo mió y señor:
hoy está usted insufrible.
Pues ¿en qué he faltado yo?...
Su austera filosofía
tiene ya mas de un hemol,
y de indulgente me paso
cuando tal nombre le doy.
Carolina!..
Con licencia
de usted, creo que un doctor...
Oye...
No está dispensado
de tener educación.
No; pero... por qué lo dices?
Porque fastidiada estoy
de tus melindres.
Melindres!
¿Es algún crimen feroz
suponer que casto yugo
nos haya unido á los dos?
No, pero es mucha osadía...
¿Por qué con tanto rigor
tratar á la desdichada
que hizo tal suposición?
Muy brusco he sido con ella,
mas ¿qué quieres! Me irritó
con tantas bachillerías; —
y mi acerba reprensión
te prueba que no la miro
con amor...
Usted amor!
No es capaz una alma grande
de tanta degradación.
¡Por Dios, no aumentes mi angustia
con tus sarcasmos! ¡Por Dios,..
Ni puede á tal arrapiezo
arriar su pabellón
quien tan alto le mantiene
ante las damas de honor.
Con cada acento disparas
un dardo á mi corazón.
No abogo por la infeliz
que tu saña provocó,
sino por mí propia; mia,
que no de ella, es la cuestión.
¿Por qué, siendo caballero
y caballero español,
la sandez, que en mis oidos
sin escándalo sonó,
en los de usted fué blasfemia
que merece excomunión?
¿Hay en mí tan poco mérito
ó tanta arrogancia en vos,
que calificáis de absurda
nuestra imaginada unión?
No eres justa ni conmigo
ni contigo misma, no,
dando, prima, á mi conducta
tan falsa interpretación.
Ni hay tal arrogancia en mí
ni bajo el disco del sol
mujer más digna que tú
de lauro y admiración;
mas yo no puedo olvidarme
de quién eres y quién soy.
Yo, una mujer: claro está;
y tú...
Yo...
Un santo varón...
por no decir otra cosa.
Un ente...— habla sin temor —
raro, insociable...
(Muy irritada.) Olí! SÍ, SI.
(Prefiero su indignación
á su desprecio.) Aborréceme,
pues tanto enojo te doy.
(Fuerza será.)
Pero...
Basta!
Qué enfadosa discusión!
Me iré...
Nadie te echa; pero...
ESCENA XI
(CAROLINA, I), DON RAMIRO, EL MARQUÉS.)
(Siguen di sputando Carolina y D. Ramiro sin cuidarse del nuevo interlocutor.)
Sí, eso será lo mejor.
(Tal vez!)
Bella Carolina...
(Disputan!...) Corre la voz...
Mas si tal es tu deseo...
Deseo no; obligación.
Vengo...
(Al Marqués con despego.)
Eh!
Caballero...
(Como Carolina.) Bah!
(Á Ramiro.)
Vete bendito de Dios.
(Por qué riñen?) Con permiso...
Eh!
Bah!
Vengo del salón...
No queremos saber nada.
(Qué desdeñosa está hoy!)
(Á D. Ramiro.) Mi rival...
Cállese el necio!
(Váse por la puerta de la izquierda.)
(Á Carol ina.)
Prenda!...
Váyase el moscon!
(Váse por la puerta de la derecha.)
ESCENA XII
(EL MARQUÉS.)
Ó hay aquí gato encerrado
ó locos están los dos.
One X- calle y me vaya! «JO;Así
se trata á un hombre de pro?
(Haciendo sonar la campanilla y paseándose muy agitado.) Yo les juro por mi vida...
Yo sabré...
(A la puerta dftl foro )
Llama el señor?
Sí, para decir á usted
que...
Qué?
(Breve pausa.) Que callo y me voy.
i
(váse por el foro y detras el Criado.)
Acto tercero
ESCENA PRIMERA
(DON GABRIEL, CAROLINA.)
Dame la enhorabuena.
Magnánima Isabel cuanto benigna,
ya de admitir se digna
mi dimisión, y rota la cadena
que muy mal de mi grado
al timón me amarraba del estado,
en gozo convertida la amargura,
al lado de una prenda tan querida
en quien mi gloria estriba y mi ventura,
vuelvo á la paz del alma y de la vida.
Ab! sea mi respuesta un tierno abrazo;
(Se abraza a. ) que yo también rechazo,
oh padre mió! con desden profundo
las vanas ilusiones del gran mundo.
Supo apenas la crisis, tú lo lias visto,
don Fulgencio, tu insigne pretendiente,
cuando, aunque de sagaz presume y listo,
se quitó de la frente
la máscara falaz que la cubría,
y cuando otra ventaja no obtuviera
de mi tan anhelada cesantía,
el feliz pensamiento aplaudiría
de haber abandonado la cartera.
Cuando admití propicia su homenaje,
sincero en la apariencia,
me dejé fascinar, yo lo confieso,
por el falso oropel de su lenguaje;
pero á mi inexperiencia
se unió tal vez para turbarme el seso
otra razón no leve
que á declarar mi labio no se atreve.
Erré, mas dias lia que harta y muy harta,
me tenía ese histrión; ya no coarta
mi libertad, pues, como dice el vulgo,
mostró la oreja y entregó la carta,
y si le acusa usted, yo le excomulgo.
Mas, ay! en este mundo transitorio
¿quién, oh padre! al error no está sujeto?
La experiencia es gran cosa, y sin embargo
para nadie, señor, es un secreto
que ella también claudica.
Si es de los tunos largo el repertorio,
también el de los crédulos es largo,
y usted quizá... Pero el filial respeto
no me permite...
Eli?
Yo...
¿Qué significa
Señor!...
ííay de por medio otro farsante?
Sí...
(Á la puerta del foro.)
¿Permiten ustedes...
Adelante.
ESCENA II
(DON GABRIEL, CAROLINA, EL MARQUÉS.)
Beso los piés á la hermosa
Carolina, á quien tributo
tierno amor. Idem las manos
á su digno padre augusto.
Hombre! augusto...
Es una hipérbole
con que pondero mi sumo
respeto y... ¡Gracias á Dios
que al fin se me cumple el gusto
de ver á usted! Cuatro viajes
me ha costado; este es el último;
pero si mi diligencia
no ha dado hasta ahora fruto,
no á usted, que es tan bueno, sino
á la crisis lo atribuyo.
Yo que ahora más que nunca,
cuando otros liuven el bulto,
en ser amigo de usted
mi dicha cifro y mi orgullo,
sincera adhesión le ofrezco,
aunque no es grande mi influjo;
porque yo con la política
militante no especulo
ni soy de aquellos proteos
que dicen; oros son triunfos.
Le creo á usted, Marquesito,
y se lo agradezco mucho.
(Qué ceguedad!)
Don Fulgencio
muda ya á su nave el rumbo.
Ya lo sé, y nada me importa.
Sin embargo, porque juzgo
que no lia de pesar á ustedes
saber el chasco mavúsculo
que hoy se ha llevado, les voy
á contar en dos minutos
lo ocurrido en el Congreso.
Era gráfico preludio
el salón de conferencias
de un borrascoso tumulto.
Qué hervidero, santo Dios!...
Entre los diversos grupos
que había, el más agitado
era el que ese hombre perjuro
pretendía dominar.
Rostrituerto y cejijunto,
manoteaba como loco,
gritaba como energúmeno,
v sacando del bolsillo
notas, diarios, opúsculos,
el tema nos anunciaba
del ataque furibundo
con que se iba á pronunciar
contra usted y sus adjuntos;
y ostentando ya fogoso
el exuberante lujo,
de ominosas invectivas
de que se hace tanto abuso,
execraba el nepotismo
y los manejos ocultos;
y allí nos hizo un potaje
indigesto y nauseabundo
de turrón y sanguijuelas
y víctimas y verdugos.—
Óyese la campanilla,
se abren las puertas al público,
y se atestan las tribunas,
y se engallan los tribunos.
Á la lectura del acta
siguió un rápido murmullo,
que interrumpió don Fulgencio
pidiendo con ceño adusto
y bronca voz la palabra;
pero — cosas de este mundo! —
Se la atajó el Presidente
dando á las sesiones punto —
nunca fué sil señoría
tan sabio y tan oportuno—
á solicitud del idem
del Ministerio difunto,
basta que Su Majestad,
usando de su inconcurso
Real privilegio, forme
el Gabinete futuro.
Ya tenía yo noticia
de eso.
Así lo conceptúo;
mas, mensajero oíicioso,
yo al deleite no renuncio
de referir el efecto
que en el tránsfuga produjo
su inesperado percance.
Pálido le vi, convulso,
atortolado... Allí es nada!
¡Disiparse como el humo
so sueño de oro y quedársele
dentro del cuerpo el discurso! —
Y no es esto lo peor,
sino que, según barrunto,
le va á salir la criada
respondona.
Sí?
Lo fundo
en que corre por Madrid
el agradable susurro
de que el digno Presidente
del Ministerio presunto
es usted.
No sin razón
se lia propalado ese anuncio.
He podido serlo, sí;
la Reina me lo propuso
porque aprueba mi programa;
mas de tanto honor me excluvo
o
porque ya el poder no tiene
para mí atractivo alguno,
y porque, siendo obra mia
la crisis, creerían muchos
que desmedida ambición
á dar tal paso me indujo,
y me llamarían Judas
Iscariote... No! abrenuncio!
Dio$ la guarde—
siempre de nobles impulsos
movida, ya lia confiado
á otros hombres mas robustos
la carga que de los mios
cuerdamente yo sacudo.
Vítor! bravo! Eso es obrar
con la madurez y el pulso
de un gran filósofo, y no
de la secta de Ep icuro,
sino...
Adulación!
Justicia,
nada más: yo á nadie adulo.
Lo mismo diría usted
si en vez de echarse en el surco.
papá se aferrare al mando
como á la concha el molusco.
No tal... (Á D. Gabriel. )
¡Vaya una ocurrencia...
Tiene fe en mí y no le culpo;
mas sólo al común sentido
en esla ocasión consulto
sin pretender parecerme
á Sócrates ni á Confucio.
Quiénes son los agraciados?
¿Está ya completo el número...
(Dándole un papel.)
Sí. Aquí tiene usted la lista.
Hoy jurarán...
(Leyendo.) «Don Raimundo»... —
Oiga! Ya le designaban... —
«El Barón de Montecurvo»... —
Pariente mió.— «Don Próspero».., —
Célebre jurisconsulto! —
«Don Jaime»... — Ya! — «Don Cipriano»
Bien!— «Don Luis»... — Me congratulo
«Don Eulogio... Don Fermín»... —
Estos dos siempre van juntos.
(Vol viendo el papel á D Gabriel.) Buen areopago! Le apruebo.—
Y todos sin faltar uno
son del partido contrario
al que ha abrazado el obtuso
don Fulgencio. Se ha lucido!
Sí por cierto, y yo presumo
que disolverán las Cortes.
Pues si se cumple ese augurio,
no vuelve á ser diputado
á dos tirones el chusco.
Cómo no? Él se ingeniará...
Es cunero, y dificulto...
Se resellará otra vez.
Eso tenlo por seguro.
Hay ya sobre esa medalla
tantos lemas y dibujos,
que el más hábil numismático,
tras largos dias de estudio,
no podrá decirnos cuál
fué su primitivo cuño. —
Pero dónde está Ramiro?
Siempre ocupado en asuntos
litigiosos...
Con los cuales
no ganará cien escudos
al año. Relio sujeto!;
mas como ha dado en el flujo
que usted sabe, es su despacho
una especie de refugimn
peccatorinn, un...
(Con severidail) Marques!
No es decir que yo censuro
su cristiana vocación...
Sería usted muy injusto
si tal hiciera.
En efeclo.
Algo peca de cartujo...
(Ah!)
Pero...
No hay corazón
más benéfico que el suyo.
Sí.
Ni carácter más digno
de...
Sí; lo afirmo...; lo juro.
Lo que be dicho es porque creo
que no sería un absurdo,
sin olvidar á los pobres,
procurar también, no un lucro
odioso, sino el que baste
á redondear su peculio.
¿Cómo he de ser yo enemigo
de tan guapo mozo, y cuyo
pariente seré tan luego
como el sacrosanto yugo
me una para siempre...
(Ay Dios!)
¿Á ese adorable trasunto
de todas las perfecciones?
(Asoma D. Ramiro por la puerta de la izquierda, sin ser visto, y observa.)
Grato me será ese nudo,
lo sabe usted, si consiente
mi hija...
(Ah!)
Señor!...
(¿Qué escucho!)
ESCENA III
(DON GABRIEL, CAROLINA, EL MARQUÉS, DON RAMIRO.)
No urge tanto el casamiento...
(Adelantándose.)
Permítame usted...
/Qué miro!
Yo vengo...
Á qué?
Don Ramiro!
Á poner impedimento.
(Gracias á Dios!... Ya respiro.)
Hablas con formalidad?
Sí, señor.
No me someto
á tal arbitrariedad.
¿Quién le da á usted facultad
para tan extraño veto?
(Amor!)
Qué ley nos enjuicia?
¿Qué...
¿Es litigio lo que entablas...,
ó una chanza sin malicia...
Sí.
No!
En nombre de quién hablas?
En nombre de la justicia.
Quién falta a ella? Yo ignoro...
De la justicia!
Sí tal.
(Qué dice?...)
Su nombre imploro
y el de la sana moral.
¿Á quién aquí se atropella,
al novio ó á la doncella?
¿Á quién, ¡voto á...
(Á u. Gabriel.) Usted perdone,
el entredicho se pone?
Es mia la tacha, ó de ella?
De ella! ¿Quién, siendo dechado
de virtud, fuera tan ciego,
tan soez y deslenguado
que osara injuriarla?
Luego
¿sobre mí viene el nublado?
Sí, señor.
Cómo!...
Qué es esto?
¡Qué ley, ni aquí ni en Sicilia,
se opone... (Malo me lie puesto!)
á que...
Ese enlace funesto
deshonrara á mi familia.
(Algo Sabrá...) (Á O. Gabriel.)
Es solecismo!
Él dirá...
Calumnia infamia!
(Reniego de su bautismo.)
Digo la verdad.
Hoy mismo
entablaré la demanda...
Se guardará usted muy bien
de hacerlo.
(Me descalabra.)
¡Hum... (Dios le confunda, amén!)
Por qué?
Á otra dio palabra...
¡Palabra... lo... ¿Cuándo... ¿Á quién.
No vale hacerse de nuevas,
que no soy yo un aprendiz.
Á la mujer infeliz
que sedujo usted.
¿Qué pruebas
tiene usted de ese desliz?
No desliz, sino delito
es ese y delito enorme.
Bien; pero á nadie (Maldito!)
por error ó falso informe
se le cuelga un sambenito.
(La andaluza... Es evidente.)
R A JURO. El informe es fehaciente
y explícito.
(¿Quién diría...)
Y si le desmiente usía,
á sí propio se desmiente.
(Temblando estoy.)
Carta canta.
(Tiró el diablo de la manta!)
(Sacando las cartas y mostrándoselas al ¡Marqués.)
Tres tengo aquí...
(Me acogota. )
Que usted firmó.
(Virgen santa,
por qué fui yo tan idiota?)
Ay papá!...
Vea usted, vea
si son...
(Aciaga mujer!)
Quiere usted que yo las lea?
No, señor: no es menester.
(Mi martirio le recrea.)
Aquí da usted testimonio
de amor tropical...
(Demonio!)
Y habla usted — esto es mas grave —
del pactado matrimonio...
(Ap. al Mai qués.) Y de aquello que usted sabe.
(Guardando las cartas.) Se unirán al expediente,
y si usted no reconoce
la íirma, el juez competente...
(Salgamos por la tangente y echémoslo todo á doce.)
Blasono de solariego,
y ábrase el juicio ó no se abra,
yo nunca mi firma niego.
Bien: ahora la íirma, y luego
la palabra...
Eh! la palabra...
Algunas se dan por gresca...
No creo que cause estado-
una carta novelesca.
Cuando uno está enamorado
no sabe lo que se pesca.
Yo esa doctrina repruebo.
Es de alabar su frescura.
;Tan horrible es ó tan nuevo
gustar... ¿Qué incauto mancebo
no hace alguna travesura?
Ni los hombres de mi alzada
buscan en rudos barbechos
su esposa predestinada,
ni hará bien esa cuitada
en tomarlo tan á pechos.
Eh! calle usted, que me irrito.
Qué descaro! ¿Usted se mofa...
Sí tal, que no vale un pito...
Pecadillos de esa estofa
se absuelven con pan bendito.
(¡Bribón... Por dicha no es tarde.)
Quien de tener hace alarde
costumbres tan relajadas,
sólo desprecios aguarde
de las mujeres honradas,
y ni en rústico barbecho
ni bajo dorado techo
es dado poner la planta,
ni alegar ningún derecho
á quien todos los quebranta.
¿Tan poco es lo que yo valgo,
que así usted me ha escarnecido
queriendo ser mi marido?
¿Qué vale llamarse hidalgo
quien su estirpe echa en olvido?
Privilegios de nobleza
no excusan una vileza;
que en las obras, no en la cuna
ni en los bienes de fortuna,
la honra está ó la bajeza. —
Ah! ya el corazón leal
me hacia ver duelo ó mengua
en consorcio tan fatal;
pero el respeto filial
puso un candado á mi lengua.
De su padre amigo fiel,
creí— ¡decepción cruel
de mi fe y mi gratitud! —
que la paterna virtud
se perpetuaría en él.
Juro al concilio de Trento
que de mi conducta aleve
me sonrojo y me arrepiento;
mas si la culpa no es leve,
mayor es el escarmiento.
Sin que judicial edicto
venga á aumentar mi conflicto,
la pretensión desamparo —
ay dolor! — y me declaro
reo confeso v convicto.
Pero respecto de ustedes
no es mi culpa tan atroz.
Amor me cogió en sus redes...
A usted!
Bah!
Estéril mi voz
se embota en esas paredes.
No es ménos verdad por eso
que yo— conste en el proceso —
amo, adoro á Carolina,
aunque indigno me confieso
de dama tan superfina. —
Sí, señores! Sí, señora!
Sépanlo ustedes y el globo.
sólo por ella me arrobo,
y no por la pecadora
que ese hombre guarda en adobo.
Capricho fué aquel, sí tal,
pasajero, y por el cual
más la lástima que el odio
merezco; fué... un episodio,
y esta es la acción principal.
Acción cuyo desenlace...
Ya; es echarme, sin enlace,
por la puerta de los carros
y castigar mis desbarros
con un requiescat in pace.
(Riénd ose y lo mismo Carolina y D. Ramiro.)
No... Pasma su desenfado.
Sí, es donoso.
En sumo grado.
¿Cómo no ser indulgente,
papá, con un delincuente
que hace reir al juzgado?
Ah! sí; de almas tan humanas
no en vano mi gracia impetre.
Con intenciones muy sanas
yo acá para mi caletre
hacía cuentas galanas.
Fiaba en que la aventura
tarde ó nunca se sabría,
fiaba en mi jerarquía
y en que al fin amar me baria
con prodigios de ternura;
y como aquella trastada,
excusable en un marqués,
ántes se hizo, no después,
decia yo: agua pasada
no muele, et cociera.
Pues!
Me engañó mi presunción,
y de ella me reconvengo
yo propio, y en conclusión,
digo á ustedes que no tengo
todo lo de Salomón.
Si le falta á usted su ciencia,
en cambio tiene una ganga,
quizá de más conveniencia...
Cuál?
Ser tan ancho de manga
para su propia conciencia.
Pche!...
Pero aunque yo propendo
á la indulgencia también,
sepa usted que no la extiendo
á abandonar con desden
¡i los pobres que defiendo.
(Ya vuelve á buscarme el bulto
el tenaz jurisconsulto.)
También yo, en lo que usted llama
acción principal del drama,
le compadezco y le indulto;
pero si Ja broma sigo,
porque sería cruel
dar á usted otro castigo,
lo del episodio aquel
no es cosa de risa, amigo.
Dale! Á todo trance quiere
cargarme... Esa sí que es ganga!
La pobre mujer...
Que espere!
¿Sé yo si vive ó si muere
y si está aquí, ó en Berlanga?
Vive, y llora...
Llore ó ruja,
no guardo mi blanca mano
para semejante bruja.
Yo...
(Yéndose.) Abur!
(Saliendo de pronto por la puerta
asiéndole de un brazo.)
Alto ai quí, vi
Bien decía yo...
Caí uja!...
ESCENA IV
(CAROLINA, DON GABRIEL, DON RAMIRO, EL MARQUÉS, CATUJA.)
Infiel! traidor!...
Allí estabas!
Y harta ha sido mi paciencia
en o ir te hablar de mí
con tan brutal desvergüenza,
y no salir antes, picaro!
á arrancártelas orejas.
Es muy amable; eso sí!
¿Cómo quieres que lo sea
cuando...
(.A Ü. Ramiro.) Agradezco á usted mucho
esta agradable sorpresa.
No la he preparado yo,
sino...
Quién?
La Providencia.
Suelta! sin la voluntad,
es inútil que me prendas
el brazo.
No te irás, no,
sin cumplirme tu promesa.
Suéltele usted en buen hora,
pues sin usar de violencia
ni de coacción, sin duda
se vendrá el señor á buenas.
(Suelta Catuja al ¡Marqués.)
Me vendré ó no me vendré;
que á mí no se me maneja
como á un niño.
Con la honra
de una mujer no se juega,
y habiendo usted seducido
áesa...
Dónde está la prueba?
Mis descargos se oirán
donde se oiga su querella.
Quién ha seducido á quien?
Difícil es el problama.
(Aparte á D. Ramiro- ) Puede que tenga razón.
¿Por qué no pudo ser ella
la que...
^Llorando.) Seducirte yo!
¿Cómo... Ay! demasiado crédula
Cómo dices? Con tu cara,...
que era entonces pasadera;
con tus ojos; con los dengues
en que todas sois maestras;...
¿qué sé yo!.. Con esa misma
credulidad zalamera,
velo de loca ambición
y de pretensiones necias.
¿Por dónde podías tú
esperar, soñar siquiera
ser esposa de un marqués
que desciende en línea recta...
Bah! ¿Y por dónde creyó usía
que sus ruegos me vencieran
á no haberme prometido
la bendición de la iglesia?
Aun esto, yo lo confieso,
no disculpa mi flaqueza;
pero ¿por qué en este siglo
de luces, no de tinieblas;
de igualdad y de progreso,
no de señores y siervos;
por qué no pudo, sin nota
de impertinente y soberbia,*
el deseo de ser titula
trastornamente la chabeta?
Yaya! Siendo, como soy,
bien nacida y nada lerda,
no es cosa del otro juéves
que aspire yo á ser marquesa
cuando peores bodorrios
se están haciendo á docenas.
(Ap.) (á Carolina.)
Otro caso fulminante
do la enfermedad que reina.
Que se hagan! Vo no soy voto
de reata, y harta pena
es perder una deidad
sin cargar con una pécora.
¿Yo pécora, santo Dios!
Una cosa es que uno tenga,
por distracción, amorcillos
con mozas de baja esfera,
y otra...
Perro! ¿Distracción
llama usted...
Y otra...
Alma negra
Pagarla tan cara. No!
Primero iria á galeras.
La promesa, escrita está;
probado hasta la evidencia
el perjurio, y esta pobre
de grado obtendrá ó por fuerza
la justa reparación
que exige.
Bien; si pleitea,
pleitearé y veremos...
Bien!
Y se morirá de vieja,
se lo juro, ántes que yo...
Demos fin á esta contienda.
El pleito puede excusarse
si obra el Marqués con nobleza...
Si hará.
Y transige...
Casándome?
Apelo de la sentencia.
Ó por lo ménos dotándola
con lo que el código reza.
Bien... (Cruel alternativa!)
Yo consultaré — no hay priesa—
con la almohada...
¿Por qué
no dices con la conciencia?
( Exasperado )
Mujer!...
Porque no Ja Penes.
Catuja!,
(Llorando.) Si la tuvieras,
no con oro, con tu mano
pagarías una deuda
tan sagrada; pero, oh Dios!
ni mis lágrimas acerbas,
ni la voz, ay! ya dimita,
con que la naturaleza
te grita...
¡Votoá... Suspende
tu sentimental arenga.
Hombre sin fe! Yo...
(Á d. Ramiro.) llaga usted
de mí todo lo que quiera...;
se entiende, menos..., con tal
de que yo no oiga ni vea
en los dias de mi vida
á esa fatal hija de Eva.
Tente!...
(Con cómico despecho.)
Adiós!
ESCENA V
(CAROLINA, DON RAMIRO, DON GABRIEL, CATUJA.)
Se va! Se ha ido!
(Como amagrda de un desmamo.)
Av!... las rodillas me tiemblan...
o
Los ojos... Téngame usted...
(Ahora una pataleta?)
Voto á bríos! JNo se desmaye
usted: la ley se lo veda.
(Con candor.)
Obedezco.
(A¡>. con D. Ramiio á Carolina.)
Es maula.
Harían
ella y él linda pareja.
(A D. Ramiro, parodiando á Catuja.)
«Porque una sea andaluza
¿lia de ser carantoñera?»
Ánimo y conformidad,
Catuja. Si se desdeña
de contraer matrimonio
con usted un calavera,
por ello más que de pésame
está usted de enhorabuena.
Mal lo pasaría usted
si contra viento y marea
de semejante marido
se proveyese, y más cuenta
le ha de tener resignarse
á soltería perpetua.
Ay, sí señor!; que no en vano
dice el refrán: cada oveja...
Sí.
Y como, al cabo y al fin,
siempre se rompe la cuerda
por lo más delgado...
Pues.
Y otro adagio nos enseña
que quien nació para ochavo
nunca llegará á peseta,
¿qué be de hacer sino...
Hay también
otro refrán que consuela...
Cuál?
Los duelos...
Sí, con pan
son menos. — Pues bien, si suelta
aquel foragido el dote
á que la ley le condena,
entonces...
Le cobrará
Sí?
Sí, á toca teja:
palabra de honor.
Si usted
responde de la solvencia...
Algo más que eso: el dinero
no saldrá de su gaveta,
sino de la mía.
(Tomando afectuosamente la mano de so padre..)
Ah! Bien!
(Haciendo lo mismo.)
Bravo1
Así me lo aconsejan
mi caridad por un lado
y por otro su pobreza;
así la grata memoria
honraré de don Estéban
su ilustre padre, a quien Dios
haya dado gloria eterna;
así en íin excusará
poner su cara en vergüenza
esta infeliz.
¡Oh infinita
bondad!
(Queriendo ariodiüarse é impidiéndoselo D. Gabriel.) Besaré la tierra
que pisa mi bienhechor...
No!
Sí.
Nada de pamemas!
(á c arolina )
Vuelvo á afirmar, señorita,
que es esta casa vivienda
de ángeles. Ah! yo bendigo
agradecida la estrella
que aquí me trajo. Oh ventura!
Sin humillar mi cabeza
á un mal caballero, indigno
de mí, saldré de miseria.
(Á I). Gabriel.)
Bien dice usted, ciudadano:
pundonor, delicadeza
sobre todo: este es mi norte;
esta...
No mas...
Con licencia
de ustedes... Ah! ofrece á ustedes
Catuja la costurera
su fina amistad...
Bien.
Basta...
Abur...
Y una pobre celda,
calle del Humilladero...
(Sacando una tarjeta y dejándola sobre un velador.) Aquí dejo la tarjeta. —
Número...
No es necesario...
Sotabanco de la izquierda.
escena vi.
(D. RAMIRO. D. GABRIEL.)
Gracias á Dios que se fué!
Sí, y sin ella, y sin el plepa
del Marqués, y sin el otro
fantasmón, y sin cartera
sobre todo, ¡qué tranquila
será de boy más, qué halagüeña
la vida que...
(Á la puerta del foro.)
Un oficial
del Ministerio de Hacienda...
¡Otra vez...
No! Dios me libre. —
Á mi despacho. (Váse el criado.)
No temas.
Le mandé que me trajera
á firmar...; cosas resueltas
dias ha y de puro trámite.
Amo y venero á mi Reina,
pero ¿mando? Una y no mas!
Compadezco á quien le hereda.
ESCENA VII
(CAROLINA, DON RAMIRO.)
Tronaron lus pretendientes.
Yo te felicito, prima.
Sí?
Sí. Verte daba grima
sitiada por tales entes.
C rol. Sí, ya puedo á mi albedrío
mejorarme, y de esta gracia
soy deudora á la eficacia
de tu celo, primo mió.
No me des á mí la palma:
Dios...
Bien; Dios todo lo hace;—
mas tan feliz desenlace
¿no es grato también á tu alma?
Sí, que tu felicidad
prefiero á la mía. (¡Ay Dios!)
Bien; pero... ¿hay entre las dos
incompatibilidad?
Sí.— No!— Perdona, divina
mujer, si mal de mi grado...
¿Cómo ser yo desgraciado
siendo feliz Carolina?
Yo feliz!... Mayor zozobra
es Id que ahora me asalta.
Yo feliz! Mucho me falta
para eso.
Ó mucho te sobra.
Qué?
Nada.
Esa reticencia
me hace reír... y llorar.
Qué me puede á mi sobrar?
Dilo: acaba.
Mi presencia.
Jesús!... ¿Otra vez (Me quemo!)
esa manía te acosa?
Dios lo quiere.
Eh! no hay tal cosa.
Y es justo...
Eres un blasfemo.
No, prima...
Sí una y mil veces.
Á ménos que de este asilo
el odio te aleje... Dilo
sin reparo: me aborreces?
Yo aborrecerte! Al contrario:
te amo con idolatría.
(Ah! por fm...) Ya lo sabía.
Perdón! Soy un temerario.
(Riéndose.) TÚ!
Te ries!
No...
Te escamas!...
Ya mi imprudencia maldigo.
Pues yo no.
Enterrar conmigo
debí mi secreto.
Me amas!
Y amándome buyes de mí!
Sí.
Pero ¡acaso es ruindad
quererme?
Es temeridad;
ya lo be dicho.
Por qué?
Sí,
porque, á no perder la cholla,
no sube tanto de punto
la ambición del que es, por junto,
letrado de misa y olla.
Ah! no: á morir me sentencio
antes que á vil interés
se achaque mi odio al Marqués
y al ínclito don Fulgencio.
Hombre de Dios!;Ahora sales
con eso? ¿Tanto exageras
tu humildad? ¿No consideras
lo que ellos son y tú vales?
Ah Ramiro! Di mas bien,
y perdonártelo puedo,
que te enmudecía el miedo
de provocar mi desden. —
Pero... si te amase yo...
(Salgamos ya de este potro!)
(Sobresaltado.) Peor es esto que lo otro.
¡Adiós...
(Para sí.) Virgen de la O!,
qué hombre es este?
(Cerrando la puerta del foro, á la cual se dirigía don Ramiro.) Eli! no se vaya
el taimado, el... No se irá.
No faltaba más! — Papá!...
Yo...
Esto pasa de la raya.—
Yo te juro por mi nombre...
Papá!— Esto es ya ser grosero...
ESCENA VIII
(CAROLINA, DON RAMIRO, DON GABRIEL.)
Llamas?
Sí.
Qué quieres?
Quiero...
que me prenda usted á ese hombre.
Por que? Por alguna riña
pueril.
Por una maldad.
Pero ¿con qué autoridad?
Con la de ministro.
Niña!
Sí, sí.
¡Un ministro prender
como aguacil!... Cosa extraña!
Un ministro hace en España
todo lo que quiere hacer.
No, hija mia. — Mas si ya
no lo soy, ¿cómo pretende
tu antojo...
Dalí! se le prende
con fecha de ayer, papá.
ÍÁ D. Ramiro.)
Hable usted, caballerito.
¿Qué ha habido aquí...
(Muy turbado.) Yo... SeflOr...
Si...
Tiemblas!
Ese temblor
denuncia su atroz delito.
¡Delito un hombre tan probo,
tan...
No hay que fiarse de él;
que también suele con piel
de oveja vestirse el lobo.
Lobo tú!
Y leopardo, y grifo.
De qué eres reo?
De amor.
Á tí?
Sí, se... No, señor!
No entiendo ese logogrifo.
Ni yo.
Sí v no... Me confundo.
Me ama, y huye de mi casa!
Sí?
Sí. Lo que á mí me pasa
no tiene ejemplo en el mundo.
Qué dices tú á eso?
Nada.
Yo hablaré, pues fuerza es.
Ya á verse aquí entre los tres
un pleito á puerta cerrada. —
Usted, juez.
No soy togado.
No le hace.
La acusadora
serás tú.
Es claro.
En buen hora
y Ramiro tu abogado.
Qué absurdo! ¿Cómo,..
Ya veo...
Él sólo á pobres defiende;
yo no soy pobre, y por ende...
Si; olvidaba... Él es el reo.
Aunque es de ciencia un abismo,
no la lie menester, papá.
Tanto mejor.
Y harto hará
en defenderse á sí mismo.
Y nadie de esto se asombre;
que su instinto seguirá,
porque hombre pobre, quizá
no lo es; pero es un pobre hombre.
Comienza ya tu alegato.
Lo haré pues sin ceremonia,
ya que es tal la... parsimonia
de ese doctor timorato.
Bien.
Óigame usted, señor...
Sí.
Con la benevolencia
de un padre y con la indulgencia
piadosa de un confesor.
Sí, Carolina, si; pero
esta segunda alcaldada...
¿Ahora quieres que invada
la jurisdicción del clero!
En suma, estamos los dos
uno del otro prendados,
ciegamente enamorados...
Sí? Loado sea Dios!
Pero él es tan recoleto,
que no se daba á partido,
y con pinzas he tenido
que arrancarle su secreto;
y después que logra ufano
á dos rivales vencer,
me desahucia á mí! Esto es ser
el perro del hortelano.
Piectificaré.
Al fin hablas!
Con placer, con regodeo
— 8o —
á sus dos galanes veo
retirados de las tablas;
no por mi propio interés,
aunque es verdad que la adoro,
sino porque á su decoro
cumple olvidar á los tres.
Yo que culpé con justicia,
mas sin segunda intención,
de uno la ciega ambición,
de otro la torpe codicia,
¿cómo pudiera, hombre oscuro,
sin sospecha de egoísmo,
dar por bueno en mí lo mismo
que en ellos odio y censuro?
¿Temes — tu temor denigro —
que de tí se rían...
Sí.
No eres tú tan baladí
que corras ese peligro.
Ser ridículo, á fé mia,
es un estigma cruel;
mas también se incurre en él
por temerle en demasía.
El hombre pundonoroso
nunca caerá en menosprecio
por satirizarle un necio
ó morderle un envidioso.
Yo tales juicios condeno,
y aunque no soy leguleya,
ni fui con prosopopeya
doctorada á claustro pleno,
probaré de varios modos,
en un luminoso artículo,
que es tal vez el más ridículo
quien pone mazas á todos,
y aunque la frivolidad
tanto abusa de ese nombre,
siempre está en manos de un hombre
tener honra y dignidad.
Tienes razón...
Pero á tí
no hay ninguna que te cuadre,—
— sí) —
Desherédeme usted, padre;
á ver si me quiere así.
Eso no!...
Silencio!
Callo.
Visto lo que cada cuál
ha alegado, bien ó mal,
resumo el debate, y fallo.—
Visto que el título infama
do caballero el amante
que, esquivo y recalcitrante,
vota en contra de su dama;
y que, pues un rico dote
nunca fu ó tacha legal,
si alguien le escupe, ese tal
es tonto de capirote:
considerando que no es
de. ahora mostrar Ramiro
en su modesto retiro
ejemplar desinterés;
y por fin, considerando
que debe ser tu marido,
pues él para tí ha nacido,
para él tú; ordeno y mando
que acabemos de una vez
y santo vínculo os ate; —
y por si hago un disparate,
condeno en costas... al juez.
Tío amado! Ya prescindo
de mi necia cobardía
y tic una filosofía
que no es de moda. Me rindo.
¿Y cómo no, si esos ojos
harían pecar á un santo?
Sí, mí vida; sí, mi encanto.
(Alargando su mano en demandado la de Carolina) Dame...
Pídela de hinojos.
Sí, á tus píes me precipito. (Lo hace )
Aunque el triunfo es lisonjero,
i harto le he sudado...
Ah!
Pero
á buen bocado buen grito.
Rúen bocado vo, alma mia?
¡Tú sí...
Levanta! (Le alza cor» sus dos manos. )
Me quieres?
Con delirio. —¡Tú sí que eres
néctar, maná y ambrosía!
Nada perderán á fe,*
tus pobres, porque de hoy más...
Qué?
Tú los defenderás
y yo los socorreré.
No os congratuláis conmigo?
Sí! (forren á los brazos de D. Gabriel )
Precursor de otro lazo
mas dulce sea este abrazo.
Papá!
Señor!
Vo os bendigo.
Y tras de esa bendición,
nos dará su visto-bueno
todo aquel en cuyo seno
lata un noble corazón.