Acto primero
ACTO PRIMERO
Sala en el Alcázar de Toledo.
Salen el Rey, con banda roja atravesada, leyendo un
memorial, y Don Mendo.
Don Mendo, vuestra demanda
he visto.
Decid querella:
que me hagáis suplico en ella
caballero de la Banda.
Dos meses há que otra vez
esta merced he pedido:
diez años os he servido
en palacio, y otros diez
en la guerra; que mandáis
que esto preceda primero
á quien fuere caballero
de la insignia que ilustráis.
Hallo, señor, por mi cuenta',
que la puedo conseguir;
que si no, fuera pedir
una merced para afrenta.
Respondióme lo veria:
merezco vuestro favor,
y está en opinión, señor,
sin ella la sangre mia.
Don Mendo, al Conde llamad..
Y á mi ruego ¿qué responde?
Está bien: llamad al Conde.
El Conde viene.
Apartad.
Pedí con satisfacción
la banda; y no la pidiera,
si primero no me hiciera
yo propio mi información.
Sale el Conde, con un papel.
Qué hay de nuevo? (Al Conde.)
. En Algecira
temiendo están vuestra espada;
contra vos el de Granada
toda el África conspira.
Hay dineros?
Reducido
en éste, veréis, señor, (Dale un papel.)
el donativo mayor
con que el reino os ha servido.
La información ¿cómo está, (Aparte al Conde.)
que os mandé hacer en secreto,
Conde, para cierto efeto,
de don Mendo? ¿hízose ya?
Sí, señor.
Cómo ha salido?
La verdad, ¿qué resultó?
Que es tan bueno como yo.
La gente con que ha servido
mi reino, ¿será bastante
para aquesta empresa?
Freno
seréis, Alfonso el Onceno,
con él del moro arrogante.
Quiero ver, Conde de Orgaz,
á quién debo hacer merced
por sus servicios.
Leed;
( Da el papel al Rey. )
El reino os corone en paz
adonde el Genil felice
arenas de oro reparte.
Guárdeos Dios, cristiano Marte.
Leed, don Mendo. (Dale el papel.)
Así dice:
(Lee). «Lo que ofrecen los vasallos
wpara la empresa á que aspira
^vuestra alteza, de Algecira,
»en gente, plata y caballos. —
«Don Gil de Albornoz dará
wtres mil hombres sustentados;
5)el de Orgaz dos mil soldados;
»el de Astorga llevará
«cuatro mil, y las ciudades
apagarán diez y seis mil.
vCon su gente, hasta el Genil
»irán las tres Hermandades
«de Castilla; el de Aguilar,
«con mil caballos ligeros:
»mil ducados en dineros
» García del Castañar
»dará para la jornada,
»cien quintales de cecina,
«dos mil fanegas de harina
«y cuatro mil de cebada,
)> catorce cubas de vino,
»tres hatos de sus ganados,
«cien infantes alistados,
«cien quintales de tocino. —
»Y doy esta poquedad
«porque el año ha sido corto;
»mas ofrézcole, si importo,
«también á su majestad
»un rústico corazón
»de un hombre de buena ley,
«que aunque no conoce al Rey,
«conoce su obligación.»
Bey. Grande lealtad, y riqueza!
Castañar! humilde nombre.
Rey, Dónde reside ese hombre?
Oiga quién es vuestra Alteza.
—Cinco leguas de Toledo,
corte vuestra y patria mia,
hay una dehesa, adonde
este labrador habita,
que llaman el Castañar,
que con los montes confina,
que de esta Imperial de España
son posesiones antiguas.
En ella un convento yace,
al pié de una sierra fria,
del caballero de Asís,
de Cristo efigie divina;
porque es tanta de Francisco
la humildad que le entroniza, -
que áun á los piés de una sierra
sus edificios fabrica.
Un valle el término incluye,
de castaños; y apellidan
del Castañar, por el valle,
al convento y á García:
adonde, como Abraham,
la caridad ejercita,
porque en las cosechas andan
el cielo y él á porfía.
Junto del convento tiene
una casa, compartida
en tres partes: una es
de su rústica familia
capaz albergue, repuesto
del fruto de vid y oliva f
tesoro donde se encierra
el grano de las espigas;
que es la abundancia tan grande
del trigo que Dios le envía,
que los pósitos de España
son de sus trojes hormigas.
Es la segunda un jardín,
cuyas flores repartidas
fragantes estrellas son
de la tierra, y del sol hijas:
tan várias y tan lucientes,
que parece, cuando brillan,
que bajó la cuarta esfera
sus estrellas á esta quinta.
Es un cuarto la tercera
en forma de galería,
que de jaspes de San Pablo
sobre tres arcos estriba.
Ilústranle unos balcones
de verde y oro, y encima
del tejado de pizarras,
globos de esmeraldas finas.
En él vive con su esposa
Blanca la más dulce vida
que vió el amor, compitiendo
sus bienes con sus delicias:
de quien no copio, señor,
la beldad que el sol envidia,
porque ahora no conviene
á la ocasión ni á mis dias;
baste deciros que, siendo
sus riquezas infinitas,
con su esposa comparadas,
son la menor de sus dichas.
Es un hombre bien dispuesto,
que continuo se ejercita
en la caza, y tan valiente,
que vence á un toro en la lidia.
Jamás os ha visto el rostro,
y huye de vos, porque afirma
que es sol el Rey, y no tiene
para tantos rayos vista.
García del Castañar
es éste; y os certifica
mi fe, que si le lleváis
á la guerra de Algecira.
que llevéis á vuestro lado
una prudencia que os rija,
una verdad sin embozo,
una agudeza advertida,
un rico sin ambición,
un parecer sin porfía,
un valiente con discurso,
y un labrador sin malicia»
Notable hombre!
Os prometo
que en él las partes se incluyen
que en palacio constituyen
a un caballero perfeto.
No me ha visto?
Eternamente.
Pues yo le tengo de ver;
de él experiencia he de hacer.
Yo y don Mendo solamente,
y otros dos, hemos de ir.
Pues es el camino breve,
la cetrería se lleve,
porque podamos fingir
que vamos á caza; que hoy
de esta suerte le he de hablar;
y en llegando al Castañar,
ninguno dirá quién soy.
Qué os parece?
La agudeza
á la ocasión corresponde.
Prevenid caballos, Conde.
Voy á serviros. (Vase.)
Su Alteza.
Sale la Reina.
¿Dónde, señor...
A buscar
un tesoro sepultado,
Léjos?
que el Conde ha manifestado.
En el Castañar.
¿Volveréis...
Luego que ensaye
en el crisol su metal.
Es la ausencia grave mal.
Antes que los montes raye
el sol, volveré, señora,
á vivir la esfera mia.
Noche es la ausencia.
Vos dia.
Vos mi sol.
Y vos mi aurora. (Vase la Reina.)
Qué decís á mi demanda?
De vuestra nobleza estoy
satisfecho, y pondré hoy
en vuestro pecho esta banda,
que si la doy por honor
á un hombre indigno, don Mendo,
será en su pecho remiendo,
y mudará de color:
y al noble seré importuno,
si á su desigual permito,
porque si á todos admito,
no la estimará ninguno. (Vanse.)
Fábrica hermosa mia,
habitación de un infeliz dichoso,
oculto desde el dia
que el castellano pueblo victorioso,
con lealtad oportuna,
al niño Alfonso coronó en la cuna:
en tí vivo contento,
sin desear la corte ó su grandeza,
al ministerio atento
del campo, donde encubro mi nobleza,
y extraño huésped, y quedé vecino.
En tí, de bienes rico,
vivo contento con mi amada esposa,
cubriendo su pellico
nobleza, aunque ignorada, generosa;
Sala en casa de Don García.
Sale Don García.
en quien fui
que aunque su ser ignoro,
sé su virtud, y su belleza adoro.
En la casa vivia
de un labrador de Orgaz prudente y cano:
víla, y dejóme un día
como suele quedar en el verano,
del rayo á la violencia,
ceniza el cuerpo, sana la apariencia.
Mi mal consulté al Conde;
y asegurando que en mi esposa bella
sangre ilustre se esconde,
caséme amante, y me ilustré con ella;
que acudí, como es justo,
primero á la opinión, y luego al gusto.
Vivo en feliz estado,
aunque no sé quién es, y ella lo ignora:
secreto reservado
al Conde, que la estima y que la adora;
ni jamás ba sabido
que nació noble el que eligió marido. —
Mi Blanca! Esposa amada!...
¡Qué divertida entre sencilla gente,
de su jardín traslada i
puros jazmines á su blanca frente!...
— Mas ya todo me avisa
que sale Blanca, pues que brota risa.
Sale Dona Blanca, con flores; Bras, Teresa, Bel ardo
y Músicos Pastores.
Músicos. Esta es Blanca como el sol;
que la nieve no;
esta es hermosa y lozana
como el sol
que parece á la mañana;
como el sol
que aquestos campos alegra;
como el sol
con quien es la nieve negra
y del almendro la flor.
Esta es Blanca como el sol;
que la nieve no,
G a rcí a. Esposa, Blanca querida,
injustos son tus rigores,
si por dar vida á las flores,
me quitas á mí la vida.
Mal daré vida á las flores,
cuando pisarlas suceda,
pues mi vida ausente queda
adonde animas, amores;
porgue así quiero, García,
sabiendo cuanto me quieres,
que si tu vida perdieres,
puedas vivir con la mia.
No habrá merced que sea mucha,
Blanca, ni grande favor,
si le mides con mi amor.
Tanto me quieres?
Escucha.
No quiere el segador el aura fria,
ni por Abril el agua mis sembrados,
ni yerba en mi dehesa mis ganados,
ni los pastores la estación umbría,
ni el enfermo la alegre luz del dia,
la noche los gañanes fatigados,
blandas corrientes los amenos prados,
más que te quiero, dulce esposa mia.
Que si hasta hoy su amor, desde el primero
hombre juntaran, cuando así te ofreces,
en un sujeto á todos los prefiero;
y aunque sé, Blanca, que mi fe agradeces,
y no puedo querer más que te quiero,
áun no te quiero como tú mereces.
No quieren más las flores al rocío
que en los fragantes vasos el sol bebe,
las arboledas la deshecha nieve,
que es cima de cristal, y después rio;
el índice de piedra al norte frió,
el caminante al iris cuando llueve,
la oscura noche la traición aleve,
más que te quiero, dulce esposo mío;
porque es mi amor tan grande, que á tu non>
como a cosa divina, construyera
aras donde adorarle: y no te asombre,
porque si el ser de Dios no conociera,
dejara de adorarte como hombre,
y por Dios te adorara y te tuviera.
Pues están Blanca y García
como palomos de bien,
resquiebrémonos también,
porque desde ellotro dia
tu carilla me engarrucha.
Y á mi tu talle, mi Bras.
Mas ¿que te quiero yo más?
Mas ¿que no?
Teresa, escucha.
Desde que te vi, Teresa,
en el arroyo á pracer,
ayudándote á torcer #
los manteles de la mesa;
y torcidos y lavados,
nos dijo cierto estodiante:
«así á un pobre pleiteante
suelen dejar los letrados,»
eres de mí tan querida,
como lo es de un logrero
la vida de un caballero
que dio un juro de por vida.
* Sale Tello.
Envidie, señor García,
vuestra vida el más dichoso:
sólo en vos reina el reposo.
Qué hay, Tello?
Oh señora mia!
¡Oh Blanca hermosa, de donde
proceden cuantos jazmines
dan fragancia á los jazmines!
Vuestras manos besa el Conde.
Cómo está el Conde?
Señora,
á vuestro servicio está.
Pues, Tello, ¿qué hay por acá?
Escuchad aparte agora.
— Hoy con toda diligencia
me mandó que éste os dejase,
y respuesta no esperase. (Dale un pliego.)
Con esto, dadme licencia.
No descansaréis?
Por vos
me quedara hasta otro dia;
mas no han de verme, García,
los que vienen cerca. Adiós. (Vase.)
El sobrescrito es á mí.
Mas ¿que me riñe, porque
corto el donativo fué,
que hice al Rey? Mas dice así:
(Lee). «El Rey, señor don García,
»que su ofrecimiento vió,
«admirado preguntó
»quién era vueseñoría.
»Díjele que un labrador
«desengañado y discreto;
»y á examinar va en secreto
»su prudencia y su valor.
))No se dé por entendido;
»no diga quién es al Rey;
«porque, aunque estime su ley,
»fué de su padre ofendido,
»y sabe cuánto le enoja
«quien su memoria despierta.
«Quede á Dios; y el Rey, advierta
»que es el de la banda foja.
))E1 Conde de Orgaz, su amigo.»
(Ap.) Rey Alfonso, si supieras
quién soy, ¡cómo previnieras
contra mi sangre el castigo
de un difunto padre!
Esposo,
silencio y poco reposo
indicios de triste son,
Qué tienes?
Mándame, Blanca,
en éste el Conde que hospede
á unos señores.
Bien puede,
pues tiene esta casa franca.
De cuatro rayos con crines
generación española,
de unos cometas con cola,
ó aves, y al fin rocines,
que andan bien y vuelan mal,
cuatro bizarros señores,
que parecen cazadores,
se apean en el portal.
No te dés por entendida
de que sabemos que vienen.
Qué lindos talles que tienen!
Pardiez, que es gente llocida.
Salen el Rey sin banda, y Don Mendo con banda, if
dos cazadores.
Hey. Guárdeos Dios, los labradores.
(Ap. Ya veo al de la divisa.) Caballeros de alta guisa,
Dios os dé bienes y honores.
Qué mandáis?
¿Quién es aquí
García del Castañar?
Yo soy, á vuestro mandar.
Bey.
García,
Gaían sois.
Dios me hizo así.
Mayoral de sus porqueros
só, y porque mucho valgo,
miren si los mando en algo
en mi oficio, caballeros;
que lo haré de mala gana,
como verán por la obra.
Quita, bestia.
El bestia sobra.
Qué simplicidad tan sana!
Guárdeos Dios.
Vuestra persona r
aunque vuestro nombre ignoro,
me aficiona.
Es como un oro:
á mí también me inficiona.
Llegamos al Castañar
volando un cuervo, y supimos
de vuestra casa, y venimos
á verla y á descansar
un rato, miéntras que pasa
el sol de aqueste horizonte.
Para labrador de un monte
grande juzgaréis mi casa;
y aunque un albergue pequeño
para tal gente será,
sus defectos suplirá
la voluntad de su dueño.
Nos conocéis?
No en verdad;
que nunca de aquí salimos.
En ía Cámara servimos
los cuatro á su majestad,
para serviros. — García,
¿Quién es esta labradora?
Mi mujer.
Gocéis, señora,■
tan honrada compañía
mil años, y el cielo os de
más hijos, que vuestras manoá
arrojan al campo granos.
No serán pocos, á fe.
Cómo es vuestro nombre?
Con vuestra beldad conviene.
No puede serlo quien tiene
la cara á los aires franca.
Yo también, Blanca, deseo
que viváis siglos prolijos
los dos, y de vuestros hijos
veáis más nietos, que veo
árboles en vuestra tierra,
siendo á vuestra sucesión,
breve para habitación
cuanto descubre esa sierra.
No digan más desatinos.
Qué poco en hablar reparan!
Si todo el campo poblaran,
¿dónde han de estar mis cochinos?
Rústico entretenimiento
será para vos mi gente.
Pues la ocasión lo consiente,
recibid sin cumplimiento
algún regalo en mi casa.
Tú disponlo, Blanca mia.
(Ap.) Llámala fuego, García, pues el corazón me abrasa.
Tan hidalga voluntad
es admitirla nobleza.
Con esta misma llaneza
sirviera á su majestad;
que, aunque no le he visto, intento
servirle con afición.
Para no verle, ¿hay razón?
Oh, señor! Ese es gran cuento:
dejadle para otro dia.
Tú, Blanca, Bras y Teresa,
id á prevenir la mésa
con alguna niñería. (Vanse los tres.)
Pues yo sé que el Rey Alfonso
tiene noticia de vos.
Testigos somos los dos.
El Rey, ¿de un villano intonso!
Y tanto el servicio admira
que hicisteis á su corona,
ofreciendo ir en persona
á la guerra de Algecira,
que si la corte seguís,
os ha de dar á su lado
el lugar más envidiado
de palacio.
¿Qué decís!
Más precio, entre aquellos cerros
salir á la primer luz,
prevenido el arcabuz,
y que levanten mis perros
una banda de perdices;
y, codicioso en la empresa,,
seguirlas por la dehesa
con esperanzas felices
de verlas caer al suelo;
y cuando son á los ojos
pardas nubes con piés rojos
batir sus alas al vuelo,
y derribar esparcidas
tres ó cuatro; y anhelando
mirar mis perros, buscando
las que cayeron heridas,
con mi voz que los provoca;
y traerlas, que palpitan,
á mis manos, que las quitan
con su gusto de su boca:
levantarlas, ver por dónde
entró entre la pluma el plomo;
volverme á mi casa, como
suele de la guerra el Conde
á Toledo, vencedor;
pelarlas dentro en mi casa,
perdigarlas en la brasa;
y, puestas al asador
con seis dedos de un pernil,
que á cuatro vueltas ó tres
pastilla de lumbre es
y canela de Brasil,
entregarlas á Teresa,
que con vinagre y aceite
y pimienta, sin afeite
las pone en mi limpia mesa >
donde, en servicio de Dios,
una yo y otra mi esposa
nos comemos; que no hay cosa
como á dos perdices, dos:
y levantando una presa,
dársela á Teresa, más
porque tenga envidia Bras,
que por dársela á Teresa;
y arrojar á mis sabuesos
el esqueleto roido,
y oir por tono el crujido
de los dientes y los huesos;
y en el cristal trasparente
brindar, y con mano franca
hacer la razón mi Blanca
con el cristal de una fuente:
levantar la mesa, dando
gracias á quien nos envía
el sustento cada dia,
varias cosas platicando;
que aquesto es el Castañar,
que en más estimo, señor,
que cuanta hacienda y honor
los reyes me pueden dar.
Pues ¿cómo al Rey ofrecéis
ir en persona á la guerra,
si amáis tanto vuestra tierra?
Perdonad, no lo entendéis.
El Rey es, de un hombre honrado,
en necesidad sabida,
de la hacienda y de la vida
acreedor privilegiado.
Agora con pecho ardiente
se parte á la Andalucía,
para extirpar la herejía,
sin dineros y sin gente.
Así le envié á ofrecer
mi vida, sin ambición,
por cumplir mi obligación,
y porque me ha menester;
que, como hacienda debida
al Rey, le ofrecí de nuevo
esta vida que le debo,
sin esperar que la pida.
Pues concluida la guerra,
¿no os quedaréis en palacio?
Vívese aquí más despacio,
es más segura esta tierra.
Pues posible es que os ofrezca
el Rey lugar soberano.
Y ¿es bien que le dé á un villano
el lugar que otro merezca?
Elegir el Rey amigo
es distributiva ley:
bien puede.
Aunque pueda el Rey,
no lo acabará conmigo;
que es peligrosa amistad,
y sé que no me conviene;
que á quien ama es el que tiene
más poca seguridad;
que por acá siempre he oido *
que vive más arriesgado
el hombre del Rey amado,
que quien es aborrecido:
porque el uno se confia,
y el otro se guarda de él.
Tuve yo un padre muy fiel,
que muchas veces decia,
dándome buenos consejos,
que tenía certidumbre
que era el Rey como la lumbre,
que calentaba de léjos,
y desde cerca quemaba.
También dicen más de dos
que suele hacer, como Dios,
del lodo que se pisaba,
un hombre ilustrado, á quien
le venere el más bizarro.
Muchos le han hecho de barro,
y le han deshecho también.
Sería el hombre imperfecto.
Sea imperfecto ó no sea:
el Rey, á quien no desea,
¿qué puede darle, en efecto?
Daráos premios.
Y castigos.
Daráos gobierno.
Y cuidados.
Daráos bienes.
Envidiados.
Daráos favor.
Y enemigos:
y no os tenéis que cansar;
que yo sé no me conviene,
ni daré por cuanto tiene
un dedo del Castañar:—
esto sin que un punto ofenda
á sus reales resplandores.
— Mas lo que importa, señores,
es prevenir la merienda. (Vase.)
Poco el Conde le encarece;
más es de lo que pensaba.
La casa es bella.
Extremada.
Cuál lo mejor os parece?
Si ha de decir la fe mia
la verdad á vuestra Alteza,
me parece la belleza
de la mujer de García.
Es hermosa.
Es celestial,
es ángel de nieve pura.
Ese ¿es amor?
La hermosura
¿á quién le parece mal?
Cubrios, Mendo, ¿qué hacéis?
que quiero en la soledad
deponer la majestad.
Mucho, Alfonso, recogéis
vuestros rayos, satisfecho
que sois por fe venerado:
tanto, que os habéis quitado
la roja banda del pecho
para encubriros, y dar
aliento nuevo á mis bríos.
No nos conozcan: cubrios;
que importa disimular.
Rico-hombre soy, y de hoy más
grande es bien que por vos quede.
Pues ya lo dije, no puede
volver mi palabra atrás.
Entrad, si queréis, señores,
merendar; que ya os espera,
como huerto en primavera,
la mesa llena de flores.
Y ¿qué tenéis que nos dar?
Para qué saberlo quieren?
Comerán lo que les dieren,
pues que no lo han de pagar,
ó quedaránse en ayunas;
— mas nunca faltan, señores,
en casa de labradores
queso, arrope y aceitunas.
Hay blanco pan, que, por cierto,
le amasamos yo y Teresa;
que pan blanco y limpia mesa
abren las ganas á un muerto.
También hay de las tempranas
uvas de un majuelo mió,
y en blanca miel de rocío
oerengenas toledanas;
perdices en escabeche,
y de un jabalí, aunque fea,
una cabeza en jalea,
porque toda se aproveche;
Sale Dona Blanca.
Blanca
cocido en vino un jamón,
y un chorizo que provoque
a que con el vino aloque
hagan todos la razón;
dos ánades, y cecinas
cuantas los montes ofrecen,
cuyas hebras me parecen
deshojadas clavellinas;
que cuando vienen á estar
cada una de por sí,
como seda carmesí
se pueden al torno hilar.
Vamos, Blanca.
Hidalgos, ea,
merienden, y buena pro.
( Vanse el Rey y los dos Cazadores.)
Labradora, ¿quién te vio,
que amante no te desea?
Venid y callad, señor.
Blanca
Cuanto previenes, trocara
á un plato, que sazonara
en tu voluntad amor.
Pues decidme, cortesano,
el que trae la banda roja,,
¿qué en mi casa se os antoja
para guisarlo?
Tu mano.
Una mano de almodrote
de vaca os sabrá más bien.
¡Guarde Dios mi mano, amén
no se os antoje en gigote I
que harán, si la tienen gana,
y no hay quien les replique,
que se pique y se repique
la mano de una villana,.
para que un señor la coma,
La voluntad la sazone
para mis labios.
Perdone:
bien está san Pedro en Roma;.
y si no lo habéis sabido,
sabed, señor, en mi trato,
que sólo sirve ese plato
al gusto de mi marido;
y me lo paga muy bien,
sin lisonjas ni rodeos.
Yo, con mi estado y deseos
te lo pagaré también,
Blanca
En mejor mercadería
gastad los intentos vanos;
que no comprarán gitanos
á la mujer de García,
que es muy ruda y montaraz.
Y bella como una flor.
Que ¿de dónde soy, señor?
Para serviros, de Orgaz.
Que eres del cielo sospecho,
y en el rigor, de la sierra.
Son bobas las de mi tierra?
Merendad, y buen provecho.
No me entiendes, Blanca mia?
Bien entiendo vuestra trova;
que no es tan del todo boba
la de Orgaz, por vida miá.
Pues, por tus ojos amados,
que has de oirme, la de Orgaz.
Tengamos la fiesta en paz.
Entrad ya, que están sentados,
y tened más cortesía.
tú ménos riguridad.
Si no queréis, aguardad. —
Ah, marido! Hola, García!
Sale García.
Qué queréis^, ojos divinos?
Haced al señor entrar;
que no quiere, hasta acabar
un cuento de Calaínos.
(Ap. ¿Si el cuento fuera de amor, del Rey, que Blanca me dice, para ser siempre infelice? Mas si viene á darme honor Alfonso, no puede ser. Cuando no de mi linaje, se me ha pegado del traje la malicia y proceder. Sin duda no quiere entrar, por no estar con sus criados en una mesa sentados: quiéroselo suplicar de manera, que no entienda que le conozco. ) Señor, entrad, y haréisme favor, y alcanzad de la merienda un bocado; que os le dan con voluntad y sin paga: y mejor provecho os haga, que no el bocado de Adán.
Sale Bra», y saca algo de comer, y un jarro, cubierto.
Uno.
Salen
Un caballero me envía (A Mendo.)
á decir como os espera.
Cómo, Blanca eres tan fiera? (Vase.)
Así me quiere García.
¿Es el cuento...
Proceder
en él quiere pertinaz;
mas déjala á la de Orgaz;
que ella sabrá responder.
(Vanse García y Blanca.)
Todos están á la mesa:
quiero á solas y sentado
mamarme lo que he arrugado,
sin que me viese Teresa.
¡Qué bien que se satisface
un hombre sin compañía!
Bebed, Bras, por vida mia.
Bebed, vos.
Yo? que me place.
el Rey, Don Mendo y los Cazadores, García
y Blanca.
Caballeros, ya declina
el sol al mar Octano.
Comed más; que áun es temprano:
ensanchad bien la pretina.
Quieren estos caballeros
un ave en la tierra rasa
volarla.
Pues á mi casa
os Volved.
Obedeceros
no es posible.
Cama blanda
ofrezco á todos, señores,
y, con almohadas de flores,
sábanas nuevas de holanda.
Vuestro gusto fuera ley,
García; mas no podemos;
que desde mañana hacemos
los cuatro semana al Rey,
Blanca, adiós: adiós, García*
El cielo os guarde.
Otro dia
hablaremos más despacio.
( Vanse el Rey y los Cazadores,)
Labradora, hermosa mia,
ten de mi dolor memoria.
Caballero, aquesa historia
se ha de tratar con García.
Qué decís?
Que dé á los dos
el cielo vida y contento.
Adiós, señor, el del cuento.
( Ap. Muerto voy. ) Adiós. ( Vase.)
Adiós.
—Y tú, bella como el cielo,
ven al jardín, que convida
con dulce paz á mi vida,
sin consumirla el anhelo
del pretendiente, que aguarda
el mal seguro favor,
la sequedad del señor,
ni la provisión que tarda,
ni la esperanza que yerra,
ni la ambición arrogante
del que armáflo de- diamante
busca al contrario en la guerra,
ni por los mares el norte;
que envidia pudiera dar
á cuantos del Castañar
van esta tarde á la Corte.
Mas, por tus divinos ojos,
adorada Blanca mia,
que es hoy el primero dia
que he tropezado en enojos.
De qué son tus descontentos?
Del cuento del cortesano.
Vamos al jardín, hermano;
que esos son cuentos de cuentos,
y es fuerza estar en palacio.
Acto segundo
ACTO SEGUNDO
Sala del Alcázar.
Salen la Reina y el Conde.
Vuestra extraña relación
me ha enternecido; y prometo
que he de alcanzar, con efeto,
para los dos el perdón;
porque de Blanca y García •
me ha encarecido su Alteza
en el uno la belleza,
y en otro la gallardía:
y pues que los dos se Unieron
con sucesos tan prolijos,
como los padres los hijos
con una estrella nacieron.
Del Conde nadie concuerda
bien en la conspiración.
Salió, al fin, de la prisión;
y don Sancho de la Cerda
huyó con Blanca, que era
de dos años, á ocasión
que era yo contra Aragón
General de la frontera,
donde el Cerda con su hija
se pretendió asegurar;
y en un pequeño lugar,
con la jornada prolija,
adoleció de tal suerte,
que aunque le acudí en secreto,
en dos dias, en efeto,
cobró el tributo la muerte..
Hícele dar sepultura
con silencio; y apiadado
mandé que á Orgaz un soldado
la inocente criatura
llevase; y un labrador
la crió, hasta que un dia
la casaron con García
mis consejos y su amor;
que quiso, sin duda alguna,
el cielo que ambos se vieseu,
y de los padres tuviesen
junta la sangre y fortuna.
Yo os prometo de alcanzar
el perdón.
Sale Bras con un pliego, y se lo da al Conde.
pardiobre que me colé,
como fraile, sin llamar.
Topéle.) Su Sonsería
me dé las manos y piés.
Bien venido, Bras.
Quién es?
Un criado de García.
Llegad.
Qué brava hermosura!
Esta sí que el ojo abonda!'
Pero si vos sois la Conda,
tendréis muy mala ventura.
Y ¿qué hay por allá, mancebo?
(Da á leer el pliego á la Reina.)
Como al Castañar no van
estafetas de Milán,
no he sabido qué hay de nuevo.
Y por acá, qué hay de guerra?
Juntando dineros voy.
De buena gana los doy,
por gozar en paz mi tierra;
que el corazón se me ensancha,
cuando duermo más seguro
que en Flándes detras de un muro,
en un carro de la Mancha.
Escribe bien, breve y grave.
Es sabio.
A mi parecer,
más es que serlo, tener
quien en palacio le alabe.
Sale Don Mendo.
Su Alteza espera.
Muy bien
la banda está en vuestro pecho. (Vase).
Por vos su Alteza me ha hecho
aquesta honra. (Al Conde.)
También
tuve parte en esta acción.
Vos me disteis esta banda;
que mia fué la demanda,
y vuestra la información.
Ayer con su Alteza fui,
y dióme esta insignia, Conde,
yendo al Castañar... (Ap. Adonde
libre fui, y otro volví.)
Sale Tello.
El Rey llama.
Espera, Bras.
El billorete leed.
Este hombre entretened
mientras vuelvo.
Estoy demás:
desempachadme temprano;
que el palacio y los olores
se hicieron para señores,
no para un tosco villano.
Ya vuelvo. (Vase con Tello.)
(Ap.) Conocer quiero este hombre.
No hay habrar?
¿Cómo fué en el Castañar
ayer tarde, caballero?
(Ap. Daré á tus aras mil veces holocaustos, Dios de amor, pues en este labrador remedio á mi mal ofreces. Ay Blanca! ¡con qué de enojos me tienes! con qué pesar! Nunca fuera al Castañar! Nunca te vieran mis ojos! ¡Pluguiera á Dios que primero que fuera Alfonso á tu tierra, muerte me diera en la guerra el corvo africano acero! )
| Pluguiera á Dios, labrador,
que al áspid fiero y hermoso
que sirves, y cauteloso
fué causa de mi dolor,
sirviera yo! y mis estados
te diera, la renta mia;
(Ap. que por ver á Blanca un dia, fuera á guardar sus ganados. )
¿Qué diabros tiene, señor,
que salta, brinca y recula!
Sin duda la tarántula
le ha picado... (Ap. ó tiene amor.)
(Ap. Amor, pues norte me das, de éste tengo de saber si á Blanca la podré ver.)
Cómo te llamas?
Yo, Bras.
De dónde eres?
De la villa
de Ajofrin, si sirvo en algo.
Eres muy gentil hidalgo!
De los Brases de Castilla.
Ya lo sé.
Decís verdad
que só antiguo, aunque no rico \
pues vengo de un villancico
del dia de Navidad.
Buen talle tienes.
Bizarro.
Mire ¡qué pié tan perfeto!
Monda nísperos el peto?
Y estos ojuelos ¿son barro?
Y eres muy discreto, Bras.
En eso soy" extremado,
porque cualquiera cuitado
presumo que sabe más.
¿Quieres servirme en la Corte,
y verás cuánto te precio!
Caballero aunque só necio,
razonamientos acorte;
y si algo quiere mandarme ¿
acabe ya de parillo.
Toma, Bras, este bolsillo.
Mas, par Dios, ¿quiere burlarme?
A ver, acerque la mano.
Escudos son.
Yo lo creo;
mas por no engañarme, veo
si está por de dentro vano,
— Dinero es, y de ello infiero
que algo pretende que haga;
porque el hablar bien se paga.
Sólo que me digas quiero
si ver podré á tu señora.
Para malo, ó para bueno?
Para decirla que peno,
y que el corazón la adora.
Lástima os tengo, así viva,
por lo que tengo en el pecho;
que aunque rudo, amor me ha hecho
el mió como una criba.
Yo os quiero dar una traza,
que de provecho será.
Aquestas noches se va
mi amo García á caza
de jabalíes; vestida
le aguarda, sin prevención';
y si entráis por un balcón,
ía hallaréis medio dormida,
porque hasta el alba le espera:
y esto muchas veces pasa
á quien deja hermosa en casa,
y busca en otra una fiera.
Me engañas?
Cosa es tan cierta,
que de noche, en ocasiones,
suelo entrar por los balcones,
por no llamar á la puerta,
ni que Teresa me abra;
y por la honda que deja
puesta Belardo en la reja,
trepando voy como cabra;
y la hallo, sin embarazo,
sola esperando á García;
porque le aguarda hasta el día,
recostada sobre el brazo.
En tí el amor me promete
remedio.
Pues esto haga.
Yo te ofrezco mayor paga.
Esto no es ser alcahuete.
(Ap.) Blanca, esta noche he de entrar á verte, á fe de español;
que para llegar al sol,
las nubes se han de escalar. (Vase).
Salen el Rey y el Conde.
El hombre es tal, que prometo
que, con vuestra aprobación,
he de llevarle á esta acción
y ennoblecerle.
Es discreto
y valiente; en él están
sin duda resplandecientes
las virtudes convenientes
para hacerle capitán;
que yo sé que suplirá
la falta de la experiencia
su valor y su prudencia.
Mi gente le acetará,
pues vuestro valor le abona,
y sabe de vuestra ley
que, sin méritos, al Rey
no le proponéis persona.
Traedle mañana, Conde. (Vase.)
(Ap.) Yo sé que aunque os acuitéis, que en la ocasión publiquéis
la sangre que en vos se esconde.
Despachadme pues; que no,
señor, otra cosa espero.
Que se recibió el dinero,
que al donativo ofreció,
le decid, Bras, á García;
y podeisos ir con esto;
que yo le veré muy presto,
ó responderé otro dia. (Vase).
No llevo cosa que importe,
sobre tardanza prolija.
Largo parto y parir hija!
Propio despacho de Corte. (Vase.)
Monte.
Sale Don García, de cazador, con un arcabuz y un
puñal.
Bosques mios frondosos,
de dia alegres, cuanto tenebrosos
miéntras baña Mor feo
la noche con las aguas del Leteo,
hasta que sale de Titon la esposa
coronada de plumas y de rosa:
en vosotros doctrina
lialla sobre quien Marte predomina,
disponiendo sangriento
á mayores contiendas el aliento;
porque furor influye
la caza, que á la guerra sobstituye.
Yo soy el vivo rayo,
fiera de vuestras fieras, que me ensayo
para ser, con la sangre que me inspira,
rayo del Castañar en Algecira,
criado en vuestras grutas y campañas
Alcídes español de estas montañas;
que, contra sus tiranos,
clava es cualquiera dedo de mis manos,
siendo por mí esta vera
pródiga en carnes, abundante en cera;
vengador de sus robos,
parca común de osos y de lobos;
que por mí el cabritillo y simple oveja
del montañés pirata no se queja;
y cuando embiste airado
á devorar el tímido ganado;
si me arrojo al combate,
ocioso el can en la palestra late;
que, durmiendo entre flores,
en mi valor fiados, los pastores;
cuando abre el sol sus ojos,
desperezados ya los miembros flojos;
cuando al ganado asisto,
cuando al corsario embisto,
pisan, difunta la voraz caterva,
más lobos sus abarcas, que no yerba.
¿Qué colmenar copioso
no me debe defensa contra el oso,
conservando en sus muros
dulce y blanco licor en nichos puros?
que por esto han tenido,
gracias al plomo á tiempo compelido,
en sus cotos amenos,
un enemigo las abejas ménos.
Uno ayer, cuando el sol, que ya acababa,
en el postrero parasismo estaba,
á dos colmenas, que robado había,
las caló dentro de una fuente fría,
ahogando en sus cristales
las abejas que obraron sus panales,
para engullir segura
la miel, que mixturó en el agua pura,
y dejó, bien que turbia su corriente,
él agua dulce de la clara fuente.
Y esta noche, bajando
un jabalí á este arroyo, blando
y cristalino cebo;
con la luz que mendiga Cintia á Febo
le miré cara á cara
haciéndose lugar entre la jara,
despejando la senda sus cuchillos
de marfil, ó de acero sus colmillos;
pero una bala presta
de mi arcabuz penetrará su testa,
oyendo el valle á un tiempo repetidos
de la pólvora el eco y los bramidos.
Los dos serán trofeos
pendientes en mis puertas, aunque feos,
después que Blanca con su breve planta
su cerviz pise; y por ventura tanta
dirán que áun en la muerte
tiene el cadáver de un dichoso suerte;
que en la ocasión más dura
á las fieras no falta la ventura.
— Mas el rumor me avisa
que un jabalí desciende con gran prisa. —
Vuelve huyendo. — Habrá oido
algún rumor distante su sentido;
porque á distancia larga
oye calar al arcabuz la carga;
y, esparcidas las puntas,
que sobre el cerro acumulaba juntas, "
si oye la bala ó menear la cuerda,
es ala, cuando huye, cada cerda.
Sale Don Mendo, y un Criado con una escala.
¿Para esto, amor tirano,
del Cerco Toledano
al monte me trajiste,
para perderme en su maleza triste!
Mas ¿qué esperar podia
ciego, que á un ciego le eligió por guía!
Una escala previne, con intento,
Blanca, de penetrar tu firmamento;
y lo mismo emprendiera
si fueras diosa en la tonante esfera,
no montañesa ruda,
sin honor, sin esposo que te acuda;
que en este loco abismo
intentara lo mi%mo,
si fueras, Blanca bella,
como naciste humana, pura estrella,
aunque á la tierra y aunque al cielo sumo
bajara en polvo y ascendiera en humo.
Llegó primero al animal valiente
que á mi sentido, el ruido de esta gente.
En esta luna de Octubre
suelen salir cazadores
á esperar los jabalíes.
Quiero llamar. — Ah del monte!
Criado. Hola! aho!
Pesia sus vidas!
Qué buscan? De qué dan \oees?
El sitio del Castañar
¿está léjos?
En dos trotes
se pueden poner en él.
Pasábamos á los montes,
y el camino hemos perdido.
Aqueste arroyuelo corre
al camino.
Qué hora es?
Poco ménos de las doce.
De dónde sois?
Del infierno.
Id en buena hora, señores?
no me espantéis más la caza;
que me enojaré, pardiobre.
La luna ¿hasta cuando dura?
Hasta que se acaba.
Oye
lo que es villano en el campo.
Lo que un señor en la Corte.
Y, en efecto, ¿hay donde errar?
Y, en efecto, ¿no" se acogen?
Terrible sois.
Mal sabéis
lo que es estorbar á un hombre
en ocasión semejante.
Quién sois?
Rayo de estos montes •,
García del Castañar,
que nunca niego mí nombre.
(Ap. Amor, pues estás piadoso^ detenle, porque no estorbe mis deseos, y en su casa. ~-32 — mis esperanzas malogre; y para que á Blanca, vea, dame tus alas veloces, para que más presto llegue.)
Quedad con Dios.
Buenas noches.
(Vanse Don Mendo y el Criado).
Bizarra ocasión perdí!
Imposible es que la cobre.
Quiero volverme á mi casa
por el atajo del monte.
Y pues ya me voy, oid,
de grutas partos feroces:
salid, y bajad al valle,
vivid en paz esta noche;
que vuestro mayor opuesto
á su casa se va, donde
dormirá, no en duras peñas,
sino en blandos algodones:
y, depuesta la fiereza,
trastrocadas mis acciones,
en los brazos de mi esposa,
verá el ÁrgGS de la noche
y el Polifemo del dia,
si las observan feroces
y tiernas, que en este pecho
se ocultan dos corazones:
el uno de blanda cera,
el otro de duro bronce;
el blando para mi casa,
el duro para estos montes. (Vase).
Sala en casa de don García.
Sale Dona Blanca, y Teresa con una bujía, y pénela
encima de un bufete.
Corre veloz, noche fria,
porque venga, con la aurora,
del campo, donde está ahora >
á descansar mi García:
su luz anticipe el dia,
el cielo se desabroche,
salga Faetón en su coche:
verá su luz deseada
la primer enamorada,
que ha aborrecido la nochd
Mejor, señora, acostada
esperarás á tu ausente;
porque asientan lindamente
sobre la holanda delgada
los brazos; que, por el Credo,
que aunque fuera mi marido
Bras, que tampoco ha venido
de la ciudad de Toledo,
que le esperara roncando...
Tengo más obligaciones.
Y le echara á mojicones,
si no se entrara callando.
Mas si has de esperar que venga
mi señor, no estés en pié:
yo á Belardo llamaré,
que tu desvelo entretenga.
— Mas él viene.
Sale Belardo.
Pues el sol
veo de noche brillar,
el sitio del Castañar
es antípoda español.
Belardo, sentaos.
Señora,
acostaos.
En esta calma,
dormir un cuerpo sin alma
fuera no esperar la aurora.
¿Esperáis...
Al alma mia.
Por muy necia la condeno,
pues se va al monte al sereno,
y os deja hasta que es de dia.
( Canta dentro. ) Si vengo de Toledo,
Teresa mia,
si vengo de Toledo...
no es de Francia.
Mas ya viene mi garzón.
A abrirle la puerta iré. ( Vase.)
Con tu licencia, sabré
qué me trae, por el balcón.
(Canta dentro.) Que si buena es la albahaca, mejor es la Cruz de Calibaca.
(Abre Teresa el balcón.)
Cómo vienes, Bras?
Andando.
¿Qué me traes de la ciudad
en muestras de voluntad?
Yo te lo diré cantando. (Canta.)
Tráigote de Toledo,
porque te alegres,
un galán, mi Teresa,
como unas nueces.
Llévele el diablo mil veces!
Ved ¡qué sartal ó corpino!
(Cierra, juntando el balcón.)
Qué te trae?
Muy lindo aliño!
Un galán como unas nueces.
Será sabroso.
Salen Bras y Belardo.
¿Qué hay,
Blanca? Teresa, ¿estoy muerto,
que no me abrazas!
Por cierto!
Por las cosas que me tray!
Dimoños sois las mujeres.
A quién quieres más?
A Bras.
Pues si lo que quieres más
te traigo, ¿qué es lo que quieres?
Teresa, tiene razón.
— Mas sentaos todos, y di
qué viste en Toledo.
Ví
de casas un burujón,
y mucha gente holgazana,
y en calles buenas y ruines
la basura á celemines,
y el cielo por cerbatana:
y dicen que hay infinitos
desdenes en caras buenas;
en verano berengenas,
y en el otoño mosquitos.
Blanca, No hay más nuevas en la Corte?
Sátiras pide el deseo
malicioso, ya lo veo;
mas mi pluma no es de corte.
Con otras cosas, señora,
os divertid hasta el alba;
que al ausente, Dios le salva.
Pues al que acertare ahora
esta enigma, de los tres,
daré un vestido de paño;
y el de grana, que hice hogaño,
á Teresa: digo, pues.
¿Cuál es el ave sin madre,
que al padre no puede ver
ni al hijo, y le vino á hacer
después de muerto su padre?
' Bras. ¿Polainas y galleruza
ha de tener?
Claro es.
Digan en rueda los tres.
El cuclillo.
La lechuza.
No hay ave á quien mejor cuadre
que al fénix, ni otra ser puede,
pues esa misma procede
de las cenizas del padre.
El fénix es.
Yo gané.
Yo perdí como otras veces.
Yo te doy lo que mereces. (A Belardo.)
Un gorrino le daré
á quien dijere el más caro
vicio, que hay en el mundo.
En que es el juego me fundo.
Mentís, Branca, y esto es craro.
El de las mujeres, digo
que es más costoso.
Mentís.
Vos, Belardo, ¿qué decís?
Que el hombre de caza amigo
tiene el de más perdición,
más costoso é infelice:
la moralidad lo dice
del suceso de Acteon.
Mentís también; que á mi juicio,
sin quedar de ello dudoso,;
es el vicio más costoso
el del borracho, que es vicio
con quien ninguno compite;
que si pobre viene á ser,
de lo que gastó en beber
no puede tener desquite.
(Silba dentro don García.)
Oye, Bras; amigos, ea,
abrid; que es el alma mia.
( Vanse los tres Criados.)
Temprano viene García:
quiera Dios que por bien sea.
(Dentro,) Buenas noches, gente fiel.
(Dentro.) Seáis, señor, bien venido.
(Dentro.) Cómo en Toledo te ha ido?
(Dentro.) Al Conde di tu papel,
y dijo respondería.
(Dentro.) Está bien.
Salen Don García, Teresa y Bras, y arrima Don Gar-
cía el arcabuz al bufete.
Esposa amada,
¿no estáis mejor acostada?
¿Qué esperáis!
Que venga el dia.
Espero como solia
á su cazador la Diosa,
madre de amor, cuidadosa,
cuando dejaba los lazos,
y hallaba en sus tiernos brazos
otra cárcel más hermosa,
vínculo de amor estrecho,
donde yacía su bien,
á quien dio* parte también
del alma, como del lecho.
Mas yo, con mejor derecho,
cazador, que al otro excedes,
haré de mis brazos redes,
y porque caigas, pondré
de una tórtola la fe,
cuyo llanto excusar puedes.
Llega; que, en llanto amoroso,
no rebelde jabalí
te consagro, un ave sí,
que lloraba por su esposo.
Concédete generoso
á vínculos permitidos,
y escucharán tus oidos,
en la palestra de pluma,
arrullos blandos en suma,
y no en el monte bramidos.
Que si bien estar pudiera
quejosa de que te alejes
de noche, y mis brazos dejes
por esperar una fiera;
adorote de manera,
que aunque propongo á mis ojos
quejas y tiernos despojos;
cuando vuelves de esta suerte,
por el contento de verte,
te agradezco los enojos.
Blanca hermosa, Blanca, rama
llena por Mayo de flor
(que es con tu bello color
etíope Guadarrama);
Blanca, con quien es la llama
del rojo planeta oscura,
y, herido de su luz pura,
el terso cristal pizarra;
que eres la acción más bizarra
del poder de la hermosura:
cuando alguna conveniencia
me aparte, y quejosa quedes,
no más dolor darme puedes
' que el que padezco en tu ausencia.
Cuando vuelvo á tu presencia,
de dejarte arrepentido,
en vano el pecho ofendido
me recibiera terrible;
que en la gloria no es posible
atormentar al sentido.
Las almas en nuestros brazos
vivan heridas y estrechas,
ya con repetidas flechas,
ya con recíprocos lazos:
no se tejan con abrazos
3a vid y el olmo frondoso
más estrechos, que tu esposo
y tú, Blanca: llega, amor;
que no hay contento mayor
que rogar á un deseoso.
Y aunque no te traigo aquí,
del sol á la hurtada luz,
herido con mi arcabuz
el cerdoso jabalí,
ni el oso ladrón, que vi
hurtar del corto verjel
dos repúblicas de miel,
y después, á pocos pasos,
en el humor de sus vasos
bañar el hocico y piel;
te traigo en vez ele trofeos
de jabalíes y osos,
por lo bien trabado, hermosos,
y distintamente feos,
un alma y muchos deseos
para alfombras de tus piés;
y me parece que es,
cuando tus méritos toco,
cuanto yo te ofrezca poco,
como es poco cuanto ves.
Teresa, allí vive Dios.
Pues aquí ¿quién vive, Bras?
Aquí vive Barrabás,
hasta que chante á los dos
las bendiciones el cura;
porque un casado, aunque pena,
con lo que otro se condena,
su salvación asegura.
Con qué?
Con tener amor
á su mujer, y aumentar.
Eso, Bras, es trabajar
en la viña del Señor.
Desnudaos; que en tanto quiero
preveniros, prenda amada,
ropa por mi mano hilada,
que huele más que el romero:
y os juro que es más sutil,
que ser la de Holanda suele,
y que cuando á limpia huele,
no ha menester al Abril.
Venid los dos. (Vase,)
Siempre he oido
que suele echarse de ver
el amor de ía mujer
en la ropa del marido.
También en la Sierra es fama
que amor ni honra no tiene
quien va á la Corte y se viene
sin joyas para su dama.
(Vanse los dos Criados.)
Envidíenme en mi estado
las ricas y ambiciosas majestades
mi bienaventurado
albergue, de delicias coronado,
y rico de verdades.
Envidien las deidades
profanas y ambiciosas
mi venturoso empleo.
Envidien codiciosas;
que cuando á Blanca veo,
su beldad pone límite al deseo.
— Válgame el cielo! Qué miro!
Sale Don Mendo, abriendo el balcón de golpe, y embó-
zase, y Don García toma el arcabuz.
(Ap.) ¡Vive Dios, que es*el que veo García del Castañar!
Valor, corazón, ya es hecho:
quien de un villano confia,
no espere mejor suceso.
Hidalgo, si serlo puede
quien de acción tan baja es dueño,
si alguna necesidad
á robarme os ha dispuesto,
decidme lo que queréis;
que, por quien soy, os prometo
que de mi casa volváis
por mi mano satisfecho.
Dejadme volver, García.
Eso no, porque primero
he de conocer quién sois;
y descubrios muy presto,
ú de este arcabuz la bala
penetrará vuestro pecho.
Pues advertid no me erréis; (Descúbrese.)
que si con vos igual quedo,
lo que en razón me lleváis,
en sangre y valor os llevo.
(Ap. Yo sé que el Conde de Orgaz le ha dicho algo en secreto, informándole de mí.)
La banda que cruza él pecho,
/ de quién soy testigo sea.
(Cáesele el arcabuz.)
(Ap.) El Rey es! Válgame el cielo! Y que le conozco sabe.
Honor y lealtad, ¿qué haremos,
que contradicción implica
la lealtad con el remedio!
(Ap. Qué propia acción de villano! Temor me tiene ó respeto... bastaría sólo mi esfuerzo. ¡El que encareció el de Orgaz por valiente!... Al fin es viejo.)
En vuestra casa me halláis,
ni huir ni negarlo puedo;
mas en ella entré esta noche...
A hurtarme el honor que tengo!
¡Muy bien pagáis á mi fe
el hospedaje, por cierto,
que os hicimos Blanca y yo!
Ved | qué contrarios efectos
verá entre los dos el mundo,
pues yo ofendido os venero,
y vos, de mi fe servido,
me dais agravios por premios!
(Ap.) No hay que fiar de un villano ofendido; pues que puedo,
me defenderé con éste... •
¿Qué hacéis! Dejad en el suelo
el arcabuz; y advertid
que os le estorbo, porque quiero
no atribuyáis á ventaja
el fin de aqueste suceso;
que para mí basta sólo
la banda de vuestro cuello,
cinta del Sol de Castilla,
a cuya luz estoy ciego.
Al fin, ¿me habéis conocido?
Miradlo por los efectos.
Pues quien nace como yo
no satisface, ¿qué haremos?
Que os vais; y rogad á Dios
que enfrene vuestros deseos;
y al Castañar no volváis;
que de vuestros desaciertos
no puedo tomar venganza,
sino remitirla al cielo.
Yo lo pagaré j García.
No quiero favores vuestros.
No sepa el Conde de Orgaz
esta acción.
Yo os lo prometo.
Quedad con Dios.
El os guarde,
y á mí de vuestros intentos,
y á Blanca.
Vuestra mujer...
No, señor; no habléis en eso;
que vuestra será la culpa:
yo sé la mujer que tengo.
(Ap.) Ay Blanca! sin vida estoy! Qué dos contrarios opuestos!
Este me estima, ofendido;
tú, adorándote, me has muerto!
¿Adonde vais!
A la puerta.
Qué ciego venís! qué ciego!
Por aquí habéis de salir. (Por el balcón.)
Conoceisme?
Yo os prometo
que, á no conocer quién sois,
que bajárades mas presto.
Mas tomad este arcabuz
ahora, porque os advierto
que hay en el monte ladrones,
y que podrán ofenderos,
si, como yo, no os conocen.
Bajad aprisa. (Ap. No quiero
que sepa Blanca este caso.)
Razón es obedeceros.
Aprisa, aprisa, señor;
remitid los cumplimientos;
y mirad que al descender.
no caigáis, porque no quiero
que tropecéis en mi casa,
porque de ella os vais mas presfo.
(Ap.) Muerto voy! (Vase.)
Bajad seguro,
pues que yo la escala os tengo.
— ¡Gansada estabas, fortuna,
de estarte fija un momento!
Qué vuelta diste tan fiera!
En aqueste mar ¡qué presto,
que se han trocado los aires!
¡En qué dia tan sereno,
contra mi seguridad,
fulmina rayos el cielo!
Ciertas mis desdichas son,
pues no dudo lo que veo;
que á Blanca mi esposa busca
el Rey Alfonso encubierto.
¡Qué desdichado que soy,
pues altamente naciendo
en Castilla Conde, fui
de aquestos montes plebeyo
labrador, y desde hoy
á estado más vil desciendo!
¡Así paga el Rey Alfonso
los servicios que le hecha!
Mas desdicha será mía,
no culpa suya: callemos;
y, afligido corazón,
prevengamos el remedio;
que para animosas almas
son las penas y los riesgos.
Mudemos tierra con Blanca;
sagrado sea otro reino
de su inocencia y mi honor. —
Pero dirán que es de miedo,
pues no he de decir la causa,
y que me faltó el esfuerzo
para ir contra Algecira.
Es verdad: mejor acuerdo
es decir al Rey quién soy. —
Mas no, García, no es bueno;
que te quitará la vida,
porque no estorbes su intento.
Pero si Blanca es la causa,
v resistirle no puedo
(que las pasiones de un Rey
no se sujetan al freno
ni á la razón), muera Blanca,
(Saca el puñal.)
pues es causa de mis riesgos
y deshonor, y elijamos,
corazón, del mal lo ménos.
A muerte te ha condenado
mi honor, cuando no mis celos,
porque á costa de tu vida
de una infamia me preservo:
perdóname, Blanca mia;
que aunque de culpa te absuelvo,
sólo por razón de estado
á la muerte te condeno.
Mas ¿es bien que conveniencias
de estado en un caballero,
contra una inocente vida,
puedan más que no el derecho?
Sí, cuando la providencia
y cuando el discurso atento
miran el daño futuro
por los presentes sucesos.
Mas, ¡yo he de ser, Blanca mia,
tan bárbaro y tan severo,
que he de sacar los claveles,
con aqueste, de tu pecho
de jazmines! No es posible,
Blanca hermosa; no lo creo.
ni podrá romper la mano
de mis ojos el espejo.
Mas ¿de su beldad, ahora,
que me va el honor, me acuerdo!
Muera Blanca, y muera yo!
Valor, corazón, y entremos
en una á quitar dos vidas,
en uno á pasar dos pechos,
en una á sacar dos almas,
en uno á cortar dos cuellos;
si no me falta el valor,
si no desmaya el aliento,
y si no, al alzar el brazo,
entre la voz y el silencio,
la sangre falta á las venas, •
y el corte le falta al hierro.
Acto tercero
ACTO TERCERO
Campo.
Salió el Conde de camino.
Trae los caballos de la rienda, Tello;
que á pié quiero gozar del dia bello,
pues tomó en este monte
el dia posesión de este horizonte.
Qué campo deleitoso!
Tú, que le vives, morirás dichoso,
pues en él, don García,
doctrina das á la filosofía,
y la mujer más cuerda,
Blanca en virtud, en apellido Cerda.
— Pero, si no me miente
la -vista, sale apresuradamente,
con señas celestiales,
* • de entre aquellos jarales
una mujer desnuda.
Bella será, si es infeliz, sin duda.
Sale Dona Blanca, con algo de sus vestidos en los
¿Dónde voy sin aliento,
cansada, sin amparo, sin intento,
entre aquesta espesura!
Llorad ojos, llorad mi desventura:
y en tanto que me visto,
decid, pues no resisto,
lenguas del corazón sin alegría:
¡Ay, dulces prendas, cuando Dios quería!
( Af. ) Aunque mal determino,
brazos, mal puesto.
parece que se viste, y imagino
que está turbada y sola.
De la sangre española
digna empresa es aquesta.
( Ap.) Un hombre para mí la planta apresta.
(Ap.) Parece hermosa dama.
(Ap.) Quiero esconderme entre la verde rama.
Mujer, escucha, tente.
¿Sales, como Diana de la fuente.,
para matar severa
de amor al cazador, como á la fiera?
Mas ¡ay suerte dichosa!
Este es el Conde.
Hija! Blanca hermosa!
¿dónde vas de esta suerte!
Huyendo de mi esposo y de mi muerte.
Ya las dulces canciones,
que, en tanto que dormía, en mis balcones
alternaban las aves,
no son ¡oh Conde! epitalamios graves;
serán al sueño mió
de pájaro funesto agüero impío,
que el dia entero y que las noches todas
cante mi muerte por cantar mis bodas.
Trocóse mi ventura:
oye la causa, y presto te asegura;
y Ve á mi casa, donde
muerto hallarás mi esposo, muerto, Conde.
Aquesta noche, cuando
le aguardaba mi amor en lecho blando,
último del deseo
término santo, y templo de Himeneo;
cuando yo le invocaba,
y la familia recogida estaba,
entrar le vi severo,
blandiendo contra mí su blanco acero.
Dejé entonces la cama,
como quien sale de improvisa llama;
y mis vestidos busco,
y al ponerme, me ofusco,
esta cota brillante:
mira ¡qué fuerte peto de diamante!
Vístome el faldellín, y apenas puedo
hallar las cintas, ni salir del ruedo;
pero sin compostura
le aplico á mi cintura;
y miéntras le acomodo,
lugar me dió la suspensión á todo*
La causa le pregunto;
mas él, casi difunto,
á cuanto vió y á cuanto le decía,
con un suspiro ardiente respondía,
lanzando de su pecho y de sus ojos
piedades confundidas con enojos,
tan juntos, que dudaba
si eran iras ó amor lo que miraba;
pues, de mí retirado,
le vi volver más tierno, más airado,
diciéndome entre fiero y entre amante:
«Tú Blanca, has de morir, y yo al instante.»
Mas el brazo levanta,
y abortando su voz en su garganta;
cuando mi fin recelo,
caer le vi en el suelo,
cual suele el risco cano
del aire á impulso descender al llano;
y yerto en él y mudo,
de aquel monte membrudo
suceder en sus labios y en sus ojos
pálidas flores á claveles rojos;
Ícon mi boca y mi turbada mano
usco el calor entre su hielo en vano;
y estuvo de esta suerte
neutral un rato entre vida y muerte,
hasta que, ya latiendo,
oí mi corazón estar diciendo:
«Vete, Blanca infelice;
que no son siempre iguales
los bienes y los males,
y no hay acción alguna
más vil que sujetarse á la fortuna.))
Yo le obedezco, y dejo
mi aposento y mi esposo, y de él me alejo,
y en mis brazos sin bríos
mal acomodo los vestidos mios.
Por dónde voy no via,
cada paso caia,
y era, Conde, forzoso,
por volver á mirad mi amado esposo.
Las cosas que me dijo,
cuando la muerte me intimó y predijo;
los llantos, los clamores,
la blandura mezclada con rigores;
los acometimientos, los retiros,
las disputas, las dudas, los suspiros;
el verle amante y fiero,
ya derribar el brazo, ya severo
levantarle arrogante,
como la llama en su postrero instante;
el templar sus enojos
con llanto de mis ojos;
el luchar, y no en vano,
con su puñal mi mano,
que con arte consiente
vencerse fácilmente,
como amante que niega
lo que desea dar á quien le ruega;
el esperar mi pecho
el crudo golpe; en lágrimas deshecho
ver aquel mundo breve,
que en fuego comenzó, y acabó nieve;
y verme á mí asombrada,
sin determinación, sola y turbada,
sin encontrar recurso
en mis piés, en mi mano, en mi discurso;
el dejarle en la tierra,
como suele en la Sierra
la destroncada encina
el que oyó de su guarda la bocina,
que deja al enemigo
desierto el tronco en quien buscaba abrigo;
el buscar de mis puertas,
con las plantas inciertas,
las llaves y el asiento
(aquí, señor me ha de faltar aliento);
el abrirlas á oscuras,
el no poder hallar las cerraduras,
tan turbada y sin juicio,
que las buscaba de uno en otro quicio;
y las penas que pasa
el corazón, cuando dejé mi casa
por estas espesuras,
en cuyas ramas duras
hallaras mis cabellos
( ¡pluguiera á Dios me suspendiera en ellos! ),
te contaré otro dia;
agora ve, socorre al alma mia,
que queda de este modo.
Yo lo perdono todo;
que no es, señor, posible
fuese su brazo contra mí terrible
sin algún fundamento.
Bástele por castieo el mismo intento;
y á mí por pena básteme el cuidado,
pues yace> si no muerto, desmayado.
Acúdele á mi esposo,
i Oh Conde valeroso,
sucesor y pariente
de tanta, con diadema honrada, frente!
Así la blanca plata,
que por tu grave pecho se dilata,
barra de España las moriscas huellas,
sin dejar en su suelo señal de ellas,
que los pasos dirijas
adonde, si está vivo, le corrijas
de fiereza tan dura;
y seas, porque cobre mi ventura,
cuando de mí te informe,
arbitro entre los dos que nos conforme;
pues los hados fatales
me dieron el remedio entre los males;
pues mi fortuna quiso
hallase en tí favor \ amparo, aviso;
pues que miran mis ojos
no salteadores de quien ser despojos;
pues eres, Conde ilustre,
gloria de Ulan, y de Toledo lustre;
pues que plugo á mi suerte
ta 'vida hallase quien tocó la muerte.
.Digno es el caso de prudencia mucha.
Este es mi parecer...— ¡Ah Tello! escucha.
Sale Tello.
Ya sabes, Blanca, como siempre es justo
acudas á mi gusto:
así, sin replicarme,
con Tello al punto, sin excusas darme,
en aquese caballo, que lealmente
á mi persona sirve, juntamente
caminad á Toledo.
Esto conviene, Blanca, esto hacer puedo.
Y tú á palacio llega. (A Tello.)
Y á la Reina la entrega;
que yo voy á tu casa; (A Blanca.)
que por llegar el corazón se abrasa,
y he de estar de tu parte
para servirte, Blanca, y ampararte.
Vamos, señora mia.
Más quisiera, señor, ver á García.
Que aquesto importa advierte.
Principio es de acertar obedecerte. ( Vawe.)
Sala en casa de don García.
Sale Don García, con el puñal desnudo.
¿Dónde voy, ciego homicida!
¿Dónde me llevas, honor,
sin el alma de mi amor,
sin el cuerpo de mi vida!
A Dios, mitad dividida
del alma; sol que eclipsó
una sombra... Pero no;
que, muerta la esposa mia,
no tuviera luz el dia,
ni tuviera vida yo.
Blanca muerta! No lo creo:
el cielo vida la dé,
aunque, esposo, la quité
lo que amante la deseo.
Quiero verla... pero veo
solo el retrete, y abierta
limpio en mi mano el puñal,
y en fin, yo vivo: señal
ele que mi esposa no es muerta.
¡Blanca con vida ( ¡ay de mí! )
cuando yo sin honra estoy!
Como ciego amante soy,
esposo cobarde fui.
Al Rey en mi casa vi
buscando mi prenda hermosa;
y aunque noble, fué forzosa
obligación de la ley
y tirano con mi esposa.
¡Cuántas veces fué el tirano
acero á la ejecución,
y cuántas eí corazón
dispensó el golpe á la mano!
Si es muerta, morir es llano;
si vive, muerto he de ser.
Blanca! Blanca! ¿qué he de hacer?
mas ¿qué me puedes decir,
pues sólo para morir
me has dejado en que escojer!
Sale el Conde.
Conde, Dígame Vueseñoría;
¿contra qué morisco alfange
sacó el puñal esta noche,
que está en su mano cobarde?
I Contra una flaca mujer,
por presumir, ignorante,
que es villana! Bien se acuerda,
cuando propuso casarse,
que le dije era su igual;
y... mentí, porque un infante
que el Rey ha venido á verle;
y por mi voto le hace
Capitán de aquesta guerra,
y me envía de su parte
á que le lleve á Toledo:
¿es bien que aquesto me pague
con su muerte, siendo Blanca
luz de mis ojos brillante!
Pues ¡vive Dios, que le había
de costar al loco, al fácil',
cuanta sangre hay en sus venas
una gota de su sangre!
Decidme, Blanca ¿quién es?
Su mujer, y aquesto baste.
Reportaos /¿Quién os ha dicho,
que quise matarla?
Un ángel
que hallé desnudo en el monte:
Blanca, que entre sus jarales,
perlas daba á los arroyos,
tristes suspiros al aire.
¿Dónde está Blanca!
A palacio,
esfera de su.. Real sangre,
la envié con un criado.
Matadme, señor, matadme!
Blanca en palacio, y yo vivo!
Agravios, honor, pesares,
¿cómo si sois tántos juntos,
no me acaban tantos males?
¡Mi esposa en palacio, Conde,
y el Rey, que los cielos guarden
me envía contra Algecira
si conde su noble padre.
Con una tal labradora,
¿se afrentará!
¿Cómo!...
Sabe
por Capitán de sus haces,
siendo en su opinión villano!
¡Quiera Dios que en otra parte
no desdore con afrentas
estas honras que me hace!
Yo me holgara ¡á Dios pluguiera!
qué esa mujer, que criasteis
en Orgaz para mi muerte,
no fuera de estirpes reales,
sino villana, y no hermosa:
y ¡á Dios pluguiera que ántes
que mi pecho enterneciera,
aqueste puñal infame
su corazón con mi riesgo
le dividiera en dos partes;
que yo os excusara, Conde,
el vengarla y el matarme,
muriéndome yo primero.
¡Qué muerte tan agradable
liubiera sido! y no ahora
oir, para atormentarme,
¡que está sin defensa, donde
todo el poder la combate!
Haced cuenta que mi esposa
es una bizarra nave;
que por robarla, la busca
el pirata de los mares;
y en los enemigos puertos
se entró, cuando vigilante
en los propios la buscaba,
sin pertrechos que la guarden,
sin piloto que la rija,
si timón ni gobernalle.
No es mucho que tema, Conde,
que se sujete la nave,
por fuerza ó por voluntad,
al capitán que la bate.
No quise por ser humilde
darla muerte, ni fué en balde;
creed que, aunque no la digo,
fué causa más importante.
No puedo decir por qué;
mas advertid, que más sabe,
que el entendido en la ajena,
en su casa el ignorante.
Sabe quién soy?
Sois Toledo,
y sois Ulan por linaje.
Débeme respeto?
Sí;
que os he tenido por padre.
Soy su amigo?
Claro está.
Qué me debe?
Cosas grandes.
Sabe mi verdad?
Es mucha.
Y mi valor?
Es notable.
Sabe que presido á un reino?
Con aprobación bastante.
Pues confiese lo que siente,
y puede de mí fiarse
el valor de un caballero
tan afligido y tan grave.
Dígame Vueseñoría,
hijo, amigo, como á padre,
como amigo, sus enojos;
cuénteme todos sus males,
refiérame sus desdichas.
Teme que Blanca le agravie?
que es, aunque noble, mujer.
¡Vive Dios, Conde, que os mate,
si pensáis que el sol ni el oro
en sus últimos quilates,
para exagerar su honor,
es comparación bastante!
Aunque habla como debe,
mi duda no satisface,
por su dolor regulada.
Solos estamos, acabe:
por la cruz de aquesta espada,
de acudirle y de ampararle,
si fuera Blanca mi hija;
que en ocasión semejante,
por su honra, depondré
el amor y las piedades.
Dígame si tiene celos.
No tengo celos de nadie.
Pues ¿qué tiene?
Tanto mal
que no podéis remediarle.
Pues ¿qué hemos de hacer los dos
en tan apretado lance?
García ¿No manda el Rey que á Toledo m
me llevéis, Conde? Llevadme.—
mas decid, ¿sabe quién soy'
su Majestad?
No lo sabe.
Pues vamos, Conde, á Toledo.
Vamos, García.
Id delante.
§onde. (Ap. ) Tu honor y vida amenaza,
Blanca, silencio tan grande;
que es peligroso accidente
mal que á los labios no sale.
(Ap. ) No estás en palacio, Blanca? No te fuiste y me dejaste?
Pues venganza será ahora
lo que fué prevención ántes ( Vanse.)
Sala del Alcázar.
Salen la Reina y Doña Blanca.
Rei:na. De vuestro amparo me obligo,
y creedme que me pesa
de vuestros males, Condesa.
Condesa! No habla conmigo.
Mire vuestra Majestad,
que de quien soy no se acuerda.
Doña Blanca de la Cerda,
prima, mis brazos tomad.
Aunque escuchándola estoy,
y sé no puede mentir,
vuelvo, señora, á decir
que una labradora soy,
tan humilde, que en la villa
de Orgaz, pobre me crié,
sin padre.
Y padre que fué
propuesto Rey en Castilla.
De Don Sanctio de la Cerda
sois hija; vuestro marido
es, Blanca, tan bien nacido
como vos; y pues sois cuerda,
y en palacio habéis de estar,
en tanto que vuelve el Conde
no digáis quién sois: y adonde
ha de ser, voy á ordenar. ( Vase. )
¿Habrá alguna, cielo injusto,
á quien dé el hado cruel
los males tan de tropel,
y los bienes tan sin gusto,
como á mí! Ni ¿podrá estar
viva con mal tan exento?
¡Que no da vida un contento,
y da la muerte un pesar!
Ay esposo! ¡qué de enojos
me debes! Mas pesar tanto, «
¿cómo lo dicen sin llanto
el corazón y los ojos!
Pone un lienzo al rostro, y sale Don Mendo.
Labradora, que al Abril
florido en la gala imita,
de los bellos ojos quita
ese nublado sutil;
si no es que con perlas mil
bordas llorando, la holanda.
Quién eres? La Reina manda
que te guarde, y ya te espero.
Vamos, señor caballero,
el que trae la roja banda.
Bella labradora mia!
¿conócesme acaso?
Sí;
pero tal estoy, que á mí
apénas me conocía.
Desde que te vi, aquel dia
cruel para mí, señora,
el corazón que te adora,
ponerse á tus pies procura.
(Ap.) Sólo aquesta desventura., Blanca, te faltaba ahora.
Anoche en tu casa entré,
con alas de amor, por verte:
mudóse mi feliz suerte;
mas no se mudó mi fe.
Tu esposo en ella encontré,
que cortés me resistió.
¿Cómo! Qué dices!
Que no,
Blanca, la ventura halla
amante, que va á buscalla,
si no acaso como yo.
Ahora sé, caballero,
que vuestros locos antojos
son causa de mis enojos,
que sufrir y callar quiero.
Sale García, y quédase al paño.
(Ap.) Al Conde de Orgaz espero.. Mas ¿qué miro!
Tu dolor
satisfaré con amor.
Antes quitaréis, primero,
la claridad á un lucero,
que no la luz á mi honor.
(Ap.) Ah valerosa mujer! Oh tirana Majestad!
Ten, Blanca,' ménos crueldad.
Tengo esposo.
Y yo poder;
y mejores han de ser
mis brazos, que honra te dan,
que no sus brazos.
No harán;
porque, bien ó mal nacido,
el más indigno marido
excede al mejor galán.
(Ap.) Mas ¿cómo puede sufrir un caballero esta ofensa!
Que no le conozco piensa
el Rey: saldréle á impedir.
Cómo* te has de resistir?
Con firme valor.
¿Quién vio
tanta dureza!
Quien dió
fama á Roma en las edades.
Oh! qué villanas crueldades!
Quién puede impedirme?
( Llegándose.) Yo;
que esto sólo se permite
á mi estado y desconsuelo; I
que contra rayos del cielo
ningún humano compite;
y sé que aunque solicite
el remedio que procuro,
ni puedo, ni me aseguro;
que aquí, contra mi rigor,
ha puesto el muro el amor,
y aquí el respeto otro muro.
Esposo mió! García!
(Ap. ) Disimular es cordura.
Oh mal lograda hermosura!
Blanca,
Blanca,
Oh poderosa porfía!
Grande faé la dicha mía t
Mi desdicha fué mayor.
Albricias pido á mi amor.
Venganza pido á los cielos,
pues en mis penas y celos
no halla remedio el honor.
Mas este remedio tiene.
Vamos, Blanca, al Castañar.
En mi poder ha de estar,
miéntras otra cosa ordene
quien me ha dicho que conviene
á la quietud de los dos
el guardarla.
Guárdeos Dios
por la merced que la hacéis;
mas no es justo vos guardéis
lo que he de guardar de vos;
que no es razón natural,
ni se ha visto ni se ha usado
que guarde el lobo el ganado,
ni guarde el oso el panal:
antes, Señor, por mi mal,
será, si á Blanca no os quito,
viendo ser vuestro apetito
oso ciego, voraz lobo,
ó convidar con el robo,
ó rogar con el delito.
Dadme licencia, señor.
Estás, Blanca, por mi cuenta,
y no has de irte.
Esta afrenta
no os la merece mi amor.
Esto ha de ser.
Es rigor,
que de injusticia procede.
(Ap, Para que en palacio quede,
á la Reina he de acudir.)
De aquí no habéis de salir:
ved que lo manda quien puede. (Váse.)
Dénme los cielos paciencia
(pues ya me falta el valor),
porque acudiendo á mi honor,
me resisto á la obediencia.
¿Quién vió tan dura inclemencia!
Volved á ser homicida...
— Mas, del cuerpo dividida
el alma, siempre inmortales
serán mis penas; que hay males
Bla nca. García, guárdele el cielo:
fénix vive eternamente,
y muera yo, que inocente
doy la causa á tu desvelo;
que llevaré por consuelo,
pues de tu gusto procede,
mi muerte: tú vive, y quede
viva en tu pecho al partirme.
¿Que, en efecto, no he de irme!
No; que lo manda quien puede.
Blaxca. Vuelve: sí tu enojo es,
tu honra está asegurada
con mi muerte, en tu alentada
mano blasone tu acero
que aseguró á un caballero,
y mató á una desdichada.
Quiero que me dés la muerte,
como lo ruego á tu mano;
que si te temí tirano,
ya te solicito fuerte.
Anoche temí perderte,
y ahora llego á sentir
tu pena: no has de vivir
sin honor; y pues yo muero
porque vivas, sólo quiero
que me agradezcas morir.
Bien sé que inocente estás,
y en vano á mi honor previenes,
sin la culpa que no tienes,
la disculpa que me das:
tu muerte sentiré más >
yo sin honra y tú sin culpa:
que vivas siente en honor,
y en vano me culpa amor,
cuando el honor me disculpa,
Aquí admiro la razón,
temo allí la Majestad,
matarte será crueldad,
vengarme será traición;
que tales mis males son,
y mis desdichas son tales >
porque rompiendo tus lazos
la vida no di á tus brazos,
y unas á otras iguales,
de tal suerte se suceden ■
que sólo impedirse pueden
las desdichas con los males.
Y, sin que me fafte alguno,
los hallo por varios modos
con el sentimiento a todos,
con el remedio á ninguno.
En lance tan importuno
consejo te he de pedir,
.. Mas si has de morir,
¿qué remedio me has de dar.
si lo que he de remediar,
es lo que llego á sentir!
Si he de morir, mi García,
no me trates de esa suerte;
que la dilatada muerte
especie es de tiranía.
Ay querida esposa mia!
qué dos contrarios extremos!
Vamos, esposo.
Esperemos
á quien nos pudo mandar
no volver al Castañar.
Aparta y disimulemos.
Salen el Rey, la Reina, el Conde, Don Mendo y
Acompañamiento.
Blanca en palacio y García! (Á la Reina.)
Tan contento de ello estoy,
que estimaré tengan hoy ■
de vuestra mano y la mia
lo que merecen.
(Ap. al Rey.) No es bueno quien por respetos, señor,
no satisface su honor,
para encargarle el ajeno.
Créame, pues se confia
de mí vuestra Majestad.
(Ap. Esta es poca voluntad.) Mas allí Blanca y García
están. — Llegad,* porque quiero
mi amor conozcáis los dos.
Caballero, guárdeos Dios:
dejadnos besar primero
de su Majestad los piés.
Aquel es el Rey, García.
(Ap. ¡Honra desdichada mia! ¿qué engaño es este que ves! )
A los dos su Majestad
nos dad la mano, señor....
pues merece este favor...
que bien podéis.
Apartad,
quitad la mano: el color
habéis del rostro perdido.
' (Api al Rey. No lo trae el bien nacido
cuando ha perdido el honor.)
Escuchad aquí un secreto.
Sois sol, y como me postro
á vuestros rayos, mi rostro
descubrió claro el efeto.)
Estáis agraviado?
Y sé
mi ofensor, porque me asombre.
Quién es?
Ignoro su nombre.
Señaládmele.
Sí haré.
Aquí fuera hablaros quiero (A Don Metido.)
para un negocio importante;
que el Rey no ha de estar delante.
En la antecámara espero. (Vase.)
(Ap.) Valor, corazón, valor.
Adonde, García, vais?
A cumplir lo que mandáis,
pues no sois vos mi ofensor. (Vase.)
Triste de su agravio estoy:
ver á quien señala quiero.
(Dent.) Esto es honor, caballero!
Ten, villano!
(Dent.) Muerto soy.
Sale García, envainando el puñal ensangrentado.
No soy quien piensas, Alfonso,
no soy villano, ni injurio
sin razón la inmunidad
de tus palacios augustos.
Debajo de aqueste traje
generosa sangre encubro;
que no sé más de los montes,
que el desengaño y el uso.
Don Fernando el Emplazado
fué tu padre, que difunto,
no menos que ardiente joven,
asombrado dejó el mundo,
y á tí de un año, en sazón
que campaba el moro adusto,
y comenzaba á fundar
en Asia su imperio el Turco.
Eran en Castilla entonces
poderosos, como muchos,
los Laras, y de los Cerdas
cierto el derecho, entre algunos
á tu corona; si bien
Rey te juraron los tuyos:
lealtad que en los castellanos
solamente caber pudo.
Murmuraban en la Corte,
que el Conde Garci Bermudo,
que de la paz y la guerra
era señor absoluto,
por tu poca edad, y hacer
reparo á tantos tumultos,
conspiraba á que eligiesen
de tu sangre Rey adulto;
y á Don Sancho de la Cerda
quieren decir que propuso;
' si con mentira ó verdad,
ni lo defiendo ni arguyo;
mas los del Gobierno, ántes
que fuese en el fin Danubio,
el que era apénas arroyo,
ó fuese rayo futuro
la que era apénas centella,
la vara tronco robusto,
preso restaron al Conde
en el Alcázar de Burgos.
Don Sancho, con una hija
de dos años, huyó oculto;
que no fió su inocencia
del juicio de tus tribunos.
Con la presteza quedó
desvanecido el oscuro
nublado que á tu corona
amenazaba confuso.
La esposa del Conde preso
vino á la ciudad, y trujo
consigo un hijo, que entraba
en los términos de un lustro.
Pidió de noche á las guardas
licencia de verle, y pudo
alcanzarla, si no el llanto,
el poder de mil escudos.
«No vengo, íe dijo, esposo,
cuando te espera un verdugo,
á afligirte, sino á dar
á tus desdichas refugio
y libertad;» y sacó
unas limas de entre el rubio
cabello, con que limar
de sus piés los hierros duros;
y, ya libre, le entregó
las riquezas que redujo
su poder; y con su manto
de suerte al Conde compuso,
que entre las guardas salió,
desconocido y seguro
con su hijo; y entre tanto
que fatigaban dos brutos
andaluces, en su cama
sustituia otro bulto.
Manifestóse el engaño
otro dia, y presa estuvo,
hasta que'en hombros salió
de la prisión al sepulcro.
En los montes de Toledo
pára el Conde, entre desnudos
peñascos, y de una cueva
vivia el centro profundo,
hurtado á la diligencia
de los que en distintos rumbos
le buscaron; que trocados
en abarcas los coturnos,
la seda en pieles, un dia,
que se vio en el cristal puro
de un arroyo, que de un risco
era precipicio inundo,
hombre mentido con pieles,
la barba y cabello infurto,
y pendientes de los hombros
en dos aristas diez juncos;
viendo su retrato en él,
sucedido de hombre en bruto,
se buscaba en el cristal,
y no hallaba su trasunto:
de cuyas campañas, ántes
que á las flores los coluros
del sol en el lienzo vario
diesen el postrer dibujo,
llevaba por alimento
fruta tosca en ramo inculto,
agua clara en fresca piel,
dulce leche en vasos rudos:
y á la escasa luz que entraba
por la boca de aquel mustio
bostezo que dió la tierra
después del común diluvio,
al hijo las buenas letras
le enseñó; y era sin uso,
ojos dispiertos sin luz,
y una fiera con estudio.
Pasó joven de los libros
al valor, y al colmilludo
jabalí opuesto, á su cueva
volvía en su humor purpúreo.
Tenía el anciano padre
el rostro lleno de sulcos,
cuando le llamó la muerte,
débil, pero no caduco;
y al joven le dijo: «Orgaz
yace cerca: importa mucho
vayas, y digas.al Conde
que á aqueste albergue nocturno
con un religioso venga;
que un deudo y amigo suyo
le llama para morir.»
Habló al Conde, y él dispuso
su v'iaje, sin pedir
cartas de creencia al nuncio.
Llegan á la cueva, y hallan
débiles los flacos pulsos
del Conde, que al huésped dijo,
viendo le observaba mudo:
((Ves aquí, Conde de Orgaz,
un rayo disuelto en humo,
una estátua vuelta en polvo,
un abatido Nabuco.
Este es mi hijo,» (y entóneos
sobre mi cabeza puso
su débil manoj; «yo soy
el Conde Garci Bermudo:
en tí y estas joyas tenga
contra los hados recurso
este hijo, de quien padre
piadoso te constituyo:»
— y en brazos de un religioso,
pálido, y los ojos turbios,
del cuerpo y alma la muerte
desató el estrecho nudo.
Llevárnosle al Castañar
de noche, porque sus lutos
nos prestase, y de los cielos
fuesen hachas los carbunclos:
adonde con mis riquezas
tierras compro y casas fundo,
y con Blanca me casé
como á amor y al Conde plugo.
Vivia y sin envidiar,
entre el arado y el yugo,
las Cortes, y de tus iras
encubierto me aseguro;
hasta que anoche en mi casa
vi aqueste huésped perjuro,
que en Blanca atrevidamente
los ojos lascivos puso.
Y pensando que eras tú,
por cierto engaño que dudo,
le respeté, corrigiendo
con la lealtad lo iracundo.
Hago alarde de mi sangre,
venzo al temor con quien lucho,
pídeme el honor venganza,
el puñal luciente empuño,
su corazón atravieso:
mírale muerto; que juzgo
me tuvieras por infame,
si á quien de este agravio acuso,
le señalara á tus ojos
ménos, señor, que difunto;
aunque sea hijo del sol,
aunque de tus grandes uno,
aunque el primero en tu gracia,
aunque en tu imperio el segundo;
que esto soy, y este es mi agravio
ése el ofensor injusto,
éste el brazo que le ha muerto,
éste divida el verdugo.
Pero en tanto que mi cuello
esté en mis hombros robusto,
no he de permitir me agravie,
del Rey abajo, ninguno.
Qué decís?
Confuso estoy!
Qué importa la vida pierda?
De Don Sancho de la Cerda
la hija infelice soy:
si mi esposo ha de morir,
mueran juntas dos mitades.
¿Qué es esto, Conde!
Verdades,
que es forzoso descubrir.
Obligada á su perdón
estoy.
Mis brazos tomad;
los vuestros, Blanca, me dad;
y de vos, Conde, la acción (A García.)
presente he de confiar.
Pues toque el parche sonoro;
que rayo soy contra el moro,
que fulminó el Castañar;
y verás en sus campañas
correr mares de carmin: —
dando con aquesto fin,
y principio á mis hazañas.