Acto primero
(Personas: LA MARQUESA; CASIMIRA; SEBASTIANA; EULALIA; DON LEONCIO; DON PEDRO; JUAN.)
(La escena es en Madrid en casa de la marquesa. Los actos primero, segundo y cuarto pasan en una sala ricamente amueblada, con puerta en el foro y otras dos laterales: el tercero en un jardín con tapia y verja en el foro; á la derecha del actor puerta de comunicación con lo interior de la casa; á la izquierda bancos rodeados de árboles, y al mismo lado en el proscenio un farol.)
ESCENA PRIMERA
(la marquesa, don Leoncio, sentados.)
Vamos ahora al objeto
principal de mi visita.
Yo tengo treinta y cinco años;
es decir, que ya principia
para un servidor de usted
el otoño de la vida;
edad la roas á propósito
para buscar una digna
compañera y comprender
con recta filosofía
las santas obligaciones
de un buen padre de familias.
Como las madres son linces
en lo que atañe á sus hijas,
escuso decir á usted
que idolatro á Casimira.
Acaso usted califique
de temeraria osadía
mi pretensión, si compara
con su cuna esclarecida
la de un ciudadano liso
que se ha enriquecido en Indias;
pero si á fuerza de amor
y de letras á la vista
puedo compensar la falta
ile ejecutóos antiguas,
me tendré por muy feliz
con una esposa tan linda
y con que me llame yerno
la marquesa de Valbrisa.
Líbreme Dios, don Leoncio,
de anteponer á la dicha
de esa inocente muchacha
preocupaciones ridiculas.
Máximas muy diferentes
he procurado infundirla
desde su infancia mas tierna,
porque siempre han sido efímeras
las vanidades del mundo,
y es bueno que desde chica
se prepare á los reveses
de Ja fortuna enemiga.
Para merecer usted
la mano que solicita
le sobran prendas....
Señora,
tanto favor....
Es justicia;
pero, aunque usted honra mucho
á mi hija,... quizá... ¡Es tan nina...
¡Es tan hermosa!
Su falta
de mundo...
Esa es ^tienta mia.
Yo tengo mundo de sobra
para los dos.
Simplecilla...
En buen hora. Mas me gusta
ignorante y sin malicia
que mal enseñada.
Pero...
¡Otro pero!
Tan de prisa
no conviene decidir
de su suerte. Si otro aspira
á su mano...
¡Hola! ¿Tenemos
un rival... No es maravilla.
Tal riesgo come el que quiere
a una muchacha honita.
Sin duda es algún intunso
contojos y uñas de arpía;
algún joven epiléptico
de esos que ahora se estilan,
desengañados de un mundo
que no han visto todavia;
de esos que suelen decir
con sardónica sonrisa:
«¡Oh siglo!, no me comprendes;
¡oh sociedad!, me fastidias,
me canso de tí.,.," ¡y salieron
ayer de la Escuela Pia!;
de esos...
Señor don Leoncio,
no es de los que usted critica
el rival de que yo hahlaha.
Circunstancias muy distintas
son las suyas.
¿Es tal vez
quien se opone á mi conquista
el coronel veterano
que anoche..
Usted lo adivina.
Como no tenia de él
la mas remota noticia
y ni aun sé cómo se llama...
Ha estado fuera unos dias,
y aunque, según \o" asegura,
su pasión es mas antigua,
anoche fué cuando supe
que pretende a Casimira.
D. Leoncio Ya me chocó la llaneza
con que hahlaha...
Soy su prima
Ya. — Y también me pareció —
perdone usted que lo diga —
hombre muy estravagante,
acérrimo ordenancista,
que á cada cuatro palabras
encaja una muletilla
recordando sus ser> icios
y ensalzando a la milicia.
En medio de sus rarezas
tiene también distinguidas
cualidades.
Sí, señora;
y cincuenta anos encima.
En fin; yo tengo razones
poderosas que me obligan
á preferirle.
Ya veo
que está usted muy prevenida
en favor del coronel,
y confieso que me humilla
su triunfo; que, á la verdad,
me tiene en muy poca estima,
señora, quien me pospone
á semejante estantigua.
¡Ah don Leoncio!...
Sin duda
desciende de Iñigo Arista
por línea recta, y el brillo
de su cuna y sus insignias
es lo que deslumhra á usted
y á este pecador eclipsa.
Don Leoncio, usted me agravia
y mas de lo que imagina.
Ni él pudiera deslumhrar
á quien sus timbres no envidia,
ni en la boda que proyecto
me propongo tales miras.
Fuerza será que lo crea,
supuesto que usted lo afirma. —
Si á lo menos fuera joven
mi rival, yo no tendria
tanto motivo de queja;
pero, hablando como amiga,
dígame usted: ¿no es crueldad
ofrecer á una chiquilla
un marido con la placa
de la orden hermenegilda?
Repito que causas graves...
Descifre usted ese enigma.
¡Oh, imposible!... Es un secreto
que este corazón abriga...
¡para mí eterno suplicio!
¿Qué oigo!
(Con risa forzada.)
Nada... Niñerías...,
caprichos..., preocupaciones
de muger...
(Vamos; se inclina
también á mí. Los elogios
que sin cesar me prodiga...)
(¡Oh Dios! ¿Si habrá penetrado...)
(¡Con qué zozobra me mira!)
(¡Calla!...)
(Aun está pasadera;
pero prefiero á la hija.)
Yo respeto las razones
reservadas que motivan
tan singular preferencia;
pero ¿serán mas legítimas
que mi esperanza?
Y en qué
la funda usted?
En la dicha
de ser amado.
¡Eh! No saben
esas muchachas novicias
lo que hacen ni lo que dicen.
La de casa es muy sumisa,
y amará á quien yo le mande.
No, sino á mí, que ella misma
me lo ha dicho de palabra,
y también en una epístola...
(Saca una carta.) que dice asi: —
(Leyendo.) «Dueño mió:
si es cierto que usted suspira
por mí, como lo asegura
en su apreciable cartita,
por usted suspiro yo,
porque soy agradecida,
y porque me gusta usted,
y no digo mas. — Su fina
amante y futura esposa
que le quiere, — Casimira. —
Remito el pelo,
y gracias por la sortija,
y á Dios, y perdone usted
la mala letra y la tinta.»
¿Quién le manda á esa mocosa
escribir tal retahila
de sandeces?
(¿Eh? Los celos...)
Es candorosa, y esplica
su pasión naturalmente
sin echarla de erudita.
Pero es mucha liviandad
ó sobrada tontería
empeñar asi promesas
que su madre no autoriza.
Autorícelas usted,
y asi queda indemne y limpia
de todo cargo.
Confieso
que mi corazón vacila.
ISo quisiera contrariar
la inclinación de esa niña.—
Por otra parte...
Pues bien,
sea usted equitativa,
v sentencie en mi favor
el pleito que se ventila.
¡Si usted leyera en el alma
de esta muger afligida!...
(Para almas de madre viuda
se me olvidó la cartilla.)
Señora, yo no pretendo
que nadie por mí se aflija,
pero la boda á que aspiro
¿será acaso una inaudita
calamidad...
No, señor;
mas si aun estoy indecisa,
no es sin causa, Dios lo sabe.
Ruego á usted que me permita
diferir hasta mañana
mi respuesta decisiva.
Bien; pero una buena madre —
y usted perdone que un quidam
se meta á darle consejos —
sus cálculos sacrifica
al bienestar de sus hijos.
Ahora que Dios me encamina
por buen lado, no me pierda
una cruel negativa.
Si en el último período
mi juventud se estravía,
usted será responsable...
(¡Ay Dios!...)
(¡Es fuerte desdicha!
Quiere uno dejar de ser
calavera, ¡y no le auxilian!)
Conque... ¿mañana?
Mañana.
(Levantándose. )
Se me hará un siglo este dia. —
A los pies de usted.
A Dios.
(¡Qué madres tan egoístas!)
ESCENA II
(LA MARQUESA.)
¿Qué haré? Sabe Dios el juicio
que habrá formado. ¡Oh tormento!
¿Cómo alejar el momento
del terrible sacrificio?
Quisiera hablar, y cobarde
sello mi labio. ¡Oh fatal
secreto que es mi dogal,
ya le rompa ó ya le guarde!
¡Ay! ¿Cesará mi dolencia
porque en silencio profundo
la oculte? La ignora el mundo,
mas la sabe mi conciencia.
Y si este arcano revelo,
¿me servirán de descargo
tantos años ¡ay! de amargo
incesante desconsuelo?
(iSíe levanta.}
Tú que ves mi corazón
desde el celeste reposo,
¡perdóname, noble esposo,
y ten de mí compasión!
ESCENA III
(LA MARQUESA, CASIMIRA.)
(A la puerta de la izquierda.)
Mamá... He visto que salia
don Leoncio...
Ven aqui.
(Se acerca Casimira.) Muy quejosa estoy de tí.
¿Quejosa? Ignoro á fé mia....
¡Bueno es que ahora te asombres.
¡Mamá...
Las niñas que viven
con recato nunca escriben
cartas de amor á los hombres.
Mamá, mi carta es honesta.
Él me escribió, y yo creia
que era mucha grosería
el dejarle sin respuesta.
Yo le hubiera respondido.
No creo que en eso quepa
malicia;... y bueno es que sepa
que sé escribir de corrido.
Fuiste demasiado viva
escribiendo á tu capricho...
Si le amo y ya se lo he dicho,
¿qué importa que se lo escriba?
¡Y darle prendas...
¡Un rizo!
ti
¿Quién niega esa friolera
á un amante? Aunque tuviera
que ponerme otro postizo...
Tú me comprometes, hija.
Tú no sabes...
¡Vaya! Él fué
mas generoso...
¿Y por qué
recibiste la sortija?
Es bonita, y me la dá
como galán amoroso
en señal de ser mi esposo.
¿Sabes tú si lo será?
Como usted no se oponía,
y el tiempo en balde no pasa,
y es tan guapo, y viene á casa
dos ó tres veces al dia...
La culpa fué mía: sí;
mas ¿qué harás si, con motivo
muy fundado, hoy te prohibo
lo que ayer te consentí?
¿Yo, señora? Obedecer,
que humilde cordera soy,...
aunque no obedezca hoy
tan á gusto como ayer.
No violento tu albcdrio;
mas otro te quiere...
¿A mí?
¿Y quién es?
Tu tio.
¿Sí?
¡Qué buen sugeto es mi tio!
Me pidió anoche tu mano
y su mayor regocijo
seria...
¿Y usted le dijo
que se ladaria? Es llano.
Aun no he dicho sí ni no;
mi contestación espera;
mas... si yo le prefiriera...
Otro tanto haria yo.
(¡Dos novios! Estoy en grande.)
¡Qué! ¿ningún pesar te cuesta...
No. Yo estoy siempre dispuesta
á hacer lo que usted rae mande.
¡Docilidad muy estraiía!
¿No amabas al otro...
Un poco;
pero el amor es un loco
y una madre nunca engaña.
Asi debe responder
una muchacha de juicio.
Mi corazón es novicio
y no sabe á quien querer.
(Denme un marido, que es ya
justo, y llámese Leoncio,
ó llámese Pedro, ó Poncio
Pilatos..., ¿qué mas me dá?)
¡Se ha quedado usted suspensa!
Tengo mucho en qué pensar.
(Soltera vóime á quedar
si tanto y tanto lo piensa.)
Aunque es mucho su carino,
tu tio escede en edad
á don Leoncio.
Es verdad.
¡Ya hace tiempo que fué niño!
Pero maridos machuchos
no es fácil que den petardos,
ni se van á picos pardos
como suelen irse muchos. —
Y al fin seré coronela,
y en verdad es mucho cuento
mandar en un regimiento
sin llevar escarapela.
Deseo, sábelo Dios,
verte feliz.
Yo no exijo
de usted...
Dime: ¿y si no elijo
á ninguno de los dos?
¿Cómo!... ¡Ah! ya; otro caballero
habrá sin duda en campaña.
¡Ya tengo tres! ¡Qué cucaña!
¿Quiénes, quién es el tercero?
¡Niña! ¿Qué locura es esa?
¿Tanto te acosa el deseo
de casarte?
Yo no creo...
¡Calla! ¡Oh rubor!... ¡Oh sorpresa!...
¿Pues Dios para qué me echó
á este mundo? Diga usté.
¡Vaya que... ¡Jesús!... Pues ¡qué!
¿nunca he de casarme yo?
¡Una rapazuela, y ya
rabia por tener marido!
¡Toma...
¡Eh! ¡Quita!
Ya he cumplido
diez y siete años, mamá.
ESCENA IV
(LA MARQUESA, CASIMIRA, JUAN.)
Señora, el señor don Pedro
Corvina...
(Muy contenta.) (¡Uno de los tres!)
¿Qué haces aquí todavia?
Vete allá dentro.
Me iré;
pero si...
No me repliques.
(Yéndose.) (¡No quiere casarme! ¡Pues!)
ESCENA V
(LA MARQUESA, JUAN.)
(Sentándose.)
(Vé aqui la causa de tanta docilidad. Ya se vé, todo su afán es casarse, y no le importa con quién. Pero ¡señor! ¿es posible... ¡Si hace poco mas de un mes que la saqué del colegio!)
¡Qué inmodestia y qué sandez!
¿Será castigo de Dios...
¡Ah! No hay duda que lo es. —
Y si no la caso pronto
(hará mañana tal vez un dislate... Por fortuna su corazón es novel, y, como en nadie se fija, tomará lo que le den.)
¿Qué digo al señor don Pedro?
Que entre. ¡Jesús!... Me olvidé...
(A la puerta del foro.)
Pase usía cuando guste.
ESCENA VI
(LA MARQUESA, DON PEDRO.)
Prima, beso á usted los pies.
Perdone usted. Distraída
le he hecho esperar... ¿Mas por qué
no ha entrado usted...
Dios me libre.
Yo conozco mi deber.
Las señoras no están siempre
visibles. Díjome aquel
tagarote que esperase,
que iba á entrar recado. Bien,
le dije; la disciplina
lo exije; entra; esperaré.
Pero esas formalidades
no se entienden con usted,
que es de la familia.
Gracias,
prima mia; pero, á fuer
de veterano, respeto,.
en donde quiera que esté,
la consigna. En ese punto
para mí todo es cuartel.
Ahora traigo á la memoria
que en la batalla de Ucíés,
mandando yo una guerrilla,
sin cartuchos me quedé.
Se lo dije á un ayudante
que pasaba al trote, y él
respondió: vaya á buscarlos
adonde mas cerca estén.
Como á dos tiros de bala
estaba el parque francés,
y el de España á media legua:
tomo la orden al pie
de la letra, y sucedió...
¿Qué habia de suceder?
Que recibí en esta pierna
el balazo mas cruel...
¿Y qué mucho? ¡Una brigada
defendía el almacén!
¿No toma usted una silla,
señor don Pedro?
Sí haré. (Se sienta.)
Vengo á saber la respuesta
á mi petición de ayer,
y con todo mi valor,
bien acreditado en cien
campañas, vengo temblando
como un recluta.
Por qué?
Soy una especie de i*eo
en presencia de su juez.
Con cincuenta años... y un pico
que no bajará de tres,
suspiro por una niña,
y si un dia de laurel,
coronas de mirto y rosas
hoy pido para mi sien.
Emprendo una evolución
muy peligrosa, lo sé,
que no se hallará en la táctica
del gran Federico, rey
de Prusia, ni en los tratados
que se han dado á luz después;
mas no valen estrategias
contra el terrible poder
de! amor; que, como es ciego,
embiste á lo somaten.
Primo, usted se está juzgando
con sobrada rigidez.
Su pretensión me honra mucho
y á Casimira también;
pero...
Puedo ser su abuelo.
Yo no desmiento mi fe
de bautismo, no. Con todo,
si aun se estilara el minuet,
me atrevería á bailarlo
como un alférez del tren;
y mas de cuatro visónos
que andan por esos cafés
no resisten como yo
una noche de reten.
La edad de usted no me arredra
bien lo puede usted creer,
sino la de Casimira.
Vamos, vamos, que la mies
ya está en sazón. Diez y siete...
No es todavía muger
de gobierno...
Yo soy fácil
de gobernar. No diré
que ella no pueda esperar
dos años, y cuatro, y seis;
pero yo... ¡Bueno estoy yo
para esperar! Ni es de ley
que se convierta en cadete
todo un señor coronel.
Como hay otro que me pide
á Casimira...
¿Otro pez
ha caido en el anzuelo? —
Diga usted: ¿es brigadier?
Yo al de mayor graduación
le cedo el puesto, y amen.
No señor. Aquel sugeto
nue anoche...
No; pues con él
no transijo. — ¿Le prefiere
Casimira?
Yo no sé...
¿Y usted le prefiere á mí?
Me inspira mas interés
mi primo; pero razones
tan fuertes puedo tener
para... (No sé qué decirle.)
(Levantándose y también la marquesa.)
Acabemos de una vez,
señora prima política,
y hablemos claro. El desden
con que usted me está tratando
se lo debo agradecer
á mi menguada fortuna.
Yo no tengo cabriolé
como mi rival, ni luzco
en la pechera alfiler
de brillantes: solo tengo
dos mil reales cada mes...
cuando los pagan. ¡Marquesa!,
si con tan escaso haber
fuese el preferido yo,
iría el mundo al revés.
Esa sospecha me injuria;
pero los cielos que ven
mi corazón...
Yo quisiera
á mi sobrina ofrecer
en vez de cruces y heridas
las minas del Almadén;
pero allá en su incomprensible
táctica el Dios de Israel
quiere que unos nazcan ricos,
y otros sin pan y sin prest.
(¡Cielos!...)
Yo soy buen cristiano,
y nunca me quejaré
de su Magestad divina,
que pudiera responder:
«obedezca y represente;
que con ser mi hijo quien fué,
nació humilde proletario
en el portal de Belén.»
(¡Ah!)
Ni la envidia me ciega,
que es una pasión soez;
pero si Dios dice íil pobre i
«sé subordinado y ten
paciencia,» también condena
el orgullo y la altivez
de los que nacieron ricos
casualmente y sin saber
leer ni escribir.
¡Don Pedro!...
Y voto á cristas de pez,
que aunque á la niña, eso sí,
pondría yo en un dosel,
pudo nacer en las pajas,
y no en cuna de carey.
¡Oh! Basta. (¡Me hace temblar
este hombre!)
Sí; y en la hez
de la plebe nacen otras
que harían mucho papel
en el mundo si la suerte
las hubiera... Y á fe, á fé,
que si esa hermosa doncella,
tormento de mi vejez,
no hubiera venido al mundo,
hoy seria yo marques
de Valbrisa.
(¡Oh!... Por su boca
me habla mi conciencia.)
¡Qué!...
¿Se pone usted mala?
...No.
Porque sabe usted muy bien...
¡No mas!
Que soy el pariente
mas inmediato, y la ley...
¡No mas, por Dios!.... Casimira
se casará con usted.
¡Qué oigo! Mas ufano e«toy
que si me hicieran virey
de Navarra. Mis sentidos
se indisciplinan... No sé
lo que me pasa. Estoy loco.
Ahora atacaría á Ney,
si Ney viviera, y al mismo
Napoleón. ¡Oh placer!
Seré el marido mas tierno,
mas cariñoso, mas fiel...
Verá usted qué exactitud
en el servicio... ¡Ah! Ven, ven,
ángel mió, y que tu boca
me diga...
No es menester...
Y ahora, de improviso...
Entiendo.
Es decir que... volveré...
Sí; mas tarde...
A Dios, ¡oh prima
amable!, Dios te haga ver
un nieto mió que pueda
ser gobernador de Urgel.
ESCENA VII
(LA MARQUESA.)
A mi conciencia, á su amor
este sacrificio debo,
ya que ¡ay de mí! no me atrevo
á sufrir otro mayor. —
¡Eh! Ya es en vano mi temor.
En mi buena estrella fio. —
Ahora mas que nunca el brio
y la calma he menester...
Pero... si aquella muger
llega á descubrir... ¡Dios mió!
(Pase por la puerta de la izquierda.)
-,iS
Acto segundo
ESCENA PRIMERA
(SEBASTIANA, EULALIA, JUAN.)
(cimbas traen mantillas, y Sebastiana con el velo echado.)
Tomen ustedes asiento.
La marquesa mi señora
no puede salir ahora...
Pues...
Pero vendrá al momento.
ESCENA II
(SEBASTIANA, EULALIA.)
(Alzándose el velo.)
Hoy me anuncia el corazón
que, por nefas ó por fas,
amada sobrina, vas
á tener un alegrón.
¿De veras?
Y muy cumplido.
¡Oh Dios mió!...
Tú deseas
lo que todas, mas no creas
que se trata de marido.
¿De marido? ¡Ave Maria!
¿Cuándo mostré tal afán?
¿Qué falta me hace un galán
mientras respire mi tia?
Sí; la modestia es tu mérito
mayor, y, yo lo aseguro,
no te faltará un futuro...
cuando yo encuentre un pretérito.
No entiendo...
¡Ah!... Sí. ¡Pobre Eulalia!
Tú ignoras, y te lo envidio,
la docta lengua de Ovidio
y del héroe de Farsalia.
Tengo esta mana maldita
de gramatizar... ¡AyDios!
No viene la dicha en pos
de una muger erudita.
¡Feliz el sandio y el zote!
Millonario es don Tiburcio,
y asi entiende á Quinto Curcio
como á Cornelio Nepote.
Mientras en triste salmodia
lloro ausente del placer,
¿de qué me sirve tener
en la una la prosodia?
Mas hoy cesarán mis cuitas
y las tuyas sí las dos
logramos... ¡Quiéralo Dios
y las ánimas benditas!
¿Y qué puedo esperar yo?...
Si Dios lo dispone bien,
quizás hoy te abrace...
¿Quién?
El padre que te engendró.
¡Mi padre!
Nada te asombre.
Dios es grande, justo y sabio.
¡Oh! Nunca esperó mi labio
pronunciar tan dulce nombre.
Huérfana desde la cuna,
nunca supe á quien debirt
la...
Rueda mucho, hija mía,
la rueda de la fortuna.
¿Quién sabe en este hemisferio
lo que le está reservado?
¿Y quién...
La hora no ha llegado
Je revelarte el misterio.
Y no es este solo ¡ay pena!
el que mi pecho cobija.
De ellos traigo una balija.
¡Cartagena! ¡Cartagena!...
¡Ah tia!...
Ya te horripila
mi lenguaje, y es que estoy
inspirada.
Pero...
Soy
una especie de sibila.
¿Y quién sabe si habrá güelfos
y gibelinos aqui...
¡Cielos!...
¡Cuando hable por mí
la Pitonisa de Délfos!
¡Qué portentos! ¡Qué espectáculos!.
¡Cuánta dicha..., ó cuánta mengua,
cuando yo suelte mi lengua
para pronunciar oráculos!
Principie usted por el mió.
No es tiempo, sobrina hermosa.
¡Oh si una madre amorosa
también...
La tendrás; lo fio.
Ya su seno maternal
ansio bañar con mi llanto,
mas su amor no será tanto
como el de usted.
¡Oh! Sí tal.
Poco por mí se interesa
la que á mísera horfandad
me condena sin piedad.
(Echándose el velo.)
¡Chit..., que viene la marquesa!
ESCENA III
(SEBASTIANA, EULALIA, LA MARQUESA.)
Beso á usted la mano.
Beso
a usted la suya y la pido
mil perdones. No he podido
venir...
¡Eh! ¿Qué importa eso?
Siéntese usted, y si en algo
puedo servirla...
Mi objeto
es que hablemos en secreto
dos palabras.
(A Sebastiana.) ¡Ah!... ¿me salgo?
Buego á usted que la permita
internai'se. Si la ven
en la antesala...
Está bien.
Sígame usted, señorita.
Es niña al fin, y el recato...
¿Hija de usted?
No, señora;
sobrinita.
(A la puerta de la izquierda.')
¡Salvadora!
(¡Qué riqueza y que boato!)
(A una doncella que sale.)
Que acompañe Casimira
á esta joven.
Agradezco
tanto favor.
(Yéndose con la doncella.) (Me perezco
por saber...)
(La marquesa mira con atención á Sebastiana.)
(¡Cómo me mira!)
ESCENA IV
(LA MARQUESA, SEBASTIANA.)
Ahora, con el beneplácito
de usted, tomaré un sillón...
Sí, señora.
(Se sientan las dos.) (¿Quién será!)
Ya estamos solas las dos.
Hable usted.
Si usted se digna
de prestarme su atención,
larga serie de infortunios
narraré, aunque mi dolor
renueve; que, como dijo
Publio Virgilio Marón,
Infandum, Regina, jubos,
«fe.
(¡Santo Dios!,
¿qué muger es esta? ¡Me habla
en la ti ii!)
Si, como yo,
ha sido usted infelice...
¡Oh, sí; lo he sido y lo soy!
Non ignara mali...
Pero...
Me tendrá usted compasión.
Sí, pero... suplico á usted
que hablemos en español.
Nací humilde, pero prole
de padres honrados, hoy
difuntos....
Si tan de arriba
toma usted la relación...
Que me dieron, cual lo muestra
docta y facunda mi voz,
si no feudos y blasones,
esquisita educación.
Bien... Yo no dudo...
Mi padre
era insigne preceptor
de gramática latina,
y tal me latinizó,
que aun andaba yo cuadrúpeda...,
esto es, á gatas...
¡Por Dios,
señora...
Y ya articulaba
las partes de la oración.
Crecí, cara Deúm sobóles,
y apenas el arrebol
de pubertad prematura
mi fibra desarrolló,
cuando su aula regentaba
tan bien como él ó mejor.
Y ¡admírese usted! en medio
de aquella imberbe legión
masculina, yo vivia
incólume; era un crisol
de virtudes, y en mi rostro
de tal suerte se estampó
el sello de mis austeras
costumbres, dignas de Job,
que habia cumplido ya
dicho sea acá, ínter nos,
seis lustros muy largos, vulgo,
treinta y cuatro anos...
Ya estoy...
Sin que sonase en mi tímpano
una palabra de amor.
Pero, señora, ¿todo eso
qué puede importarme...
Voy
á lo esencial. Pero un dia...
¡dia nefasto y atroz!
cierto oficial Ganimedes
en mi casa se alojó. —
Cantaba como un Oríeo,
bailaba que era un primor,
hablaba como Tibulo,
sentia como Nason,
y yo, inesperta paloma,
tímida, incorrupta llor...
¡Ay! omnia vincit amor...
¡Me sedujo el picaron!
Bajo la fé de promesas
nupciales, que no cumplió,
dejé los lares paternos
y, siguiéndole veloz
á cierta ciudad del mundo
que hizo famosa Scipion,
esperaba yo afanosa
cada noche y cada sol
que un venturoso himeneo
legitimase mi ardor;
pero se hizo disyuntiva
la que antes fue conjunción
de otra especie, y el perjuro
súbito me abandonó,
con el inocente fruto
de su perfidia y mi error.
¡Angelito!... Aun no tenia
síntomas de dentición.
(¡Pobre muger!)
Es fenómeno
singular. Cuando el Señor
niega á castos matrimonios
un fruto de bendición...
(¡Ah!...)
Lo otorga Satanás
pingüe, robusto y precoz
á coyundas clandestinas
y... Vaya, ¡si es maldición!—
Huyó, en fin, mi ingrato Eneas
no sé adonde; falleció
la hija de mis entrañas
víctima del sarampión,
y yo también ¡oh misérrima!
hubiera surcado, en pos
de mi prenda, el lago Estigio
en la barca de Carón,
á no haberme deparado
el justo Dios de Jacob
el pábulo de la vida
y un techo reparador
en casa de una señora
de la misma población;
la cual tenia otra párvula,
pero agotado el licor
materno, fue necesario
que la amamantase yo.
(¡Qué pesadez!)
Reducida
á la triste condición
de nodriza asalariada,
yo muger de tanta pro,
tuve á bien fingirme viuda
de un colono... labrador
que dice el vulgo, afectando,
no obstante mi erudición,
lenguage soez, agreste,
y soltando cada coz...
¡Señora!., ¿no acaba usted?..
Prosigo mi cronicón.
Mi comadre; esto es, la madre
de la niña que chupó
mi néctar, la idolatraba
como única producción
de un consorcio que hasta entonces
natura esterilizó.
(¡Ah!..) Siga usted...
Tanto mas
cuanto uno y otro doctor,
visto el mal alumbramiento
y el estado en que quedó,
le negaron la esperanza
de nueva procreación.
( ¡Cielos! )
Pero á pocos meses
la muerte, pállida mors,
se llevó á la infante, hallándose
su padre allá en el Ferrol...
¡Ah, no mas!...
¡Qué! ¿Sabe usted
la historia?
¡Yo! ¿Cómo... ¡No!
Temiendo que su marido
se muriese de aflicción
al saber la triste nueva,
ó que su débil amor
trocase en yerto desvio
la falta de sucesión,
ocultamos la catástrofe,
y la nina que espiró,
su madre y yo remplazamos
con otra de munición
que estraje yo de \in depósito
donde babia ciento y dos.
¡Oh, basta, basta!
Y el fraude
fue iuulil, porque la hoz
de la inexorable parca
la trama vital cortó
del marido á los tres anos
de la tragedia anterior.
¡Oh, memoria dolorosa!..
Y la seííora en cuestión
es usted.
¡Por Dios, mas bajo!..
(Alzándose el ce/o.)
Y la nodriza soy yo.
¡Ah, soy perdida!
¿Por qué?
Como he guardado hasta hoy
el secreto, hasta la muerte
le guardaré con tesón.
Si algún heredero...
Infame
codicia no me arrastró,
¡Dios lo sabe!, á aquel delito
que me cubre de rubor.
Mis bienes libres esceden
á los del marques, y estoy
decidida...
Bien, se inventa
alguna indemnización,
ó allá in artículo mortis...
Pero usted me prometió
no volver ¡amas á verme.
¿No cobra usted la pensión
que la asigné?..
Sí, señora,
y Sebastiana Querol
ni sonaba en quebrantar
la palabra que empeñó;
mas leyendo en los periódicos
el nombre de mi raptor;
y que es coronel, y se halla
en Madrid de guarnición,
a bordo de un calesín,
sin esperar al convoy,
desde la nueva Cartago
vuelo á la Puerta del Sol;
y ¡cosa rara! el primer
ciudadano de plantón
á quien pregunto me dice:
"yo conozco á ese señor,
aunque no su domicilio;
pero puede dar razón
la marquesa de Valbrisa."
¡Qué oigo! ¿Es cierto?..
Como soy
cristiana. Tomo las señas
y... ¡otro prodigio mayor!
al acercarme á esta casa
veo..., no ha sido ilusión,
que sale de ella mi prófugo;
mas cuando iba ya mi voz
a interpelarle, la ahogaron
las cajas de un batallón
transeúnte, y entre aquella
turba multa se eclipsó.
¿Coronel ha dicho usted?
Coronel. (¡Pierde el color!)
(¿Sería?..) ¿Y cómo se llama?
Don Pedro Corvina.
¡Oh Dios!
¡Mi primo!
¡Primo de usted!
¿Tendré la satisfacción
de emparentar...
¡Fementido!
¿Cómo!..
¡Y yo, incauta, le doy
la mano de Casimira...
¿La solicita? ¡Qué horror!
¿Aspira á segundas nupcias
antes... ¡horrendo complot!..
de coutraer las primeras?
Acaso me he muerto yo?
El cielo la trajo á usted
para salvar el honor
de esa inocente.
¿Y el mió
es algún troncho de col?
¡Yo le juro al descastado...
El vendrá y entre las dos
le confundiremos.
¡Sí!
¡Que venga, y verá el traidor
en mis ojos un fac símilc
de la serpiente Pjfhon!
Le haré llamar. Entretanto
vaya usted./.
¡Hombre feroz!
A buscar á su sobrina.
Aqui daré habitación
á entrambas.
Gracias, señora.
Yo avisaré...
Entiendo, Adiós.
(Fase por la puerta de la izquierda.)
ESCENA V
(LA MARQUESA.)
¿Quién hubiera imaginado
tal perfidia, tal esceso
de torpe libertinage
en él, en un caballero!
Si algo pudiera acallar
el hondo remordimiento
que me acongoja, seria
su vil conducta. Llamemos...
(Al ir á tirar de la cinta de la campanilla aparece Juan.)
ESCENA VI
(LA MARQUESA, JUAN.)
Señora, espera permiso
de usía el señor don Pedro
Corvina.
¡Ah!.. Que entre al instante.
(Vase Juan.) ¡Y creí que era tan bueno!
ESCENA VII
(LA MARQUESA, DON PEDRO.)
Otra vez, prima del alma...
Mas llamarte prima es yerro
(cuando mi amor te promueve á mas dulce parentesco.)
Otra vez, madre querida...
¡Yo madre de usted! No acepto
(ese título. No madre efectiva: ya comprendo; sino madre en comisión, madre política. Un yerno bien educado no tiene suegra, que eso es de plebeyos.)
Ni uno ni otro. Si engañada
(di mi palabra... ¿Qué es esto?)
La retracto.
(¿Y qué motivo...)
Escúseme usted, le ruego,
(el rubor de declararlo.)
Ponga la mano eu su pecho,
(y le dirá la conciencia lo que yo decir no quiero.)
¿Se burla usted? ¡Raro modo
de enjuiciar! En cien consejos
de guerra he sido fiscal,'
y sé como el padre nuestro
todo el Colon; pero ignoro
en qué artículo secreto
suprime la acusación
para instruir el proceso.
Seiíor don Pedro, el asunto
de que se trata es muy serio,
y repugna ese lenguage
ridículo. Yo no puedo
fiar una criatura
inocente al mas protervo
de los hombres.
Mire usted
como habla, que yo no tengo
en mi hoja de servicios
ninguna nota; y apelo
al inspector general
del arma, y al ministerio
de la guerra, y al estado
mayor, y á todo el ejército.
Si hay un viviente que pueda
tildarme, levante el dedo.
En cuarenta años, diez meses
y quince dias que llevo
de carrera militar...;
se entiende, sin el aumento
de campana, siempre he sido
en el ataque el primero,
en la retirada el último.
Jamás he torcido el gesto
á la vista de un canon;
jamas...
Bien puede un guerrero
ser muy valiente y tener
sobre su conciencia el peso
de graves culpas.
¡Señora!
Bien puede ser, por ejemplo,
libertino...
No diré
que algún pecadillo viejo...
allá en tiempo de Godoy,
cuando salí del colegio...
y un poco después... ¡Qué diablo!..
Un cuartel no es un convento.
Mas ¿qué aventura importante
podia emprender un mero
oficial de misa y olla
corto de bolsa y de genio?
Amores de tres al cuarto
y pecados subalternos.
¡Qué descaro! ¡Qué insolencia!
Según eso en el concepto
de usted es una pueril
travesura, un pasatiempo
la seducción.
¿Seducción?
Señora, vamos con tiento.
Yo no he seducido á nadie;
ni corrian ese riesgo
mis Dulcineas de marras.
¿Niega usted...
Niego y reniego.
¿No es seducción dar en falso
palabra de casamiento
á una hija de familia?..
¿Yo?
¡Usted! ¿Y sacarla luego
de su hogar tranquilo....
¿Sí?
¿Y llevársela á otro pueblo,
y dejarla allí burlada...
con una niña de pecho...
¡Angelito!
¡Iniquidad!..
Señora, ¡por Dios eterno!..
¡Vileza!..
Señora prima,
si fuera usted de mi sexo,
con un mentís respondiera
á todos esos dicterios,
y luego nos ha l i riamos
usted y yo cuerpo á cuerpo;
mas como es usted señora,
digo á usted, con el respeto
mas profundo, que algún picaro
le ha contado esos enredos,
y usted se digna de hacerme
la injusticia de creerlos.
¡Oh! en vano lo niega usted.
Yo lo sé...
¡Me desespero!
¿Cómo? ¿De quién?
De ella misma.
¿De la hija?
No por cierto:
de la madre, de la pobre
Sebastiana...
¡Otra te pego!
La criatura murió...
Téngala Dios en el cielo.
¡Sí, padre cruel!..
Marquesa,
¿padece usted de los nervios?
¿A qué viene esa pregunta?
Lo digo porque hay enfermos
de ese mal que ven visiones
y suelen tener los sueños
por verdades.
¡Coronel!
Pues bien, señora, acabemos
con mil dia'blos, porque ya
se me apura el sufrimiento,
y diga usted que se vale
de tan frivolo pretesto
para deshacer la boda.
No señor.
Y eso eso es muy feo.
Yo presentaré un testigo.
Y eso es faltar al derecho
de la guerra.
¡Óigame usted!
Y obrar contra los preceptos
de la ordenanza.
Ahora mismo...
Y tratarme como á un negro!
¿Y qué dirá usted, en fin,
si ahora mismo le presento
la víctima?
Que la víctima
miente, y que es todo embeleco,
y que á mí no se me emboba
como á un recluta.
¡Oh! Veremos...
(Toca la campanilla.)
Y que hombres de mi carácter
se deshonran con careos
de esa^especie, y que me voy
por no hacer un desacierto.
(A la puerta.)
¡Sebastiana!
(Al Coronel que ya está en la puerta del foro y no la oye.\ Espere usted.'..)
(Yéndose.)
j Voto á Dios... Baco y baquero!...
ESCENA VIII
(LA MARQUESA.)
¡Huye! ¿Qué prueba mayor
de su infamia?.. ¡Hombre perverso!
ESCENA IX
(LA MARQUESA, SEBASTIANA, EULALIA, CASIMIRA.)
¡Mi bien!.. ¿Pero dónde está?
Sonaba voz masculina...
¿Era él? ¿Era Corvina?..
Sí. Ya se fué...
¿Adonde va?
(Llega Casimira.)
¿Me llamaba usted, mamá?
No.
¿Qué ha sucedido, tia?
Cerca estará todavía.
Yo le sigo...
Iba corriendo.
Es inútil...
ISo comprendo...
¿Qué es eslo, Virgen María?
(A Casimira.) Ya no te casas con él.
¿Con quién?
(A la Marquesa.) ¿Y viene contrito?
¿Reconoce su delito?
(A Sebastiana.) Es por ventura....
(A Sebastiana.) No.
j Infiel!
Todo lo niega,
¡Cruel!
(A Sebastiana.)
¿Es... aquel sugeto?...
Sí.
(A la Marquesa.) ¿Y no se apiada de mí!
¡No!
(A Sebastiana.)
¿Pero cuál de las dos...
¡Ah bárbaro amante!
¡Ay, Dios!
¡No es él!..
(A Eulalia.)
¿Quién?..
¡Bien lo temí!
Si al menos usted le hubiera
detenido...
¡Si no pude!
Cuando llame...
(A Eulalia.) ¿A quién alude?
Estaba ya en la escalera.
(A la Marquesa.)
¿Mi tio?
¡Entrañas de fiera!
(A Casimira.)
Sí; tu tio.
(A Sebastiana.)
¿Cómo?.. ¿Es lio...
Yo perseguiré al impio...
(¿Ella?..)
Y vengaré mi oprobio.
(A la Marquesa.}
¿Y porqué no es ya mí novio?
¡Jamas!
(¿Su novio? ¡Qué lio!)
No escapará de mi red.
¿Por qué, si no es un aleve,
á parecer no se atreve
en la presencia de usted?
Yo acudiré con mi sed
de justicia á un tribunal.
Bien á bien ó mal á mal
se habrá de casar...
¿Con quién?
¿Conmigo?
Con ella.
¡Ah!.. Bien.
(¡Qué grotesca es mi rival!)
¿Dónde vive? porque quiero...
En la calle de Carretas,
número... Entre estas targetas
habrá alguna suya.
(Examina varias que habrá sobre una mesa.)
(Acercándose á la Marquesa.)
Pero...
¡Calla! (Leyendo una targeta.)
"El marqués del Vivero..."
(A Sebastiana.)
¿Y ese hombre ha sido capaz...
¡Sí, hija mia! Es contumaz.
(A la Marquesa.)
¿Me casará usted...
(Leyendo otra targeta.)
"Vicente.»
¿Con el otro pretendiente?
(Maquinalmente y sin dejar de c.vaminar
targetas.)
No sé... Sí... Déjame en paz.
¡Uf! La cólera me abrasa.
(Cáseme yo, y ¿qué mas dá?..)
"Pedro Corvina...» Aquí está,
coa las senas de su casa.
(Tomando la targeta.)
Venga, que el tiempo se pasa.
¿Salimos juntas?
Tú no.
(Haciendo sonar la campanilla.)
Ahora ya es fuerza que yo
cumpla mi deber.
(A la doncella que vuelve á presentarse^) Un chai,
un sombrero.
(A Juan que se presenta en la puerta del foro.) Di á Pascual
que ponga pronto el lando.
(Véanse los Criados.)
¡Oh Mater inmaculata!,
si á esta mísera muger
amparas, aun puedo ser
terque, quaterque beata.
Concede á una literata
que aquel corazón de ripio,
olvidado participio.
de mi existencia cruel,
vuelva á ser amante fiel
sicut erat in principio.
ESCENA X
(LA MARQUESA, CASIMIRA, EULALIA.)
(Vuelve la doncella con el chai y el sombrero y la marquesa se los pone.)
Pero ¡Dios mió I ¿qué es esto?
(Otro billelito ahora
á don Leoncio...)
(Retirase la doncella.)
ESCENA XI
(LA MARQUESA, EULALIA, CASIMIRA, JUAN, JUAN, SEÑOR*, EL LANDO YA ESTABA PUESTO.)
Bien.
ESCENA XII
(LA MARQUESA, EULALIA, CASIMIRA.)
(¡Sacrificio funesto!
Mas ya lo resisto en vano.
Fuerza es descubrir mi arcano.)
(A Casimira.) Adiós.
(Me alegro, ¡Se va!)
¿Adonde va usted, mamá?
A casa de mi escribano.
ESCENA XIII
(CASIMIRA, EULALIA.)
( ¡Desventurada de mí! )
(Esta chica es una estatua.)
Ven...
(¡Me tutea la fatua!)
Vén, y hablaremos allí
de mi novio...
¡Ba!
¿Y á tí,
ningun"galan te hace cocos?
¡Eh! mis años son tan pocos.
(Sospecho por vida mia
que me ha metido mi tia
en una jaula de locos.)
Pero, hija, es mucha desidia
no pensar en acomodo.
No tengo prisa.
Con todo...
(Se está muriendo de envidia.)
(Me empalaga.)
(Me fastidia.)
Otra gracia es la que pido
al cielo. (¡Un padre querido!)
Pues ¡oiga el cielo á las dos!
(¡Dadme un padre, justo Dios!)
(¡Virgen de Atocha, un marido!)
(Vanse por la puerta de la izquierda.) (l&cfo tercero.
-aa»> —
Acto tercero
ESCENA PRIMERA
(Aparece sentada en un banco del jardín.)
(Mi tia no vuelve, y sola con mis tristezas aqui, en vano á dulce esperanza quiero el corazón abrir. — ¿En qué fundaba mi tia aquel anuncio feliz? Ese padre suspirado ¿de dónde me ha de venir? Aquel coloquio secreto con la marquesa ¿qué fin pudo tener? Por ventura, se trataría de mí? Y aquel hombre misterioso que tanto dá que sentir á las dos... Y la zozobra de la una, el frenesí de la otra... Mi razón vaga confusa entre mil conjeturas. Si se cumplen tus oráculos asi, ¡oh tia! mas me valiera no haber venido á Madrid.)
ESCENA II
(EULALIA, SEBASTIANA.)
(Llega apresurada..)
¡Ay Eulalia! ¡Ay mi sobrina!
(Levantándose.)
¿Qué sucede?
Yo me ofusco...
No es el Corvina que busco
aquel clon Pedro Corvina.
¿Cómo...
Sin duda algún mago,
algún moderno Cagliostro
ha trasformado su rostro,
si nunquam fallat imago;
porque juro por mi fé
que antes, al llegar aqui,
con estos ojos le vi
montar en un cabriolé.
Ó mi cabeza, gran Dios,
es ya torre de Babel,
ó este miente, ó miente aquel,
ó los Corvinas son dos.
Iba sudando hilo á hilo
en busca de mi traidor,
y me encuentro á un buen señor.
¡Quantum mufatus ab i/lo.'
Y sin embargo, hazte cargo,
es Pedro y es coronel;
y sin embargo, no es él;
y es Corvina sin embargo.
Yo entré vomitando furias,
él me recibió lo mismo,
y aquello fue un embolismo
de interjecciones é injurias.
Por fin in conspeefu suo
veo con ojos asiduos
que de los dos individuos
uno es cisne y otro es buho;
y le pido mil perdones;
y él, que entiende la parodia,
al oir mi palinodia
reitera sus maldiciones.
Su despecho me dá grima
y allí le dejo que charle,
mientras vengo á sincerarle
con la marquesa su prima. —
Y no. está aqui la marquesa;
y, mientras ella se oculta,
me estoy olvidando ¡stulta!
de lo que mas me interesa.
Fuerza es huscar un ardid...
No creas que yo me engañe.
El Corvina que me atañe
está sin duda en Madrid.
Sé de memoria al malvado
aunnue se oculta de mí,
(Con la mano en el pecho.) y, ctre perennius, aqui
le tengo litografiado.
Viene á esta casa; es notorio;
yo le vi... Pues ¿á qué espero
que no dirijo al portero
prolijo interrogatorio?
Le describiré con fuego
al hombre y al cabriolé,
y tales señas daré
que le reconozca un ciego.
Sabré si mintió pseudónimo
á la marquesa ó á mí,
y qué nombre lleva aqui:
Cosme, Juan, Diego ó Gerónimo.
Salgamos ya del barranco.
Véale yo y Dios resuelva. —
Espera aqui hasta que vuelva.
No te muevas de ese banco.
Eleva á Dios justo y pió
tus plegarias incesantes...
¡y guarda los importantes
secretos que te confio!;
que si el primer gaudeamus
en pos de tanto revés
consigo,... quizá después
pauló majora canamus.
ESCENA III
(EULALIA.)
¡Tía, oiga usted... Pero, lia
de mi alma... Ya no me oye.
¡Me recomienda el silencio!,
mas debo de ser muy torpe,
ó entre un flujo de vocablos,
mas latinos que españoles,
ni una palabra me ha dicho,
ni una que sirva de norte
á mi discurso. ¡Oh! Bien puedo
decir su secreto á voces
sin comprometerla. ¡Ay Dios!
Mucho temo que la pobre
pierda el juicio antes que encuentre
al suspirado consorte.
ESCENA IV
(EULALIA, CASIMIRA.)
(Viene de lo interior del jardín por la izquierda.)
¡Estabas aqui! Pues, hija,
te ruego que no me estorbes.
Yo no pretendo...
Ya sabes
que aspiran dos amadores
á mi mano...
¿Qué me importa.
Uno viejo, otro mas joven...
En hora buena...
Los novios
suelen dar chascos atroces
y, por si acaso, conviene
amar por partida doble.
¡Oh!...
Y pues don Pedro Corvina...
¿Corvina?... (¡Otra vez su nombre!
¡Qué pesadilla!)
Y pues ya
no quieren que me acomode
con mi tio, la otra boda
no es justo que se malogre.
Bien...
Y está en eso mamá,
y como yo soy tan dócil,
he enviado una cartita
á don Leoncio... ¿No me oyes?
¡Si digo que no me importa...
(Pues lo has de oir hasta el postre,
envidiosilla.) Citándole...
Ocioso es que yo me informe...
Al jardín...
Pero...
Y vendrá
por la verja; no lo noten
los criados y murmuren...,
ó mi mamá se incomode...
Entornada está. No tiene
mas que empujar, y... ¡Demontre!
¡Qué aturdida soy! Me vengo
sin el ramito de llores
que le quiero regalar.
Y ahora no recuerdo dónde
le he dejado... Voy á ver...
En la gruta... No. En el borde
del estanque... Adiós. Si viene,
dile que espere y perdone.
(Empieza á anochecer.)
ESCENA V
(EULALIA.)
¡Qué torbellino de chica!
Parece que tiene azogue
en aquel cuerpo. ¡Y qué poca
reflexión! Mucho se espone
con esc alan de casarse
á dar con algún mal homlnc
que la seduzca... ¡Si digo
que es tonta de capirote!
(Entra por la verja don Leoncio sin advertirlo Eulalia, que vuelve á sentarse cavilosa.)
ESCENA VI
(EULALIA, DON LEONCIO.)
(Bien. La verja estaba abierta,
como en sus dulces renglones
me anunciaba Casimira,
y ya se acerca la noche
con su velo protector
de amantes y de ladrones.
No estará lejos la niña
cuya cara y cuya dote
no es lo que mas me enamora;
aunque aquella no es mediocre
y esta debe ser cuantiosa
siendo ciertos los informes,
sino el marquesado ilustre
que hereda de sus mayores.
Un ex-proletario, un quídam
como yo, que hizo millones,
no los saborea bien
sin títulos y uniformes.
Busquemos...
(Da algunos pasos.) Pero entregada
á dulces meditaciones
está allí...
(Acercándose.) Prenda querida...
(Levantándose.)
¡Ah! ¿Quién es...
No te alborotes,
(Cortada.) No soy yo
la...
Tiene usted mil razones.
No habia mirado bien...
(¡Qué hermosa muchacha!) Porque
venia... Usted me dirá...
(Sus ojos son como soles.)
Si es su parienta, ó su amiga,
ó la diosa de este bosque
No, señor. Yo soy... Eulalia...
¿Eulalia? ¡Bonito nombre!
Permita usted...
(¡Pobrecilla!
Se turba y se sobrecoje.)
No se vaya usted tan pronto,
que estático, absorto, inmóvil
al mirar esos hechizos...
(¡Me dan unas tentaciones.,.!)
Allí viene Casimira.
(¡Juicio, Monturjo! No tornes
á las andadas...) No obstante,
usted se lleva á remolque
mi alma...
ESCENA VII
(EULALIA, DON LEONCIO, CASIMIRA, CASIMIRA, EULALIA, DON LEONCIO, ENSEÑÁNDOLA UN RAMO, ).)
(Le he encontrado al fin al pie de un albaricoque.)
(Ya está aqui. ¡Qué situación...
tan duplicada!)
¿Y mi Adonis?
¡Ah, que está allí!
(A Casimira.) Vida mia....
(¡Es imposible! ¿Quién corre
dos liebres á un tiempo?)
(Aparte á Eulalia.)' ¿Yes qué buen mozo? Como un roble.
No sé... No he mirado... Adiós.
(Aunque mi tia se enoje, no la espero aqui testigo de peligrosos amores.) (Saluda y entra en la casa.)
ESCENA VIII
(CASIMIRA, DON LEONCIO.)
(¡Vaya si es linda!...) Bien mió,
ya ves que acudo al reclamo.
Te doy en premio este ramo.
Gracias. Yo á tí mi albedrío. —
¿Qué señorita es aquella...
Solo sé de ella, á fé mia,
que es... sobrina de su tia;
y mas gazmoña que bella.
(¡Sátira al canto! Es de ene.
Mugeres las dos...)
Aqui
vinieron hoy...; pero á ti
ni á mí ¿que nos va ni viene...
Cierto.
Hablemos del asunto
que á los dos nos interesa.
Sí. ¿Consiente la marquesa
en que yo sea tu adjunto?
Ya no hay duda, y si eres bel...
En amarte me deleito. —
Pues, según dices, el pleito...
Le ha perdido el coronel.
Aqui hi habido unos misterios
que no te puedo esplicar.
Parece que el militar
tenia otros gatuperios.
¡Oiga!
Ello es que mi mamá
le ha dado ya pasaporte,
y ya no me hará la corte
ni á mi casa volverá.
¿Es cierto lo que me dices?
¿\ pesar del parentesco
le envia con viento fresco...
Lo que oyes.
¡Somos felices! —
Ven, sentémonos los dos
en este banco.
Me siento,
pero no mas que un momento.
Si viene mamá, ¡gran Dios!...
(Siguen hablando en voz da/a. Es ja enteramente de
noche.)
ESCENA IX
(CASIMIRA, DON LEONCIO, SEBASTIANA, SEBASTIANA, (YA SÉ EL NOMBRE DEL CARIBE:.)
Leoncio Monturjo. ¡Inicuo!
¡Qué proceder tan oblicuo! —
Y sé también donde vive.
Ya no estaba en casa... Bien;
(mas tarde vuelvo hacia allá con la muchacha... Allí está hablando con no sé quién.)
¡Qué oscuridad! No distingo...)
¿Me lo juras por tu nombre?
Sí; te lo juro.
(¡Es un hombre!)
Tuya soy.
(¡Santo Domingo!)
(Pues, señor, seré marqués.)
Y tú, ¿juras...
(¡Llega hoy,
y ya la muy...)
Como soy
Leoncio Monturjo...
(Gritando.) ¡Él es!
(Levántase dando un grito.) ¡Ah!
(Levantándose.)
¿Quién grita?
(Poniéndose en medio de tos dos, desviando
á Casimira y asiendo de un brazo á don Leoncio.)
¡Horror! ¡Incesto!
¡Maldición!
(Dando otro grito y desapareciendo por el
arbolado de la izquierda.)
¡Ah!
¡Estás convicto!
¿Cómo!...
¡Fragranté delicio!
¡Eh! ¿Quién es usted? ¿Qué es esto?
ESCENA X
(SEBASTIANA, DON LEONCIO.)
¿Quién soy yo? ¿No lo adivinas!
¿I\o me conoces, perjuro!
¿Qué he de conocer á oscuras?
¿Soy murciélago? ¿Soy buho?
¡Ah traidor!
¡Suélteme usted!
(¿Será alma del otro mundo?)
¿Soltarte? ¡No, fementido!
Aunque te salga un carbunclo,
como tenaz sanguijuela
asiré tu brazo impuro.
¡Non missura cutem nisi
plena crúor is hirudo!
Faldas,... latines,... furores...
¡Perdido soy, sin recurso!
O eres el demonio, ó eres...
¡Sebastiana!
¡Sí, verdugo!
Soy la ex-cándida paloma
que en pacifico tugurio
inocente vejetaba
entre adverbios y gerundios,
porque solo conocia
á tu sexo infiel é injusto
por el máscula sunt mñribiis
que esplicaba en el estudio,
hasta que tú me advertiste
con engañosos arrullos
que habia otro formulario
mas grato y menos insulso
de conjugar amo, amas,
y declinar iua, tuum.
Soy la que visona y crédula
consentí que en un crepúsculo
me robaras subjuntivo
á título de futuro.
Soy la que fui tu post data
caballera sobre un rucio
hasta saludar entrambos
el cartaginense muro;
y en fin, la que, nueva Ariadna
de otro Teseo mas crudo,
te lloré prófugo amante
y te maldije fecundo.
Bien; ya sé quién eres... (¡Mala
lanzada de moro zurdo...!)
Y aunque es algo problemático
averiguar quién sedujo
á quién, porque tú peinabas
por lo menos siete lustros
entonces, y yo podia
ser anchamente hijo, tuyo,
y tú sabias lalin,
y yo era un imberbe estúpido...
Pérfido, no te valdrán
escusas ni subterfugios.
Yo sabré...
Bien. No es razón
que armemos aqui un tumulto.
Yo, que dejé la milicia
y embarcado en un falucho
fui á Ultramar, de dende vuelvo
con medio millón de duros,
estoy pronto á subsanar...
¿Subsanar! Un medio, uno
solamente...
¡Eh! No alborotes.
Zanjaremos el asunto...
Pero, suéltame; no crea,
si por aqui viene alguno,
que soy ladrón...
Sí; ¡de mi honra!
(Sale Juan de la casa con una luz, enciende el farol une habrá á la inmediación del banco, y se retira.)
¿Ves? Por allí viene un bullo
con luz...
Bien. Pues figuremos...
¿Qué?
Que paseamos juntos
de bracero, como in Uto
tempore...
(Pasean.) ¡Pues!... Cuando en múluo
sabroso éxtasis...
(¡Maldita
seas, amén.)
¿Eh?
(¡Me luzco
como hay Dios!) Pero no es este
el sitio mas oportuno.,,
para tratar...
Sí, hijo mió.
Hablando con disimulo...
Mira: ya se fué el criado.
Sentémonos dos minutos
en ese banco...
(Le lleva en dirección del farol.) Si tratas
de escapar, grito, y abullo,
y bramo...
¡No, por la virgen
santísima! Ya te escucho.
(La mira á la luz del farol?)
(¡Ah, qué horrible catadura!)
¿Qué es eso, mi bien? ¿Te asusto?
¡Qué vieja estás, Sebastiana!
¡Qué de arrugas, qué de surcos
en tu cara!
Hijo,/«/c transit
gloria mundi!, mas te juro
que mi corazón está
tan joven y tan robusto
como cuando tú te holgabas
de merecer su tributo.
Lo creo; sí... (El corazón,...
¡vaya!; mas ¿cómo apechugo
con lo demás?) Pero, dime,
cuando interrumpiste el dúo
que me halagaba y, á guisa
de un espectro furibundo
que se halla mal avenido
con el sueño del sepulcro,
te apareciste á mi lado,
¿por qué tu labio sañudo
habló de horror y de incesto...
¡Infeliz!, aquel capullo
de abril, aquella inocente
á quien tú, sátiro inmundo,
seducías...
¡Nada de eso!
Solo aspiro al casto yugo...
Pues b'en; ¡gime, y horripílate,
y tiembla, Edipo segundo!
Esa mal aconsejada
doncella es vastago tuyo;
¡es tu hija!
¡Cielo! ¿Qué dices!
Yo la contaba en el número
de los muertos. TJn amigo
me lo escribió...
No lo dudo.
En la triste precisión
de ocultar el tierno fruto
de un desliz que me esponia
á ser escarnio del vulgo
lenguaraz... Odi profanum
vulgus...
¡Dale! ¡Es mucho flujo
de latines...
Yo supuse
que estaba entre los difuntos.
Mas, ¿cómo la encuentro anuí...
Es larga historia y con muchos
episodios. Mas despacio
lo sabrás todo...
Y, pregunto,
¿quién me certifica á mí
que es ella misma el producto
verdadero de mi amor;
(¡amor bárbaro y absurdo!)
y no bija de cualquier
Juan García ó Pedro Rubio?
¡Cruel!,<éi tienes memoria
y voluntad, y no es duro
como la roca Tarpeya
ó el tridente de Neptuno
tu corazón, ¡ah! tú mismo
has de decir: ¡ecce opusculum
meiim!
No soy tan feroz
como piensas. Dame al punto
las pruebas que necesito,
y esa niña, lo aseguro,
tendí á padre.
¿Qué pronuncias!
Voy á enloquecer de júbilo
si es cierto...
Sí. (¿Mas casarme
contigo? ¡Eso no! ¡Abrenuncio!)
Pero, en fin, ¿cómo te llamas?
¿Cujum peáis..., que aun fluctúo
entre el don Pedro Corvina
y el don Leoncio Monturjo.
Soy...
(aparece la marquesa por la puerta de la casa.)
¡Silencio! Viene gente.
Aunque me voy, no me oculto.
Vivo...
Lo sé.
(Yéndose.) (¡Su marido!...
Primero fraile cartujo.)
(Fase por la verja.)
ESCENA XI
(SEBASTIANA, LA MARQUESA.)
(Hacia allí hablaban ahora...
Por la verja se retira
un bulto...).
¿Quién...
'Llamando.) ¡Casimira!
(Acercándose.) ¡Ah! Es Sebastiana.
¡Ay señora!
¿Ha visto usted á mi niña?
Me han dicho que estaba aqui...
No sé. — Estoy fuera de mí.
No en vano amor escudriña...
¡Ya ha parecido aquel hombre!
¿Quién?
Mi marido ante Dios. —
Nos engañaba á las dos
la similitud del nombre.
Mi honor se reparará
sin discordia, sin litigio...
Corro á buscar... ¡Oh prodigio!
á mi Eulalia.
Arriba está.
¿Sí?.., Adiós.
Pero ¿qué suceso...
Hablaremos mas despacio.
No es el hombre tan reacio
como creí... Pierdo el seso. —
Ya á su primo el coronel
puede usted volver el crédito.
¿Cómo...
Es caso raro, inédito,
particular... Él... no es él.
ISo entiendo...
¡Oh Dios! Yo venero
tu providencia divina.
Pero...
Hay un falso Corvina
y un Corvina verdadero.
La chica... ¡olí ventura inmensa!...
no es lu que ella se figura,
ni lo que usted conjetura...
Aqui nadie es lo que piensa.
Ya mis súplicas fervientes
oye el Señor sempiterno.
¡Respira, oh vastago tierno
mi non risére párenles
¡Oh hija mia! ¡Oh dulce palma
después de tantos sonrojos!
¡Oh Corvina de mis ojos!
¡Oh Mouturjo de mi alma!
Ya olvido acciones infames
y te amo constante y fina;
ora te llames Corvina,
ora Mouturjo te llames.
¡Oh!... Diga usted...
¡Seré tuya!
Ya la esperanza me engorda...
¡Adiós, adiós... Sursum corda! —
Vuelvo... ¡AlleRiya, Alleluya!
(fase corriendo, y entra en la casa.)
ESCENA XII
(LA MARQUESA.)
Sallando va de alegría.
Esa infeliz está loca.
Como todo lo disloca,
no entiendo su algarabía.
Ella á mi primo defiende,
ella habla de otro supuesto
Corvina... ¡Buen Dios!, ¿qué es esto?
¿Quién sus misterios entiende? —
Pero también me nombró
á Monturjo... ¿Si será
aquel amante quizá
que un dia la abandono?...
Y habla de su hija... Estoy cierta;
sí. — ¿Vivirá todavía?
Mas cuando ciñó la mia
lloraba la suya muerta.
¿Esa sobrina tal vez...
¿O acaso... Me hace temblar
esa muger, á pesar
de tanta ridiculez. —
Pero Casimira... Aqui
bajó... ¿Por donde andará?
(Llamando.) ¡Casimira!
(Dentro.) ¡Voy, mamá!
Ven.
(Mas cerca.) ¡Ya voy!...
(Llega corriendo.) (¡Pobre de mí!)
ESCENA XIII
(LA MARQUESA, CASIMIRA.)
¡En el jardin á estas horas!
Bajé al caer de la tarde
cuando usted estaba fuera...,
¡y ojalá nunca bajase!
¿Cómo!...
Dispuesta yo siempre
á hacer lo que usted me mande,
y como no quiere usted
que con mi tio me case,
y ha permitido que sea
mi marido el otro amante...
¡Yo! ¿Cuándo...
¡Qué! ¿Ya se olvida
usted... ¡Vaya!, cuando el lance
de mi tio...
O yo no supe
lo que me dije, ó soñaste...
En fin, ¿qué hacías aquí?.
Lo Primero...,
no se enfade
usted, — hablar con mi novio.
¿Con don Leoncio?
Un instante...
¡En ausencia mia!
Y luego
suspirar junto al estanque,
y maldecir mi fortuna,
¡y llorar gotas de sangre!
¡Maldecir, llorar... ¿Por qué?
¿Qué te ha sucedido?
¡Calle!
¿Es poco perder dos novios
en un dia?
¡Que nunca bables
de otra cosa! ¡Mal... ¡Jesus!
¡Digo! 0Si querrán que baile
después que... Usted me prohibe
querer á mi lio, me hace
consentir en la otra boda,
y esa dueña vergonzante,
que hoy vino á meter cizaña
y á descoser voluntades,
me impide hablar con Monturjo...
¿Qué oigo!
Eso no hay quien lo aguante.
¿Ella!... Cuéntame...
Los dos
estábamos junto al sauce
en aquel banco sentados, —
mas sin ofensa...
Adelante.
De pronto esclama una voz:
¡Él es!...» ¡Ay virgen del Carmen!...
Y entre los dos aparece
esa muger ó ese cafre,
y dándome un empellón
se acerca á él, y agarrándole
furiosa de un brazo, grita:
«¡Horror! ¡Incesto!... »
¡Ah!
¿Que diantre
viene a ser eso de...
¡Oh, calla!
Dá gracias á Dios y al ángel
de tu guarda...
(¡Sí, después
que me he quedado cesante!)
(Ya no hay duda. Don Leoncio
es el seductor infame
que la dejó abandonada
en Cartagena... ¡Ah! ¡Y el padre
de Casimira!
(Se queda
pensativa. Acaso trate
de buscarme otro partido...
Yo me he de casar con alguien:
no hay remedio.)
(Y" Sebastiana (Es claro.
cometió el inicuo fraude
de darme á su propia hija
cuando aparentaba darme
una expósita. ¡Ah muger
fementida! ¡Asi abusaste
de mi confianza!)
Ahora está formando plañe?...
Proponga, y sea quien fuere.
No hay miedo que la desaire.)
(Mas si yo engañé, ¿por qué
me admiro de que me engañen?)
(Mas vale casarse mal
que... no casarse con nadie.
Oyendo á aquella muger
y viéndotela delante,
¿qué hiciste tú...
¿YTo? Escapar
de allí mas veloz que el aire;
y ellos allí se quedaron,
y según algunas frases
que pude oir, la fantasma
decia mil tempestades
á don Leoncio.
(Y él fué
quien huyó, por no encontrarse
conmigo, por esa verja.
Ahora comprender es fácil
los que antes me parecieron
enigmas. ¡Oh inescrutable
Providencia!)
Y ahora ¿quién
ha «le ocupar la vacante?
¡Villana!, sella ese labio,
ó mi indignación...
Las carnes
me tiemblan...
(¡Cómo descubre
la ruindad de su linge!)
¿También usted se conjura
contra mí? Que me maltrate
aquella arpía, tal cual;
¡pero usted!
¡Mira lo que haces,
desventurada! Habla de ella
con respeto; no la ultrajes.
¡Con respeto!...
¿Sabes tú
quien es?
¿Qué" sc yo? Una...
¿Sabes
quién eres tú misma?
¿Yo!
Su hija de usted...
¡Miserable!...
Lo fuiste.
¿Y ya no?
No sé...
(Yéndose.) ¡Huye! ¡Déjame...
¡Ay qué trance! —
Por Dios, oiga usted...
¡Aparta!
(Entra en la casa.)
ESCENA XIV
(CASIMIRA.)
¡Válgame el cielo! ¡Qué arranques
la dan hoy! ¿Se ha vuelto loca,
ó habla de veras? Que me aspen
si comprendo... Me ha parido,^
vive, vivo yo; y no obstante...
Amanecí con dos novios,
buen Dios, ¡y anochezco in albis!
¡Solo me fallaba ahora
quedarme también sin madre!
(Entra en la casa.) Wo ttrtvfo.
Acto cuarto
ESCENA PRIMERA
(LA MARQUESA.)
En vano quiero cerrar
los ojos á la evidencia.
Lo que dijo Sebastiana
y Casimira revela
son testimonios de aquellos
que duda ninguna dejan;
mas la suerte de esa niña
desdichada me interesa
en estremo, porque al cabo
madre he sido para ella.
Yo necesito adquirir
nuevas luces, otras pruebas...
Mas cuando subo afanosa
preguntando por la huéspeda,
me responden que ha salido
con su sobrina... ¡Paciencia!
Ella volverá: entretanto
ya es alivio de mis penas
mi firme resolución
de obrar, venga lo que venga,
como la justicia manda,
como exije mi conciencia.
ESCENA II
(LA MARQUESA, JUAN.)
¿Qué hay?
El señor don Leoncio
Monturjo.
No le detengas.
ESCENA III
(LA MARQUESA.)
Resignémonos. El cielo
siempre fue justo. ¡Ya empieza
mi expiación!
ESCENA IV
(LA MARQUESA, DON LEONCIO.)
Beso á usted
los pies, señora marquesa.
S¿a usted muy bien venido.
(Toma una silla y ofrece otra á D. Leoncio.) Siéntese usted... (De vergüenza
no me atrevo á alzar los ojos.)
(¿Cómo empezaré mi arenga?)
(Turbado viene.)
(No está
muy tranquila, según señas.
Quizá ya sabe...) Señora...,
si mi labio titubea,
no estrañe usted... Es de tal
importancia la materia
de que vengo á hablar á usted...
Yo también... (¡Noche funesta.')
hablar con usted deseo,
y he menester su indulgencia...
Señora... (Ya está informada,
por lo visto de la escena
del jardiu. La hija del dómine
no se ha mordido la lengua.)
Casimira es el objeto
de mi visita, y es fuerza...
Esa misma Casimira,
que tanto lloro me cuesta,
es la que me obliga ahora...
Esa insinuación me alienta.
¿Podré preguntar á usted
si conoció en Cartagena
á una... dona Sebastiana
Querol?...
Sí señor.
Quisiera
saber desde cuando...
Hará
diez y siete años.
(La techa
coincide.) ¿Está en Madrid?
Hoy vino y aqui se hospeda.
¿Está en casa?
No señor,
salió.
(En la mia me espera
i sin duda; pero inquirir
conviene antes que rae vea...)
¿Tuvo usted con ella antiguas
relaciones...
Sí; ¡y muy serias!
Yo era un joven inexperto...
No obstante la inexperiencia,
supo usted ungir un nombre...
Si. ¿Qué quiere usted?... Flaqueza?.
Si no es que ie finge ahora.
No señora; soy de veras
Leoncio Monturjo.
Al cielo... —,
respeto su Providencia, —
plugo bendecir un lazo
que no bendijo la iglesia.
Yo no creí que tuviese
tan formales consecuencias...
Pero usted debió aceptarlas,
pues mediaba uua promesa
sagrada...
Es verdad: confieso
que fui un loco, un calavera.
¡Algo mas! — Pero ¿qué digo!
¿Es justo que yo reprenda
culpas de nadie? ¡Yo! Usted
me ha de perdonar...
¡Marquesa!...
Yo no amaba á Sebastiana;
me estremecía la idea
de llamarme esposo suyo,
y sin pensar en la prenda
que dejaba entre sus brazos,
una noche pongo tierra
de por medio... Es decir, agua,
pues me embarqué para América. —
El recuerdo de la niña
luego cjue me hice á la vela
rae atormentaba. — Tu voz,
¡oh santa naturaleza!
aunque la esquive el oido
¡harto en el alma resuena! —
Pero detenido en Cádiz
para algunas diligencias
forzosas, por el correo
me dio un amigo la nueva
inesperada de haber
muerto mi niña hechicera.
Después no tuve noticia
de su madre, hasta que horrenda
se me apareció esta noche...
Lo sé.
Pidiéndome cuentas
atrasadas...
¡Ah! ¡No hay plazo
que no se cumpla, ni deuda
que no se pague!
Y me dijo...
¡juzgue usted de mi sorpresa!
que era Casimira...
¿Quién?
La hija que lloro muerta.
¡Ah don Leoncio!
¿Qué veo!
¿Llora usted! ¡Clava en la tierra
los ojos... ¿Será posible...
¡Dadme, oh ciclos, fortaleza!
No es hija raia esa joven...
¿Cómo...
Aunque ella asi lo croa.
Y la edad conviene...
¡Ah! Sí.
Otra criatura tierna
que yo habia dado á luz,
¡ay triste!... murió en ausencia
de mi marido; oculté
mi desgracia, y con presteza
puse en su cuna otra nina
que recibí...
¿De quién? ¿De ella?
Sí, ¡de Sebastiana!
¡Cielos!
¡Era la mia! ¿Qué prueba
mas evidente? ¡Ah, señora!
¡Cuánto debo á usted! ¿Qué fuera
sin usted, sin su bondad,
de una infortunada huérfana?
¿Mi bondad? ¡Ah! No merece
alabanzas lisongeras
una muger tan culpable
como yo.
Bondad inmensa;
¡sí, señora! En quien recibe
un beneficio es vileza
el rebajarle indagando
sus motivos con rastrera
ingratitud. Ni es posible
que sombra de infamia quepa
en un corazón tan noble
como el de usted. Imprudencias
tal vez, errores... No quiero
saber mas, no, y la defensa
de usted será para mí
una obligación eterna,
sagrada, si hay un cobarde
que á mancillarla se atreva.
¡Ah, que es usted demasiado
generoso...
Alguien se acerca.
¡Silencio!
ESCENA V
(LA MARQUESA, DON LEONCIO, CASIMIRA.)
(Viene por la puerta de la derecha.)
Mamá... (No puedo
llamarla de otra manera.)
(¡Mi hija!)
¿Qué hay?
El escribano
ha entrado por la otra puerta
en ese cuarto...
(Muestra la habitación de donde viene.)
Está bien.
(A D. Leoncio.) Si usted me da su licencia...
¡Señora...
Quédate á hacerle
compañia.
Sí, y que venga
aquella... aquella señora
y me... ¡Jesús!
Nada temas,
ella se holgará de verte
en compañia tan buena.
ESCENA VI
(CASIMIRA, DON LEONCIO.)
Ven, hermosa niña,
acércate mas...
¡Si usted no me quiere...
¿Quién ha dicho tal?
si antes eran móviles
de mi voluntad
afectos que aspirau
a lazo nupcial,
deberes muy santos
que ahora sabrás
ya amarte me mandan
con mayor afán.
¿Aunque lo prohiba
la vieja tenaz
que nos hizo el coco,
y hecha un barrabás
nos trató con tanta
arbitrariedad?
No hayas miedo que ella
se ofenda jamás
de que tú me ames.
¡Es particular!
Según eso ¿todo
se ha compuesto ya?
Golpes de fortuna
que vienen y van...
Como yo te amo
ella te amará.
¿Y cómo me mira
con tanta bondad,
si antes semejaba
al genio del mal? —
Pero no me admiro
de esa novedad;
que, á mi juicio, el suyo
no está muy cabal,
y pues tú me quieres
pelillos al mar.
¡Oh! Ven á mis brazos...
¿A abrazarme vas?
Vén; tengo permiso...
¿De quién?... ¿De... mamá?
Sí; de la marquesa.
Si es eso verdad,
y si hemos de ir pronto
los dos al altar...,
¡vaya!; por mi parte
no hay dificultad.
(Se abrazan.)
¡Qué bella! ¡Qué candida!,..
¡Mi bien!
(Mas quizá
tiene mas de simple
que de angelical.)
¡Esposo!...
Hija mia,
no puedo negar
que son dulces nombres
esposo y galán;
pero... (Ya es preciso
decir la verdad.)
Pero.., ¿Qué? ¿Me engañas?
Te vuelves atrás?
Ser yo esposo tuyo
no es posible...
;Ay!
Porque lo prohibe
la ley natural.
¿Qué escucho!
Y no obstante,
¿quién fuera capaz
de quererte tanto
como yo?
¡Ba, ba!
O usted se chancea,
ó es un hombre audaz
que de esta inoceule
pretende abusar.
¿Yo!
Amor es un grave^
pecado mortal,
si no le autorizan
cura y sacristán.
¿Y si fuese el mió
amor... paternal?
¿Cómo... ¿Usted... ¡Ay Virgen
santa del Pilar!
Sí, yo sov tu padre.
¿Pues... de cuando acá?
Desde que naciste.
¿Y el otro que en paz
descansa...
Es historia
larga de contar.
Pero no comprendo...
(¡Con qué frialdad
lo escucha!) Hija mia,
como de esas hay
que las cria Pedro
siendo hijas de Juan.
(¡Aun por eso abajo
ine dijo mamá
cosas tan estrañas
con tono.. asi... tan...)
(Me adoraba novio,
y ahora... ¡Es singular!
A ser yo discípulo
del buen doctor Gall,
examinaría
por curiosidad
cómo tiene el órgano
del amor filial.)
En breve tus dudas
se disiparán,
aunque mi palabra
te debe bastar,
porque bien conoces
que ningún mortal
con hijas del prógimo
desea cargar.
Sí señor; yo creo...
(Vamos; soy fatal.)
(Ya obrará la sangre
después...) ¿No me das
otro abrazo?
¡Vaya!
(Se abrazan otra vez, y á este tiempo aparece por el Jo-)
(Desde ¿a puerta).
¡Bravo! (; Voto á san!...)
ESCENA VII
(I), DON LEONCIO, CASIMIRA, D, PEOÍ', O, CASIMIRA, ¡MI TIO!.)
¡Al:!.. Saluda...
(Con sequedad.)
Tenemos que hablar,
caballero.
¿A solas?
(¡Qué cara de agraz!)
A solas.
(Aun piensa
que soy su rival.)
¿Ahora?
Sí, ahora.
Tengo que esperar
aqui a la Marquesa,
y yo soy puntual.
Bien. — Déjanos solos.
(¡Con qué autoridad
la manda!)
Obedezco.
(Yéndose.) (Bien dice el refrán:
cuando tía utas pitos,
cuando pitos lian...
¿Marido querias?
¡Pues toma papá!)
(Entra por la puerta de la izquierda.)
ESCENA VIII
(DON LEONCIO, DON PEDRO.)
Ahora, señor veterano,
diga usted...
(H°y 'e descrismo.)
¿Tiene usted por ahí á mano
su partida de bautismo?
¿A qué viene esa... indirecta?
Yo sé bien lo que reclamo.
Pero...
¿Ignora usted, ó afecta
ignorar como me llamo?
Yo no husmeo gararquias,
y no hay porque usted se asombre...
Y sin embargo hace dias
que conoce usted mi nombre.
Jamas le oí, señor mió,
aunque lo venero mucho...
Pues me Hamo...
(¡Vaya un tio...)
Pedro Corvina.
¡Qué escucho!
(¡Hola! Ya se turba el hombre.)
Confiese usted sin empacho...
Sí señor; del mismo nombre
me serví siendo muchacho.
Yo le inventé inadvertido...
¡Para echarle por el lodo!
Sin pensar que hombre nacido
se llamase de ese modo.
Segunda vez, hombre ambiguo,
me aja usted con esa frase.
Ya era mi linage antiguo
antes que usted le inventase.
Protesto que yo ignoraba...
Desciendo de altos varones,
y es la cruz de Calatrava
el menor de mis blasones.
Casualidad imprevista..
Probaré, si usted lo exije,
que vengo de Iñigo Arista.
(Acerté cuando lo dije.)
Y aun si el nombre respetable
que llevo servido hubiera
para alguna acción laudable;
indiferente siquiera...
¡Pero usurparle traidor
para exonerar doncellas,
y abandonarlas — ¡qué horror! —
después de burlarse de ellas!
Usted no sabe quizá,
pues de ese modo se exalta,
que estoy decidido ya...
¿A qué?
A reparar mi falla.
Hoy que me habla la conciencia,
hoy que el cielo me ilumina,
Monturjo hará penitencia
de las culpas de Corvina.
¿Mis culpas? ¡Voto á un mortero.
Corvina pide venganza,
que siempre fue caballero
y arreglado á la ordenanza.
Hablo del otro Corvina,
del que inventó mi capricho,
no del que usted imagina.
Bien; pero... lo dicho dicho.
Ya á ningún Corvina copio. —
No armemos otro embolismo. —
Quiero decir que yo propio
me corregiré á mí mismo.
Ni pudo ser mi intención...,
¡convénzase usted, por Cristo!,
ultrajar con mi invención
á quien yo ño habia visto;
y, en fin, si de esta manera
no queda usted satisfecho,
riñamos cuando usted quiera,
que á nadie escondo mi pecho.
Basta; esc usemos la lid,
que me temo un quid pro quó
si se sabe por Madrid
la causa de que nació;
y algunos cambiando el freno
dirán tal vez, ¡buen regalo!,
que es usted Corvina el bueno,
y yo soy Corvina el malo. —
Mas me remueve la ira
otro agravio muy reciente.
¿Cuál es?
Yo amo á Casimira.
Yo también.
Pcrfectamcnle.
Pero ese adorado encanto
siendo ingrata a mis desvelos
le ama á usted.
Cierto.
Y por tanto...
yo estoy que rabio de celos.
Mal hecho. Ya no disputo
la novia; antes bien me obligo
á ceder el usufructo...
¡Gracias; mil gracias, amigo!
Yo no me mamo esa torta.
¡Después que he visto a los dos
abrazarse...
Eso no importa.
¿Que no importa? ¡Voto a briós!...
¿Hay mayor iniquidad?
Pero...
(Agarraría un palo...)
¡Atroz inmoralidad
digno de Corvina... el malo!
JNo hay aqui objeto de riña,
ni inmoralidad, ni afrenta.
Agrade usted á la nina
y déjelo por mi cuenta.
¿Qué enigma...
ISo me está bien
descifrarle por ahora
si no lo permite...
¿Quién?
(Sale la marquesa de la habitación de la derecha.)
Justamente... esa señora.
ESCENA IX
(DON LEONCIO, LA, LA MARQUESA, DON PEDRO.)
Muy buenas noches.
(Con seriedad.) Felices.
(A la marquesa.)
Tenemos aqui un negocio
pendiente... ¿Permite usted
que yo disponga á mi ruodo
de la mano de... su hija?
Sí señor. Yo no me opongo
a un derecho tan legitimo.
(Ya comprendo. El don Leoncio
se va á casar con la madre...
¡y ahraza a la hija! ¡Monstruo!!!)
¿Sabe usted ¡oh prima! á quiéi%
traspasa de motu propio
su materna autoridad?
¿Sabe usted que es el demonio
ese hombre?
Señor don Pedro,
yo he menester..., me es forzoso
hacer á usted una triste
revelación.
(¿Otro embrollo?)
Es un doloroso arcano
que há muchos años escondo
en mi corazón.
¿Que escucho!
Secreto infausto que es tósigo
de mi vida, y sin embargo
sin valor me reconozco
para decírselo á usted
de palabra y rostro á rostro.
Pero, señora... (Sin duda
es algún pecado gordo.)
Entre usted en aquel cuarto
de la derecha. (¡Ah, qué oprobio!)
En la mesa hay una carta
donde lo declaro todo,
y otros papeles de mucho
interés...
(¡Yo estoy absorto!)
Lea usted... ¡y compadezca
á una desdichada!...
¿Cómo!...
Yo no atino... En fin, iré...
(Hoy van á volverme loco.)
(Entra en la habitación de la derec/ta.)
ESCENA X
(LA MARQUESA, DON LEONCIO, LA MARQUESA, SEBASTIANA.)
Todavia no. Supongo
£ue espera en mi casa...
(Dentro.) Entremos...
¿Pero no es su voz la que oigo?
ESCENA XI
(LA MARQUESA, DON LEONCIO, SEBASTIANA, EULALIA.)
¡Aquí está! ¡Aquí está!
(Echándose en los brazos de don Leoncio.) ¡Bien mió!
(Con despego.) ¡Oh!...
¡Abraza á esa criatnra!
¡Yo! ¿A quién?...
(A Eulalia.) ¡Abraza a tu padre!
(Abrazando á don Leoncio.)
¡Padre mió!
¿Usted se burla,
señora!
¡Ah, no!
¿Que tramoya
es esta?
¡Padre!
Ninguna.
¿Pariste acaso dos hijas?
¿No es Casimira la suya?
¡No!
Esta es la joven que, llena
de modestia y de dulzura,
se me apareció esta tarde
en el jardin.
Sí, ¡oh fortuna!
Oidme. El error fue mío.
Mientras yo volaba en busca
del padre, dejé a la nina
sentada junto á unas murtas
en el jardín, con encargo
de esperarme... Em... Se me anudan
las palabras... Em... La chica
por no presenciar locuras
amorosas, viendo á un hombre,
en la casa se refugia,
según me contó después;
cuando yo vuelvo está á oscuras
el jardin; oigo una voz
femenina que articula
acentos de amor; responde
otra voz viril, robusta:
<lo juro á fé de Leoncio
Monturjo;» no bien pronuncia
ese nombre que servia
á mis pesquisas de brújula,
¡él es! esclamo, y creyendo,
¡tanto me cegó la furia!,
que es la hija de mis entrañas
á quien conquistar procura,
me abalanzo á él y á ella,
y grito como energúmena,
y hago presa de Leoncio,
y la cómplice se fuga,
y... tú sabes lo demás.
(A la marquesa.) Permítame usted que escupa.
¡Marquesa!
Era Casimira
la que usted oyó...
Sin duda.
Y yo, engañada por mil
indicios y conjeturas,
creí que usted me entregó
en vez de mi hija difunta
á la de usted...
¡No señora!
En medio de mi amargura,
mi noble orgullo de madre
no hubiera sufrido nunca
que otra muger me usurpase
mis derechos, mis augustas
funciones. Tengo yo un alma,
aunque ilustre no es mi cuna,
mas elevada, mas grande
de lo que usted se figura.
Sí; yo preferí criarla
humilde, pobre y oscura
con los escasos ahorros
de mi sangre y de mi industria,
¡pero mia, solo mia!,
y aunque pude, mas astuta
que honrada, hacerla heredar
los bienes que otra disfruta,
no hay mayor bien para mí
que un alma inórente y pura;
y mal reprimidos celos
abierto hubieran mi tumba
si ella hubiera dividido,
¡ella, mi consuelo, mi única
esperanza!, sus caricias
con usted ni con ninguna.
(Abraza ndola. )
¡Oh madre mia!
(¡Sublime
muger!... Pero ¡tan vetusta...)
¡Ah, Sebastiana! ¡Qué herida
ha abierto usted tan profunda
en mi corazón!
Señora,
no he querido hacer injuria
á nadie. — Perdone usted
á mi larga desventura
ese involuntario arranque
de materno amor. — Oculta
la tuve luego á mi lado
y, á pesar de mi ternura,
no osaba decir á un ángel:
yo á quien sagrada coyunda
no absuelve de su flaqueza
soy tu madre, y el que nubla
mis ojos en lloro amargo,
padre cruel, ¡te repulsa,
te abandona!
¡No; jamás!
Si es cierto lo que me anuncian
tu lengua... y mi corazón...
Una madre le lo jura,
y pruebas tengo, papeles...
Mas si mi llanto recusas,
si ya la naturaleza
no te mueve, no te impulsa...
Sí; me conmueve una dulce
sensación que nunca, ¡oh! nunca
latió en mi seno, y no puede,
hablar una madre intrusa,
cual tú has hablado.
(Abraza otra vez á Eulalia. ¡Hija mia!)
¡Padre amado!
(Su ventura
envidio.)
Gloria in excelsis...
Gloria á Dios en las alturas.
Ahora, querido esposo...
Pero ¿qué veo? Repugnas
mirarme, tuerces el gesto...
(¡Es tan vieja y tan lechuza...)
Sebastiana, mi deber
confieso, mas... disimula...
Yo no sé cómo decirte...
¡Me destronas! ¡Me repudias!...
Yo reconozco á tu hija.
¿Qué mas quieres? (¡Tanta arruga!...)
No convienen nuestros genios...
Figúrate que eres viuda...
Yo te daré cuanto quieras;
dinero,... joyas...
¡Me insultas
de ese modo! ¡Ay! ¿Es posible
que asi tu promesa cumplas!
Mor i me dénique cogis!
Tú me abres la sepultura!
¡Padre!
¡Señor don Leoncio!...
(¡Eh! ¡Si es uaa boda absurda...)
¡Callas!... ¡Infiel, porque yo
declino... tú no conjugas!...,
No importa. Sé para Eulalia
padre amoroso, y te indulta
mi corazón resignado,
y fíat voluntas tua.
Yo también seré dichosa,
ya que digna no me juzgas
de tu mano, si a lo menos
sufres que vivamos juntas...,
aunque el título de esposa
cambie en el de esclava tuya,
¡aunque tenga que esconderme
para besarla! Es la última
merced que te pido, ingrato.
¡Mátame si la rehusas!
¡Oh! No será tan cruel
mi padre amado. Si funda
su dicha en mí, no querrá
darme una madrastra adusla.
No será víctima triste
de una afrentosa repulsa
la pobre muger que á costa
de mil afanes y angustias
le ha conservado una hija;
y si tal es su conducta,
yo no le amaré. —
(Abrazando á Sebastiana.) A usted sola
consagraré mi ternura.
¡Eulalia!... (Ya se me saltan
las lágrimas. Vaya, ¡es mucha
crisis la mía! El deher
por un lado me estimula;
por otro... ese frontispicio...
Mi amor propio escaramuza
con el ageno... ¡Eh, qué diablo!
llagamos un dia alguna
cosa buena, y mas que luego
me silven en las tertulias.)
(Aparte las tres mugeres.)
Vacila...
Calla...
Medita...
¡Ay Dios.'...
Me mira...
Calcula...
(Ea pues, cierro los ojos
y abro el corazón.) ¡Tú triunfas!
I lo aquí mi mano.
(Tomándola.) ¡Oh delicia!
¡Oh buen Dios!
¡Oh non plus ultra
del placer!
¡Bien, don Leoncio!
(A Sebastiana.)
Tu pasión heroica, hercúlea
merece esta recompensa, —
(¡y este castigo mis culpas!)
Venid las dos; abrazadme;
nuestras lágrimas confunda
el gozo.
¡Padre!
¡Monturjo!
(¿Y quién las mias enjuga!)
ESCENA XII
(LOS PRECEDENTES, DON PEDRO.)
Prima....
(Quiere echarse á los pies de don Pedro, y
él la recibe en sus brazos.)
¡Ah, don Pedro!
¡Detente!...
Mas ¿qué miro! Ese maestro
abraza á diestro y siniestro
á toda muger viviente.
El paterno amor me escusa.
(Mostrando á Eulalia.) Es mi hija.
¡Es mi marido!
(A la marquesa en voz baja.)
¿Con que es decir que ha salido
la otra chica... de la inclusa!
(La Marquesa baja los ojos.) ¡Buen ánimo, voto á briós!
Has sido mas desgraciada
que culpable.
¡Ah!...
(Interrumpiéndola.) ¡Chito! ¡Nada!.
Quédese esto entre los dos.
Si á Casimira abracé
fue un error involuntario...
No siendo ya mi adversario,
¿á qué se disculpa usted?
(¿ipartc con la Marquesa.)
Ya á casarme no me allano,
aunque me hiele en invierno;
pero si no soy tu yerno,
¿qué importa? Seré tu hermano.
¡Qué bondad!
La niña es bella,
pero ignoro su estraccion
y, hazte cargo, no es razón
que ya me case con ella;
porque ¿cómo se concilia...
¡Imposible! ¿Quién se atreve...
Es negocio, en fin, que debe
tratarse... con la familia.
ESCENA ÚLTIMA
(LOS PRECEDENTES, CASIMIRA.)
(Me cansaba de estar sola...)
(Aparte con la Marquesa.) Aqui está la pobrecilla.
¡Ah! Su presencia me humilla.
¿Porqué!
( Hay concilio? ¡Hola, hola!
Yo no sé á quién me dirija...)
(Aparte con Sebastiana y Eulalia.) ¡Infeliz!
Me da un pesar...
(Después de una breve pausa en que todos
se miran unos á otros.)
¿Es á raí á quien toca hablar?
(A Casimira.) j Grandes novedades, hija!
¿Cómo! ¿Qué...
Ese caballero
tu esposo no puede ser,
porque tiene ya rauger.
Sí señor; ya lo sé, pero...
Yo... tampoco.
¿Y por qué, tio?
Porque moriré soltero.
(¡Qué idea!...)
Y porque prefiero
ser tu padre.
¿Padre mió?
¿Usted también... ¡Ay Maria
santísima... Hoy pierdo el seso...
¡Padre mió! ¿Cómo es eso?
Pues...
(Mostrando á D. Leoncio.) I Y el señor?
(Apretando la mano de Eulalia.)
¡Hija mia!
(Desconcertada.)
¡Ah!...
Es usted tan compasivo
y tan generoso...
Asi
obra un veterano.
(A Casimira.) Sí;
yo soy tu padre adoptivo.
(Alelada.) Pero...
Deja que yo hable.
(A la Marquesa.) Y usted no emigra, señora...,
ó la seguimos. —
(Bajando la voz.) Ahora.
mando yo aqui.
¡Hombre admirable!
¿Qué escucho! Tan duro fallo
usted misma...
¡Chit... Suplico
á usted... Cerremos el pico,
que peor es meneallo.
Será eterno mi sigilo...
¡Bien! ¡Bien! ¡Chit!...
Yo me aturullo,
y nunca he visto un barullo
tan... asi... por este estilo.
Desatóse al fin el nudo
y no hay para qué analices...
¡Ya todos somos felices!
¡Sí!
¿Y yo también?
Sí.
(¡Lo dudo!)
(Mirando el reloj.)
El ayudante me espera...
¡A Dios!...
(Todos le saludan, acompañándole hasta la puerta del foro.) Volveré, hija mia.
¡Ah!.. Tres padres en un dia...
¡y ni un marido siquiera!
(A Casimira, volviendo.)
Hija, hay cosas delicadas
que uno... En fin, aunque lo sientas,
este es un corte de cuentas...
de las cuentas atrasadas.