Acto primero
(Personas: DOÑA ANA; DON JUSTO; DOÑA GERÓNIMA; DON CIPRIANO; TERESA; DON FERMÍN; DON ESTEBAN; COSME; DON DIEGO; UN COMISARIO; UNO DE LA RONDA.)
(La escena es en Madrid en casa de don Estéban. Sala con varias puertas que conducen á otras habitaciones.)
ESCENA PRIMERA
(DOÑA ANA, DOÑA GF, DOÑA GERÓNIMA, DON ESTEBAN.)
¿Con que ustedes no acaban de conocer que es imposible sostener este gasto? ¿Tengo yo alguna mina? ¡Fuerte cosa es que aún no quieran ustedes desterrar esa vanidad tan criminal como ridicula que dará muy pronto con todos nosotros en el hospital!
Eso no ha de entenderse conmigo. Yo procuro que nada supérfluo se gaste en casa. ¡Jesús! Sería un cargo de conciencia... Yen cuanto á mí, no hay que decir. Desde que padecí aquella terrible gastro -enteritis que me puso á las puertas de la muerte, un humilde habito de Santa Teresa de Jesús y una mantillita de tafetán son todo mi ajuar. Tu mujer...
Mi mujer no quiere privarse de las modas y sabe muy bien que ya le es imposible seguirlas. Sólo en guantes y cintajos consume lo que sobra para alimentar á una familia.
Yo no estoy acostumbrada á miserias, hijo mió.
Peor para tí; porque así te serán más sensibles las que te amenazan. Cuando no hay moderación; cuando se estira la pierna más de lo que permite la sábana; cuando no se piensa en mañana...
Esa no es incumbencia de las mujeres. El que se casa ha do ver cómo cumple con los deberes que se im¬
Si tú no sabes ser padre de familias, ten paciencia.
¿Y es obligación inia quedarme por puertas por saciar la golosina de usted? ¿Es obligación mia matar el ham* bre á esa plaga de parásitos que convida usted todos los dias porque tienen la condescendencia de adularla? Bretón de los Herreros, representada Sevilla el ano 1850.
¡Pues me gusta! ¿Quieres reducirme á un triste puchero? ¿A lo que se llama sota, caballo y rey? ¡Qué bajeza! Mientras una pueda ¿por qué no ha de comer bien? Acaso se saca otra cosa de este mundo miserable?
Pero usted, que la echa de santurrona, ¿ignora que la gula es uno de los siete pecados capitales?
No parece sino que yo me estoy atracando siempre como una bestia.
Lo cierto es que aún no se cura usted de un cólico cuando empieza á quejarse de otro, y me gasta usted en botica lo poco que me perdona en la plaza.
¡Cómo ha de ser! ¡Harto trabajo tengo en ser delicada de estómago!
Pues para eso no hay un remedio más eficaz que la dieta.
¿Quieres dejar esa conversación? ¡Qué fastidio! Cualquiera que nos oyese...
Y en suma, ¿qué lujo ni qué profusión se pbserva en nuestra nnesa? Todo se reduce á tener de cuando en cuando tres ó cuatro convidados, gente cristiana y moderada que se contenía con media docena de principios.
Mi casa parece una fonda.
Pues nada se desperdicia, porque todos los dias viene el mudito á llevarse lo que sobra.
¡Lástima fuera que habiendo pobres á quienes socorrer, se tirase al basurero lo que sobra! Pero el caso es que.mis facultades no permiten que sobre nada; y la caridad bien ordenada...
Pues hijo mió, así me he criado y así he de morir.
Yo bien sé por qué gruñes tanto de algunos dias á esta parte. Ese filosofon de don Justo no cesa de meter cizaña. ¡Bien paga el hospedaje que le darnos! El es quien te indispone con nosotras.
Don Justo es hombre de bien y me da muy buenos consejos.
¿Se reducen á que mortifiques á tu mujer y ultrajes á su madre? Ese hombre tan rígido y virtuoso, ¿aprueba que tu te juegues hasta la camisa, sin acordarte de que tienes una esposa y tres hijos que mantener?
No; pero hay una gran diferencia... Yo juego... Yo juego... por recurso.
Pues yo visto con lujo y asisto á los bailes y á la ópera... por no ser menos que otras de mi clase.
Y yo soy espléndida en la mesa por inclinación y por costumbre.
Yo no he podido hacer más que empobrecerme por dar á ustedes gusto. En tai situación no me queda otro arbitrio que probar fortuna jugando. Si no siempre me salen las cuentas... ¿cómo lo he de remediar?... ¡El gasto es tan excesivo!... Ya no se encuentra quien preste un duro... He procurado adquirir un empleo; pero ni he contraído méritos para que me lo den..., ni tengo habilidad para pretender. Yo soy el hombre más condescendiente de! mundo; pero así como me repugna bostezar en las antesalas, me sentaría muy mal que mi mujer fuese obsequiada en los gabinetes. Mi educación y mis sentimientos me prohíben recurrir á otros medios con que tantas gentes aseguran la pitanza. Yo no soy farolero, ni petardista, ni soplon... En fin, no hay remedio. Es preciso jugar.
¡Cómo tienes tan buena suerte! Más dinero te has dejado en la maldita bayeta...
No, mujer. Apuntando me va mal por lo regular; pero cuando tallo... Antes de ayer gané quince duros.
Para eso ayer mañana perdiste tres onzas.
Ya querrá Dios que me desquite y... Vaya! No me muelas. [Son las once... Hoy está la' partida en casa; porque, como tenemos que andar á salto de mata... Voy corriendo á la calle Ancha de San Bernardo á ver si aquel infernal prendero me da siquiera cuatro mil reales por las alhajas y efectos que tenemos en ajuste. Con esta suma me podré bandear mejor. El dinero llama dinero. Estos dias he perdido por llevar poco. Ya se ve; á los seis albures se queda uno sin blanca, y aunque luego esté de suerte... Mira: si vienen algunos amigos antes que yo vuelva, que entren en el gabinete y me esperen... Oyes, Anita; no des mucha conversación á don
Yo no'soy celoso; pero...
¿Esas tenemos también? ¿No "podré dar los buenos dias á un hombre sin que creas que es mi cortejo? Es un amigo que me estima, me acompaña.
Pues eso es lo que no ine gusta á mí.
¿Es posible que formes tan mal concepto de tu mujer? ¿Te he dado yo motivo...
¡Qué crueldad! ¡Prohibir á su mujer que trate con las gentes! ¡Obligarle á que sea una grosera! ¡No permitirle siquiera un amigo! ¿Se baria esto en Constantinopla?
No es eso, señora; sino...
¡Hija de mis entrañas!... Mira, mira cómo llora. Tú la quieres matar á pesadumbres.
Señora, déjeme usted por Dios. ¿A qué se mete usted en lo que no le importa? Vaya, Anita; no te enojes. No ha sido mi intención ofenderte; haz cuenta que no he dicho nada. Tu virtud me tranquiliza. Adiós, pronto vuelvo.
ESCENA II
(DOÑA GERÓNIMA, DOÑA ANA.)
¡Pobre Estéban! ¡Me quiere tanto!... Pero es preciso que no sea tan regañón; porque lo pasarémos mal. ¡Mire usted qué delito tan grande el ser amiga de la moda y de las diversiones! Peor es jugar, y jugar con tan poca conducta... Loque yo puedo gastar en un mes es capaz él de perderlo en media hora. En cuanto ü don Diego, yo sé muy bien lo que me hago.
Por supuesto. Chica, tú haz lo que te dé la gana, y más que grite y se desespere. Gasta y triunfa como haré yo, v ya que se queme la casa calentémonos en ella. Yo voy á San Luis á oír un par de misas. Al momento volveré, porque antes que se ponga Estéban á jugar, quiero traerle á la memoria que mañana es mi cumpleaños, y es preciso celebrarlo á toda costa. ¡Jesús!... No sé qué tengo... Los calamares de anoche no me han sentado muy bien. t
¿Está usted mala?
No; no es cosa de cuidado. Yo creo que esto es debilidad, porque los calamares, ¿qué daño me han de haber hecho? Es verdad que cargué bien la mano. ¡Como que es mi plato favorito! Pero desde anoche acá... Vamos, lo que yo digo, debilidad. Hoy sólo he tomado cuatro tostadas de manteca con el chocolate...
Sí; y á las nueve se comió usted un plato de menudillos.
Pues, mira; estoy lo mismo que si no me hubiera desayunado. A bien que para ir á la iglesia tengo que pasar por casa de doña Brígida y allí tomaré unos bizcochitos y una copa de pajarete; y á la vuelta ya me tendrán preparada mi taza de sopas de gato con un par de; yemas, por si acaso comemos tarde. Hasta luego. No me olvidaré de encomendarte á Dios.
ESCENA III
(DOÑA ANA.)
¡Pues ha dado en buena gracia mi marido! Ahora la ha tomado con el pobre don Diego, después que él se pasa todos los dias y muchas noches enteras entre tahúres que le están saqueando, sin acordarse de que su mujer es jóven y... Vamos, no sin razón dice mi amiga la brigadieraque soy demasiado virtuosa. ¿Si pensará mi marido] que yo amo á don Diego?... Aunque me gusta su trate y no me pesa de verme obsequiada por un elegante, ni por él ni por ninguno faltaré á los deberes de mi estado, Poco me costaría despedirle; pero por lo mismo... Teresa.
ESCENA IV
(DOÑA ANA, TERESA.)
Mande usted, señorita.
Si viene don Diego, llámame: si los otros caballeros preguntan por mí, diles que estoy ocupada.
ESCENA V
¡ ¡Qué bien hace mi señorita en preferir á don Diego! El amo es una buena figura y está muerto por ella; pero desde que se ha echado á jugador... Oh! Don Diego es un ga-, llardo mozo, muy lino, y sobre todo muy garboso con las criadas. Hago bien en protegerle. ¡Pero este maula de Cosme, sin haber puesto el tapete y las barajas! ¡Cosme! A otra puerta. Tiene una cachaza... Cosme!
ESCENA VI
(TERESA, COSME.)
¿Qué se ofrece? (Bosteza.)
¡Eso es! Con calma: no sea que te quiebres. ¿Estabas durmiendo la mona?
Mujer, no sé qué tengo por las mañanas. Me entra un sueño... (Bostezando.) Una galbana...
Sí; el aguardiente que bebes cuando vas á comprar, i
Hoy no he bebido más que tres copas.
Galopín!
No me insultes, Teresilla. Tengamos la fiesta en paz.
¡Tunante!
Mira que te lleno la cara de dedos.
¡Bribón! Con ese respeto me tratas.
¿Respeto á una puerca como tú?...
¡Borracho»! ¡Pellejo!
¿Cómo se entiende? ¿Á mí borracho?
Sí; borracho y sisón.
Y tú eres una desollada, una... Dios me tenga de su mano.
Se lo he de decir al amo.
Yo también le diré quién eres.
Pues bueno.
Pues bueno.
¿Te parece que no sé tus mañas y los pasos en que andas? Tu amigo Martin me lo cuenta todo.
Bien; quiere decir que los dos saltarérnos de casa.
Si yo salto, será sin motivo.
Vamos, no me hagas hablar... ¿Sabes lo que digo?
¿Qué?
Que somos unos mentecatos en estar siempre regañando, cuando debíamos ser uña y carne. No conocemos nuestros verdaderos intereses. ¿Querrás privarte poruña tema délos regalos de don Diego? ¿Quieres que yo pierda el tesoro que me ofrece la glotonería de doña Gerónimo y la indolencia de su yerno? ¡Valientes tontos seríamos!
Casi, casi (ienes razón.
¡Cómo si la tengo! Chica, esta casa está en desórden y es menester sacar de ella todo el provecho posible. Eso menos se lleva el diablo. Vaya, ¿serémos amigos?
Sí; porque conozco que nos conviene. Pero te has de desdecir de las injurias que me has dicho... y de las que has tenido en la punta de la lengua.
Bueno; me desdigo. Vengan esos cinco.
Toma. ¿Volverás á quemarme la sangre con tu risita falsa?
No. Pero cuando conozcas que estoy achispado, no me lo digas; porque en tocándome al honor me mataré con mi padre.
Los jugadores van á venir y tú te estás con esa calma. Anda á poner el tapete y arreglar todo aquello. Despáchate.
Si yo me emborracho alguna vez, bien sabe Dios que es sin intención.
ESCENA VII
(DON CIPRIANO, DON FERMÍN, TERESA.)
¿Ha venido la gente?
Aún no ha parecido ninguno.
¿Y tu amo?
Ha salido: no tardará en volver. Pasen ustedes al gabinete si gustan.
ESCENA VIII
(DON CIPRIANO, DON FERMÍN.)
¿Compusiste aquellas barajas?
¿Quién pregunta eso? Vengo muy bien prevenido. (Va sacando barajas.) Si él talla se cambian con mucha sutileza las suyas con estas dos que tienen los treses y los sietes marcados. Si tallamos nosotros, aquí hay otras dos con el pego... porque lo que es á este babieca bien podemos echarle el tigre sin comprometernos. Si por casualidad se escama, tirón y derecha... Verás; verás como le desplumamos. Hoy truena para siempre.
Si; pronto dará fin de Jos tres ó cuatro mil reales que espera recibir hoy, malvendiendo lo poco que le queda.
(Guarda las barajas.) Chico, no hay carrera en el mundo como la nuestra. Es muy socorrido esto de vivir á costa de los primos. Hombre hay que se está hilando los sesos todo el año esclavo de un bufete para ganar quinientos ó seiscientos ducados miserables, y nosotros los adquirimos en una mañana sin más que verlas venir. Confieso que en un principio no dejaba yo detener algunos remordimientos; pero ya me he habituado tanto á esta profesión que la ejerzo con la mu\or tranquilidad: como con apetito, duermo á pierna suelta y ronco lo mismo que un aguador.
Lo demás seria, una locura. Nuestro ejercicio es un ramo de industria como cualquiera otro.
Claro está. Dios reparte sus dones á los mortales como le place. Si á mí me ha dispensado la gracia de ser un griego sapientísimo, por qué no me he de aprovechar de ella?
Harto caro me lia costado el perfeccionarme en el arte. Solo, libre, dueño de una herencia considerable, y educado en el fausto y la disipación, corría en mi primera juventud de garito en garito, de encerrona en encerrona. ¡En dos años di cuenta de todo lo que poseía! Quedé casi sin advertirlo, tal íúé la precipitación de mi ruina-, hecho un poste en medio del bullicio del mundo con las mismas pasiones, la misma propensión á los placeres, á la dulce ociosidad, y sin una peseta. En tal situación ¿qué recurso le quedaba á un hombre de mi temple? Buscarme la vida en la misma bayeta que absorbió mi patrimonio. Principié mi nueva carrera siendo un infeliz orejero, pidiendo armaduras, adulando á todo el mundo, apuntando de salivilla, haciendo rifas y levantando muertos. Ascendí después al grado de gura pié y banquero de alquiler y espía doble. Por último, tú y otros cofrades me iniciásteis en vuestros ricos secretos, y me he dado tan buena maña que no me cambio ya por el más insigne fullero. Yo tengo un derecho incontestable á recobrar lo perdido, y mientras no haga otra cosa, nadie tiene por qué reconvenirme. ¿Es cosa de renunciar á una ciencia que he aprendido á costa de tanto dinero, tantas vigilias, tantas humillaciones y tantas candelerazos?
Yo es verdad que no he perdido una suma considerable en el juego; pero mi padre no conoció más oficio ni beneficio que los naipes. Ellos le proporcionaron una vida cómoda y descansada, y no podía manifestarme mejor su ternura que haciéndome partícipe de su habilidad. Yo, que no tengo nada de lerdo, hice desde luego rápidos progresos, y apenas me apuntaba el bozo cuando ya me hacían el honor de asociarme á sus intrigas los primeros cucos de la córte. ¿Qué culpa tengo yo de que mi padre no me haya educado para coronel, intendente ó deán? Por otra parte, ¿cómo he de remediar yo que haya jóvenes libertinos y disipadores? Si yo fuese tan mentecato que rehusase aliviar sus bolsillos del peso del dinero que tan insoportable les parece, otro menos escrupuloso se aprovecharía de su locura y se reiría de mí á boca llena.
Ellos se tienen la culpa.... Y de cualquier modo. nadie les pene un puñal al pecho para que jueguen. Lo cierto es que nosotros todavía no hemos fundado ningún mayorazgo.
.Ni deja de tener sus quiebras nuestro oficio. Porque, al fin, ¿quién nos asegura que será invariable nuestra felicidad? Si nos averiguan la vida...
Si nos echan el guante...
¡Oh! Ya no nos será fácil salir del paso á costa de una multa, porque va de muchas, y después de tantos años de impunidad, no seria muy extraño que nos diesen en Ceuta la jubilación.
¡Eh! ¿Quién piensa tan tristemente? ¿Somos algunos facinerosos?
Como de esas injusticias se están viendo. Si yo te contase... De tí bien puedo hacer confianza. Has de saber que he estado ya en camino de presidio... Hará unos dos años... Es largo de contar. En la fonda sabrás toda la historia.
Eh! Muchachadas. Vamos, vamos á dentro: echarémos un golfo mientras viene don Esléban... De buena fe, por supuesto; porque entre nosotros...
Olí! Ya se sabe.- Un lobo á otro no se muerden.
Ea, pues, vamos; y no hay que entristecerse. Se podrá decir que las enfullamos..., pero fuera del tapete somos hombres de bien.
Por mi parte lo soy basta el hueso y... No hay que darle vueltas; aun en el juego... Vamos, siempre es un mérito el ser industrioso; sabérsela buscar... Sino que han dado en la manía de llamar delito.á lo que en realidad es una mera especulación... Pues, una... Desengañémonos: mientras el mundo sea mundo, los hombres de ingenio se verán desairados y perseguidos.
(Entran en el gabinete y Cosme sale al mismo tiempo.)
ESCENA IX
(COSME.)
digo! ¡Qué par de lagartos! ¡Siempre dije yo que serian los más puntuales! ¡Pobre dinero de mi amo!.. Y lo peor es que no estamos muy seguros con semejantes huéspedes. Si la policía Jo llega á oler...
ESCENA X
(Cosme, Don Esteban, varios jugadores.)
Entren ustedes en el gabinete, que yo voy al instante. ( Entran los jugadores en el gabinete.) Anita! Anita! Llámala, Cosme.
Voy coriendo... Aquí la tiene usted.
ESCENA XI
(DON ESTEBAN, DOÑA ANA.)
Vaya mujer, no hay que apurarse. El corazón me anuncia que mi suerte se va á mejorar. Traigo dfnero fresco y un ánimo decidido de pelear á todo el mundo. No me he olvidado de tí: toma. Ahí tienes un palco para la ópera; y si me sopla la musa como espero...
Mil gracias, querido Estéban; pero el caso es que necesito con urgencia dos onzas, y te estaba esperando para pedírtelas.
¡Dos onzas! ¿Para qué las quieres?
Par dárselas á la modista. Ayer larde me trajo la cuenta y aún no la he satisfecho."
Bien: no es puñalada de picaro... Que espere. Hay tantas cosas á que atender...
No, no: es preciso pagarle al momento. Mi honor está comprometido.
Pero, ¡qué furor de. gastar! ¡Qué modo de apurarle á uno!.. Hija hoy no puede ser.
Ese es el cariño, esa es la consideración que te merezco. ¿Es primero tu vicio que mi reputación?
Déjame, déjame ahora... Ya me están esperando. Las primeras dos onzas que gane son para tí.
Si no las he de ver hasta que tú las ganes... Vamosno me llagas rabiar. Dámelas.
¿No te he dicho que no puedo? También es mucho porfiar.
Con que, ¿no me las das; eh?
Ahora no. Verémos si tengo yo tesón una vez con mi familia. ¡Caramba! No seamos tan calvos que se nos vean los sesos.
Pues bien; te pesará.
¿Qué quieres decir con eso?
Yo tendré muypronto las dos onzas.
¡Anita!
No faltará un amigo que me las dé, y...
¿Estás endemoniada?
Iú te arrepentirás de haber sido cicatero conmigo.
Toma, toma, mujer. ¿Quieres más? El diablo que resista una amenaza tan terrible!
Vaya, dejemos las bromas. ¡Si supieras cuánto agra-:r dezco esta fineza!.. Tranquilízate, mi querido Estéban. ¡I Ya sabes que tu esposa te ama.
Pero, si no te hubiera dado las dos onzas, estabas re- f suelta...
Calla hombre, no seas tonto. ¿Quién hace caso de lina; mujer acalorada?.. Anda, anda á jugar. Así tuvieras tu dinero tan seguro entre las garduñas que te están espe- í raudo, como la ternura y la fidelidad de tu mujer!
(A la puerta del gabinete.) ¿\caba usted de venir, don Estéban? La mañana se pasa miserablemente. Si no viene usted voy á tallar.
No, yo tallo, yo tallo. Vamos..
El hombre hade ser activo, laborioso... No hay cosa j más reprensible que la ociosidad.
ESCENA XII
(DOÑA ANA.)
Pobre Estéban! Le ciega el amor que tiene á su familia! Teresa!
ESCENA XIII
(DOÑA ANA, TERESA.)
¿Que manda usted?
Toma estas dos onzas. Ve corriendo á casa de la mo dista y dáselas. El pico que sobra para tí. ¡Cuánto me I alegro de cumplir pronto con ella! Bien puede una sin rubor estar entrampada, con la tienda, con la carnicería, i con el casero, porque otras de más campanillas lo están; pero con Ja modista... ¡Qué áfrenta!
Tiene usted razón. Voy volando.
ESCENA XIV
(DOÑA ANA, DON DIEGO.)
¡Oh! Ya no vuelvo á comprarme ni un jwñuelo. ¡Demasiado ha hecho el infeliz estando con el agua hasta el cuello! No quiero abusar más de su bondad
(Entrando.) Felices dias, amable Anita. ¿Ha pasado usted bien la noche? Ana Sí, señor
¡Qué seriedad! ¿Está usted enojada conmigo?
Y con justo motivo. Usted sin duda ha hecho conver- j sacion con sus amigos de nuestra amistad y le ha dado más importancia de la que tiene.
¿Me cree usted capaz?...
xNo será usted el primero que se da tono en los cafés aparentando tener partido con las señoras á expensas de su reputación.
Pero, Anita, ¿qué cavilación es esa? ¿Qué motivos tiene usted para pensar tan mal de mí? No puedo ocultar á usted que me inspira el más vivo interés. No obstante,; yo podré como hombre tener mis flaquezas; pero la opiilion de una señora es muy sagrada para mí.
Lo cierto es que mi marido está celoso.
¡Celoso! ¿Ahora ha dado en esa gracia? Pobre hombre! Dígale usted que eso es de mal tono.
Toma muy á mal que usted me visite con tanta frecuencia.
¿Qué apostamos á que antes de diez minutos me tiene por su mayor amigo? ¡Tonto de mí! Yo, que sé muy bien el pié de que cojea, debía haber dado este paso mucho antes.
¿Qué va usted á hacer?
¿Está tallando?
Sí, señor.
Pues bien; todo se reduce á dejarme ganar cuatro ó seis medallas... Ya me habia retirado del juego; pero la paz de un matrimonio exige de mí este pequeño sacrificio. Pronto vuelvo. Para perder el dinero poco es menester estudiar.
ESCENA XV
(DOÑA ANA, DOÑA GERÓNIMA.)
Jesús qué cansada vengo. Dios me lo lome en descargo de mis culpas ( Mirando hácia el gabinete.) Cómo! Ya está armado el garito... ¡Queme haya descuidado tanto! Tal vez será ya tarde... Mujer, ¿por qué no avisarme?.. ¿Y mi convite de mañana? No, no, antes que acaben de desbancarle... ¡Esteban! ¡Estéban! (A la puerta del gabinete.) Ven.— No importa.— Sí; muy urgente.— Pronto despachas.
ESCENA XVI
(DOÑA ANA, DOÑA GERÓNIMA, DON ESTEBAN.)
Vamos; ¿qué quiere usted? Venirle á uno á incomodar cuando!..
¿Te has olvidado de que mañana es mi cumpleaños?
(Con impaciencia, dirigiéndose al gabinete.) Bien; ya lo sé... Déjeme usted... Se celebrará, se celebrará.
Espera, hombre... ¡Qué alan de jugar! ¿Cómo te tratan?
De pocos moméntos á esta parte muy bien. Ya estaba casi desbancado del primer fondo, cuando ha entrado don Diego y en cuatro manos me ha repuesto en mi dinero. No acierta una carta. Y juega con tanta generosidad! Ni jura, ni patea, ni rompe barajas como otros. Añila, voy creyendo que mis sospechas eran infundadas. Un hombre que pierde con tanta gracia su dinero no puede ser capaz... Pero yo me detengo mucho. Estoy de suerte!.. Hablarémos. Es preciso aprovechar el cuartito de hora.
(Deteniéndole.) No; yo no me fio tanto de la fortuna. Quiero que me des ahora mismo dinero para ir disponiendo la función de mañana.
No tenga usted cuidado... Tiempo queda...
Ahora mismo; ahora mismo. Si por desgracia te desbancan, eso menos pierdes.
¡Qué ejecutiva es usted! Ahora no: después le daré á usted todo lo que quiera.
(Gritando,) No, señor; no, señor. Yo tengo que cumplir con mis amigos...
Chit!... Calle usted^ por Dios. ¿Qué dirán esos señores?
Digan lo que quieran. Lo primero es mi función. Si no haces lo que digo, nos van á oir los sordos.
Hombre, siquiera por no oirla...
Mira que si me enfado...
Calle usted con mil diablos. ¿Qué dinero es el que usted necesita?
Tres erizas.
¡Tres onzas! ¿Está usted loca?
Ni un maravedí menos.
Vamos; con nna hay de sobra.
(Gritando.) Las tres han de ser.
Daré media más porque me deje usted en paz.
Las tres ó alboroto la casa. (Los jugadores se agrupan á la puerta riéndose.)
Demasiado escándalo ha dado usted ya.
Las tres, ó te has de acordar de mí.
Pero, madre! Usted támbien.. Todo el mundo se está enterando...
Las tres, ó doy parte á la policía.
Tome usted, tome usted, vieja de Lucifer. Sacie usted bien su torpe glotonería. A ver si un dia revienta!
Ahora más que te juegues hasta el modo de andar.
¿Por qué se han movido ustedes? ¡No hay que hacer caso de esa mujer! ¡Es mi suegra!
ESCENA XVII
(DOÑA ANA, DOÑA GERÓNIMA.)
Bien podía usted tener más miramiento. ¿Para qué quiere usted tanto dinero?
No necesito darte cuenta. Yo me entiendo. Diez cubiertos... Cosme!
¿Qué necesidad tenia usted de gritar tanto? Todos se estaban riendo de nosotros.
Que se rian. ¿A mí qué se me da?
Esteban se ha incomodado, y con razón,
Que rabie; que se ahorque.
ESCENA XVIII
(DOÑA ANA, DOÑA GERÓNIMA.)
¿Llamaba usted?
Sí; anda. Búscame un par de mozos y espérame con ellos en la plazuela de Herradores
ESCENA XIX
(DOÑA ANA, DOÑA GERÓNIMA.)
Casi estaba por encargar la comida á la Fontana..,. No; mejor es en casa. El canónigo de al lado nos hará el favor de enviarnos á la señora Anastasia, que tiene unas manos primorosas. Los asados á la pastelería. Vamos; lodo se compondrá. Voy á comerme mis sopas en un instante, y en seguida á comprar las aves y demás artículos principales por mí misma, porque los criados siempre traen lo peor y lo más caro.
ESCENA XX
(DOÑA ANA, DON DIEGO.)
¡Qué modo de tirar el dinero! Y luego extrañará que Estéban...
(Saliendo del gabinete.) ¿No se lo decía á usted? Ya somos amigos.
Yo siento que usted haya perdido sin necesidad.
Qué! Eso no vale la pena. Hablemos de otra cosa. ¿Va usted esta noche á casa de la briga diera?
No, señor. Voy á la ópera.
Tendré el gusto de acompañar á' usted.
Bien.
Ah, me olvidaba. ¿Sabe usted que he hecho una compra?
¿Sí? ¿Y qué es?
Esta sortija... Mire usted qué brillante tan hermoso.
(Tomándola sortija y mirándola.) Efectivamente.
Gusta usted de ella?
Mil gracias: está bien empleada.
Mejor lo estaría en esa linda mano.
No; no. ‘Tómela usted.
Pero ¿es posible... ¿Tendrá algo de particular que usted conserve una memoria mía?... Vamos, complázcame usted.
La toma usted ó la tiro?
¿Ha de hacer usted ese desaire á su mejor amigo?
Yo no admito regalos de nadie. (Tira al suelo la sortija.) Die ¡Anita!
Y si usted quiere ser mi amigo, guárdese bien en lo sucesivo...
ESCENA XXI
(DOÑA ANA, DON DIEGO, DON ESTEBAN.)
(¡Maldita sea mi suerte! Malditas sean las barajas y el ladrón que las inventó! Tantos picaros con fortuna, y un hombre de bien nunca ha de poder medrar!... Y este don Diego siempre al lado de mi mujer.. ¡Por cuantos medios me prueba el diablo la paciencia!) ¡Qué haces aquí tú?... Bien podías estar en tu costura. Así anda la casa, como Dios quiere.
(Qué amoscado viene! Sin duda ha tronado ya.)
Y usted, señor mió... Pero ¿qué veo?... ( Repara en la sortija ¡y la toma.) ¡Un brillante!... ¿De dónde ha venido esta sortija?
Es de don Diego.
Pero, ¿cómo estaba en el suelo?... Yo supongo que no se le habrá caído del dedo.
Se ha empeñado en que la tome...
(En voz baja.) ¡Señora!
¡Cómo! Yo le haré á usted respetar...
(Esta maldita me va é comprometer.)
Pero su intención a! ofrecérmela no ha sido criminal. Al contrario, ha querido darme una prueba del aprecio desinteresado que ie merecemos. (Será preciso dejarle bien puesto por mi propio decoro.) Se asomó á la puerta del gabinete; vió que te estaban desbancando; compadecido de nuestra desgracia ha querido repararla algún tanto, y no teniendo dinero encima...
Usted mismo me lo ganó hace poco.
Sí; ¡bastante ha durado en mi poder! El de usted y el mió han ido por la posta.
Me ha suplicado que recibiese esa alhaja para ver si con su valor te desquitabas.
Siendo así..., ya es muy diferente.
Pero yo no he podido resignarme á semejante humillación, y...
Oh! no; nada tiene eso de humillante, supuesto que el señor no se proponía otro fin que de socorrernos en una urgencia como esta. — Disimule usted, señor don Diego... Mi mujer ha hecho lo que debia... y yo estoy muy contento de ella... aunque eso de tirar al suelo la sortija es un poco duro: lo confieso. ¡Estas mujeres que nunca saben discernir...! Basta. Yo doy á. usted mil gracias por su fineza, y me convenzo de que es mi verdadero amigo.
Bien puede usted creerlo. (¡Qué marido tan cómodo!)
Bajo ese concepto' tomo la sortija; pero en calidad de préstamo. (Viendo salir del gabinete á los jugadores.) Adónde van ustedes?
ESCENA XXII
(DOÑA ANA, DON ESTEBAN, DON DIEGO, DON CIPRIANO.)
(Jugadores.)
A casa. Aquí va no tenemos nada que haper. Usted ha perdido cuanto tenia...
No, señor; aún puedo jugar...
Como no se juegue usted las sábanas db la cama...
Dejémonos de bufonadas, don Cipriano. Me parece que debia usted tener más consideración conmigo, siquiera porque me ha ganado el dinero.
Yo no entiendo de consideraciones. El que no quiera polvo que no vaya á la era. ¿Tenia usted más que no haber jugado?
(Don Diego y doña Ana hablan aparte.)
¿¡Quieren ustedes apuntarme sobre esta sortija?
¿A ver? ¿Es fina? Juguemos limpio.
Sí, señor.
Y en cuanto la estima usted?
Preguntaré á su dueño cuánto vale. Señor don Die- ¡ go... Perdone usted que le interrumpa.
(Despidiéndose.) Beso á ustedes la mano
Mujer, no es menester por eso que te vayas. Dirá este caballero que le dejas con la palabra en la boca.
Ya hemos concluido. Abur.
ESCENA XXIII
(DON ESTEBAN, DON CIPRIANO, DON DIEGO, JUGADORES.)
Dígame usted: ¿cuánto le ha costado la sortija?
Cien duros.
Ya lo oye usted. Sin embargo, yo la tallaré en una ¡ onza menos. Ea, vamos adentro?
Vamos. No dirá usted que no le damos desquite.
Quiere usted acompañarnos, don Diego.
No: voy un rato al café. Hasta luego. (Algo quiere de- ¡. cir el haberme disculpado Anita con su marido. No perdamos las esperanzas.)
ESCENA XXIV
(Don Sebastian, Don Cipriano, Jugadores.)
(Mirando hacia el gabinete.) Qmeio don Fermín! i Oh! Como llegue á verme con mi dinero...
(Ditícil sera.)
Adentro, adentro, señores. (Entra en el gabinete con los otros jugadores. Don Cipriano se queda el último.)
Pobre diablo! Lo que tardarás tú en quedarte sin la ¡ sortija! — Eh! valiente cuidado se le dará. Don Diego es el que pierde. La muchacha nó es desgraciada... Pero caramba! á tanta costa... Mal está con su bolsillo el que corteja á la mujer de un jugador.
Acto segundo
ESCENA PRIMERA
(COSME.)
La sortija ya está dando las boqueadas. ¡Pobre don Estéban! Esos bribones le están desollando... Ya se han ido algunos. Don Cipriano y don Fermín son los únicos que le apuntan; don Blas* se ha quedado dormido sobre el tapete; el americano está haciendo un solitario y el bizco hablando de Vista-alegre. ¡Estos mirones que sólo vienen á incomodar!
ESCENA II
(COSME, DON ESTEBAN.)
(A la puerta del gabinete.) Soy con ustedes... Vuelvo pronto. Tengan ustedes la bondad de esperar un rato. — Dile á tu ama que venga.
Cuál de ellas?
Doña Gerónima, Corre. ESCENA III., I Don Esteban. se habrá gastado ya las tres onzas? No lo extrañaría. Su insaciable vientre es capaz de empobrecer á una pro- i vincia.— Hoy estoy fatal.... Cuando perdí el primer fondo debí retirarme... Ya es tarde.. Es preciso hacer todo lo posible para rescatar mi dinero. ¡Este don Cipriano! Todas me las acierta. ¡Qué corte tan clavado! Don Fermín pierde; pero qué importa? Su dinero va á parar también al otro por carambola.
ESCENA IV
(DON ESTEBAN, DOÑA GERÓNIMA.)
¿Qué se ofrece?
Tiene usted aún aquel dinero?
Se ha gastado.
Todo?
Todo no; pero el resto ya tiene destino. ¿Por qué lo preguntas?
¿Cuánto queda?
Quince duros.
Vengan.
¿Para jugar, eh? No quiero. Primero es comer.
No me impaciente usted. Venga ese dinero.
Primero es vestir á tus hijos.
Eso no es de cuenta de usted.
Primero es pagar tus trampas.
Usted no las ha de pagar por mí. Vamos.
Bien podíais tener mejor conducta.
Yo no pido consejos. Usted me hará perder la paciencia.
Piérdela, ya que has perdido el dinero.
¡Seriora suegra! ¿Quiere usted hacerme el favor de no mezclarse en mis negocios?
Eres un despilfarrado, un vicioso, un perdido,
Si no calla usted haré un desatino. Déme usted los quince duros. Nada pido que no sea mió.
Primero me dejaré cacar una muela.
Sí? Pues no hay tiesta. Ahora mismo voy á tirar al pozo cuanto encueníre en la despensa.
Te guardarás muy bien.
Y á usted lambien si me irrita un poco más. ¡Pues estamos fíleseos! ¿Con que, yo no mando ya en mi casa?
(Gritando.) Anita! Anita!
No chille usted!... Más cuenta le tiene callar y darme el dinero
(Tiene razón. Si se empeña en trastornar mi función, pierdo más.)
Vamos. ¿En qué piensa usted? Los quince duros: pronto.
Voy á traerlos.
ESCENA V
(DON ESTEBAN, DON JUSTO.)
¡Pues está la madera para hacer cucharas! Después que le chupan á lino las entrañas...
Don Estéban, quisiera hablar con usted despacio.
(Este me viene ahora á mortificar con inútiles consejos. ¡Si me diese uno para ganar!)
¿Es cierto lo que me dicen? ¿Es verdad que está usted perdiendo...
Sí, señor; todo lo que juego. La suerte se ha conjurado contra mí.
¿Pero, es posible que sea usted tan vicioso?.
¡Señor don Justo!
¿Piensa usted hacer fortuna en el juego? ¿No se cansa usted ya de hacer el primo? ¿Hasta cuándo hade ser usted victima de esa canalla?
Por Dios! Ahora no estoy para...
Un hombre cargado de obligaciones... Qué ignominia! Me avergüenzo de haber sido amigo de usted.
Pero usted sabe muy bien que yo no juego por pasión como otros. Abrumado de deudas, responsable de la subsistencia de una familia dilatada y destituido de todo arbitrio, me ha sido forzoso recurrir al juego. Bien sabe Dios que no soy avaro! Mi único objeto es ver si puedo ir tirando... Sacar mi diario...
¡Echarse á jugador por recurso un hombre de bien! Y entre esos pillos!... Quién le dio á usted tan diabólico consejo?
Yo veo que muchos se sostienen de la bayeta.
Porque son unos tramposos, infames que viven á costa de los tontos.
Pero ¡señor don Justo!...
¡Y yo le tenia á usted por hombre de talento!
( ¡Esta mujer no parece! )
Qué cabeza!
Deje usted, que como consiga reponerme un poco...
Sí; la esperanza es fundada!
Alguna vez he de ganar.
¿Quiere usted que le demuestre hasta la evidencia que eso es imposible jugando, como ustedes dicen, á suerte y verdad?
No me convencerá usted.
Usted mismo ¿ño ha dicho que muchos viven del juego?
Sí, señor.
Podrá usted negarme que de cuarenta jugadores que asisten á una partida, veinte lo menos son unos ociosos sin empleo y sin bienes?
Es verdad.
Ellos comen y visten sin embargo. Ahora bien. ¿Quién lo paga? Los otros jugadores que tienen dinero.
(Don Cipriano asoma la cabeza por la puerta del gabinete y llama por señas á don Estéban: éste le da á entender del mismo modo que irá luego.)
Ya..., pero no hay regla sin excepción... También los jugadores de buena fe suelen ganar... (Cuánto tarda!)
Para con Dios si lo llevan con paciencia.
Lo repito: yo sólo me propongo mantener mi casa, y creo que...
Amigo mió, no hay que buscar achaques á los vicios. Esas buenas intenciones que alega usted, jamás podrán justificarle.
Pero yo...
No extraño que trate usted de disculparse con las gentes y consigo mismo. Pocos hombres hay que se abandonen sin pudor al vicio y á la iniquidad teniendo presente todo el horror de su conducta. Siempre estamos dispuestos á absolvernos de nuestra propia autoridad por falta de consultar la razón y por e^tar imbuidos en doctrinas erróneas y perjudiciales. Esos mismos tahúres que le sacrifican á usted estarán acaso muy distantes de reputarse tan malvados como son. ¿Qué digo? Los mismos salteadores se juzgan autorizados para robar y asesinar á los caminantes.
(¡Acabarás de venir!)
ESCENA VII
(DON ESTEBAN, DON JUSTO, DOÑA GERÓNIMA.)
No parecía la llave de mi cómoda... Toma los quince duros. ( ¡Ay dolor! )
Señor don Justo, hablarémos en otra ocasión. Las sólidas reflexiones de usted han obrado en mi alma efectos maravillosos. Le doy á usted palabra de retirarme del juego lo más pronto posible. Lo que es por hoy no puedo... Estoy muy metido... Es natural buscar el desquite y... Perdone usted: me esperan esos caballeros. Tengo comprometida mi palabra y no puedo faltar á ella sin menoscabo de mi honor.
¡Qué miserable idea del honor! ¿No seria más justo... Pero, por qué me empeño en hacer bien á un hombre incorregible? Corra usted, corra usted al precipicio. Algún dia llorará con lágrimas de sangre el desprecio que hace de mis consejos.
Por piedad no haga usted mi situación más penosa. Si leyera usted en mi corazón...
(Vuelve á asomarse don Cipriano, y él y don Esté han repiten las señas anteriores.)
ESCENA VII
(DOÑA GERÓNIMA, DON ESTEBAN, DON JUSTO, TERESA.)
Pueden ustedes venir cuando gusten. La sopa está en la mesa.
Vamos, vamos á comer que yo estoy desmayada. ¿No vienes tú?
Si doy lugar á que se vayan esos hombres, sabe Dios cuándo volveré á atraparlos... Coman ustedes. Teresa me traerá una taza de caldo.
¡Qué ánsia! ¡Qué frenesí! No permitirse media hora de descanso siquiera para tomar alimento! ¿Y eso es vivir?
¡Qué quiere usted! No lo puedo remediar... Nadie vive atormentado por su gusto... ¡El hombre llega á verse tan apurado, tan comprometido! ¡Ah! Compadézcame usted.
ESCENA VIII
(DON JUSTO, DOÑA GERÓNIMA.)
Sí; bien lo mereces, infeliz.
Pues yo, maldita la lástima que le tengo. Si es desgraciado, él se tiene la culpa.
No, señora; toda la culpa no es suya. Si tuviera otra mujer y otra suegra no jugaría.
Me gusta eso! Pues acaso ¿nosotras le mandamos jugar?
No; pero demasiado dócil á los caprichos de ustedes y sin medios para satisfacerlos, ¿qué quiere usted que haga? Si doña Ana tuviese más juicio no se empeñaría en sostener un lujo que no corresponde á sus facultades. Si usted fuera más sóbria y menos vana, en lugar de destruir la casa á fuerza de banquetes y francachelas, cuidaría de hacer observar en ella una severa economía.
¡Economía! ¡Quite usted de ahí! Me da fatiga el oirlo. ¡Qué ideas tan mezquinas! ¿Y un hombre tan poderoso como usted habla de economía?
Don Esteban no lo es ni lo ha sido nunca, y por lo mismo...
Vaya, vaya; yo no soy' amiga de cicaterías, ni quiero que me lasen la ración. ¡No faltaba más! ¿El se estará tirando la oreja todo el dia, la señorita de baile en baile,' de fiesta en íiesta, y yo viviré hecha un azacan, metida siempre en un rincón, discurriendo cómo se gastará menos para que ellos disipen mis ahorros? No, señor; muera Marta y muera harta. Para cuatro dias que una ha de vivir...
Entiéndame usted, señora. Una cosa es miseria y otra economía. Lo que yo digo es...
Hijo mío, ya es duro Pedro para cabrero. Yo no ofendo á Dios ni á nadie por ser amiga de darme buen trato. Y quiero dármelo; y lo demás es tiempo perdido; y mas que todo se lo lleve la trampa. Dirán que por mi culpa se gasta más de lo que permiten nuestros recursos. No importa. Que se arbitrie mi yerno como pueda. Todo se lo permito con tal que mi estómago no sufra detrimento. No me empeño en justificar la prodigalidad; pero me parece que algún placer se ha de permitir á una mujer que hace hilas para el hospital, y consuela á las viudas, y va cada dia al jubileo, y se confiesa todas las semanas.
Un solo vicio inutiliza todas esas virtudes, si es posible que usted las practique con verdadero celo cristiano.; Usted no piensa más que en tragar, y esa sórdida gloto-' nería..
¡Cómo se entiende! ¿Qué autoridad tiene usted sobre mí para insolentarse de ese modo? Quiere usted ver cómo... Pero no quiero incomodarme, no sea que me sien- f te mal la comida. Otra vez tráteme usted con más respeto, ó nos oirán los sordos.. ¡ii
ESCENA IX
(DON JUSTO.)
maldito avestruz! Si fueras cosa mia yo te haría entrar por vereda. Te aseguro que habías de padecer menos indigestiones. (Aparece Teresa al retirarse don Justo. J
ESCENA X
(Atraviesa muy despacio la escena con una taza, de caldo, dirigiéndose al gabinete.) Qué mal pulso tengo desde que estoy enamorada! Antes de llegar se me habrá derramado la mitad.
(Desde dentro.) ¡Cosme!
ESCENA XI
(TERESA, COSME.)
Allá voy. (Entra en el gabinete; vuelve á salir corriendo con una estufilla para traer lumbre, tropiezo con Teresa y deja caer la taza y el plato.)
Capaz será de estarse con la taza de caldo basta h noche! — ¡Bruto! ¡Salvaje!... Mira cómo me lias puesto ¿Estás ciego?
¿Por qué no avisas?
ESCENA XII
(TERESA, COSME, DON ESTEBAN, DON CIPRIANO, DON FERMÍN.)
¿Qué ha sido eso?
Nada: que por ir corriendo por la lumbre he trope- ¡ zado con Teresa y...
¡Si te hubieras roto siquiera la cabeza!... ¿Y tú, er qué venias pensando?
Yo...
Vamos; anda por otra taza de caldo.
El caso es que no hay más. ¿Quiere usted que le traiga un poco de vino y unos bizcochos?
No quiero nada; dejadme. ( Vanse los criados.) Volvamos.
Hombre, no hay que tomarlo tan á destajo. Eso es tirarnos á matar. Respiremos un poco.
Mejor seria dejarlo.
¡Eso es! Bien se.conoce que usted no está picado.
Pues pierdo treinta duros.
Si no perdiera yo más que eso! (Viene Cosme con le lumbre, la deja en el gabinete y vuelve á la escena.)
Iremos á comer... y á la noche...
No; mejor seria tomar aquí una friolera... Espen Cosme.
Dice bien.
Precisamente ahora está comiendo la familia, y gracias á la intemperancia de mi suegra, en mi casa hay siempre mesa de estado. — Tráenos al gabinete algo qut comer. Date prisa: que te ayuden Cristóbal y Teresa Se va Cosme y vuelve con Teresa y otro criado. Los tres llevan al gabinete botellas, cubiertos, algunos motejares, etc.)
De cualquier-modo: entre jugadores no se usan cum plimientos.
Verá Usted eómo ahora se despierta don Blas y el criollo deja su solitario. Estos mirones tienen siempre hambre canina.
Poned la comida en otra mesa: no toquéis á la del juego.
¿Quiere usted creer que me duele ya el alma de estar sentado?
Yo estoy molido. ¡Caramba! Y luego dirán que los jugadores viven descansados. Vale más ser peón de albañil. Siempre afanados, mal comidos, atrasados de sueño... ¡Y cómo trabaja el pulmón algunas veces!.. No.; esta vida no es para llegar á viejos. Lo cierto es que todos estamos ojerosos, consumidos.. Parece que nos chupan las brujas. Aún hay más: yo creo que en la bayeta nos formamos una fisonomía particular... No es chanza: todos los jugadores nos parecemosdimos á otros: somos un tipo especia!, y un buen fisonomista nos conoce á media legua.
¿Por qué tan triste, don Esteban?
Perdiendo todo el día, quiere usted que esté contento?
¡Eli! Mañana ganará usted. (No conmigo.)
Las mismas cartas tiene bi baraja para unos que para otros. El asunto es jugar con fe.
Cuando ustedes quieran.
Ben; retiraos, que después se recogerá la mesa. Si hacéis falta, se os llamará. Vamos, señores: no perdamos el tiempo. (Si no cojo una enfermedad, digo que soy de bronce.) ( Entra en el gabinele. Los criados se retiran.)
Chico, cuidado con irse al rio. Ya sabes que hemos de partir.
Por- supuesto, hombre. Aquí no somos jitanos. ¡\bora iria yo por una bagatela á perder mi reputación! {Al entrar en el gabinele don Cipriano y don Fermín aparece don Diego.)
ESCENA XIII
(DON DIEGO.)
f Nadie parece por aquí... Estarán comiendo... En el gabinete oigo hablar... ¡Aún dura el garito! Tanto mejor: con eso no me. estorbará don Esteban en mis designios. Hoy triunfo de Añila ó degisto de la empresa. A un hombre como vo no le-está bien hacer el cadete, v menos con una rasada — Pero, ¿no es una infamia seducir ¡í esa muchacha?... ¡Seducir! No, señor: yo me rio de eso. Ninguna mujer es seducida'. Ellas sucumben á su pasión y no á nuestras sugestiones. — Ya; pero abusar de su fragilidad... ¡Olí! Esta acusación es arbitraria. ¿Por qué no ha de decir más bien que ellas abusan de la nuestra? ¿O tienen las mujeres licencia para ser frágiles y los hombres no?— Sin embargo siempre es un delito... Sí; pero las circunstancias... tal vez... podrán excusarlo. Este don Estéban es preciso que descuide mucho sus obligaciones; porque un hombre encenagado Mi el juego... Y sobre todo, siempre será ella más culpable qué yo.
ESCENA XIV
(DON DIEGO, TERESA.)
¿Usted por aquí? Ciiit!... Habla más bajo. Escucha. Ya sabes que te quiero.
No hace usted inás que pagarme.
Toma esa media onza. Otra vez será más. — Me has de hacer un favor.
_(Ler. ( Guardando el dinero.) Sabe usted que estoy dispuesta á servirle. hE. Yo conozco á las mujeres. El que piense conseguir nada de ellas á fuerza de arengas y solicitudes se equivoca mucho. Sea por vergüenza ó por orgullo, primero se dejan sorprender un favor que concederlo á nuestros rueg s.)_
Es cierto. Se conoce que es usted práctico. I ie Fu ama tiem.* sobrado motivo para haber conocido mis id'*as, y cuando á pesar de esto >i;frc que la obsequie, es regular que no las desapruebe. Una buena ocasión me favorecer) más que lod<>s los argumentos del mundo; y esa e* la que tú me vas á proporcionar ahora.
Si puedo, estoy pronta.
Como me vea yo á solas con ella, es segura la victoria. ¿Está comiendo?
Si; pero ya han servido los postres.
Eila acostumbra á retirarse á su cuarto después de comer... y el; narlo tiene dos puertas.
Ya, ya entiendo. Quiere usted que le introduzca por la del pasillo.
Sí; yo >e recompensaré pródigamente.
No me determino... Si alguno lo observa... Le habrán, visto á usted entrar...
Nadie, ó excepción de Cristóbal que rne ha abierta la puerta, y ese es mió. No hay cuidado.
Pero si t*i amo...
¡Qué simpleza! Tu amo no piensa más que en su desquite. Vamos: no pierdas tiempo.
(¿Por qué no tengo yo de co nplacer á un señor tan gaian y tan generoso?... ¡Y está tan enamorado!’... Yo no tengo corazón para ver padecer ó nadie.)
¿En qué piensas?
(Soy una pobre criada... Dándole gusto, me aseguro un buen regalo, y podré salir de una condición tan infeliz. )
Me consumo!
(Es mala acción; pero... por una sola vez.. Y además, ¿qué se adelanta con negarle mi auxilio?... No le faltaran arbitrios nara lograr su intento, y más siendo tan travieso y teniendo tanto dinero. Pierdo la propina y no evito la eulpa.)
¿Acabas de resolver?
Sí. Ven ¿a usted sin hacer ruido.
Me das la vida. (Se oyen voces y ruido camode romper botellas, platos, etc )
Espere usted.. ¿Qué estrépito es ese? {Sale don Fernán con una botella levantada en alto; detrás de él don Esteban con oirá; don Cipriano y los deu.ás jugadores conteniéndolos.)
ESCENA XV
(DON, DON DIEGO, TERESA, DON ESTEBAN, DON CIPRIANO, DON FERMÍN, JUGADORES.)
Eso es una infamia,
Le digo á usted que rne debe cuatro duros.
Falta usted á la verdad.
(¡Se desgració mi asalto!)
Por señas que se los gané á usted en un cinco triple antes de ponernos á comer.
Los pagué.
No, señor: me dijo usled que casaría media onza.
No hay tales carneros.
(¡Maldita sea vuestra disputa!)
Vemos, señores. Parecen udedes niños. ¿Unos hombres "que se juegan las onzas á puñados, se han de matar ahora por ochenta reales?
Yo tengo la culpa en alternar con personas como usted.
Oiga usted; vo soy...
(Envoz baja.) ¡¡Cliit!... Calla, hombre; no acuda la jura y nos metan en chivona.
Qué culpa tengo yo de que sea usted tan flaco fie memoria? I
(Esto va malo: yo me voy.) j
ESCENA XVI
(DON ESTEBAN, DON DIEGO, DON CIPRIANO, DON FERMÍN, JUGADORES.)
(En voz baja.) Hombre,.cede con mil diablos: no nos pierdas. Yo estoy seguro de que te los pagó. De cualquier suerte todo 'ha de venir á nuestro poder.
Para ahorrar disputas partan ustedes la diferencia.
No me conformo. O los cuatro ó nada.
Amigo, esa es ya mucha temeridad. Vamos, haya paz. Yo le daré á usted los cuatro duros.
Eso es lo que yo no consentiré. Se acabó: yo se los daré á usted don Fermín, y aunque sea más, porque no alborote. Vamos, vamos á jugar. Acaben ustedes de desbancarme cuanto antes.
No; yo no juego más. Estoy encocorado. DonCipriano^ cobrará los cuatro duros, y le apuntará á usted si quiere. Voy por mi sombrero. ( Entra en el gabinete, y vuelve en seguida con el sombrero.)
Para perder no necesito de usted.
Deje usted que se vaya. Es un díscolo que todo lo quiere componer á gritos y porrazos.
Que ustedes se diviertan.
(Aparte con don Fermín.) Oyes: espérame donde sabes.
Se entiende.
Yo iré así que acabe de exprimirá este prójimo.
Adentro, adentro señores. ¡Qué dia tan cruel! Se lo doy al más pintado.
ESCENA XVII
(DON DIEGO, DON FERMÍN.)
¿Adónde bueno? ¿A casa de la andaluza?
Sí, señor: yo no pierdo ripio. Allí se reúnen por las tardes cuatro ó seis barbilampiños á babear con las muchachas. Don Cipriano y yo, que no entendemos de galanteos, de acuerdo con ellas incitamos á jugar á los pisaverdes, y les chupamos muy bonitamente loscuartos.
Hombre, eso es una viña.
Yo lo creo, y... lo que digo; si se habían de gastar el dinero en dijes', y merengues, y vicios, más vale que se lo ganemos nosotros, que sabemos emplearlo mejor. ¿Quiere usted venir?*
Sabe usted que me he separado del juego hace algún tiempo.
Ya lo sé. Hizo usted su fortuna y se ha retirado á buen vivir... Digo; á buen vivir en cuanto al tapete, que por lo demás usted emplea bien su tiempo. ¿No es verdad? ¡Pobres maridos!... Ah, ¿en qué altura se halla usted con doña Ana?
No deja de estar propicia; pero ya me voy fastidiando, no estoy acostumbrado á conquistas tan largas. Diga usted: ¿con quién trata ahora la Mariquita?
Con un cadete murciano que acaba de tomar los cordones y aún tiene el pelo de la dehesa. Si usted se presenta le desbanca al momento.
La chica es lindísima; y aquel gracejo malagueño...
Pues, ¡á ella! ¿Por qué no se viene usted conmigo?
Más tarde me pasaré por allí.
Corriente. Mientras yo pesco las asistencias del cadete usted le requiebra la Dulcinea y lo fastidiamos por activa y por pasiva. ¡Oh! Ahí tiene usted á su deidad. Has!, después.
Ahur.
ESCENA XVIII
(DOÑA ANA, DON DIEGO.)
(i Ana ¿Qué hora es esta de hacer visitas? Hasta el anochece; no hacia usted falta.)
Es tanto el placer que tengo en ver á usted... P*-
No me acomoda que venga usted tan á menuc dando qué decir á las gentes.
¿De cuando acá repara usted en eso? Hasta ahora n ha recibido usted siempre...
ESCENA XIX
(DOÑA ANA, DON DIEGO, DON ESTEBAN.)
(A la puerta del gabinete) ¡Cosme! (Estoy desei perado. )
(¡Siempre me ha de interrumpir!)
(Este don Diego es mi sombra.) ¡Cosme!
(Bien podía don Cipriano darse menos prisa á ganar: t¡i el dinero y viviríamos todos.) I;e
ESCENA XX
(DOÑA ANA, DON ESTEBAN, DON DIEGO, COSME.)
¿Qué manda usted?
Ven acá. {Le llama aun extremo y le habla en v> baja. Doña Ana y don Diego hablan también aparte ¿Tienes algún dinero?
Cinco reales me quedan y aún tengo que traer vino j gre y velas.
No es eso, hombre. Dinero tuyo.
¿Qué dinero he de tener yo, pobre de mí?
Algo tendrás ahorrado.' Préstame siquiera med onza.
Señor...
Haz este sacrificio por tu amo. Yo te daré el doble.
No tengo más que cuatro duros que los guarda!, para un pantalón...
No importa. Yo te daré uno délos mios.
Tome usted. (Le da los cuatro duros. ) Est Con disimulo, hombre!... Cuidado con decir nada nadie.
¡No faltaba otra cosa! Yo soy muy reservado... ¿Quid re usted también los cinco reales de las velas?
No; guárdalos. (¡Sin poder quebrar la suerte en tod el dia á ese maldito don Cipriano!) j
(¡Y luego dicen! Si yo no sisara, ¿cómo baria ahoi esta obra cíe caridad?
ESCENA XXI
(DON DIEGO, DOÑA ANA.)
¿Con qué me tasa usted las visitas?
Si usted no hubiera abusado de mi bondad hasta e extremo de querer hacerme un regalo...
Era una prenda de mi entrañable amistad,
¡Amistad! ¿Piensa usted que se me ocultan sus in tenciones?
¡Señora!
¿Me supone usted tan mercenaria, tan sin pudor, qu por el vil interés sea capaz de faltar en lo más mínimo la fidelidad que debo á un esposo que me adora?
Confieso que he cometido una imprudencia; pero t tierno amor que usted me inspira...
¡Cómo! Qué atrevimiento...
Sí, adorable Anita. Harto he sufrido en reprimirlo tanlo tiempo. Yo moriría si prolongase más un silencio inútil... Inútil, sí; porque mis ojos, mi semblante, todas mis acciones revelan el estado de mi corazón.
¡Don Diego!
¡Ah! Dígnese usted lijar esos luceros en el más rendido de los amantes, y ellos me dirán si me concede usted una dulce esperanza, ó debo espirar á sus piés.
(Quiere echarse á los piés de doña Ana y ella le detiene.)
Deténgase usted, insolente, vrespeteá una mujer incapaz de semejante infamia.
¡Anita!...
Calle usted y no provoque más mi cólera.
(Aún están verdes. Todo lo he echado á perder.)
Váyase usted de mi casa inmediatamente.
¡Es posible!...
¡Váyase usted le digo, y no vuelva á parecer delante de mí.
Sosiégúese usted. Esto ha sido una broma.
¿Dará usted lugar á que llame á mi marido y le diga...
Me iré, me iré... No hay que sofocarse.
(La indignación me ahoga.)
(Me voy á vengar diciendo mil pestes de ella en el café de Lorenzini.)
ESCENA XXII
(DOÑA ANA, DON ESTEBAN, DON CIPRIANO.)
¡Qué hombre tan audaz y tan indigno! No sé si podré disimular mi agitación. (Se sienta.)
Hombre, no me deje usted plantado. Yo buscaré más dinero ya que no quiere usted jugar sobre mi palabra.
( Con el sombrero en la mano.) Amigo, somos mortales. . Pues hágame usted el gusto de esperar un poco mientras me procuro otro fondo.
Bueno: esperaré. Tendré la condescendencia de ganarle á usted hasta la última peseta.
(Qué sufra yo esto! ) )\p. Si no viene usted dentro de diez minutos, me marcho. Ya estoy harto de contemplaciones. (Sí; debo esperarle. Si éí no se cansa de perder ¿por qué me be de cansar yo de ganar? )
ESCENA XXIII
(DOÑA ANA, DON ESTEBAN.)
(Para si.) Crueles naipes! — Yo debería abandonarlos... Pero tantas pérdidas... La manutención de mi familia... na. ( Levantándose.) j, Qué tienes? ¿Por qué estás tan abatido? st. No te habia visto. na. ¿Lo habrás perdido todo? st. Sí, querida Anita. Estoy en desgracia. na. ¿Quieres creerme? No juegues más.— Mira: si es necesario, yo renuncio desde ahora á la moda, á los placeres, á todo menos á tu corazón. st. ¿Qué hede hacer sino jugar? ¿Me queda otro arbitrio? na. (Infeliz! Me da compasión*) st. Lo peor es que si no encuentro dinero pronto, don Cipriano se irá y pierdo la esperanza de desquitarme... Yo no tengo de qué echar mano... ¿Se ha ido don Diego? na. Sí; en este momento. st. El me podría sacar de este apuro. ¿Te parece que le mandemos á pedir un par de onzas?
De ningún modo. Primero me moriría de hambre.
El nos estima y es generoso. Se trata de una corta cantidad.
No lo consentiré.
Oh! Esa es demasiada delicadeza. Voy, á ponerle una esquelita...
Desventurado! ¿Qué vasá hacer? Ese dinero que tratas de pedirle creerá que es el precio de tu deshonra.
Qué dices!
Sí; don Diego es un perverso que ha querido abusar de nuestra situación. Desde que intentó darme la sortija empecé á sospechar de él. — No te lo quise decir por no afligirte. Pero ¿quién le había de creer capaz de atentar con tanto descaro á nuestro honor?.. ¡Infame!... Ya le be prohibido para siempre pisar estos umbrales.
¿Dirás ahora que mis recelos eran infundados? Dirás ahora que soy impertinente y ridículo?
Puedo jurarte que jamás le he dado pié para semejante osadía.
Lo creo: nunca he dudado de tu virtud. Pero á ese libertino, á ese depravado seductor yo le haré arrepentirse de su temeridad.
¡Por Dios no le digas nada! Mira que comprometes nuestra opinión.
¡Ah! Y para mayor tormento le soy deudor de una suma que no me es posible pagarle!
Note aflijas por eso: venderé alguna de mis joyas.
No podemos disponer de ellas. El otro dia las empeñé todas.
Lo siento únicamente por el compromiso en que estamos... Pero aún me queda un arbitrio. ¿En cuánto estimó la< sortija?
En cien duros.
Dentro dé poco los tendrá en su poder. Venderé mi piano.
¿Cómo he de sufrir que te prives de una diversión inocente, la única que podré proporcionarte después de la completa ruina que estoy llorando?
Sí; es preciso. Algún dia podrémos comprar otro. Entre tanto’ me consolaré con haber salvado tu reputación.
ESCENA XXIV
(DON ESTEBAN.)
¡Pobre Anita! Jamás olvidaré esta fineza. Suscribo á ella bien á pesar mió. — Y el caso es que ahora más que nunca me urge recobrar lo perdido. — Si pudiera yo evitar que se deshiciese del piano... Vendrán sus amigas; lo echarán de menos, y será una vergüenza... Sí; hagamos el último esfuerzo. Puede ser que apuntando sea más feliz. — Y con qué apunto? Todos mis recursos se han agotado.— Don Justo... ¡Eh! ¿Cómo me he de atrever á pedirle dinero para jugar? — Apelemos otra vez á Cosme. Es preciso que tenga más dinero. El va á comprar, y el exorbitante gasto" de mi casa sin duda habrá tentado su fidelidad. — Pero, ¿descenderé segunda vez á semejante humillación?... ¡Asilo quiere mi suerte!— (Llamando.) ¡Cosme!— E1 debe-estarme agradecido, y si tiene alguna buena cualidad es la de ser sigiloso.
ESCENA XXV
(DON ESTEBAN, COSME.)
¿Tienes algún dinero reservado? N" me lo niegues.
Ni uu cuario. Ya le di á usted lo que tenia.
¿De veras?
Si usted no me cree, aquí está la llave del arca.
(¡Buen cuidado he tenido de ponerlo en salvo por lo que pueda tronar! )
El caso es que don Cipriano me espera... Yo no quisiera cansar á ninguno de mis amigos, y además el socorro vendría tarde.
¡Ah! ¡Qué idea tan feliz! Puedo darle á usted una alhaja de valor para que juegue sobre ella. E t. Sí? ¿Y qué es?
La repetición de don Justo. Mire usted, aquí la Religo. (La c n se ña )
¡Picaro! ¿Te has atrevido á tomar...
No, señor: acaba de dármela para llevarla ¿i componer. — Aunque se pierda y no sea posible rescatarla en algunos días, no le hace. Si pregunta por ella, le diré que osla aún en casa del relojero.
(¿Qué haré?)
¿Le ha de durar á usted eternamente la mala suerte?
No me atrevo.
Con ella se puede usted desquitar.
Tienes razón... La ompromeleré en una onza y nada más... Lámela. (La toma temblando.) (No sé donde estoy... Si Dios no me ayuda... qué horroroso porvenir! )
ESCENA XXVI
(COSME.)
Ahora tendrá que gratificarme para que calle, y se aumentará el trapillo que estoy haciendo con mis* sisas. — Yo debería ser más fiel..., pero... ¡ya se ve; eso de tener uno obligaciones... Aquella pobre muchacha á quien tengo dada palabra de casamiento ¿qué diría de mí si la abandonase? Y más cuando media... Oh! Seria una infamia.- Pero para rascuñe es indispensable hacer an'es algún cauda libo.. Si yo emplease, nial lo que voy agenciando se me podría culpar; pero á excepción* de algunas botellas que me bebo roo cuatro ¡mimos. Iodo lo demás lo guardo religiosamente. — Ni es cosa de que esto dure toda la vida. En reuniendo cinco ó seis mil reali'os dejo de- servir, y por con iguiente de sisar; me caso con mi morena; con mis ahorros y ios suyos pongo un bodegón, y vidrémos como buenos cristianos.
Acto tercero
ESCENA PRIMERA
(DON ESTEBAN, DON CIPRIANO.)
(Va oscureciendo gradualmente)
Espere usted... Cip ¿A qué tengo de esperar? Todo el mundo se ha marchado ya. Demasiada complacencia he tenido. Ahora va de veras. Usted es muy vicioso, don Estéhan. Yo tengo otras ocupaciones, más serias a que atender. En una palabra, no quiero jugar más.
Si yo no digo que juegue usted! C p. ¿Pues qué es lo que usted quiere? ¿Que le dé conversación? Váyase usted a» café; con eso, si por casualidad le lia quedado media pese! illa en el rincón de algún b< Isillo, puede usted tomar un vaso de naranja y refrescarse la sangre, que por fuerza la ha de tener acalorada
¿Está usted haciendo mofa de mí? ¿Cree usted que la desgracia es capaz de abatirme hasta el extremo de sufrir que me insulten?
¿Se ha picado usted? ¡Qué simpleza! Yo creí que tenia usted más coma. Vaya; mi animo no es irritar á nadie. Soy moro de paz. Úna cosa es que yo tenga buen humor, porque he ganado...
Ya, pero podía usted reflexionar que no debe estar para chanzas e! que ha p rdido.
Vamos; ¿qué se ofrece?
Yuré usted, don Cipriano: en dinero efectivo y alhajas lie perdido desde esta mañana, sin levantar cabeza cerca de diez mil reales.
En efecto. Hoy no ha estado usted de numen.
Casi todo lo íia ganado usted.
Mi fortuna me ha valido (y mi industria.) Adelante.
(Este me va á atacar )
Mis.reiteradas y considerables pérdidas me han puesto á veces en la precisión de contraer deudas...
Deuda^? Quién se apura por eso? Yo tengo más que pelos en la cabeza. Debo á los criados, al sastre, al agudor, al barbel o, al* tabernero, al tendero, al casero, al carnicero, y á todos los acabados en ero. Todo el dia están Manando ingleses á mi puerta, tanto que lia sido preciso quitar la campanilla porque no ganábamos para tiradores. Pero ya me lie llegado á familiarizar tanto con las deudas, que no sé vivir sin ellas Y luego, ¿‘eré extraño que las tenga un perdulario como yo, que vive sobre el j ais, cuando tantos señorones de alto copete están entrampados basta los ojos? Adelante.
No hace mucho tiempo que tenia mi casa muy bien equipada; pero la maldita suerte me lia obligado á deshacerme de los mejores muebles...
¿Y se aflige usted por esa bagatela? Pues había usted I de ver mi casa. Parece escuela de danzantes. Allí no hay siquiera dónde sentarse: ni sábanas, ni manteles, íii nada Vamos; casa de jugador! Un dia que se quedaron á comer tres amigos míos, tuvo que sentarse mi mujer en el tajo y uno de mis hijos en el fregadero. En los pocos trastos que bav está siempre de guarnición el regimiento de Chinchilla. Tengo una mesa perlática, media docena de sillas haldadas, un cofre sarnoso, un espejo virolento donde se peinan las chicas, y dos ó tres camas enei’i'úmcnns. Adelante.
(Paciencia. No quiero exasperarle. Torio lo aguantaré con ’a! de recobrar Ja repetición.) Todos mis bienes consisten en la casa donde habito, que si estuviera desempeñada me produciría para pasarlo tal cual; pero me han embargado ios alquileres...
Pihs yo no tengo ni casa, ni hogar, ni viña ni barbecho. Omnia mea mecum porto. Pero no obstante, yo rrie la sé buscar... y si no bago una figura brillante en la sociedad, ni tengo la ventaja de ser un gran propietario, á lo menos corno y bebo sin fatigarme, y estoy exento de contribuciones. Adelante. j
Si yo fuera solo, ningún reres de la fortuna me desanimaría; pero tengo mujer, tengo tres hijos...
Nada masque, tres? Yo tengo nueve ccmo nueve tigres que rué comen un costado, y mi mujer lleva trazas de regalarme otros tantos. La maldita de cocer no tiene habilidad para otra cosa. Adelante.!
Yo estoy ya firmemente resuelto á retirarme del juego. He visto las orejas al lobo, y conozco que ia suerte no me llama por este camino.
Bien hecno. Usted no es para el caso. Adelante.
Ppro corno la reputación ese! bien mas apreciable para el hombre honrado, quisiera...
Dinero... Perdone usted por Dios. Yo no presto á un hombre acosado de acreedores, que se ha deshecho de lo< mejores muebles, á quien le fian embargado los alquileres de la única tinca que posee, que tiene mujer y tres iiijos, y que ha visto las orejas al lobo.
Señor don Cipriano, compadézcase usted de mí. No: le pido á usted dinero j-ara alimentar un vicio que ya detesto. Me contento con que me devuelva usted la repetición, obligándome á pagar...
¡La repetición! Es cosa muy singular. ¿Quiere usted lucirla ahora que no tiene que comer?
(Ya se me acaba el sufrimiento.) No es eso: yo la necesito...
Yo también. Aquí donde usted me ve, me gusta como á cualquiera el saber qué libra es sin preguntárselo á nadie.
Si usted no me la da, soy perdido.
¿Qué me importa á mi?... Pero tanto empeño en recobrar esta alhaja... Me hace usted sospechar...
Sí, señor: usted sospecha bien. La repetición no era mia.
¡Cómo! ¿Tiene usted tan poca delicadeza que se juega lo qu^no "S suyo?
Baje usted la voz.
No quiero bajarla Así perdemos unos por otros. Así tenemos tan mal concepto los jugadores.
Baje usted la voz, le digo; ó no respondo de mí. Yo sé bien que he procedido mal; pero ninguno in^nos que usted tiene derecho para echármelo en cara.
j Loque puede el vicio! ¿Y es usted el que blasona de caballero? No vuelva usted á acompañarse conmigo. Le prohíbo expresamente que me salude.
Don Cipriano!
ESCENA II
(DON ESTEBAN, DON CIPRIANO, DOÑA GERÓNIMA.)
¡Qué gritos son esos! Fuerle trabajo es que no le han de dejar á uno descansar un rato y reposar la comida.
¡Pero, señora, si ya está anocheciendo! (Se.sienta don Esteban y manifiesta sumo aba lia ionio.)
No Je hace. Hoy necesitaba yo dormir una siestalarga, por dos razones: la primera porque me levanté déla n. esa toda inflamada. Ya se ve! Como hice bastante •ejercicio por la.mañana, comí con muy buen apetito, gracias á Dios. Y la segunda porque mañana tengo que madrugar para disponer la comida que pienso dar en celebridad de mi cumpleaños.
¡Ah! sí, es verdad. No me acordaba. Mañana se lucirá usted.
No tanto como quisiera. Pero nos habrémos de conformar con estas circunstancias tan anli gastrónomos. Oh! en vida de mi difunto era otra cosa... Cuino tenia el mismo carácter que yo, y era mayordomo de un duque que no le pedia cuentas, porque no sabia ajusfarlas, no Je jiolii gastar. ¡Pobrecillo! Murió de apoplegía.
Con todo, usted, que es tan rumbosa, tratará bien á sus convidados. Son todos de confianza. Se trata de una comida frugal. He comprado un par de jamones dulces, tres pavos, dos cochinillos, una docena de perdices, otra de pichones, algunos pescados de los mejores, un Jomo de vaca...
¡Don Esteban! ¡Qué hace usted hay tan cabizbajo! ¡Volo va!... Es menester tener más espíritu. ¿Quiere usted jugarse esos ja mones, esos pavos, esos cochinillos, esas perdices, esos pichones, esos pescados y esa vaca de doña Geróñima?
¿Qué, qué dice usted? (¡Estoy temblando!)
Márchese usted, don Cipriano, márchese usted y no apure mi paciencia.
El diablo tentadores usted. Sí; ¡como necesita él tanto!...
(No se cómo no me aboga el despecho.)
¿Está usted empecatado?... Propóngale usted que se juegue las sillas, y las mesas, y la cama, y la camisa y el pellejo antes que locar al sagrado do mi despensa.
Yo naga imted caso, don Esteban. Lo que usted debe procurar es desquitarse, y más que se tiro de Jos pelos. Ea! Le abonaré á usted por esas provisiones la mitad de su valor...
(Levantándose.) Si no loma usted la puerta antes de dos minutos le rompo Ja cabeza. Bribón, estafador' tunante!...
Mire usted cómo habla.
(Empujándote) Quítese usted de mi vista. Ya no puedo reprimir mi cólera. ( Teresa trae tuces, las deja y se retira.) Cip ¡Poco á poco!
(Empujándole también.) ¡Fuera, fuera de aquí!... ¡Fullero, embrollón, perturbador de convites!
Yo sé andar; no necesito que ustedes me ayuden... Con permiso de ustedes.. Soy su más humilde criado... Ustedes manden... (Lo que yoqui ¡era es ¡tillar cada día un primo como este, aunque me echara después á empujones de su casa.)
ESCENA III
(DON ESTEBAN, DOÑA GERÓNIMA.)
Estas son las consecuencias del lujo, de la profusioH, del desórden.
Estas son las consecuencias de! maldito juego.
Verémos ahora con qué satisface usted esa gula bestial.
Verémos ahora cómo das de comer á tu familia después que la lias dejado por puertas.
¡Nunca hubiera yo conocido á usted!
¡Nunca te hubieras casado con mi hija!
Pues en adelante es menester no volver á pensar en golosinas. Gracias que tengamos sopas. Basta de afrentas Es preciso vivir de otro modo.
Tu mujer y tú sois los que necesitáis enmendaros; yo no. El jugar es un crimen, el usar trajes suntuosos cuando hay pocos medios es una locura; pero nadie ha reprobado lia&ta ahora el comer bien.
ESCENA IV
(DOÑA GERÓNIMA, DON ESTEBAN, DOÑA ANA.)
¿Qué es eso, madre? ¿Por qué grita usted tanto?
Porque tu caro esposo se empeña cu que hemos de pagar sus pecados. Quiere reformar el gasto de casa y...
Nada más justo cuando vemos que es imposible sobrellevarlo.
Todo lo hace porque es un haragan que no quiere arrimar el hombro á nada. Hay ctros (pie nunca se amilanan por más golpes de fortuna que reciban, y sacan oro de las piedras; ¡poro este! No lie visto mueble más inútil. No sabe más que jugar, perder, y gruñir.
¿No se cansa usted de insultarme? ¿Le parece á usted que no tengo bastantes motivos (le aflicción sin que ine atormente usted con sus improperios?
Tiene razón; en lugar de consolarle...
¿Consolarle? ¡Pues lo merece el niño! Mira qué consuelo me da á mí. ¡Quererme apretar el corbatín!...
(talle usted. Gi r. ¡Pesarme por onzas la comida!...
¡Señora!...
¡Tratarme como á un perro!...
Quiere usted obligarme... Ana: Pero, madre... ¡Qué poca caridad!
Menos tiene él con nosotras. ¡Cómo se entiende! Ultrajar de ese modo á su señora madre política! ¡Al hn jugador! Con esto se dice todo. Allí entre la mugrienta bayeta, las mal litas barajas, el tufo de las velas de sebo, íos hediondos alientos de cincuenta vagos apiñados, que la mayor pártese mudan de tres en tres meses, los gritos, los oiga rrazos, las palabrotas y las maldiciones; allí adquieren esos modales insultantes y groseros; allí se pudren las entrañas; allí se llenan de bilis y luego vienen á descargarla sobre sus familias inocentes.
¿No callará usted, señora?
Porqué han de ser mis tripas responsables de sus excesos?
(Fuera de si.) Dice usted bien. Yo solo tengo la culpa de mi desventura; yo no tanto porque he jugado, como por no haber tenido carácter desde el primer dia para poner órden en mi casa. Me avergüenzo de mi criminal complacencia; detesto mi ignorancia, detesto mi ceguedad y me detesto á mí mismo. ¡Ah! Mi destino se fijó» Cumplámosle; sí. Yo no puedo sobrevivir á mi fortuna y á mi honra.
(Deteniéndole.) ¡Dios mió! ¿Qué vas á hacer?
Déjame/
Triste de mí!~ Don Justo! Don Justo!
Desgraciada! No le llames. Su vista va á colmar mi desesperación.
ESCENA V
(DOÑA GERÓNIMA, DOÑA ANA, DON ESTEBAN, DON JUSTO.)
Ah! (Al ver á don Justo se cubre el rostro con las manos y hace un movimiento para huir: doña Ana le detiene.)
Señor don Justo, por Dios no se separe usted de mi marido. Me estremece su furor.
Cómo! Será usted capaz...
No; tranquilícense ustedes. Mi furor á nadie será funesto sino á mí mismo.
¿Qué ideas son las de usted, don Estéban? Me horrorizo. Vuelva usted en sí, amigo mió. Si como presumo, son dictadas esas palabras por un íntimo remordimiento de sus errores, no haga usted tan mal uso de una obra del cielo dirigida únicamente á su bienestar. Nada pierde el hombre si conserva su confianza en aquella Providencia que á ninguno desampara.
(No puedo sostener sus miradas.)
Siempre que usted se resuelva á no volver á jugar...
¡Jugar yo! Harto escarmentado estoy ya. Hora de maldición fué para mi aquella en que lo intenté por Ja primera vez.
(Aprovechemos tan feliz disposición.) Señoras, podré merecer un favor de ustedes?
Yo estoy pronta á cualquier sacrificio por el bien de mi esposo.
Así lo creo de la buena índole de usted. Cuanto deseo por ahora es qué me dejen ustedes un rato á solas con él.
Bien está. Vámonos, mamá.
Sí, vámonos. (Mientras ellos se están filosofando, yo voy á merendarme una perdiz y la crema que sobro' de al medio dia.)*
ESCENA VI
(DON JUSTO, DON ESTEBAN.)
¿Está usted en su juicio, don Estéban? Con que ¿quería usted quitarse la vida?
La vida es un peso insoportable para mí. ¿No vale mil veces más morir que arrastrar sus dias en la amargura, el oprobio y la indigencia?
Qué máximas! ¿Ama usted á su mujer?;Ama usted á sus hijos?
¡Si los amo! ¿Y usted puede dudarlo? De dónde nace mi desconsuelo, de dónde mi tormento y mi misma desesperación sino del amor entrañable que les tengo?
¡Ama usted á su familia y quería abandonarla! ¡Y no teniendo otro amparo que el de usted sobre la tierra intentaba darse la muerte!
¿Cómo he de tener corazón para verla perecer?
¡Perecer teniendo usted los brazos con que trabajar para sustentarla! ¿Eso dice un padre?
Ah! Me confunde usted...
Hombre injusto y temerario! Qué delito ha cometido esa infeliz familia para condenarla á la desolación y á la orfandad? Llora usted?... Vamos; ya no hay que echarse en el surco. Animo!... Lo pasado ya no tiene remedio: olvidarlo y vida nueva. — Usted, por lo visto, ha apurado ya todos los recursos...
Todos me los han devorado aquellos infames.
¡Cómo ha de ser! Siempre que le quede la.estimación...
La estimación! Ah!
¿Qué exclamación es esa? Habrá cometido usted por desgracia alguna bajeza?
Sí señor; ni debo ni puedo ocultarlo. Mi propia acusación <fcea mi primer suplicio. Oigala usted y aléjese luego de un hombre indigno de su amistad. (Se arrodilla á los piés de don Justo.)
(Queriéndole levantar.) ¿Qué hace usted?
No; no me levantaré hasta que riegue con mis lágrimas estas rodillas.
Pero, qué ha hecho usted que tanto...
He jugado... y... perdido... la repetición de usted.
¡Oh! Yo pensaba que era otra cosa. Me había usted puesto en cuidado. Cuanto yo poseo es de mis amigos, y usted me ha dado una prueba de serlo disponiendo de esa alhaja. Vamos; levántese usted. Yo no consiento...
Cosme me la ofreció y yo, con la esperanza de desquitarme...
No hablemos más de eso, que me avergüenzo. — Vaya; levántese usted, ó reñimos. (Le hace levantar y le abraza.)
¡Hombre generoso!
¿Ve usted lo que es el juego? ¿Conoce usted ahora sus peligros? El que llega á cebarse en él, pierde el dinero, la tranquilidad, la salud, y por último el decoro y la probidad. — No es decir que el infortunio de usted se haya extendido á tanto; pero, no puedo menos de decirlo, ya estaba usted á dos dedos del precipicio.
¡Y yo tan ciego, tan fascinado que cerraba siempre los oídos á las amonestaciones de mi único amigo!
Pensemos sériamente en la enmienda y olvidemos lo demás. Usted también es tan apocado!... Yo sé que de todo su patrimonio lo único que le queda á usted es esta casa. ¿Está muy empeñada?
Parte de los alquileres los tengo embargados judicialmente y me han adelantado el resto... En más de dos años no percibiré un maravedí.
¿Pero, puede usted disponer del cuarto en que habita?
Sí, señor.
En cuánto se podría alquilar?
Como tiene tantas comodidades y está en el centro, siempre ha sido muy estimado. En la hora que quiera tengo quien le tome en diez y ocho reales diarios.
¡Hola! ¿Y temía usted que pereciese su familia? ¡Cuántas hay tan honradas como la de usted que se mantienen con menos! — Ahora, si cuenta usted también entre sus obligaciones el sostener cuatro criados y peluquero, y maestro de música...
Ya veo que conviene despedirlos.
No diga usted conviene; diga usted que es indispensable. — Vaya, ¿quiere usted tomar mis consejos?
Los seguiré al pié de la letra. Siendo de usted no pueden dejar de ser buenos.
Pues, señor don Estéban, hablemos claros. El que no ha tenido cordura para conservar sus bienes, es menester que sepa resignarse á ser pobre.
Yo bien resignado estoy; pero mi mujer...
Las mujeres están obligadas á sufrir sin murmurar la suerte de sus maridos, por mas triste que sea, cuando no está en mano de ellos el remediarla. Además, doña Ana tiene un excelente fondo, y yo me equivoco mucho, ó lejos de oponerse á una reforma saludable y precisa, encontrará en la práctica de las virtudes domésticas el consuelo de la adversidad.
Pero mi suegra; esa mujer imprudente...
Esa mujer imprudente tendrá que recibir la ley de quien le da de comer; y si no le acomoda, que se vaya. Créame usted, don Estéban, si usted tiene carácter su suerte aún no es desesperada; si no, cuéntese usted por perdido.
¡Oh! sí. Tendré carácter: usted lo verá. Demasiado tiempo he estado haciendo en mi casa un papel ridículo.
Lo primero que usted debe hacer es despedir á los criados.
Sí; los despediré.
Y sobre todo á ese Cosme que precisamente ha de ser un solemne bribón.
Demasiado lo conozco. ¿Quién sino un picaro se hubiera atrevido á proponerme la vileza que he tenido la desgracia de cometer?
Ya le lie dicho á usted que no vuelva á poner en boca semejante cosa — ¿Debe usted algo á los criados?
Todos están satisfechos de sus salarios hasta fin de mes. Pero entre muchas debilidades á que me ha arrastrado el vicio del juego, cuyo recuerdo me cubre de rubor, hoy he incurrido en la de pedir dinero á Cosme.
Bien. ¿Cuánto le debe usted?
Es muy poco: cuatro duros. Le diré que vuelva por ellos dentro de unos dias.
No, señor. Es preciso dárselos hoy en el acto de despacharlo. Tome usted.
¿Para qué? Deje usted... El esperará...
Tómelos usted; no sea niño. ¿Le dará á usted más vergüenza el recibir esta pequeñez de mano de un amigo que verse en la imposibilidad de despedir á un criado por no poderle pagar? — Lo que hace usted luego es desocupar este cuarto y tomar otro aunque sea algo retirado que rente á lo sumo una peseta. Así le quedará á usted con que vivir ínterin consigue desempeñarse. Yo espero de un momento á otro á mi familia, y sabe usted que tengo casa buscada para cuando llegue; por consiguiente necesitan ustedes una habitación menos.
¡Cuánto siento que se separe usted de nosotros!
Es preciso; pero no por eso dejarán ustedes de tener en mí un buen amigo, dispuesto siempre á hacerles todo el bien que pueda.
¡Mi querido don Justo!
Ahora que por fin ha reconocido usted sus yerros y le j veo decidido á repararlos; ahora que no vivirá usted envilecido entre esos tahúres, escoria de la sociedad, podrá renovar sus antiguas relaciones que el vicio le había hecho perder, y adquirir otras nuevas. Por este medio, y siendo usted un jóven de talento, no le será difícil procurarse una Ocupación honesta con utilidad de su familia; y quien sabe... Usted que ha tratado con jugadores, conoce á alguno que se haya jugado su suerte?
Señor don Justo, yo he vivido en tinieblas hasta ahora. Usted me ilumina con sus oportunas y sabias reflexiones. ¡Usted me da la vida!.. Yo le prometo á usted marchar resueltamente por la senda que me ha trazado, y usted va á ser testigo de mis primeros pasos. — ¡Teresa! — Ahora se verá si soy capaz ó no de tener tesón.
ESCENA VII
(D. Esteban, D. Jvsto, Teresa.)
Qué manda usted?
Di á tus señoras que vengan, y dentro de un rato preséntate aquí con los demás criados.
Está muy bien. ( Mal me huele esto. Milagro será que no pongamos todos piés en polvorosa.)
ESCENA VIII
(DON ESTEBAN, DON JUSTO.)
Pocas palabras y con dignidad: no admita usted réplicas.
Pierda usted cuidado. Se hará lo que yo mande y nada más.
Sobre lodo no hay que transigir con la vieja.
Olí! Yo haré que se respete mi autoridad, ya que hasta ahora por ser yo un mándria todos han mandado en esta casa menos el amo.
ESCENA IX
(DON ESTEBAN, DON JUSTO, DOÑA GERÓNIMA, DOÑA ANA.)
¿Qué hay de nuevo? ¿Para qué nos llamas?
Ahora lo verá usted.
¿Estás ya más tranquilo?
Sí, querida mid, gracias á los buenos oficios del señor don Justo. —Sentémonos si á ustedes les parece. (Se sientan.)
¿Será cosa de hacernos bostezar ahora con alguno de tus fastidiosos sermones, después que has perdido hasta la crisma?
Hágame usted el favor de enfrenar su lengua y escucharme con atención.
¡Pues! Querrás proponernos algún plan de economía dictado por el Licurgo de don Justo...
El Licurgo de don Justo no se mete con usted, señora, ni consentirá que usted le injurie.
Aquí no necesitamos planes, sino dinero.
¡Madre!
Por la última vez suplico á usted que calle.
Qué es eso de callar? Dónde estamos? Si querrás tú venirnos á... Est« (Se levanta. ) ¡Silencio! En mi casa nadie grita sino yo.
(Asustada.) ¡Ave María!
(En voz baja.) Bravo, don Esteban! Así me gusta.
(Vuelve á sentarse.) Es inútil dar á ustedes un mal rato y afligirme yo mismo recordando el desórden pasado. Todos hemos tenido nuestra buena dósis de culpa, y por lo mismo todos estamos sujetos á la pena. Échese un velo á lo pasado; armémonos de constancia y resignación en el infortunio presente, y sobre todo principiemos una vez á pensar en el dia de mañana. Me parece que no tendré que esforzarme mucho para probar la absoluta necesidad de una reforma radical. Yo estoy resuelto á realizarla, y debo creer que mi esposa y su señora madre.no se opondrán á ella; antes me ayudarán á llevarla á efecto por cuantos medios estén á su alcance.
Esposo mió, ¡cuán cierto es que la adversidad es el mejor maestro! Justo es que yo la lleve con paciencia, ya que ciega y sin reflexión he contribuido á atraerla sobre nosotros por no dominar la pasión del lujo, cuyos deplorables efectos veo ahora tan de cerca. Mi desengaño es tardío, pero íntimo y seguro. No disculparé mis faltas pasadas; pero el cielo me es testigo de que en medio del gran mundo, entre las galas y los frívolos pasatiempos donde he buscado una quimérica felicidad, nunca lie cebado de amarte. Por lo mismo, no necesito otro estímulo que ini ternura pura someterme gustosa 1 todas las privaciones que mi marido y las circunstancias me impongan.
¡Mi adorada Anlta! Tú merecía* una suerte más dichosa. ¡Que no tuviera á mi disposición mil tesoros para ofrecerlos á tus pies!
Tu cariño es el tesoro más apreciable para mí.
Me toca á mí ahora? Pues, señor; yo, siempre que no se haga novedad...
Espere usted, que vienen los criados. Los despacharé y luego hablarémos.
ESCENA X
(DOÑA ANA, DOÑA GERÓNIMA, DON ESTEBAN, DON JUSTO, TERESA, OTROS DOS CRIADOS.)
¿Por qué no viene Cosme?.
No está en casa. Salió á un recado de la señorita...
Bí*m: quedo enterado. (A los dos criados.) Estáis despedidos. Ninguna queja tengo de vosotros: pero en el día neos puedo sostener. Nadaos debo; idos con Dios.
(Vanse los dos criados.)
Teresa, tú también te puedes ir. No te necesito.
Señora!...
No; eso no. ¿Te has de quedar sin una criada siquiera que te descanse en las ocupaciones de casa...
No importa. Es indispensable despedirla. En nuestra situación seria un cargo de conciencia el conservarla. El pan que I diéramos seria forzoso quitárselo de la boca á nuestros hijos.
(Me enternezco demasiado. No puedo contener ¡as lágrimas.)
Dios sabe con qué pena consiento en que se vaya.
No hay motivo para apesadumbrarse por eso. Éntre mi madre y yo somos más que suficientes para atender á las faenas de una casa pobre.
No, conmigo no hay que contar. Al cabo de mis dias ¿quieres que me reduzca á ser una fregona?
Ah! Perdone usted: como la veo ágil y robusta, creí que no se desdeñaría usted de aya amos en algo; pero eso s lo de menos. Yo sola gobernaré mi casa, qtie otras tan buenas como yo lo hacen.
Mué usted, señorita: yo serviré aunque sea sin salario ¡La quiero á usted tanto!
Mil gracias. Yo me pasaré muy bien sin tu cariño. Te conozco mejor de lo que piensas. El señor don Diego de quien tantos elogios me bacías, y que regularmente te habrá hecho bastantes regalos, te proporcionará un buen acomodo.
Señora, yo...
Basta. He abierto ya los ojos. Si alguna vez me hallo en disposición de recibir una criada, me guardaré mucho de ella y no se acercará á mí sino para servirme.
Como don Diego era amigo de usted
Lo ha sido hasta que lie visto su modo do pensar. Sin embargo, no disculpo mi error en haber sostenido su amistad aún antes de conocerle por un licem io o: porque ahora veo que er: el concepto de las gentes habrá pasado por mi cortejo, y, digan lo que quieran otras míe no piensan con Lupa delicadeza, y de cuyo pernicioso ejemplo me lie dejado llevar hasta cierto punto, una mujer casada no debe tener más amigo que su marido.
ESCENA XI
(DOÑA ANA, DOÑA GF, DOÑA GERÓNIMA, DON ESTEBAN, DON JUSTO, TERESA, COSME.)
Señor, ¿no sabe usted lo que pasa? Don Fermín y otros jugadores de profesión de los que han e-tado hoy j en casa van caminando en este momento á la cárcel.
Pues, ¿qué han hecho?
Toma! Lo que siempre: jugar. Verá usted. El ama me envió á casa de don Diego con órd m de entregarle I dos mil reales (pie me dió. Fui; el criado me dijo que no pstaba y que le encontraría en casa de esa señora andaluza que tiene Unas muchachas muy bonitas, que j la llaman tia. ¿No sabe usted quién es?"
Ni me importa saberlo.
¡Síes más conocida que la ruda! Pues, señor, subí, y efectivamente allí estaba mi hombre retozando con 1 una de las niñas, y don Cipriano y comparsa jugando. Le entregué la mosca y me largué má< que de paso. No j bien llego ó la e-quina cuando cute usted que veo venir á un Comisario de policía con su ronda. Al instante pre- j sumí adónde iban. Me paro á observar, y dicho y hecho. A todos los lian pillado en el garlito, excepto á don Ciprino y á don Diego que han tenido la fortuna de escaparse.
¡Precisamente los más bribones! Cos: ¡Caraml>.i! Si acierta á venir aquí la policía... ¡De buena hemos escapado!
A la corta 'ó á la larga todo picaro lleva su merecido.
¡Y qué verdad os esa!
Pues n piícate ¡a lección.
¿Eli? Yo soy hombre de bien á carta cabal y...
Sí; tú serás un santo; pero no te quiero á mi lado.
¿Se burla usted?
No: toma los cuatro duros que te debo y en seguida la puerta.
Y tú ¿qué haces aquí todavía? Ya podías haberte marchado.
(A parte con Teresa.) ¿Qué es esto, Teresa?
Bien claro está: que nos despiden.
Pues, señor,.. que ustedes lo pasen bien. (A parle á Teresa yéndose los dos ) Chica, no te pese, porque aquí ya puco se podría chupar.
Un mal criado es el mayor castigo... ( Ruido dentro como de haber tropezado en algún mueble.) ¿Qué ruido es ese?.. ¡Dos hombres!
ESCENA XII
(DON JUSTO, DON ESTEBAN, DOÑA GERÓNIMA, DOÑA ANA, DON CIPRIANO, DON DIEGO.)
(Don Diego y don Cipriano entran corriendo y sobresaltados. )
No se asusten ustedes, que no somos ladrones: somos jugadores perseguidos por la justicia.
¡Qué veo!
¡Don Esteban!— Feliz ha sido nuestra suerte en haber dado sin saberlo con esta casa.
¡Hola! ¡El que conspiraba contra mis víveres!
(¡Su presencia me enriende en ira!)
Don Esteban, para ocasiones como estas son los amigos. Ya sabe usted que lo soy yo suyo ¡le coiazou. Dígalo la condescendencia beróica con que le he estado haciendo á usted todo el din la partida para darle desquite.
¿Para darme desquite? ¡Miserable!...
(Aparte ádon Esteban.) No te irrites, despréciale.
En suma, ¿qué quieren ustedes? Estábamos jugando no lejos de aquí. Nuestro mayor enemigo la policía, ha entrado de sorpresa. El señor y yo hemos podido escaparnos. Desde un balcón liemos saltado á un patio; de allí á otro; de este á una cuadra; de la cuadra á un jardín; del jardín al patio de don Esteban; y si una escalera benóíica no nos hubiera dado paso trompicando y cayendo hasta esta sala, me parece que de salto en salto vamos á parar á las Vistillas de San Francisco. Válganos este sagrado. Déjenos usted escondernos en la guardilla, en el sótano, aunque sea en la carbonera.
No; de ningún modo. Yo no albergo em mi cesa á semejante canalla.
Mejor seria avisará ia justicia...
¡Cómo! Tendría usted tan malas entrañas...
Cada uno entiende la caridad á su modo, señor mió. Mientras ustedes vivan en un presidio habrádos tahúres, dos pillos menos en Madrid.
(¡Qué amable señor!)
¡Qué es eso de pillo, de tahúr? Yo me he retirado dias hace del juego...
Para entregarse á la disolución, pu% convertirse de fullero en seductor... Pero no se diga que abuso de la situación de usted para insultarle, nos verémos
(Aparte ádon Estéban.) ¡Estéban! ¿Qué haces? Quieres comprometerme?.. Olvídalo todo, querido mió. Perdónale como yo le perdono. Señores, aunque parezca mal entendida mi compasión, no quiero que digan ustedes maldiciendo mi casa que en vano se acogieron á ella en un peligro. Aquí no pueden ustedes esconderse sin exponernos, y esto seria exigir demasiado de nosotros; pero supuesto que mi portal da á otra calle...
No diga usted más que los momentos son preciosos. Salgamos de aquí.
Quién nos abre?
Síganme ustedes. (Parten acelerados.)
Ahora verémos si mi señor yerno se atreve á reglamentar mi estómago. ( Dentro ruido y voces. Vuelven corriendo don Cipriano y ü. Diego perseguidos por la ronda de policio,, que los prende en la escena.)
ESCENA XIII
(DOÑA ANA, DOÑA GERÓNIMA, DON ESTEBAN, DON JUSTO, DON CIPRIANO, DON DIEGO, UN COMISARIO, UNO DE LA RONDA.)
¿Qué tropelía es esta?
¡Somos perdidos!
Piés, ¿para qué os quiero?
En nombre de! rey, dense ustedes preses.
(Caímos en el garlito.) . Sepamos en qué hemos delinquido para...
En la cárcel ha sabrán ustedes. ¿A ver las cartas de seguridad?
Tome usía.
Aquí está la mia. (No me llega la camisa al cuerpo.)
(Examinándolas.) DonDiego Tarquinez...
Servidor de usía.
Don Cipriano del Pároli...
Respetuoso y humilde súbdito de ia. policía.
Precisamente hace' dias que son ustedes dos el objeto principal de mis pesquisas. Estoy bien informado de su vida y milagros. En vano han burlado hasta ahora mi vigilancia no teniendo domicilio fijo, y pasando las noches en tenebrosos garitos.
Yo soy algo aficionado al libro de cuarenta hojas, pero...
Ya sé quién es us’ed. Ya sé que el nombre de don Cipriano Pároli es supuesto, y que el suyo verdadero es don Ambrosio Malo, sentenciado á presidio en Valencia por fullero hace dos años con el pretendido don Diego Tarquinez, que en otro tiempo se llamaba don Judas Revesino. Verémos ahora si logran ustedes escaparse de la cadena.
(Aparte á don Estéban.) ¡Mira de qué gente vivías rodeado!
(Aparte ádoña Ana.) Estoy muerto de vergüenza.
¿Tiene usted alguna otra persona extraña oculta en su casa?
No, señor. Estos hombres acaban de entrar fugitivos...
Eo sé. No obstante, usted no extrañe que en cumplimiento de mi deber haga registrar la casa. (A una seña del Comisario parten á lo interior dos de la ronda: Don Cipriano y don Diego se acercan con misterio al Comisario y le llaman aparte.)
Señor Comisario, yo soy un picaro de marca mayor; usía lo sabe tan bien como yo: no es tiempo de negarlo; pero mi pobre familia...
Si mi sincero arrepentimiento, y cuarenta onzas...
¿Qué se atreven ustedes á proponerme?
¡Oh! No es porque yo le crea á usted capaz de... Pero...
Vamos; humánese usted. Media taleguita por el pronto... Sin perjuicio de...
¡Insolentes!.. Yo no soy de esas almas corrompidas que venden al oro su conciencia.
De todos modos los esbirros no nos han de dejar ni cera en los oídos...
Si me hablan ustedes una palabra más los mando atar. (Vuelven los dos individuos de la ronda.) Uno de la ronda. A nadie hemos visto.
Está bien. Llévenme ustedes á esos hombres á la cárcel de Villa, y digan al alcaide que pronto voy á darle mis órdenes.
(Aparte con don Cipriano al partir.) Nos liemos lucido, señor Pároli!
Eh! No hay que apurarse. También se juega en Ceuta. No nos ha de faltar una baraja turronera con que buscarnos la vida.
ESCENA XIV
(DON ESTEBAN, DON JUSTO, UN COMISARIO, DOÑA GERÓNIMA, DOÑA ANA.)
Señor don Estéban, me consta que usted también juega de algún tiempo á esta parte, y que hoy mismo ha consentido en su casa uu indecente garito.
Sí, lo confieso; la funesta pasión del juego, que casi me tiene arruinado, me hubiera perdido enteramente á no reunirse para curarme de ella la experiencia, mis propias reílexiones, y sobre lodo los prudentes consejos y la generosidad de mi amigo don Justo.
Señor Comisario, yo conozco muy á fondo á don Estéban. Su razón lia podido extraviarse. Tal vez lia sido demasiado débil, pero su corazón no está corrompido. Yo respondo de su enmienda.
Me esconocidasu honradez, señor don Justo; y cuando así no fuera, me basta que abogue por él un 'hombro como usted. Me retiro bien persuadido deque el señor don Estéban no me pondrá en la dolorosa precisión de ejercer contra su persona las funciones de mi inflexible ministerio.
ESCENA XV
(DON JUSTO, DON ESTEBAN, DOÑA ANA, DOÑA GERÓNIMA.)
Ahora bien, señora. Conformándose mi mujer en llevar con paciencia la pobreza, me parece que no hará usted mucho en imitarla. Ella se desnuda de sus galas: despídase usted también de regalos y francachelas, inclusa la que disponía para mañana.
¡Cómo!...
Poco á poce. Despídase usted también del manejo de la casa hasta que aprenda á gastar con economía y con temor de Dios.
Esa es una tiranía.
Si no quiere usted sufrirla, por la puerta se va á la calle. Yo no puedo disponer por ahora más que de cator ¬ ce reales, y con arreglo á ellos hemos de vivir.
¡Catorce reales! Para chocolate no alcanzan. ¡Dios mió! ¿Qué va á ser de mí? «Tú me quieres echar al hoyo antes de tiempo. ¿Qué diría mi difunto marido si volviese al mundo y me viese reducida á comer potaje de chícharos y patatas con perejil?
Si yo fuera mayordomo de duques que no toman cuentas...
Eres un picaro de malas entrañas, un inconsiderado, un judío.
¡Señora!
Un asesino.
Mire...
Pero... yo me vengaré. —Te acordarás de mí. Aho ¬ ra mismo voy á escandalizar el barrio diciendo á gritos ADVERTENCIA.— Esta, y otras traducciones más o menos libres, únicasque de las mismas obras se lian representado en los teatros antes de procederse;i su impresión en esta Biblioteca dramática, Madrid,
(U que me matas de hambre. ¡Vecinos!... ( Vase gritando.) t!)
¡Madre!... Si no la contengo es capaz de afrentarnos. » 4
ESCENA ÚLTIMA
(o» Don Justo, Don Esteban. n iti)
Pero ¿lia visto usted una furia semejante? I#
Ella se cansará de chillar y obedecerá á la dura ne¬ re cesidad. ¡Ea, amigo mió; íirmeza! No hay que relrocc- il der. Yo soy muy rico, como usted sabe, y pudiera des¬ i: de este instante asegurar á ustedes una cómoda subsis¬ P tencia encargándome de cubrir sus deudas. No lo dejo w ir por falta de voluntad, sino porque quiero ver antes si se ¿i hace usted digno de mi beneficencia con una conducía « ni irreprensible. la
¡Ah! No encuentro voces para expresar mi agrade¬ «f cimiento... o í
Entre tanto estoy muy contento de las medidas que ir acaba usted de tomar. a
Aún falta la principal, y ahora mismo la voy á poner i en ejecución.
¿Cuál es?
Reducir á cenizas cuantas barajas haya en casa, y esa 'f infernal bayeta que tan mal dia me ha dado. I I
Bien hecho, don Estéb'an; y no vuelva usted á saludar « á ningún jugador. Huya usted de ellos como de la peste. Oí II El que se acompaña con los malos, tarde ó temprano se!i hace malo también, ó es víctima de ellos. El vicio siempre es vicio por más plausible que nos parezco el móvil que nos arrastra á él; y entre todos los que afligen á la II humanidad, ninguno tan pernicioso como el juego. )!