Mas, dime madre querida
¿por qué esos tiempos volaron,
por qué tan pronto llegaron
las horas de padecer?
¡Ay! para mí desdichado
todo cambió en un instante:
ráfaga de aire inconstante
fue para mi alma el placer.
Como esa luz engañosa
que cruza en la noche oscura,
dejando en pos la pavura
de más densa oscuridad,
pasaron esos instantes
y vino en pos del tormento:
ilusión fue mi contento
y el dolor fue realidad.
Dime, madre idolatrada,
¿cuando meciste mi cuna
no vertió lágrima alguna
tu maternal compasión?
¡Ah! sí, lloraste al mirarme
profundamente dormido,
cuando un présago gemido
exhaló mi corazón.
Lloraste, sí, madre mía,
y una lágrima piadosa,
surcando tu faz hermosa,
pudo a mi seno venir:
guárdola yo desde entonces,
como reliquia del cielo,
como lágrima de duelo
que mostró mi porvenir.
Dulce consuelo buscaste,
al despertarme propicia,
con esa tierna caricia
que tu cariño me dio;
y al mirar que te pagaba
con mi sonrisa inocente,
a tus faldas ledamente
tu ternura me llevó.
Pero curar no pudiste
tu sentimiento profundo
al verme ya de este mundo
en el terrible huracán;
y, apresándome en tu seno,
una vez y otra exclamaste:
«¡Hijo mío!» y me besaste
con afectuoso ademán.
¡Ah! cuanta razón tuviste
desde entonces, madre mía;
tu cariño predecía
de mi vida el amargor;
y quien sabe si allá dentro
de tu pecho condolido,
encontraste en mi gemido
un presagio de dolor.
Si entonces adivinado
hubieras con tu ternura
cuan aciaga desventura
me ofrecía el porvenir,
con razón, madre querida,
conjurando al hado impío
dijeras: «¡Ay hijo mío,
más te valiera morir».