Mi rostro juvenil sombreando apenas,
el bozo aparecía,
¡ay! entonces sentía
¡sí! cuando sonreía
correr mis horas de contento llenas.
Jamás la pena ni el dolor mi pecho
habían lacerado;
tranquilo, sosegado
de mí mismo vivía satisfecho.
Con risa placentera la inocencia,
cual diosa de mi aurora
velaba protectora
con su manto mi plácida existencia.
Encanto y seducción siempre ofrecían
mis ocios regalados
y, libres de cuidados,
con dulcísimos goces me adormían.
Las caricias y tiernas emociones
de mi madre querida
me daban nueva vida
de hermosas y variadas ilusiones.
Grato era el resplandor del claro día:
al asomar la aurora
alegre y seductora
la tarde cada vez me parecía.
Grato era el murmurar, del arroyuelo,
y musical y suave
el canto con que el ave
la luz miraba que le enviaba el cielo.
Magnífico era ver del sol dorado
el majestuoso paso
allá en su lindo ocaso
de nubes juguetonas circundado.
Radiante de fulgor aparecías
¡tú siempre clara luna!
Jamás me fue importuna
la inspiradora luz que me ofrecías.
Tranquilo era mi sueño ¡qué contento
al despertar mostraba
feliz, cuando escuchaba
del eco maternal el dulce acento!
¡Cuan plácida del alba relucía
y la luz encantadora!
Y música sonora
el ruido matinal me parecía.
Mi faz siempre risueña; complacida
mi mente se extasiaba
y al mundo contemplaba
cual Edén lleno de placer y vida.