Ya mi noche lastimera
la mitad de su carrera
terminando,
en este enojoso mundo
todo en silencio profundo
va dejando:
y en melancólica calma,
acá en el fondo del alma
congojosa,
entre el ¡ay! del infelice
oigo una voz que me dice
misteriosa:
tanto crimen inhumano
tanta sacrílega mano
no te asombre;
que en verdad, del hombre, os digo,
el más pérfido enemigo
es el hombre.
¿Ves el sueño deleitoso
con que el señor poderoso
se regala?
Es la imagen de otro sueño
que al esclavo con el dueño
pronto iguala.
No hay entonces desventura
y termina la amargura
de esta vida:
sólo allá vive la calma,
esa dulce paz del alma,
tan querida.
Los placeres halagüeños
son quiméricos ensueños,
son mentira,
con que el alma fascinada,
cuanto más vive engañada,
más suspira.
Este mismo sueño breve
que el hombre a gozar se atreve
es delirio,
es tregua de las pasiones
a esta vida de ilusiones
y martirio.
Todo duerme, hasta el malvado,
de sus crímenes pagado,
¡quién creyera!
duerme sin ver preparada
pendiente sobre él la espada
justiciera.
Sólo la madre amorosa,
de sus hijos cuidadosa,
yace en vela;
y a su afecto reverente
es, de la vida inocente,
centinela.
¿Qué del hombre sucediera,
si a su lado no tuviera
en la infancia,
de una madre el dulce anhelo,
sus caricias, su consuelo,
su constancia?