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José Zorrilla · Modernismo

Un cuento de amores — Capítulo VI — II

español

Desque el forastero
de allí se partió,
apenas semanas
pasáronse dos.
Ni a oírse en aquellos
contornos volvió
noticia del joven;
ni tardo pastor
que el hato de noche
al pueblo tornó,
ni el guarda del campo
más madrugador,
volvió a oír el paso
del potro veloz,
que al irse de todos
fué la admiración.
Del soto le vieron
salir: con vigor
increíble vieron
que a escape subió
la cuesta postrera
de las que en redor
circundan el valle
do yace hasta hoy
la aldea escondida:
y desde el peñón
donde el arquitecto
la iglesia fundó,
le vió el campanero
como exhalación
tomar el camino
de Burgos; en pos
de sí nube densa
dejando el bridón
de polvo, entre cuyas
sombras se perdió;
como una evocada
lejana visión
que se hunde en las ondas
de espeso vapor.
La luna entre nubes
velada, alumbró
la tierra a intervalos
con tibio fulgor,
en noche cargada
que a un día siguió
de esos que nublados
amasa el calor.
Pesado está el aire;
todo a su impresión
perezosa en lento
letargo cayó.
La brisa no mece
ni rama ni flor.
no suena en los sauces
ni arrullo ni voz,
tórtola acuitada,
pardo ruiseñor.
Todo en torno calla,
y sólo su son
monótono lleva
un murmurador
arroyo, que cruza
por la población,
y baja desde ella
por cauce que abrió,
a dar del palacio
en frente al portón,
en un ancho estanque
que allí se cavó.
Éste vuelve a darle
su curso y su son
por el lado opuesto
a aquel por do entró:
y el arroyo, hinchando
de verde frescor
el soto, se pierde
libre y juguetón,
de los altos olmos
en el espesor.
Al sueño, cansado,
en paz se entregó
el pueblo: no brilla
de luz resplandor
por entre los vidrios
de reza o balcón,
más que la del mustio
perenne farol
que alumbra devoto
la iglesia de Dios.
De su torre gótica
con ronco clamor
dió once campanadas
moderno reloj;
cuando al pie del pardo
fuerte murallón
que el viejo palacio
cerca enderredor,
y bajo la reza
por donde cayó
el ramo de flores
delante el trotón
del joven viajero,
cuando se partió;
alzó repentino
deleitable son
vihuela punteada
con diestro primor;
y a poco a sus tonos
concertada voz
así entre la sombra
nocturna cantó:

«Flor-del-Alba, que con ella
compites en resplandor,
y a la lumbre que destella,
como tú tan pura y bella
no halla en la tierra otra flor;
tu lecho de flores deja,
mira que el alba refleja:
desvélate ¡oh Flor!
que llama a tu reja
la voz del amor.

Tus hojas abre y da al viento
su perfume embriagador,
para que en él tome aliento
quien no tiene otro alimento
ni otro ambiente que tu amor.
Mira que el alba refleja;
tu lecho de flores deja:
desvélate ¡oh Flor!
que llama a tu reja
la voz del amor.»

Con estas palabras
callando la voz,
el aire a lo lejos
sus ecos ahogó,
quedando en silencio
y en sombra en redor
el campo, como antes
de aquella canción.
A poco en el muro
confuso rumor
de hierro y vidrieras
movidas se oyó:
y hallando la luna
un roto girón
que en medio una nube
el viento rasgó,
vertió repentino
fugaz resplandor.
Su tibio reflejo
el muro alumbró
a par alumbrando
la escena de amor,
que arriba en la reja
patente se vió
el rostro de un ángel,
y abajo al cantor
contemplando inmóvil
la blanca visión.
Allí Flor-del-Alba
que su reja abrió:
aquí Téllez, ciego
por ella de amor.
Aquí él, a quien trajo
su ardiente pasión:
allí ella, que amante
su vuelta esperó.
Tal vez uno a otro
tendían los dos
los brazos amantes:
y acaso la voz
de entrambos buscaba
la frase mejor
que a ser alcanzara
del alma expresión,
cuando vaga sombra
la esquina dobló,
viniendo hacia Téllez
con paso veloz.
La reja al sentirle
la niña cerró:
la luna a embozarse
con nubes volvió,
sombreando del campo
la muda extensión:
y el mozo, mostrando
un noble valor,
el paso al que viene
sereno atajó,
los dos entablando
tal conversación:
«¿Quién va? –dijo el mozo.
Y el otro: –Yo voy.
–¿Quién sois?
–Os pregunto
lo mismo yo a vos.
–Soy… un caballero.
–Yo también lo soy.
–Yo don Pedro Téllez.
–Y yo don León
de Alba.
–¡Vos!
–Sin duda.
–¡Un Alba! ¡Gran Dios!
¿Qué es esto?
–Un misterio
cuya explicación
pronto en este punto
a daros estoy.
–Hablad.
–De mis pasos
veníos en pos,
que siempre estaremos
a solas mejor.»
Y echando hacia un lado
el muro dejó.
Siguióle don Pedro,
en su corazón
sintiendo a aquel hombre
secreto pavor.
Debajo de un ancho
frondoso llorón,
del soto en lo oscuro
aquél se sentó.
Don Pedro imitóle,
y el otro con voz
severa, le dijo:
«Prestadme atención».

–«Murió nuestro buen rey Carlos segundo
dejando de sus reinos la opulencia
a Felipe de Anjou, a quien esta herencia
le costó guerrear con medio mundo.
Los nobles españoles
en bandos se partieron,
según que los derechos concibieron
de pretendientes varios
que, de la Francia amigos o contrarios,
el trono hispano a disputar salieron.
Pues entre estas familias divididas
dieron al fin por su opinión sus vidas.
Dos hubo nobles que partiendo tierra,
el feudo y amistad que los unía
cambiaron con furor en saña impía.
Más bien que por defensa de sus reyes,
más que por sus derechos,
y por salir por las antiguas leyes
del suelo patrio, su bandera alzaron
por ir a hincar en los contrarios pechos
las aguzadas lanzas que empuñaron.
La que por don Felipe alzó banderas,
siempre amparada por mejor fortuna,
de la contraria raza por doquiera
las vidas fué segando una por una.
De la otra en recompensa,
de sus servicios derramó la inmensa
riqueza reunida
del último heredero que restaba
en la por ellos siempre perseguida
persona errante y misteriosa vida.
El deudo y parentesco que ligaba
a ambas a dos familias comprobaron,
y de aquesta manera
de enemiga fortuna venidera
la hacienda en una de las dos juntaron.
Reinó por fin en paz Felipe quinto,
y la familia aquella, vencedora
que fuera en esta malhadada lucha,
siempre fué noble por su honor e instinto:
con el rey alcanzó privanza mucha,
y todavía la conserva ahora.
Pero de la otra raza que vencida
fué por la suya, un individuo solo,
un mancebo no más quedó con vida.
Mas proscrito, sin resto de esperanza,
de cuanto hubo en la tierra despojado,
fuése a América huyendo despechado
cual de la proscripción, de la venganza
del enemigo bando encarnizado.
Allí arrastró su mísera existencia
con inconstante y desigual fortuna,
ya en triste medianía o indigencia:
hasta que en fin tranquilizada España,
de los bandos distintos
licenciada por fin la inútil tropa,
y aplacada por fin la antigua saña,
a España dió la vuelta, y viento en popa
ancló en el mar que a Barcelona baña.
Ahora bien, entended, don Pedro Téllez:
las familias rivales
son las nuestras: entonces y hasta el día
los destinos fatales
fueron, y sin piedad para la mía.
Conozco bien que vos, mancebo apenas
de cinco lustros, de la guerra impía
parte no fuisteis; pero todavía
vuestro padre, que es causa de mis penas,
de la contienda instigador primero,
vive, y no puede la de su heredero
mezclarse con la sangre de mis venas.
Mi casa os di: su hospitalario techo
buena ofreció ocasión a mi venganza:
os condujo el infierno: mas no avanza
a tan baja traición mi noble pecho:
mas que nunca, don Pedro, se os olvide
que un mar de hirviente sangre nos divide.
He aquí todo el misterio de mi casa;
he aquí mi historia entera.
Y ahora que conocéis mi verdadera
posición, a estas rondas poned tasa,
y a la honra de ambos con mejor manera
arreglad la conducta venidera.

Y así concluyendo
con tal relación,
el viejo, el camino
que trajo tomó,
cual sombra movible
de una aparición,
que en humo al tornarse,
con hondo terror
nos hiela el medroso
mortal corazón:
así la del viejo
desapareció
en la que trazaba
su vieja mansión.
Con ojos absortos,
con mudo dolor,
partir y perderse
don Pedro le vió.
Y en vano quisiera
con resolución
el paso atajarle,
correr de él en pos
y exigir completa
nueva explicación:
negaban sus fauces
el paso a la voz:
inerte, embargada,
sentía la acción.
Y así, bajo el peso
del secreto atroz
que el viejo en su historia
le patentizó
quedó anonadado,
sin ira y valor,
y a solas el triste
con su corazón.

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Autor
José Zorrilla (1817–1893) · Wikidata Q331863
Título
Un cuento de amores — Capítulo VI — II
Lengua
español
Época
Modernismo
Sala
La Biblioteca
Identificador
ws-es-un-cuento-de-amores-capitulo-vi-ii--jose-zorrilla-2ff956
Cita recomendada
José Zorrilla, «Un cuento de amores — Capítulo VI — II», Poetósfera, poetosfera.com/p/ws-es-un-cuento-de-amores-capitulo-vi-ii--jose-zorrilla-2ff956.html

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