Partió el forastero
por siempre quizás,
y un día tras otro
pasándose va.
Tornó en el palacio
cual siempre a reinar
sombrío silencio,
monótona paz.
Tornó Flor-del-Alba
el curso a empezar
que los mil quehaceres
domésticos dan,
los días enteros
volviendo a pasar
cual flor conservada
en fuerza de afán,
cerrada en el viejo
doméstico hogar.
Tornóse al misterio
que dos años ha
rodea el palacio
do ocultos están
el viejo y su hija
sin que hagan jamás
más viaje que a misa
el día al rayar.
La niña en las fiestas
al prado no va,
del baile campestre
ni un punto a gozar.
Y el viejo atraviesa
tan sólo el lugar
los días de fiesta
cuando al templo va.
Doquiera, y con todos
eterna e igual,
conserva severa
reserva tenaz.
Con él en el pueblo
tener amistad
ninguno ha logrado:
mas nunca en azar
arduo, ni en peligro,
ni en enfermedad,
llegó uno a su puerta
consejo a tomar
o a pedir remedio,
que en urgencia tal
sin ser socorrido
volviera pie atrás.
El viejo con todos
atento y cordial,
los males ajenos
diestro en aliviar,
siempre era él el árbitro
juicioso y capaz
de hacer las discordias
a todos cesar.
Y pobres y tristes
de su caridad
van en sus desdichas
consuelo a buscar.
Acaso no hay uno
que a solas y allá
en su alma no piense
de aquel hombre mal;
o envidie su suerte,
su tranquilidad,
o le odie porque hace
su suerte ignorar;
pues siempre la humana
condición fué tal.
Mas todos le acatan,
y todos a par
su ciencia aprovechan,
y todos están
en que hay de aquel hombre
en la gravedad
de su faz tranquila
y noble ademán
un sello de oculta
superioridad.
El mozo más rico,
o altivo, o audaz,
no supo a su hija
amante llegar.
Aquella belleza
que cubre el sayal
de moza villana
como a las demás
zagalas que habitan
el mismo lugar:
aquella muchacha
que puede a lo más
a pobre heredera
de un pueblo igualar,
de quien a las otras
diferencia no hay
sino en que posee
un campo erial
y un viejo palacio
a medio arruinar;
tiene en la expresión
de su bella faz,
en su aire de cándido
pudor virginal,
y todo en su porte,
cierta majestad
que asaz la distingue
del tono vulgar,
de la gracia tosca
que en lo general
de las más apuestas
mozas de lugar,
salvajes contornos
presta a la beldad.
Y acaso no hay una
que a solas, y allá
en su alma, de aquella
belleza ideal,
no halle alguna falta
de que murmurar.
Mas no habrá ninguna
que a rivalizar
se atreva con ella;
ni alguna osará
de la Flor-del-Alba
suponerse igual.
No hay una que honrada
no se crea asaz,
si de deferencia
alguna señal
de la hermosa niña
consigue alcanzar,
por mucho que de ella
murmure detrás.
Por más que la quieran
defectos buscar,
y altiva la juzguen,
y de vanidad
la culpen, no hay una
que si ante el umbral
del viejo palacio
acierta a pasar,
y allí Flor-del-Alba
por acaso está,
no cambie con ella
saludo cordial,
y amable sonrisa
que quiera indicar:
que tiene la niña
con ella amistad.
Y así en el aldea
pasándose van
los días de mayo:
y así en soledad
el padre y la hija,
el débil torzal
de la vida humana
hilan sin cesar;
dichosos gozando
la felicidad
de aldeanos que viven
sin oro ni afán.
¿Mas qué humana vista
puede penetrar
por un muro espeso
cual por un cristal?
¿Quién ver lo que dentro
se puede encerrar
de aquel edificio,
de cuyo portal
ninguno del pueblo
podido ha pasar,
ni más que de fuera
lo ha visto jamás?