De la pequeña linterna
a la luz incierta y pálida,
van entrambos caballeros,
Téllez detrás, delante Alba.
Y atravesando el oscuro
corredor y la empinada
escalera, suben ambos
sin hablar una palabra;
que cuando los pensamientos
se enseñorean del alma,
como más se siente entonces,
menos entonces se habla.
Al fin el viejo una puerta
abrió, y en estrecha sala,
de muebles y colgaduras
bastante pobres ornada,
entraron; y en una silla
dejando el viejo la capa,
y ofreciendo a Téllez otra,
con dura y triste mirada:
«Ahora bien, don Pedro, dijo,
ya escucho vuestras palabras.»
El joven, con gran mesura,
aunque en voz robusta y clara,
empezó de esta manera:
«Cuando estuve en vuestra casa
de Villaldemiro, os dije,
según creo, por qué causa
iba huyendo decidido,
de amigos, familia y patria;
seis meses hará que aquella
dama de regia prosapia,
que mi padre, más amante
que cuerdo, me destinaba,
casó con un archiduque
de la corte de Alemania;
y el mismo tiempo ha que os busco
por los ámbitos de España.
Anteayer volví a la corte
llena de dolor el alma,
y al borde, por Dios os juro,
de una acción desesperada;
cuando esta tarde, por dicha,
descubrí en una ventana
de esta casa al bien que adoro,
a mi amor, ¡a Flor-del-Alba!
No queráis, pues, ser más duro
que la suerte: ¡a nuestras ansias
os rendid!
–¿Quién?… ¿Yo, don Pedro,
cometer la acción bastarda,
de unir a sangre enemiga
la sangre de mis entrañas?
Mal me conocisteis, joven;
¡nunca perdonan los Albas!
Y antes prefiero ver muerta
a mi Flor idolatrada,
que consentir, ¡duro oprobio!,
en que se unan nuestras razas.»
–¡Pero, señor!
–¡Nada escucho!
–Pensad…
–Pienso que fué harta
mi bondad. ¿Queréis que olvide
tanta sangre derramada?…
–Se derramó en buena guerra.
–La fortuna hereditaria
de mi Flor, que vuestros deudos…
–Os la devuelven intacta.
–¿Cómo?
–Mirad estas letras;
para vos fueron selladas,
y detrás de vos corrieron
conmigo, por toda España.
En ellas, el rey Felipe
Quinto os devuelve su gracia,
vuestros títulos y honores,
vuestras haciendas y casas:
mi padre y yo esto pedimos
para vos, al buen monarca;
ved si consentís ahora
en mi unión con…
–¡Flor-del-Alba!,
gritó gozoso el anciano,
¡Flor, Flor!… Ven aquí, muchacha,
despierta y vístete presto,
¡que gran sorpresa te aguarda!
¡Sois todo un hombre, don Pedro!
¡Flor-del-Alba! ¡Flor-del-Alba!