Bello es el astro rey del claro día,
bellísima su luz fecundizante;
bella es la reina de la noche umbría
con su pálida luz, su brillo amante;
¡pero más bella aún, más seductora,
es la mujer que el corazón adora!
Bello es el césped del ameno prado,
bellas son del pensil las gayas flores,
y el campo de la nieve, nacarado,
y del iris los fúlgidos colores;
¡mas mil veces más bella, más querida,
es la mujer amor de nuestra vida!
Dulce es oír sonando en la espesura
del céfiro la voz, como un gemido,
y el arrullo en que pinta su ternura
la cariñosa tórtola en su nido,
y el murmurio apacible de las fuentes,
y el lejano mugir de los torrentes:
y el rumor de las olas que golpean
la embarcación, que en calma va indecisa,
cuando las lonas cándidas flamean
al blando soplo de expirante brisa;
mientras allá en la popa el marinero
alza al cielo su canto lastimero.
Y el canto de los tiernos ruiseñores,
y el confuso balar de los ganados,
y la voz de expertísimos cantores
al compás de instrumentos acordados;
y las primeras voces de cariño
que trémulo pronuncia el tierno niño:
y el cantar que compone mil cantares
confuso, inexplicable en su armonía,
que la tierra y los vientos y los mares,
alzan al Criador al fin del día…
Pero más dulce aún, más acordada,
nos es la voz de la mujer amada.
Grato al altivo corazón del hombre
es ganar por sí mismo fama y gloria;
muy grato es escribir su propio nombre
en el eterno libro de la historia;
grato es nacer en elevada cuna,
gratos son el poder y la fortuna:
gratísimo es salvar a un fiel amigo
que a nosotros clamó en su mal andanza;
y aún más grato humillar a un enemigo,
que inmenso es el placer de la venganza;
¡pero es más grata aún y apetecida
la posesión de la mujer querida!
¡Amor, amor del alma inmaculado,
raudal copioso, en la virtud fecundo,
don del Omnipotente, el más preciado,
sumo poder, generador del mundo!
¡Cuán feliz quien de ti no desespera
a la mitad de la vital carrera!
Tú solo siembras de olorosas flores
el áspero sendero de la vida:
al que sostienes tú, ¿qué los rigores
son de varia fortuna, maldecida,
si basta a guarecerle el seno amante
de la mujer, en su favor constante?