Como el cansado náufrago
que en tempestad bravía,
lucha en las olas túrbidas
cercano a la agonía;
y la impotente mano
esfuerza al triste en vano,
más que rendido, trémulo
de susto y de pavor;
mas si de pronto, fúlgida,
de próxima ribera
brilla una luz, el ánima
recobra que perdiera,
y el brazo ya rendido
al mar tiende atrevido,
nadando en curso rápido
al faro salvador.
Tan en el hondo piélago
del mar de nuestra vida,
cuando del mal la indómita
tormenta embravecida
ruge con furia insana
contra la raza humana,
fluctúa el hombre, férvido
ansiando por morir.
Mas si a deshora límpida
cual la naciente aurora,
surge de pronto al mero,
del bien anunciadora,
iris de eterna alianza,
la plácida esperanza;
¡con nuevo brío esfuérzase
el triste por vivir!
Sin ti, dulce esperanza, compañera
del hombre, en este mundo engañador,
¡cuán poca la virtud, cuán poco fuera
el genio, a sostener nuestro valor!
Tú eres el don más alto que del cielo
la mano del Criador hizo al mortal;
todo perece en nuestro triste suelo,
todo, menos tu influjo celestial.
Hija de Dios, de su bondad esencia,
eres blanda como Él, como Él divina;
del sumo manantial de su clemencia
brotaste pura fuente cristalina.
Bálsamo del dolor inconsolable,
brisa refrigerante en la agonía,
eres al poderoso y miserable
lo que a los campos es la luz del día.
La luz que alumbra, el fuego fecundante
en el cual la creación enardecida,
se ostenta fuerte, hermosa y rozagante,
llena de gracia y juventud y vida.
Contigo, alma esperanza, el mar del mundo
animosos surcamos los mortales,
que crudo no hay dolor, ni mal profundo
do viven tus consuelos celestiales.
Y en el abismo del dolor eterno,
mansión del torvo arcángel maldecido,
si penetraras tú, no hubiera infierno;
¡que sólo es infeliz quien te ha perdido!