El desengaño
-«María la Luz, ¿qué tienes?
»¿Qué pena te sobrecoge?
»El beso que me prestaste
»te lo traigo en estas flores.»
-«¡Ay! No me llames María
»de la Luz; llámame, ¡oh, Lope!,
»A medida de mis males,
»María de los Dolores.
»No lleva el Guadalquivir
»más agua por cuanto corre,
»que lágrimas de mis ojos
»han corrido en esta noche.
»Mi madre con ser mi madre,
»Dios lo sabe, y la perdone,
»ha partido en mil pedazos
»a un tiempo dos corazones.
»Al hallarnos en la reja,
»tratándote con reproche,
»dijo, que para mi guarda
»un novio, si no más noble,
»de mucha mayor fortuna
»con el título de Conde;
»que en Jerez tiene bodegas,
»tiene torada en San Roque,
»Cármenes tiene en Granada,
»en Sevilla casa y coche,
»y dineros que le sobran
»para lucir en la corte...
»¡Tú llenabas mi deseo!...
»Mas mi madre lo dispone.
-«El llanto que hayas vertido,
»María de mis dolores,
»presto se enjugó en tus ojos
»para que en los míos brote.
»Dicen ¡y yo lo creía!
»que el diamante no se rompe...
»¡Dádivas quebrantan peñas,
»y tu corazón responde!
»Pero si el honor consiente
»que los celos no me ahoguen,
»cuenta, que al Conde conozco...
»¡Lo conozco y me conoce!
»Ya sus deudos y los míos,
»por apego a sus mayores,
»contendieron en Granada
»bajo distintos pendones.
»¡Si hoy se me coloca en frente,
»será que Dios lo dispone!»
-«¡Mi madre!» exclamó María.
-«¡Huye!»
Y el galán quedóse,
hasta que una mano seca
cerró el postigo de golpe.
Mal reprimido el impulso
de su agravio, él dijo entonces:
-«Los insultos de mujeres
»suelen pagarlos los hombres.
»¡Ni los hierros de esta reja
»darán paso a otros favores,
»ni lleva en balde la Calle
»de las armas este nombre!»