Cuando la voz de Cristo postrimera
peñas y tumbas con fragor violento
hendió, medroso Adán y soñoliento
el cuerpo del sepulcro sacó fuera.
Tendió los turbios ojos por doquiera
sin concebir absorto tal portento,
y balbuciente preguntó quién era
quien moría en suplicio tan sangriento.
Al saberlo, con mano arrepentida
mesó iracundo su mejilla inerte,
frente arrugada y calva encanecida.
Y volviéndose a Eva, con voz fuerte
que dejó la montaña ensordecida,
dijo: «¡A mi Dios por ti traje a la muerte!»