Su oro arrojó, y al árbol despechado
el apóstol trepó, traidor a Cristo;
ató el cordel, y el cuerpo abandonado
fué con horror balanceando visto.
Lanzó el alma en su pecho acongojado
ronco estertor: y con lamento mixto
de miedo e ira blasfemó el malvado:
«¡Cuesta un Dios el infierno que conquisto!»
El alma impía vomitó rugiendo,
la Justicia divina asióle airada,
y el dedo en sangre de Jesús tiñendo
su sentencia en la frente amoratada
le escribió, y desdeñosa sonriendo
hundió su espectro en la infernal morada.