En esto un grande estruendo se sentía
por la infernal mansión jamás oído.
Era Jesús, que en gloria conducido
a hollar los reinos de Luzbel venía.
Se halló en la senda que Jesús traía
Judas; callado le miró y corrido:
lloró al fin, mas el párpado oprimido,
lava ardiente, no lágrimas vertía.
Sobre el semblante del traidor, de lleno
reverberó su resplandor divino,
y humo impuro brotó su inmundo seno.
Justicia entonces al tremendo sino
infernal le lanzó: y el Nazareno
tornó la faz, y prosiguió el camino.