El tirano Rumiñahui,
aún las teas encendidas,
completada la obra horrenda
de desolación y ruina,
oyó, sarcástico riendo,
esta importante noticia:
«El hipócrita Chaloya
queda en lo alto del Pichincha;
»su hija ante el sol y la luna
postrándose de rodillas
dice que ellos le inspiraron
cierta egregia negativa.
»Pues recordarás que ingrata,
rebelde, osada y sacrílega,
no quiso entrar en el templo,
por vagar en la campiña.
»Al ver que son tus esposas,
las que en el templo existían,
y que tú, justo y severo,
con la muerte las castigas,
»dice que el sol la ha librado
con su inspiración divina
de sufrir, como las otras,
tu espantosa tiranía.
»Su padre, cual Duchicela,
quizá ofrezca mano amiga...».
Rumiñahui, interrumpiendo,
dio estas órdenes de prisa:
«Cien chasquis y cien soldados
y cien diestros en la pista,
con alas en calcañares
vuelen en torno al Pichincha;
»y, ya veis que aún no anochece,
mañana al rayar el día
estarán en mi presencia
atados Chaloya y su hija».
Con imperiosa guiñada
un jefe da la consigna,
y oficiales y soldados
alzan su arma y su mochila.
Por grupos de cinco en cinco
van los diestros en la pista,
y los chasquis se colocan
a razón de uno por milla.
De diez en diez los soldados
van con honda, aljaba y pica;
los capitanes, oculta,
llevan bélica bocina.
Con astucia y ligereza
que al zorro y la corza imitan,
llevan, ávidos del premio,
ágil planta y ágil vista.